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Globalización: Máquina de Sangre

Adoptar una idea sugiere un patrón de conducta lineal, en la misma dirección de los conceptos que sustentan el establecimiento de las múltiples coordenadas mentales que edifican y robustecen un planteamiento filosófico. Es una acción propia de seres humanos, aunque parta de premisas biológicas, aunque se persigan intereses vinculados a la supervivencia o a la destrucción.
A lo largo de la historia el hombre sin mucho esfuerzo ha sido ávido en el diseño y creación de mecanismos y métodos de involución — como si la meta a lograr residiera en el retorno a los modos de vida primigenios— Expresiones que hoy, se esgrimen como vanguardistas en el contexto social, no son sino burdas recopilaciones de antiguas formas de organización proyectadas a gran escala con un lenguaje nutrido por acepciones retoricas, además de un sofisticado e impactante componente tecnológico. Imagino que: cada generación a enfrentado sus propios demonios en el tiempo que lo tocó vivir en defensa o menoscabo de doctrinas, mitos y espacios etéreos, sin detenerse en las implicaciones de orden racional y comedidamente humanístico, en nombre de la causa se exprimen al máximo la capacidad de creación intelectual y física de los contemporáneos como un acto natural y a todas luces benefactor; en algún extremo del planeta , en ese mismo tiempo, algún disidente, en la capa externa de la burbuja será capaz de captar que el combustible y el lubricante que pone en movimiento las virtuosas máquinas que impulsan dicha idea, no es otra cosa
que sangre.

Abril 2015; ilustración; Globalización Maquina De Sangre: Juan Manuel Boté, técnica mixta sobre madera 2014.
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Porque no sabe escribir

El corazón me late, lo puedo sentir, en mi pecho se mueve, más no sabría decir si lo hace para darme vida o para pedirme que frene y lo sienta.
El estómago se ha hecho un nudo y no me deja comer, me da una sensación extraña ahí donde está.
Los ojos miran tan rápido como pueden, tan lejos como el paisaje le permite y se agotan al no ver nada, nada por lo que deba frenar.
Los oídos oyen y reconocen lo importante, le mandan señales a mi mente, pero estas no llegan al corazón y él se siente mal porque sabe que hay algo relevante que sentir y eso le crea un nudo al estómago y los siguen tratando de mirar por si ven algo.
Y…, hasta aquí puedo contar, pues no sé qué más contar. No hay flor ni mariposa, no hay orilla ni mar, no hay fuego ni calor, no hay hielo ni frío, no hay nada, sólo esta absurda sensación y el temblor en mi mano escribiendo porque no sabe qué, cómo, a quién…, porque no sabe escribir.
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Algo Supremo

Algo supremo; majestosamente irrefutable, terriblemente omnipotente y de una ubicuidad inmarcesible ha de tener la física como ramal de ciencia en sus designios, ya que las leyes y dios la confrontan, pero no pueden eludirla. Sobre la faz de los libros en todas las páginas de historia que cubren la esfera terrestre, por intrincado y recóndito que sea el laberinto universal siempre su efecto será determinante. La ley misma en su inquebrantable naturaleza responde a un código netamente físico como es: la propiedad que tiene todo cuerpo de cambiar de forma cuando sobre él, se aplica una fuerza exterior «Ley de flexibilidad ».
En el caso concerniente a dios, o a una multitud de ellos, —para mantener intacta la base utópica de la blasfemia, — digamos que Poseidón, luego de dimitir su reinado sobre caballos y otras bestias se entrona sobre los mares y el control de sus ciertamente poderosas olas; pero aun así, se muestra en apariencia complaciente con navíos y otras embarcaciones que usurpan sus aguas desafiándolas sin mayor tributo que una justa relación de densidad entre materia y volumen. Cuestión de un equilibrio benefactor en la sabiduría de Arquímedes discernido entre lógica y fe.
La lluvia, las tormentas con sus rayos y centellas en los agrisados cielos Aztecas pudieron merecer un gran número de ofrendas a Tláloc —dios dominador de rayos—y estas no fueron suficientes para contener la ionización de nitritos y nitratos hidrogenados en los bolas de fuego celestiales que más tarde el léxico científico llamaría rayos globulares.
Desde la oscuridad que suele teñir de luto mi pusilánime aptitud pensante, surge la negación de atribuirles a los dioses facultades demoledoras, en cierto modo carente del sentido conciliador y edificante como corresponde a la solemnidad de un dios; sería como asentir que hay algo de perversión en su conducta o una especie de patología propia de mortales. Acepto la propiedad de ínfima partícula predecible y mortal que me atañe dentro del vasto universo, en la extensión de esa vaga idea, no seré yo quien dictamine porqué caen los puentes. Tengo la sospecha de que no es porque dios quiere, sino por insuficiencia física.
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Juan 5:28 Y 29

Se deslizan las lágrimas por las huesudas
cuencas. Humedecen la tierra e inundan designios.

No hay vida en aguas tan
saladas.
Atrevidos
unos
pocos a nadar sobre
fondos tan
oscuros.

En orilla escasos quedan. Se hunden
muchos
otros,
muertos por
muertos.

Pies en nuevo barro, ojos mirando las
mismas
suelas.
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Cuerda de Birimbao

Me andaba buscando, yo lo sabía, con una filosa navaja se acicalaba las uñas a la salida del callejón —parecía la imagen de perfil de EstebanPerezSán— a mi corta edad, el miedo había silbado tantas veces en mis oídos que sus desafíos no causaban las típicas alteraciones que suceden en los esfínteres.
Simulando una imagen comprada en alguna película de vaqueros de bajo presupuesto, me salió al paso, la navaja en su mano, reflejaba la luz de un destartalado farol incandescente que guindaba de dos cables, donde un enjambre de moscas, pernoctaba la última noche de su fugaz existencia. Ese barrio era tan peligroso que ni la luna le entraba, no podía reflejar otra cosa aquella incisiva cuchilla.
—Tenemos una cuenta pendiente, dijo con densa cólera.
—No peleo por mujeres… Intenté responder, pero fui interrumpido por el furor de su voz acalambrada por la furia.
—Pero yo si… dijo como como un trueno, mientras apretaba los dientes.
(Pensé; no lo dije)—cuidado y te muerdes la lengua, maricón, porque me manchas mi camisa de la suerte— solo lo pensé, no lo dije por no avivar mas las llamas de aquel dragón que se abalanzaba sobre mi tirando navajazos como hélice de helicóptero. Yo reculaba esquivando las puñaladas y buscando el balance con las dos manos, bailaba una danza mortal marcada al ritmo elíptico formado en el aire en cada navajazo. —Por no aprender capoeira— me recriminaba el sub consciente cuando mi combado y esquivo abdomen emulaban la cuerda única del birimbao. El sempiterno charco de agua putrefacta consecuente en todo callejón marginal, me salvó de las heridas —dudo que ese pendenciero tan inexperto y torpe pudiera matarme— el tipo resbaló y se desplomó de espaldas sobre el hormigón que lo esperaba sin efectos de amortiguación, vi como la pulida navaja se desprendía de su mano y giraba en círculos por el aire, confirmando su extravió en la oscuridad con el célebre trik, trik, trak, —ya no la consigues mas —
El viejo farol dio lumbre suficiente para ver la palidez en aquel rostro boca al cielo, privado por el porrazo y a falta de voz, con los ojos pidiendo clemencia. No lo toqué, —lo puedo jurar— De ese suceso no quedó ningún testigo que registrara los hechos en su memoria, el barrio a esa hora dormía, el callejón estaba tan solo como la cuerda del birimbao.
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Jaula de Cristal

JAULA DE CRISTAL

Y son tus ojos los que me atrapan
con tan solo mirarte
quedo encerrado en una jaula de cristal
que solo tu amor puede abrir.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Abril 2019
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Séptima Y Segunda

En aquella hora iluminada por los rayos que partían el firmamento y la oscuridad, un experto tallador volcaba su pericia sobre las betas de un fragmento de denso ébano, perseguía la proximidad cernida en los límites de un acabado acendrado; al punto de la obsesión.
Ocurrió el séptimo día, a la segunda hora de la madrugada, en un año incrustado en la cronología de un siglo que no fue registrado por la historia. Más, advertimos por intuición, su posteridad a la edad de los metales. La efigie cobró la forma que la imaginación del hábil artesano, a su vez, había intuido como perfecta —valga decir que la intuición a veces se aleja de la razón— agotado por la fatiga de aquel dedicado esfuerzo, de su mano, de su intelecto, de su pasión, devino en buscar una utilidad para aquella obra, su orgullo la consideraba una autentica beldad. La plantó a merced de la intemperie, donde su negritud, absorbiera los lánguidos destellos de las escasas estrellas de turno. El sueño lo venció sin antes de definir un destino practico a su proyecto. Durmió esa séptima noche, las horas necesarias para restituir el gasto de las células conductoras del vigor.
Al despertar, la sorpresa rebasaba las fronteras de su propia ingenuidad: flores, frutos, hermosas hojas del follaje, cantaros con leche y miel adornaban la inerme estatuilla — su creación— ahora presa de la adoración, había abandonado la fugacidad impresa en el olvido de los humanos, había superado la brevedad de sus propias existencias, hombres y mujeres, le atribuían omnipotencia y harta sapiencia en curación, buscaban una pisca de conveniencia basada solo en la intuición.


27-4-2019
Ilustración: Mujer Africana tallada en ébano, tomado del archivo digital de Dreamstime
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«Sonear»

Tal vez, remotamente exista una conexión extra sensorial, quizá unida por una fibra acústica que implica un punto de partida común, por encima de alguna posible pretensión espiritual, un elemento donde convergen todas las vertientes rítmicas y armónicas para impregnar de carácter universal y redentor el lenguaje más popular del planeta: la música.
Por eso tocábamos, cada vez que las obligaciones daban una pausa —tocábamos— sonaba una cuerda, un cuero o un metal, con dos propósitos bien definidos: sonar y soñar. La afinación de la voz era una menudencia absoluta, era más ponderado el entorno, la sombra de la Acacia floreciente, alfombrando de rojo con exquisito aroma. El tres y la guitarra, el bongó y el cencerro y por supuesto, las volubles figuras femeniles, derrochando juventud y una gracia excelsa en una danza espontánea, fresca con algo de irreverencia. Verso, ritmo, poesía y melodía daban rienda suelta a esa propiedad intima de sonar y soñar que acierta en su capricho de volar sobre el azar y sus consecuencias; sonar y soñar, vaya placida manera de conjugar dos verbos en uno solo inexistente, cual la presencia de un afable fantasma: “sonear.”


Fotografía. Calle de nueva York 1977 de autor anónimo, mostrando la juventud de Franki Vasquez y Louis Matos. (los dos que logro reconocer)
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Día"H"

Los mismos lugares,
calles acosadas por la misma gente,
plazas repetidas, bancas aburridas de historias contadas una y otra vez;
ayer estaban las mismas caras
vacías, ordinarias, hablando de
la misma vacuidad que hoy.
Pordioseros contentos debajo de su fingida cara de desgracia cobrándote su infortunio.
Ebrios de banqueta disfrutando ese anestésico que
solo el alcohol provee
a las almas que no cabe en ningún sitio.
Caserones viejos mirándonos desdeñosamente ,
monumentos callados,
un sol aburrido que bosteza
mientras pasa por esta caótica ciudad.
Libros empolvados en estantes
lejos de las miradas
de aquellos que no saben leer
los renglones de su vida.
Y mañana, será la misma jerga,
la misma historia,
la misma miseria llena de moscas.
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2003

Charlo con las palomas
que me acompañan en el parque,
y la tarde se desvanece con la luz
cómo se derrite el helado
y las buenas intenciones;
la tarde nublada me recuerda
el frío que me acariciaba en aquella ciudad fabril donde aprendí a estar a solas conmigo
mientras pasaba la vida mía en 2003.
Tempestades, vientos gélidos e inmisericordes,
y a la vuelta, el sol quemándonos como a reos de condenación;
autobuses rumbo al norte,
notas de acordeón para mi corazón;
la santera dándome de comer,
Canela para los neuróticos,
café para los ansiosos,
pan para sonreír,
La calle mojada,
la luna en la plaza; la logia en tercera cámara,
tenidas con los muertos,
las montañas besando las nubes...
Y un pordiosero me roba el éxtasis de saberme
en la ciudad fábrica y me trae de vuelta a esta urbe tan entonada en sus músicos, y tan desentonada en su gente.
Vuelvo al parque, a tirar migas a las palomas
y a seguir contándoles que hubo una ciudad
donde no tenía a veces para comer,
pero me sentía un hombre de éxito...
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El Cristo Azul

Al este del malecón de Choroní , montaron un enorme Cristo en lo más alto de un cerro cuya vista se extiende hacia el mar, se ha dicho, que en algunos días muy soleados y secos de los meses de febrero, marzo y octubre este suele irradiar un haz de luz de una profundísima intensidad de azul, la cual posee efectos curativos y milagrosos, pero solo puede recibir sus beneficios quien logre colocarse bajo su alcance, el radio de acción de dicho efecto luminoso, es sumamente inconstante y por ende, difícil de determinar una posición aproximada en la inmensidad del mar; de allí que muy pocos lugareños hayan podido apreciar tal fenómeno, y es menor aun el número de personas que han recibido sus favores.
Una de las leyendas cuenta que unos pescadores que regresaban de una pésima jornada, fueron alcanzados accidentalmente por los efectos azules del Cristo, segundos después, cardúmenes inmensos de peces rodeaban la barca.
También se tiene referencia de un niño bizco que pudo enderezar su mirada tan solo con ver el índigo haz emitido por el Cristo.
Jean Paolo Terso, quien en su haber posee una vasta experiencia como marino, muy experimentado, y de grandes habilidades en el campo matemático, asegura conocer un lugar en el mar no muy lejos de la playa desde, donde se puede percibir aquel fenómeno tan inusual en dos, tres, (tal vez cuatro) veces al año con un margen de error de metros escasos, y en fechas distintas e inconsecuentes; sin embargo, no daba garantías de las bondades sobrenaturales de tal efecto. Se tomó la molestia de explicarnos el evento desde el punto de vista trigonométrico desarrollando las ecuaciones en un pedazo de papel marrón residuo de una bolsa de las usadas por los panaderos para envolver el pan, así también, sobre el mismo papel, mostró la hipotética ubicación del área —dibujó un maltrecho mapa— y también disertó sobre el origen de la luz y su misteriosa tonalidad; argumentando que todo era producto de microprismas de nácar que se volatilizaban por contrapresiones sobre el volumen de agua marina y que las mismas tenían su origen en la erupción de diminutas piezas de Aragonita que acumularon gases tóxicos en su interior durante su proceso de formación, entonces, dichos gases debían ser expulsado del fondo del mar por autoasepsia. De modo que estos microprismas actuaban como amplificadores sinoidales sobre las desviaciones sufridas por la luz solar por la interrupción de la imponente imagen bajo cierto gradiente en la temperatura y humedad especifica.
Toda esta cátedra se llevó a cabo en una acera de la calle Miranda de Choroni con palabras aderezadas y acentuadas con tragos de una güarapita local.
Enio Vandermosth: quien de por vida siempre fue en extremo escéptico minutos después, destronó una a una, todas las teorías expuestas por Jean Paolo Terso, —siempre con un tono conciliador y una seguridad inapelable— reconstruyó cada función trigonométrica con un trocito de bloque de arcilla escribiendo sobre el hormigón. Y al final, con voz solemne concluyo qué: sí Jean Paolo Terso era un ser imaginario, entonces en consecuencia, esta historia también debió ser imaginaria.



Ilustración: El cristo de Choroní; visto desde el malecón de Puerto Colombia, tomada por Carlos E. Perez, dciembre, 10-2017 Choroní Estado Aragua Venezuela
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Cierro Los Ojos Para Oír Mejor

La noche preñó de sonidos el espacio con una irreverencia inusual, alrededor de una improvisada tarima, cuerpos volubles se agitan al compás de una música sorda y descarriada, con un tinte propio, ajena a toda estética danzas y sonidos forman un espectáculo visual amable, complaciente y placentero. —Como en la fiesta de Serrat— por esta noche todos estarán vinculados por las disonantes notas que desflora el arrabal, el aire toma un raro aroma de sudor alcoholizado, atrás, quedaron los putrefactos vahos de las excretas humanas sobre el pavimento, el hambre y la sed son recuerdos pasajeros tras el trago de cerveza caliente. Por lo pronto, solo importan dos cosas: la música y el baile. Las miserias internas no saltan a la vista, las externas, son mucho más tangibles el entorno no los puede detener ni por un segundo, la cacofonía adquiere niveles sublimes en aquel orificio indefinido del cuerpo humano que llaman alma, el baile lía al ritmo de un tambor deliciosas caderas sensuales en un vaivén impúdico, los rostros emulsionan en un torrente de gozo donde nadie tiene edad propia sino el promedio determinado por la edad del ritmo que se deja oír en todas las oscuridades, en todos los silencios. Como un hada madrina la madrugada llega con su manto de fría realidad, el cansancio hace su exorcismo en aquellos cuerpos que al fin y al cabo no son mas que de carne y hueso, que llevan en su pecho y sus cabezas inmensos pesos de pasiones y tormentos, gentes cuyo reducto torpe y miserable adquiere formas felices con las sobras que otros arrojaron al mismo espacio donde el ruido se hace música. El hambre retorna a sus fueros aniquila los visos de alegría que puede brindar una noche de cualquier carnaval urbano, el rey peligro, vuelve a su trono cobrando impuesto de sangre en las esquinas, prevalece el mas ruin y felón de los sentimientos en las despiadadas manos con extensiones de acero, a lo lejos, una sirena que se aproxima sin garantías de llegar a tiempo, perturba el hondo eco que dejaron los tambores en mi mente, apoyo la mejilla sobre el hormigón de la acera mientras mi sangre se mezcla con el orín que viaja con agua negra por la cuneta— el bajo aun resuena— aprieto los puños y cierro los ojos para oír mejor.


Ilustración: (c) Enu/ Dreamstime
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Bisagras

De las puertas admiro y aprecio las bisagras —antes que el cerrojo— Existe detrás de ellas, una maravilla involucrada en la buena voluntad y envuelta en la naturaleza existencial de la libertad, un don de dualidad concebida en un espíritu hospitalario y tolerante donde el árbol de la confianza echa raíces extendidas a un plácido territorio compasivo y generoso, donde albergamos la bienvenida como contrapeso a la tristeza implícita en una despedida.
Mientras que en la cerradura; abreviamos el alto grado de sumisión al miedo, es un resumen de la depravación del hombre, un reducto de la corrupción intentando ocultarse tras la presunta privacidad de toda propiedad. Es el principio de todo confinamiento, quizás el más expedito instrumento para coartar la libertad y el cómplice más eficaz que tiene la mentira para vestirse con el traje de secreto.
De todos los objetos inanimados inventados por el homo sapiens, ninguno suele sintetizar con mayor exactitud la propensión al celo y al egoísmo.
Estas impresiones se posaron en mi cabeza un frió invierno en que perdí las llaves, es posible que cambie mi percepción sobre las bisagras, el día que pise mis dedos con una puerta.
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Tomate Negro: Estampas Inolvidables de Barrio

Un sábado soleado, nos permitía patear el balón hasta lo más próximo al siempre hermético portal, donde esperábamos, que un envalentonado empujón lo colocara en el fondo de la red donde anidaba el triunfo. Triunfo por demás fútil, pero esperanzador. Especialmente para los que perdíamos todo antes de comenzar a jugar; todo: menos ese raro estado anímico que conocemos como buen humor.
Después del partido, indistintamente del resultado, quedaba tiempo y energía para chasquear las cuerdas de una disonante guitarra. El borde de las aceras era buen lugar para posarse a emular las aventuras que condujeron a muchos trovadores populares a fases máximas de gloria, despertando en las muchedumbres unas pasiones desbordadas, al pulso de versos diáfanos y articulados oportunamente, con unos acordes magnetizables por los gustos mas silvestres de una audiencia varia e impróvida. Luego, en el preludio de las sombras nocturnas, nos adentrábamos en las calles (Zurita y yo), abriéndonos paso entre gente que venía y que iba, confundiéndonos —guitarra al hombro— con borrachines y vendedores ambulantes.
Así arribábamos a los puestos de fritangas que preceden al terminal de pasajeros, antes de abordar el autobús a casa, ese sábado, saciamos el hambre (Zurita y yo) con una porción colosal de chorizos, morcillas, chinchurrias y hallaquitas refritas, en un puesto que asertivamente alguien llamó: La Fiesta del Colesterol.
El autobús durante su recorrido, sirvió de escenario para entonar dos canciones que ya habíamos cantado antes en la acera, pero esta vez más desafinados y accidentados, por: «el efecto de las reacciones inerciales de un cuerpo en movimiento, cuando interactúa con otro cuerpo fijo dentro de su misma masa».
Al escuchar este argumento, un hombre mayor que viajaba como pasajero en el primer asiento del autobús, refuto, con algo de gracia mi teoría, aduciendo entre una sarcástica sonrisa— busquen mañana en la parada donde subieron, a ver si se les cayó el oído rítmico.
Minutos después, cruzábamos el cordón de miseria que marginaba nuestro barrio del mundo donde se preconiza la fantasía bajo la sombrilla del arte; de vuelta a la realidad, el barrio nos abría sus brazos como un abuelo huesudo, mostrando en sus costillas, una turbada arquitectura de casas esqueléticas a medio construir de donde salían olores de un desconcierto humano tratando de equilibrarse en los sudores secos que deja el viento vespertino, una tenue esperanza se aferraba antagónicamente a las notas de un acordeón, acompañando los versos de un vallenato, cuyo cantor formulaba las armonías del resentimiento que algún juglar anónimo engendrara en amores fallidos .Los guapetones, persistían en su acérrimo deambular por las esquinas quemando el tiempo a mansalva y los perros nos escoltaban meneando la cola como poseídos por espíritus querendones, ahogando sus ladridos, en un reconocimiento de pertenencia subyacente en el sincretismo de nuestros pasos con el lugar (o simplemente porque percibían el olor a chorizo en nuestras ropas) .
El final del camino de tierra consabido y almagre, nos ponía a salvo, pero sin ninguna garantía de sanidad.
A mi amigo Zurita le comenzaron unos retorcijones estomacales muy dolorosos, que en su efervescencia, le daban un grisáceo color a su piel oscura al tiempo, que torcían sus gruesos labios en medianera hendidura dejando entrever unos grandes y blancos dientes caricaturizando en su cara la sonrisa de un caballo. No era difícil determinar la causa de aquella dolencia, fue un verdadero milagro que a mí no me afectara semejante ingesta de grasa quemada expuesta a la intemperie no podía producir menos.
Nos detuvimos en casa de una amiga en común, la cual era pretendida de Zurita, éste, después de saludar afectuosamente (a la joven y a la madre) y con su humor característico, pidió entre satíricas payasadas, que le permitiera acceder a la sala de comunicaciones, ya que le urgía enviar un fax. La chica acostumbrada a su lenguaje bufo, con una natural y leve sonrisa le invito a pasar al baño.
La madre de la chica, haciendo notar su amplio conocimiento sobre las virtudes curativas de las infusiones, se dirigió a la cocina diligentemente y sin mediar palabra, comenzó la preparación de un brebaje, exhibiendo esa extraña manía que adorna a los seres que menos tienen, en cuidarse unos a los otros como una manada de fieles desposeídos sin más propósitos que librar el silencio de lamentaciones, después de algunos instantes, en que no dejó nunca de oírse el omnipresente percutir de los misteriosos tambores que rugen tras la paredes de la marginalidad, la taza humeante con la pequeña etiqueta del te colgante era ofrecida a Zurita, —quien ya había recuperado la negrura natural en su piel y estaba de vuelta en la modesta sala—La señora, con Sus dos manos extendidas, sostenía una mirada bondadosa sobre la taza con cuidado de no quemarse, pero con cierta autoridad maternal se dirigió a Zurita —¡toma te negro!. A lo que Zurita respondió espontáneamente: —No gracias, no me gusta el tomate negro; lo prefiero rojo.
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Lateral Izquierdo

El hombre, en su errático caminar daba claros signos de incertidumbre, fraccionaba cada paso como intentando corregir su dirección. No vestía como acostumbran los mendigos, su ropa estaba limpia, aunque algo ajada, denotaba quizás un largo viaje sin más equipaje que el que pueden albergar cuatro bolsillos. Su mirada objetaba el cansancio con trémula opacidad. Sintió que la tarde se despedía a sus espaldas y decidió detener su lerdo andar en una taguara de carretera, de esas donde suelen comer los camioneros y viajeros de pocos recursos, se sentó frente al mostrador, pidió agua y café —¿o viceversa?— El dependiente del lugar por un breve momento dudó en atender su demanda, el hombre, como si adivinara el origen de las vacilaciones del empleado, sacó unos billetes de su bolsillo derecho del pantalón —en el bolsillo lateral izquierdo guardaba una daga enfundada en cuero— colocó el dinero sobre el mostrador sin pronunciar palabra alguna, pero con un seco toque sobre la madera, daba a entender que tenía como pagar; al otro lado del mostrador, el muchacho se apostó con algo de parsimonia frente a la vieja máquina Faema. El hombre con los codos apoyados sobre el mostrador miraba sus zapatos, a la vez unía la punta de estos con ansiedad y en forma insistente, hacia muecas con la boca dando impresión de ser portador de una gran angustia, como alguien que se enfrenta a un futuro condicionado por enormes restricciones, sus palabras eran tan escasas como su cordialidad.
Algunos clientes asiduos visitantes del local, intercambiaban frases entre si desde una mesa contigua —hablaban de fútbol— amenizaban su conversación con frecuentes sorbos de cerveza, sin reparar en la presencia de aquel caminante algo taciturno que guardaba una daga (enfundada en cuero) en su bolsillo lateral izquierdo del pantalón. El ritual de preparación del café seguía su acostumbrada rutina con los sonidos característicos que produce el impacto de los pomos porta filtros contra los bordes del misterioso reservorio donde recogen el cipo, los simpáticos clics y soplidos previos al embrujador aroma plañían impíamente en el silencio, silencio quizás añorada por el hombre, a juzgar por su actitud, por esa forma de enunciar a los ojos ajenos estados de ánimo, estigmas de derrota o dolorosos padecimientos.
El alimento preferido del pertinaz prejuicio no es otro que la apariencia exterior. Es entonces cuando irrumpe el dialogo imprescindible para satisfacer dentro de conformidad la petición, — ¿Como quiere el café? Preguntó en tono indiferente y despreocupado el dependiente. El hombre hizo girar su precario asiento a su diestra, acomodó con la mano contraria la daga que portaba en su bolsillo (lateral izquierdo), apoyó su codo derecho con cierta pedantería sobre el mostrador mientras acariciaba su barbilla con los dedos pulgar e índice, sin dejar de agarrar la daga que llevaba en su bolsillo lateral izquierdo exclamó con voz sarcásticamente acentuada —Dámelo igual que yo… Expreso.
El muchacho desprevenido, despachó el café tal como lo sugirió el hombre, sin advertir lo insinuado en el juego de palabras. Café y agua en recipientes plásticos desechables, como el entorno, como los humanos y sus sobrevaloradas almas.
En la mesa contigua los clientes cerveza en mano seguían hablando de futbol sin percatar peligro alguno. El ex convicto se levantó, prosiguió su caminar sin rumbo cierto, con notable torpeza desapareció en la penumbra que brinda la noche incipiente, haciendo uso de una libertad traumada por las punzadas que su daga en algún tiempo, proporcionó manifestando su infamia, en algún cuerpo indefenso de mujer sobre el sector lateral izquierdo.


Ilustración: Fotografía de Dany "Machete" Trejo; ex convicto que ahora es actor y ayuda a jóvenes con problemas de drogas y delincuencia.
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Apología de la Nulidad o Elefante Blanco

Para definir un ente presente y palpable bastaría con tres líneas, en ellas es factible sintetizar impresiones imperfectas o no, de un elevado número de sensaciones, son solo juicios espontáneos basados en comparaciones ejecutadas en presencia de testigos incrustados en las gavetas de nuestra memoria.
Cuando el sujeto en referencia, es de una geometría proporcionalmente voluminosa, la tarea descriptiva debiera mantener su consistencia conceptual, pongamos que hablamos de minaretes y mezquitas: entonces, con un verbo nos ubicamos en un plano perceptivo esencialmente espiritual; las consideraciones sociales pasan desapercibidas. Conforman un simple bloque de masa arquitectónica. Escogemos un ángulo visual de pocos grados, no por conveniencia ni pereza sino, por la ponderación que nuestra discreción le asigna a la fe y no al palco donde esta se expone ni al medio para convocarla.
Lo magno se vislumbra en primera instancia, por la profundidad de inquietudes que despierta, más que por su carga dimensional, la relatividad siempre será un punto de discusión y critica para los que precian morir por inmersión en los mares filosóficos, para nosotros, individuos comunes de pan y arte la grandeza puede significar un universo poético, una trinchera para resistir embates de alta complejidad mal acarreados.
En un mundo plural, es necesarios volcarse repetidamente en el campo de las apreciaciones, para realizar hallazgos por innecesarios que resulten siempre conformaran puntos de nuevos encuentros, verbigracia: que la luz no se puede reflejar en un cuerpo carente de color; como el derecho a dudar es inalienable apelamos al microscopio, para luego afirmar con vítores a favor de una rama de la ciencia que: es un microbio negro; allende las glorias, hay esqueletos cuyo único excedente es la piel, estos atienden prioridades, cuyo contenido ético no consiste en difamar matices ya vilipendiados, dado que el marfil es ya parte del paisaje entonces, lo que precisa para dejar de ser esqueleto seria carne, carne magra y grasa para formar músculos y estos a su vez derivados múltiples orgánicos y diversos con el grado de perfección aproximado de una proteína, de allí que lo captado en el microscopio se llame: cuerpo y al descarnizado esqueleto, —asuntos de perspectivas— lo realmente importante y trascendental es la búsqueda de ese orden que ocurre antes y después del caos, que es el vehículo más expedito para evitar la manipulación de ideas y la abominable propiedad que tienen pueblos y gobernantes de trocar un inofensivo microorganismo incoloro en un elefante blanco.
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El llano

Solo me escucho a mí mismo
Esto es un llano muy extenso
No hay sombra
No hay agua
Serpientes y correcaminos abundan
Y por la noche los coyotes
Solo escuchar mi voz me está enloqueciendo
Tengo sed, las biznagas están secas
La tierra no tiene ni gota de agua
Ya me cansé de escucharme
Aunque camino callado me escucho
Y ya no quiero
El sol no tiene piedad ni parientes
Las nubes aquí no existen
Se nota que hace años que no llueve
Creo que ni Dios se ha de parar por aquí
Otra vez ya estoy hablando
No quiero hablar
Ya no quiero oírme
Allá a lo lejos se ven unos colomitos
Espero tengan suficiente agua
Para olvidarme de mí
Para refrescar mi garganta
Seca y cansada de tanto parlotear
Otra vez ya estoy hablando...
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Poeta Libre

El hombre era poeta y libre, nunca se ganó un peso con la poesía. El hambre lo sorprendió esquivando los meteoritos desprendidos por las nebulosas de una calle en proceso de desintegración, aunque a decir verdad, no lo sorprendió; llegó a consecuencia de un metabolismo fisiológico — además lógico y físico— Tanto viento y tanta (lluvia padecidos y disfrutados) lograron borrar la efigie del prócer impresa en su billete de más alta denominación, el viento, hizo erosión en los dígitos de sus saldos bancarios y la moneda (literalmente), había sufrido tal devaluación que su valor sólo tenía sentido alegórico en la memoria numismática de una nación.
El hombre era poeta y libre, se cobijó bajo la persistente y pródiga sombra agonizante de una tarjeta de crédito, abordó una galería de micro tiendas, de esas que dan sustento y equilibrio a los pragmatismos de teorías económicas sobre el sano optimismo emprendedor, caminó hasta el final, donde un aviso publicitario tras la figura de un hombre trajeado a lo moderno sentenciaba : “ La exquisitez es asunto terrenal” Lo invadió cierta decepción al constatar que aquel lugar era una venta de corbatas y no de comida.
Alguna poderosa logia de poetas express sembraban la ciudad de metáforas inductores al consumo suntuario, era una forma legítima de tapar los agujeros dejados por la ausencia de un romanticismo considerado anacrónico por influyentes congresos de sofistas.
Pero el hombre seguía siendo poeta y libre. No le rendía cuentas al amor, muy pocas veces al estado y era irreverente ante el sistema al cual podía proferir cualquier cuestionamiento, rudo, grandilocuente, sin necesidad de fundamento, y sí se erraba, existía la sabía opción de la disculpa y el noble arrepentimiento; total — errar es de humanos—
Al fin encontró lugar que ocupar junto a otros comensales no tan libres ni tan poetas, tenían el tiempo ajustado al curso de un reloj, el espacio sujeto a un determinado tiempo y el discurso delimitado por la convivencia, la conveniencia , el deber y otras miles de restricciones morales, políticas, religiosas, filosóficas, filantrópicas, musicales y etcétera.
un hombre viejo hacía las veces de mozo, el hombre poeta y libre quiso gritar —¡comida por favor!, se contuvo, en su lugar esperó atención civilizadamente.
Haciendo gala de una acostumbrada y natural manipulación de la cortesía, el viejo que hacía las veces de mozo se acercó y preguntó entre otros rituales protocolares del servicio en restaurantes — ¿qué va a querer el señor?
—Ser poeta y libre, respondió entusiasta nuestro atribulado poeta, cuando en realidad lo que quería decir era: —una sopa de vegetales con fideos.


8/3/2019. Provincia de Buenos Aires.


Ilustración: Gran café , Sabana Grande, Caracas Venezuela 1978.
Imagen tomada del archivo fotográfico digital de Caracas.
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Los trenes

Trenes largos enganchados con recuerdos,
vagones llenos de los sueños de un
niño que ya creció, y que sigue guardando
en sus cajones las memorias de esos convoyes que miró pasar en Salamanca, en Irapuato, o por San Francisco del rincón, que cada que los ve pasar por donde ahora navega, siente la misma
emoción interna, ese asombro por ver llegar con majestuoso andar el ferrocarril, el silbato que rompe el viento, los pensamientos y que regresa a los vivos momentos de esas estaciones vetustas, hinchadas de recuerdos que vieron pasar a villistas, carrancistas y maderistas rumbo a la refriega, allá por los 1910 y tantos, cuando se llevó a cabo la mismita revolución. Tal vez, en otra vida, anduve en la bola, y hoy esa memoria lejana, pero tan conocida por mí, se conecta con esos sucesos, tal como los vagones entre sí, juntos sobre los rieles, rumbo al horizonte donde el sol se mete.

Se aleja el tren, y hay algo que por dentro me grita: "¡¡¡Viva la Revolución!!!"
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El Claustro de la conciencia

Eran días en que la libertad se hacía inapreciable en los ánimos de cualquier hombre. Un microcosmos, de amos y esclavos, cuyos términos medios, eran expresados por debajo de un hipotético amo mayor supra omnisciente, rector del pensamiento de cuanto cuerpo se creyera con espíritu. La voluntad subyugada a los designios de otros sub amos, administradores fallidos del tejido morfológico de las ideas. Una legión de esclavizadores a sueldo, impermeables al razonamiento lógico, entrenados en la segmentación y segregación de la esclavitud en: súper esclavos, vice esclavos, esclavos y micro esclavos, (dentro de la jerarquía de esclavo, existían cuatro niveles: esclavo, esclavo primero, esclavo segundo y esclavo tercero). La función de los ellos en este entramado, era obvia, pues, ser esclavo, a tiempo completo. Para ascender era necesario inventar otras formas de esclavitud, explotar la superstición, manipular con la magia, o transfigurar los efectos de la perversión en un acto virtuoso, (los precursores de este último punto, eran nominados al premio universal de la infamia y alcanzaban el grado de esclavizadores).
La ciencia era manejada por súper esclavos, dedicados meticulosamente a fragmentar la verdad en micronésimas partes hasta debilitar su fuerza, de tal modo que sin la menor discreción, se confundiera con la mentira. Si por alguna razón aprendida, las reflexiones de algún esclavo tenían la osadía de abordar las alas de una identidad diferente a la suscrita, eran derribadas por la metralla. El mismo era estigmatizado con los colores del enemigo útil, necesario para la siembra del odio y la germinación de la guerra, que a su vez ,era imprescindible para el purificador proceso de profilaxia social, que según los súper esclavos, informantes de los sub amos, reducía, notablemente el índice de felonía involuntaria; dado que: la traición a voluntad y con fines materiales, era justificada, siempre y cuando redundara en beneficio del sistema.
Los micro esclavos, constituían el mayor número de individuos en este viciado régimen, se les permitía ver por un solo ojo, y algunos colores estaban suprimidos del medio espectro visual, cada uno debía subsistir con una dosis de aire para respirar (sabiamente racionado) al mes.
Veneraban con estricta devoción al amo mayor, solían desdoblarse en loas durante los actos de culto, los cuales eran de carácter obligatorio, prioritario y consecuente. Eran los responsables de ejecutar los edictos de la muerte; los cuales transmitía el amo mayor, a uno de los sub amos, materializando su omnipresencia en el cuerpo de insignificantes aves voladoras, cuyos cantos, eran traducidos al idioma oficial al pie de la letra gracias, a la sabiduría, que desde hacía tiempo, era lo único que se podía heredar, suprimiendo así, la nociva costumbre de conocimiento por cultivación del intelecto que tanto daño le ha hecho al pueblo y al mismo tiempo, decapita esas odiosas presunciones pequeño burguesa como es la cognición.
Antes de cada actividad de orden fisiológica, era obligatorio (y además necesario) entonar los himnos de gratitud compuestos en honor al amo mayor, quien según los súper esclavos, fue quien popularizo por medio de leyes justas y acertadas una facultad, que antes de él, era solo privilegio de algunas castas.
En medio de la lisonja por lo absurdo, en que aprendieron a vivir los esclavos, algo se calculó mal, o se midió con instrumentos erráticos.
El miedo mutó en inconformidad y la sangre en el ojo autorizado para mirar, obligó, a abrir el otro ojo y ver de frente, al micro esclavos; de frente —literalmente—apuntando armas homicidas, con la “sana” intención de matar: profilácticamente.
Cuando los destellos del fogonazo, por el efecto de reflexión dejaron ver la claridad, sublime y realmente suprema que irradia la libertad, era tarde, la bala ya había penetrado al claustro de su conciencia.
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