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Obertura llanera...

Oigo el viento musitar y la lluvia clandestina
Vertical y sonora abre surcos en el suelo escaldado
El silencio anima el alma del desventurado
Y el invierno sacude la encina con golpe certero.

Enciendo un cigarro bajo el cobertizo de barro
La descalza y negra noche no alumbra
Busco entre el alud de hojas muertas
Y con mirada disoluta un lucero errante
Brota de mis manos.

Amaina la portátil lluvia por estos senderos
De los llanos venezolanos y el chirriar de garzas
Y trompetas que salen de las negras colinas
Hace correr en estampida al realengo ganado.
Momento oportuno para salir del cobertizo,
Mi caballo luna y la luz del lucero
Me guían por caminos virulentos
Llenos de acertijos y adivinanzas no resueltas.

Mi mente finita no sabe discernir
Mi caballo y yo nos entregamos
a la llama del lucero
Ardido en mí imputo pecho
E iniciamos con leve trote cuidándonos
De las esquirlas y trampas del monte
Atravesadas en la densa obertura danzarina
Donde las esperanzas truncadas
Quedaron agotadas en viejos y
Traslucidos calendarios.

Acompañado por un deleite de cuatro,
Arpas y maracas. Un aullido esquizofrénico
se escucha por la alta llanura son almas descarriadas
Van en procesión y cargan una cruz a cuesta
Llevan siglos pidiendo y suplicando
Al Dios cristiano le rebaje la condena
Y les devuelva el halo o fulgor de vida
Que tiene guardado el espíritu
De la gran sabana con sus mitos y leyendas.
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Inventario

La cara de un niño al abrir un regalo,
la luna de agosto brillando en el agua,
buscar un abrazo y hallar tres mil besos,
beberte una alhambra mirando la Alhambra,
oír las palabras que dice el silencio,
soñar rodeado de gente sin sueños,
andar por la casa descalzo en la noche,
comprar una pluma que escriba poemas...

Antes de darte el piro,
antes de darte un tiro
(plomo, dinero o coca)
piensa en las cosas que dejas,
piensa si salen las cuentas
y ya si quieres me cuentas.

Un hilo de agua caliente en la espalda,
doscientos intentos y al fin conseguirlo,
el tacto sedoso de un rizo en los labios,
la risa sonora de alguien contento,
dos marcas de amor en el banco del parque,
la vida secreta del jazz y el flamenco,
usar los gerundios como han de usarse,
“votar” en la cama una ley antimiedo...

Antes de darte el piro,
antes de darte un tiro
(plomo, dinero o coca)
piensa en las cosas que dejas,
piensa si salen las cuentas
y ya si quieres me cuentas.

Un trozo de pan recién hecho a la leña,
creer que llorar es reír en futuro,
cantar un golazo de Messi o Cristiano,
saber al aliento del beso querido,
hundir en la arena las manos despacio,
saltar en los charcos que enero nos deja,
los ojos lejanos que tiene el recuerdo,
un libro olvidado de Kafka o de Borges...

Antes de darte el piro,
antes de darte un tiro
(plomo, dinero o coca)
piensa en las cosas que dejas,
piensa si salen las cuentas
y ya si quieres me cuentas.
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La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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Eco

En mi boca de oreja a oreja , queja.
En la soprano con llanto, espanto.
En jaculatoria de un santo, canto.
En consejo de vieja, moraleja.

En promesa al ciudadano, vano.
En vacuo pensamiento,sufrimiento.
En el libro polvoriento,talento.
En excusa de cristiano,pagano.

En la indecisión de un juez,dejadez.
En redoble de soldado, pasado.
En sillones del Congreso, exceso.

En memoria del pez, estupidez.
En embuste del amado, pecado.
En tu labio travieso, solo un beso.

©Giliblogheces
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Cantos

Las victimas perecen y los corazones se pudren, los cabellos se caen.
La bandera hondea, el grito y su eco a lo lejos suena ¡Oh Patria eres ceniza!
Balas de rojo y bocas con hambre, manos de maíz y pasos de guerra.
Gendarmes y escudos, cuerpos en el asfalto y seducción en las palabras.
Tronos de oro y casas de madera ¡Patria me dueles!
Fronteras internas, proletariado ciego de nacimiento y colonias de adobe y lamina.
Monarcas que emigran al norte; en el sureste, hojas de palma como cobijas.
Soles nuevos, lunas viejas, días de siempre, ríos de noviembre.
Montañas escondidas a la vista del buitre, metáforas del azteca.
Mayas exiliados, cristianismo florece en los burdeles del epicentro.
Ciudad desprotegida, pueblo resignado, morenos de canela olvidados,
bolas de algodón para curarnos, fuego del imperio para llorar con nuestros cantos.
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Arne Jacobsen rezó

Arne Jacobsen rezó. Pidió que la riqueza material y espiritual de este año continuara sin mancha y que Dios le diera el hijo más angelical que hubiese pisado los fiordos de Hordaland. Un hijo fuerte, seguro de su propósito angelical en el mundo, digno sucesor de su padre, político conservador demócrata cristiano, que en sus ratos libres, cuando la política y los negocios privados se lo permitían, iba a la iglesia protestante a purificarse el alma y a rezar por otras almas menos perfectas y trabajadoras que la suya. Rezó toda la noche mientras la tormenta de viento, razón de ser de octubre, tumbaba abedules y abetos en las cumbres. Rezó mientras la corriente del río se llevaba la antigua escuela de madera de Undredal. Rezó mientras el lago Vangsvatnet se desbordaba y las caravanas del camping se alejaban nadando, siguiendo a las olas con saltitos alegres, afirmando su vocación nómada. Rezó pero no por los pescadores que se hundieron en el fiordo de Ulvik cuando un golpe de viento les tumbó la barcaza, sino por lo angelical de su inmediata descendencia. Rezó mientras su mujer, sola en el paritorio, daba a luz a su hijo. Dios, dame un ángel, te lo pido, rezaba Arne en la capilla del hospital. Un relámpago más y el niño nació dejando claro su lugar en el mundo con un llanto que resonó en toda la planta. Cuando Arne lo vio supo al instante que Dios le había enviado un ángel. Y no se equivocaba. Treinta años después su hijo se convirtió en uno de los líderes más importantes del motoclub de los Ángeles del Infierno.
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Quisiera ser

Quisiera ser el viento viajero,
ver infinitas llanuras
sin nostalgias en el cuerpo.

Quisiera ser una ínfima partícula,
un temor en la palabra,
una huella de silencio,
la candidez del alma,
un desierto primitivo,
un sentimiento añejo,
un ataúd sin brillo,
un lento suspiro viejo.

Quisiera ser el viento viajero,
volver a apócrifos años
de aventuras y de juegos.

Quisiera ser las calles lejanas,
los quirófanos fríos,
las caricias maternas,
los amores baldíos,
los colegios cristianos,
los prohibidos libros,
los patios adoquinados,
los inocentes niños.

Quisiera ser el viento viajero,
llevar mi raíz hispana
a las masas y a los pueblos.

Quisiera ser un libro de mil poemas,
un sinfín de vanidades,
una inmensa algarabía,
una tumba en dos mitades,
una tonada en el pecho,
un disparo de fusil,
un buen pedazo de tierra,
una mañana de Abril.

Quisiera ser tantas cosas...
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La existencia

La existencia se me contrae por momentos,
se me agotan los cigarros
y olvido, sin pretenderlo,
otro instante más de sueños
en la letra diminuta de una libreta.
Como lo justo y salutífero,
reflexiono, devoro viejas películas
y, como toda criatura,
en la cabeza tengo nocivas meditaciones:
ese latoso lastre que heredamos
de los delitos cristianos
y los trastornos de Freud.

La existencia me atraviesa,
salta de un lado a otro
y se olvida de mí.
Crepitan mis cervicales
con un crujido pausado
y me zarandea el vértigo sentado en el sillón
mientras contemplo
el telediario:
hambre, enfrentamientos, enfermedades, penurias,
en regiones remotas.

Canet
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Hijos de un mismo Dios

Vestida de oscuridad y tinieblas caminaba mi alma entre cadáveres amontonados en la roja tierra. Estaba desorientado, sumido en un mundo irreal, sin saber quién era exactamente. Todo mi cuerpo estaba cubierto de barro y sangre, pero esta no era mía. En mi mano derecha, portaba todavía la espada con la que había sesgado decenas de vidas; en la izquierda, la cabeza del asesino de mi mujer y mi hijo. Aún podía sentirse el hedor de la sangre putrefacta en el ambiente. A mí alrededor, continuaba el estrépito del choque del acero contra el acero, seguido del lamento de los que probaban la afilada espada del enemigo hundiéndose en su carne. Me dirigí hacia el acantilado que daba al mar, parándome al llegar al borde. Sentí la brisa marina por el rostro mientras las olas chocaban furiosas contra las rocas. Cerré los ojos, y por unos instantes olvidé donde me encontraba. Al abrirlos volví a la realidad. Elevé la mirada al cielo, y levanté la cabeza que llevaba en la mano izquierda. Luego grite:

-¡Oh Dios Misericordioso! Aquí tienes un fiel servidor. Esta cabeza que te brindo es la de nuestros enemigos. Nunca he matado en vano, y en esta terrible guerra siempre he defendido tu potestad. Este es el hombre que mató y violó a mi mujer, llevándose consigo la vida del hijo que llevaba en su vientre. Sabes bien Señor, que mi lucha es en nombre de la justicia divina, y que mi espada te sirve. Acepta mí venganza en nombre de esta justicia, que yo seguiré llevando orgulloso el símbolo de tu magnificencia. Yo prometo servirte fielmente, hasta el fin de mis días en la tierra, cuando por fin, vuelva a reunirme con mi mujer y mi hijo. Amén.

Luego, agarré la cabeza ensangrentada y la lancé al mar, perdiéndose esta bajo la espuma de las olas que chocaban contra las rocas. Recé de nuevo por el alma de mi mujer y mi hijo, y me dirigí de vuelta hacía donde se encontraba el resto de los soldados. La victoria había sido nuestra. Muchos celebraban el triunfo en la batalla riendo y bailando, aunque viendo el gran número de compañeros que habían caído valientemente en el campo de batalla, a mi entender, poco había que festejar. Me uní directamente al grupo que recogía los cadáveres de los caídos. Mi única preocupación en ese momento era poder darles cristiana sepultura para su descanso eterno.
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La Importancia De Llamarse Andrés

Fue un simple nombre
lo propuso su padre
entre copa y copa de sabroso vino
Este niño tendrá un nombre espiritual
apóstol de un señor dios
Valiente,fuerte,viril
como no presentarse valeroso?
Será pescador de hombres
Patriarca de su iglesia ortodoxa
No quieras entender su respuesta
solo los necios creen en sus propias palabras
La X tiene su cuerpo
banderas de los cristianos invictos
tres días de sufrimiento
Alguno tendrá que pensar en predicar
la mortalidad de su martirio
Bajo la Cruz de San Andrés
la importancia de llamarse.....de llamarse, Andrés.

Cuadro:
Bartolomé Esteban Murillo. El martirio de San Andrés. 1675-1682
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Mi vivir es Cristo, la muerte ganancia

En poema te resumo,
la vida del cristiano.
La vida la cual mi madre,
ami me ha inculcado.

Comienzas desde cero,
y creces hasta el cielo.
Para reunirte junto al padre ,
el final (paraiso), eso es cierto.

Mientras tanto en el mundo,
vives como tozudo.
Sin entender cuanto el te quiere,
dolor es lo que obtienes.

Dificil es seguir,
facil no cumplir.
Caminar siempre recto,
no podras conseguir.

El esfuerzo, mi padre ve,
el negarse a si mismo,
lo hace enternecer.
Si caminas junto a el,
feliz podras ser.

Para que tu vida sea Cristo,
y el morir tu ganacia.
Y te juro junto a Dios,
podras estar en calma.
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Martyr

Fariseo esclavo,
poseo mártir deseo
y con fe m´acabo,
en coliseo m´empleo.

Figlio d´Adán y reo,
sufrí menoscabo,
d´Eva probé bocado,
fruta de pe(s)cado.

Gladiador, bien arreo,
manejo fierro, escudo,
armadura de cuero feo,
hago de fieras felpudo,
oval ruedo y embudo,
rudo Heracles a sueldo.

Retorna al cuor,
neonato alado,
querubín vendado.

Tú, gladiolo traidor,
ornato que tornóse
tornado mudo y torneo,
entornado contoneo
tan entrenado me pudo.

Maté por ti,
por ti atado,
al fuego caído,
a Dios cuitado.

Trémolo o trémulo,
tres veces báculo.
Cálculo errático,
Hermes hermético,
secta do século.

Tu rostro ajado,
amortajado
es paradoja
es para Jano.

Remo y Rómulo,
Roma y ósculo,
vulva y mácula,
Loba y glándula.

Bebo lo bíblico,
San Esteban mítico,
Ichthys dístico,
misógino crístico.

Vivo un sin vivir,
prístino vitoreo.
Enemigo a batir.
Mi José de Arimatea
es un Dani Mateo.

Ánimo litúrgico,
rito eucarístico:
pan, vino místico,
solo con pase vip.

Aplico lo que leo,
hoy, San Mateo,
por Jesús, galileo,
dispuesto a partir
y a patir mi toreo.

Resplandor coloso
y odioso abucheo.
Perdí todo honor,
yo aprendí sin trofeo.

Carente de hombría
no oculto el olor
a dolor y a agonía,
a morir en horror.

Tinc por, mare mía,
protégeme, María,
de la sangre fría
de quien me porfía.

Oh, coronado pavor,
corazón adorado
de espinas y sol,
atravesado solaz
de asediado valor
sin ardor depredado:

Muerte repentina
para el pecador,
son los paganos
entre paisanos
de nos lo peor.

Y suena ocioso tambor,
Mors se exaspera,
espadas no esperan,
Moiras e hilo de or.

Derraman sangría,
rocían con sal,
¡Oh, Santo Grial!
Roto mi Cristo
tan de cristal.

Ecce homo mortal.

Aforo o enjambre
hambre de sangre,
muere mi nombre
con fin d´hombre:
un acto atroz.

Muchedumbre y su cruz,
s´aturde e inflama,
queman la carne y su pus
con luz, lumbre y rama.

Coz de Pegaso
mi alma veloz
vuela al raso,
´cos I´m a ghost now.

¿Ascenderá acaso
tras el ocaso
al Parnaso
para dar paso
a acallar mi voz?

Fue tanta tu gracia, dona,
perdona a tu don, de Judas,
cubierta de arena la zona,
parto con Dios sin dudas.

La Santa Mare es bona.
mi mort sin sepultura.
Impura tortura harcore,
fin sin mimo ni finura,
tumbado fiel sin tumba.

Piedra de coliseo oscura,
un cráneo de catacumba,
divina llama lo depura:
un óseo canto perdido perdura.
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A Christmas Carol

Como de costumbre, en llegando la noche del domingo, aunque con pereza, Rudolf se apresuraba a escribir en su "Laptop" de última generación, el panfleto semanal que publicaba asiduamente en el blog; no importaba que esta vez fuera Navidad, quería hacer ver a sus lectores (a los que consideraba adláteres o acólitos) su dedicación plena a la causa, su " leitmotiv "

En Rudolf, a pesar de haber recibido una educación cristiana en el mejor colegio de su ciudad, no prendió nunca la llama de la religión; tampoco se podría adivinar en él, a pesar de pertenecer a una familia numerosa, ninguna virtud relacionada con la modestia, o con el hecho de compartir. Además, el excelso esfuerzo realizado por conseguir su formación, le provocaba un estado de autosuficiencia, incompatible con cualquier grado de empatía por pequeña que este fuera. Aunque bajo de estatura, solo conseguía ver en los demás la coronilla capilar. No sabía mirar a los ojos.

Este excelso estado de engrosada autoestima le provocaba una inquietud permanentemente por alcanzar las altas metas ( bajo su óptica, merecidas)que el destino le tenía reservado, y que a sus cincuenta años aún consideraba no haber alcanzando, quizás porque confundía éxito con dinero.

...Pero el estaba ahí, en su casa de la Costa Brava, haciendo creer a quienes leían sus escritos que estaba dotado de unas cualidades humanas supremas, trabajando por la Humanidad desde el confort que da la paga extra de Navidad y “Los Moscosos” que le permiten ver la vida engañadamente optimista.

Aún recuerda, cuando escuchó hablar en una Convención a su Maestro Hans, el que le hizo reconducir su vida, el que le hizo cambiar de bando renegando de todo lo anterior, el que le abrió los ojos a unos ideales más acordes con su proyecto, aparentemente más altruistas, más políticamente correctos, más remunerados. y por supuesto más próximos al futuro que él merecía.

Para conseguir sus intereses Rudof no tenía más remedio que desdoblar su personalidad, no se piensen, la propia no, solamente la que quería hacer ver a sus semejantes. Para ello contaba con las herramientas que le proporcionaban los adelantos del Siglo XXI, su blog y el escaparate mediático de Twitter.

Él no había nacido para servir a los demás, equivocadamente siempre había pensado que estudiar una carrera con tanto prestigio moral le serviría para posicionarse en una escala social privilegiada. Su sueldo por encima de la media de sus colegas le era insuficiente para los méritos que consideraba justos.

En un principio optó por un destino transitorio, uno que le permitiera trabajar poco , alejado del control presupuestario que le aseguraba unos ingresos extras , inmorales desde luego, a la vez que ilegales. Pero llego la crisis y con ella una vigilancia extrema del Dinero Público que otros, incluido Rudolf, bautizaron como recortes, y que que le impedía mantener un estatus sosegado.

Y le conoció a él, a su Hans, otra manera de desarrollar su función era posible. Abrazando sus teorías filosóficas y posicinándose cercano a las ideas políticas del nuevo gobierno, logró protegerse de una pátina moral como justificación a una nueva conducta que le convertiría en un ser implacable ante sus inferiores , ejemplo a seguir por sus colegas y llamado a suceder a su maestro y mentor. Ahora transmutado en cordero y amparado en ideas que recordaban más al DESPOTISMO ILUSTRADO del Siglo XVIII .

“Todo para el pueblo pero sin el pueblo “.

Ejercía ,disfrazado de altruismo y abnegación, una nueva manera de trabajar; amansaba dulcemente a los que tenía que servir, a la vez que cumplía con los intereses presupuestarios, cobrando en forma de incentivos por ello; en cantidad similar o superior a cuando los obtenía de una manera ilegal, aunque igualmente inmoral ; además con la posibilidad de poder salir de “un encierro inmerecido” emprendiendo una carrera política...

Continuación en mi blog: vlpqvl.blogspot.com.es/2016/12/a-christmas-carol.html
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Muchacha cama adentro. 1era parte

El domingo, pasado el mediodía, después de almorzar
un buen bife argentino, asado a punto, y regado
con un vaso de vino ordinario, en un bodegón de La Boca,
mi barrio, no recomendado para los espíritus finos,
me tomé el 130 rumbo a un sitio poco frecuentado
por mis vecinos: el elegante distrito de Recoleta, cuna de nuestra
arrogante clase adinerada, para visitar el Museo de Bellas Artes.

Hacia allí me llevó la curiosidad, bichito que me picó
por culpa de la crítica de arte Laura Malosetti, a quien
no conozco en persona, pero a la que ya debo
este poema, y no sería injusto dedicárselo.

En un artículo en que habla sobre el cuadro
« Le lever de la bonne », « El despertar de la criada »,
de Eduardo Sívori, pintor argentino nacido en 1847
y muerto en 1918, dice, para intrigar al lector, que
fue pintado para su exhibición en el Salón de París de 1887,
y que la fotografía que se tomó del mismo en aquel entonces,
demuestra que la obra que hoy conocemos,
expuesta en el Museo de Bellas Artes, como parte
de su colección permanente, « presenta algunas diferencias »,
y no es exactamente la misma, que se exhibió en París en 1887.

Motivado por la nota, quería ver la pintura con mis propios ojos
y tratar de entender qué se escondía detrás de todo esto.
Yo ya admiraba un importantísimo cuadro de Sívori,
que había visto en el Museo de Quinquela, en La Boca :
« La mort d´un paysan », o « La muerte de un campesino »,
de 1888, que Don Benito compró para su museo en 1938,
y rebautizó « La muerte del marino », integrándolo así
a la problemática del paisaje boquense. Esa pintura trágica
nos presenta a un hombre pobrísimo en su lecho de muerte,
ante el dolor y el desconsuelo de su mujer y sus hijas
que lloran, desesperadas e impotentes. La dura escena
golpea al espectador. Al mirarla me sentí doblegado,
con el corazón grave, cargado de piedad. Tanto nos intimida
hoy el final como en aquel pasado. Nuestra alma busca,
sedienta, la inmortalidad.

Llevé para releer en el 130 la novela de Emile Zola,
L´ Assommoir, La taberna, de 1877. Esta obra célebre
del gran francés, creador del movimiento Naturalista,
fue la primera en denunciar con crudeza las terribles condiciones
de vida de los trabajadores bajo el gobierno reaccionario
de Napoleón Tercero. Zola afirmó que había querido escribir
« une oeuvre de vérité…qui ne mente pas et qui ait
l´ odeur du peuple». Lo dijo para defenderse de la crítica
de sus enemigos, que ayer como hoy abundan dondequiera,
para atacar a los grandes artistas de su tiempo.
Zola retrató la vida de los obreros y de las mujeres pobres
como nadie. Sívori, que lo admiraba, vivía en esos años
en París, decidido a ser un pintor de peso, y regresar
victorioso a su país un día, como efectivamente sucedió.

Bajé del colectivo frente al edificio de la Facultad de Derecho,
nuestro arrogante Partenón. Al otro lado de la Avenida
estaba Plaza Francia, el corazón de Recoleta, la privilegiada zona,
hogar de nuestra oligarquía, tantas veces enfrentada a su pueblo.
Allí vive la otra parte del país, en esta, nuestra Argentina de hoy,
dividida e irredenta. No me gusta ir a territorio enemigo,
pero es que esta gente, que se cree dueña de todo, se ha apropiado
de nuestro arte, no ha entendido que los artistas pertenecen
a su pueblo, aunque ellos no lo quieran. Yo estaba allí, entonces,
para reclamar, como poeta, en nombre de los creadores fervorosos
de la plebe, nuestro derecho a ser, a expresarnos, nuestra libertad,
que tantas veces nos negaron estos esbirros del infierno.

Caminé hacia el edificio del Museo de Bellas Artes y atravesé
su pórtico de rojas columnas. Ansioso como estaba por descubrir
la verdad, fui directamente a la sala de los pintores argentinos
del siglo XIX, y allí me detuve frente al soberbio cuadro.
Su título, « El despertar de la criada », no develaba
el enigma central la obra. Una sensualidad natural,
un estado de erotismo que sacudía la fibras íntimas del espectador
emanaba del cuerpo de la mujer. Había algo que el forzado título
encubría. ¿Habría sido una solución de compromiso que tuvo
que adoptar nuestro pintor, falseando la autenticidad de su arte,
para defenderse de los prejuicios y amenazas de ciertos grupos?
Las críticas destructivas y sus ataques tienen que haber resultado
una presión insostenible para Sívori. Mucho dependen,
por desgracia, los artistas plásticos de sus patrones…

Sívori, el artista, amaba, como Zola, perderse en los bajos fondos
para observar la vida cautiva y miserable de los más pobres.
Vio desfilar ante él a las obreras, las sirvientas, las prostitutas,
las madres solteras…seres marginales, sufrientes, castigados…
Una de esas mujeres, creo, aceptó posar como su modelo.
Había reconocido en ella el espíritu que necesita el artista
para llegar al alma dolida y buena, tierna y necesitada
de su personaje…La desnudó por fuera y por dentro
y esa mujer fue toda las mujeres, y su imagen fue símbolo
de los crímenes de una sociedad contra sus hijas indefensas…

Su cuadro recibió en Francia críticas negativas… No podía ser
de otra manera. La oligarquía francesa no es mejor que la nuestra.
Hermanos en la explotación y el desprecio a su gente.
La pintura de Sívori muestra a una joven mujer, sin ropas, en su cuarto.
Está sentada sobre su cama deshecha…Sus formas son abundantes,
sus pechos grandes y generosos. Sus pies están deformados, son feos.
Mira hacia abajo, con tristeza. Tenemos la sensación de que algo
la avergüenza. Va a vestirse. Junto a la cama observamos una mesa
de luz, con una vela. Medio rostro queda oculto en la penumbra.

Malosetti argumenta en su documentado artículo, que en la foto
de la obra tomada en París durante la exhibición de 1887
no aparecía en la mesa de noche el candelabro que vemos hoy.
En su lugar había una jarra grande y una palangana…
En la parte derecha del cuadro, sobre la pared, en un área
ahora oscurecida e invisible, había Sívori pintado un estante
que contenía « potes y artículos de tocador ». Es evidente
que la obra original no era el retrato de una sirvienta,
como declara, engañosamente, su título contemporáneo,
sino el de una prostituta, o, quizá, como es común en Buenos Aires,
el de una sirvienta prostituída, para entreteniento del gorilaje cipayo.
Los que visitaron la exposición, escandalizados por el tema,
que unía la sexualidad con la explotación y la pobreza,
lo criticaron: la hipócrita burguesía del Segundo Imperio
se sintió descubierta en sus oscuras prácticas « higiénicas ».
Censurado el tema, Sívori comprendió que recibiría la misma
crítica en Buenos Aires. Se vio ante un difícil dilema.
Enfrentarse a los arrogantes y poderosos patrones del arte
y defender su libertad de autor, o ceder antes las presiones…
Terminó sacrificando, lamentablemente, su independencia
de artista y lo transformó en un cuadro pío: el de una triste
sirvienta que despierta en su lecho, temprano por la mañana...
Han quedado, felizmente para nosotros, evidencias
de la intención original del pintor registradas en la escena.

Habría de reinvindicarse de esa situación humillante
con el cuadro que presentó en el Salón de París
al año siguiente, « La mort d´ un paysan », « La muerte
del marino », que hoy albergamos felizmente en La Boca,
la casa del pueblo trabajador, gracias a la generosidad
y altruismo de ese gran pionero del arte social
que fue Don Benito Quinquela Martín, quien lo compró
con su propio dinero para su museo. En esa obra pudo expresar
Eduardo Sívori su sincero amor por los pobres y marginados,
y denunciar ante la sociedad la desprotección de los humildes…

La escena central de «El amanecer de la sirvienta»
tiene lugar en el triste momento de la noche en que las muchachas
pobres ejercen el oficio, y venden a los hombres pudientes
la flor deseada de su sexo. Tal como sucede hoy en los appart hotel
de Recoleta, barrio selecto, donde los traficantes de putas ofrecen
su mercancía más fina. La actitud depresiva del personaje
denunciaba la humillación y el mal trato del que son víctimas
las muchachas prostituídas. A la oligarquía le gustaba ocultar
la « ropa sucia ». Expertos son en el oficio indigno de maquillar,
con mala fe, sus atropellos y justificarlos como parte
de sus « sanas costumbres », encubriendo sus delitos
tras los relatos engañosos de sus crónicas sociales.

Conmovido quedé por el cuadro de Sívori, nuestro primer
gran pintor naturalista, que no realista, como afirma mucha crítica
tibia y reaccionaria. Siguiendo a su maestro Zola, buscaba
decirnos algo sobre la desprotección de las mujeres.
Aún en su versión de hoy, modificada y corregida, víctima
de la censura de los sabuesos del sistema, sentimos la fuerza
de su mirada cristiana y compasiva. Sívori fue un artista
comprometido con su tiempo, al que la oligarquía del Ochenta
le torció la mano para justificar su liberalismo adocenado. Admiraban
a las élites francesas del Segundo Imperio y su visión racista
de la « civilización », tan en boga entre nosotros. En el salón de París
de 1887 los burgueses reaccionarios eran mayoría.

Sívori regresó de Francia y su cuadro causó asombro y generó
polémica en Buenos Aires. Allí está hoy su testimonio en el corazón
de Recoleta. El pintor, resignado, había modificado la temática
de su obra. A pesar de las alteraciones, el retrato de la joven mujer
había mantenido la fuerza expresiva de su estilo renovador.
Cuando el arte es auténtico, su espíritu vive; un aura inmaterial
lo envuelve; nace de él una conciencia nueva (¡cómo duele
la realidad « natural », triste y desoladora, de la selva darwiniana!).

La sociedad carnívora sigue acosando a los mismos sujetos:
los más frágiles, los más tiernos, los más déb
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La muerte del ángel

Su rostro lo atraviesa
una sonrisa torcida,
cicatriz enmudecida
de una herida que no cierra.

Una mirada muerta,
mirada torva, cruel, hundida;
y una lágrima furtiva
antes de cerrar la puerta.

Plumas grises como la nube
que atravesó al caer del cielo
a aquel terrible desierto
donde quien baja no sube.

Cuando se disipa el dolor
del golpe de realidad
con terror e incredulidad
observa su alrededor.

Entre la sangre y el polvo
revolotean plumas rebeldes
de unas alas que no quiere
pero que sigue mirando absorto.

Grita y siente en el pecho
una tempestad de ira incontrolable
y las plumas son puñales
que se clavan en su cuerpo deshecho.

Llegan y se van los días.
El castigo por traición
da fin a la transformación.
Despierta con el alma fría.

Lo siente: es otro.
Olvidó su nombre e historia,
y si antes conoció la gloria
ahora no es más que un ángel roto.

No se atreve a recordar
el pasado tan lejano
del primer pecador cristiano
que se quiso rebelar.

Y de esa luz de la mañana,
un resplandeciente fuego oscuro,
por un divino conjuro
ya solo quedan las brasas.

De nada sirve arrepentirse,
pues aunque era la más brillante
su luz no le pareció bastante,
y obtuvo así final tan triste.

Ángel muerto, renacido
en un fénix de ultratumba
que al amanecer se derrumba
soltando un largo y hondo alarido.

En demonio convertido,
ahora no piensa llorar,
pues ha elegido olvidar
su 'yo' antes del Ángel Caído.
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