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Un suspiro

En la espuma del café
un corazón dibujado.
Tras los cristales se llueven
los días desabrigados.
Calles de su tierna infancia,
recuerdos casi olvidados.
Quimera de libertad
que en sendero torturado
asola su crecimiento.
Y en el límite endiablado
empuja la puerca muerte
por el tiempo descontado.
Vida que se fue de largo
sin haberle preguntado.
La piel renunció al intento,
cuerpo y Alma se le han quebrado;
su sueño duró un suspiro.
Latidos acompasados
desatendieron su ritmo
y el aliento han apagado.
El café se quedó frío
y el corazón desolado.






Publicado en la Asociación Solidaria Cinco Palabras:
cincopalabras.com/2019/11/03/escribe-tu-relato-del-mes-de-noviembre-ii
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14comentarios 132 lecturas versoclasico karma: 126

La ventana

Miro por la ventana,
no sé si de mi vida o del tiempo,
con un café en la mano
y con la infancia en los ojos.

Veo un patio de recreo,
una libertad de vuelo,
un corazón henchido
y un mundo que está en crecimiento.

Veo una muerte de horas
y un suspiro de días.
Una luz que apenas brilla
pero aún sigue encendida.




Publicado en la Asociación de Escritores Solidarios Cinco Palabras.
Las palabras son: CAFÉ, INFANCIA, LIBERTAD, CRECIMIENTO, MUERTE





Hortensia Márquez (horten67)
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24comentarios 131 lecturas versolibre karma: 118

Alcarrache (Al río de mi infancia.)

Alcarrache... Moro.
Vienes pisando tu huella.
Alfanjes y media luna
en la noche de tus aguas
se reflejan.

Río de mi infancia.
Alameda fragante y misteriosa,
tantas veces recorrida.
Historias permanentes
en sus troncos ancestrales.
Susurros y sombras
escondiéndose anhelantes.

Aroma a yerbadulce,
a rosadas adelfas.
Una brizna de hinojo entre mis labios.
Puente de piedra.

Por la tarde…
mil cantos de ruiseñores
en los recodos del aire.

Mampolín,
(como el gigante de mis cuentos)
hacia ti su capa extiende
de jaras, de jaguarzos y de brezos.

Salvaje en tus crecidas del invierno.
Oculto en los estíos.
(Apenas los tamujos
delatan tu presencia.)
Arrecia el frío.

Charcos de vida.
“Doña María”…
Agua clara, transparente, fría.
“Membrilleros”…
Caminatas de verano,
blanca arena, chapoteos.

Sabores agridulces a camuesas,
en el camino, viñedos.
Parajes de molinos derruidos,
entre las zarzas, secretos.

Tristes y ausentes cigüeñas
por tus orillas pasean.
Pasaderas.
Aventura infantil emocionante.
Frontera.

Los milanos en círculos concéntricos
sobre el encinar planean.

Y te vas…
siguiendo tu huella.

(Sombras negras de toros te vigilan.)

Media luna,
en la noche de tus aguas
se refleja.




(Dedicado al hermoso río Alcarrache, Badajoz, punto de referencia en el paisaje extremeño de mi infancia.)

María Prieto
Octubre 2010.

Foto: Molinos en el Alcarrache. (Este río fue declarado en 2006 por la Junta de Extremadura "Corredor biológico y de biodiversidad" por el excelente estado de conservación del ecosistema y la riqueza de su flora y su fauna.)

turismo.badajoz.es/es/recursoturistico/ceb_alcarrache
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37comentarios 243 lecturas versolibre karma: 95

Luz

En los veleros
de velas grises,
la música de los pies alegres
se vuelve luz,
y dispuesta a salvar vidas,
regala unos ojos
de dulce infancia
a cada mirada perdida,

a cada faz desfavorecida…..

a cada llanto de esperanza…

a cada vida llena de vida.




Hortensia Márquez (horten67)

Publicado en la Asociación de escritores solidarios 5Palabras. Las palabras son:

MÚSICA, SALVAR, VIDAS, INFANCIA, DESFAVORECIDA
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19comentarios 134 lecturas versolibre karma: 104

Restos

La aguja del viejo tocadiscos recorría los surcos y la música le envolvía como una suave gasa acariciando su piel herida: “No pudo salvar sus vidas del desastre”.
Recordó su infancia, el olor a galletas recién hechas, a su madre pintando con harina su nariz, las risas de los dos abrazándose, y la tensión de ella al oír el ruido de la puerta cuando su padre regresaba a casa. Sintió un escalofrío y lo apartó de su mente. Una fotografía le devolvía la imagen desfavorecida de la que fue su familia. Entre sus manos un certificado de defunción: Muerte violenta.





Publicado en la Asociación Solidaria Cinco Palabras:
cincopalabras.com/2019/09/01/escribe-tu-relato-del-mes-de-septiembre-i


Imagen encontrada en Internet
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16comentarios 171 lecturas relato karma: 98

Infancia

Infancia
rumor de hojas
moviéndose en sombras
sobre el suelo
flotando como olas
que siempre se escapan
libres

Hermoso Sol
tiemblo ante ti
trémulo de alegría
y plenitud
vivificaras mi infancia
nuevamente?

16/05/2016
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4comentarios 67 lecturas japonesa karma: 87

lo que fui

escucho el folklore que mi padre ponía en su radio los domingos cuando era una ñiña
una niña que sabía sobre colores que iluminaban la vida
una niña que tenia en su risa el poder de ganar los horrores
una niña que le gustaba cantar en las noches
una niña que nadaba en el agua creyendo ser sirena, pensando en su futuro y en los sueños que abarcaban en ella.
esa niña que solía bailar
que bailaba y bailaba por horas, sin cansarse ni tomar agua
esa niña que pensaba que el dolor no existiría
que sólo de risas y juegos siempre viviría
esa niña que lloraba sólo porque quería
esa niña que no pensaba en la muerte ni en los obstáculos de la vida
esa niña que busca
las respuestas que hasta hoy en dia no encuentra
esa niña, que solo soñaba por siempre, ser
una niña.
esa niña, que miraba hacía el cielo y siempre se preguntaba "¿cómo he llegado hasta aquí?"
quizás esa pregunta es lo único que queda de mi,
de esa niña
que fui.
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4comentarios 103 lecturas prosapoetica karma: 91

Crisis cíclicas y recesión

La niña no estaba preparada.
La niña no quiso nunca estar preparada.

Tiempos difíciles, en tiempos remotos
madre siempre se lo decía, le advertía:
“no somos como ellos, nunca seremos como ellos”
Y nunca lo entendía, ¿qué se supone que los diferenciaba tanto de ellos?

Tuvieron que venir años con más años,
cargados de días donde estaban con el dinero con cuentagotas,
dosificando el dinero,
maximizando el grisáceo de sus ojos,
con la espalda cada vez menos erguida,
con las manos de madre cada vez más desgastadas,
con la ilusión cada vez más tenue,
madre les advirtió.

Tiempos difíciles, ya pasarán.

Cuando el dinero salía por la puerta,
el amor de la madre nunca saltó por la ventana,
y con ella su lema de siempre:
“no somos como ellos”
y cuando pasaron los años,
y la niña empezó a anclar los pies en la tierra,
y a abrir bien los ojos y apretar bien el puño,
madre ya no adornaba sus palabras:
“hija, somos pobres y ya está”.

La niña detestaba las palabras de madre,
ella se negaba a encerrarse bajo ese lema y no poder escapar de él,
pero cuando los tiempos difíciles nunca pasaron,
cuando vinieron semanas acompañadas de facturas,
de deudas,
de despidos,
de cuentas en rojo
y demás
cuando vio que los días más fríos del invierno
se arropaban con mantas de siete euros
y si acaso,
un edredón,
porque otra factura más era un suicidio económico.
En esa casa no había calefacción, había el calor de la madre.
Cuando vino todo aquello, y seguía viniendo,
la niña empezó a comprender.

Cuando la niña vio que las crisis cíclicas,
esas que tanto estudiaba y criticaba,
llevaban años hospedadas en su casa
dícese recesión y depresión,
y lo segundo caló más hondo,
en dinero y corazón.

Cuando madre enfermaba por trabajar en exceso,
cuando los suspiros eran largos y agrios al ver los papeles con números,
cuando el miedo al abismo
y el miedo al porvenir llenaba la casa de malos espíritus,
madre encendía sus velas y rezaba al Santo de los pobres y afligidos,
porque así era su día a día,
pobre y afligida,
y las velas daban un poco de luz y esperanza en esa alcoba oscura y fría.

La niña empezó a abrir los ojos para no poder cerrarlos nunca más,
y se extinguieron los sueños superficiales,
y perecieron las apariencias,
las ganas de aparentar,
las ganas de parecerse a ellos.

Comprendió después de años con días de suspiros amargos,
después de semanas de carritos de compra casi nunca llenos,
después de esas vacaciones que nunca tuvieron,
comprendió las palabras de madre,
comprendió quiénes eran ellos,
comprendió porqué no eran como ellos.

Barrotes invisibles,
limosnas que les escupían mientras ellas tenían que mostrarse gratas,
y serviciales,
sobre todo lo segundo,
y atrévase alguna a rechistar,
que bastante les daban ya,
de sobras tenían ya,
encima para que se quejen,
"estas inmigrantes…"

De las sobras vivían cierto es,
las ojeras crecían y crecían,
prosperaban como la riqueza de ellos,
y empezaron las pastillas para dormir,
y los contratos inexistentes,
y si el Santo de los pobres y afligidos había escuchado las oraciones de madre,
las bendecían con contratos temporales,
los servicios sociales, la mala conducta,
y el afecto,
que cada día era más escaso,
como el pan,
y el trabajo.

Le costó años, y días de sabor acre,
llantos y la escasez de cariño
recetas médicas para la espalda y la ansiedad,
pero finalmente la niña comprendió todo.

Y no fueron los libros,
que también,
no fueron las teorías y ensayos escritos por esos sabios con barba del siglo XIX,
no fueron los documentales ni los libros de teorías políticas y económicas
lo que hicieron a la niña detestar el sistema,
no fueron las letras las que germinaron en ella las ganas de ver perecer este sistema
despiadado e inhumano que masacra a diario la cotidianidad
y la alegría
y el afecto de las madres y las niñas.

El espíritu revolucionario nació en la niña por lo que ella había comprendido esos años,
por las palabras de la madre,
por todo lo que había contemplado en esos días amargos,
por ver las velas del Santo siempre prendidas,
y por arroparse del frío siempre con el lema utópico de "son tiempos difíciles, ya pasarán".
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Aquellos días

Aquel jolgorio en la casa,
el ruido ensordecedor
de gritos de mis hermanos
jugando en el corredor.

Las palabras de mi madre,
confiscando aquel balón
que se coló en la cocina
y luego en el comedor.

Aquel grito de mi padre
reclamando al más mayor
que diera ejemplo a los niños
y que bajara la voz.

Todos corriendo a la mesa,
se huele la fricandó
ruidos y aromas grabados
en tripas y corazón.

Àngels de la Torre Vidal ©
13/06/2019
Foto de mi ñiñez
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18comentarios 158 lecturas versoclasico karma: 94

Agua dulcita

Mi madre me contó del río transparente que corría cerca de casa, de los peces que lo habitaban y la tranquilidad de sus aguas. Un río que conocí de otra forma; me invade la tristeza de descubrirlo ahora, me siento desafortuna de verlo así y a la vez desilusionada, abrumada, molesta.

Recuerdo los tiempos de mi infancia: los días soleados refrescantes, las tardes lluviosas jugando fuera y las noches de fútbol en la tierra. No había mayor peligro que rasparme la rodilla o mayor dolor que volarme la uña por correr descalza o temor más grande de que la pelota cayera en la casa del vecino quien había puesto un letrerito "nido de víboras"en la bodeguita de madera donde guardaba chatarra.

Adolescente caminaba desde la escuela a la casa, disfrutaba la tranquilidad de las calles mezclado con el bullicio de las aves volviendo a sus nidos porque el día ya terminaba y cruzaba ese río que no reflejaba nada.

Ahora todo es distinto, ni el cielo es el mismo, solitario, pareciera que las estrellas le han abandonado porque levanto en las noches la mirada y solo veo el abismo; no hay deseos a quien pedir pero insisto al firmamento aguardando a que una estrella me conceda un único anhelo; no regalos, ni riquezas, ni fama solo mirar una vez aquel río del que mamá hablaba.
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2comentarios 84 lecturas relato karma: 87

Verano (Recuerdos de infancia)

Verano.
Mañana.

Ruido de cascos
sobre el empedrado.

Escobas que barren.
Vecinas
que riegan la calle.

Cubos que se hunden
rasgando la honda
negrura del pozo.

El perro y su amo
caminan despacio
pisando su sombra.

(Postigos que se abren).

En la esquina,
rompiendo el silencio,
el pregón del día.

Me asomo a la puerta.
La luz cegadora
inunda mi cara.

La cal…
El pincel…
La caña…

El sol que se estrella
contra la fachada.

Camino del Caño.
Chorro que no acaba.

Cántaros de barro
que absorben el agua.

Coladores blancos
entre roja arcilla.

Frescura de fuente.
El sol que ya abrasa.

Este calor...

Vuela una cigüeña.
Tañen las campanas.

Y el viento solano
que azota la plaza.

Regreso a la casa,
al fresco zaguán
de losas gastadas.

Siesta.
Inciso.
Parada.

Contraste de luces.
Ardores de calle.
Penumbra en la sala.

Silencio.
(Chicharras…)

Mi madre rajando
la roja sandía
(simiente guardada).

Una “farolera”
(preludio de Halloween)
con cara de bruja,
con vela.

Luego vendrá el canto,
la vela encendida…
“Soy la farolera
De la Puerta el Sol…”

La tarde radiante
bajo las acacias
¿eran acacias?
de la carretera.
(Refugio de amigos.)

Brasa del asfalto.
Un soplo de brisa.
Rastrojos quemados.

Los hombres regresan,
el morral al hombro,
cansancio en el alma…

Y la noche al fresco.
La vida en la calle.

Mi padre…
Mi madre…
La risa…
La charla…

Y allá por el campo
(letanía de grillos)
la era lejana.

Reflejos de luna
en la paja dorada.

Desde la distancia…




El Rincón de mi Memoria.
(Recuerdos de mi infancia en un pueblecito extremeño)

Texto y foto: María Prieto
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Cuando sea mayor

Cuando sea mayor tendré bigote
y una melena generosa,
construiré algo colosal,
escribiré libros
y seré una maravillosa persona.

Me contemplo frente al espejo.

Tan solo una barba,
tan solo un montón de poemas,
tan solo este hombre común.

Canet
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2comentarios 262 lecturas versolibre karma: 6

Mi niñez

He vuelto al lugar donde
no existe el tiempo
ni las heridas.
Hoy he ido a ver
a la niña que fui.

Estaba feliz
bailaba descalza
sobre la arena fina y suave
al compás de las olas del mar.

Inocente y llena de sueños
contemplaba las estrellas pasar
con esperanzas
y sin dejar de sonreír.

He vuelto llena de felicidad
por haber retenido ese momento
y aprovechar ese aliento
de entusiasmo incondicional
que solo se consigue en la niñez.

Le he prometido
que sus sueños voy a seguir
intentando cumplir.

Orgullosa está
la niña que fui
por llevarla todavía
dentro de mí.

Soy feliz.
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Cuando era pequeño

Cuando era pequeño, recuerdo a mi madre caminando hacia la ventana.
Quería desafiar a la gravedad y surcar por los aires lanzándose desde el tercero “A”.
Mi viejo iba detrás, rápidamente, para contemplar el vuelo o escoltarla en su planeo.
Quizá para evitar que pintara el suelo de carmesí.

Cuando era pequeño, recuerdo los viajes de los fines de semana:
íbamos a un edificio que tenía una cruz roja y un vallado muy alto y un lindo edén como jardín,
acudíamos a ver al padre de mi madre.
Siempre pensé que no era de su estirpe y me ponía feliz porque ese tipo tosía mocos y bebía a escondidas
y estuvo en la segunda guerra con los españoles.
Un día fuimos de excursión
-nunca a la playa-
mi viejo me aseguro que el padre de mamá se había muerto con una soga al cuello.
No lloré y esbocé una amplia sonrisa.

Cuando era pequeño, recuerdo a la señora que vivía conmigo, la llamaba abuela.
Siempre olía a eucalipto y a lavandería y su mirada era blanquecina.
Con el tiempo empezó a hablar sola y repetía lo mismo una y otra vez.
Me contó que yo era su primer hijo ,el muerto en la guerra.
Pulcra e inmóvil, la abuela se negó a seguir respirando.
En esta ocasión si que lloré, fue una bella difunta.

Cuando era pequeño, recuerdo que todos me decían que yo era muy extraño.
Que no era un buen niño cada vez que me escondía.

Hoy, de mayor, estoy capacitado para contar lo que quiera
y transformarlo en algo lindo,
y hacer de mis tripas un corazón bonito de plástico,
y guardar el verdadero corazón para los buenos momentos:
para aquel niño pequeño que continúo siendo.

Canet
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6comentarios 186 lecturas versolibre karma: 16

Salvándome

Y había lamentos
y armarios-féretro,
y subterfugios,
y gritos,
y cristales rotos
y libros amables, peligrosos,
y mesas de madera rotas,
y grandes hombres grises
en la caja tonta,
y personajes misteriosos ocultos
en las sombras,
al lado de la cama.
Aunque siempre
el silencio de la soledad
estuvo salvándome.

Canet
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La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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El reloj

Mi compañero Oscar en sexto de egb me robó el reloj que me regalaron,
el único reloj que he tenido en mi vida.
La primera vez que se lo mostré descubrí la avaricia reflejada en sus ojos.
-Un reloj autentico de acero, dijo.
El suyo tenía un aspecto sucio y era de plástico. Se lo dejé en muchas ocasiones, se lo hubiese dejado toda una vida tan sólo por ver de nuevo esa avaricia brillando en sus ojos.
Pasó el curso y no me di cuenta de que me lo había quitado hasta que me lo enseño luciendo en su muñeca.
-Mi reloj es una mierda, no cierra bien, dijo.
Inmediatamente reconocí mi reloj.
Con la correa plateada y la esfera verde Esmeralda. Le encajé el remache y le ajusté bien la pulsera.
Después tan solo le dije que lo conservara bien porque era un gran reloj.
Una vez reparado se lo entregué. La avaricia de su rostro se tornó en confusión.
El reloj me lo regalaron mis padres. Jamás les conté que me lo habían quitado.
En ocasiones me da por pensar en ese capítulo y en mi reacción irracional.
En por qué no le dije a Oscar que me diera mi reloj. Nunca tuve coraje o agallas para pelear, ni con diez años ni con casi cuarenta – al menos eso creo-. Aunque me quitaran la vida, encajaría el remache, me ajustaría y guardaría silencio como hice entonces.

Canet
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El cuaderno de bitácora

Había un álamo selvático enterrado en una pendiente.
Al acariciar el ramaje copioso el suelo , se creaba lo que al niño le parecía una caverna.
Con la correspondiente frondosidad, diversas láminas metálicas , tablas y una necesidad profunda de incomunicarse de todos él transformó aquel lugar en su hábitat oculto.
Una mañana nublada la niña se unió al niño.
-¿Por qué te ocultas?-, le preguntó atrevida.
-No me oculto de nada, sólo huyo-, respondió el niño.
-Y ¿huyes muy lejos?,- persistió ella.
-Lo más lejos que pueda -respondió el niño-, a veces a las dunas del Sahara,
otras a las aguas del atlántico, otras al Amazonas con los indios, a veces a Laponia.
-¿Cómo conoces todos esos lugares si nunca saliste del barrio?-
El niño la contempló con superioridad, pero le contestó con bondad.
-Es muy fácil. No es necesario salir del barrio para llegar a ciertos lugares.
Solo debes imaginártelo y sentirlo, desearlo, hacer como que viajas y siempre se llega a algún lugar.
Mira, hasta tengo un cuaderno de bitácora.
-¿Pero de qué te sirve si tu cuerpo no se mueve?-, le cortó la niña.
-Pues me sirve de mucho -aseguró el niño-.
Me indica que océano debo navegar para llegar al Este y encontrarme con las playas de Vietnam.
Si organizas el viaje, lo haces y abordas donde te lo propongas-.
Ella quedó en silencio. Él se dio cuenta que se aproximaba a su mundo.
-Querría viajar contigo-, le dijo.
-¿Conmigo? A esos lugares se viaja sin compañía, porque todo tiene que ser desconocido-.
-Yo soy desconocida -contesto con atrevimiento la niña- y podrías valorarme como una nueva región.-
El niño no vaciló antes de contestar:
-Las regiones nuevas son para ser exploradas-.
-Por supuesto-, dijo la niña.

Canet
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No siento nada no siento

Ósculo: beso que yo ya no siento.
Eso dicen por ahí que no tengo sentimientos
los tengo pero profundo muy dentro.
Y es quizá el caos de mi vida,
mi violenta y tórrida infancia,
lo que llevo clavado en el alma y no se me borra
no se destapa, me atrapa, me ahoga.
Mi madre me dió la vida
mi padre casi me la quita,
oigo el sonido sordo de los golpes
lacerando mi cuerpo
algunas noches sueño con eso.
Y Dios, dios sólo me dio el dolor del vino
disfrazado de agua bendita.
No siento amor más allá del cariño,
no siento dolor más allá del físico.
Por no sentir a veces ni me siento,
me evado del mundo, de los muertos,
de las guerras del hambre, de la sangre.
Prefiero mi mundo donde no sentir no es pecado,
donde no se llora ni a los vivos, ni a los muertos
donde la felicidad es un momento,
y el dolor otro momento.
Donde se hacer real mi realidad
y puedo vivir mis sueños.
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1comentarios 214 lecturas versolibre karma: 56
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