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De vuelta al pueblo

En una mano una taza de café, la otra apoyada en el pecho. Miraba por la ventana de aquella vieja y desvencijada casa, pensando en por qué la vida la había dado tan pocos momentos de descanso.

No se quejaba demasiado de aquella época, era la mejor que había vivido. Pero echar la vista atrás dolía demasiado. ¡Dolía tanto!
María había nacido en el seno de una familia humilde, hacía ya 68 años, en aquella misma casa del pueblo paterno. La pequeña de tres hermanos y la más rebelde (como decía su madre). Sus padres agricultores y buenas personas, no pudieron estudiar, la vida no les concedió ese regalo. De sus hermanos ya solo quedaba el recuerdo. Su hermano Pedro murió por una sobredosis hacía ya demasiado tiempo y su hermana se casó con un australiano, solo supo de ella durante algunos años, después nunca más tuvo noticias.

Cuando era joven quería escapar del pueblo a toda costa y no eligió la mejor compañía para este viaje. Un verano conoció a Juan y ya nada volvió a ser lo mismo. Su vida fue una sucesión de palizas y sinsabores. Durante años ocultó la realidad a sus padres por no hacerles sufrir. Trabajaba limpiando portales y casas, lo poco que ganaba, él se lo gastara en borracheras y amigos. A consecuencia de las palizas tuvo dos abortos pero con el tercer embarazo todo fue distinto. Cogió una maleta y se fue. Refugio para mujeres maltratadas, lo llamaban.
Estando allí, la vida le dio una de cal y otra de arena. Su marido murió en un accidente de coche, conducía borracho, como siempre. Y días después su padre, de un ataque al corazón.
Se la abrió una puerta de par en par a la que se aferró con todas sus fuerzas. Volvió a casa con su madre. Entre la pequeña pensión, lo poco que sembraran en la huerta y limpiar alguna casa les daría para vivir las tres (eso fue lo que su madre dijo).

Su niña nació sana y fuerte, era lo mejor que la había pasado en muchos años.

Durante algunos años vivieron las tres en aquella pequeña casa, sin tener de sobra pero sin faltar lo más básico. Lo bueno que tienen los pueblos es que todos se conocen y siempre recibían alguna ayuda.
La tienda de comestibles de la plaza, les guardaba algo cuando estaba próximo a caducar o la lechuga que ya no estaba tan fresca. Alguna que otra lata y el pan del día anterior.
Cuando había que limpiar alguna casona porque iban a venir los dueños de veraneo, siempre llamaban a María para ir a limpiar. Limpiaba la consulta del veterinario. Limpiaba, eso era lo que mejor sabía hacer, sin estudios es difícil conseguir otro trabajo.
Los días transcurrían y su nena (Ana) se iba haciendo mayor. Empezó a ver en ella las mismas inquietudes que ya tuvo ella años atrás. El pueblo la asfixiaba. Y por más que quiso quitarle la idea de la cabeza, estaba decida a irse de casa. Quería estudiar, decía su hija. María había perdido a su madre recientemente y perder a Ana le aterraba.
El pánico a que su historia se repitiera con su hija la llevo a tomar una decisión. Vendería lo que fuera y pediría si hacía falta para que su hija sí tuviera estudios y una vida mejor.

Habló con el alcalde del pueblo, Miguel, antiguo noviete de juventud, y le pidió ayuda. No tenía dinero para pagar a su hija un piso donde vivir mientras estudiaba, ni pagar los estudios.
Miguel le proporcionó una habitación en casa de unos parientes, allí podría dormir y comer a cambio de ayudar con la limpieza de la casa. Además Ana trabajaría los fines de semana en un centro comercial para sacarse algún dinero extra.
María trabajó de sol a sol. Limpiaba donde hacía falta, incluso en el pueblo vecino, vendía a la tienda de la plaza lo que podía de sus pequeñas cosechas. Aprendió a hacer gorros de paja, típicos de la zona y los vendía a los turistas…..todo con tal de que su hija pudiera estudiar.

Ana consiguió sacar su carrera de veterinaria. Pero encontrar trabajó en las grandes urbes no es tarea fácil. De nuevo el pueblo volvía a ser la mejor salida.
No fueron pocas las dificultades hasta poder abrir consulta, era mujer, joven y la desconfianza de los ganaderos la hicieron tambalear en más de una ocasión. Pidió trabajo al viejo veterinario, donde su madre seguía limpiando. Le ayudo en las tareas más difíciles. Iba de granja en granja asistiendo a partos o a lo que hiciera falta.

El viejo veterinario se jubiló y le ofreció su consulta por un precio módico. Todo empezaba a cambiar para mejor.

Ahora, María miraba por la ventana, con un café en una mano y la otra en el pecho. Su nieta jugaba entre los garbanzos y las patatas sembradas. Su yerno era una buena persona. Inmigrante, llegó a este país con los bolsillos repletos de ilusiones y el corazón encogido por el miedo. Ana y él se conocieron cuando ella estudiaba. Todas las mañanas le veía en el mercado descargando fruta.
Un saludo, una pregunta buscada para crear un primer contacto. Conectaron pronto y bien.
Ahora juntos en el pueblo con su madre, ella con su consulta veterinaria, él se quedó al cargo de la tienda de la plaza, eran felices y tenían una niña.
Su hija al fin si tenía una vida mejor y ella estaba formando parte de aquel comienzo tan esperanzador.

Cuando una puerta se cierra, siempre hay alguna ventana que se abre.




Hortensia Márquez
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El primer día de mi vida

Jamás tuve valor para hacer nada hasta el día en que nací. Esa mañana desperté pletórico, lleno de energía, y a pesar de mi aspecto, me encontraba más vivo que nunca. Encendí el televisor y sonreí al ver las noticias:
“Encuentran los cadáveres de dos conocidos delincuentes tirados en la estación Este. Según las cámaras de seguridad de la estación, después de propinar una brutal paliza a un viajero, este, en un descuido de los agresores, consiguió arrebatarle a uno de ellos el arma, disparándoles a bocajarro y huyendo rápidamente de la escena del crimen. No se ha identificado al viajero, aunque parece que se trata de un hombre de entre treinta y cuarenta años”.
Dirigí mi mirada hacia el revólver de encima de la mesa. Volví a sonreír. Luego, y tras acabar de almorzar, me curé con cuidado las magulladuras y moratones que tenia por todo el cuerpo.
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La moneda de oro y el mendigo

Hace mucho tiempo, en un lugar perdido en la historia, existió un reino donde los dioses, bajo apariencia humana, se mezclaban con los mortales en sus quehaceres cotidianos. Las familias de alta cuna dominaban los extensos territorios que el monarca controlaba desde la capital, mientras tanto, estos dioses, observaban como la guerra, la paz y las cosechas, seguían su curso.
Un día, klegos, un antiguo campesino arruinado que vivía de la caridad de sus vecinos, estaba pidiendo limosna a las puertas del templo mayor de Hera, cuando de pronto, se le acercó una joven mujer que jamás había visto en la ciudad. La enigmática mujer le dio una moneda y le dijo al mendigo:
-Esta moneda te dará fama y honor si sabes hacer buen uso de ella. No lo olvides. Solo si utilizas sabiamente el valor de esta moneda podrás tener una segunda oportunidad en la vida.
Y así como acabó de pronunciar esta palabras, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud que se amontonaba a las puertas del templo.
Klegos abrió la mano para ver más de cerca la moneda que le había dado la hermosa y misteriosa dama, y para su sorpresa descubrió que no era una moneda como las demás. Era una moneda de oro, pero como nunca antes había visto ninguna. Su acuñación estaba realizada con destreza magistral; por un lado, la efigie de la Diosa Madre, por el otro, una pareja de caballos alados. El mendigo no pudo evitar soñar despierto, rodeado de mujeres, riquezas, y los más exquisitos manjares. Sin privarse de nada viviría como un rey hasta el final de sus días. Lo primero que se dispuso a hacer, fue dirigirse al lupanar más cercano, donde satisfacería su gaznate con el mejor vino, su estomago con un buen asado, y su apetito sexual con Brigitte, la prostituta más famosa de la ciudad. De camino al lupanar, continuaba soñando entre las sucias calles cubiertas del barro que la lluvia había dejado la noche anterior, pero eso a él ya no le importaba. De repente, un llanto infantil lo sacó de su ilusión. Allí, a un lado de la calle, un niño, de apenas 12 primaveras, con las ropas sucias y empapadas, lloraba desconsolado sin que ningún transeúnte le prestara la menor atención. Klegos, que conocía muy bien las penurias y durezas de la calle se dirigió al pequeño.
-¿Por qué lloras pequeño? ¿Acaso has perdido algo?
- Mis padres han muerto hace dos días -dijo el niño sollozando.- El mal que ha mandado la muerte pudo con ellos. Lo poco que me quedaba para llegar a casa de mi tía me lo acaban de robar unos hombres que pensaba que me ayudarían, pero en vez de hacerlo, me robaron todo lo que mis padres habían estado ahorrando con su esfuerzo. Luego me dieron una paliza y me dejaron aquí tirado.
Klegos se compadeció del niño; escuchó toda su historia y le prometió que le ayudaría a llegar a casa de su tía, la cual vivía a dos días de camino de la capital. El mendigo y Petrus, que así se llamaba el niño, emprendieron la marcha hasta la aldea donde vivía Diana, el único familiar que le quedaba al pequeño, y tras dos días de camino por fin llegaron a MontArtemis, nombre con el cual se conocía al lugar por estar en el valle que guardaba la Diosa cazadora, guardiana de los bosques y las montañas. Los dos días con el pequeño le habían hecho olvidar el sueño que le había provocado su más reciente adquisición, y que guardaba en una vieja bolsa junto a otras monedas de no tan noble aleación. La cabaña donde vivía la tía del muchacho, estaba rodeada de una pequeña parcela, donde se cultivaban algunas verduras y hortalizas, mientras que en un lado, un pequeño vallado dejaba a la luz una vaca un poco flacucha. A escasos metros de la puerta klegos se dirigió a Petrus.
- Toma muchacho - le dijo mientras metía la mano en la bolsa de monedas que tenia atada al cinto.- Esta moneda es para ti. Aprovéchala bien y ayuda a tu tía. Con esto podréis vivir toda vuestra vida sin pasar penuria. Tú la necesitas más que yo, amigo. Eres muy joven, y tienes una larga vida por delante. Se inteligente y haz buen uso de ella.
En ese instante Diana abrió la puerta y Petrus corrió a abrazarla. Los dos se fundieron en un cálido abrazo mientras Klegos los miraba con los ojos sonrientes. El mendigo quedó prendido de la belleza de Diana, una mujer de mediana edad como él, pero que no había perdido la sensualidad e inocencia que da la juventud. Petrus, le dijo a su tía que Klegos le había ayudado a llegar junto a ella, y que en la ciudad había sido el único que se había preocupado por él después de lo ocurrido. Luego, le enseño la moneda que el mendigo le había dado; una moneda de oro, la misma que dos días antes le había dado esa joven y misteriosa mujer.
No sabemos cómo ocurrió, pero se cuenta, que durante algunos días, klegos se instaló en la aldea, y que poco a poco los lazos con Diana y el muchacho fueron haciéndose más cercanos. Klegos y Diana acabaron casándose, y al año siguiente, como por obra de la mismísima Diosa Madre, Diana, que ya creía que nunca tendría hijos, se quedo embarazada de mellizos. Casandra y Atreo nacieron sanos y fuertes, y la felicidad reinó en esa familia estación tras estación. Años después, mientras Klegos y Petrus hacían varios arreglos a la casa para soportar las durezas del invierno, vieron aproximarse una figura hacia ellos. Klegos se quedó petrificado, pues era la misma mujer que años atrás le había ofrecido la moneda de oro a las puertas del templo de la Diosa Madre. La mujer se acercó sonriente hasta donde estaban el hombre y el joven Petrus, que ya había cumplido los 16 años.
_ ¿Te acuerdas de mí, Klegos?- dijo la mujer, que tenia ahora una mirada tan azul que se confundía con el cielo.
- Si. Te recuerdo muy bien, y por eso te doy las gracias. No fue esa moneda en sí, sino tus palabras las que me cambiaron la vida y me dieron una segunda oportunidad. Ayudé a este muchacho que quiero como si fuera mi hijo, me casé con su tía, y a pesar de no poder tener hijos los dioses nos han bendecido con un niño y una niña.
- Los dioses son caprichosos. Quitan y dan a los mortales según les conviene, pero no todos somos así. Algunos conocemos la bondad en los humanos, pero para eso, debemos de ponerlos a prueba - habló la joven y enigmática mujer.- Obraste bien klegos, y por eso has sido recompensado. A pesar de tu situación, decidiste ayudar al muchacho, y por eso el destino te ha dado una segunda oportunidad - la mujer sonrió, hizo una pausa y continuó diciendo.- Guarda bien a tu familia y protege estas tierras como si fuera tu propia vida. Honra a los dioses y ellos te protegerán, pero sobre todo nunca olvides lo más importante que existe en esta vida; la propia vida. Nunca lo olvides Klegos. Yo estaré vigilando y velando por ti, amigo. Algún día volveremos a vernos, pero ese día todavía se encuentra muy lejos.
Fue decir estas palabras y se levantó una repentina niebla que cubrió momentáneamente toda la cabaña. Luego, la enigmática mujer desapareció. Al instante de haber desaparecido, Klegos se percató que la mismísima madre de todos, la Diosa Hera, era la misteriosa mujer. Sonrió, y le dio las gracias por todo. Nunca más volvió a saber de ella a lo largo de su vida, pero siempre notaría una presencia amiga a su lado. Generación tras generación, honraron a los dioses en esa familia, y especialmente a la Diosa Madre, la cual brindó la protección a todos sus miembros. Cuenta la leyenda, que en la tumba de Klegos y su familia reza el siguiente epitafio: “Honra a los dioses y ama a tu familia; nunca dejes que el oro te haga perder el camino hacia el verdadero amor.”
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Las palizas a mi madre

Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo. Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni el mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!
-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Yo iba con mi hermana y la abrazaba intentando calmarla. Ella no dejaba de llorar y entre sollozos balbuceaba la palabra mamá, una y otra vez. El miedo me tenía paralizado. Sólo quería que pasara el follón cuanto antes y que mi madre no terminara llorando como lo hacía la mayoría de las veces que mi padre venía borracho a casa.
-¡Ala! Dijo mi madre. El vómito de mi padre se vertió de una gran bocanada sobre las baldosas de la pared de la cocina, la mesa, las banquetas y el suelo. Otra arcada más, acompañada de un grito, contribuyó a vomitar de nuevo una mezcla líquida de color marrón un poco amarillento, impregnando todo el ambiente de un olor asqueroso.

Ver así a papá daba mucho miedo. Se convertía en un hombre descontrolado, violento, no tenía cuidado con nada y atemorizaba su sola presencia. Mamá nos protegía como podía y, a veces, vi como le paraba los golpes que seguramente nos hubieran alcanzado a mi hermana y a mí. La casa se convertía en un infierno en el que todos estábamos desprotegidos frente a su ebriedad. Lo difícil era conseguir que se metiera en la cama a dormir. Una vez que lo hacía se quedaba dormido y no se despertaba hasta pasado el mediodía. Durante el resto del día no se hacía ningún comentario entre mis padres, se mascaba una fuerte tensión en el ambiente, intentando ocultarnos a mi hermana y a mí, la gravedad del problema. No me atrevía a salir de mi cuarto por miedo a encontrarme con mi padre o contemplar la cara descompuesta de mamá. Un silencio desolador se paseaba a sus anchas en todas las estancias de la casa. El reloj quedaba paralizado atando con más intensidad el nudo que bloqueaba mi corazón.
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Ignorancia

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Noticiero.: tres individuos meten fuego a una indigente en un cajero al parecer la rociaron con disolvente dejando caer despues una colilla que ocasiono el fuego.
Motivos de los echos, diversión y aporofobia.
Noticiero..: humillan a un indigente y lo tiran al río.
Motivos, odio a la pobreza aporofobia..
Noticiero.: Dan una paliza de muerte a un indigente en plena via pública.
Motivos, odio a la pobreza aporofobia.

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Almas partidas en dos mitades
como estructura, agonia
y dolor de punta a punta
de sus estremidades,
nomadas sin destino
recorriendo la geografía
de pueblos y ciudades o
al contrario se quedan cerca
de lo que un día fueron sus hogares.
La desdicha, las grietas
de sus corazones y
la humildad les dejaron en la calle
sin nada, con lo puesto,
con tan solo el consuelo
de la indiferencia del resto.
Se conforman con el suelo
que tu pisas y escupes.
Usan como almohada la acera
que hay enfrente de un banco
o en el parque de mi barrio o el tuyo,
no piden mucho, no sueñan con lujos,
ni con mansiones, ni con pivas,
ni con coches caros.
Se conforman con las migajas del camino
y de las pocas personas
que paran y que ayudan
con su mas humilde amparo.
Tienen historias profundas,
hechos y situaciones
que son lo mas parecido
a estar en el núcleo
de un huracán en crecimiento
debastando todo a su paso,
vivencias que se convirtieron
en bocados difíciles, incluso
con el tiempo de ser digeridos.
Vidas truncadas, almas crucificadas y condenadas a muerte en vida
precisamente por miedo a ella,
por miedo a ser fuerte,
por miedo al fracaso,
por pensar que les volvera
a acariciar de cerca
la misma suerte
por eso y por que
les partieron el alma en su dia,
se conforman con estar de paso.
Tienen cadenas y grilletes
que les atan a lo que no veis,
a lo que ni tan siquiera imagináis.
Son cadenas que te ahogan
lentamente sin darte
permiso de hechar una lágrima
o tan siquiera revelarte.
Son almas nobles cansadas de sufrir
aunque son fuertes,
lo que manda es la mente.
Y lo digo por los que sufren
el trastorno de la aporofobia
o mejor dicho odio a la pobreza!!
Qué sabéis vosotr@s de la nobleza.?
Qué sabéis vosotr@s del reflejo
de una sombra que te agacha
y te obliga a claudicar.?
Qué sabéis vosotr@s de
la soledad con un contrato indefinido.?
Qué sabéis vosotr@s del vacio
cuando el amor no te mira ni de reojo.?
Qué sabéis vosotr@s del dolor,
de la agonia continuada.?
Qué sabéis vosotr@s del
insomnio regalado.?
Qué sabéis vosotr@s de
un estomago cerrado a balazos.?
Qué sabéis vosotr@s de sueños
partidos en mil pedazos.?
Qué sabeis vosotr@s del daño
de la indiferencia cuando
estas sumergido en la indigencia.?
Qué sabeis vosotr@s del T.L.P.
y de otros trastornos que sufren
la mayoria de ell@s.?
Que sabéis vosotr@s lo que es
estar tristemente cansado
en el final de la pelicula y
tener que estar viendo
por miedo el trailer de por vida.?
Que sabeis vosotr@s.?!!
En realidad, no sabéis nada.
Son almas humildes que se desangran y desgastan paso a paso
con las heridas del pasado
tan parecido o igual como se desgastan al caminar las suelas de tus zapatos.
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Basta

Ciega enamorada
de un maldito agresor,
casada con dos hijos,
son su mayor valor.

Tu marido te pega,
es un maltratador.
y al día siguiente
te pide perdón.

Tus hijos muy contentos
por vuestra «reconciliación»,
cuidado, te está preparando
el próximo moratón.

Los niños lo escuchan
llorando sin cesar,
los insultos, las palizas,
el chantaje emocional.

Aumenta tu miedo
cada vez que respiras.
No hablas con nadie,
no puedes hacer tu vida.


¡¡¡....PERO BASTA.....!!!!


Basta, mujer,
deja de aguantar.
Puedes comenzar de nuevo,
date otra oportunidad.

Tu vida vale oro,
no mires atrás.
Sigue tu propia estrella.
sólo hazla brillar.

Sonríe, sonríe...
sonríe sin parar,
tu alma te lo grita,
no la dejes marchitar.

No te quedes callada,
denúncialo ya,
que se sepa qué te pasa
para que te podamos ayudar.

Sé fuerte y valiente,
hazlo, de verdad,
que no sea demasiado tarde
para tenerlo que lamentar.

AUTORA ALMAR.
Almudena del Río Martín.
DERECHOS RESERVADOS
25/11/2015
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(Contra) el canto del cisne: (Cultura)

Soy la lluvia, soy el viento,
soy todos los aullidos y lamentos
los campos llenos de soldados muertos,
las aldeas abandonadas
y las ciudades superpobladas,
soy el llanto tenue de la libertad
cuando disparan en nombre de la paz,
soy el campesino y su sudor,
la rabia y el dolor
del que ha visto nada más nacer el horror.

Soy los sueños y las pesadillas,
las fantasías,
las ironías
y las poesías,
soy todas las noches en vela
todas las horas que pasas en largas listas de espera,
los cielos sin estrellas,
todos los besos, caricias y miradas desde la otra acera,
soy esos armarios que te obligaron a cerrar,
esas infancias sin lugar al que escapar,
todas las palizas por soñar,
todas las salidas de emergencia cerradas cuando llegabas a ellas.

Soy la música y los instrumentos,
las orquestas, los bailes y los cuentos,
todas las leyendas muertas,
todos los libros que ardieron en hogueras,
las películas que se censuraron
y todos los actores abandonados y olvidados;
soy las imágenes vistas de cerca,
las letras que despiertan conciencias,
las historias cíclicas que se repiten aunque no quieras.

Soy el trabajador de ese tejado,
la madre que cuida de los hijos sin que nadie le dedique cuidados,
las revueltas y las calles llenas,
las manifestaciones y las huelgas,
las protestas, las asambleas y las esperanzas que yacen en algún lugar, sin fuerzas.

Soy el norte y soy el sur,
soy la luna y el sol,
soy el que viaja en bus,
el que huye, el que emigra, el que se refugia, el que busca dinero para comprar salud.

Soy el oeste y el este,
la voz que grita en medio del cielo celeste,
los enfermos de la peste,
de las colonias y de las huestes
de aquel que se proclamó liberador,
de aquel títere que alguien situó,
de todos aquellos que solo soñaron con mantener el control,
que nunca dudaron cambiar de color
con tal de que el pueblo solo sienta el dolor.

Soy indio,
soy cubano,
soy todos los que lucharon sin rendirse por lo que soñaron,
soy europeo y africano,
asiático y americano,
soy el engañado de todas las historias de viajes para lucrarnos.

Soy la madre,
y el padre,
y la hija explotada
y el niño soldado,
soy la vida,
soy la muerte,
soy la guerra
y la paz,
soy todas las ganas de cambiar algo.

Soy el mundo,
soy el mar,
la naturaleza, las montañas y hasta el volcán;
soy los peces,
y la hormiga al trabajar,
soy la memoria,
y la cultura popular.

Soy Sarajevo e Iraq,
las Malvinas, Chechenia y Afganistán,
soy la falsa primavera árabe,
soy la maniobra inteligente,
el que muere ante un dron sin piloto pilotado,
soy el soldado vietnamita que muere por defender su poblado,
soy el norcoreano,
el palestino,
el fervor del pueblo al echar de Cochinos al mercenario.

Soy el futuro y el pasado,
el presente que nos han robado,
el caído ante una jeringuilla en su brazo,
el que ve como lo aplasta el estado,
el olvidado,
el callado,
el cadáver en una fosa enterrado.

Soy la bandera roja ondeando,
soy el Reichstag liberado,
soy el rojo y negro en una columna luchando,
soy el brigadista solidario,
el voluntario alistado para echarte una mano,
el enfermero,
el obrero
y el parado.

Soy la médica que ha estudiado,
la choni,
la escritora,
la que pasa 10 horas en el sector servicios currando;
soy el becario,
el pobre universitario,
el poligonero que escucha rumba y bakalao en tu barrio.

Soy la Guerra Fría,
la isla combativa,
las voces que en la cárcel siguen insumisas,
soy la guerrilla en la jungla,
la que trabaja en el campo para sobrevivir otro día,
la que suda como único pago a su desventura,
la que muere sin grandes actos funerarios,
soy Peniche y Guantánamo,
todos los caídos en un Valle de héroes falsos,
los defensores de Stalingrado,
el miliciano y el partisano,
el incansable estudiante que reparte panfletos incendiarios frente a un supermercado.


Soy la historia y la igualdad que por fin se alcanza,
la cultura de masas que nadie aprecia,
las ganas de acabar con las injusticias,
las vidas que buscan vías para triunfar en esta partida.

Soy las llamas de la venganza,
la hora de romper la baraja y las cartas,
el momento de estallar en la batalla,
el pueblo internacional y solidario que viene a plantar cara.


Soy el mundo,

soy la construcción de los sueños,

soy la victoria de las esperanzas.
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