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Ojos de niño

Guarda,
envuelta en el pañuelo,
una peseta como paga de domingo;
ve a adquirir las pipas
en la tienda de una anciana
a la que sisarás galletas despistadas.

Regresa a la lectura
de los libros de aventuras de Tom Sawyer
y de Huckleberry Finn,
al puzzle inacabado
a resguardo bajo la cama de tus padres,
y al chispazo en una hoguera
sin vanidad y sin prisas.

Recuerda la cruz de ceniza
cuando se manche tu frente de miércoles,
el vestido de almirante
con el que disfrazaste tu primera comunión,
el picor estrenado en el Domingo de Ramos
con un pantalón de felpa,
las mangas dobladas de tu camisa.

No abandones nunca,
entre las cajas destempladas del olvido,
las tardes lluviosas de abril,
ni tampoco los agostos tórridos
hinchados con polvo y con pólvora festiva,
no olvides jamás,
dentro de un desván de renuncias,
el vapor de las mañanas nubladas de sábado
o el zumbido de la lonja
en la subasta de un noviembre cualquiera.
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12comentarios 87 lecturas versolibre karma: 90

Aquellos días

Aquel jolgorio en la casa,
el ruido ensordecedor
de gritos de mis hermanos
jugando en el corredor.

Las palabras de mi madre,
confiscando aquel balón
que se coló en la cocina
y luego en el comedor.

Aquel grito de mi padre
reclamando al más mayor
que diera ejemplo a los niños
y que bajara la voz.

Todos corriendo a la mesa,
se huele la fricandó
ruidos y aromas grabados
en tripas y corazón.

Àngels de la Torre Vidal ©
13/06/2019
Foto de mi ñiñez
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18comentarios 154 lecturas versoclasico karma: 94

Agua dulcita

Mi madre me contó del río transparente que corría cerca de casa, de los peces que lo habitaban y la tranquilidad de sus aguas. Un río que conocí de otra forma; me invade la tristeza de descubrirlo ahora, me siento desafortuna de verlo así y a la vez desilusionada, abrumada, molesta.

Recuerdo los tiempos de mi infancia: los días soleados refrescantes, las tardes lluviosas jugando fuera y las noches de fútbol en la tierra. No había mayor peligro que rasparme la rodilla o mayor dolor que volarme la uña por correr descalza o temor más grande de que la pelota cayera en la casa del vecino quien había puesto un letrerito "nido de víboras"en la bodeguita de madera donde guardaba chatarra.

Adolescente caminaba desde la escuela a la casa, disfrutaba la tranquilidad de las calles mezclado con el bullicio de las aves volviendo a sus nidos porque el día ya terminaba y cruzaba ese río que no reflejaba nada.

Ahora todo es distinto, ni el cielo es el mismo, solitario, pareciera que las estrellas le han abandonado porque levanto en las noches la mirada y solo veo el abismo; no hay deseos a quien pedir pero insisto al firmamento aguardando a que una estrella me conceda un único anhelo; no regalos, ni riquezas, ni fama solo mirar una vez aquel río del que mamá hablaba.
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2comentarios 64 lecturas relato karma: 87

Verano (Recuerdos de infancia)

Verano.
Mañana.

Ruido de cascos
sobre el empedrado.

Escobas que barren.
Vecinas
que riegan la calle.

Cubos que se hunden
rasgando la honda
negrura del pozo.

El perro y su amo
caminan despacio
pisando su sombra.

(Postigos que se abren).

En la esquina,
rompiendo el silencio,
el pregón del día.

Me asomo a la puerta.
La luz cegadora
inunda mi cara.

La cal…
El pincel…
La caña…

El sol que se estrella
contra la fachada.

Camino del Caño.
Chorro que no acaba.

Cántaros de barro
que absorben el agua.

Coladores blancos
entre roja arcilla.

Frescura de fuente.
El sol que ya abrasa.

Este calor...

Vuela una cigüeña.
Tañen las campanas.

Y el viento solano
que azota la plaza.

Regreso a la casa,
al fresco zaguán
de losas gastadas.

Siesta.
Inciso.
Parada.

Contraste de luces.
Ardores de calle.
Penumbra en la sala.

Silencio.
(Chicharras…)

Mi madre rajando
la roja sandía
(simiente guardada).

Una “farolera”
(preludio de Halloween)
con cara de bruja,
con vela.

Luego vendrá el canto,
la vela encendida…
“Soy la farolera
De la Puerta el Sol…”

La tarde radiante
bajo las acacias
¿eran acacias?
de la carretera.
(Refugio de amigos.)

Brasa del asfalto.
Un soplo de brisa.
Rastrojos quemados.

Los hombres regresan,
el morral al hombro,
cansancio en el alma…

Y la noche al fresco.
La vida en la calle.

Mi padre…
Mi madre…
La risa…
La charla…

Y allá por el campo
(letanía de grillos)
la era lejana.

Reflejos de luna
en la paja dorada.

Desde la distancia…




El Rincón de mi Memoria.
(Recuerdos de mi infancia en un pueblecito extremeño)

Texto y foto: María Prieto
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26comentarios 172 lecturas versolibre karma: 83

Invierno e infancia

Es hoy,
para el poeta,
un día como de infancia,
de lluvia tolerada sobre su frente
y saetas de memorias
en casi invisible vuelo raso,
día para resguardarse
bajo el techo de pizarra
de su atrio de paredes longevas,
iglesia antigua
escoltada a su diestra por tejo rudo,
a su izquierda por abeto esbelto.

Es tarde engendrada con pan,
mantequilla y nata,
para soñar vocablos nuevos
en la velada
de una habitación cárdena,
abrigo de musgos que en un quejido
enciende una fuente
de hiedra creciente que escala,
ocultando los ojos,
la ventana abierta al saber del deshielo,
es instante de voces
de dignas madreñas brillantes de lodo
entonando canción de meandros,
de piedra oscura
y de puente de hierro.

Es vuelo de copos,
mariposa posada en sus canas,
viento de recuerdo del techo ceniciento
de su hogar de montaña,
juegos infinitos ante el fuego,
y cariño de un quinqué
acercando las caricias
de unas sábanas de lino.

Son las horas
recostadas sobre el calor de la paja
como quien reposa
en abrazo largo de sus nuevas Lunas,
atesorando el calor
ante puertas traseras de invierno,
minutos de la medianoche
temidos por temblor de cristales,
miedos a las sombras de cuentos.

Pervive el poeta en sus huertos
como entre acuarelas
de amarillo y púrpura,
inhala su día en la cima de un árbol,
imita el batir de olas
en las hojas que caen
como copos dorados,
dormita en las aguas,
se escurre en la atmósfera
cortada en carámbanos.
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9comentarios 99 lecturas versolibre karma: 102

Humo

Siempre seré olor a humo,
su ensalmo y su vahído,
siempre iré
acompañado con su rastro,
con las lesiones y los resbalones
que la ligereza de mis pasos de niño
fueron abriendo en la madera vieja,
crepitando ante el tiempo
de las leyendas
paridas en una noche de heladas.
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6comentarios 70 lecturas versolibre karma: 114

Órdago

Empezó como un recuerdo de infancia
Dulce, divertido
Un juego
Alguien debía perder
No lo pensé, lo olvidé
Soy gafe
Un órdago al destino
Que ¿Cómo no?
Ya estaba escrito

V DV

Escultura fotografía: "LOVE" de Alexander Milov
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Mamá querida, Perdóname (recitado en directo en la Radio Internacional desde Mar de Plata)

Salí de amanecida
A caminar por el campo
Mi banasta iba llena
De angustia y desamparo.

Lágrimas derramadas,
Por olvidar el pasado,
Aún no superado,
Logrando un corazón lastimado.

Vuelvo a ser una niña,
Con una mente limpia
Que solo busca que la quieran
Y cobijo para su designio.

Ahora solo el amor me envuelve,
Quisiera poder decirte al oído suavemente,
“Mamá querida”…
Aún no te ausentes,
Dame la oportunidad de solo quererte.

Quiero cubrir con rosas,
Lo que más nos ha herido,
Quiero el aroma de las flores
Para alcanzar el amor no tenido.

Navegaremos libremente en mi mar azul,
Unirnos en este cruel presente
Con el alma y el corazón.

Asgo tu mano inerte con ternura,
La beso, la acaricio, la amo,
Quiero transmitirte…
Mí corazón solo te está arrullando.

¡Cómo me duele el alma mirarte!,
Tu cuerpo exangüe me consume,
La impotencia, domina mis sentimientos,
No puedo hacer nada para protegerte.

“Mamá querida”
rasgadura en mi pecho sufro
brotando lágrimas como perlas,
para implorar tu perdón.

¡Piedad, Dios mío, piedad!,
Acógenos en tu seno,
Para poder olvidar,
El daño que nos hemos hecho
Y podamos encontrar el sosiego y la paz.


¡Ay, ay, cómo te quiero Madre mía!
Dios permita pueda darte mi calor,
No te lleve sin poder demostrarte
Lo que siente mi corazón.

Tengo en el alma puñales,
Clavados por el dolor,
De haber perdido una vida,
Dos mujeres: Madre e Hija.

¡Ay, cómo te quiero Madre mía!

@ Katy Domínguez Gómez
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13comentarios 118 lecturas versolibre karma: 103

En un humo indiferente, el cielo y el agua salpican el mar

Soy un niño triste. Nunca
he crecido.


Salí de la playa cubierto de hierba en el norte de España
a lo largo de una carretera blanquecina, a una ciudad
llena de engranajes, en una casita pequeña.

En un humo indiferente, el cielo y el agua salpican el mar, cubrirá todo lo que cubro para cubrir la tumba que no se puede encontrar. Sé que en ese momento, toda la hierba y las pequeñas flores estarán rodeadas. Es el momento de la luz tenue, que besa suavemente mi dolor.

Che-Bazan.España
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En dulce de otro tiempo

Con la cabeza recostada
sobre el regazo de un día añejo,
recorro con la mente
las callejuelas sin asfaltar,
empedradas con pedazos de historias.
Los angostos callejones
donde se quedaron grabados en la pared
caricias y besos furtivos.

La regadera que baja cantando
sonatas para piedra y pamplina.
Los caracoles asoman sus cuernos
mientras recorren las hojas frescas.
Y ese septiembre
que siempre nos regalaba moras
recogidas a la caída de la tarde.
Cada 1 de noviembre,
nos invitaba a pasar la tarde
asando “calbotes” y contando historias de miedo.

“Con los ojos llenitos de ayer”,
me quedo dormida al arrullo
de mi propia melodía
de días bañados en dulce de otro tiempo
.



Hortensia Márquez




Imagen montaje: una foto de mi adolescencia: mis amigas y yo, y unos "calbotes" calentitos
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19comentarios 182 lecturas versolibre karma: 138

Cuando sea mayor

Cuando sea mayor tendré bigote
y una melena generosa,
construiré algo colosal,
escribiré libros
y seré una maravillosa persona.

Me contemplo frente al espejo.

Tan solo una barba,
tan solo un montón de poemas,
tan solo este hombre común.

Canet
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2comentarios 233 lecturas versolibre karma: 6

Mi niñez

He vuelto al lugar donde
no existe el tiempo
ni las heridas.
Hoy he ido a ver
a la niña que fui.

Estaba feliz
bailaba descalza
sobre la arena fina y suave
al compás de las olas del mar.

Inocente y llena de sueños
contemplaba las estrellas pasar
con esperanzas
y sin dejar de sonreír.

He vuelto llena de felicidad
por haber retenido ese momento
y aprovechar ese aliento
de entusiasmo incondicional
que solo se consigue en la niñez.

Le he prometido
que sus sueños voy a seguir
intentando cumplir.

Orgullosa está
la niña que fui
por llevarla todavía
dentro de mí.

Soy feliz.
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2comentarios 351 lecturas versolibre karma: 3

Cuando era pequeño

Cuando era pequeño, recuerdo a mi madre caminando hacia la ventana.
Quería desafiar a la gravedad y surcar por los aires lanzándose desde el tercero “A”.
Mi viejo iba detrás, rápidamente, para contemplar el vuelo o escoltarla en su planeo.
Quizá para evitar que pintara el suelo de carmesí.

Cuando era pequeño, recuerdo los viajes de los fines de semana:
íbamos a un edificio que tenía una cruz roja y un vallado muy alto y un lindo edén como jardín,
acudíamos a ver al padre de mi madre.
Siempre pensé que no era de su estirpe y me ponía feliz porque ese tipo tosía mocos y bebía a escondidas
y estuvo en la segunda guerra con los españoles.
Un día fuimos de excursión
-nunca a la playa-
mi viejo me aseguro que el padre de mamá se había muerto con una soga al cuello.
No lloré y esbocé una amplia sonrisa.

Cuando era pequeño, recuerdo a la señora que vivía conmigo, la llamaba abuela.
Siempre olía a eucalipto y a lavandería y su mirada era blanquecina.
Con el tiempo empezó a hablar sola y repetía lo mismo una y otra vez.
Me contó que yo era su primer hijo ,el muerto en la guerra.
Pulcra e inmóvil, la abuela se negó a seguir respirando.
En esta ocasión si que lloré, fue una bella difunta.

Cuando era pequeño, recuerdo que todos me decían que yo era muy extraño.
Que no era un buen niño cada vez que me escondía.

Hoy, de mayor, estoy capacitado para contar lo que quiera
y transformarlo en algo lindo,
y hacer de mis tripas un corazón bonito de plástico,
y guardar el verdadero corazón para los buenos momentos:
para aquel niño pequeño que continúo siendo.

Canet
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6comentarios 173 lecturas versolibre karma: 16

Salvándome

Y había lamentos
y armarios-féretro,
y subterfugios,
y gritos,
y cristales rotos
y libros amables, peligrosos,
y mesas de madera rotas,
y grandes hombres grises
en la caja tonta,
y personajes misteriosos ocultos
en las sombras,
al lado de la cama.
Aunque siempre
el silencio de la soledad
estuvo salvándome.

Canet
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sin comentarios 145 lecturas versolibre karma: 13

La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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El reloj

Mi compañero Oscar en sexto de egb me robó el reloj que me regalaron,
el único reloj que he tenido en mi vida.
La primera vez que se lo mostré descubrí la avaricia reflejada en sus ojos.
-Un reloj autentico de acero, dijo.
El suyo tenía un aspecto sucio y era de plástico. Se lo dejé en muchas ocasiones, se lo hubiese dejado toda una vida tan sólo por ver de nuevo esa avaricia brillando en sus ojos.
Pasó el curso y no me di cuenta de que me lo había quitado hasta que me lo enseño luciendo en su muñeca.
-Mi reloj es una mierda, no cierra bien, dijo.
Inmediatamente reconocí mi reloj.
Con la correa plateada y la esfera verde Esmeralda. Le encajé el remache y le ajusté bien la pulsera.
Después tan solo le dije que lo conservara bien porque era un gran reloj.
Una vez reparado se lo entregué. La avaricia de su rostro se tornó en confusión.
El reloj me lo regalaron mis padres. Jamás les conté que me lo habían quitado.
En ocasiones me da por pensar en ese capítulo y en mi reacción irracional.
En por qué no le dije a Oscar que me diera mi reloj. Nunca tuve coraje o agallas para pelear, ni con diez años ni con casi cuarenta – al menos eso creo-. Aunque me quitaran la vida, encajaría el remache, me ajustaría y guardaría silencio como hice entonces.

Canet
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El cuaderno de bitácora

Había un álamo selvático enterrado en una pendiente.
Al acariciar el ramaje copioso el suelo , se creaba lo que al niño le parecía una caverna.
Con la correspondiente frondosidad, diversas láminas metálicas , tablas y una necesidad profunda de incomunicarse de todos él transformó aquel lugar en su hábitat oculto.
Una mañana nublada la niña se unió al niño.
-¿Por qué te ocultas?-, le preguntó atrevida.
-No me oculto de nada, sólo huyo-, respondió el niño.
-Y ¿huyes muy lejos?,- persistió ella.
-Lo más lejos que pueda -respondió el niño-, a veces a las dunas del Sahara,
otras a las aguas del atlántico, otras al Amazonas con los indios, a veces a Laponia.
-¿Cómo conoces todos esos lugares si nunca saliste del barrio?-
El niño la contempló con superioridad, pero le contestó con bondad.
-Es muy fácil. No es necesario salir del barrio para llegar a ciertos lugares.
Solo debes imaginártelo y sentirlo, desearlo, hacer como que viajas y siempre se llega a algún lugar.
Mira, hasta tengo un cuaderno de bitácora.
-¿Pero de qué te sirve si tu cuerpo no se mueve?-, le cortó la niña.
-Pues me sirve de mucho -aseguró el niño-.
Me indica que océano debo navegar para llegar al Este y encontrarme con las playas de Vietnam.
Si organizas el viaje, lo haces y abordas donde te lo propongas-.
Ella quedó en silencio. Él se dio cuenta que se aproximaba a su mundo.
-Querría viajar contigo-, le dijo.
-¿Conmigo? A esos lugares se viaja sin compañía, porque todo tiene que ser desconocido-.
-Yo soy desconocida -contesto con atrevimiento la niña- y podrías valorarme como una nueva región.-
El niño no vaciló antes de contestar:
-Las regiones nuevas son para ser exploradas-.
-Por supuesto-, dijo la niña.

Canet
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4comentarios 134 lecturas relato karma: 47

No siento nada no siento

Ósculo: beso que yo ya no siento.
Eso dicen por ahí que no tengo sentimientos
los tengo pero profundo muy dentro.
Y es quizá el caos de mi vida,
mi violenta y tórrida infancia,
lo que llevo clavado en el alma y no se me borra
no se destapa, me atrapa, me ahoga.
Mi madre me dió la vida
mi padre casi me la quita,
oigo el sonido sordo de los golpes
lacerando mi cuerpo
algunas noches sueño con eso.
Y Dios, dios sólo me dio el dolor del vino
disfrazado de agua bendita.
No siento amor más allá del cariño,
no siento dolor más allá del físico.
Por no sentir a veces ni me siento,
me evado del mundo, de los muertos,
de las guerras del hambre, de la sangre.
Prefiero mi mundo donde no sentir no es pecado,
donde no se llora ni a los vivos, ni a los muertos
donde la felicidad es un momento,
y el dolor otro momento.
Donde se hacer real mi realidad
y puedo vivir mis sueños.
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Acrobacias

Siempre me gustó el circo y siempre quise trabajar en él. Me hubiese gustado ser acróbata.
Me conformaba con caminar sobre la barandilla o balancearme.
Sillas de hierro y toscas de colores descascarillados en el parque habitual.
Siempre haciendo cola para subir, haciendo tiempo revolviendo la tierra con la puntera de mis zapatillas rotas.
También me tiraba desde lo alto de la calle ancha con la bicicleta,
sin frenos, gritando con los brazos en alto como si me fuera a escuchar alguien.
Casi nunca pasaban coches, muy poca gente, y quizá algún niño jugando,
y el loco del barrio cuando regresaba del trabajo mirándome con ojos cansados.
Acrobacias eran las mañanas de sábado, de puntillas por la casa fría,
atisbando a través de las líneas de la persiana, acariciando aquellos primeros rayos con la yema de los dedos.
La mañana soleada asegurándome que podía salir a la calle con la bici
y los zapatones de minero que tanto disgustaban a mi padre porque decía que con ellos era difícil patear la pelota.
Acrobacias eran las noches de verano en casa de mi abuela,
en la habitación que daba al infinito, y en la que soñaba que un hombre intentaría colarse por la ventana para raptarme.
Que me secuestraran no me asustaba, podía ser incluso una buena noticia, lo que me aterraba era el susto, que me descubrieran en calzoncillos, con los dientes sin lavar y la mochila sin preparar.
Acrobacia fue el trapecio de mi niñez en el me enganchaba cabeza abajo, agarrado tan solo por las piernas.
Cuando llovía acostumbraba a chupetear el hierro rociado, aquel herrumbre en mi estómago, siempre en secreto, sin red, desafiando al peligro, enfrentado a la soledad.

Canet
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7comentarios 214 lecturas relato karma: 45

La abuela

Fue la primera vez que me obligaron a dormir en casa de mi abuela materna. Pasé desorientado el momento de la cena, pues no conocía a aquella señora de rostro rugoso. Sufrieron toda clase de desgracias mis prejuicios infantiles frente aquel plato desconchado en que se me vertía la carne con denso caldo.
La jaula donde defecaban los pájaros olía tan mal, que me pareció estar empapando el pan donde no debía.
Crepitaba toda la casa. Los rostros misteriosos, antediluvianos, que ocupaban las paredes hacían todavía más pertinaz aquella anaranjada soledad en que se me asfixiaba el alma. Era como si todo el mundo hubiese muerto hacía muchos años y quedáramos tan solo en él mi abuela y yo, rodeados de corrales vacíos, imágenes de santos, muñecas de porcelana en cada habitación y otro millar de extravagancias de muy heterogénea apariencia. Pero, a pesar de todo, aquella señora enjuta, enlutada por entero, decía cualquier cosa y se mofaba como una imbécil de lo que acababa de decir, mostrando sus melladuras y una muela plateada .
Aquella era su cándida manera de adorarme, de estar encantada conmigo y con todo lo que nos rodeaba, porque, si no era muy inteligente, tampoco le era necesario para ser una mujer dichosa como cualquier otra con sus plegarias bien rezadas, su ganado y sus familiares vivos.

Me arregló la última habitación, me tapó y besó en la frente y me dio las buenas noches. Al rato no recordaba donde estaba el baño y me levanté y salí al pasillo como el que espera ser atropellado por no se sabe qué oscura catástrofe.
Me di ánimos para lanzarme a través de aquella voluminosa oscuridad teñida por la luz moribunda que salía de la habitación de la abuela y, al pasar junto a su dormitorio, vi –sin ser advertido– algo que me alteró como ninguna otra visión lo había hecho aquel día.

La abuela se estaba desvistiendo colosalmente, misteriosamente, abrumadoramente.
Observé la perplejidad de la carne tartamudeando entre sombras su encanto dormido.
Aquello era una desobediencia ecuménica. No había modo de admitir aquella piel albina, piel de mujer nevada sobre la que pendían los pechos agostados de la muerte. Mi carne, procesada por la contundencia de la suya, gritó de pánico y se deshonró de deseo.
El Serafín y la Bruja, ¿Quién demonios los había desorientado así?

Cipriana, mi decrépita abuela antiestética de mostacho enmarañado, viuda de gélidas chichas ardientes,
permite que me oprima a tu belleza como no supe hacerlo aquella vez primera.

Canet
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5comentarios 222 lecturas relato karma: 61
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