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Haiku 3

Menuda joya
de cuero azabache.
Su voz: un filo.-


@ChaneGarcia
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Otra historia de amor (parte 5 - final)

Los preparativos para la boda parecen estar finalmente listos. Han sido tres meses alucinantes entre tantas decisiones sobre manteles, comidas, colores, flores, música, capilla y demás. Definitivamente, temas en los que a Martin le habría gustado no tener que participar tanto. Es increíble que se esté casando a tan solo un año de haber iniciado ésta relación. Aunque recuerda con agradecimiento, que ésta relación le salvó de perder toda cordura. Mónica vino a rescatar la casi nula capacidad de amar que había quedado en su corazón desde la huida de Verónica, hace dos años ya. Aún recuerda, con un sabor amargo el desordenado basurero en que se convirtió su vida interna y hasta su apartamento, tras su partida. Y el trabajo, con la inercia ganada, seguía avanzando bien, pero en piloto casi automático. Con Mónica todo fue tan fluido desde el principio. Ese primer encuentro en el parque mientras ella paseaba su cachorrito dálmata. Ese acercamiento tan natural y desenfadado de ella mientras él se sentaba en una banca que parecía tan solitaria como él, desconectado de todo lo que sucedia a su alrededor, absorto totalmente en los recuerdos de los días vividos con Verónica. Manchitas fue un mediador fantástico entre ellos. Su sola presencia suavizaba las cosas. Evitó el rechazo de Martín hacia toda chica que pudiera ser una amenaza a tener que abrir su corazón de nuevo. La amistad fluyó inmediatamente, entre este trío (Mónica, Manchitas y Martín) sin expectativas, sin dobles intenciones. Los encuentros en el parque se hicieron habituales, no planeados, espontáneos. Martín hasta se compró un cachorrito labrador ─Nicky- para acompañar algo de su soledad y completar así un cuarteto de amigos. La existencia de Nicky lo obligó a regresar a los suburbios, pues en su edificio de apartamentos no aceptaban mascotas. El cambio a los suburbios, rodeado de verdes árboles, plantas y sus flores; le sentó muy bien a su alma también. Se hizo un caldo de condiciones propicias para que las arañitas del amor volvieran a tejer sus redes, subrepticia y subliminalmente. A tan solo un mes de conocerse ya andaba saliendo con Mónica formalmente (sin la compañía de Manchitas y Nicky que distraian bastante). No había asomo alguno de planes de matrimonio en la cabeza de ninguno de ellos, pero las hadas del romance hacían lo suyo y a los cinco meses de estar saliendo; a la luz de una luna plateada, y un concierto de pajarillos nocturnos, con rodilla al suelo y todo, en el mismo parque en que se habían conocido, le dió un hermoso anillo de compromiso y le pidió que fuera su esposa. Mónica se le tiró encima y rodaron por la grama, entre sonrisas y unas lágrimas de felicidad que se mitigaban un poco con profundos besos de dos almas muy enamoradas.

La fecha de la boda estaba fijada para siete meses después y de allí fue una vorágine y un pandemónium de arreglos de boda que abrumaron a Mónica y Martín; pero de buena manera.

Era un viernes por la tarde, Martín estaba recogiendo su frac de la tienda de renta de trajes, cuando de pronto, entra una llamada, de un número desconocido. ─Debe ser alguna de las empresas proveedoras de la boda que llaman a última hora (a veces llamaban desde los celulares de empleados distintos) ─dice Martín en voz alta con tono de irritación. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─contestó Martín─ ¿Hola, cómo has estado? Por favor no cortes ─dice la voz de Verónica ─y a Martín le tiemblan las piernas, y su mente viaja en el tiempo, dos años atrás y su alma es traspasada por todas las sensaciones y sentimientos, incluidos el dolor y la añoranza de todo lo vivido con Verónica. ─¿Qué pasa Verónica? ─responde Martín bastante cortante. Tras una breve charla, entre intensos reclamos de Martín por la deslealtad de la huida de Verónica y los recuerdos de que lo bloqueó en todas sus redes sociales, cambió su número de teléfono, cambió hasta de trabajo para tomar un tren distinto y demás, y las débiles excusas de Verónica; accedió Martín a reunirse con Verónica en la casa de él, dentro de dos horas. Tanto ella como él creían que valía la pena un cierre decente de esa relación y ese capítulo de sus vidas. Martín, muy nervioso, casi no pudo hacer el resto de cosas que tenía planeadas esa tarde. Llegó a su casa una hora antes de la hora acordada. Repasó una y mil veces, tres o cuatro versiones del breve discurso frío que le daría a Verónica y de pronto, suena el timbre de la casa. Se dirige a abrir, el sol todavía algo brillante del inicio del ocaso le golpea la visión; Verónica se ve solamente como una silueta algo borrosa, un tanto más delgada que como la recordaba. La invita a pasar adelante luego de saludarla friamente con un leve apretón de manos, sin apretarla en lo más mínimo realmente, casi sin tocarla. Se sentaron en la sala y fue entonces que pudo contemplar su rostro, esos hermosos ojos azules que antes lo habían hechizado, ahora se veían con menos brillo, su rostro más palido de lo usual, su ánimo muy decaido, habría perdido unas quince libras desde que la vió la última vez. Verónica le contó, con una narración honesta, sin querer excusarse inutilmente, el porqué de su regreso abrupto con Alberto. Esa "fuerza del destino" que pareció arrastrarla hacia él, a pesar de la resistencia que ella quiso oponer por sus nuevos sentimientos hacia Martín en esa época. Le narró lo desdichada que fue otra vez con Alberto, quien nuevamente, había sido nada más que un triste espejismo. Martín perdió todas sus fuerzas. Olvidó todos los discursos ensayados y hasta los imaginados. Y antes de darse cuenta, se abalanza contra ella y le da un beso que en milisegundos pasa de un beso tierno a un beso apasionadamente intenso. Las manos no le alcanzan para acariciar su rostro, se le enredan entre su pelo, se deslizan solas en la espalda de Verónica, llegan hasta sus muslos y sus caderas, la aprieta contra sí mismo con una fuerza y convicción como si quisiera que no se le escapara nunca más. A Verónica le escurre una lágrima en su ojo derecho mientras jadea, y respira con dificultad, los besos de Martín casi la asfixian, pero en ese momento no quiere respirar oxigeno, solo quiere respirar sus besos, su aliento, su aroma, su esencia. Salen manos de todos lados, las de ella y las de él para despojarlos con violenta vehemencia de sus ropas y antes de darse cuenta no hay nada entre ellos sino su piel y una densa capa de sudor que los quema al roce de sus cuerpos. Martín la levanta sujetándole los gluteos con sus dos manos, y las piernas de Verónica se enroscan en él como si su vida dependiera de ello. El jadeo es intenso, el vaivén es despiadado, la embiste con las fuerzas de una pasión que había dormido en su interior durante dos años ya. Su corazón estalla de amor por ella. Verónica solloza mientras él la penetra; ella se aferra a su espalda con sus largas uñas hasta hincárselas dolorosamente dejando huellas de sangre sobre ella. Martín no siente nada, solo la presión de las piernas de Verónica enroscadas en su cintura. La pone a gatas contra el sofa, la sujeta fuerte del cabello con una mano mientras la otra se aferra de uno de sus pechos, mientras la penetra nuevamente con una violencia casi gentil, sin lastimarla, pero desbocando todos sus caballos en el acto. Se sumergen en un océano de sensaciones, sudor, placer y gemidos, hasta que ambos llegan al estallido de su orgasmo compartido. Minutos después Martín yace exhausto en el suelo y Verónica recostada en su pecho con uno de sus muslos cruzados sobre su miembro ya en reposo; juega con su dedo índice a recorrer el pecho desnudo de él.

Transcurre una hora más mientras Martín y Verónica se besan en silencio, acariciando su cuerpo muy lentamente, disfrutando de una intimidad a lo que no tuvieron acceso antes, por falta de tiempo.

Martín se levanta, se pone sus jeans y camina descalzo por la sala, hacia el desayunador de su cocina y busca su celular. Tiene tantas llamadas perdidas y mensajes de Mónica, inquiriéndole sobre las cosas que él debía hacer esa tarde en preparación final para la boda, incluído el ir a recoger su frac. No tiene moral, ni energía para llamarle de vuelta y menos responder uno solo de su mensajes. Verónica lo sorprende por la espalda, aún desnuda, abrazándolo intensamente mientras le propina dos besos muy tiernos.

Casi no cruzan palabra. Se hablan con la mirada. Se hablan desde el alma, se ponen de acuerdo sobre su futuro. Y se dirigen ese mismo día al aeropuerto y compran un boleto a París. Ni siquiera llevan equipaje, en el camino comprarán lo necesario. Las dos empresas en que trabajan tiene subsidiarias en París, ambos son empleados estrella y no tendrán problema en que los transfieran allá. Suben al avión, se sientan el uno al lado del otro, Verónica observa la noche de estrellas brillantes desde la ventana, mientras sujeta la mano de Martín, quien la aprieta como si no quisiera soltarla jamás. Suspiran al unisono mientras arranca esa noche, volando muy cerca del cielo, la primera noche del resto de sus vidas, juntos. Su corazón palpitaba muy fuerte, mientras algo en su interior les decía que este era el verdadero inicio de su historia, para muchos, tan solo otra historia de amor, para ellos, su única y verdadera historia de amor.

FIN.


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Otra historia de amor (parte 3)

Verónica no podía creer que cinco semanas hubieran transcurrido ya desde aquel extraño primer encuentro en la estación del tren con Martín. No dejaba de sorprenderle la facilidad y desenvoltura de las tres primeras citas. Aunque aún estaba confusa. ¿Podría considerar ese primer día que pasaron juntos, el de su encuentro, como una primera cita? Martín habia sido tan atento, tan detallista, no le quitaba la mirada de encima, pero ya no le molestaba, la halagaba sobremanera. Esos momentos tan casuales, informales, nada forzados que vivieron ese día. Ese primer café que tomaron en Starbucks, con una bagel y queso crema. Esa charla tan desenfadada, divertida, fluida que tenía con Martín. Esas largas caminatas en las calles del centro, entre rascacielos y automoviles; bañados de un sol que al fin, le parecía brillante.

De tanto caminar, sin darse cuenta, habían llegado al parque del centro. Otra vez apreciaba el intenso verde de la grama, la decoración multicolor de la gran variedad de flores que vestían el parque con una alegría primaveral sin par; y ese azul cielo que chocaba y se perdía en el azul de sus ojos. Ese almuerzo tan informal, un par de perros calientes y una soda; y la vergüenza que pasó cuando Martín usó su servilleta ─más de una vez─ para limpiar un poco de mayonesa y salsa de tomate que le escurría por la comisura de sus labios.

Esas charlas kilométricas sentandos en una banca de color marrón o recostados sobre el pasto observando las nubes; contando historias de personajes inventados que surgian de sus caprichosas formas. Hablaron de todo y de nada a la vez.

Y cuando el crepúsculo impregnó de colores boreales ese cielo maravilloso, caminaron tomados de la mano de vuelta a la estación del tren; se bajó con ella en su estación y caminó las sencillas calles que llevaban a su apartamento. Hasta el sucio habitual de los callejones de su barrio parecía haber desaparecido. ─¿Habrá venido el ayuntamiento a hacer limpieza finalmente por estos lugares? -se preguntaba por dentro. La despedida de Martín no podía ser mas caballerosa, un profundo beso en su mano derecha y un tímido beso en su mejilla, casi rozando atrevida pero levemente la comisura de sus labios.

Verónica se recostó en el sofa de su pequeña sala comedor y suspiro profundo y su mente se perdió en la remembranza de todo el tiempo compartido con Martín; un día, como hacía años no había vivido. Los últimos años con Alberto habían sido más un infierno que otra cosa; un infierno al que su alma se aferraba con uñas y dientes.

Las dos citas siguientes, con unos ocho a diez días de separación cada una, fueron un tanto más ordinarias, diremos mejor, convencionales, para no demeritarlas; al menos de forma, pero jamás en el fondo, pues las chispas y la química entre ellos no daba lugar a lo ordinario. Eso sin contar que todos los días viajaban juntos en el tren, al menos el segmento compartido hasta el trabajo de Martín, que se bajaba primero. Lo más trascendental es que finalmente, en la tercera cita, Martín se despidió con un profundo e intenso beso apasionado que duró entre larguísimos breves minutos y una eternidad de mitología griega. A Verónica le ganó la pasión y en forma traviesa sujetó con firmeza y vehemencia la nalga derecha de Martín.

Al filo de la quinta semana, tendrían, finalmente, una cita íntima. Ninguno lo dijo explicitamente, pero ambos sabían, muy en su interior, que era el momento. Martín le tuvo bastante paciencia y jamás apresuró las cosas, luego que Verónica le contara a grandes rasgos, las vicisitudes de su última relación. Se reunirían a cenar en la casa de Martín. Él le aseguró que sería algo en verdad especial, que haría su mejor esfuerzo por crear un ambiente hermoso; y a la vez, inolvidable para ambos.

A Verónica le había tomado siglos decidirse por el atuendo a utilizar. Algo sexy y casual o algo más sofisticado y sensual. Martín siempre le dice que le encanta su atuendo de princesa urbana, con simples jeans ajustados, una camiseta suelta, y esos tenis Adidas de estilo retro que se han puesto de moda; pero, ésta es una ocasión especial, su atuendo debe estar a la altura de las circunstancias. Sale de su apartamento ─algo retrasada ya─ para dirigirse a la estación del tren y llegar a la casa de Martín, a pesar que él insistió en pasar a recogerla, ella le dijo que no fuera ridículo, bastante trabajo tendría él con la decoración de su casa y la preparación de la cena. Ah, porque incluso, Martín prepararía esa pasta italiana con frutos de mar que es su especialidad, acompañada de un exquisito vino blanco. Sin embargo, a punto de bajar las gradas, se da cuenta que ha dejado su celular y seguro Martín la llamará para ver si ya va cerca y seguro la irá a recoger a la estación del tren; él es así.

Con apuro regresa a su apartamento y no se acuerda dónde ha dejado el bendito celular. ¿Serán los nervios, el estrés de la ocasión, el hecho de que ya se está retrasada? Y de pronto, el celular revela su ubicación con el timbre de una llamada entrante... ¿Quién puede ser? ¡Carajo, es Alberto! Su mundo interior da un vuelco. La llamada tan esperada todos estos meses de separación, y justo ahora, que se dirige a una cita tan importante. El celular no está en vibrador, pero tiembla entre las manos de Verónica, los nervios, la ansiedad, la traicionan. Antes de darse cuenta, ha contestado la llamada.

─Hola Verónica ─dice Alberto al otro lado de la línea─ Verónica enmudece. ─¿Vero, estas allí? ─insiste Alberto─ Aquí estoy ─responde ella. Su mundo interno se derrumba hasta los escombros que quedaron cuando Alberto la abandonó tras su infame traición. Se queda congelada al teléfono escuchando la retahíla de argumentos, excusas, arrepentimiento, pensamientos, sentires y deseos que Alberto le expresa al teléfono. Frases trilladas de "cometí un grave error", "tenía que perderte para darme cuenta lo valíosa que eres", "ésta vez será diferente" diluviaban al teléfono. Ella apenas responde con monosílabos. Su mundo se ha congelado. Antes de darse cuenta han pasado más de dos horas al teléfono. Ha faltado a la cita con Martín.

Apenas recuperada del shock emocional que le causó la llamada de Alberto, revisa su celular. Tiene cinco llamadas perdidas, dos mensajes de voz y un sinfín de mensajes de WhatsApp donde Martín le expresa su desconcierto y preocupación profunda por su bienestar. Piensa que algo grave pudo haberle pasado. No sabe ni como reaccionar. ─Estoy bien, no te preocupes ─le responde en un primer mensaje de WhatsApp─ Estoy solamente un poco indispuesta, mañana te llamo y te explíco ─reza el segundo mensaje, y su mente divaga, hundiéndose en las arenas movedizas de sentimientos que creía empezaba a enterrar y resurgen ahora con el ímpetu de mil mares bravíos. Casi en automático presiona la tecla de enviar y al instante siguiente, en total inconsciencia... apaga su celular.



@SolitarioAmnte
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Otra historia de amor (parte 4)

Ese viernes Martín pidió permiso para salir dos horas antes de la oficina. Pudieron haber tenido la cita un sábado ─con más calma─, pero para Martín la fecha del viernes tenía un significado especial que le explicaría a Verónica durante la cena. Saliendo de la oficina se fue directo al supermercado gourmet para comprar esos tallarines tan particulares y los frescos mariscos, los tomates, albahaca y demás ingredientes de su receta especial de pasta con frutos de mar. Sin olvidar el exquisito vino que le ofreció a su novia. La tarde era adorable mientras conducía por las calles camino a su casa, luego de comprar las cosas para la comida y la decoración de la casa. La felicidad le irradiaba en todas sus formas, desde la calidez del atardecer con sus colores pastel, el arrullo de los ruidos urbanos; hasta las bocinas de los autos y el ritmo de los semáforos parecía ser parte de una sinfonía. Y por supuesto, la alegría de ésta cita tan especial que tendría. Los recuerdos de la primera cita y las posteriores fluian en su mente con una cadencia casi musical. Él anticipaba que Verónica se quedaría en casa todo el fin de semana luego de esa cena tan romántica y lo que le seguía.

Con una mezcla de nerviosismo, ansiedad y gozo siguió todo el ritual de preparación de la comida. Una pizca de pimienta por aquí, otras pizcas de sal por allá, el fino corte de algunas hierbas, otros cortes de vegetales, la preparación de los mariscos y demás. Mientras la pasta estaba al horno aprovechó para colocar unas velas de fragancias lavanda, vainilla, canela y otros. Era un popurri de aromas, que extrañamente no le quedó mal, ningún aroma era excesivo. Derramó algunos petalos de rosas en la entrada de la casa, otros cuantos por su sala y comedor y muchos más en el dormitorio. El ambiente estaba listo y aunque el arte de decoración romántica no era su fuerte, al parecer el resultado era exquisito a la vista y el olfato. La comida estaba casi lista. Todo a la perfección para su invitada tan especial.

Son ya las seis cuarenta y Verónica no llama desde la estación del tren, tampoco le envía ningún mensaje. Debe estar un poco retrasada, piensa Martín y se despreocupa otros quince minutos. No llega ningún mensaje de ella. Se habrá retrasado tanto. La cita era a las siete de la tarde. A las siete y diez, Martín le llama, el tono de llamada suena tres o cuatro veces y no hay respuesta. ─¿Mi amor, como va todo? ─dice el primer mensaje que le envía por WhatsApp. No hay respuesta en los siguientes cinco minutos. Una segunda llamada sin respuesta concluye con un mensaje de voz que le deja Martín. Le llama tres veces, le deja otro mensaje de voz en la quinta llamada. Le manda un sinfín de mensajes de WhatsApp en las siguientes dos horas, cada vez más alarmado, pensando que algo malo le había ocurrido. Sube a su dormitorio a recoger un sueter, la noche se había puesta fría, o era él que se estaba helando ante la situación que vivía; baja al garage y se sube al automovil, listo para ir a casa de Verónica, ─algo malo tuvo que pasarle ─piensa. Está a punto de encender el auto y el celular suena con la notificación de mensaje entrante, está nervioso, no se acuerda si lleva el celular en la bolsa del pantalón o lo puso en el otro asiento del auto, revisa ambos lados, y curiosamente lo encuentra en la guantera ─¿a que hora puse el celular allí, nunca lo hago? ─piensa. ─Estoy bien, no te preocupes ─dice el mensaje de Verónica. A toda velocidad le escribe un largo mensaje contándole lo preocupado que está y todas las cosas que pasaron por su cabeza mientras la esperaba y antes de presionar el botón de envío entra el segundo mensaje: ─Estoy solamente un poco indispuesta, mañana te llamo y te explíco─. Se queda pensativo, borra todo el mensaje que ha escrito y le escribe uno diferente, diciéndole cuanto se alegra que ella esté a salvo en su casa, que no se preocupe por no haber podido venir, que espera que se reponga pronto, que se acueste temprano y descanse bien, que si gusta puede llegar en automóvil ahora mismo y acompañarla un rato hasta que ella se quede dormida. Envía el mensaje y espera. Pasan diez minutos. Nunca encendió el auto, se quedo allí estático esperando una reacción en la pantalla del celular. Las dos rayitas azules nunca aparecen. Ese mensaje, simplemente, ya no fue leído por Verónica. ─Estará muy indispuesta ─piensa y sale del auto y regresa al sofa de su sala. Por su mente pasan un sinúmero de pensamientos e ideas, algunos con matices de ansiedad, muchos otros negativos y finalmente se queda dormido.

El día siguiente Verónica no responde sus llamadas ni sus mensajes. Él está muy preocupado. Decide que pasará a su apartamento a verla ─debe estar muy mal de salud ─piensa. Antes de salir del trabajo le envía mensaje indicando que llegará a verla y le lleva un poco de sopa de pollo para que le levante el ánimo. Casi de inmediato Verónica le responde que tiene una variedad de influenza excesivamente contagiosa, que el doctor le aconsejó no recibir visitas ni ir al trabajo en los próximos días. Le ruega que por favor no llegue, que no quiere contagiarlo y que incluso él perdería días de trabajo. Martín nota algo raro en toda la descripción que le hace Verónica, algo no anda bien.

Los días siguientes Verónica sigue evadiéndolo y finalmente, al parecer sin fuerzas o valentía para verlo en persona y contarle lo que pasa, le envía un kilométrico mensaje de WhatsApp diciéndole que la perdone, pero que necesita espacio, que ya no puede seguir con esta relación, que no es culpa de él, que es algo que le pasa a ella. Que algún día tal vez le explique. Que incluso saldrá de la ciudad unas semanas. Que no la busque, que no insista y sobretodo que la perdone. Que él merece alguien mejor que ella, alguien que de verdad valore el tipo de hombre que es.

Ese viaje de regreso a su casa, en el tren, le parece a Martín que dura una eternidad. Una tristeza y desesperanza profundas lo embargan. Siente un frío glaciar en medio de la tibia tarde soleada. La tarde para él es nublada, muy gris, nada que ver con los destellos de naranjas y lilas de la acuarela del cielo.

Seis meses después... el sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz.
El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.
Sale de su apartamento en el cuarto nivel de ese viejo edificio. No nota las gradas de cuatro pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Verónica decidiera viajar más temprano para no toparse con él.

Así comienza ahora Martín sus mañanas, luego de mudarse a vivir al mismo edificio en que vivía Verónica, para estar más cerca de ella cuando volviera de su viaje de cortas semanas. Y aunque a los treinta días se enteró que Verónica se había ido a vivir con su antiguo novio ─indiscreciones del jefe de mantenimiento del edificio─ ya no tuvo fuerzas para mudarse de vuelta a los suburbios donde vivía.


@SolitariAmnte
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Otra historia de amor

Martín se despierta lleno de alegría, con una extraña infusión de energía que le llena desde dentro. De un salto sale de la cama y se apoya en el pie derecho. Dicen que siempre es bueno arrancar el día así. Aunque él no es superticioso. En la cocina le espera el café recién hecho. Esa percoladora con función automática es de los mejores regalos que le dió Marielos, su mejor amiga de toda la vida. En un par de minutos están listas las tostadas, un poco de mantequilla y su mejor mermelada, un poco de fruta fresca y listo, a disfrutar su desayuno perfecto. A través de la ventana, se ve fantástica la mañana, un maravilloso azul cielo se mezcla con gracia con el verde del jardín, hasta parece ver aletear un colibrí.

Se toma su tiempo en la ducha, sigue todo el ritual de arreglo personal, se le antoja usar su mejor atuendo business casual y listo, sale a la calle, con esas ganas de comerse al mundo que no abundan todos los días.

Gafas de sol para esas breves cuadras hasta la estación del tren, su laptop bien guardada en la mochila de cuero de una sola correa que lleva en un hombro. El día se le antoja hermoso, cuanta vida se respira, cuanto sol entibia sus pasos, cuanta naturaleza se abre paso en medio del barrio de los suburbios donde vive. Mudarse aquí hace un par de años desde el centro, ya no parece tan mala idea como antes había pensado.

Se sube al vagón habitual, el mismo asiento de ventanilla; sus audífonos a los oídos, esa selección que le encanta de Chilled R&B en Spotify; Crónicas I, las memorias de Bob Dylan para leer en el camino. ¿Podría ser el día más perfecto?

Tercera estación en el camino, se avecina. El corazón se acelera. Anticipa el encuentro. Allí está ella. Desconocida. Perfecta. Bella. Con su pelo corto, rojizo oscuro. Su piel blanca, sus hermosos ojos azules, su figura de princesa urbana, sus jeans blancos, su camiseta suelta. Su mirada profunda. Su mirada profunda... que le engulle, que le atrapa, que le trasporta, que le hace traspasar universos. Ella. Esa visión persistente. Nunca se sube a este tren. ¿Espera a alguién que aborde con ella? ¿Un novio? Toda ella es misterio, misterio dentro del misterio, misterio envolviendo el misterio.

¿Es ésta la cuadragésima ves que la ve? ¿Acaso lleva la cuenta tan exacta? El corazón a velocidad luz. El aliento suspendido. El tiempo congelado. Ella. La visión, su obsesión, su ideal. ¿Dueña de su corazón?

A ver. La he visto cuarenta veces ya y nunca se sube. Bendita montaña que no viene a Mahoma. Es tiempo de cambiar este cuento, de procurarle un final feliz, y que me importa el final, me importa el guión, el diálogo, las escenas del centro, su evolución, al diablo con el desenlace, ya me ocuparé de eso cuando deba hacerlo. Este Mahoma irá por su montaña. Que se quiebre el cristal de la rutina en mil pedazos. Aquí me bajo. Le hablo. Algo le invento, algo le cuento, le diré lo que siento. ¿Y si la asusto? ¿Y si la espanto? ¡Carajo! Tranquilízate. Levántate del asiento. La puerta del vagón cierra en tres segundos. Tú puedes, dos segundos, da el primer paso, el segundo; un segundo. ¡Bájate¡ ¡Dile hola! Dale los buenos días. Cuéntale que verla ha sido el zenit de tu día, estos últimos cuarenta días. Cuéntale un chiste, hazle una broma, o solo sonríe, o solo mírala, deja que tu mirada le diga, que ya la amas, que ya la añoras, que ya la adoras.

Me bajo. Saludo. ─¡Hola¡ ─ella me responde─ ¡Hey! ¿Cómo estás? ─.

Ha comenzando la historia, mi historia, otra historia, mi mejor historia de amor...




@SolitarioAmnte
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Otra historia de amor (parte 2)

El sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo Verónica. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Ese caballero andante que llega a rescatarla pero que en medio de la sangrienta batalla con el dragón que la resguarda; como por hechizo traicionero, termina enamorándose del dragón y se olvida totalmente de ir a su rescate en la torre más alta; donde muere, de tristeza y olvido. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz. Ese es el saldo que le dejó su pareja de los últimos siete años, Alberto; enamorados desde la secundaria, quien cual trillado cliché, la engañó con su mejor amiga, ahora su enemiga dragón. Eso y unas camisetas viejas que nunca se llevó, junto con su colección de discos de Cold Play y Rihanna.

El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma; sus hermosos ojos azules que ya nadie admira. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.

Sale de su apartamento en el tercer nivel de ese viejo edificio. Al que se mudó luego que Alberto la abandonara y ya no pudo pagar el apartamento más acomodado que tenían en el centro. No nota las gradas de tres pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. De todos modos, hace cuánto ya que el mundo es de tonos de gris solamente. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Alberto decidiera viajar más temprano para no toparse con ella. Y no llega a la primera hora esperada. No llega tampoco en el siguiente ni el siguiente tren. Es siempre así. Y ella siempre sentada en la estación, dejando ir dos trenes antes de subirse. Sin embargo, en el segundo tren que a diario ve llegar, hay un destello de color, apenas perceptible; ese chico que siempre la observa con curiosidad, a veces hasta le incomoda un poco; pero no de mala manera. Siempre le ve tan desenvuelto, tan resuelto, tan cómodo con la vida. Como que tiene todo bien ordenado. Como con un aura diferente a la de los cientos de personas que ve subir y bajar en esa estación del tren en la mañana. Siempre con esos audífonos en sus oídos. ¿Qué escuchará? ¿Acaso Cold Play o Rihanna? Y cuando le ve venir siempre se ve tan concentrado en algún libro. ¿Qué le gustará leer? ¿Acaso lee una interminable saga de Stephen King?

¿Por qué me llama la atención éste chico? ¿Por qué parece tener color, calor, un aura? ¿Qué está haciendo? Se está parando. Pero si nunca baja aquí. Tiene apariencia de trabajar en algún gran edificio del centro. No entiendo, qué hace. Me mira tan insistentemente. A veces siento que me desnuda el alma. Que puede ver a través de mí. Que se zambulle en mis ojos y resuelve todos los laberintos de mi intricado interior. Esos que ni yo entiendo. ¡Se ha bajado! No me quita los ojos de encima. Cuánta ternura en su mirada. Pero... ¿por qué? Ni nos conocemos. No que yo recuerde. Nunca volteé a ver a ningún chico durante los siete años que estuve con Alberto. Y llevo meses sin asistir a ninguna cita. Nunca lo he visto en el trabajo, ni cerca de mi edificio. Sigue caminando en dirección a mí.¡Ay Dios! ¡Qué hago! ¿Me voy corriendo al baño? No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie.

─¡Hola! ─me dice─¡Hey! ¿Cómo estás? ─le respondo─ ¿Qué estoy haciendo, por qué le he respondido con tanta efusividad? ¿Qué va pensar de mí?

─Me llamo Martín ─agrega─ Soy Verónica ─respondo en automático.

Y me mira, con esos bellos ojos café que nunca había alcanzando a notar, solo contemplaba su aura antes. Algo ha cambiado. En un instante ya no me siento la misma. ¿Habrá comenzado otra historia de amor para mí? ¡Ojalá no termine como la anterior! Aunque algo me dice desde ya: Que esta será una historia muy diferente.



@SolitarioAmnte
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Odio las fotos

Que establecen una infranqueable
barrera entre fotógrafo y modelo,
uno vivo,
el otro asesinado en un féretro plano.
En un féretro plano asesinado,
capturado y paralizado: algo vivo
en un instante eterno.
Eterno en un instante,
que no es más que ficción,
historia recreada que nace
del olvido.
Un fósil que pueden negar
expertos religiosos, una lágrima
cristalizada que ha olvidado
su objetivo a través del de la cámara.
A través del de la cámara, su objetivo
se corrompe y encarcela
secretos lóbregos difíciles
de explicar, acusaciones
de una tragedia de época griega.
De época griega, de una tragedia
que es un constante recuerdo
de que mis escritos pecan de lo mismo:
creo recordar con palabras,
sin embargo,
creo instantes ficticios,
olvidables.
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Esas fotos que nos obligamos a hacer

a tenor de las imágenes
en las que tu rostro ocupa mi hombre
donde tus pendientes mecen los adoquines
y tu lengua balancea mi cordura
cualquiera dudaría de nuestra relación

ocupas las manos en algo
que no es mi cuerpo,
miras fijamente a la cámara
bajo una lluvia que disfraza la ciudad
convirtiéndola en un regato de ausencias

trato de explicarte
pese a la sorda distracción de la tormenta
que posiblemente ésta instantánea
no ha de significar algo bonito;
simplemente es el pellizco más luminoso,
el menos deshilachado
de todas las filminas que nos unen.
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Un poema a Sonia

Buscas la belleza
y aún donde no la hay
tú la encuentras
De eso me hablan tus fotos
de montes, arbustos
y raíces borradas de la tierra
o una tímida flor que asoma
y una mariposa posada sobre ella
Pero es que la belleza eres tú
y a donde quiera que vas la llevas
luego tus ojos la reflejan
sobre todo lo que encuentras
ya sea la selva virgen
o un objeto inanimado
una torta o una estrella
sea la sombra misma
o la luz que la perpetua
la ciudad, el mar, la montaña
un libro, una manzana, un poema
los perros de tus amores
la felicidad ajena.
Porque tú eres bella
por dentro y por fuera
y eso explica tantas cosas
y las que aún no alcanzó
a comprenderlas
cuando me pregunto
¿ Por qué me enamoré de ella ?
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A lo más castizo de la España

Madrid-Barajas nos recibe
E inmediatamente vamos a El Retiro
Paseamos, disfrutamos y navegamos por el lago
Zapateamos con el flamenco
Y los solos de guitarra
A lo largo de la Milla de Oro
Como los más pijos y majos
Del barrio de Salamanca.

En la Cibeles la fiesta se arma
Flipamos y suenan las castañuelas
Coqueteamos como si fuera la primera vez
En las playas de la Barcelona y El Mediterráneo,
En las escaleras del Parque Güell
Dejando que todo fluya
O solo se despedace
Que lo nuestro sea un mosaiquillo más
Inscrito en su arte sin distinción
Nos besamos con pasión en un bar de Chueca
y Lolita Flores nos hace olvidar todo
A la mañana siguiente con su "Amnesia"
Con la paella, las parrandas y la marcha.

De Venezuela al cielo
O de Madrid al cielo
Ambas son sus sucursales
Gozaremos unas tapas
y derrocharemos en la Gran Vía
Al son de las cantaoras y bailaoras
De las Plazas de Toros
Y tomando fotos en la Puerta de Alcalá.
Efectivamente será de infarto
Ni la Pantoja, la Rocío, o la Penélope
Podrán igualarlo
La Moncloa se nos quedará corto como palacio
Pues ni el Bernabéu ha sido testigo de tanto desparpajo.
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Miami-Habana

— Cuba es un país pequeño, hermoso, de bellos palmares y cocoteros; de dulce caña y deliciosas frutas… ¡Y tiene un cielo tan azul! ¡Tan azul!... que es el principal motivo de lo acogedor de sus playas, de sus preciosas playas. Tiene más o menos la figura de un caimán, de un caimán que no se arrastra, y bien dicho sea, pero que se sabe defender y no permite que se le ofenda. Y su gente… ¡Qué gente! No los hay en el mundo más solícitos, campechanos y guarosos, que en el español cubano significa: abiertos, familiares y tan divertidos que enseguida se granjean el afecto y el cariño de quienes los visitan… —Disertaba con elocuencia ante un grupo de viajeros de un vuelo demorado con destino a La Habana.
— ¿Eres cubano…? —Le preguntó otro pasajero con los ojos empañados...
—No lo soy, aunque me sentiría dichoso de serlo. He visitado tantas veces la isla... ¿Y tú, de donde eres? —dijo el viejo.
—De Cuba —dijo con cierta vergüenza.
— ¿Pero eres cubano de aquí, o de allá?
Tras una larga reflexión contesto apesadumbrado:
—Me fui de allá hace más de treinta años…—y pasándose la mano por la cabeza continuó —Desde entonces no he vuelto, lo hago hoy por vez primera. A ver familiares, algunos que solo conozco en fotos.
—Es duro eso. ¿Eres feliz?
No respondió. Respiro profundamente y se pasó el dorso de la mano por los ojos al notar que eran observados con atención por otros interesados en escucharlos.
—Usted me ha conmovido con sus palabras. Extraño todo lo que dijo. Solo no mencionó, entre otras cosas: Tabaco y ron. —Dio un largo abrazo a su interlocutor, sin poder ocultar las lágrimas.
*
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Selene

Tú y yo
somos ajenos al mundo
volamos el puente de madera
que unía las palabras y las cosas
para beber toda la noche de un sorbo

los ojos de tu cuerpo
los árboles que llevas
los animales que eres
la tormenta
el océano
el calor de tus senos
la boca de tu vientre
tu gesto de caos microscópico

y yo
nadie
entre los pájaros de tu espalda
y tu cardumen dorado
un golpe de suerte

y todos los matices de verde
de tus lagunas recién nacidas
abriéndose
hacia mí

muriendo todas las veces

para encenderte.
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Durante un cuarto de hora final, me quite la vida

Durante un cuarto de hora final, me quite la vida; me quedé en la orilla y observé cómo corría en el agua, una gigantesca pitón, rodando como un rollo de tiempo.

Las fotos de la hora y el amor estaban impresas con pájaros blancos y turistas suspirando por las salpicaduras del agua del arrecife tocando las cicatrices del pasado.


Parece ser que: El hechizo del viento, una recitación del viento evoca una melodía desde fondo del agua, el vientre del pez, la cáscara y el rosario.

Si puedo voltear el depósito al revés, dejar que el pez vuele en el aire, la cáscara brilla en el cielo,
soy el rosario, los ojos del príncipe, ranas abultadas
en mí, soy el rosario. La falta de agua en el apellido, por lo que a menudo me encanta pasear por el agua.

Lo que puedo hacer es muy simple: lavar la cara, coquetear el resto del tiempo, tiempo adicional, resto del tiempo,
caerse del caballo y ver el cerebro en blanco.

Recordé la antigua ciudad enterrada bajo el depósito de piedras. Las enormes olas son solo una escena de su bullicioso mercado y las pequeñas piedras de los pies
de las mujeres anidadas íntimamente a la orilla.

Yo, un erudito, no estoy lejos de ellos, camisas largas, zapatos de tela, espadas cortas y una cara delgada reflejada en el espejo del agua. Ahora, estoy caminando por el camino de piedra en la antigua ciudad.

Entro en el patio, en la puesta del sol que fluyen cintas de colores para saludar a la gente en la oscuridad del incienso.

Olas de las grandes olas que se hundieron en la orilla y un rollo de libros se dispersó en las rocas. La vida, la historia
la vida personal y los cuentos populares son solo una
colección de ensueños, pero me encantó el fascinante pasado de este cuarto de hora final, y me quite la vida.

Entornando los ojos me muriera,
sintiera que ya está,
que ya el afán cesó,
y la luz ya no fuera un haz de espadas.

¡Las estrellas brillantes que se levantan después de la tormenta de otoño retrasaron la oscuridad de la muerte!
Dentro y fuera del jardín de las rosas,
el escorpión disfruta del atardecer.
Las vacas y las ovejas bajan por la calle empredada.
Las campanas a muerto suenan con el badajo
interior, solo dejan escuchar su sonido a los monjes puntuales.

Che-Bazan.España

¡Qué difícil es entender la belleza! Günter Eich.

www.youtube.com/watch?v=SZQzW_QfPew

.
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tu ausencia...

Martín,
ese es el seudónimo que prefiero para ti,
Indoloro y desapercibido
En comparación al filo de tu verdadero nombre.

Cada letra,
Cada sílaba,
Es una grieta que quiebra el corazón
Al recordar tu nombre en mi cabeza,

Y una bomba de lágrimas y gemidos
Entre mis ojos y la puerta de mi interior...

Dime que es más descabellado.
¿La muerte de unos minutos a tu lado?
O ¿ la simpleza de tu ausencia en mi diario vivir?
Ambas son igual de nefastas

Frases sin corazón,
Canciones sin melodías.
Y entre otras cosas que mataron nuestro fuego.
sólo se extinguió para ti...

En mi interior quedo todo...
La biblioteca completa,
Los restos intactos de lo que eramos.
Bueno... De lo que pudimos a ver sido.
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Mi gema más preciosa

Naciste en Venecia
entre el cristal y el crepúsculo,
en tu sangre corre un río Noruego
lo supe muy bien cuando mis ojos te vieron.

Ese día en que naciste
supe cuanto te quiero,
sabía que con el paso del tiempo
mejorarían tus anhelos.

Te ha crecido el carácter
la fuerza y el ímpetu,
la belleza de tu madre
la bondad de tu abuelo ausente.

Aprenderás la sabiduría de tu abuela
la espiritualidad de tu tío,
tu propia presencia ya es grande,
lo veo cuando dibujas tus sueños perfectos.

Los números en el reloj de arena
marcan diez y nueve,
no encuentro el verso exacto
que describa lo que siento por ti en este momento.

No hacen falta palabras
aún tengo las fotos
de aquella niña traviesa que amo
cada día que te veo más vivir.

Miguel Adame
12/11/2018.

A mi gema más preciosa.
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Casi tan loco

Casi tan loco como tan cuerdo
guardó mi corazón tu recuerdo
en cajón pero sin tapa,
y el tramposo se escapó…

Y en el borde de la cornisa
desesperado y sin prisa
y con miedo de caer,
me miró con tus ojos
y no pude resistir
le tomé la mano
y de un envión
a mis brazos lo abracé.

Y temblaba
como las hojas de tus letras
escurriendo la tinta
del monitor empañando el chat
donde una vez fuimos amor…

Y lloramos
ni una lágrima, pero con el alma
y los corazones de zombies
sin latidos, congelaban nuestra sangre,
mientras la despedida del reencuentro
se moría, así como el amor nos debía
el perdón y el abrazo, y cambiar
el cajón sin tapa por una caja
con música sin bailarina
con espejos de fotos
por dentro, y herrajes
de amor ...


soundcloud.com/lola-bracco/casi-tan-loco-como-tan-cuerdo (Lola)
.
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Extranjero en mi propia tierra

Es 30 de noviembre cerca de la medianoche, víspera de diciembre, y como acostumbro rutinariamente todas las noches, siempre y cuando el acceso a internet me lo permite, trato de comunicarme con Luis. A veces lo logro, otras como esta noche es difícil, pero sigo en el intento.
Han pasado ya más de siete meses en que él tomó sus morrales, los llenó de provisiones, unas cuantas mudas de ropa, mantas para atenuar el seguro frío por venir, sueños de adolescente, mas mi diaria bendición, para viajar al sur, al lejano sur, al desconocido sur, huyéndole a las miserias y a la desesperanza absurda, bizarra, enquistada en esta Tierra de Gracia, tan noble pero tan maltrecha.
Luis tiene diecinueve años. Los cumplió en septiembre. Hace apenas un año su vida transcurría normalmente entre las clases iniciales de ingeniería en la universidad, las partidas de fútbol y su grupo de amigos, pero la andanza diaria por las calles de la serrana ciudad, cada día más dura, llenas de caos como las de cualquier ciudad nuestra, devenidas en una válvula de presión, lo incorporaron como un número más, a las estadísticas generalizadas, y de la noche a la mañana, se convirtió, en lo que es hoy, un inmigrante.
Yo, el padre viejo, el papá abuelo, al principio no lo entendía. Para mí siempre el inmigrante había sido Abdul, el próspero libanés dueño de cuatro zapaterías contiguas en la cuadra de los árabes, allá en mi pueblo natal, o don Francesco, el sastre italiano de la esquina, o Juan Camilo, el letal delantero de los juegos dominicales, llegado desde Medellín recomendado en tiempos de aquella otrora bonanza cafetalera como capataz de la Hacienda “El Recodo”, quien en noches de verano recreaba en los bancos de la vieja plaza, su amor por la poesía de Neruda y de Machado, fiel además por el folklore irreal de García Márquez; definitivamente, una visión muy particular, y que había soldado sólidamente en mi imaginario, con las imágenes televisivas de la exitosa serie brasilera “Terra Nostra, transmitida por Televen hace ya unos cuantos años, donde se dibujaban los amores y desamores de un grupo de italianos que comenzaban una nueva vida en el sur de Brasil a finales del siglo XIX y principios del XX.
Pero no Luis. No mi hijo. Menos, apenas cruzando esa línea rebelde que conduce a la adultez, y sobre todo, nativo de esta privilegiada tierra que históricamente ha sido un polo apetecido de atracción de inmigrantes llegados de cualquier país foráneo, seducidos por tanto suelo fértil, oportunidades para trabajar y crecer económicamente, en esta especie a su modo de “milagro americano”. Los inmigrantes eran ellos, jamás nosotros.
Pero llegó el día de la partida. Entre sollozos y abrazos colectivos de nuestra pequeña gran familia, y un sin fin de “Dios te bendiga”, en esa despedida forzada para Luis y sus hermanos menores, quienes a su corta edad, el Gabo y María no entendían las dimensiones reales de la distancia, tal vez aproximándola a un fin de semana por ejemplo; solo Daniel, ya adolescente también, se sabía separado de su hermano, amigo y compañero de tardes-noches de partidas tras partidas de futbolito.
Vino el viaje de una, dos, tres, cuatro, muchas jornadas de carretera, comentado vía whatsapp condicionado por el WiFi con descripciones y fotos incluidas sobre las novedades, aventuras y desventuras vividas, tras la larga semana y algo mas que conduce del norte semicaribeño al sur austral, acompañado con la nostalgia a flor de piel a ambos lados del corazón, del que se va y del que se queda. ¡Qué ironía!, ¡Luis a escasos diecinueve años ha recorrido más kilometraje de geografía urbana y rural efectiva que yo en mis cincuenta y dos!. Él los conoce de pasada y de ventana, en ese maratón andariego de vivir en un bus a trasbordos durante nueve días, mientras que yo solo me quedo en los nombres y la ubicación que me brindan mi colección de atlas y enciclopedias geográficas hojeados tantas veces.
Debo reconocer que esos fueron días amargos, de angustiante miedo al desprendimiento, a algo desconocido. Con una camuflada y solidaria conjuntivitis, de más está decir muy oportuna, la infaltable voz quebradiza, una buena dosis de desgano y apatía social, deambulando pues sin querer entre el amor y el dolor, no me quedó otra opción que acompañar la nostalgia en las notas grises y sentidas de las canciones de Perales, Yordano, Nino Bravo y Serrat, mitigando su ausencia durante el viaje, recurriendo a evocar en el calor fraterno tantos momentos vividos de felicidad.
Claro, ¿cuánto tiempo hace de cuando yo lo buscaba en la guardería y el preescolar y nos íbamos a terminar la tarde en el Parque Ciudad de los Niños o en el Mc Donald de Las Américas?. Algo así como quince años, aunque me parecen menos, porque el tiempo en estos tiempos pasa demasiado rápido.
Ya al llegar mi hijo a su destino, la gran metrópoli austral de la costa pacífica sur continental, con su día a día de adaptarse a su condición de forastero, comencé a acostumbrarme a la relación en la distancia, a las video llamadas y al Messenger para vernos en unas pantallas que nos robotizan los movimientos y nos escuchamos asincrónicamente, pero que al fin y al cabo, nos oímos, sientiendose la profunda alegría de la “tropa”, cuando nos colocamos todos enfrente de la mini laptop para “dialogar” como dicen ahora “en tiempo real” con Luis, y que lleva a Gabo a preguntarle, con la propiedad y el derecho que le da la inocencia de sus cuatro años: “¿Vienes el viernes?”, como si estuviera a la vuelta de la esquina y no en las antípodas; si, una relación a través de mensajes constantes que nos acercan aun cuando nos encontremos a 6.996 kilómetros de carretera de separación.
En estos meses transcurridos, mi intuición y mis canas perciben a ese mozalbete más maduro en la vida, pareciera que ha crecido en años, en tamaño y en conciencia, aunque mida el mismo metro setenta; seguro que ya no es el mismo “carajito” que se fue, ahora es un joven tenaz, ecuánime, sensato. Diría mi abuelo Rufino, “echao pa’ lante”, y así anda por esos caminos ya en “la pega” como le dicen allá a trabajar, empleado en “cosas” que hace poco no sabía hacer, pero que las hace abriendo camino hacia un porvenir, y que el mes pasado lo llevó a ser seleccionado en su trabajo como el “Empleado del mes”. Lucho, como le dicen sus nuevos amigos sureños, igual que al viejo cantante de boleros, se muestra orgulloso en las fotos que me envió, posando al lado de una cartelera en la cual en el centro se distingue su rostro, su nombre sobre un comentario favorable, portando en su franela el pin de reconocimiento con el logo empresarial, que a pesar de ser el de menor edad demostró su eficiencia y rendimiento.
Y él y yo felices de saber que hace lo que debe hacer, resumido en el Décimo Primer Mandamiento de la Ley de Nuestra Familia: “actuar bien por sobre todas las cosas”, luchando contra los estereotipos negativos y amarillistas que por desgracia siempre acompañan a los inmigrantes, alimentando y ensanchando a esa extraña palabra llamada “xenofobia”. Siempre “pa’ lante”, porque como sabrosamente cantan Yordano y Canelita Medina, “somos de madera fina”.
Ya mañana será diciembre, pleno de días festivos por la natividad de Jesús, atiborrado de luces, olores y colores que alegran el espíritu de todo niño que entre aguinaldos y villancicos espera al igual que todos, sin distingos socio-económicos, algún regalo prometido por ellos mismos, y Luis estará allá, compartiendo con sus primos que también viajaron en esta diáspora sin razón de ser, a Dios gracias reencontrados para hacerse un espacio cálido filial en la ausencia familiar, conscientes que allende las montañas, un hogar con fervor los espera. Y tal vez este diciembre será triste y diferente; imagino cuando el viejo Betulio cante sus gaitas de todos los años, del amor, de los hijos ausentes y de la alegría de Navidad y Año Nuevo, y yo crea que las compuso pensando en nosotros. Ya no será este año, pero con esperanza y optimismo, en otras navidades próximas él estará presente.
Es por eso que hoy comprendo, que no solo Luis es un inmigrante, sino que también yo lo soy. Aunque estoy en la “ciudad de las mieles eternas”, me siento un extranjero en mi propia tierra, ya que habito un espacio desconocido antes para mí, al ser padre de un hijo en lejanas tierras, aunque esto sea tan común por estos tiempos en estos lares.
Por fin, valió la pena insistir: me acaba de llegar un mensaje de Luis por Facebook. Está en línea y no voy a perder el divino instante de contarnos, hasta que el internet lo permita, los avatares del día…

José Urbina Pimentel
2018
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Viaje en tren

Subí sin darme cuenta una mañana
no sé si luminosa ni sé
si era de octubre o si era de abril.
En la memoria no guardo fechas,
sólo un álbum de fotos imperfectas.

Y comenzó el viaje que parecía lento
y lejano el final de aquel trayecto.
La estación de partida era una fiesta
porque aceleraba mi corazón
y la impaciencia me hacía imaginar
otros lugares.

Al final del camino ya nada se detiene
y ves pasar las estaciones
como quien ve caer la lluvia
tras el cristal
y tiene miedo a mojarse
porque sabe del dolor y del placer
de estar calado hasta los huesos.
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Una cita con el recuerdo

Tome la valentía
de citar a mis recuerdos
al cafetin de siempre
a beber el mismo
café dulce y con leche
de siempre.

Cuando se presento en mi mesa
también tenia que recordarla a ella
parecía una cara extraña
en en cuerpo extraño
que según ya conocía.

Las palabras parecían forzadas
hasta llegar al primer sorbo
de café.

No quise perder la oportunidad
y pedí que me hablara de esa mujer
que en mi mente baila y canta,
Se tomo su tiempo para pensar un poco
y arranco.

No escuchaba nada
Solo por mis ojos pasaban esas escenas
que parecían fotos en movimiento.

Esas imágenes eran bonitas
porque
Era bonito verme
observar a esa mujer
cuando no me miraba
era bonito pensar en su sonrisa
era bonito hasta cuando no me hablaba
era bonito hasta cuando pasaba junto a ella y no la saludaba.

Pero fue mas bonito
cuando robe un beso de su boca,
cuando mi mejor excusa
era llamar su atención,
cuando ella sola me regalo un abrazo
que tomo por sorpresa a mi piel,
Cuando le regalaba mi tiempo para escuchar

El café llego a su fin
y el recuerdo ya tenia que irse
pero dejo en mi
una sonrisa que me recuerda a ella
y un perfume que me hace creer
que estaba con ella también
bebiendo un café.

En mi mente quedaron
las ganas de citarme
la próxima vez con el Destino
necesito saber
cuando vuelve ella,
necesito saber
en que momento los caminos de romas
se desvían a nuestros corazones.
Solo espero que dura
mas de un café.
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Cuadriláteros

Tras tocar el timbre felino
de la última puerta del mundo
la cancha quedó deshabitada.

El sol escupió alergias de sombras
y sueños frustrados,
despojada la diversión
cualquier tipo de maquillaje
ya no tiene cabida.

He despertado cuatro veces
sin mirar el reloj del miedo
y como púgil desdentado
he tirado las sábanas al suelo.

Como público
solo fotos rasgadas
adheridas a una telaraña.

Silban los ojos
implorando un poco de agua anónima
en el rectángulo submarino
de aceite hirviendo.

Resbalé quince veces
sobre tu rostro tatuado
en la lona de papel.

Se abrió mi ser de piernas
viendo pasar la fortuna de largo
e instalarse la mala suerte
en todos los adosados de futuros
aún no pensados.
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