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Guerra en Irak, Colombia y Sarajevo

En todos lados
lo que oigo
solo una voz
¿En dónde estoy?
Todo lo que soy
no sé donde estoy
vienen con armas
asesinos y tanques
te meces en una hamaca
los niños nadan
contra la corriente
juegan con granadas
mueren bajo mis pies
dime ¿Es tú canción?
En Siria hay cadáveres
de madres en las calles
¿Quién era Afganistán
cuando murió
mi prometida?
¿Colombia queda
dónde yo estoy?
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Acróstico en soneto para Medellín

Mañana dulce que bajo la bruma
Empieza a brindar sus primeras luces,
De gala se tornan verdes y azules
En un óleo de suma natura.

Las tardes que en ti brillan sin premura,
Languidecen y muy lentamente huyen
Inertes van hacia el ocaso dulce,
Nicte abre sus puertas a toda anchura.

En ti descubrí un cielo sin fronteras,
La libertad de un joven que se esmera
En hacerle frente a cualquier percance

Sublime alhaja de oro sobre un valle,
con un pasado histórico imborrable,
Con todo ese futuro allí, a su vera.
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Historiodrama Colombiano

Volveré al tiempo en que el cabalgar de las bestias era la medida misma del borbotear de las venas.
Aquellos tiempos en que la vida valía el tajar de un machete y una cabeza rodante.
Cuánto miedo, burdo saber sobre la nada.

Al fondo, los complices de la danza de la peinilla, que macabra belleza, cuántas agonizantes victorias se ahogaron en las tripas del carroñero.
Hordas que asolaban hasta el último caserío, gritos de dolor que opacados por el conservatismo o la libertad así pura, salvaje, más violenta que mil aludes a mansalva golpeaban las veinticuatro del Jawaco de pared.

He de volver allí, atado en el suelo forrado de arapos, empapado entre lágrimas y sudor, destinado a arder en mi provincia.
Seré un faro humano y mi cabeza será pateada para el divertimiento de aquellos hombres castigados a hacer justicia y ley.
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3comentarios 88 lecturas prosapoetica karma: 90

Que estalle la paz

Afilemos viejos lápices,
esgrimamos tizas blancas,
unámoslos en barrera de armonías,
detengamos con su fuerza
la agonía de cañones
del hambre de los hombres,
escribamos las palabras
con las que remendar auroras
en ofrenda de las selvas.

Que nos inunde la paz,
volteada como diábolo
en su cuerda,
disparada como flecha
hacia la diana
de los sentimientos libres,
que estalle repentina
la esperanza contundente y absoluta
cuando cese la epopeya
de los duelos,
el combate por el pan
de cada día.

Soñemos
ocho estrellas blancas,
soñemos limpia la bandera
hoy ultrajada por manos negras,
soñemos en la paz,
en la esperanza,
volvernos sobre el mar
como una lanza
cargada de justicia y de prudencia.

Roguemos
por el tiempo en que será
la libertad
con la que abrazar la tierra,
con la que respirar presencias,
en la que dibujar
sin sombras
ni silencios ni cadenas.

De pronto se hará el mañana,
y este tiempo,
inflado de paciencia,
verá crecer los hongos y los setos,
y hasta el río,
guardián de los secretos,
hará remansos,
deteniendo el curso de su llanto.

Asaltados nuestros diques
reventará la paz en mil burbujas,
con cada espina,
en cada esquina,
en tus ventanas,
bajo mis puertas.
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En Cartagena la encontré

Un dolor punzante me agrede la cerviz
la línea vertical se entumece
con una dosis de pastillas
descargo la furia
y mil insomnios registrados
en el puente del olvido me adormecen
soy la roca que se mueve
piensa, respira y sueña. 

Navego por un sórdido mar leñoso
de espeluznantes olas
y un trémulo submarino
de amaneceres arcaicos, antiguos y primitivos
me atrapan y me hacen
dar vueltas y vueltas
hasta caer tendido
en el lodazal de las circunstancias
de las pasiones efervescentes
más repulsivas.


Y me veo en las tabernas
de un puerto marino
del siglo XVII acompañado por acorazados piratas
saqueando tesoros en tierra firme
en la amurallada costa de Cartagena de indias,
hermosa ciudad del caribe mar
ahí nos convertimos en arrebatadores,
en vándalos
y en cazadores furtivos de doncellas
de bellas mantuanas, criollas y morenas.
En estas tierras fortificadas,
actual Colombia, conocí
la joven más preciosa
que jamás mis ojos habían visto.
Y nos embriagamos hasta al amanecer,
en sus brazos me refugié
su boca dulce como la miel
me sustrajo mi apostata proceder
e hicimos el amor no hubo tregua
ni contrarevuelta
ni levantamiento
fue un torbellino
quedé suspendido hasta que levité.

Un leve pestañeo
ya no sincronizo con ese efímero deseo
y vuelvo a sentir latir la cerviz
como un dolor punzante.
Ya es de mañana y el reloj marca las 6
el carro no quiere prender
es lunes y tengo que salir a trabajar
miro el estuche de pastillas
mis manos la toman
y la estrello contra la pared.
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Mudando de piel

Pies descalzos se pasean
divagando en la oscuridad,
aun en medio de la incertidumbre,
temen a lo desconocido,
huyen sin esperar.

Anhelan cambio, evolución.
Anhelan libertad…
Pero ahí están. Pasmados.
Bailando siempre el mismo ritmo,
perdiéndose en la nimiedad.

¡Tortuosa monotonía!
Me obligás a retroceder,
el cuerpo suplica mudar,
enredarse en una nueva piel.

Las alas dubitativas
se mecen en un vaivén.
Confusas, se asoman al vacío,
meditando el precio por arriesgarse,
las razones que implican ceder.

Ceder. Ceder y soltarse,
fluir cual riachuelo.
Arremeter contra la jaula,
Y escapar de las amargas cadenas,
que atentaron vilmente contra su libertad.

El miedo ata,
la rutina castiga.
Y, aun así, el deseo innato por el cambio,
sigue ileso.
Aunque el pasado se asome débilmente.

Los pies ahora, caminan orientados,
danzan al son de una melodía insólita.
Las alas se despliegan, firmes y sublimes,
ansiosas por lo que ha de venir,
dispuestas a lo que se aproxime.
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El paraíso del diablo

Sonaba a heliconias trenzando un embrujo,

a pétalos cocidos con el vaho de una cascada.

Y lo demás era sorda luz perpetua,

olor perenne a ritmos florales.

Y nada más que la flauta dulce de la eternidad

acariciando los senos de la tierra.

Y siempre embriagado el voladizo momento

con el elixir melífero de la savia amazónica.

Y nadie al despertar sin el cálido beso

del cielo luminoso que no decaía.

Y todo bajo la sombra del ramaje inmortal

donde las almas saciaban placeres.

Y doquier el pestañeo del río de los frutos

envuelto en collares de chaquiras cristalinas.

Y así el anciano tierno brotar de la vida

parecía irrigar con oro el jardín del Putumayo.


—¿Y por qué lloraba oscuro el paraíso?


Bueno el día sabía a mieles,

pero las lágrimas eran negras.

Lo decía el callado verde

y el himen roto de la tierra.

Los perros mordían la selva

y perforaban ciegos su alma.

Sus heridas sangraban pena,

su angustia fluía entubada.

Así brotaba crudo el llanto

y gemían huecos los pozos.

Nomás fluía negro el manto,

viudo yacimiento de emporio.

La fiebre sedaba a animales

y lo sabían bien sus dueños.

Bombeaban sueños fugaces,

secaban tesoros eternos.

Porque el cielo olía a fango,

el edén yacía podrido.

Porque se destilaba diablo,

lloraba oscuro el paraíso.
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El silencio de la mina

Al beso del sol
manaba el hormigueo,
lodoso y dócil,
de cabezas gachas,
adorando sus sombras,
atrás la noche de mancebías,
despertar errante,
la montaña delante,
penetrada, sometida,
venenosa herida
de labrantío, de esmeraldas...

—¡Silencio!

En fila india,
pesarosa, lenta,
desfilaban los hombres,
achacosos hijastros del sol,
hacia el puñado de tierra,
maldecido, bendecida,
por donde se deslizaba su vida,
oscura sí,
hasta que una noche,
triste sí,
brillasen las estrellas verdes...

—¡Silencio!

Esmeradamente,
al avance,
uno a uno,
huaqueros de la quebrada,
miserables, fatigada,
por la garganta profunda,
cebaban a la tierra madre,
empachaban sus entrañas,
picos, barras, pólvora,
roca, polvo, agua,
vetas de chispas...

—¡Silencio!

Al calor intestinal,
asfixia y ceguera,
por el deleznable socavón,
en el opaco averno,
ya presto el matricidio,
escarbaban, hurgaban
los muros negros,
las tripas blancas,
esos malhadados,
ilusos cazadores
de lágrimas de Fura...

—¡Silencio!

Hambreaba el aire,
olía a vergel,
a puñaladas,
piedra a piedra,
en sudores y jadeos,
los mineros boyacenses
echaban la pala,
al anhelo del cielo,
embejucados, ofuscados
por el brillante señuelo
con pedazos de marmaja...

—¡Silencio!

En el jardín de hierro,
un grito, luminoso,
un paso, endiablado,
un último zapateado,
la tierra en remolino,
el estruendo y el humo,
un torbellino de roca,
un derrumbe afilado,
un cuerpo sepultado,
un puño cerrado en alto
y el cristal verdoso parpadeando...

¡Silencio! —dijo la montaña.
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El Colombiario (Amor chocoano)

Enfrascada la lluvia,
descaperuzado el bosque,
emperchado el árbol,
rociada la tierra,
herida la marimba,
desflorado el currulao,
ya reman
ya reman
ya reman
desnudos los cuerpos
negros.
Dos péndulos
enramados por el vaivén,
el repique hechizado,
ya reman
ya reman
ya reman.
Y mordió el borojó
y besó el jugo
y chocó el soplo
y trepó la yedra
y tibió el ardor
y alcanzó un grito:

—¡Ay Dios mío!
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