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Laberinto

La madrugada llegó
entre lágrimas y melancolía,
desnudando mi alma que
se creía inquebrantable.
Dejando a la intemperie los
más recónditos deseos, los
más oscuros sentimientos.

Cuan empedrado, empinado
y riscoso camino, transitaba
cada minuto, en una agonía
que se tornaba perpetua.
En una sórdida llovizna que
que se resbalaba por mis mejillas.

¿Donde se adormecio la calma?
En el frío e insulso roce de
sus dedos sobre mi espalda.
En el adiós que se desprendió
de sus labios. En el reflejo
de su silueta recorriendo los
desolados y lúgubres pasillos
de mi mente.

Desde aquel momento, cada
noche trae consigo la agonía
de su ausencia, las ansias de su
presencia, la sed insaciable de
sus besos. Desde aquel momento
no he parado de buscar el final,
la salida del que pareciera ser
un interminable laberinto
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