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Recuerdo...

Recuerdo la calle aquella
donde nos conocimos,
y recuerdo la acera estrecha
donde nos cruzamos y te empujé,
sin darme cuenta.

También recuerdo la frase atropellada
y nerviosa, disculpándome,
y tus ojos, que los recuerdo,
con su alegría al mirar los míos,
aceptando mis palabras
y disculpas.

Pero te recuerdo a ti, minutos más tarde,
cuando te vi en la cafetería de la plaza
tomando un capuchino.
Creo que nos miramos, nuevamente,
que sonreímos
y que me acerqué a tu mesa.

Nos presentamos,
charlamos de mil cosas,
pedimos otros cafés
y hasta recordamos el empujón
que hizo que nos conociéramos.

Rafael Sánchez Ortega ©
31/08/18
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Detalles adicionales 1 parte

Que hay detrás de un te quiero ,
Que hay de frente cada ves que te miras,
Y dices por qué nací ,
Que hay de malo en dos ojos cafés .

Una nariz larga y un cabello grasoso ,
Que hay de malo en ello ,
Día a día te ves consumido en la rutina
Y dejas de creer que si enverdad mente .

Prefieres vivir o simplemente dejar que te atropelle un auto , no se enverdad
No veo a mi alrededor nada más que sonrisas y
Gente que disfruta de besarse una y otra ves .

Me parece tonto el amor pero
Quiero sentir que es amar que es tener a
Alguien a quien contarle tus problemas y decir
Que no hay cosa más linda que alguien te escuché .

Sabiendo lo mal que puedes llegar a expresarte
Solo con tres palabras , llegas a casa comes y te acuestas en tu cama hasta que sea otro día en el
Cual te veas en el espejo y dices por que nací .

No veas lo malo de algo no hay razón por la cual tumbarte en los brazos de mamá y llorar y decirle no estoy bien mientras las lágrimas van cayendo una a una en las rodillas de mamá , no hay espacio entre tanta felicidad no hay lugar en el cual pueda ser feliz pero si hay un lugar en cual sonreír y ese es el cielo .

Cada ves será más y cada día será aun más duro pero ay algo por lo cual vivir la felicidad y si aún
No la has encontrado , no hay que deprimirse solo hay que ver al cielo y decir mañana será otro día A.L
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Onírico

Edith te he soñado de adiós y de tiempo;
hubo días que di contigo:
un abrazo fugaz,
ese beso más cerca
y de despedida
la 1am.
Y otra vez, todos los relojes.

Y la música,
y los suspiros entre (mis y tus) silencios,
y los cafés de las doce como pasatiempo,
y la fe al despertar (nos).


Entonces,
fue evocarnos de retrato;
desasida el alma
nos hizo el corazón más humano.

Edith, nada de culpas que nos recuerde las estrellas.

En nosotros,
la devoción que profesamos:
Mi corazón, endemoniadamente, sólo para ti
tu corazón, endemoniadamente, sólo para mí.

Edith, he pronunciado tu nombre hasta redimirme en el sueño.
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Que se haga miel en tu corazón

Que se haga de día en el más remoto
Lugar del mundo en el que pones amor
En una sonrisa , que cuando veas a los niños
Jugar sepas que ahí está el amor
Que el amor se encuentra en todas las formas posibles .

Que hay momentos pequeños pero recuerdos grandes , que hay alegría en en tus ojos sabor a miel que hay endentro de tu corazón una pequeña parte que dice lo demás es solo un momento que es un secreto el que vas a la orilla del mar y lloras por qué no hay otra cosa más hermosa que el tener tus días apegados a mi destino como la flameante llama que va Déborando a nuestros corazones una y otra vez cada ves que estamos juntos y nos vemos a los ojos .

Y decimos que no hay nada que no me sepa más dulce que tus ojos sabor a miel , mi pequeña razon de mis momentos más especiales
Que el echo de verte sonreír es más que un
Dulce sueño al final del día cuando creo que nada es más hermoso que el escuchar tu voz en mis oraciones que escribo día día por
Que se que donde quiera que busque tu sonrisa
Siempre encontraré una razón por la
Cual sonreír mi dulce niña hermosa
Mi Dama de ojos dulces como la miel ,
Mi amiga de ojos cafés ,
Infinitos como el horizonte ,
Que se haga miel en tu corazón ,
Que se haga especiales los momentos ,
En nuestra vida diaria , que se haga eterna nuestra llama A.L
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Extraordinaria

Impoluta, inerme, e intransigente llega tu imagen a mi; me invades los pulmones, me aceleras el latido cardiaco y rebosas de sangre y energízas mi ser.

Te huelo a la distancia de tu desdén, te pruebo desde mi refugio eremita entre libros, entre hojas rayoneadas con ensayos inéditos. Retahílas de pensamiento maserado en papeles para no ocupar mi mente solo en tus piernas.

Qué embrujo el mío, eso que vivo y callo.
Letras para ti que guardo como un pan hasta enmohecerse por no ser obseno, ni soez.
Todo un rosario de pensamientos, rumiando hasta la fijación, curando con un trago de mi propia catarsis para desviar ese torrente de tu figura, tus ojos y tu voz.

Te perpetuaré en las letras. Te conocerán mis ancestros y el último de mi estirpe. Te encerrarán en hojas, en ensayos; en la literatura local y en la literatura universal. Serás una tesis, te comentarán en cafés, te dictarán en una cátedra sin saber siquiera lo ordinaria que eras, pero para mi... Extraordinaria.
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De dos amantes que observaban el color naranja de la luz en el agua

Camisa de cuadros, blanca con negro, cuello moderno. Qué hacía dar la imagen de que era una persona con cierto poder económico, suponiendolo. Chaqueta de pana color café con leche, correa color negro, jean azul desteñido y zapatos deportivos cafés. La joven iba vestida con un atuendo veraniego, aunque el libre maratón del viento, rozaba su tersa piel generando una vibración inconfundible, que el hombre notó y cedió su pana cafe. Un gesto, noble, acompañado de un íntimo abrazo en donde los sentimientos y los pensamientos de la semana convergen en una danza furtiva, ante el pecador dedo de la sociedad conservadora, con estructuras que aún poseen ese brillo dorado que muestra una imagen viva de milagro.

Avanzaba la tarde, una leve mirada al reloj para disimular un bostezo, de ambos, un apretón forzado de ojos. Una mirada de aprobación mutua, fue un acto coordinado. La charla continuaba entre gemidos de charlas de manos cariñosos, risas por chistes, bebidas tanto calientes como algo frías, algunos pasteles y un cigarrillo compartido ante la mirada del resto de transeúntes, estaban ahora en una pequeña banca de madera, observando al río junto a sus góndolas, que adornaban con colores y atuendos al naranja del agua.
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R y O: Una Historia de Amor

R Y O: UNA HISTORIA DE AMOR

A O le gusta R pero no lo quiere admitir. A R también le gusta O pero no sabe como llegarle a su corazón. Ella es hermosa como una flor, dueña de una hermosa sonrisa, una mirada capaz de derretir un tempano de hielo. Él es un hombre bastante mayor que ella de ojos cafés y cabello castaño con muchos problemas familiares y personales pero de gran corazón. Ambos se miran penosamente pero no se atreven a dar el siguiente paso bueno R si quiere ser su amigo para conquistar poco a poco su corazón pero la familia de O tiene miedo de R ¿o al menos eso parece indicar? pero R no se da por vencido y buscará a como de lugar primero ganarse la amistad de O, el permiso de su padre y finalmente el corazón de ella para conquistar su amor. Una bella historia de amor entre dos jóvenes uno poeta y soñador la otra cargada de inocencia y belleza total ¿ganara el amor? el tiempo lo dirá.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Mayo 2018
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Mis pies y mi baile

Frenéticos contoneos de cintas verdes, se enrollan como lenguas de mariposas.

Bailo entre haces de luz fosforescente. No necesito nadie alrededor, tan sólo los latidos, los míos, entre altavoces del pecho.

Retumban sin cesar, el sonido atraviesa las costillas, y como en un serpentín, destila gotitas de agradecimiento.

Al esfuerzo, a las ganas, al empeño en correr hacia adelante, a tender la mano siempre, a intentar mirar con empatía. A los escalones subidos con ritmo y sin pausa.

A los que me impulsan, a los que me dieron viento para mis alas. A los conocidos y desconocidos que me rizan las comisuras, que me hacen que estornude por dentro entre risas.

A los buenos días con la primera persona que me cruzo en la calle, a los gatos que siluetean los muros de noche, a los charcos en la tierra llena de engobe, a las nubes desnudas que reflejan la aurora, a las mariposas que se cruzan en remolinos, a las lagartijas que se rinden al sol. A los cafés sin prisas. A las costas con brisas.

A las cosas bien hechas, porque bien parecen. A los besos sinceros. A las locuras que no se piensan (y en el fondo se desean). A los espejos con guasa. Al pan tostado con aceite y tomate. A los escudos contra las malas lenguas, hechas trizas.

Y bailo. Me basto y me sobro. Llevo las riendas de mis anhelos. Giro y palmeo, miro al cielo.

Me pongo el traje de superpoderes y subo la música; aquel que no sume, al menos que no reste. Le regalo unas notas de vida, unos pasos de baile. Le brindo las noches, le pinto un mundo entero.
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Ella, una rosa

Ella era simplemente así, llegaba cuando menos la esperabas y desaparecía en un parpadeo. Nunca se quedaba demasiado, apenas un par de cafés y luego volvía a irse. Jamás entendería sus motivos para haber elegido a la soledad como única compañera pero le era tan fiel.
Ella era así, tan brillante y fugaz como una estrella, tan delicada como la más suave melodia y tan fuerte y fría como el acero.
Ella era sinplemente así, suave y fria, radiante y fugaz, pura y solitaria...
Ella era arte, era poesia, la mas bella e inalcanzable pintura, la rosa con las más afiladas espinas, y todos sabemos lo que se dice de las rosas, amigo mío, que no han nacido para amar, que no pueden poseerse.
No, amigo lector, las rosas son salvajes, son libres, son solitarias. No puedes tenerla solo para ti, no puedes acercarte a ella sin que te hiera.
Quizá por eso las rosas más hermosas son las más solitarias, por ser las más hirientes...
Dime, pequeña rosa, por qué escondes tu belleza tras tan mortales espinas?
No, amigo querido, las rosas no han nacido para amar, no puedes poseerla.
Ella era simplemente así, tan cambiante y libre como el viento, tan impredecible como un rayo, tan poderosa como un tornado.
Ella, querido lector, era la tormenta. Arrasaba con todo lo que se entrometiera en su camino y tenia el poder de purificar la más profunda de las heridas del alma, y era tan hermosa...
Ella era simplemente así: LIBRE
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Semántica de nuestra emoción

No comprendo el francés
Ni el italiano o el inglés,
Aun el ruso se me dificulta
Y el chino no lo quiero ni ver.
Yo no comprendo los lenguajes de los hombres
Sólo entiendo de colores y sensaciones,
De flores y el querer,
Y son tus ojos
Quienes me hacen entender
Esa curiosa forma de tu ser.

La retórica divina —engañosa, también—,
O aquellas extrañas teorías y corrientes
De los locos con lentes y atuendos elegantes
Siempre con sus pipas, compañera fiel,
Y sus andares de curioso proceder;
Son objetos amorfos
Que no sé leer,
Que no puedo comprender.
Yo no entiendo nada de eso.
Pero tú, filóloga del mar
De la luna, las luciérnagas,
De los bosques y la luz,
Me despiertas interés.
Quiero conocer tus fantasías, tu querer
Ya que, entre tertulias y cafés
te lo diré de una vez:
Consigues de mí hacer
Un aspirante a traductor,
Un adverso del porqué.

Enséñame a leer
Todo lo que mis sentidos desean saber;
Enséñame a escribir
En el idioma de tu piel;
A interpretar las metáforas de un amanecer,
Y las de un anochecer, también.
Enséñame a ganarme y a perderme contigo, todo a la vez;
Con la belleza de un cántico, yo te narraré.
Ayúdame entonces, bajo una noche eterna y un mundo estrellado
A escribir
Un ensayo sobre ti.
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Alia y el primer dia de muchos

Miro por la ventana del carro, aquel bosque del finito
Y mi mente tan rota solo quiere gritar
Porque quiero ver más gris y menos verde
Anhelo aquellos sonidos de la sonora cotidianidad del capitalismo salvaje
Las construcciones levantándose, el pitido de los carros que se dirigen hacia el punto B
Las conversaciones de la masa conjunta
Encerrada en su inocua monotonía
Esa sonoridad que se introducía en mi cuarto de murales mal pintados y discos regados en el suelo
Y en esas cuatro paredes de arcoíris y anarquía sin un fin
Solo me acomodaba en mi tapete rojo de rezos herejes
Encendiendo mi vieja grabadora del año 88
Solo para viajar al mundo de las notas del pensamiento y el alma
Pero eso es ahora el mañana de hace dos días
En el hoy estoy en la carrosa de mi progenie
Rumbo a un pueblo de correcciones y moralidad
Que maldita suerte la mía
La de esta pobre criatura de risos sin agua
De ropa rota y maldiciones inmortales
De uñas de color negro y calaveras
De chaqueta de jean sin mangas
EL reloj del auto Nissan marca las 4 después del mediodía
Y hemos llegado al pueblo de Moran
Una postal de casas con tejados cafés y calles empredradas
Envuelta en luces de focos callejeros de color amarillo del siglo XV
Que maldita suerte la mía
Un alma de segundos presurosos
Viviendo en este espacio donde el tiempo parece no existir
O puede haberse muerto hace tiempo de aburrimiento
Nos dirigimos hacia la calle 8 y 23
Nuestro hogar desde ahora y para siempre
Y al verlo solo puedo dibujar una expresión de nada y antipatía
Dejo salir un insulto en forma de grito y mis padres me corrigen presurosos
Los intentos de una generación que trata de volver al tiempo de rezos y crucifijos pienso
Ni que lo hubiera marcado en mármol en el viento
Y mi hermano menor solo puede saltar de alegría
A veces es tan tierno saber que es tan inocente
Veo en sus ojos la dulce sensación de la ignorancia sin manchar
Me paro en la acera y no quiero entrar en esa casa tan vertical
Mi madre me grita que desempaque mis cosas
Cosas que guarde en mi maleta de cuero negra con el dibujo de una copulación en rosa
Es tan gracioso ver sus rostros de vergüenza al verla
Como clérigos en vista de una puta con las tetas salidas
La bajo en lentitud a propósito
Con la expresión de gusto y éxtasis
Pero eso no cambia la mierda de casa en la que estaré
A medida que la cargo y entro en mi hogar
Solo puedo ver espacios cerrados sin gracia
Unas paredes de un mármol griego extinto
Unas escaleras de ancianos reumáticos
Un techo de tejas en círculo
Tomo un suspiro y sigo
Pregunto con voz susurrante donde está mi cuarto
Mi padre apunta hacia el segundo piso
El cuarto cerca del baño dice con premura
Les grite sin vacilar
Que entiendo que para ellos soy una mierda
Pero tampoco quiero olerla
Peor sus mierdas
Nadie dice nada, solo me miran con el martillo de sus reglas
Camino con mi maleta sexual y subo
Llego hasta la puerta de caoba
La pateo y entro
ahí esta mi cuarto
Tan poco caótico
Pero tan recto
Arrojo mi maleta al suelo
Me recuesto en el suelo mirando al techo
Y cierro mis ojos
Queriendo oír algo más que ese puto sonido de pájaros
Quiero oír robos o asesinatos
Borrachos cantando sin sentido
Algo, maldita sea algo
Pero solo escucho el silencio
Mi mente dibuja las fotografías de mi vida antes del hoy
Esos conciertos hasta las 12
Esas caminatas en ebriedad
Las cogidas duras y suaves
La observación de la ciudad desde el panóptico de jóvenes sin arrugas
Los cafés en la calle roma
Los almuerzos en el restaurante de novedad
Todo eso es tan dichoso que rió como una loca
Pero todo para cuando mi mirada se abre
Aquí estoy digo con una mueca de payaso sin globos
En el pueblo de Moran
Este es mi primer día
De muchos por venir
Soy Alía y estoy lista para pintar de ilógica estos 4 muros
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Primavera que no vuelve

Escribo con tinta de océanos
sobre primaveras que no vuelven,
souvenirs de manzanas caídas,
abono inocente de nostalgias
sembrando nuevas estaciones.

[Recuerdos que florecen como Primaveras....]

Peluches con mi nombre,
trenes ondeados
en los raíles de pañuelos oxidados,
del verde de las aceitunas
embriagadas en el deseo del moiré[muaré] rojo
de aguas lisas, brillantes.

Primavera concubina de desvelos,
de quejíos cantados en vasos de tubo,
cafés como elixir de la juventud,
de yunques triturando la inocencia torcida,
mentida en los espejos del desengaño.

[Mi mejor primavera está por llegar....]

Primavera pasada,
convertida en otoño,
recuerdo apilado en hojas blancas;
renuncio a equinocios de invernadero
mientras espero las que están por llegar.

Te seguiré esperando , primavera de suspiros negados,
columpiando besos, derramando sentidos....


Amén
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Sicomoros egipcios y cafés pendientes

En esta mirada mía, viajan:


Alquimistas de sueños

Globos aerostáticos

Bombas de vida

Cantos de cisne

Telescopios dorados

Sicomoros egipcios

Nenúfares aéreos

Tréboles azarosos

Besos helicoidales

Saltos mortales

Cafés pendientes

Ese café. El que nos prometimos con el roce de los dedos. El que quema los labios, callados. El que me amarga y me endulza los escalofríos. El que me eriza la memoria, pensando que vuelves.
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Pudimos

Pudimos ser magia en los ojos de un niño y serpentina en año nuevo.
Pudimos ser río desembocando en el cielo.
Pudimos ser leña para calentar el invierno y letras para bebernos mirando el fuego.
Pudimos ser la fusión de la apasionada música y el amor más tierno.
Pudimos ser pisadas por las calles de Madrid y cafés con sabor a poesía de entretiempo.
Pudimos ser concha en mar ajeno.
Pudimos romper cuerdas de guitarra para acabar rompiéndonos los huesos.
Pudimos ser lo que ya nunca sabremos...
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Tantas preguntas y la respuesta eres tú.

Los secretos de nuestra existencia la gran mayoría del tiempo se van evaporando a lo largo de la historia, muchos de nuestros sueños no pasan más allá de debajo de la almohada, quizá encontremos muchas preguntas, muchos porqués que nos tengamos que llevar con nosotros hasta el último día, y posiblemente lleven consigo la frustración de no haber conseguido las respuestas suficientes a sus dudas. Pero ¿realmente todo debe tener una respuesta? Y ¿realmente estaremos satisfechos luego de saberlas? ¡Oh, cariño! Esos ojos tuyos tan oscuros y profundos como el mar al que temo sumergirme, me habla de tantas preguntas, de tantas dudas… sigues mis brazadas hasta el punto del horizonte, donde consideramos que terminan estas olas, pero sabemos que ese no es el fin, y también sabemos: tu y yo, que este no es el fin de las especulaciones que nos llevan a dejar las profundidades de tu mirada, para salir a flote por una bocanada de aire, porque sí, es trágicamente poco el oxigeno que el mundo me permite luego de callar tus labios con los míos. No lo resisto señor mío, mis oídos se aturden cuando escucho tus miedos hacia mí ¿Qué no ves que estoy desnuda? He desarmado cada articulación de mi frágil cuerpo, y sí… se que mi cuerpo no es relevancia, pero estoy desvaneciendo la arena que rodea mi océano, o mi alma. ¿Son las dudas las que están presentes o es mi voz la que no grita que te quiere?

Porque te quiero, te quiero consumir hasta la última mirada de tus ojos cafés, oscuros y fuertes; te quiero desbordar en lagrimas provocadas por haber reído toda una vida por lo mínimo; te quiero arrancar la piel y dejar al descubierto tu ser; te quiero hacer mío en el vapor de un té que compartamos antes de cerrar los ojos, pero queriendo que no los cierres sino es para soñar, para creer, para nacer de nuevo; quiero que te quieras por encima de mí, y que tu amor nunca esté por debajo de la estrella más lejana. Quiero, quiero, quiero… tantas cosas, que, sólo podría decir: que te quiero a ti, pero te quiero libre como las aves que vuelan sobre nosotros, las que no se van, las que siguen sobre el mar, las que no temen hundirse. Seamos así, disfrutemos de las aguas salinas y cristalinas que salpican nuestro rostro, sabiendo que bajo las aguas fuertes habrán amenazas, pero si hablamos de lo nuestro: no hace falta darle respuesta a las preguntas que sólo quieren limitar nuestro rumbo, cuando el mar bravezca visitamos la luna, cuando la luna no sea tan acogedora vamos a la orilla de una playa, y cuando no exista nada: Sólo vamos, tu y yo.
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Qué haré con la noche

Ando lleno de fatalismo y locos que me son ajenos.
El viento trae olor a fraude y trampas.
La lengua extraviada, anda,
salivando venenos,
alucinada.

Soy un animal distraído, de escuálidas tardes.
Humeantes cafés herederos de escombros.
Soltaré al perro, ignorante,
de duelo callado,
asustado.

Trae la aurora sábanas raídas, engalanadas
de tristeza, de últimos aullidos
a las fieras del desamor,
y al pájaro asustado,
escuchando,
las voces,
la muerte,
de una mesa inexistente,
de platos indispuestos,
sillas vacantes, hasta aquí,
la noche reciente,
la de los insomnios y la soledad
engalanados en sábanas,
raídas por la aurora,
hablando,
la voz de un pájaro
mullido en amapolas,
en lumbre sobre un raído
lecho mal nutrido.

Me sigue el aliento de tu piel, coartada.
Las fiebres de las manos que amaron.
Habita ahogada, la noche
en mi garganta,
anegada.

¿Qué haré con la noche?
¿Qué haré con ella?
¿Qué haré?
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