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Excusas

Supongo
que estar enredada
lo hace todo
más fácil
Ser carcelera y presa
puede tener sus ventajas

La culpabilidad
siempre asoma,
pero es fácil
elevar las vallas
poner alambre
y cavar una fosa

Aunque no hay nada
como las excusas
No hay nada
más imparable
que una idea
No puedes tocarla
No te puedes cortar
ni caer en ella

Se deslizan
entre toda la mierda
y te envuelven
convirtiéndose
en manto y almohada

No hay nada más cómodo
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Anhelo de imperfección

Beso tu boca quieta
sin atreverme a preguntar
qué es lo que escondes tras tu mirada
o cuan grande es el abandono
que sientes bajo tu sonrisa fingida.

Sé que te gustaría recorrer mis pensamientos,
convertirte en exploradora de ese terreno desconocido
y, sin embargo, tan vasto que te haría perder la cabeza.

A veces tengo la sensación de que mi dolor te duele a ti más que a mí.
Yo lo escondo, en un mundo inventado que ya no existe.
Y sólo siento tu dolor constante.
Y no sé si quiero que escapes o escapar.

Pero no puedo; nos une una leyenda:
aquella del hilo rojo
que nos ha unido incluso desde antes de nacer.
Y, aún así, sé que si aquello que nos ata llegara a quebrarse,
yo seguiría fingiendo que sigo atado a ti.

Porque con mis secretos cercanos al suicidio
y mi melodía incompleta,
sólo a ti me entrego.

Es como una pieza de Jazz,
donde todos los elementos parecen moverse sin control
y, sin embargo, hay un ritmo latente,
que se rige por los latidos de nuestros corazones.

No lo dudes: Soy tormenta, caos,
contradicción, adicciones y oscuridad.
Vivo en un mundo paralelo
regido por las reglas nacidas de la destrucción.

Y tú, el Big Bang, que lo remueve todo y le otorga un sentido,
el animal que lame mis heridas cuando no puedo caminar,
los abrazos que calman mi dolor constante
y los besos que saben a chocolate.

Un camino a la perfección,
un anhelo de imperfección constante pero dulce
como un narcótico que, de repente, falla en sus efectos
y me saca del sueño para recordar
que lo que tenemos aquí es lo único realmente importante.

Y es entonces cuando pienso en mandar a la mierda
a toda esta literatura enganchada a la soledad,
la desesperación y el narcótico sabor de la eutanasia.

Y te leo como el libro lleno de páginas subrayadas,
De frases magníficas que nunca me canso de leer.

Y se detiene la tormenta, llega el verano,
y tus sombras iluminan las mías.

Te necesito tanto como necesito tu boca moviéndose
con la mía en pasos de baile perfectamente coordinados.

Te necesito tanto, tanto, como para pasarme la eternidad
obsesionado con los secretos que esconde tu mirada.
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Ciudad

Ciudad

Pasé la tarde paseando, punta a punta, la ciudad.
Memorizando todos y cada uno de sus recovecos.
Volviendo a visitar todos aquellos lugares
en los que pensé que estarías
si algún día llegaras a desaparecer.

Pensé que, a pesar de todo, aquella
no era una ciudad tan diferente a las demás.
Estaba gobernada por el hombre blanco,
aunque hubieran personas de todas las razas
sentadas en bancos, compartiendo las mismas
preocupaciones, viendo las mismas películas y
escuchando la misma música, hablando
miles de idiomas, todos ellos medios incompletos
de comunicación de los que hace tiempo he desconectado.

Y recorriendo la ciudad, de punta a puta,
vaciando los lugares en los que deberías estar,
cada vez más borracho, cada vez más ansioso,
más sólo, llenando mi mente de recuerdos tristes
y culpándome una y otra vez, por no haberme
alejado de ti cuando aún estaba a tiempo,
cuando era consciente de que estaba viviendo
los momentos más felices de mi vida,
que ya no volverían
y que algún día los echaría de menos

Sin embargo, aquel día, la escena, el parque,
el cielo con su tono rojizo envuelto en nubes
que todas juntas parecían formar un remolino,
era precioso, como las luces en la noche
haciendo sombra para esconder los besos
de dos enamorados decididos por una vez
a volver a actuar como si fueran adolescentes.

Entonces aquel olor a tierra antes de la tormenta
vino para quedarse. Es ése olor, ya sabes,
el que siempre me recuerda a ti. Por eso,
pensé que, si venía el temporal, dejaría
que mi cuerpo se empapase de lluvia
y que quizá el viento fuera lo suficientemente
fuerte para levantarme del suelo y colocarme
en el medio del huracán y convertirme así
en la tempestad que explotaba en mi interior.
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Las luces de Bilbao

Tus palabras se colaron en mi cerebro
y fueron huevos de araña
que se escondieron bajo mi piel.

Mi odio fue alimentándolos
y, hoy, esos pequeños animales
han prometido nunca abandonarme.

Y yo no puedo negarme,
confieso
que echaría de menos
el dolor de tantas picaduras.

A veces su ataque
es tan intenso
que me dejan la piel
en carne vida.

Y recuerdo tu carta
y aquella fría tarde de invierno
en la que la recibí.
Recuerdo la impotencia
de no saber qué hacer
o de saberlo perfectamente
pero no poder hacerlo.

Y Bilbao permanecía impasible,
estirando las luces
de los coches en movimiento
y, recordándonos su oscuridad,
con su lluvia
y la falsa luz cálida de sus farolas.

Y en el puente de Euskalduna
destrocé el papel en mil pedazos,
como era tu deseo.
Y nunca jamás hemos vuelto a hablar del tema-

Quise perdonarte, a veces,
que todo volviera a teñirse de luz entre nosotros
pero no pude hacerlo.

Como si nuestra amistad se hubiera visto
ultrajada por tan maña injusticia.
Como si las víctimas fuesen culpables
de tratar de seguir adelante.
Sea de la manera que sea.

Con el tiempo,
dejé la oscuridad de Bilbao
para recalar en un Madrid que nunca duerme.
Allí me convertí en otra persona,
alejándome de todo,
dejándome únicamente llevar
por las curativas propiedades del veneno.

Sin buscar remedio a mi pena,
sin quererlo,
sólo ahondar en el dolor.

Dime: ¿Cómo puedo perdonarte
si mi mente me repite constantemente
que tengo que hacerlo?
Si son emociones lo que siento,
contrarias a toda racionalidad,
enemigas del silencio.

Quizá ahora seamos más viejos,
menos sinceros
y menos necesitados de esperanza.
Quizá ahora podría dejar de lado
el pasado, centrarme en todo
lo que me gustaba de ti.

Pero soy incapaz de hacerlo.
Porque los dos fuimos víctimas
de una violencia injustificada.
Y, aunque no es verdad,
a veces pienso que fui yo
el pagó el precio por los dos.
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1comentarios 132 lecturas versolibre karma: 59

Ébano, la hipérbole de mi oscuridad

Vengo a hablaros de dolor y venganza.
De cuando disfrutamos con ello,
culpando a los demás
de la existencia de esa oscuridad
que hay en nuestro interior.

Vengo a hablaros de errores que me rompen en mil pedazos
de personas inocentes que me sacan de quicio,
que hace aflorar lo peor que hay en mí.

De que por mucho que les quiera
no puedo evitar echarles la culpa
de haber perdido los nervios y haber metido la pata.

Vengo a hablaros desde mi deseo hundido
de ser la persona que me imaginaba que era.
Desde la culpa y las excusas
con las que trato de convencerme
de que no son tan graves mis pecados.

De todas esas imágenes que hay en mi mente,
de irme a por tabaco,
de dejarlo todo atrás,
escapar,
estar solo,
no querer a nadie.
No tener a nadie a quien hacer daño.

Y, en mis noches silenciosas,
ya os lo dije,
me consumo igual que el cigarrillo entre mis dedos.
Valorando todo lo que he hecho mal,
pensando por qué esta vez he vuelto a fallar
cuando creía que lo tenía controlado.
Y bebo,
bebo demasiado alcohol para tratar de apagarme
y sólo quema mis entrañas
y me hace dormir.
Acabando de paso con mis neuronas,
una a una,
para no tener que darme cuenta
de que me he convertido en un despojo,
en un monstruo,
quizá en la pesadilla de un niño
que sólo me perdone por el miedo al abandono.

Y camino hacia la noche,
y cuando cierro los ojos todo da vueltas,
y sólo pienso en desaparecer en aquella espiral
junto a todo el odio que llevo dentro.

Señor, dame fuerzas para asumir todo lo que no puedo cambiar.
Señor, dame fuerzas para creer en ti,
Y no pensar que,
como todos los demás,
sólo eres otra excusa
sobre la que descargar la culpa
de todos mis pecados.
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Perdido en el corazón del miedo

He pintado las farolas con el color del fin del verano
Y, por un momento, vislumbré un futuro precioso.
Un lugar en el que abandonaba todas las preguntas sin respuesta,
las noches sin dormir, la esperada desesperación
y el silencio tras el muro que me separa de la realidad.

Soñé que saltaba al infinito y una nube paraba mi caída,
y, desde ahí, tampoco era capaz de resolver
todas las respuestas inconclusas que me atormentan,
pero sí podía, sin embargo, dejarme embargar
por toda aquella belleza y llorar hasta quedar exhausto
expulsar de mí todos los sucios caminos de mi historia.

Pensé entonces que llegaría el día en que podríamos comunicarnos
tú podrías preguntar sobre la complejidad de mi interior
y yo contestarte de una manera inteligible.
Pero estoy perdido en el corazón del miedo
y, cuando intentas ayudarme a buscar una salida
siento la gratitud de un animal herido y acorralado,
paralizado, que no sabe cómo luchar,
ni siquiera si le queda una última esperanza.

Pero, de repente, me acerco a ti, me tumbo
dejo que me toques, que acaricies mi cabello
y entiendo entonces que las bestias que me acorralaban
sólo están en mi interior y se alimentan de mis recuerdos.

Y, te digo, que si no me veo capaz de afrontarlas
no es por el miedo que ellas me producen
sino porque siempre han estado ahí acompañándome
haciéndome saber que nada ni nadie nunca podría hacerme más daño
y así siempre tendría un lugar en mi interior en el que refugiarme
donde, por muy mal que me fueran las cosas,
no podrían provocarme más dolor del que ya sentía.

Y, ahora que apuntan a mí todos los focos,
que siento que el miedo en los demás
no es el miedo a que les haga daño
sino a que me lo haga a mí,

Quizá ha llegado el momento de dar un paso adelante
y se impone a todo un miedo mayor y una pregunta sin respuesta,
pues, si me animo a avanzar ¿qué quedará de mí?
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Cicatrices

He pintado las farolas con los claroscuros del final del verano
y, enfrentado a ese cruce de caminos me detengo,
sin saber muy bien qué dirección he de tomar.

Son infinitos los recovecos en el corazón del miedo,
igual que las cicatrices que provocan sin remedio
en ese abismo profundo en el que habitan nuestros recuerdos.

El cerebro se llena de sangre y bilis,
me duele la cabeza
intentando recordar o recordando demasiado,
hasta que salgo de mí mismo
para tumbarme sobre la hierba,
alargar el brazo e imaginar
que puedo tocar las hojas de los árboles.

Observar como crecen las flores que algún día alguien arrancará
mientras todos aquellos niños, ajenos a la tragecia, juegan en los columpios
y yo sueño con convertirme en su guardián, el guardián del parque.
La persona que, cuando uno de ellos se caiga o se dé un golpe.
está ahí para recogerlos del suelo y recordarles que las heridas se curan.

Tú trajiste contigo ya tus propias cicatrices
Y yo, siendo tu guardián,
sé por experiencia que siempre estarán ahí.

Y tengo que protegerte sin confesarte
que no sé cómo hacerlo,
porque ya estaba perdido mucho antes de que llegaras.

Y me dicen que, para poder cuidarte,
debo aprender a cuidar de mí.
Y, es difícil, porque hasta ahora
nunca me vi en la necesidad de hacerlo,
porque me he perdido en ese bosque encantado
en el que no hay hadas ni duendes
sólo un rencor y una autocompasión
basadas en el falso sentido inmutable de las cosas.

Y, ahora, vuelvo a recordar de nuevo la luz del final del verano
los días largos, las noches eternas y las fiestas de los pueblos.
Esa época que esperas que no termine nunca
al tiempo que sabes que lo va a hacer,
concediéndote la oportunidad de empezar otro año
que dedicar a cicatrizar todas las heridas todavía abiertas.
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Noche sin sueño de luna creciente

La sensación de no merecer me persigue
en esta noche sin sueño de luna creciente
en la que todos a la vez os aparecéis
en todos los rincones
para convencerme
de que sí hay una luz
al final del túnel.

Y yo, ni me lo creo,
ni me lo dejo de creer.
Prometo luchar a veces
y otras suelto una diatriba
sobre las ventajas de quedarme aquí,
quieto,
en concordancia con la línea
de la compasión y la destrucción.

Y eso es lo que estoy haciendo aquí,
en esta habitación de hotel.
Rodeado de pastillas,
Valorando la necesidad de llegar al fin de la noche
y cuestionándome la posibilidad
de quitarme de encima toda esta suciedad
que tanto contrasta con pulcritud y la impersonalidad
de estos muebles que me rodean.

Me gustaría gritar,
romper en mil pedazos los espejos,
todos los cristales de esta habitación,
sólo para evitar ese reflejo
donde me miro y veo algo muy distinto
a la persona que siempre me hubiera gustado ser.

Y sopeso la posibilidad de no salir nunca de aquí,
de no volver a ver de nuevo un amanecer.
Y fumo un cigarrillo tras otro
pensando en lo cerca y lo lejos que estáis
y lo poco que os dejo verme realmente.

Y pienso no merecer saber
que me recibiríais con los brazos abiertos,
porque por más que lo intente
no consigo explicároslo
nunca entenderéis que no soy más que la sombra de una mentira,
que hay pecados que llevo tatuados en tinta invisible,
pegados a mi piel,
ocultos para vosotros
que no tenéis presente el dolor
que sufrí al profanar mi piel con aquellas agujas,
ni que ahora me paraliza la vergüenza de mi desnudez
y el alcance del daño provocado.

Dónde estoy,
muy lejos de mí,
dentro del espejo,
como Alicia en el país de los desquiciados,
junto a ese conejo
que me susurra al oído
que si pude seguir el camino para llegar aquí
debería poder recordar también el de vuelta.

Quizá tomándome todas estas pastillas de golpe
lo pueda encontrar.

Pero algo ocurre o ya ocurría,
de repente, el humo del tabaco,
que cubre ya toda esta habitación
se va tiñendo con los rayos de sol
que entran entre las rendijas de las persianas.

Y, por fin, abro todas las ventanas,
dejo que salga todo el veneno
y decido, otra vez, intentarlo un nuevo día.

Y, desde el último piso de este gran hotel,
Imagino que puedo volar
y vosotras hacerlo conmigo.
Volar hacia delante, hacia un futuro
que, aunque sea incierto,
sigue siendo futuro al fin y al cabo.
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Al otro lado

Entre la vigilia y el verso,
imágenes de viejos vídeos domésticos
se proyectan en nuestras paredes blancas.
El humo las acaricia,
es un ser extraño que invade la habitación,
se mueve como una serpiente
y, entonces, todo brilla a mi alrededor.

Estuve a punto de perderme en un sueño,
en el que tocaba las nubes
y no eran más que tu pecho de algodón.
Sentía calor a tu lado,
en tu mirada llena de orgullo en los paisajes.
Ahora tengo frío cuando estás a mi lado.

Soy un témpano de hielo,
atrapado en este lado
pienso en cómo volver,
atravesar la pared,
para volver a estar contigo.

Y me pierdo en la idea
de que, cuando todo está mejor
siempre me las arreglo para que vuelva a peor.
Al otro lado, en la otra orilla, sólo yo era consciente,
ahora lo sabemos los dos
y ningunos de los dos tiene la certeza
de que me cojas de la mano
cuando vuelva a caer.
¿Merecería la pena?

Vacío de sonido que puebla nuestros recuerdos,
han perdido todo el sentido a base de promesas incumplidas,
decepciones constantes que oscurecen tu rostro iluminado.
Era lo único que me quedaba
y, ahora, solamente una buena razón para saltar al vacío.

Y no te pregunto dónde estás,
porque tengo claro que soy yo el que no estoy.
Te veo parada frente al quiosco del parque.
Sé que me esperas a mí no
Sino a la persona que era
antes de romper todos nuestros juramentos.

Todas esos fotogramas (recuerdos)
donde todo es resplandeciente,
como ese cielo iluminado,
rosa y naranja al anochecer.
Podíamos tocarlo con la punta de los dedos.
Podríamos rasparlo con nuestras uñas,
romper la pared,
viajar a las estrellas,
donde ya nada importe
y nuestros cuerpos no sean más
que una excusa para pasarlo bien.

Creí que el amor bastaba
para estar al otro lado
pero, perdido entre la culpabilidad y el espanto,
por mucho que mi mente trate de desligarme de mis errores
entiendo finalmente
que aquel que estaba al otro lado no soy yo.

Abro la ventana,
todo el humo sale de la habitación ordenadamente.
Con él los colores, ahora todo es gris.
Me vence el deseo de soñar.
Despedirme.
Perdona que no pueda prometerte
que volveremos a vernos en la otra orilla.
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