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Reminiscencia de invierno (parte I) (B)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentada en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)


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@AljndroPoetry - 2018-Dic-12

Quise recordar este relato
originalmente escrito a finales del 2017


Puedes leer la 2a parte en:
poemame.com/m/relato/reminiscencia-invierno-parte-ii
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Tres respiros

Un respiro
Tanta indolencia ha dejado abiertas las heridas
cuesta mucho alzar la cabeza
cuando hay cicatrices por sanar.
Qué diminuto te ves
qué diminuto te sientes
qué ridículo es vivir así
el dolor no pasa
es una brújula buscando redención.
Dos respiros
Reminiscencias aparecen en el teatro blanco de la memoria
apuntando con finas dagas a las esperanzas
en los ojos hay un mar de sentimientos
navegando entre la tristeza e impotencia
¡Llora! ¡Grita! ¡Destruye todo a tu alrededor!
El dolor sigue ahí
adormecido está, preparándose para atacar.
Tres respiros
El cuerpo está deteriorado
alma quebrantada, queriendo ser salvada
la soledad es arrastrada por el tiempo
tiempo cruel, que no perdona los pecados
qué tortura son los pensamientos
qué difícil es conciliar el sueño
qué martirio es no poder olvidar
un, dos, tres respiros para vivir
y mil razones seguir.
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" Otoño sin Final" - Haibun -

" Mientras me adentro en el sendero de mi ocaso. Siento crujir la hojarasca bajo mis pies.
Parece acompasar los pasos, como el diapasón, que marca el ritmo del "tres por cuatro".
Todo a mi alrededor se convierte en una melodía reminiscente. Me abstrae.
Y escucho los colores, del armonioso devenir.

Me detengo, para saborerar cada pincelada, cerrando los ojos para empaparme
de la belleza otoñal; del verde esperanza, del sabio ocre… del dorado recuerdo…
Cuando más ensimismada estoy … La lluvia, conmovida, empieza a caer ...
Derramando el consuelo con sus finas gotas ..
Abro mis manos, alzando mi rostro al cielo, para recibir su bendición.
Un brillante resplandor se apodera de mi paisaje …
Reverdece la vida, en mi otoño sin final... "



"yacen las hojas

del dorado recuerdo

junto al otoño "



- Prosa poética, con hokku final -
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Desmemoria

Cuando vuelvas
A presentarte
Recuerda
A mis sueños
Que aún eres
Reminiscencia
De tu antes.
Quizás la desmemoria
Clausuró mi corazón
Y niega reconocer
A quien fué
Su gran amor.


♡Tanto te conocía ..
Que hubiera podido
Recordarte quien eras...♡
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Reminiscencias (a @Letizia)

Recuerdo aquellas noches
estando tus labios lejos
y para matar el tiempo
miraba la luna y su reflejo.

Contemplaba el lento reloj:
sus manecillas demoraban
en señalar la hora indicada,
y yo deseoso de oír tu voz.

Ansiando ser tu dueño,
como un polizón estaba
viviendo en Montevideo,
mirándote en lontananza...

Marinero de agua dulce
siempre en mi vida fui
hasta que te conocí
y me saliste al cruce.

En otros mares navegaba
practicando cabotaje;
sin embargo tras el viaje
en tu seno puse anclaje.

A ultramar me dirigí
tan solo con mi bajel,
siendo yo el timonel
y tu gran amor escogí.

Correspondido me sentí,
a Ciudad de México viajé,
en tu ternura naufragué
y por eso hoy estoy así:

Feliz de llegar a buen puerto,
contento por el desenlace,
de haber hecho el viaje
y que todo esto sea cierto...
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15comentarios 118 lecturas versolibre karma: 124

Las dos de la madrugada

Son las dos de la madrugada,
una tenue luz alumbra mi papel
y el pulso de mi mano oscila entre palabras,
son las dos y todavía escucho algarada.

Mientras un hilo de aire entra por la ventana
desnudo para absorberlo e impregnar mi piel,
en este otoño reminiscente de verano
que de aire flaquea y mendiga unas migajas.

Ahora son todavía las dos de la madrugada
o ya son, según para quien consulte su reloj,
un reloj ajado y añejo que por sus costuras escorian la piel
y a esta hora, es ahora cuando no tengo sueño ni cama.

La tinta corre como el sudor por mi frente, por mi espalda
y las ventanas de par en par, se escucha música cansada,
son las dos de la madrugada y ya estoy cansado
de no tener sueño, ni tener ganas.

Son ya las dos de la madrugada
y la tenue luz que tenía, ya se apaga
ya no tengo pulso en mis manos ni veo el papel
ya tengo sueño, pero dejo abiertas las ventanas.


Alfonso J. Paredes
Todos los derechos reservados S.C./Copyright
Imagen recopilada de internet, cuya fuente es: www.google.es/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=images&a
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Reminiscencias

Podría poner una rosa perfumada
en el umbral de un recuerdo casi extinto.
El aroma traería a mi memoria
reminiscencias de aquella mortecina imagen.

Mantener viva la llama de un fuego
que prendió hace más de un sinfín de suspiros.
Recuperar telarañas de seda
que una vez se enredaron
en mis cabellos y en mi cintura.

Hay recuerdos que tienen pulso propio.

Torbellino de colores en la pupila de una caricia que todo lo ve.
Juguetonas manos que miran a través de piel y gusto.
El tacto me regala sensaciones nuevas
cuando nuevo es el cristal con el que miro.

Pacto de tiempo que no vuelve pero se percibe.

Sin renunciar a los recuerdos,
me coloco una llama nueva,
unas gafas que me enseñan a ver
y un suspiro que me eriza la vida.




Hortensia Márquez



Imagen: Dibujo hecho por mí
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La búsqueda del líquido amniótico

Cuando era pequeña y estaba enferma, mi madre me decía que fuera a dormir a su cama y mi padre dormía en la mía.
Entonces volvía a sentir que vivía en la placenta y nada podía afectarme. Era como si estuviera rodeada de líquido amniótico y él fuera mi protector contra el mundo.
Esa extraordinaria sensación de protección existe en nuestra consciencia antes de nacer, y durante toda la vida intentamos recrear ese espacio de bienestar que abandonamos al respirar por nuestros propios pulmones.
Y aunque cuiden de nosotros con abnegada devoción; al nacer ya estamos sólos… Tenemos que enfrentarnos a respirar por nosotros mismos. Enfrentarnos al aire: esa es nuestra primera lucha…
Buscamos seguridad, desesperándonos si la perdemos o jamás conseguimos atesorarla.
Y puede que existan reminiscencias de que esa seguridad te la dio otra persona. Y basamos nuestros actos en muchas ocasiones refrendados por el criterio de otros, porque nos vemos indefensos ante nosotros mismo.
Es como estar buscando siempre el líquido amniótico. Pero este bálsamo benefactor ya no existe.

Marisa Béjar, 14/12/2017.
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Reminiscencia

Quiero volver a la cama pulcra y las sábanas roñosas y zurcidas mil veces de mi tía.
Quiero aventurarme quebrada abajo ajena a la pobreza del lugar,
con la emoción de ver a mis primos.
Con la novedad de pasar un fin de semana en otra casa.

Quiero que me vuelva a peinar sin tirones,
suave apenas por encima de mi larga melena pasaba el cepillo mientras reprendía a mi madre,
su hermana, por hacerme llorar con ese ritual.

Quiero jugar esa fea consola gris rectangular que era el Nintendo,
conectada a esa tele de apenas catorce pulgadas.
Quiero ser feliz con ese juego pixeleado de música midi.
La emoción de ir avanzando por un camino de ladrillos en dos dimensiones.
La derrota de caer en los acantilados.

Quiero volver a emocionarme con la sola idea de ir de compras al supermercado con papá y mamá.
Con la certeza de ser la menor, la mimada, la única niña.
Perseguir a mi papá por los pasillos para que me compre un álbum de Barbie, otro de Sailor Moon.
Quiero escucharlo chasquear la boca cabreado y ceder a mi capricho.

Quiero grabar canciones de la radio subida en mi casa del olivo.
Sentada en el improvisado sillón de llantas viejas que mi padre instaló.
Quiero coleccionar posters de mis ídolos y tapizar cada pared de mi habitación con ellos.

Quiero volver a la casa de mi abuela.
El viento gélido, fuerte y constante de Playa Ancha.
Volver a casa resfriada luego de un fin de semana en la suya.
Verla maniobrar un palillo de croché a toda velocidad
con sus dedos limitados de artrosis
y su rechoncha gata gris jaspeada echada a sus pies ronroneando.

Quiero volver a jugar con esos vecinos que no eran los míos, sino los de mi prima.
La que, a diferencia de mí, siempre vivió en el mismo lugar.
Quiero volver años después, cuando la pubertad ya llegó,
y enamorarme como idiota de su vecino de la casa hacia la derecha.
El que siempre me ignoró.
Quiero volver a besar al otro vecino,
al que nunca tomé atención,
el que me miraba desde la distancia con toda la timidez y torpeza de los quince años.

Quiero volver a ver al chico que me destrozó el corazón por primera vez.
Al que nunca pude superar.
Al que años después me encontré en la calle
y todavía el estómago se me redujo de pavor
y emoción tan sólo oler su perfume y escuchar su voz.
¿Qué será de él? ¿Dónde estará? ¿Con quién?

Quiero una tarde de Sábado a los diecisiete.
Quiero empacar mi mochila con miles de opciones de tenidas y partir a la casa de mi amiga.
Prepararnos juntas, intercambiar poleras,
maquillarnos la una a otra y salir de juerga a la noche porteña.
Quiero contornearme de nuevo en una oscura pista de baile,
dejar que un carilindo me compre un trago, baile conmigo.
Me bese.
Quiero pensar que volveremos a vernos.
Que me llamará.
Que será para toda la vida.
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Remembranzas

REMEMBRANZAS:
Empañada la memoria, solo reminiscencias conservo de mi infancia, pubertad y años mozos; hilvanándolas, se agolpan unas con otras de tal manera que se enmarañan en mí hasta el agotamiento. Testarudo al fin, me dejo llevar por los impulsos y hurgo hasta la saciedad tratando de desenredarlas. Son como los sueños, con escenas confusas e ilógicas en las que a veces me veo en aprietos que asustan, pero siempre me salvo de los peligros por algo que ocurre sin que lo pudiera explicar, porque se me borran las imágenes…; y en el mejor de los casos escenas de felicidad y regocijo que se rompen como cristales de los que solo logro recordar añicos. ¡Imposible componerlos!
¿A todo el mundo le pasará lo que a mí, que solo recuerdo haber tenido sueños en blanco y negro…, nunca en colores?
Los recuerdos son como los cangrejos. Retrógrados. Un viejo amigo a quien le comentaba todas estas cosas, me dijo que no me preocupara, después de preguntarme si olvidaba las cosas recientes, las más cercanas y haberle contestado que no.
Me aseguró el amigo que me preocupara cuando dejara de recordar las cosas actuales, porque entonces pasarían por mi mente con ¿claridad? todas las reminiscencias de mi infancia, pubertad y años mozos… solo que no lograría nada con ello, porque estaría, por lo mismo, olvidando dónde puse las llaves de la casa, los espejuelos y hasta la misma cabeza, porque estaría acompañado irremisiblemente de un famoso alemán, nombrado Alzheimer.
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Se perdió el tren

Allí estabas,
envuelto en tu aura encapsulada,
con una mirada,
sin nombre extraviada,
con tu piel
cubierta de estrofas,
rendidas a tus pies,
buscando tu horizonte perdido,
atado a tu cuerpo,
a tu huella sin sentido,
recordando reminiscencias
hechas minutas
en un camino
que perdió su tren,
que pudo ser
y no ha sido.

Ahora te vistes de añoranza,
y te empuja a mirar
al abismo de la nada.
Es tiempo de sufrir
una profunda metamorfosis,
de versos que buscan
encontrar savia nueva
en otros versos.

Angeles Torres
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Cuatro vidas tiene este lienzo

Sin título - Acrílico - 2004

Antes de saber leer la historia que ibas a narrar, decidí vestirte de rojo intenso como el que utilizaba Mark Rothko. Cubriéndote con una leve capa de pigmento a modo de veladura y te colgué en el estudio, esperando a que me sugirieses como debían ser las ramas que brotasen de tu corteza. Allí en silencio contemplaste mis peores batallas y te fuiste tiñendo de desencanto. No pude llevarte conmigo cuando empaqué las maletas y con el paso del tiempo olvide de tu existencia. Regresé a mi tierra y cambie todas mis pinceladas haciéndolas abstractas, dejándolas ser caprichosas, olvidando las escenas idílicas que solía pintar. Años más tarde volvía a emigrar hasta aquellas gélidas tierras y al reencontrarte decidí, que eras lo único que quería salvar del despojo. Llenaste de cálido fuego aquel nuevo espacio en el que yo habitaba y con la ayuda de una inesperada suerte te metí en mi equipaje, despidiéndome para siempre de aquel lúgubre lugar.

La esperanza perdida - Técnica mixta - 2010

Los regresos inesperados son segundas oportunidades y para poder librase del peso de las maletas hay que soslayar el pasado. Mis ilusiones estaban ajadas y tú enmarcabas las cenizas de tantos sueños rotos, así que la rabia pudo al pincel y pensando en Lucio Fontana, rasgué tus fibras dejando al descubierto las tramas de aquello que más me dolía. Como bien decía Antoni Tápies "La tela es un campo de batalla en el que se multiplican las heridas". Y por eso pinté un cielo que se rompe y que llora lágrimas negras, sobre una tierra árida en la que yacían mis fantasmas. Uno de ellos colgaba de una cuerda. Por primera vez en mucho tiempo empece a dejar atrás los malos recuerdos, pero entonces me pareciste demasiado triste.

Rompiendo las reglas - Técnica mixta - 2012

Cargué los pinceles de negra tinta, arranqué aquellas dos telas fruncidas que había pegado a tu lienzo y sentí que necesitaba desahogar mis palabras, así que dejé escritos sobre el lienzo varios poemas, que después escondí bajo una capa de pintura blanca, delineando un rectángulo blanco al que llame inicio y otro negro. Recordando en esta ocasión a Kazimir Malevich. Pero quise cambiar todas las reglas. Ni todo es positivo ni todo es negativo, las situaciones danzan y se entremezclan como los trazos que giran caprichosamente. Lancé sobre la superficie infinitas manchas de verde esperanza. Y rompí de nuevo la tela para que dejases ver la pared donde estabas colgado y que la luz jugase a decorar tú revés con luces y sombras, como queriendo darte una tridimensionalidad más allá de las pinceladas.

El pasado nos hace ser quien somos - Técnica mixta - 2015

Estuviste un tiempo colgado en aquel que yo llamaba mi nuevo refugio, pero una vez más regresaste al estudio, me peleaba al verte con aquellas proporciones las de tu forma demasiado alargada. Eras testigo silencioso de demasiados finales y decidí desembarazarme de las reminiscencias y hacerte irreconocible, por lo que corté el lienzo a la mitad guardando los retales para otras obras. Di la vuelta al cuadro y lo llené de materia, utilicé yesos y cuerdas y con la espátula trabajé la superficie como el escultor lo hace con un cincel, cubrí parte de los accidentes de color negro dejando entrever el blanco del yeso. Dejé la espátula y continué trabajando la masa con mis dedos pensando en las obras de Auguste Rodin y como estas sobre un fondo negro revelan matices y claroscuros que quisiera poder tocar con mis dedos. Te convertiste así en mi primer cuadro modelado con mis manos y decidí añadir de nuevo el rojo del comienzo, ese de aquel tiempo ya tan remoto cuando empecé a crearte, siendo tú el cuadro que más años he tardado en terminar.
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La madeja de los sentimientos

En las profundidades de mi alma
cohabitan silencios y penumbras
junto a las afables reminiscencias
En ese lugar remoto tejo madejas
cuerdas del teatro de mis pupilas
las que hacen brotar las lágrimas
Unas llevan cosidas melancolías
otras son melodías emocionadas
retales que tiñen de color mis días
Decidida a nadar evitando mareas
contracorriente sin un salvavidas
sanando cada una de las heridas

[Blu indigo]
Técnica mixta
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Luna llena [Reminiscencia a Extremoduro]

Tú,
tan perfecto,
tan inalcanzable.
Yo,
harto de tanta duda,
esperando a tu llegada
en algún otro sueño.
Tú,
el mismo de siempre,
el huracán que lo derriba todo,
las barrera del silencio
y me hace ser yo mismo.
Yo,
hastiado de mis miedos,
de todos mis temores,
solo le pido al cielo
que vuelvas, mal de amores.

Nosotros,
tal vez un imposible más.
Pero no me arrepiento,
busco tu sonrisa,
guardada en una cajita,
con mi corazón adentro.
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El mar devuelve los muertos

Al subir, el pez se hace luz en la superficie.
La mar, hoguera inabarcable, centellea,
infinitos fulgores viajan sobre sus aguas.
El líquido es el medio,
jureles zurcen el mar allí donde se rasga,
por donde escapa la memoria.

Nervio
Soma
Dendritas
Sinapsis
Electricidad
Impulso
Umbral
Despolarización
Canal iónico
Potasio (K+)
Magnesio (Mg2+)
Calcio (Ca2+)
Sodio (Na+)
Cloro (Cl-)
Potencial eléctrico
Conducción
Circuitos
corrientes cerradas de éter
Nudos

Ascenso y descenso de ideas y percepciones
Marea del espíritu.
Un hereje pasea por el cielo,
por encima de las olas y sus transformaciones.
Lo grande y lo minúsculo se funden en el infinito
Interminables, sin límites determinantes,
espacio y tiempo se vuelven estables
Inmóviles
Todo ha sido, es y será.
Son corrientes cerradas de éter
Nudos

Dios cuelga de una rama.
Sus ojos reflejan lo inabarcable
lo eterno e incalculable
lo inmutable de toda transformación.
Preguntadle al hereje, al blasfemo, si se retrae de lo dicho.
Ya arde la pira. La soga, el nudo, la ha prendido.
La brisa mece al Dios inmolado.
Varilla
Masa puntual
Plano vertical
Oscilación
Péndulo ideal

Va y viene
Va y viene
En corrientes cerradas de éter
Nudos
Una vez pegados sus extremos,
queda una curva simple y cerrada
Un espacio y tiempo total
Infinitos e inmóviles
Sin cabida para los dioses

Cuéntame que recuerdas.
¿Qué se siente al volver?
Sopla por encima de las reminiscencias.
Raspa la memoria. Líjala.
Existe el pasado. Lo vivido y lo imaginado.
Siempre ha existido.
Cuéntame, ¿qué has hecho con él?

Lanzan las redes los pescadores
cuando la hoguera se apaga en el horizonte.
Los jureles, ahora, son noche.
Siluetas grises a la fuga.
Las barcazas rasgan la mar,
fina dermis la suya.
Dime, ¿qué sentías entonces?
La palabra es bruta,
depredadora,
materializa lo abstracto.
Ámbar de emociones.
عنبر, ámbar, "lo que flota en el mar".
Puesta la palabra, el sentimiento queda preso.
Las palabras siempre quieren decir más de lo que dicen.
Las palabras no son habladas por la gente
Hablan a la gente.

El mar devuelve los muertos,
expone los hechos,
más los pescadores los desechan.
Pero una vez allí flotan, cual ámbar.
Quedan a la deriva
en corrientes cerradas de éter.
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18comentarios 215 lecturas versolibre karma: 78

Reminiscencias poetas

En la letanía del camino y su eterna soledad,
vivo angustias que exasperan, y hasta la misma muerte frena;
más vagando en las orillas, en la oscura inmensidad
se deshacen mis palabras entre pájaros de arena.

De la fuente de la vida, brota el agua que me llena:
dame alas, vida mía, que sin ti soy una hiena;
que vaga por el mundo, que vaga sin camino
sin horizonte en alto, sin calma y sostenido.

Se oscurece la tarde, y entre las sombras veo un río
que desemboca en la mar, que trae rocío consigo:
y una lágrima en las nubes deja su esquirla conmigo,
el cristal de las mareas, antes tuyo y ahora mío.

Si no tengo ni quiero, más palabras que darte en vida,
y la eterna soledad sonora se convierte en mi bandera
en pos de la verdad, y del amor en mí refrena
hasta el último suspiro clavados, nuestros ojos hoy se miran.
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Electroshock

No hay bastión que pueda frenar el electroshock.
Es la cerbatana más afilada,
aquella que envenena el alma.
El Casimir deviene saco estropajoso
si esbozo su expolio.
No hay cartógrafos que dibujen un camino de culpa extinto,
porque el electroshock galantea con el horror.
Y cuando todo está torneado
en el más inexcusable agravio,
no hay redención:
sólo cabalísticas reminiscencias
y sufrir de nuevo electroshock.

Marisa Béjar.
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4comentarios 159 lecturas versolibre karma: 91

Reminiscencia de invierno (parte I)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentada en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)



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Reminiscencia de invierno (parte II)

Es una mañana de otoño, y las lágrimas de los pinos llorones del Himalaya cubren de hojas el paseo de una pareja de enamorados por el parque Sempione en Milán. El abundante cabello negro rizado de él parece la copa de un árbol que aún no se entera que es otoño, la clara melena lisa de ella parece un sol vertical que resplandece sobre la ocre estampa del lugar. La fragancia de una sonrisa carmín llena de colores el sentido auditivo de un chico que no sabe si está más enamorado de la bella ciudad italiana en la que está vacacionando con su novia, que de la novia misma. Y de pronto todos los árboles dejan caer las pocas hojas de colores azafranados y amarillentos hacía un cielo que se torna de un gris muy denso. Y todas sus ramas secas se cristalizan y se quiebran en cientos de pedazos triangulares y son engullidas por un remolino maligno que se ha formado en el centro del parque; y toda el agua del lugar se petrifica cual lava incandescente que ha dejado de arder. Son las 4:44 de la madrugada, Alessandra despierta con un sudor frío que empapa sus pechos y su abdomen. Otra vez esa pesadilla recurrente que la aflige desde el encuentro con ese chico en el café del centro aquella tarde de ventisca de invierno, hace una semana ya.

Salvatore la toma de la cintura con una mano, y con la otra detrás de su nuca la acerca con una firmeza gentil hacia su cuerpo encendido por una pasión que le recorre y que casi no puede reconocer como algo suyo; siempre ha sido muy moderado con sus expresiones de afecto en público. La silueta del Duomo de Milán sirve de escenario en un ocaso otoñal en el que Alessandra y Salvatore viven un fuego de verano en las venas. Ella apaga por un instante la intensidad de sus profundos ojos café al cerrar sus párpados y unos labios rojos, de carnes abundantes, se abren para recibir el beso en llamas de Salvatore, que la besa tan profundo como el amalgamar de dos galaxias que se funden en la honda oscuridad del cosmos abismal. Son las 4:44 de la mañana, Salvatore despierta de un sueño casi húmedo con un hervor en su cuerpo y la natural erección matutina propia del género masculino. Nuevamente el mismo sueño ardiente, que lo persigue desde el encuentro con esa chica hermosa, envuelta en una misteriosa tristeza, que conoció en aquel café aquella tarde de feroz batalla contra los vientos del norte. Ha pasado una semana y no se ha atrevido a llamarla. No termina de entender por qué. Quizás el imperativo de su nota al despedirse lo pone nervioso.

El piso setenta y siete de la torre de cristal en la que Salvatore trabaja como publicista se siente como un iglú esquimal a pesar que la calefacción está a tope. Pero a él nada le entibia el alma. Lleva dos años de ser un lobo solitario, refugiado en su trabajo, teniendo solo el mínimo contacto con la gente, por temas laborales; rehuyendo las citas y fiestas o reuniones con amigos o conocidos. El encuentro casual con esa chica quizás ha empeorado esa consciente autorevelación de que está muy solo en el planeta. ¿A dónde va su vida? ¿Qué le hizo enconcharse dentro de un caparazón emocional todo este tiempo? Son interrogantes que lo asaltan. Alessandra no ha pasado por la cafetería desde hace diez días. Luego de una semana de indecisión sobre si llamarla o no, cuando al fin decide hacerlo, una contestadora automática dice que el número marcado se encuentra fuera de servicio. Se pregunta si ella acaso cambió de número para eludir el contacto, la posibilidad de un segundo encuentro; quizás de una cita verdadera. El día es largo, de una longitud intransigente. Cuando al fin llega la noche, ya en su casa y al calor de la chimenea, Salvatore decide intentar nuevamente: 4, 9, 3, 2, 3, 4 y 5 marca a toda velocidad en el teclado virtual de su móvil. Se lo sabe de memoria ya. ─¿Hola? ─responde una voz masculina al otro lado, se queda callado─ ¿Hola? ¿Hola?─ la voz se hace más ronca y aspera, cuelga. El número queda en la cima de la lista del historial de su teléfono. Lo presiona otra vez. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─la misma voz masculina─ ¿Me comunicas con Alessandra por favor? ─pide Salvatore con una tímida firmeza─ Llámale más tarde, está tomando un baño de tina ─le responde la voz─ Dile a tu compañera de apartamento que me llame de vuelta por favor, a este número; menciona que es el chico impertinente de la semana pasada en el café ─Alessandra es mi prometida ─responde la voz─ Le daré tu recado, hasta luego─ y corta. Un aire de desesperanza, más frío que el invierno que vive, anega todas las emociones de Salvatore. ─Hay un prometido en el medio. Esto no puede ir para ningún lado ─se dice a sí mismo mientras las pupilas de sus ojos azules se tornan de un naranja lacerante al reflejar las llamas que arden sobre los leños de su chimenea.

La tienda de dulces y pastelillos en esa concurrida calle del centro se encuentra a tope esa tarde. Alessandra no da abasto para tomar las órdenes, cobrar y despachar. ─Buen día para que Claudia se enferme ─piensa, mientras hace malabares con las tareas de la tienda. Hace poco más de dos años, cuando Claudia le ofreció ser parte de esa aventura de emprendimiento, su propia tienda artesanal de repostería; no habría imaginado Alessandra que durarían tanto y que un día como hoy habría tanto que hacer que estaría refunfuñando entre dientes por la ausencia, bien justificada, de su amiga del alma y socia de hazañas empresariales. Al fin un respiro, se ha vaciado la tienda y Alessandra se acerca a la ventana y se sienta un rato a descansar en una de las pocas mesitas del lugar; su mirada se pierde en la calle, sin mirar a nadie ni a nada y a la vez, como mirándolo todo. ─¿Por qué no has llamado chico extraño del café? ─empieza un monólogo en su mente─ ¿Te habré asustado por lo callada que me puse? ─no puede ser, una chica decente no debe ser efusiva de buenas a primeras ─¡de qué estoy hablando, estamos en pleno siglo XXI, el fenimismo es más victorioso que nunca! ─si este chico piensa tal cosa, definitivo que no vale la pena ─¿Por qué no me llama? ¿Por qué tengo esa pesadilla recurrente con él? ─¿Por qué tengo esta sensación de que él me necesita tanto como yo a él? ─¡Qué estoy diciendo, por todos los dioses, si yo ya estoy comprometida!. Su monólogo es interrumpido al sonar el teléfono con la monótona melodía de su celular android. ─¡Hola! ─responde de inmediato─ ¡Alessanda, hola, al fin me respondes! ─¿Quién eres? ─Soy Salvatore ─no conozco a ningún Salvatore ─el chico impertinente de la cafetería hace un par de semanas ─¡Ah! El chico del macchiato, Salvatore es tu nombre entonces. ¿Qué cuentas chico lindo? ─y antes que él responda, se arrepiente de haberle hecho esa pregunta de esa manera, qué va a pensar este chico, que es una lanzada ─Te he estado llamando, pero tu teléfono parecía estar inactivo ─Oh, lo siento, lo extravié unos cuántos días después de nuestro encuentro y tardé en recibir el repuesto de mi proveedor de servicio─ La otra noche te llamé y me respondió tu prometido, dijo que te daría el recado─ Y continúan charlando amenamente durante una media hora sin advertirlo. Ella excusando la actitud de su prometido, él diciéndole que no importa, que lo bueno es que al fin la ha encontrado. Preguntas triviales sobre como han sobrevivido ambos las inclemencias de este invierno y como van las cosas en el trabajo y otras nimiedades; hasta que finalmente, Salvatore en una forma muy casual y natural, como quien no pretende forzar nada y casi esperando una negativa, la invita a tomar otro café en la misma cafetería; y ella acepta encantada de inmediato, se verán en un par de días.

(continuará...)



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