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De tiempo y relativos

Hay algo en sus ojos, que me hace permanecer ahí, intentando descifrar qué pasa por su cabeza y aunque al final no lo entiendo, lo cierto es que no quiero que me mire con esos ojos, no quiero que piense que puede quedarse y habitar mi cuerpo e irse apoderando de mis recuerdos.

Me niego a que me mire de esa forma, con ese brillo en los ojos; es que quizás él no lo nota, pero me hace querer correr hasta sus brazos y al mismo tiempo huir lo más lejos que pueda, y no, no quiero huir y tampoco quiero anidar en su pecho como quien al fin encuentra refugio.

Está mal, todo mal, no tiene pies ni cabeza. Sin embargo, cuando estoy con él, es decir, cuando estamos ahí frente a frente todo parece encajar, incluso nuestros cuerpos ‘rebeldes’, tan parecidos como diferentes.

Y no, no es como dice Cortázar que… andábamos por ahí sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos... porque no, no quiero, muy romántica la frase, muy linda sí, muy de todo, pero no.

Yo no quiero pensar que estaba destinada a encontrármelo en el camino, en cambio quiero pensar que decidí por mi cuenta, sí, por mi cuenta y no la del "señor destino" que esa tarde nos juntáramos para tomar café (por cierto, fue una tarde hermosa, hacía mucho que no sentía un abrazo como ese ¡Y vaya lluvia tan conveniente, tan precisa! No casualidad sino un pretexto).

Como venía diciendo, quiero creer que sí hubiese sido diferente y nos cruzáramos cualquier otro día por la calle y por casualidad alguno de los dos fijara su mirada en el otro, lo primero que haríamos sería girar la cabeza hacia el lado contrario.

Sí, es que por más loco que resulte, no siempre es fácil sonreír a los extraños, (aunque deberíamos naturalizarlo), yo por lo menos me hubiese intimidado un poco, por la misma razón del principio, esos putos ojos y su maldito brillo que parece estar hablando a gritos sin decir una palabra.

Es probable que no me entiendan, créanme yo escasamente lo consigo, la cosa es que quiero verlo y saber que el tiempo juntos puede ser tan largo como corto y que así como suena de fácil leerlo, sea de fácil creerlo, a fin de cuentas, el tiempo es relativo y estar juntos también.

Hablando de tiempo y de relativo, y esa manía mía por contar los días y sacar cuentas sin sentido, ya superé mis expectativas en tiempo de estar con él y no sé si me asusta o me gusta (la verdad es que me encanta).

Quiero que él lo sepa, y me miré sin respuestas, que se dé cuenta que no tengo certezas de nada, que me he hecho una y mil ilusiones al tiempo que las he hecho desvanecerse, que no espero nada suyo y que aun así me sorprende siempre.

Es que me muero (sigo hablando de relativos) por decirle que no me hacen falta compromisos porque de esos tengo bastantes conmigo misma y ya suelen agobiarme lo suficiente, que con él quiero todo y nada (y en todo incluyo los orgasmos ya sean en el baño, en la sala u en la cama… donde sean pero que sean).

Ya le he dicho que lo quiero, y lo cierto es que esa no es la palabra correcta, porque si algo siento por él, es algo que se sale de lo posesivo que puede resultar un ‘te quiero’, esa frase que para mí en tantas ocasiones ha significado encierro…

… A él lo veo y lo siento libre y me encanta así; tan feliz, tan hombre y tan niño, es un misterio. Me fascina pensar que con él todo es nuevo; es como ir aprendiendo a gatear y de pronto estar corriendo o mejor aún montando en bicicleta sin las manos en el timón y con los brazos abiertos (como eyacular en medio de un oral y reír sin aliento).

Así me siento, con los brazos abiertos, con el corazón galopando en cada respiro; con ganas de decirle que se vaya lejos, que vuele tan alto como quiera, que suba la montaña y que también camine desnudo por la playa, mientras se fija en la flaquita de cara linda y bonitas nalgas.

Me encantaría que sepa lo bonito de sentir que puede enamorarse de cualquiera, que puede querer pasar su tiempo aquí o allá; me gustaría que sepa que no importa si mañana se va y ya no regresa nunca más, porque me habrá quedado todo y nada. Y la nada que me da, es más que todo lo que he recibido antes.
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Tesoros de verano (relato)

Sentada frente a la ventana pensó lo mucho que había cambiado todo. No quedaba nada de lo que recordaba haber vivido en su infancia. No era sólo su edad, era el mundo.
Recordó, saboreando con placer, aquellos maravillosos veranos de su niñez. El mes de julio al pueblo con los abuelos. Los baños en el río, las barbacoas en el patio lleno de plantas. ¡Cómo se enfadaba la abuela si rozabas las flores! Jugar en la calle hasta las tantas, sin importar horarios. Y luego en agosto a la playa. Solo 15 días, papa decía que salía demasiado caro pasar el mes entero. La arena de la playa, los chapuzones en el mar, jugando con Marcos en la tabla. Las paellas del chiringuito. Casi podía oler todos aquellos aromas.
Ahora, a sus 65 años, sola en el mundo. En un mundo que no reconocía. Donde ya apenas había estaciones. El cambio climático había hecho estragos en los últimos 300 años. Habría preferido morir que vivir todo aquello.

- Señora María – dijo el médico - siento comunicarle que hemos detectado una enfermedad de reciente descubrimiento, muy grave y de la que aún se desconoce la cura. Ya sé que la noticia es terrible, pero hay esperanzas. Como sabrá, el gobierno acaba de aprobar la hibernación para enfermos con enfermedades como la suya. Se espera despertar a los pacientes cuando se halle la cura. Su enfermedad está entre las aprobadas para ser costeada por el estado.

Aquello fue como un mazazo en el alma. Quedarse con los suyos y morir en breve o dormir hasta…..¿quién sabia hasta cuándo?
Sus hijos se empeñaron en que aprovechara la oportunidad, hibernar estaba al alcance de muy pocos, aún era muy caro, y ella podía.

- No seas tonta mama – decía su hija Ana – quien sabe, igual tenemos un golpe de suerte y podemos hibernar alguno. ¿Te imaginas encontrarnos después de 100 años? Te queremos mucho, y aunque sabemos que quizá no podamos volver a verte, si te mueres ya sí que no te veremos nunca más.

Ahora estaba allí 300 años después, sola, con unos parientes a los que no conocía y en un mundo donde ya no había veranos en el pueblo ni en la playa. El sol era tan peligroso que salir fuera durante las horas de más calor estaba prohibido.
Si cerraba los ojos, casi podía sentir el roce de la mano de su madre cuando acariciaba su cara. Podía percibir el aroma de la piel de sus hijos el día en que nacieron. La imagen de su compañero junto a ella. Le perdió pronto, desapareció un día de abril. Un infarto dijeron.
Solo quedaba soñar, soñar con aquellos veranos donde un simple chapuzón en el río o en la playa constituía todo un tesoro.



Hortensia Márquez


(envié este relato para participar en el I Concurso de relato corto “Sueños de verano”, patrocinado por la Escuela Cursiva y organizado por Libros y Literatura., no ha ganado, ni es finalista, pero si ha sido seleccionado para formar parte de la antología que se editará)
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Ladrón de besos

Todas las noches salgo con afán de robar los besos

Más exquisitos de la ciudad, algunos quieren diamantes, dinero u oro.

Yo quiero besos, un acto que si robas, no te toca castigo alguno.

En las noches reviso a las damas solitarias, acechando el momento

Perfecto para que esos labios toquen los míos y sentir esa sensación

De extravagancias de éxtasis.

Unos me toman por loco, por dedicarme a ser ladrón de besos,

Pero ellos no entienden que soy un cazador de tesoros, de reliquias.

Hay damas que nunca han sido besadas, pero yo les enseño el sentimiento,

La sensación y sobre todo el enojo de sentir unos labios no deseados.

Unas se enojan, otras tienen diferente perspectiva que ni se molestan en seguirme.

Así distingues unos labios que tienen dueño de lo que nunca han sentido el calor de unos.

Damas en los callejones, damas en los paraderos, damas en los parques y en cualquier lugar donde Este una dama en soledad total.

Pero una noche me dieron mi merecido, al momento de tratar de robar un beso,

Note que la chica era la niña que me gustaba desde pequeño, partió hace años, pero

¿Regreso? …

¡Oh cielos! No sé si robarlo o quedarme con las ganas. Por primera vez deseo unos labios únicos Para mí. ¿Qué pasa hombre? soy un cazador no una presa. Mis piernas no responden, pero mis ojos no dejan de desearla.

Mejor ni me acerco, tal vez conozca la noticia del desquiciado que roba besos a damas solitarias en la oscuridad.

Guardo distancia, y noto a la chica que he amado desde años pasados en una banca reflejando su sombra por la luz del póster.

Ella resguarda ahí. Y ¿si me acerco a robarle un beso a cabo que tengo una máscara puesta? y la oscuridad es mi aliada, pero yo amo esos labios y porque con los ajenos soy tan libre.

¿Porque mi corazón me apresa de respetar esos labios, si ya he robado cientos de besos?

Me quede ahí, ya no me importaba desperdiciar la noche, pero ella seguía ahí. ¿Tal vez quería ser atacada por el ladrón de besos? O ¿tal vez quería conocer la sensación de uno?

Me quite la máscara y simule pasar por ahí, fingiendo que salía de mi trabajo le dije:- ¿Johana eres tú? Ella me contesto que si, tanto tiempo sin vernos. Volví a preguntar: -¿Qué te traer por aquí? Ella me respondió: - Tal vez te cause gracia, pero nunca he tenido novio, escuche el rumor de un ladrón de besos y quise que me demostrara lo que se siente.

Yo me sentía en la gloria, no supe que paso por mi cabeza ni quien era en ese momento y le solté la sopa, diciéndole que yo era el ladrón de besos. La tome de la cara con mis dos manos y preparaba para besarla como nunca había besado a una mujer, con amor verdadero. Pero ella actuó pronto y me lo robo, no pude sentir la sensación que quería experimentar comprendiendo que un beso robado es solo algo sintético, sin vida, sin pasión, lo sentía más como una abofeteada por la falta que les hice pasar a muchas chicas.

Ella me soltó y me dijo: -¡Ahora experimentaras lo que se siente robar un beso! Tal vez sea un capricho, pero nunca será un beso de verdad.

Y como se alejaba parecía que la oscuridad la cubría hasta desaparecer. Caí rendido sobre mis rodillas mientras ella ante mí se convertía en una silueta, solo llore porque tenía razón un beso robado nunca será un beso real.
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Finales de Septiembre (relato corto)

Amanecía, y la luz de la mañana se filtraba por la cortina, haciendo que la habitación estuviese iluminada, con esa tenue luz que te permite verlo todo sin que moleste. Adoraba aquellas mañanas perezosas de sábado, de finales de septiembre. Cuando ya los días van a menos (como decía su madre). Le gustaba despertarse así, de a poco, comprobando cada rincón de aquel espacio que tan bien conocía. Haciendo memoria de cosas banales del día anterior. Poniendo una pequeña lista de planes para el día.: leer, pasear, quizá un café con Ana, o podía quedar para ir a ver alguna película.
Se levantó y avanzó hasta la ventana para correr las cortinas y abrir. El aire fresco de la mañana inundó la sala y sus pulmones. Dejó que acariciara su piel hasta erizar el bello. No era nada ni nadie, antes del café. Puso una canción y se sirvió un café con leche y una cucharada de azúcar moreno, una tostada con aceite de oliva y dejó que el café y la música la posicionaran de nuevo en el mundo de los vivos.
Mientras desayunaba, hizo un repaso mental de la conversación que había tenido con Jorge unos días atrás, seguía sin entender el porqué de su nueva postura, había pasado de ser un proyecto de relación a amigos distantes. Creía que había buena química entre ellos, es mas sabía que la había, por eso no entendía que había pasado. No quería comerse la cabeza con aquello, hacía tiempo que las relaciones habían pasado a un segundo plano en su vida.
– Mejor sola que acompañada de seres que proyectan mala sombra- como decía Ana.

Tomó la taza y se aproximó a la ventana, corría una brisa que hacía que las ramas del chopo que tenía frente a la ventana se movieran, parecía una danza un tanto alocada con una extraña coordinación descoordinada. Las hojas se movían como bailarinas de una cajita de música. Dio un sorbo al café y dejó que aquel bonito espectáculo de ramas y hojas bailando al compás de la música que salía de su equipo, inundase la cocina. (Dulce mañana de sábado, me conformó con poco – se dijo).

Dejó la taza y la cuchara en el lavavajillas y de dispuso a leer un rato. Se dejó caer en la cama, acomodó la almohada a la espalda, se puso las gafas y dejó que la lectura la envolviera en ese mágico mundo que sólo un buen libro sabe crear. Por espacio de aproximadamente una hora ya no era ella, era el personaje central y sus circunstancias.
Miró el reloj, y pensó que quizá ya era hora de dejarlo, pero un capitulo a medias, ni pensarlo (manías de lector-se dijo).
Puso el marca-páginas y se levantó, de verdad que no sabía qué hacer, estaba tan a gusto así, perezosa y relajada.

En el cine de la esquina estaban reponiendo grandes clásicos. Ese podía ser un buen plan para la tarde. Un paseo matutino y de paso mirar la cartela para hoy.
-Si algún título me interesa llamo a Ana por si la apetece – pensó.
Se puso un pantalón cómodo, unas zapatillas y su camiseta preferida, esa que ya iba perdiendo el color por el mucho uso y el tiempo. Le que se compraron en aquel puesto del rastro una mañana de domingo de resaca y risas hace ya un sinfín de años. Tomo el bolso y las llaves y salió a la calle a disfrutar de aquel maravilloso día de finales de septiembre.


Hortensia Márquez - Sep.Oct/2017 (@horten67)
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No será la última batalla

Año 206 a.C. Las legiones romanas estaban celebrando la victoria. Habían expulsado definitivamente a las huestes cartaginesas de la Península Ibérica, haciéndose con los territorios conquistados hacía años por esos bárbaros africanos. Roma expandía su poder con puño de hierro, y las legiones, entrenadas y disciplinadas, se convertían en su brazo ejecutor. Marcelo Crispo, uno de esos legionarios, celebraba el triunfo acompañado de sus camaradas, anhelando el fin de la guerra y el regreso a su Cumas natal junto a su mujer y sus dos hijos. Marcelo, recordó los momentos vividos con sus camaradas caídos en la batalla, buenos y leales compañeros, en especial Quinto Vitelio Rutio, el cual le había salvado la vida en más de una ocasión. Esa noche, el veterano legionario Aulo Marcelo Crispo, haría una ofrenda a los dioses sempiternos, pidiendo que las almas inmortales de sus camaradas y amigos caídos en la batalla tuvieran una existencia dichosa y feliz en los Campos Elíseos. “Volveremos a vernos, amigos”, dijo Marcelo mirando el refulgir de las estrellas en la oscura inmensidad de la noche, “pero todavía no.”
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Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
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Relato urbano

Una chica corre el bondi mientras un chico pasea a su perro.

Un señor intenta hablar por teléfono público con una carta en la mano.

Esa imagen no se ve todos los días.


Gente pasa al lado de otra gente. Nadie parece conocerse.

Nadie parece escucharse.

Otra chica llora hablándole al teléfono.

Y una señora pide monedas sobre la vereda sin suerte.

Las bocinas de los coches atravesados aturden a todos.

Nadie se detiene. Todos llevan apuro.

El tipo de traje y maletín lleva en su mano un café, su teléfono y un portafolio.

La señora en una mano a su hijo y en la otra la mochila.

La pareja mira vidrieras con sueños de compra

Pero otra pareja camina sonriendo sin que nadie los vea.

Dos nenes se pelean por el tobogán de la plaza

Las madres se miran para ver quién actúa primero

El policía camina mirando el celular.

Un matrimonio discute adentro del auto

Pero un chico joven viene manejando despreocupado.

Tres empleados de una cadena se divierten en la puerta del local.

Otros paran a pedir fuego para encender un cigarrillo.

El del diario de revistas lee el una nota por tercera vez

La señora del puesto de flores acomoda la mercadería

El vendedor de bijouterie habla por teléfono con manos libres

El señor del estacionamiento contempla todo sentado,

es el único que parece prestar atención.

Unos chicos que salen del colegio gritan entre ellos.

El paseador de perros camina con dificultad

Mientras el mozo lo esquiva con un cortado en la bandeja.

Un tipo se acomoda el pelo y el bigote frente a un espejo

Y un chico camina con unas flores en la mano.

En esa misma esquina, una pareja se abraza fuerte.

Tan fuerte que el mozo se detiene a mirarlos

y el paseador de perros se descuida.

El del puesto de diarios deja de leer la nota

y el chico de las flores espera ansioso ese abrazo.

El chofer del bondi le dice a la chica que se subió apurada

que no la lleva a ese destino. Se baja.

La chica de detiene a ver como la señora acomoda las flores.

Las madres no intervienen. La pareja ya no mira vidrieras.

El policía ya no mira su celular, ahora charla con el peluquero.

El camión de reparto intercepta el paso de la esquina,

tapando la postal del abrazo fuerte.

Todo vuelve a ser lo que era.
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Vuela conmigo

Cada día acudía al mismo lugar para poder observar el maravilloso espectáculo.

Admiraba su hermosura, la brillante gama de colores de sus plumas, su elegancia al volar, las acrobacias que hacían todos juntos en el aire.. Pero, sobre todo, esperaba para verlo a él.

Era absolutamente increíble.
Aquel papagayo de pico elegantemente curvado, pecho del color del sol y alas azul turquesa, la dejaba sin aliento con solo aparecer en el firmamento.
Diariamente esperaba que llegara el momento en que se recortaba su figura en el sol del mediodía, y se acercara majestuoso hasta la rama dónde ella, y su pequeño y agitado corazón, aguardaban. Entonces pasaba por encima volando, daba un par de vueltas y desaparecía; repitiendo un ritual diario que ella no alcanzaba a comprender.

Soñaba con acompañarlo en su vuelo. Practicaba durante horas para mantenerse en forma: debía ser muy veloz para poder estar a la altura de un pájaro tan fuerte. Pero se sentía muy estupida, creía que él nunca se fijaría en ella…era solo una pequeña golondrina de plumas oscuras y vientre color arena, pero con fuego en el corazón: el mismo que decoraba las plumas de su cabeza y mentón.

Un día se lanzó a volar con él. No lo pensó, simplemente lo hizo. Sabía que la vida de las golondrinas es muy corta y no la pasaría agazapada en esa rama.

Y así pasaron muchos días.
Ella volaba a su lado, feliz y risueña, mientras él la miraba de reojo, cada día más intrigado por saber de aquella pequeña avecilla.

– ¿ Por qué lo haces? – Preguntó él intrigado.
– Disfruto volando a tu lado. ¿Por qué lo haces tú?
– Estoy cautivo en este zoológico. Mi trabajo es participar en este ridículo espectáculo. Me alejaron de mi hogar cuándo sólo era un polluelo. Ya no recuerdo lo que es la libertad.
– Pero tú también puedes ser libre, solo tienes que volar conmigo lejos de aquí, hacia el Sur…
– ¿Y la comida? ¿Un lugar para dormir? ¿Qué haríamos si hace frío?
– Yo te enseñaré a conseguir comida, a beber en las fuentes y charcos, a resguardarte de la lluvia en otoño y del sol ardiente en verano, a buscar tierras cálidas para pasar el invierno…

Él pensó que no estaba tan mal en aquel zoo. Tenía una cómoda existencia, comida en abundancia y nunca pasaba frío.

– Solo tienes que volar conmigo, lejos de aquí, hacia el Sur….- repitió ella a modo de despedida. A partir de ese momento cada día que siguió acompañándolo se despedía con la misma frase.

Una noche él la pasó en vela. ¿Ansiaba la libertad o simplemente estar con aquella pequeña golondrina que cada día le alegraba por unos instantes?

Al día siguiente ella no vino a acompañarlo. Ni al siguiente. Ni al otro.
La vida de las golondrinas es corta. Mucho más que la de los papagayos.

Él no vió su pequeño cuerpecito yaciendo en la rama dónde lo esperaba cada día. Así que se fue a buscarla. Y voló lejos de allí, hacia el Sur...
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Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Hola, me llamo Wood

Hola, me llamo Wood. Como todos los días me he levantado de sopetón de la cama, me he puesto mi sombrero y he salido a la calle para ir a trabajar. La verdad no me apetece ir a trabajar, pero, hay algo en mi que me obliga a ir. Durante el camino me choque con la misma pared con la que me choco siempre, parece que aun que la vea venir nunca me aparto, todos los días esta hay esa maldita pared. Siempre que me doy contra ella les oigo reírse de mi, no se que les hará tanta gracia la verdad, a mi me duele. En el trabajo son todos los días igual, mi jefe me echa la bronca por algo que he hecho y la verdad no se ni lo que es, cuando esto pasa también les oigo reírse. Una vez de vuelta a casa después de un duro día de trabajo, me persiguió el mismo perro que me persigue todos los días y me toco salir corriendo como siempre. Ya en casa colgué mi sombrero, y me metí en la cama. Mis cuerdas callaron del cielo como todas las noches y por fin era libre para hacer lo que quisiera, pero, sin nadie que manejara mis cuerdas no era capaz de moverme, al menos siempre seré libre de pensamiento. Se cerro el telón y las risas de antes desaparecieron, dejaron unas monedas en la entrada y se fueron. Y si todos en el fondo fuéramos marionetas como lo es Wood, utilizadas por alguién para su propió interes.
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De esos niños. (Relato corto)

Mi niño tiene un mal genio sin lámpara y mil demonios sin hogueras cocinando azufre. De ahí, mis canas a colores cubriéndome la existencia y su sonrisa color cielo cuando genio y demonios me matan de risa.

Ya lo dice la vida, hay que tomarla de un shot y haciendo mezclas.
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Billete de vuelta (parte 1 de 3)

Violeta despegó su cuerpo del asiento con dificultad. Tenía las piernas entumecidas después de tres horas de viaje y necesitaba escapar, por un rato, de los ronquidos del pasajero que viajaba a su lado. Atravesó el pasillo de su vagón sorteando codos y zapatos mientras recobraba la movilidad, y cruzó dos vagones más hasta llegar a la cafetería. Al entrar observó que el mostrador más inmediato estaba ocupado por tres ejecutivos de trajes impolutos y zapatos relucientes, que discutían sobre la noticia del periódico abierto frente a ellos. Buscó con los ojos un espacio para apoyarse y eligió la barra lateral izquierda situada a lo largo de una de las ventanas. Pidió un café con leche. Desde su postura descansada, contemplaba el paisaje desenfocado del exterior, donde las llanuras se hacían interminables al igual que aquel dichoso viaje. Llevaba un año sobreviviendo en Bari, al sur de Italia, pero había decidido volver tras conocer que su padre había recaído en su enfermedad. Por eso, iba en aquel tren, convencida de que debía volver al pueblo y animarlo. En realidad, no tenía ni idea de cómo se hacía eso, cómo se da aliento a alguien que ya ha sufrido varias embolias y, sobre todo, cómo sería capaz de disimular su propio sufrimiento. El traqueteo del tren se agudizó y el soniquete molesto la apartó de aquellos pensamientos. Bebió el sorbo de café restante en la taza y se dispuso a regresar a su asiento. Recorrió el primer vagón a toda prisa, huyendo del intenso olor a embutido que provenía de los bocadillos de unos niños que había sentados junto al guarda equipajes. Entró en el segundo y se detuvo en seco. El olor a embutido había sido sustituido por aroma a una fragancia de frutas cítricas. Al fondo reconoció un cabello negro ensortijado. Estaba segura: no había visto aquella cabeza en su paso hacia la cafetería, anteriormente. También, estaba segura de que pertenecía a Samuel. Su corazón, atento a las reflexiones, sintió el disparo de salida y latió con fuerza. Violeta caminó como si calculara la distancia a través de sus pasos hasta situarse justo detrás de él. Confirmó que no había nadie sentado a su lado, lo cual no quería decir que viajara solo. Puede que su acompañante estuviera estirando las piernas como acababa de hacer ella. En cualquier caso, allí se encontraba ella de pie, casi rozando la espalda de Samuel.
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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco.

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!
— ¿Cómo que no?
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar.

— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa.
— Esa era la otra razón para no llamarte.
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad?
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes.
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.
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Amor relativo

Amo
Sentir el momento,
Inhalar profundamente,
Exhalar lentamente.

Efímera vida,
que empieza y se termina,
en un suspiro,
en el latido.

El amor y el miedo
por lo desconocido...
Relativo.
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Caja Musical

Un día
Común
En medio de la tormenta.
Mientras las lágrimas de dios
Recorrían mi cara mientras en el trasfondo
Sumergido en un gris
Claro invadiendo
Este espacio
Que yace vacío
Aquí a mi lado.

Mientras
Se oye el sonido
Que para algunos es melancolía
Para mi es una leve melodía
De violines.

Tocando en el interior
De esta caja musical
Que no deja de sonar.
Que no deja de tocar,
Que por alguna razón, debía de escuchar.

Era una dulce voz
Que de a poco
Se hacía cada vez más fuerte
Eras vos,
Te acercabas hacia donde me encontraba
Junto con un brillo que te acompañaba.

Hasta donde yo estaba
Creí que soñaba
Al verte
Pero era evidente.

Estaba frente a
Tu mirada
Una vez que a tus parpados
Dejaron ver aquellos ojos
Quede anonadado.

Por tu belleza.
Fue breve
Pero ya no llueve
Te vi y fue leve.

Pero fue suficiente
Para darme cuenta
Que tú, eres la cenicienta
De este cuento
De este relato
De este amor.

Que hace mucho deje de creer
Pero fue más que suficiente
Para hacerlo revivir
Y poder quitarme las dudas
Que tenía cuando te conocí la primera vez

Quisiera que estos sentimientos existieran.
Que no dejaran de existir.
Porque tú, eres la razón de mi existir
Y de que esta caja musical se volviera oír
Su fervor latir
Mi corazón se volviera a sentir
Como la primera vez que te vi.
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La eternidad en tu mirada...

Miro el reloj... 14:28... dos minutos de sobra antes de llegar puntual a nuestra cita, y cómo no hacerlo si yo siempre deseo robarle los nanosegundos al tiempo para poder estar un instante, sólo un pequeño instante más contigo. Lo que pasa es que contigo todo es atemporal, eres lo que en Física se conoce como "singularidad", contigo las reglas del tiempo-espació no se cumplen, pero así eres tú, las reglas no concuerdan contigo, eres un ser que va creando mundos a su paso y esos universos se van sumando a uno mayor hasta conformar el mío, donde yo existo, y soy... porque estoy contigo.

Por fin 14:30... toco el timbre de tu casa y a lo lejos, como si en la cima de una montaña te encontraras, escucho tu voz acogedora que desde ese punto geométrico desconocido lanza una promesa de felicidad con un simple "Ya voy". "Ya vienes"... pienso... y esa espera se vuelve un mundo de posibilidades. Decía la abuela "la espera desespera", y como siempre tenía razón, sin embargo, contigo mi amada "singularidad" eso a veces no aplicaba, si bien mis ansias de tenerte cerca crecían exponencialmente con el saber que estaba a unos segundos de verte, también se volvían material de novela, cuento o relato... llámale como quieras... me imaginaba tu rostro al espejo retocando los últimos (pero más importantes) detalles del maquillaje, mirando tu vestido por diversos ángulos, todo con prisa pero con su respectivo tiempo. El correr por las escaleras con ese tic tac de los tacones, el grito de "Mamá ya me voy" que te toma exactamente 1.66 segundos, la respuesta de tu madre "Sí, está bien, no llegues tarde" que dura 3.10 segundos... la última mirada rápida en el espejo pequeño de la sala y por fin las puertas de mi propio paraíso que se abren, con esa luz del fondo que entra por el jardín brindando una atmósfera celestial a la aparición de mi propio ángel de la guarda.

Te admiro de pies a cabeza, no porque te esté analizando ni mucho menos, sino porque es tu mirada lo último que me gusta ver en ti, la cereza del pastel, el último chocolate de la caja, la última nuez acaramelada de la bolsa... miro tus zapatos lindos, tu vestido rojo ceñido a una delgada figura, el pecho erguido y los hombros relajados, el cuello largo... y tu sonrisa en rojo carmín... y es ahí donde se genera mi propio Big Bang.

Me quedo absorto en la comisura de tus labios que se levanta levemente en un ángulo casi imperceptible, pero lo suficiente para irradiar una sonrisa sensual, pícara y feliz, las pequeñas líneas en tus labios que se vuelven un microsistema montañoso rojizo y seductor... 14:35:25. La caverna de los deseos se entreabre lentamente dejando ver el tesoro de perlas blancas que sellan una cueva aún más misteriosa.

En ese momento, aunque tú y yo no lo sabemos, está naciendo un pequeño niño en Étretat, en las costas de Pays de Caux, Francia; su nombre será Etienne y se enamorará de la hermosa Isabelle la cual será el gran amor de su vida; aunque terminará casándose con Anabell, una chica de París enamorada del color rojo. En la ciudad de Chiang Mai, Tailandia, el abuelo del pequeño Arthit lo lleva por primera vez al templo Wat Chedi Luang esperando que sienta su espiritualidad, es ahí donde el pequeño descubre que quiere ser un monje budista. En Chile, para ser más exactos en Futalefú, en la región de Los Lagos, en la Patagonia; Carlos le está proponiendo matrimonio a Lauren, una americana que conoció hacía tres meses en una cabaña para exploradores en el bosque. En Medellín, Colombia, una pareja hace el amor por última vez, antes de que ella parta a Inglaterra a terminar su doctorado. Más allá de nuestro sistema solar, dos estrellas chocan por la atracción gravitacional creando una nueva galaxia que no se conocerá sino hasta dentro de 600 años a partir de este momento. A seis cuadras de tu casa, en su departamento, un anciano acaba de dar su último aliento de una vida feliz y plena, dejando esta vida con un suspiro suave y una sonrisa en los labios. En la Ciudad de México, Claudia después de tres meses de intentarlo, por fin ha quedado embarazada. En un pantano en Florida, E.U.A. un cocodrilo pone un huevo dentro de su nido, y a escasos milímetros de mi zapato una hormiga lleva una migaja de la galleta que tiró un niño de cuatro años que juega en su triciclo a unos metros de nosotros.

El mundo sigue y siento la vida fluir entre mis entrañas y mi alma, siento explotar, deshacerse y reinventarse cada célula que me compone, una pequeña gota casi imperceptible de sudor recorre mi frente, un poco por el calor, un mucho por la emoción de verte... 14:35:30... veo tu nariz fina y afilada... 14:35:35... por fin llego a tus ojos castaños...


...y es ahí donde pienso tomarme mi tiempo.
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Trayectos cortos

En el metro,
en un autobús,
en un tren de cercanías,
hay amores que surgen en los trayectos cortos;
hasta que uno de los dos se baja
y sube la distancia.
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Un poema corto..., muy corto

Una hora, de setenta minutos,
una frase muy aburrida y corta,
un paseo largo de dos pasos
y una daga que mide dos metros.

Se me ha clavado dentro..., tan dentro,
que estuve hablando dos días,
recorrí el camino más largo
y en muy poco tiempo.


Alfonso J. Paredes
Todos los derechos reservados S.C./Copyright
Mira si es corto que no pongo ni imagen
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Insomnium

El insomnio conquistó mi sueño, como acostumbraba cada noche. Es por eso que me levanté a echar una ojeada a mi estantería. Mientras observaba los libros creí ver, de reojo, la puerta entreabierta. ¿No había echado el pestillo? De pronto, algo pareció moverse en la penumbra. Permanecí inmóvil unos instantes hasta que, poco a poco, comencé a abrir cautelosamente la puerta. La tenue luz de mi lámpara impregnó de tímidos rayos el pasillo.

Entonces contemplé una oscura figura que, muy lentamente, se acercaba a mí. Ya no sentía miedo, pues mi corazón parecía saber más que mi razón. ¿Y sus pisadas? Si mi vista me fallase, no serían mis oídos los que me advirtieran. Casi que podía ver aquella silueta; tal vez un manto gris, acaso una larga capa.

Las tinieblas parecían alzarse sobre mí. Retrocedí justo para ver morir a la luz y la oscuridad bañó la habitación. Cerré la puerta y eché el pestillo. La lámpara estaba apagada. Comencé entonces a retroceder, paso a paso, con la mirada clavada en la puerta.
De pronto, tropecé y caí la cama. Me precipité rápidamente a encender la lámpara. La luz iluminó sutilmente mi dormitorio. “No entrarás todavía…”, murmuré entre dientes. Volví a levantarme y, como si nada hubiera pasado, volví a echar un vistazo a la estantería. Cuando mis ojos se posaron en Baudelaire, no me lo pensé dos veces.

Aquellas flores tan maléficas acentuaron mi desvelo. Tal vez era momento de leer un poco de Tolstoi. Así pues, mientras lo hacía, las agujas de mi reloj avanzaban más rápido que nunca. Quizá era la hora de leer a Víctor Hugo. Y leyendo a Víctor Hugo, las agujas de mi reloj se paralizaron. ¿Otra vez la sombra?

Cerré el libro, malhumorado, y contemplé que la puerta estaba abierta. ¡Si ni siquiera la había oído! “Esto ya no puedo permitirlo”, dije en voz alta y, acto seguido, cerré una vez más de un fuerte portazo. Suspiré, y de nuevo dirigí la vista a la polvorosa estantería. ¿Sería Kafka mi solución? Fue Kafka pues a quien me encomendé entonces. Puesto que no me fiaba de la sombra, no volví a la cama, sino que empecé a dar vueltas por el dormitorio. Al tiempo, el proceso del señor K. fue turbando mis pensamientos. Nadie me molestó.

“Creo que se ha ido”, pensé al rato. Cerré el libro y volví mi cama. Tras echar un vistazo al móvil y asumiendo mi desvelo, decidí repasar algunos de mis poemas. Poco después de hacerlo, la puerta se abrió de golpe. Me sobresalté. Las sombras penetraron una vez más en la habitación y la lobreguez conquistó mi sitio.

Desesperado, encendí el móvil para intentar ver algo. Me sorprendió encontrarme un libro de Unamuno en el suelo, por lo que decidí recogerlo. La lámpara no funcionaba. Activé la linterna y comencé a bañarme entre las líneas de Unamuno. No fueron ni más de diez cuando la sombra irrumpió.

Le vi lo suficiente como para comprender quién era. Poco más pude recordar entonces, excepto vagos recuerdos; cosas que nunca pasaron y el esbozo de un mundo mejor.
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La verdad es relativa

He llamado a la puerta de la verdad
no responde
dicen que allí nunca ha vivido
aún sus ventanas están abiertas

Se filtran a través de sus cristales
la alegría del sol
y los misterios de la noche
en una simbiosis de convivencia

Nadie ha visto la desnudez de su cuerpo
en el tálamo de su absoluta certeza
siempre se deja ver entre bastidores
dependiendo de los ojos con que la miren

No encontraremos su destino
ni habitaremos en su hogar
los seres humanos somos frutos
de aquel árbol que nos amamanta
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El Ángel que corto sus alas

Y los ojos se cerraron, la espera se termina,

el infierno me desea, el dolor me aturde,

desesperación, dolor, traición, penumbras

ahora mi nombre de sangre se ha escrito.


Su lágrima quema mis manos, arde,

mi piel se vuelve frágil a sus penas

falso ser, serpiente acechando mis ilusiones,

pesadilla eterna a ojos abiertos.


Hoy corto mis alas, hoy quedo sin ti,

asesino tu fe, aniquilo mi ser;

Hoy corto mis alas, hoy decapito mi esperanza

hoy me aproximo al infierno.


No se donde estoy, no se a donde voy

y tu, cada ves alejas tu mirar aun mas,

lágrimas de sangre, arrogancia maldita,

garras afiladas, destrozando almas.


Eh perdido mis alas, eh dejado de volar

Maldigo mi nombre, maldigo mi aliento,

no mas luz, no mas soñar,

eh perdido mis alas; te comienzo a perder a ti.



Apaga mi veladora, eh perdido mis alas,

derroche de fracaso y odio, sangre en mis labios,

mis ojos sangran, tus lágrimas despojan mi piel,

tus palabras me han cegado esta vez.



Hoy corto mis alas, hoy te pierdo a ti,

Hoy dejo de pensar, hoy corto mil lenguas,

mil voces muertas, mil sueños caídos,

sombras anuncian mi caminar.



Hoy corte mis alas, hoy eh de morir,

fracaso admisible, dolor inevitable.

Hoy corte mis alas, hoy te pierdo a ti

Hoy moriré yo, hoy me pierdo sin ti.
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El breve relato del tío soberbio

Mi tío tenía joroba. Los médicos la llaman escoleosis congénita. No era demasiado notoria aunque ahí estaba. De nariz aguileña, mugre en las uñas, calvo desde joven, gordo y con lentes de mucho aumento. Sudaba tanto que a veces hedía. Ejerció por años un oficio que con el tiempo se volvió obsoleto, reparaba radios y televisores de bulbos. De niña me daba miedo su mirada. No tenía pestañas y eso hacía que sus ojos se vieran extrañamente redondos. Mi abuela lo describía de manera diferente. Decía que era guapo y que se parecía a un actor de telenovelas mexicanas. Ella contaba que de niño su hijo estuvo cerca de morir por hambre y que una señora millonaria se lo pidió en adopción para darle una vida digna, pero mi abuela no quiso y con lo que podía juntar lavando, planchando y arreglando casas, lo alimentaba. Entonces mi tío vivió. Ella en agradecimiento se volvió fanática religiosa. Desde entonces mi abuela miró a su niño como un milagro, algo divino, como una creación perfecta incapaz de cometer errores mundanos. Nada de lo que hiciera estaba mal ante sus ojos, era su único hijo varón.

Cuando mi tío se convirtió en adulto se casó con la chica de sus sueños: una rubia de cintura extremadamente pequeña, ojos verdes y de estatura notable. Yo no entendía cómo esa mujer tan bonita se había enamorado de un hombre como él. No sólo por su físico, sino por su soberbia. Los padres de mi nueva tía amueblaron una de sus casas para que vivieran los recién casados, con la promesa de heredar la residencia y una fortuna a su hija con el paso de los años, para que los nietos disfrutaran del fruto del trabajo de los abuelos. Pero pasaron diez años y el primer bebé no llegó. En cambio había una pareja con el corazón marchito. Mi tío se volvió diabético y a mi tía le quitaron la matriz. En su hogar tenían una tienda de abarrotes y un taller de reparación de aparatos electrónicos. Comían de esos negocios y alimentaban la esperanza de la herencia prometida. Cuando el avance de la tecnología rebasó el oficio de mi tío, él se negó a actualizarse. Entonces comenzó la decadencia. Él pensaba que la vida era injusta con él por no haberle dado un hijo, por no haber recibido aún una herencia que no le correspondía y por su enfermedad. El carácter se le recrudeció y comenzó a maltratar a su esposa. El techo donde moraban se había deteriorado junto con todos los muebles de la vivienda. Cierta mañana el anciano berrinchudo sufrió un infarto cerebral, sobrevivió a cinco ataques más en dos años y ya no podía hacer mucho, por lo que su mujer lo ayudaba en todo. Transcurrieron apenas unos meses para que mi tía enfermara de los nervios; sufría crisis de llanto, gritaba, pedía ayuda en la madrugada y yo acudía al hogar de los tíos. Mi abuela de 96 años aún vivía y estaba a mi cargo; a menudo preguntaba por su hijo y mi esposo y yo la llevábamos a verlo. Mi tío decía, en su hablar lento, que pronto tendrían el dinero de la herencia de sus suegros, que aún vivían, para poder pagar su tratamiento. Pero la cláusula era clara; sin hijos no habría la riqueza prometida.

Una tarde mi tía se cansó, se fue, lo abandonó. Entonces la familia de ella echó al viejo de 70 años a la calle como si fuera un mueble inservible. Los vecinos se indignaron ante el nuevo vagabundo de la colonia, pero ninguna autoridad intervino. Con la soberbia y el orgullo aniquilados, mi tío aceptó ir a un asilo de ancianos en donde lo acomodamos para que tuviera una sombra y comida. Todos los días preguntaba por mi tía, por su casa, por la herencia; dejó de tomar sus medicamentos para la diabetes y para el cerebro, no quiso comer más. Pedía limosna por los alrededores del albergue y en ocasiones tomaba un camión hasta llegar a su antigua casa y se sentaba enfrente durante horas. Nadie supo el momento exacto en que no regresó, nadie lo extrañaba, sólo fui notificada de su desaparición. Murió en la calle y lo reportaron al panteón como indigente. Sus restos reposan en la fosa común y hay que esperar el plazo para trasladarlo a una tumba digna.

Hace poco acudí a su morada para llevarle una flor, quité algunas hojas que tapaban el número de su casa de cemento, hice una oración y me quité. Mi abuela no sabe que murió, a sus 98 años, en sus momentos de lucidez pregunta por él y yo le digo: todo está bien abuela, estate tranquila.

Mi tía acudió al panteón con los ojos secos. Iba con el porte habitual de una señora elegante y un arreglo floral. No guarda buena relación con mi escasa familia. Se dice que regresó a su viejo hogar y lo remodeló. Quizás ya recibió la herencia prometida.


ALICIA GARCÍA.
Mérida, Yucatán a martes 11 de diciembre de 2018.
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Deseo beber de tus besos

Te vi llegar temprano aquella mañana de otoño, me mirabas fijamente, mientras, rozabas mis manos.

Una sonrisa dulce esbozaron tus labios, dejándome perplejo, como un tonto, locamente embobado.

Aun llevo guardado en la memoria aquel día, ese parpadeo de tus ojos, esa mirada pícara, que me hacen sentir cosquilleos extraños.

En mi interior, pensé besarte, besar tus carnosos labios, pero me fallaron las piernas, tuve miedo y no pude dar un paso.

Tu desinhibición y rapidez en ese momento fue perfecta, gracias por correr al auxilio de mis labios que esperaban a los tuyos, deseando beber de tus besos.
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Mi sostén

Todos conocemos la sensación que recorre por nuestro cuerpo cuando, de niños, una ola nos golpea desprevenidos. Caemos bajo el remolino de agua que nos arrastra sobre la arena, raspando nuestros brazos, golpeando nuestras piernas, metiéndose en nuestra boca y en nuestros ojos. Ahí, sumergidos en el agua, nos arrepentimos de haber querido entrar.
No hay nada más placentero que esa primera bocanada de aire que uno toma apenas puede salir a flote y sacar la cabeza al exterior. Esa sensación abrumadora de sentir entrar en el cuerpo todo el oxigeno perdido por culpa del golpe de la ola.
Hace un tiempo yo era ese niño que, desesperado, buscaba recuperar el oxigeno. La vida era la ola que me golpeaba una y otra vez dejándome cada vez más cansado, incluso hasta llegar al punto en el que estuve a punto de rendirme, de bajar los brazos y dejar que el agua me tapara y la corriente me llevara a su merced.
Pero entonces apareciste.
Fuiste mi ancla, poniéndole fin a la fuerza de la corriente. E incluso mejor que eso, fuiste el oxigeno entrando en mí, devolviéndole la vida a cada célula y a cada órgano de mi cuerpo. Te abriste dentro mío como si supieras el camino de memoria, poniendo cada cosa en su lugar, sacando lo que no servía, reparando todo lo que estaba roto y dándole vida a todo lo que yo pensé que estaba muerto.
Desde ese día te convertiste en mi sostén.
Lo único que necesito es voltear la cabeza y ver que estas a mi lado, para saber que todo está bien, y que todo saldrá de acuerdo al plan.
Desde el momento en que llegaste eres el oxigeno que entra a mi cuerpo y me devuelve la vida día a día, con cada acción y cada gesto. Con cada caricia y con cada beso. Eres lo único esencial. Lo único que necesito para vivir.
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Soñando con un ángel

Apareciste en mis sueños y como de costumbre corrí hacia ti, tu brazos se volvieron alas, tus ojos tenían un brillo característico, tu sonrisa resplandecia y me guiaba, tu rostro era tan blanco cual angel, no eres sólo tu quien estaba ahí, era tu alma y corazón los que me indicaban el camino y me daban las fuerzas necesarias para continuar el recorrido, al llegar donde te encontrabas sentí una calma y una gran paz me besaste en la mejilla, quería tenerte así para siempre pero me dijiste levantate y al despertar me Di cuenta que sólo fue un sueño, un sueño tan placentero y bonito que me gustaría volver a soñar contigo....

Alexndre
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