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Somos parte del dolor que tratamos de olvidar

Subí a mi cuarto y me tumbé en la cama. Quería dormir, descansar un poco. Desde hace meses, por momentos, el corazón me duele cuando palpita y, a veces, golpea. Tomé una almohada, la estrujé, hundí mi cara en ella y cerré los ojos. En unos cuantos minutos se humedeció y, entre sollozos moquientos, recé y pronuncié el nombre de Alma. Suspiré. Abrí los ojos y me quedé mirando la leve capa de polvo que cubría el suelo. Un trueno estremeció los vidrios de la ventana. En un instante se fueron marcando unos pasos. Asustado me levanté y traté de correr. Alguien me abrazó fuerte y dijo: “Amarte es una bendición, no un castigo; libertad, no una prisión. Ama y déjate amar. Te amo”. Un ligero aroma a nardos y rosas se quedó en el cuarto. Crujió mi pecho. Un fresco hálito entró en él, y junto con una cálida caricia me arrancó una costra invisible del corazón. Sin limpiarme las lágrimas me acerqué al mueble donde tengo su fotografía. Le di las gracias.

Alma era una amiga que tuve en la adolescencia, y a quien yo apreciaba demasiado. A ella la encontró una bala perdida, cuando tenía quince años.
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Quédate conmigo

De una sonrisa a una lágrima, paso los días desde que me corte un mechón de cabello para ponerlo en tu corazón junto con una rosa roja. A veces es frustrante despertar con el alma alegre, sabiéndote ausente. Recordar los momentos interesantes en que mostré valentía, para trasmitirte seguridad, me ayudan a luchar con el monstruo de encías sangrantes que a diario quiere devorarme cabeza y entrañas. En ocasiones intenta desgarrarme en silencio; y otras, gruñendo, decapitarme. No importa si estoy solo o acompañado, siempre está al acecho. Hoy, por ejemplo, mientras estaba con Nina en el cine, aprovechó que cerré los ojos y la abracé: me agarró del cuello con sus garras. No podía respirar. Nina me sujetó fuerte de la mano, antes de irme de boca contra las butacas de enfrente, y gritó mi nombre y yo el tuyo: ¡Aldo! Entre la penumbra vi tu sombra y escuché que me dijiste: “Si la vida te grita, grítale más fuerte. Ámala. Te amas para enseñarte a amar.” Fruncí el ceño y apreté la mandíbula y los puños, y le golpeé iracundo las costillas y luego el hocico. Nina suspiró y me dio un beso. Tu luz me colma, susurramos.
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Duele

Duele saberte ahí y no buscarte,
duele saber que puedes vivir sin besarme,
duele tenerte al alcance de mis brazos y no poder abrazarte

Duele mirarte a lo lejos y sentir como recorre la emoción por mi cuerpo,
duele amar tanto que al pecho le duele,
duele sentir que aunque andes solo por ahí, sin rumbo fijo, en mi cuerpo tienes piel y sentimientos hechos a tú medida.

Duele sonreír cuando tú eras la razón de mi sonrisa, duele sentir que no quedan ganas de cantar, pues todas las canciones me hablan de ti.

Duele esconderme detrás de mucha gente, para que no me veas que te sigo sin que lo sepas.

Duele saber que no te tengo a mi lado y no se como explicarle al corazón, pues el no entiende esto de la lejanía cuando para el tú eres la razón de su latir.

Duele seguir amándote en cada madrugada, y fingir que la vida sigue cada que me preguntan por ti.

Duele tener que abrazarme y saborear mis labios, cerrando mis ojos para dormir sintiéndote junto a mi.

Duele y no sé ¿cuánto tiempo más? porque tú te fuiste, pero tú esencia sabe que aún te necesito y decidió quedarse y acompañarme hasta que me olvide de ti.

Las letras de mi alma
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El trino del Diablo

De la frialdad de la celda de castigo aprendí a olvidar las expectativas; y de la calidez de un día de verano en el parque, a valorar la realidad. Ojalá hubiera entendido antes las palabras de mi padre. Ojalá hubiera aprendido antes las lecciones de mi madre. Sin disciplina el talento es sordo. Mi padre me decía que el talento no basta sin práctica. Mi madre me enseñaba a tocar el violín todas las noches. A los doce años ya sabía lo básico. Me emocionaba ver la sonrisa de mi padre y de mi madre, era como percibir un tercer sonido. Ojalá que todas las variaciones de nuestra vida fueran armoniosas. A los dieciocho, encontré a Lucef en las jardineras afuera del edificio donde vivíamos.

—¡Hey! ¿Qué pasa, Giusepp? Te noto irritado —dijo encendiendo un cigarro—. Venga, relájate.

—Otra vez mis viejos —dije extendiendo mi mano para tomar el cigarro—. Insisten e insisten en que practique más de tres horas al día. ¡Pero vaya que son molestos! Sé que puedo tocar con maestría la pieza que me pongan.

Lucef se carcajeó acostándose en la jardinera.

—Mira, Giusepp, iré contigo sin rodeos —dijo con un tono fuerte de voz, mientras exhalaba una gran bocanada de humo—. Tengo un negocio que nos dejará forrados y te podrás librar de tus molestias y vivir tranquilo por mucho tiempo. Igual hasta a tus viejos los podrás ayudar a comprar una casa y dejar este muladar. Piénsalo: no más lecciones, no más palabras. Libertad a bajo costo y con gran ganancia.

En mi mente se formaron en allegro imágenes de lujos y comodidad, cuando oí la cantidad que obtendría. A veces el mínimo esfuerzo corrompe. Acepté sin titubear.

Entré al apartamento, mi padre estaba sentado en el sillón escuchando Concierto para violín, cuerdas y bajo continuo en La mayor D.96, de Tartini. Mi madre salió de la cocina.

—Esta noche estás libre —dijo acercándose a mí, para abrazarme—. Te quiero, hijo, cada día lo haces mejor. Pronto podrás encantar a un gran público.

Correspondí indiferente al gesto y me fui a mi cuarto.

A las cuatro de la mañana cerré sigiloso la puerta del apartamento. Me puse los audífonos para tranquilizarme. Sonata violín no. 17 Andante cantábile, de Tartini, sonó en mis oídos. En movimiento lento me encaminé al lugar de la cita.

—¡Eh, Guisepp! Me alegra que hayas decidido —dijo Lucef antes de tirar la colilla de su cigarro y pisarla—. ¡Venga! Vámonos, esto apremia.

Llegamos a un parque a dos horas de nuestro barrio. Ahí lo estaban esperando dos tipos altos. Nos acercamos. Lusef se quitó la mochila que negra que traía en el hombro. Se las entregó en minueto. Nos encañonaron. Se oyeron sirenas. Luego disparos. Caímos. Gritos. Luces azules y rojas. Sangre desparramándose en el suelo. De fondo Sonata para violín y bajo continuo nº 17. Allegro, de Tartini.

Vi llorar a mi padre y a mi madre. Lo oí suplicar libertad. La música salva del deterioro. Durante mi estancia en cárcel, siempre que podía, reproducía en mi mente cada obra que me había enseñado mi madre. Pronto conseguí un violín. Los días pasaban en un nuevo allegro. Ojalá nunca se rompiera la armonía.

Faltaba tres semanas para cumplir mí condena. Caminaba hacia mi celda. Los rumores son una cuerda rota, surgen en el momento menos indicado. Era mi vida o la del otro. Se rompió mi violín.

Nos trasladaron al hospital. Fueron más años para mí, duros años. Mi padre me decía que la paciencia, unida a la perseverancia, da valor. Después de algunos meses conseguí un nuevo violín. Practiqué y practiqué, como lo hacía con mi madre, cada vez con más ahínco; tanto que el director me propuso que diera una presentación en el auditorio principal. El empeño, recompensa.

Cuando íbamos de regreso a casa mi padre puso en el autoestéreo Concierto Bucólico para violín, cuerdas y bajo continuo en Re mayor, de Tartini.

—Me alegra que estés con nosotros, hijo —dijo mi madre sonriendo en allegro—. La vida está llena de movimientos inesperados, por eso hay que ser constante en lo que destacas. En cada nota aparece algo desconocido.

Bajamos del auto, Lucef esperaba afuera del edificio. Les dije a madre y a mi padre que se adelantaran. Tenía cosas que arreglar.

—Tiempo sin verte, Giusepp —dijo encendiendo un cigarrillo—. Tengo algo para ti, pero tendrás que acompañarme.

Lucef tenía las venas de sus ojos inflamadas, enrojecidas. Me negué con firmeza. Lucef insistió con voz agresiva y ronca.

—¡Vete a la mierda! —le dije dándole la espalda—. La facilidad es tentadora, y en su minuet arropa, pero su nuevo allegro es efímero.

Se carcajeó.

Entré al edificio. Mareado caí de las escaleras.

Ahora cuadripléjico, en el parque escucho lo que pude tocar. La arrogancia traiciona.
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Voluntad alada

Cada día le parece más extraño que sus padres no atiendan a su llamado. Apenas tiene unas cuantas sobras de alimento. Lo último que le dejó su padre fue un murciélago; su madre, una pequeña rata. Vive en una copa de uno de los árboles más grandes de los bosques húmedos de Borneo. Tiene un año y el mismo tamaño que su padre y que su madre. La necesidad posibilita la madurez, el vuelo. La caída de setenta metros sería fatal. Todas las mañanas salta, aletea, a pesar de la lluvia y los fuertes vientos. Se sostiene de las ramas con sus garras. Salto, agarre; así es su rutina. A veces tiembla; otras, chilla. El momento de abandonar el nido llega. El viento sopla tranquilo. El sol resplandece. Salta. Aletea. Por un momento queda suspendida en el aire. Se sostiene. Debe intentarlo otra vez, el miedo puede matar de hambre. Se lanza hacia al vacío. Planea. Una ráfaga la levanta. Titubea. Regresa al árbol más cercano que encuentra. Se agarra. Grita. Su corazón palpita rápido. Duda. Lo intenta de nuevo. El águila azor de Wallace extiende sus alas. Vuela en círculos. Pronto encontrará hogar, formará familia; ha visto una presa.
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Vete

Vete.
Deja de oprimirme la garganta con tus firmes garras.
Deja que respire, por favor.
Me estás ahogando.
Las lágrimas caen por mi costado
y mientras me mezo sobre la toalla
el mundo entero se me viene abajo.
Y las estrellas dejan de bailar,
y la luna gime
porque el sol la maltrata
y la hace salir todas las noches
con su vestido de gala.

Vete.
Hace mucho tiempo que no pensaba en ti.
Y no quiero hacerlo.
Olvídate que existo, como me hiciste olvidarles.
Como me hiciste olvidarme.
Igual que me has robado la existencia;
róbate de ti mismo el alma
y vuelve con las manos desangradas
y pidiendo auxilio.

Vete.
Deja de acercarte.
En tu mano tienes un cuchillo y en la otra, palabras.
Y no sé cuál de las dos me duele más.
Por favor, vete.
Que por tu culpa no puedo ver más allá
de estas cuatro paredes de lodo
y ceniza.
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Justicia sin justicia

Me llamé Alexander,
Tenía 16 años de edad
Era jugador profesional de tercera división
Era un joven de casa, sin vicios, ni problemas
Tenía, sueños, metas y ambiciones
Todas limpias.
Era un joven inocente, sin malicia
Un día iba por la calle con mis amigos
Y una “autoridad” de mi país me disparó
Me arrebató la vida,
No tenía justificación,
No estaba cometiendo ningún delito,
No tenía antecedentes penales.
Pero el mal manejó del poder,
La ignorancia y desconocimiento
Lo llevó a quitarme la vida.
Ninguna autoridad en mi Estado ha respondido
Los medios de comunicación se hacen sordos
Mi pueblo está gritando por justicia
Porque hoy me tocó a mí,
Pero y después?
Puede ser un niño, un señor, una mujer
Cualquiera está en peligro en manos de estos.
Oaxaca, México era mi lugar
El único delito que cometí fue soñar en grande
Y si eso pasa entonces todos seremos condenados a ser muy poquito?
Yo sólo quería salir adelante, darle algo bien a mi familia, hoy muchos lloran mi partida.
Y no sólo he sido yo,
Miles de jóvenes asesinados sin razón alguna.
México llora sangre, la bandera se pinta más de rojo, que blanco y verde.
No hay justicia, no hay libertad,
¡NO HAY NADA!
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Humanidad sin corona

Cantan las sirenas de noche y de día, ¿Quién podrá resonar sus tambores en plena avenida?,

algo tan pequeño ata ciudades, les pone cadenas, sí...y también grilletes ¿Donde está todo el dinero del mundo, y donde sus jinetes?,

ya no hay cárceles para unos pocos, lo que no hay es libertad, pues ha sido condicionada por algo tan pequeño, sí...¡así es! y que miles de vidas puede quitar,

ya nadie abraza, ni saluda a sus seres amados, pués como pájaros inocentes viven cada uno encarcelados,
¿dime ahora que se siente ahora estar encarcelado?

¡Ay humanidad!, que pequeña eres, te jactas de superioridad,
te doblega algo tan diminuto y tu grandeza, pobre humano, ¡y tu grandeza! ¿Donde Está?

Que el virus es nuevo, ¡No señor! siempre ha existido, pero se ofende por todo.
en vez de vivir en casas, ese virus debería vivir en el lodo,

no hace falta ver noticias para saber quién destruye a quién, sal de tu casa, mira al suelo y sentirás el desdén,

¡ego!, ¡orgullo!, ¡vanagloria!, que alguien le siga añadiendo sinónimos a la palabra humanidad.
Que con los que yo diría, me daría una eternidad,

¿esperando cura?.
Pero...Si en toda la existencia, la naturaleza contigo no ha tenido una,

para que tener uso de razón, si sólo aire contaminado creas y vives en perdición,

¡sí! basura por doquier por toda la ciudad, mejor ¡Quédate en casa! y no salgas nunca más,

para poder terminar este poema solamente puedo decir:
Creo que llegó tu condena humano, pués como tu mismo dices...
¡De algo se debe morir!
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Sombras en vuelo

La madre lleva a su hijito al teleférico. Es el año de 1969. Frente a la gran multitud reunida para la inauguración, el niño llora descontrolado. Entonces, la madre le dice:

—¡Si no te callas no veremos a tu padre!

Ella se da cuenta de que el niño extraña a su padre. Ella sabe que son 2.457 metros los que podrían separarlos. Sin embargo, ante la presión del llanto, saca un chocolate de su bolsa y se lo da. El niño se calla, la madre sonríe. Ambos se alejan del teleférico. El niño se deleita el paladar con el sabor a leche y almendras. La madre recuerda el día que su esposo le pidió matrimonio.

—¿Qué te pasa? —pregunta el niño.

—No lo sé, no lo sé… —responde la madre.

Sucede que en su pecho mira lo que perderá. Sucede que sus mejillas se van humedeciendo. Sucede que volar no siempre es la mejor opción. Sucede que entre la multitud uno se pierde. Sucede que algo nuevo sorprende, pero con el tiempo se vuelve rutinario.

Las primeras cinco personas suben a la cabina. Despacio se eleva, al mismo tiempo que madre e hijo se desvanecen en la mente del padre.
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2.457 metros

La cabina del teleférico se va elevando. Marisol mira por la ventanilla, quiere olvidar que tiene diecisiete años. Horacio abre su portafolio y relee un contrato fallido. Eva saca de su bolso un botecito de crema para el cuerpo y se unta un poco en su reseca piel morena. Miguel se coloca sus audífonos y cierra sus ojos azules: hace tres días murieron sus padres. Rosalba piensa, con la cabeza baja, en cómo estarán sus nietos. Nadie está libre de pesares. Una ráfaga de viento provoca que se tambaleen. La cabina se detiene. Sus miradas se cruzan unas con otras. El miedo se nota. El miedo une. El miedo se afronta. A treinta metros de altura las diferencias se olvidan. Unos a otros intentan tranquilizarse e infundirse ánimo. La incertidumbre aumenta. Silencio. La cabina del teleférico se va elevando. Uno a uno salen de la cabina. Se detienen. Se miran. Se dan la mano. A veces la adversidad crea vínculos. Marisol y Miguel caminan juntos a la deriva. Horacio sonríe y vuelve a entrar a la cabina. Rosalba y Eva se quedan charlando durante un largo tiempo. De Rosales a Casa de Campo el EMT Madrid es lugar de encuentro.
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Reminiscencia

*


Al compás del aletear de los recuerdos, que inquietos se zambullen en lo profundo del corazón, veo la vida como un juego. Un juego intenso como intenso es el fuego de los amantes.


Detenida entre mi cuerpo y tú. Entre mi alma y tu palabra. Entre el presente y tu pasado. Te miro languidecer, cual languidece el crepúsculo a la intensidad del oscuro de la noche.


Cadena interminable de evocación, que se ata al engranaje de desprecios y olvidos, que una vez hicieron mella en el borde del verde cristalino de mis pupilas.


¡Tatuados quedaron esos instantes, en el mapa retrospectivo de mi hermosa vida!



¡Oh! Noche fraterna


Furia celestial
Fuego del alma


Aparta de mí la llama intensa
De la desesperación eterna




*Imagen tomada del muro de Islam Gamal.

Luz Marina Méndez Carrillo/08062020/ Derechos de autor reservados.
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La rabia del silencio

Desperté temblando, Rubén me desnudaba. Le dije que no y lo aventé. Le dije que no y me besó a la fuerza. Le dije que no y le apreté los huevos. Forcejeamos. Me dio dos bofetadas. Grité antes de que me agarrara del cuello. Me desvanecí.

Me provocaba náuseas ver a Rubén tan despreocupado durante la grabación, jamás imaginé que algo así fuera a suceder. Era mi amigo desde la preparatoria y nunca le había dado motivos para que pensara otra cosa. Todos me preguntaba que si me sentía mal, porque me notaba pálida y extraviada. Aunque en realidad tenía una mezcolanza de culpa y rabia en el estómago, en general mi respuesta fue: “Sí, estoy bien, gracias. No pasa nada”.

Se me secó la boca cuando Rubén me preguntó si quería un vaso con agua. Al ver su sonrisa me mareé. Fui al baño y vomité y vomité hasta que me dolió la garganta. No pude soportarme más, llamé a mi mamá y le conté lo sucedido. El miedo causa confusión, la confusión silencio y el silencio abuso.

Antes de salir corriendo de la locación, le dije a Rubén que no se volviera a acercar a mí. Él me pidió perdón y me dijo que no era para tanto, que siempre le había gustado y que yo lo sabía. Le escupí a la cara.

Mamá me recogió y al llegar a la ciudad fuimos a levantar una denuncia. Cerré fuerte los puños y fruncí el ceño, la ministerio público me miró con autoridad y me preguntó: “¿Por qué no gritaste?” Me quedé en shock.
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A Dios por Dentro

No entiendo como he
sobrevivido estos
cinco años de tanta
tristeza y dolor.

¡Que fuera de mi
sin estas letras...
Sin desahogar su adios!

De verdad que todos
tenemos a Dios por dentro.
Ese algo sobrenatural
para soportar y aceptar
los malos momentos.
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Una llamada de clase

En una llamada de clase comprendi que no puedo
vivir sin verte

En una llamada de clase entendi que
deseo buscarte para seguir contemplandote.

en una llamada de clase supe
que es que el corazon se acelere,que te
sonrojes el rostro y que sonrias
como nunca solo por escuchar tu voz.

En una llamada reconoci que
no he dejado de amarte.
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A bajo cero

Veo caer, cataratas de lagrimas
otra vez, desde mi ventana.
Aquí a dentro tirita de frio
mi alma quebrada.

A bajo cero está
está habitación
que me tiene cautivo.
un infierno a bajo cero.

Nuevo papel
sobre un viejo escenario
repleto de miedos
que me toman de rehén.

Una vez fuiste sueño
y entre mis brazos te aferré
hoy eres pesadilla
que me encarcela a la soledad.

Sin piedad, dejaste detrás
de cada paso que diste
cristales rotos para en ellos cortarme,
al caminar...
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Senryu (QEPD)

Somos, tan solo
efímeros instantes,
¡ duele el adiós !






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Con abrazos al cielo para mi tío ( QEPD )
25/05/2020
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18comentarios 228 lecturas japonesa karma: 101

¿En qué?

¿En qué momento murieron mis sueños?
¿En qué lugar enterré las palabras?
¿En qué momento apostataron mis dedos
de las caricias que en ellos moraban?

¿Dónde olvidaste el sabor de mis besos?
¿En qué otros labios ahogaste mis ganas?
¿En qué lugar dejaste mis deseos?
¿Dónde dejaste mi vida varada?

Àngels de la Torre Vidal ©
28/05/2020

Obra de la fotografía: "Tear" de Tomasz Alen Kopera (c)
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La Culpa

La culpa
se sienta a la mesa,
la cubre con mantel de castigo
y de flores manchadas de sangre.
La culpa
es tu cruel enemigo,
condena de sed
y huelga de hambre..

La culpa
es una serpiente
sigilosa y traicionera
animal inconsciente
deslizándose por tus venas,
verdugo de colmillo afilado,
jamás indulgente,
abogado del diablo,
peregrino y penitente
que no espera un milagro,
que no siente ni padece...

La culpa
es cadena perpetua
seas culpable o inocente
La culpa dicta sentencia,
te viste de rayas,
te ata a la cama
y te pone grilletes...

La culpa
no te abandona,
no se escapa, no te libera.
La culpa no busca la salida,
porque es un laberinto,
donde poco importan las huellas,
La culpa te necesita,
pero tú la necesitas más a ella..

Fran Renda
@Fran44Sombras
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Reclamo

Me reclama el cielo,
que no te llore más...

Que la lluvia me traerá
el consuelo y la noche
apaciguará el desvelo
para recuperar mi paz.

Me reclama el cielo,
que no te llore más...

De cierto le digo...
Que no creo.
Que he de llorarte
Aún y mucho más.
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5comentarios 88 lecturas versolibre karma: 84
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