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Ausencias

Un trago por los que ya no están,
por los que se fueron y no volvieron
Un trago por los que quedan
Por los que están y permanecen
Un trago por el que está ahí,
y es un zombie sin sentidos.
Brindo por todos
brindo por ti, por mí,
Por ellos y por vosotros;
La noche es nostálgica
la música suena fuerte
el corazón se me quiere salir
y mis lágrimas quieren formar un río.
Diciembre ya está aquí
hay un nudo en mi ombligo.
Sonreír es de valientes
reírse mientras todo se derrumba es de mezquinos;
la tranquilidad no se negocia
al dolor hay que dejarlo sentir.
Yo me raspé las rodillas
tratando de levantarme,
la sangre no me asustó
sin embargo, me quebré mil veces
al final, estar de pie no es malo
así tenga que caminar sobre una línea fina
al borde del abismo.
Hay ausencias que matan,
otras que liberan
Hay ausencias fortuitas,
[esas que llegan
cuando menos las esperas]
Deliberadas ausencias
causan llagas en el alma…
Ausencia de mí
[autodestrucción]
se posa en mi soledad,
cuando el mundo me da la espalda
Busco a la persona que más me conoce…
YO.
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"Me has llevado por corrientes de agua que van a tus redes"

Nunca te diría esto,
pero desde que te creí más cerca
juré ahogar todos los versos en alcohol
para que no descubrieras mi plan de quererte.

Aguardé desde mi barrera a recibir una señal
con la que abrirme y enseñarte este mar lleno de dudas.
Pasé las noches desde la frontera creando ilusiones,
confundiendo a mi inocente realidad.

Soñar por dos ya me venía pesando,
pero agarrada a una botella
esperaba a que la distancia de nuevo volviera a convertirse
en un par de centímetros,
y que llegaran tus labios a darle más vida a esta locura.

Parecía el momento de comenzar con esta historia
cuando te marchaste y me dejaste dentro de mí,
borrando tu nombre de ella,
dejando tan solo un rastro de recuerdos.

Tampoco te diré nunca esto,
pero eres tan imposible que te sigo esperando.
Así que si algún día descubres mis intenciones,
date la vuelta y córtamelas antes de que me rompan.

Dile a mis pies que vuelvan a iniciar el viaje,
pues se niegan a caminar
si no eres tú quién les llama.
Y yo solamente quiero huir.
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6comentarios 93 lecturas versolibre karma: 123

La droga del amor

Que alguien le diga a Cupido que ya estoy ebrio de sus copas, que ha violentado contra mi todas sus flechas con sabor a vodka, y que si... me emborrachó de sueños e ilusiones, de canciones y de horas al teléfono escribiendo su arte:

Que sus ojos eran fuego, y yo nunca había tenido tantas ganas de quemarme, que su voz era de caramelo, y yo nunca había tenido tantas ganas de endulzarme y que de lunes a domingos deshacieramos la cama haciéndole el amor al corazón con abrazos para dormir y con besos de despertador.

Que alguien lo detenga, por favor, porque luego de sus flechas atropelló mi subconciencia con sus drogas de distancia, y me hizo fumar caladas de nostalgia, me hizo inhalar líneas desmedidas de melancolía e inyectó en mis venas sobredosis rebosantes de poesia, ahora soy adicto, lo confieso...

Que alguien le haga saber a cupido que es culpable de este vicio, que le dejo un ultimátum en su puerta:

¡O me rehabilitas o la embriagas también a ella!
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2comentarios 54 lecturas prosapoetica karma: 95

Si decide aparecer

Si ronda mi cabeza
la dejaré estar, apartándola;
sin fundamento, irrisoria:
como un cebo en nicho de peces muertos.
Si me implora, se desvanece en un susurro
o un grito lejano de niña, largo será el tedio
en que se conjurará hasta romper el plástico,
provocando que la botella se rompa contra el suelo;
o desafiando el orden natural,
liberando las lágrimas muertas de sus tumbas:
cataratas de inmenso dolor azul
como babeantes bocas de lápidas glotonas,
deseosas por saborear el gusto de un futuro miembro.

Si adormece al soldado con su nana infame,
para mí mito paradigmático,
no será este soldado,
de algún modo irresistible en su cobardía,
quien caiga irreversiblemente rendido
a la vigilia de su sueño.
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Está pasando

Un día
cualquiera

en un bar
sin nombre

beben
los hombres

cuando no pasan
mujeres.
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7comentarios 127 lecturas versolibre karma: 107

La mejor estación

En Invierno,

el vino
abriga
y
el
amor
embriaga.
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7comentarios 57 lecturas japonesa karma: 87

La última rubia

Tengo un problema,
y es que no sé parar
cuando algo se me mete
entre ceja y ceja.

Vivo de impulsos,
esos que me dan la vida,
pero me hacen cagarla
y, a veces, me la quitan.

Sé que no tengo excusa,
y que el alcohol es una,
¿sabrás perdonarme?
No me dejes con la duda.

¡Viva la cerveza!
Dije en voz alta.

Es un arma de doble filo,
y me atormenta
cada mañana de resaca
cuando no me acuerdo
de (casi) nada.

¿Para qué mentir?
Siempre es la penúltima,
así, en bucle,
y, aunque me hiera,
nunca será la última rubia.
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2comentarios 124 lecturas versolibre karma: 9

Mierda de vida

Ahora cuando todos duermen,
es cuando mis neuronas
vacían su pestilencia de mierda,
locura, enfermedad y muerte.
Mi personalidad deformada
escudriña con su mirada
las sombras angustiadas de mi cara
mi nariz se vanagloria de no sentir nada,
y el olor de mis ideas alcholizadas
se extiende por mi cama,
mi jergón ya no se aguanta,
lo sudores me corroen la cabeza
el cuerpo y el alma.
El sueño me acorralará hoy,
antes de despuntar el alba.
Y yo no me dormiré
antes de la madrugada.
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Cuanto vale el amor

¿Cuanto vale el amor?
¿Se puede comprar?
A veces sólo vale cien euros
y unas copas de más.
Lo malo es que es efímero
y al día siguiente
se tiene que acabar

A veces una vida
y al principio
un poco de felicidad,
el resto atado a alguién
con quien no te quieres atar.

Y a veces sólo algunas veces
cuesta unas miradas
unos besos, algo de química
y un poco de complicidad.
Y es este amor verdadero
el que dura para toda una eternidad.
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sin comentarios 87 lecturas versolibre karma: 50

Canto a la Vida

En la oscuridad siempre estás. en la puta oscuridad.
Apeándonos del mundo dejando que la cabeza nos atormente.
En realidad son las voces del silencio, con el cual cubres nuestra testa.
Pedazos de cerebro cortados de forma irregular, eso es lo que nos dejas.
Volvemos a la cálida protección de una matriz envejecidos y apestando a caos,
locura y amargura. Volver a empezar es el título de nuestras vidas.
Y con buen karma, que bueno era, tuvo buena suerte: el epitafio de nuestra muerte.
"Estar sobrio es como si cada día enterrase a un amigo diferente,
desesperación porque nada me satisface."

Pero estar contigo, es como ser un animal apestoso, uno no tiene respeto por nada,
hace daño a sus semejantes. Pierde el control, veja y le vejan,
odio e ira son sus compañeras.
Ahora aprendo a vivir sin ti, sin el horror
que provocas, prefiero pasarlo mal en ciertos momentos.
Nada ni siquiera tu y tu destrucción sois eternos. Con fe y orden del
caos vital en el que vivo, y muero cuando bebo. Podre liberarme de esta adicción
que me condiciona, que me lleva a ser un individuo extinto.
La de alcohólico será mi condición pero no será el yugo de mi esclavitud.
Ni será el motivo de mi muerte. viviré libre y libré moriré.
Yo seré, porque la vida es.
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1comentarios 99 lecturas relato karma: 45

La rutina

Cinco de la mañana. La after-party en la Plaza Scaravilli ha terminado. No encuentro a mis amigos, pero supongo que estarán más adelante, siguiendo a uno de los chicos de la ESN con la Gozadera sonando en los altavoces de la Partybag.
La mañana empieza a despuntar por encima de los edificios de la vena aorta de Bolonia: Zamboni donde el olor a pizza se mezcla con el vómito de los estudiantes que han acudido a la after.
—Che siamo? —La voz ronca de mi amiga se alza por encima del griterío general que se mezcla con la música.
—Erasmus! —le contestan todos los eufóricos danzantes.
Al final de la calle, las Dos Torres están envueltas por la bruma matinal donde la música desaparece y un quejido general inunda la plaza por la que no circula ni un alma, y solo estamos nosotros, unas veinte personas tambaleándonos y mirando el paisaje urbano con los ojos empañados por la extenuación.
Siento que alguien me toma de la mano y me dejo guiar por la calle mayor en dirección a mi piso, a veinte minutos del centro. No giro la cabeza para ver a dos de los chicos del staff de la ESN despedirse de mí; ni a mi amiga, que veo apoyada cerca de la Torre Asinelli, donde se juntan la basura de la calle, con los panfletos de la pizzería más cercana y la orina.
Él me guía con una sonrisa bobalicona en el rostro y los ojos brillantes hasta mi piso. Me choco contra él cuando intento buscar mi llave, pero me he dado cuenta de que no tengo el bolso. Un nudo se me forma a la altura de la garganta y se acelera el ritmo cardiaco hasta que no me palpo los bolsillos a la desesperada y encuentro el móvil y el monedero, pero no sé dónde están mis llaves.
La frecuencia cardiaca se normaliza, y sigo sus latidos contundentes, que hasta hacía un momento martilleaban mis sienes, para apuñalar el timbre hasta tres veces. Nos abren, dejamos que la puerta se cierre sola y subimos hasta el último piso, donde la puerta de mi piso está abierta. Entramos en mi habitación y caigo sobre la cama. Nos quitamos la ropa con dificultad y ninguno pone la alarma.

Doce de la mañana: él está desnudo a mi lado. Escucho el rumor de la puerta de la cocina al fondo del pasillo principal, poco después, el silencio se llena con el burbujeante sonido de la cafetera y una taza haciéndose añicos contra el suelo.
Me levanto y me encuentro a una de mis compañeras de piso con el pijama puesto, sentada en la mesa, delante del portátil con un cigarrillo encendido y una taza de café en la mano.
—¿A qué hora tenemos el examen? —le pregunto con la voz quemada por el alcohol y el tabaco.
—A las tres en el aula Crespi de la Faculta de Giurisprudenza —me responde. Me siento delante de ella con un batido de chocolate en la mano, agitándolo. Veo el queso en la comisura de sus labios. La observo en silencio durante un rato, esperando a se limpie la boca, pero no lo hace, y a cada bocado se le suma más del cremoso queso. Dejo el batido sin abrir en la mesa.
La tercera compañera entra en silencio con ropas de calle y un libro en la mano. No dice nada, solo se mueve automáticamente por la cocina, evitando tocar la pila de platos sucios, hasta que se sienta con nosotras, establece contacto visual conmigo y me pregunta:
—¿Se te volvió a perder la llave?
—Sí.

Tres y cuarto de la tarde. Mi compañera de piso, él y yo entramos en la facultad de derecho. Todos los alumnos esperan dentro, la profesora está examinando al primer alumno y le pone un cum laude delante de toda la clase. Hay un murmullo general en el aula. La profesora sigue llamando a los alumnos, por suerte soy la novena de los treinta italianos y erasmus que se examinaran ese día, lo cual me da tiempo para repasar algo, sin embargo es imposible que mi concentración dure más de dos minutos, pues estoy pendiente de todos los recién examinados para saber qué les ha preguntado.
Escucho mi nombre, me pongo en pie de un salto. El estómago vacío, que ya me escocía cuando salí de casa, me duele todavía más a la altura de la boca del estómago; tengo la boca seca y hay mucha luz en el aula. Me siento en la silla delante de la profesora, impávida, me pregunta mi nombre en italiano, saco la hoja de notas para convalidarlas en Valencia y empieza el examen.
La profesora me pregunta sobre teoría del derecho, respondo escuetamente, ella no insiste la primera vez, pero la segunda pregunta me deja en blanco, empiezo a temblar, el estómago me duele más, lo primero que pienso es en la página donde estaba la información que leí el día anterior, pero no veo más que letras borrosas danzando sobre el papel. Comienzo a hablar intercalando palabras españolas e italianas, la profesora no dice nada, y dejo de responderle de forma general con frases en un italiano macarrónico; vuelve a insistir sin éxito, doy vueltas entorno a frases que suenan a epígrafes antes que a contenido elemental. A la tercera pregunta la profesora me obliga a detenerme, empieza a gritarme en italiano que si debería a estas alturas saber expresarme mejor, que sí tendría que haber estudiado; le digo que lo que me está preguntando no lo hemos dado en clase, pero me responde que lo tenemos todo en el correo institucional. Me deja en silencio.
Tengo ganas de llorar, pero estoy tan deshidratada y me duelen tanto los ojos que no puedo. Empiezo a imaginarme cómo se le diré a mis padres, cómo haré el mismo examen dentro de dos meses cuando esté en España y comienzan a mezclarse en mi cabeza retazos de imágenes de la noche pasada con los libros de derecho romano. De pronto vuelvo en mí, cuando ella dice:
—Va bene, solo ti posso mettere un quindici, lo prendi?
—Lo prendo —digo sin pensarlo. Y escribe en el papel un quince, que equivale a un cinco, una infamia para cualquier italiano, pero una asignatura menos para un español.
Me levanto con la hoja firmada. Mis compañeros me miran ojipláticos, yo sonrió consiente de lo que acaba de suceder.

Las doce de la noche. Tengo una botella de vino blanco en la mano. Mi compañera de piso y yo brindamos, mientras mi amiga rubia entra por la puerta de la cocina, gritando. Subimos el volumen de la siguiente canción, falta poco para que salgamos en tropel a la plaza Santo Stefano para hacer botellón con los chicos de la ESN, porque ahora se lleva hacer una quedada pre-botellón, para luego ir de botellón y beber previamente a ir a la discoteca de turno que abriese hoy. En Bolonia todos los días hay fiesta.
Entra en la cocina mi compañera de piso, la otra, lleva el pijama puesto, tiene ojeras y el pelo recogido. Se apoya en la puerta de la cocina sin entrar.
—¿Has estudiado hoy? —le pregunta la otra compañera.
—Sí, esta semana tengo una ponencia. Si quieren ir, están invitadas, una es sobre las diferencias entre la enseñanza en Italia y España y la otra sobre Literatura Canaria. —Hace una pausa para mirarnos—. ¿Se me escucha demasiado cuando práctico?
—No.
—Yo creo que te escuché hoy. —Luego doy un largo trago de la botella.
—Me voy a dormir. Si no os importa, bajen un poquito el volumen.
Le hacemos caso. Al cabo de un rato salimos de la casa. Hemos llegado tarde al botellón. En la disco pierdo a mis amigos, me enrollo con otro chico, él se lía con otra; encuentro a mis amigos y bailamos, todos brindan por mí, más tarde voy al baño, vuelvo a perderles y todos nos encontramos en plaza Scaravilli entorno a un altavoz-mochila en el que suenan las mismas canciones que ayer y que ya todos nos sabemos después de cinco meses en la península itálica.
Las horas pasan y me siento junto a uno de los pilares del gran soportal que recorre la calle Zamboni. Sé que me estoy sentando sobre un meado, pero me importa poco, tengo los tobillos hinchados por los tacones que apenas siento gracias al alcohol que me permite soportarlos.
Cada vez son menos en la plaza.
Él me toma de la mano y me lleva hacia su piso, al otro lado de la ciudad. Las casas apagadas son el silencioso espectador de nuestra locura de mitad de semana. ¿Quién puede vivir aquí?
Desde detrás escucho a alguien que grita:
—Che siamo?
—Erasmus!
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saudade

Paseando por un boulevard de París las hojas bailan con el viento, se escucha un grito a lo lejos. Meto las manos en mis bolsillos y escucho un llanto por dentro.

Entro en un viejo y ruidoso pub y el camarero me sirve un whiskey con hielo. Solo estoy y solo me siento.

Sigo andando sin saber realmente hacia dónde. Sigo andando hasta encontrar un sitio en el que no retumben las voces.

Empieza a llover mientras caes en el olvido. Ya me da igual, sé que yo no he sido.

Desabrocho mi americana y vuelves mi mente. En realidad te detesto, aunque a cabeza siempre vuelves.

¿Tanto mi cuerpo te extraña? ¿Tanto el tuyo te engaña?

Flores en diciembre, en agosto chocolate caliente; eso es lo que eres.

Páginas y páginas, letras y letras, pero solo tú mis pensamientos ahogas.
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El payaso triste

Soy un poeta negativo.
Pero lo peor de todo es
que mi negatividad no es del todo
sincera:

Llevo una máscara
graciosa,
sin embargo, me embarga
la pena;

hacer versos
debería ser señal de tener
una gracia y no una
cadena.

Llevo una máscara
generosa,
tejida por musas borrachas
y venenosas quimeras;

soy un cómico
en el traje
pavoroso, circunspecto, piojoso,
de un poeta.

Llevo una máscara
gloriosa,
pero quiero que sonría el niño
asordinado con poéticas;

qué payaso más triste
en medio de la carpa silenciosa,
sepulcral,
de la biblioteca.

Llevo una máscara
melodiosa,
pero no me hacen feliz
mis poemas,

todo es hacer pompas
en el aire del drama,
todo es un Fénix de amargura
y tragedia.

Llevo una máscara
hermosa.
Maldita poesía.
Maldita belleza.
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Necesito oírlo

Dime cruel destino que es lo que debo hacer
si aferrarme a lo que me salvó o sucumbir al placer.
Las únicas cartas que quedan por echar son las que escribo y nunca daré.
Mi cuarto huele a semen y alcohol
voy a echarme un farol
como la última vez que estuvimos juntos.
Es muy sencillo
si tengo que pedirlo
no lo quiero.
A estas horas que escribo ni de coña estoy contento
La Metamorfosis y El Desencanto marcaron mis comienzos.
Si todo vale no me llames tramposo
llámame, lo que necesito es eso.
Dime que saldrá bien todo
aunque yo no vaya a creelo, necesitaré oírlo.
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Bestias negras

Negras bestias avivan
el odio de mi alma para la última batalla.
Después de esta, vivo o muerto
colgaré la espada.
Con difícil enemigo combato
los árabes lo llaman, muerte lenta.
Te va poseyendo despacio
primero tus entrañas y luego tu cabeza.
Hace que pierdas la razón Poe, Capote,
Hemingway o Bukowski lucharon
y en su gloria los tenga dios
Expira tu vida a vómitos de sangre
el hedor de tu boca indomable,
la locura intermitente de tu mente.
Crees que eres invencible
hasta que un pútrido tabernero
te arrastra a algún infecto agujero.
Si no vences mueres indignamente,
y si vences en esta titánica batalla
felicidad hayas, allá donde vayas.
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La penúltima vez que te echo de menos

Si llego a saber que ibas a quedarte
tanto tiempo en mi memoria,
te habría preparado una habitación
confortable,
con grandes ventanas
para que no te faltara
la luz o el aire.

Sin embargo,
como lo tuyo fue
una ocupación sin ruido,
un golpe bajo
caminando de puntillas y descalza,
cuando quise darme cuenta
ya era tarde.

Vives clavada en algún rincón
de mi pajar.

Lo único que me molesta
es que tu realidad tenga la cara de ayer
y la imaginación no me baste
para dibujarte en presente.

Miento.

También, me molesta el invierno
que llevo en el pecho,
porque sé que la opción
de no amarte
está apoyada en la parada
del saber lo que tú sientes,
como quien se mantiene a la espera
de un autobús
que ni siquiera quiere que llegue,
porque la duda huele a esperanza
y sabe a jarabe de fresa.

No me crees, claro,
ya no.

Por eso, me miras con tu rostro
de entonces,
arqueando las cejas,
curva incrédula
sobre dos abismos
que me atrapan
en pretérito imperfecto
con su cárcel de pestañas.
Y yo no me esfuerzo
porque me da igual lo que piense
un espejismo.

Si fueras tú realmente,
me sacaría el alacrán de la lengua
para decirte que el problema
no es tu ausencia,
el problema es que soy incapaz
de imaginar mañanas
si no es contigo.

No obstante, esta es la penúltima vez
que te echo de menos.

Un trago melancólico y ácido
que enarbola una bandera blanca.

Ya veo borrosa tu imagen,
tengo la lengua trabada.
Mejor bebo sin decir nada.
Que me sirvan otra ronda.
Que sea la penúltima.
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Líquenes y musgos (a don Pío Baroja y Nessi)

Hace unos días
Antequera murió de parto ardiente
a las cinco de la madrugada,
hora española.

El baobab y el fresno
volvieron en sí cuando notaron
el ordenado desfile
de cilindros y armiños
rezando ante sus cortezas.

Salva sea la parte
la que nos encontramos, sin estrenar,
aquella mañana bajo el pericardio.

Todo apunta a que se trata
de una desaceleración ecológica
sin importancia:
el Gobierno hoy no se ha duchado
para comunicar la noticia
y tiene un aspecto
verdaderamente sexy.

No hay huelgas convocadas entre las profecías
y sin embargo,
por mucho que golpeemos su lomo,
hoy,
la Tierra no se mueve.

Así que, por favor,
que alguien aparte esa botella
del radio de acción
de nuestro Gran Arquitecto,
no vaya a ser que acabemos
amándonos los unos a los otros
como yo nunca
os he amado.

Que tampoco es plan.
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3
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Soledad Adscrita

Deja que me evada, en tu blusa desabrochada,
En esa botella acabada, en ese cigarro por empezar,
En ese amar, tuyo tan tuyo, cuyo,
Querer no sé desentramar, ya que eres un mar,
sin olas, una Venecia sin Góndolas,
Un París sin torre Eiffel, y yo soy aquel el del final de la barra,
Que también quiere ser el del final de tu vida,
El que su vida narra... pero le faltas tú.
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Bebiendo con el olvido

Ojalá tenga el poder
de jugar con el tiempo
para revivir una vez más
aquel beso en lo insomne.

Que la luna brille tanto
como lo hacía en el cielo
que prometimos no olvidar
mientras exista la noche.

Ojalá vuelva aquel atardecer
de café y varios besos,
todas esas ganas de soñar
que el hilo rojo nos unía.

Que el destino nos devuelva
lo que nunca seremos,
que tu nombre vuelva
a ser rima en mi poesía.

Que tu mano y la mía
en un arrebato de pasión
deseen encontrarse.

Que me mires y te mire
para ver del reflejo el color
de la tinta al versarte...

y no dejarla escapar.

Ojalá.

Ojalá esta botella de alcohol
sea tan fuerte como las ganas
que tenía de amarte sin fin;

y ojalá se lleve toda la mierda
que quiero olvidar
y que acabo de escribir.
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