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Manos de cartón

La suya es una mirada de espera,
manos acartonadas,
de papel arrugado,
trenzando lana
con las edades de todos los colores,
aguja de madera
que junto al limonero guarda.

La suya fue una mirada cansada,
enloquecida entre hilos
y más hilos de telares,
la madre cobrando la mitad que el padre,
ella la mitad que la madre.

La suya fue una mirada de miedo,
escondiendo bajo los párpados,
en labios cosidos,
a la tia escapada del monasterio,
la iglesia ardiendo,
los curas ejecutados,
los telares transformados,
plomo, plomo, plomo,
el padre sindicalista,
los Pirineos están para andarse,
para dar cobijo al miedo,
para traer harina y huevos.

La suya fue una mirada de aguante,
de paciencia, de silencios
resignados, de lengua prohibida,
de cuerpo prohibido,
pero de deseo de vida.

La suya es una mirada viva,
que espera mientras hila
aguja en mano sus lanas,
una vida de hilos,
todos ellos enlazados.
La abuela es una trenza,
una vida sobre otra,
creciendo.
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Soneto. Marcelino, 100 años imprescindible

En el recorrido vital y humano
no todos vimos su filosofía
ni sabemos luchar día tras día
con el puño encerrado en una mano.

Las cien luces que hoy lucen, nunca en vano,
son pura sabiduría y empatía
de una voz que desgranó su porfía
en los clasistas que se dan la mano.

Un sindicato no es algo invisible
ni ha de mecer la cuna en su batalla
porque El Capital no es irreversible.

... Y, si alguien lo tachó de imprescindible,
Marcelino se alzó con la medalla
de hacer sindicalismo más creíble.
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Están dejando mucho que desear…

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Están dejando mucho que desear
las botellas de vino,
las torpezas visionarias de este
miércoles a la mañana,
los andamios, las paredes,
las hormigas, las grietas desertoras.

El dedo meñique del pie
de los ascensoristas destartalados, los
recuerdos descongelados, los filósofos
acurrucados tras el murmullo de
una máquina de escribir, los
camiones de reparto de neuróticos.

Los que vomitan su
plataforma política sobre la
alfombra, los peces fugitivos,
el ronroneo poco sabio de
la heladera, la lluvia
que humedece las agendas.

La presencia escénica de los
atribulados, los viñateros de
opiniones sacrosantas, los que
agitan las banderas de sus
propios estropicios, las rotiserías
de los finales infelices.

Los delegados sindicales de patologías,
las confidencias subtituladas, los
odontólogos que anestesian intuiciones,
los instintos primitivos de
los pusilánimes, las cicatrices
que tosen por los ojos.

Los que dejan caer saliva sobre
la flor de los vencidos,
los días que nacen ennegrecidos,
los que agachan la cabeza y
disparan a matar jurando protegernos,
los rehenes de la aprobación ajena.

El apretón de manos de los
mayordomos del discurso nómade
(por no decir hipócrita),
los que brindan por la muerte
ajena antes de suicidarse,
los solsticios de recuerdos equivocados.

Los que olvidan su sonrisa
tras el humo del olvido,
los prestamistas que negocian con promesas
de arena, los grimorios en manos
de principiantes, las sillas domesticadas,
los otoños de párpados huraños.

Las cenicientas que no se
tapan la boca para bostezar,
los viejos verdes que parafrasean
volátiles predicciones, los que
se limpian los incisivos con
la tristeza de sus compatriotas.

Las uñas de lo perdido, que
se clavan en zaguanes de telgopor,
las salivas anónimas que se
autoproclaman herederas de telarañas faraónicas,
los redactores de gramática sombría,
que obsequian flores mal redactadas.

Las hijas de las madres que
deshojan tardecitas, por no tener un
perro que les ladre; los que
recitan disparates vespertinos a los cuatro
ladrillos que llevan de equipaje, los
que estornudan ironías por las orejas.

Las teorías científicas que piden a
gritos un cambio de pañales,
la catarsis de las páginas en
blanco, los adjetivos que se mueren
en las telarañas del manicomio, los
rezongones que no ahorran en detalles.

Los que rasguñan la espalda
de la racanería, los que exhiben
su abdomen de dieta baja en
calorías como una matrícula de honor,
los que confunden amor con extorsión,
los aristócratas de vista anubarrada.

Los que cobran los favores de acuerdo
a la inflación, los que hablan a
través de sus pulgares indolentes, los
que meditan sin decoro sus minuciosas
ironías, los que desgarran las costuras
de lo ridículo en un compartimiento secreto.

Están dejando mucho que desear…
Los proverbios indignos de pronunciarse en voz alta…
Los dientes desconocidos por sus propias encías…

Los que esgrimen su irenismo a punta de pistola…
Los pantanos donde florecen tableros
de ajedrez con peones maniatados…
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