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Obra del tiempo

El tiempo que todo lo cambia

Trocó mi hoz en un motor

Que gira al contacto de un botón.

Sin misterios, sin enigmas y sin magia

Vario mi voz con el fragor,

En el delirio de la sórdida invención,

De aparatos doblegados por la rabia.

También así, cedió el fervor

Expresado, en lóbrega comunión,

En la ruta insustancial de la plegaria.
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¡Corre y calla! (el último maratón)

Enloquecimos cuando el saco de monedas
se convirtió en azotes cruzados.

La comunión ente números favoritos
y boletos caducados
han perdido el control remoto.

En los jardines
de hierba y vino
se almidonan camisas de fuerza,
se guarda luto equivocado
a cielos pardos.

Bandera roja,
palabras en llamas,
las criaturas del señor del tiempo
remueven desperdicios
en el único resquicio de luz
que silba en este callejón sin salida.

Recuperar lo perdido
será imposible,
el despilfarro de almas
ha rasurado la cabellera del mundo.

Rápidos negocios a quemarropa
en coches con ventanas opacas,
la clientela se impacienta
en los bajos fondos de la discoteca.

Dejo como aval mi brazo izquierdo,
si algo no sale bien
aplaudiré el resto de mi vida
con el derecho.

En el último transbordo de metro
caigo en la cuenta
que aún porto los dos brazos
y que mis bolsillos
están repletos de billetes falsos
y que he cruzado la meta.

"Ya no me apunto más
a un maratón,
cuelgo las botas,
no, mejor las tiro".
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Como un Tigre

Caminaba sigilosamente por los pastizales, fingiendo una severidad, que no era del todo propia de su carácter, era un gordo grandulón y buena gente que se hizo capataz, presumiendo de unas concepciones del saber, del poder y la responsabilidad dignos de un ilustrado en filosofía. Haciendo justicia, había que catalogar sus oficios de capataz como muy eficientes, muy buenos, lindando con la excelencia. Sus virtudes naturales eran potenciadas por una aptitud auditiva y visual más allá de los índices comunes; era capaz de oír y ver lo que cualquier otro no podía. Esto le habría permitido, ganar el favor de sus patrones y el interés de la peonada en una correlación de eventos cargados de superstición y mezcladas con síntomas de patologías mentales.
—Mosca, que por ahí viene el Capi— alertaban los jornaleros al verlo venir, con su oxidado machete colgado al cinto y su voluminoso abdomen, poniendo a prueba, todas las propiedades flexibles de los tejidos de poliéster con que confeccionan las franelas en los talleres textiles chinos.
De no ser, por el día de pago, nadie andaría más contento en esta tierra que un obrero. Así lo confirmaba la carcajada irreverente bajo el sol después de la infaltable chanza, acometían sus labores siempre dispuestos a lanzar al aire una ráfaga de espontaneo humor del bueno, originada en apelativos asignados a los compañeros, algunos con los instrumentos que demanda el cariño, otros, con la saña generada en la burla o en el desquite verbal, con notables alusiones al doble sentido, en un lenguaje precario pero de absoluta comunión entre todos aquellos diligentes braceros, que cultivaban la tierra ajena en retribución de unas insulsas monedas cada semana, no obstante, la constante diaria durante la dura jornada, era la licencia furtiva para la risa, que si bien, no gozaba de la total aprobación del Capi, tampoco la cuestionaba ni generaba represalias para ninguno.
— ¡…Y viene como un tigre!— Infería uno de los peones mientras alzaba vigoroso un saco atiborrado de tubérculos.
— ¿viene muy bravo…? —Preguntó uno más joven desde un costado.
A lo que respondió enfático el hombre con el saco al hombro, como queriendo exorcizar toda la malicia del escozor que causa la maleza en la piel sudorosa.
— ¡No, chico!
— ¿Y porque dices que viene como un tigre?— Increpaba curioso el mozo.
Respondió el otro en voz alta.
— ¡Aaah…por lo “Jediondo”!
Una explosión de risas sobre el sembradío se desprende, cual el vuelo de una bandada de pájaros en el monte, ante la presencia de una amenaza, o un peligro: como un tigre.


Chascomus,, 30/10/2018.
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¿Comunión o dispersión?

Es muy sencillo afirmar:

“¡Quiero vivir!”

desde el miedo

desde el apego



¿Ser o no ser?

¿De veras que es un dilema?

Para querer vivir

se tiene que querer morir



La vida es la femme fatale

y su hermana, más dulce,

la muerte



Engendrados…

Muchas confusiones han habido entre nosotros

que tan solo somos engendros

a ojos de nuestras aspiraciones.



Ya va siendo hora de aclararlas:

¡Son gemelas! ¡Y no riñen! Y si lo hacen,

es por amor fraternal:



La vida no es agradable, desea incansable

la muerte

que quiere verte engendrar de nuevo

antes de las presentaciones.



What a wicked game to play…*



¡Pero se quieren!

¿Cómo no va a ser agradable la vida,

siéndolo su hermana?



Demasiado hemos soñado, nosotros, los ilusionistas,

en seguir soñando

en una vida mejor



Pero errando, de error en error…

con l’amore qui move il sole e l’altre stelle**

aqui estamos de nuevo

con la cara llena de barro

los ojos dolidos

y la mente poblada de maleza…

…engendros de íntima belleza…

…de generación en generación…



Reencontraros en el cuerpo con el recuerdo de lo fraternal que hay en vosotros,

hijos de la mezcla y de lo putrefacto



(Ambas se acercan…)



Noé ha vuelto para hablarnos del diluvio…*** Y dice:



El oráculo ha hablado, toda generación se cree portavoz de la llamada del fin del mundo, la de su salvación. Y al final, esta, la menos atenta a la transmutación de los tejidos cósmicos, es la elegida.

Paradójicamente, los que más lejos han huido de la carne divina, son quienes tendrán que decidir.



Y Noé habla así del diluvio:



El dios antiguo prometió no volver a castigar del mismo modo a sus engendros, más nuevos becerros de oro, vástagos suyos, vinieron para acomodarnos, queriendo demostrar así mayor benevolencia que su progenitor, irguiéndose conquistadores allí donde su dios padre fracasó, para acomodarse.

Secretamente, estos sí que ansían una nueva selección, una purificación para los advenimientos venideros. De este modo vociferan hacia los borregos desde sus espléndidos balcones:



–¡Ya basta de sufrir! El dolor ha dado sus frutos.

¡Ya basta de engendros! ¡Queremos ángeles!

¡Ahora queremos ser felices!–



Y el pueblo chilla extasiado al sentirse victorioso, creyendo ver cumplidas todas las promesas:



–¡Libertad!

¡Justicia!

¡Igualdad!

¡Dignidad!

¡Fraternidad!



¡Felicidad!– … sin entender nada.



(Ambas se acercan…)



Ya vienen esas dos… Las malentendidas… Aquellas a las que confundimos con vida y muerte…

Aquellas que son sus hijas, y que sí que riñen… Ambas se acercan, ya vienen esas dos que solo salen de su escondrijo en momentos decisivos: Comunión y dispersión.





* Wicked game. Canción de amor y desamor de Chris Isaac.

** "El amor que mueve el cielo y las otras estrellas". Verso de La Divina Comedia
de Dante Alighieri.

* Y quien dice Noé dice Yuval Noah Harari.
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El verdadero amor

¡Qué sería de mí sin una gota de rocío!
¿acaso un ocaso perdido en el pasado?
una memoria inconclusa
un otoño abandonado en hojas secas.

El amor lo es todo
un suspiro por el otro
una mirada furtiva
una caricia tierna y benévola.

El verdadero amor encuentra el perdón
tranquilidad de un oleaje al atardecer,
una mano cálida
un regazo en el cual recargar las penas.

Qué sería de mí sin tus palabras
sin esa voz que me acompaña
que me enseña a volver a confiar
en una mañana en donde la luz será mejor.

El verdadero amor es más que una osadía
es respeto por la vida
una sonrisa querida
un cariño eterno sin malicia.

El verdadero amor no se busca
te encuentra y te llena
de emociones y alegrías,
es la vida y la ilusión.

Yo quiero atardecer en tu compañía
ver el mar todos los días,
leer a tu lado solo poesía
ser un verso en comunión.


19/10/2018
Miguel Adame.

Con mucho cariño y respeto a mis queridos amigos
Leticia y Víctor.
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18comentarios 155 lecturas versolibre karma: 145

Ella es como el arco iris…

En la hondura
del terraplén azul
me acosté
a ver las estrellas.

Y en la alta constelación
vi a Andrómeda
la galaxia más brillante
con encajes de cristal
y con el faro de luz
en su regazo;
con sus puntas de diamantes
propulsadas
y su haz fundido
en el relámpago de la noche.

Estaba sumergido
en una existencial comunión
con los astros
e imaginaba a Newton
retumbando
en las noches de invierno
abriendo laberintos
surcando las laderas
atravesando
las armaduras del castillo
despertando
los fantasmas del bosque…

Una canción se coló
en la punta de los sauces.

La identifiqué al instante.
She’s a rainbow de los Rolling Stone 1966

Las estrellas...
la música sicodélica,
el humo del cigarro,
los colores del aire
y el aire regurgitando
en mi paladar
me transportó por lugares
inéditos e insospechados.

Ella es como el arco iris.
Repetía… Ella es como el arco iris.

Desaparece la música
en la fría soledad del entorno
y el arco iris...
sigue zumbando en mi cabeza.

www.youtube.com/watch?v=6c1BThu95d8

Ramón Pérez
@rayperez
Feberero 1992
Venezuela
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12comentarios 161 lecturas versolibre karma: 130

Todo sobre mi madre

Todas las mañanas mi madre me acompañaba hasta la esquina. Caminábamos juntos y observábamos el regocijo de nuestros rostros al sentir que con una simple mirada nos hallábamos.
En nuestro diario caminar nos estancábamos en la parada del bus.
Justo allí; mi madre posaba sus labios sobre mi mejilla y luego se despedía con un ademan. Sentí tristeza por un momento de solo pensar que algún día pudiese dar la vuelta y ver que ya no estaría allí.

Los recuerdos se amontonan en mis ojos al recordar todos esos momentos risueños.

Recuerdo la primera vez que caí. Me observaste desde lejos. Esperando tal vez que me levantara como todo muchacho travieso. Quizás sentiste compasión al saber que serian muchas las caídas a lo largo de mi vida. El golpe fue duro. Por un momento sentí que estaba solo. Sin embargo observe tu sombra reflejada en el frío suelo que se balanceaba hacia mí. Corriste a mi lado en un intento desesperado de sujetar mi cuerpo para que no volviera a tropezar. Rompí a llorar desconsoladamente y sujetaste mi dolor e invitaste a tus lagrimas a que se unieran con las mías. Posaste tus labios sobre mi herida y succionaste el mismo dolor que sentí la primera vez que rompieron mi corazón por un amor no correspondido.

Madre. Veo tus ojos dormir. Duermes como un ángel.
Sin embargo aun siento tu respiración.

Mis ojos se nublan al hurgar entre tus pertenencias y encontrar ese vestido rojo que usaste el día de mi primera comunión. Ese día fue lluvioso. Corrías detrás de mí para que no me mojara. Pero sonrías al verme como la lluvia jugaba con mi felicidad.


El tiempo ha pasado.
El niño quedo atrás.
Los recuerdos son imborrables.

Los vestigios del tiempo arremeten contra tu piel; arrugando la madurez y la experiencia de haber parido la vida, pero el sentimiento está vivo dentro de ti; acrecentándose en todos esos recuerdos. Desde mi primera nalgada hasta mi primera caída al suelo duro de la vida.


Esa misma mañana mi madre se levanto como todos los días.
El aroma del café recién colado se paseaba por toda la casa.
Justo enfrente de mi habitación escuche su voz llamarme. Pude divisar la luz del alba entrar en mi habitación y a su vez advertir su silueta a través de la puerta.

Allí estaba yo.
Dormido.
Sumergido en mis recuerdos,
aun con lágrimas en los ojos.
Sin respiración.
Sin vida.
Muerto.

Mi madre sujeto mi cuerpo entre sus brazos. Dejo que mi cabeza reposara sobre sus piernas.
Entretejiendo sus dedos en mí cabello comenzó a entonar esa vieja canción de cuna,
y entre el susurro apacible de su voz, la escuche decir:
Duerme hijo.
Es hora de descansar.
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Mujer en sus peldaños

Mujer sin conocerse uncida
a la sombra y a la luz de sus peldaños,
mujer de tez oculta y culto indiano
sorbida en mentar la muerte como vida,
dama de aflicción,
de fe mestiza,
de lento hábito,
de olor de cera,
de dolor disforme y conforme,
de pobreza
y plegaria de guiñapos y rutinas.

Señora de hermandades con la piedra,
de altar herido,
de frente hundida,
de corazón rasgado
por oscuro filo de obsidiana,
atajo de tradición de voz dormida,
alma de comunión extinta,
gastada,
ajada por las sombras
de una resurrección enardecida.
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Ojos de un niño de mar

Guarda,
envuelta en el pañuelo,
una peseta como paga de domingo,
ve a adquirir las pipas
en la tienda vieja de la anciana
a la que sisarás galletas despìstadas.

Regresa a la lectura
de los libros de aventuras de Tom Sawyer
y de Huckleberry Finn,
al puzzle inacabado
a resguardo bajo la cama de tus padres,
y al chispazo en una hoguera
sin vanidad y sin prisas.

Recuerda la cruz de ceniza
cuando se manche tu frente de miércoles,
el vestido de almirante
con el que disfrazaste tu primera comunión,
el picor estrenado en el Domingo de Ramos
con un pantalón de felpa,
las mangas dobladas de tu camisa.

No abandones nunca,
entre las cajas destempladas del olvido,
las tardes lluviosas de abril,
ni tampoco los agostos tórridos
hinchados con polvo y con pólvora festiva,
no olvides jamás,
dentro de tu desván de renuncias,
el vapor de las mañanas nubladas de sábado
o el zumbido de la lonja
en la subasta de un noviembre cualquiera.
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El sol sale para todos

El sol sale para todos. III

Sus manos sus herramientas. 3ª Parte

Un día se enteró de una noticia, muy preocupante y triste José se marchaba de la ciudad, dejaba la tienda donde tanto sintió y sufrió, amó hasta la extenuación total del ser, otra vez la impotencia de la no solución al problema salvaje de sentir y amar.

Volvió a los recuerdos de su niñez, ese maravilloso campo extremeño, que siempre lleva impregnado en su cerebro y piel, salidas de excursión, al salir de clases. Pues en esa finca del terrateniente forastero y la señorita extremeña, heredera del lugar, donde los jornaleros esclavos de Franco, se ganaban el poco pan que llevaban a sus chozos- hogares, al final de la jornada. Había una gran capilla para misa de domingo, un cortijo palacio para los dueños y colegio donde las niñas y niños iban a clases a diario, y los señoritos calmar sus conciencias.

Las niñas y niños como él y sus amigos hicieron la primera comunión allá por el año 56, eso si después de hacer un pacto de honor entre todos, para no delatar al cura, los grandes pecados que tenían todos. Ese recuerdo lo añora y lo valora con plenitud y cariño, pues hubo una fiesta infantil, con comida extra y golosinas. Esa tierra de los valles alineados de los olivos y el magnifico bosque mediterráneo y la vid, cuando los pájaros nidifican en Primavera, y la soledad del tiempo no tiene hora ni edad.

Está sin aliento degollado en la sombra se va su vida y su vivir, ahora será imposible seguir se le cae su alma, no sabe que hacer, un dolor sin calmante, sin solución alguna.

Tiene que aprovechar el tiempo que le queda y acelerar todo, sus ojos a partir de hoy, tienen que hablar más que nunca, con la fuerza de su mente amará sin límite alguno.

El tiempo con una gran tormenta de lluvias y truenos, los rayos le ciegan sus ojos y el agua le hace aun llorar más, solitario, roto, frustrado, destruido, vació, con tanto que dar, se quedará tan solo como un desierto sin agua, sin respirar, sin vida.

Al cruzar la calle, ensimismado, distraído, y casi ciego, un autobús lo arroyó y sus ruedas pasaron doblemente sobre su cuerpo virgen.

Fin.
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Esplendente

El bálsamo para todo es agua salada:
sudor, lágrimas o mar…
Isak Dinesen

…igual a las mareas que por ella suben
como a un acantilado.
Charles Baudelaire


Aquí va tu agradecimiento al mar.
Por acá, dejas tus solubles joyas:
lágrimas del crepúsculo nublado.
Allá, la marea menor de zapatos
trazo de estelas inimaginables.
La ropa: parda bruma, grises olas;
tu sostén, desleído en esta orilla.

Todos los mundos de nuestras edades
juventud y vejez se arremolinan.
De ajenas latitudes llega el bálsamo:
con su bajamar de lunas congrega
esta claridad de tu ser perfecto… 
torrente cual cresta de marejada
y estuario tibio de los días solares:
resuello contenido entre tus senos.

Desnudas al cenit horizontal.
Desnudos, somos nocturno bestiario.

De entre las mareas a la luz de luna
la plenitud deviene con tu olor:
retumbo de corrientes abisales
y ese resabio es la otra saliva.
En comunión de las aguas saladas,
oceánico es el origen del mundo;
entre los muslos ceñida humedad
y el jadeo, nuestra agridulce arena.

No es nicho ni espuma en busca de ahogo:
es un suave soplo al plexo solar.
¿Ave Fénix, tal vez, que se repite
en ajenas riberas de los otros
y en nosotros es única y puntual?
¿Dónde están los límites de los cuerpos
que se diferenciaban por caricias
en temeridad y timidez pródigas?

Al amparo de tu ardiente templanza
no olvides los esplendentes momentos.

Aquietado el pecho con la penumbra
en algún arrecife de estas sábanas
mi humanidad, zozobra demudada.

Alejandro Sandoval Ávila
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Qué tendrá que duele tanto

¿Qué tendrá que duele tanto
la distancia al horizonte?
¿Por qué mis dedos pretenden
ser raíces que buscan
la comunión con la Tierra?
Le tengo miedo al sauce
porque no derrama su verdor
en el manantial florido
donde bebo cada día,
y le tengo miedo a
las sombras
que me envuelven en la noche
lejos de la infalible daga
que no pude traer conmigo.
Ayer queda tan lejos
que mañana
se dibuja
con un halo de misterio
que me llama incesante.
Y tiemblo
y siento que las hormigas
se apoderan de
mis pies.
¿A que temo?
Si soy tierra de la Tierra,
si ya la tengo hollada
de tanto pisar mis huellas,
y mi sangre está dispersa
entre quebrados olivos
donde entrelaza el mochuelo
sus acompasadas notas.
Me identifico al fin
al comprobar que allí sigue
la herida abierta
en el monte
-cicatriz de los tiempos-
cuando abro y cierro
mi ventana.
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6comentarios 147 lecturas versolibre karma: 88

La ruptura de los amantes o la separación

LA RUPTURA DE LOS AMANTES

Su palabra resonó fatídica, su eco,
sin embargo, lo guardó estremecida,
recuperado por momentos, aunque se rodeó
de la postrera sonrisa menos clara.

Aquella lengua parecía anticipar
el horror del pensamiento inmovilizado,
los labios cuya expirada mueca
al quebrarla abjuraron de su magia.

En su fragor sin esperanza, vi
Espirales sobre dos mudos corazones
aún de resonante fuego, sin lágrimas dispersas,
veloces ascender como si fueran humareda.

No hacía mucho, una suave luz fantástica,
con toda su variedad impalpable,
despejaba de sombras la mansión y salones,
cada uno convertido en la evocación del placer.

Por un momento regresaron a la residencia
familiar las aflicciones sin dolor,
porque eran amadas: los juramentos indecibles
contenían otro aspecto más tranquilo.

Nada se desvanecía, nada hacía presagiar
Tanta depresión, ni tanto ardor turbulento
ataba la pasión clarividente, con miedos
que causaban apatía, al vivirla en el interior.

La mujer tenía sueños que no dominaba;
a veces somnolienta respiraba con el peso
liviano de la juventud que condensaba en su ser,
formando realidades que por sí mismas departían.

El hombre era mucho más imaginativo, estuviera o no
equivocado en sus creaciones que consideraba
desarrolladas por la materia y sustancia inasible,
un soplo de visión de menor lúcida realidad.

Ella vivía alegre y despierta, gozaba
del poder de convertir las horas en segundos
y establecer fronteras entre lo ficticio y real,
con su naturaleza común a ambos.

No se sabía bien qué buscaba, si alguna cosa
sobre la tierra pretendía fuera de la rusticidad
social, no igualada en su declive al severo
borde de las altas pasiones de una mente fija.

Era hermosa, como toda mujer: no existe forma
femenina que no contenga ese don que la corteje,
mientras el juvenil entusiasmo forma su obra adicta.
Otro argumento posible vacila con los años.

Los ojos de su mundo despedían vivezas,
con realidades mucho más profundas y vitales,
pero apegadas al plano espíritu de las que eran
exención como el sueño que las divide.

Con su momento oportuno se encontraron
en conjunción de planetas, no porque a este destino
intenso llamaran en sus creencias, sino por simple
casualidad que acerca a almas inconexas.

Así surgió la pasión: como todo lo que madura
bajo su paisaje, sea distinta época conservada,
y de ser posible, cantada según qué cadencia
la corone con obras mucho más loables.

Así lo pretende la naturaleza y los rostros
que por vez primera se contemplan vírgenes.
Ambos acudían diariamente a su cita peculiar,
porque igual del fin lo son todas desconocedoras.

Tenían amigos, aunque huían de la amistad
falaz que cambia según qué días son más provechosos
y lanzan fluidas adulaciones; sólo si agradan, legan
un corazón no excusado de agonías.

Sin convulsión amarga se retiraban, una vez saciado
el mutuo beso; después, cada uno volvía a su morada
o rasgaba la lira indescriptible, sumido en la paz
serena, por la que declinan los buenos augurios.

Muchos fueron las corrientes amorosas,
Los espaciados días del apretado abrazo
Mientras dejaban caer la temblorosa sonrisa,
poco a poco montada en el palpitante latir.

Se sentían felices; pero una nube con su sombra,
comenzó a disipar los rayos claramente,
trazando extrañas condolencias, sofocando la fuente
de la que manaba tanto ardor primerizo.

¡Se habían convertido en esposos! Y aunque vigilaban
las columnas robustas de su hogar despejado,
(azul del cielo entre los montes), el indecible nubarrón
sobrevino sin que se sepa viento alguno lo empujara.

Mientras, otros muchos dormitaban sin amor,
igual cubiertos de vagabundo errar,
apenas sin bellos matices ni reconocidos diálogos,
excepto por las tinieblas que aún no habían derribado.

Vagaron sin rumbo, entretanto los templos con bodas
lucientes continuaron llenándose, pastando dispersos
al mediodía entre banquetes sin sol y con el clima
inconfesable de la espectral malignidad.

Cada pecho de ambos ya no se sentía venerado,
únicamente por disimular la causa doméstica
permanecían en comunión sin esperanza,
ni más adecuada, ni menos gentil.

El deseo, inicialmente bello, se había desvanecido;
ambos amantes regresaron a su desnudez primitiva,
esa que nunca cambia imperceptible a los demás,
porque la rutina del amor nunca enseña su envoltura.
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El abandono del amor

Me abandonaste
en el desierto de mi desolación
entre oscuras penumbras que se ahogan
por no tener resignación.

Esperanzas insoportables
por seguir viviendo con el remordimiento
de un amor enfermo por la lejanía de tu amor.

Transpirando sufrimiento
conociendo mi divagación
improvisado un silencio invisible
que solo atina ignorar a el dolor.

Siempre fue inútil arriesgarse
con la última esperanza de la inanición
te cansaste de mi cuerpo como remedio de una solución.

Gritos aletargando el cansancio
años que cuentan el sacrificio en comunión
no dejaste nada
para no tener que decir adiós.

Solo requería un poco de esperanza
una gota de tu aliento
para poder seguir con esa historia.

En tu mente otra era la historia
nunca estuviste dispuesta a amar sin tener que mentir
solo sentías pasión sin amor agápe.

Nunca te importaron las horas que pasé en el desvelo
buscando un pobre momento
que me diera un poco de consuelo
para no morir de un olvido sin resignación.

El mute
11/04/2018.
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Me dejaste de amar

Me dejaste de amar
lo siento en cada milímetro de la piel que te añora
lo siento en este corazón
que ya no late con la fuerza descomunal que se desborda.

Tal vez fueron el cúmulo de años que se agolpan testarudos
fueron los pretextos que se acumulan uno a uno
como si no importarán los segundos que se extingue poco a poco.

Tal vez fueron las incontables noches frías
en las cuales mi sombra no estuvo arropando tu cuerpo amado
ahora lo sé
no bastará una sola disculpa como antes.

Las mil canciones que te hablaron por mí en cada letra,
hoy el río del amor es un torrente seco
ya no fluye desde el manantial cristalino
de tus propios pensamientos.
Tu fluir ya no lleva ni una sola gota de pasión
que se atesora como si fuera la última para no morir,
hoy la sonrisa nerviosa que seduce con una sola mirada
ya no basta para lograr la bendita comunión.

Ninguna palabra será lo suficientemente fuerte
para poder decir que te amo
ninguna caricia podrá ser el pretexto perfecto
para tener tu calor nuevamente en mis brazos.

Es frío el vacío de un hogar roto
en donde enmudecen las noticias
son tristes los recuerdos que no pueden romper
el desencanto de una mirada perdida.

Me dejaste de amar
y tu no eres la culpable de aquella soledad
que acompañan ahora a todas mis poesías.
ahora lo sé.

Ninguna palabra que enmudece ante tu sola presencia
será suficiente para poder volver a amar.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
21/1/2016.
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Todo es lo mismo

Somnoliento desparrame de exquisito vino,
bamboleando por el aire, fugaz como la vida misma,
salpicando a diestro y siniestro y propagando la buena nueva.

Todo se tiñe de puro rojo erradicando cualquier diferencia,
reconciliando a cada estrato en una comunión sin fin.
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La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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Marcelo Carrascostinni (el abate)

El canónigo Marcelo Carrascostinni fue preguntado por la meretriz en uno de esos días de pasión del religioso.
-Dime una cosa, Marcelo,
-¿es cierto lo que dice la Biblia de que las putas entraremos antes en el reino de Dios que los ricos?-, le demandó.
Marcelo Carrascostinni, prestigioso encargado de la biblioteca nacional de la villa y corte, entregado enérgicamente al ardor de la sangre persistente, no quiso atender a la pregunta que se le formulaba.
Continuó resoplando exaltado, moviendo convulsamente las carnes de su naturaleza gruesa, dejando de lado toda inclinación mística y tareas para entregarse por entero a la consecución de la mayor de las comuniones: la del gozo.
Inmaculada le ayudaba en el cometido, buena conocedora de los puntos débiles de aquellos llamados sacros.
Aquellas oraciones del canónigo, obcecado en convertir en ofrenda el cuerpo de la ramera, aparcando los sentimientos de culpabilidad para los que él tenía en sus manos el poder de expulsar, no habían sino empezado. ¿Cómo iba a detener el rito para el cual se había envuelto con todos los emblemas que la lujuria había coronado dentro de él? Inmaculada persistió.
-Sé que lo dijo, en no sé qué parte se encuentra, pero sé que lo dijo. Y yo deseo saber si tendremos preferencia para entrar en el reino de los cielos no solo por delante de los acaudalados o los empresarios, sino también sobre los militares de alta graduación, los prelados y los altaneros policías que suelen visitar el club.-
El venerable canónigo Carrascostinni, con los ojos en blanco y la voz intermitente respondió:
-En un rato te lo digo todo, luego te lo aclaro-.
Inmaculada fingió aplacar su curiosidad y puso en su fábula mayor ansia. Algo que no pasó inadvertido para el buen abate. Incluso susurró con suavidad en los oídos del eclesiástico ciertas palabras impúdicas, lo que ocasionó una espiral de delirio al hombre, vaticinando un pronto final.
–Dime Marcelo, dime que entraremos antes y que seremos indultadas-, reiteró Inmaculada.
-Dime que seremos admitidas y estaremos a la derecha del que gobierna en el reino de los cielos. Confírmamelo o te bajas ahora mismo y te quedas en tu jodido purgatorio- le dijo con tal violencia que emociono al cura. Marcelo Carrascostinni se encontraba en un punto en que había perdido los fundamentos, los principios y no diferenciaba entre el bien y el mal, bendiciendo aquel momento como una elevación irrefrenable a la gloria prometida. La trabajadora Inmaculada entendió que su labor estaba a punto de llegar a su fin pero a la vez trató de coaccionarle y sacar de él una resolución sobre el tema que preguntaba.
-¿Por muy puta que haya sido, seré absuelta en las mismas puertas del reino, verdad?-, gritó con tal fuerza que lastimó al abate. El canónigo tembló de pies a cabeza, empotró su cuerpo sobre la sensible planicie de la mujer y sacudió aquel cuerpo irregular en medio de inhumanos espasmos. Enseguida emitió con una furia verbal arrolladora:
-¡¡¡Bendita mujer, tú reemplazarás al altísimo y creador, tú serás la todopoderosa!!!-.

Canet
dedicado a mi amigo M.C
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Humano y trascendental

El ruiseñor canta y al escucharlo
me transformo en sus alas,
me uno en comunión de melodía
y espiritualidad,
enseña la luz de todas
las oscuridades.
Mi nirvana es caminar entre el silencio,
percibir el aroma de la albahaca
mirar la luna a través del alma
ver la sonrisa dormida de un niño
y olvidar que existen dolores a mi costado.
Hacer de la palabra una fuente de sabiduría,
de las lágrimas una escuela,
del verbo una homilía
y de la paz una abadía.
Tener la conciencia de amar
todo aquello que en mí contra esté,
perdonar con el corazón destilando honestidad
y saber que al llegar la tempestad
podre asirme de mi férrea voluntad.
Aceptar los errores como mandamiento
de la imperfección pero asumiendo
con madurez no repetirlos nunca más.
Ser guerrera en las arduas batallas diarias
andar sin prisa, disfrutar de lo más sencillo
como el vuelo de una hoja desprendida de la rama.
Al escuchar al ruiseñor, descubro
lo humano y trascendental que es el mundo,
aunque lo pueblen dragones pretendiendo incinerarlo.

Yaneth Hernández
Venezuela
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la luna tu y yo

llega la noche con su cálido aliento un suave aroma en la recamara, se puede oler la pasión y las ansias de un par de cuerpos a punto de amalgamarse en un sueño tan eterno como los suspiros, la luna se esconde tras algunas nubes guarda su rubor bajo un poema, el éxtasis llega pleno y fluye en ese pequeño espacio, los labios solo recuerdan palabras llenas de amor el destello en las miradas son cómplices de aquella bella comunión,

tras la ventana
éxtasis primaveral
amor eterno.
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