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Sin más

No es por el karma o porque la vida de muchas vueltas.

No es porque sea lo que se debe hacer, ni porque sea lo correcto.

No es porque quiera ser mejor o peor que otros, ni pienso que lo sea, de hecho, ni me lo planteo…

No es, ni si quiera, porque me haga sentir bien.

Es…, simplemente, porque quiero, porque me nace de dentro, porque es mi forma de ser…

Y, ahora, puedes creerme o no, me da igual, porque no es por ti…, ni por nadie, soy yo, soy así, sin más.
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Llegar hasta tu alma

Si para llegar a tu alma hay que traspasar tu piel te follaré el corazón hasta que nuestros aromas se mezclen y nuestros cuerpos no encuentren separación tras el orgasmo, te besaré hasta que nuestras salivas sean idénticas y nuestras lenguas sean una sola…

Si para llegar a tu alma hay que traspasar tu piel te prestaré mi cuerpo para que me des el resto, frotándonos hasta vernos por dentro.
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Mi amistad

En el Mirador de San Nicolás, mientras La Alhambra nos miraba, se asentaron sentimientos que se taparon con la manta de la admiración, la empatía y el respeto.

En la toalla que descansaba sobre arena malagueña supimos que, aunque nada es eterno, el tiempo estaba de nuestra parte, pues creamos el reloj que juramos proteger con las olas como testigo.

Y así, sin más metáforas y sin más palabras que no alcanzan, hoy puedo decir que la amistad existe y que la cuidaré para que el reloj nunca se destruya. Ahora, con la tinta como testigo también.
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Rota

Rota, por dentro, rota como si una niña me hubiera tirado contra una pared y los trozos los hubiera escondido en cualquier cajilla, pero dentro hay pedazos rotos, como mi alma en mi cuerpo.

Rota y asustada, como la niña que fui, como la niña lo está.

Rota, asustada y confusa, por no saber, por no querer y por no poder. Porque el futuro se ve, a veces quizá, como el pasado, maldito.

Rota el alma que intenta escaparse cuando me falta aire. Roto el corazón que trata de latir de alguna forma, y duele. Rota la mente que no me deja en paz, rota porque, quizá, nunca estuvo entera.

Rota estoy, lo sé, rota porque no quiero repararme, porque siento que no debo o no puedo pegarme. Rota por el miedo a mis pedazos, por mis miedos quizá.

Rota sí, y, ¿qué? Es mi maldición, mi propia tortuta y debo vivir rota, aprender a hacerlo, aprender a vivir con mis miedos, con mis pedazos forzando el llanto.
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Inspiración

Encerrarme en mi cuarto, bajar las persianas e iluminar un folio en blanco.

Dejar de ser tiempo y ser sólo pluma. Que las manecillas del reloj no se muevan, que la arena deje de caer, para volar con el viento escribiendo en las nubes.
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El diálogo

– ¿El amor duele? – le preguntó la chica que lo quería.

– Cuando te des cuenta de que te has enamorado de alguien que ya no puede amar, tú misma hallarás la respuesta – le dijo él, con todo su pesar, mostrándole su pecho vacío, sin corazón.
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Escribo

Yo no escribo para quien es feliz y está enamorado, ellos no necesitan ni quieren leer que nada es maravilloso, de hecho piensan que todo lo es y, ¿por qué bajar de esa nube?

Yo escribo para esa gente que sabe que toda realidad es mentira, que un rayo de luz lo tapa una nube. Yo escribo para quien prefiere no ser ignorante aunque ello le suponga la felicidad.

Yo escribo para quien su vida no es como esperaba que fuera y no necesita ni quiere leer que la felicidad es posible, porque ya lo sabe, aunque en el momento no lo sea.

Yo escribo para los románticos desilusionados, porque viviendo un desamor no se soporta leer nada amoroso.

Yo escribo para mí, pero también para ti, y si este no es tu momento, ya encontrarás otro para leerme.
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Enseñanzas del mar

El mar me ha enseñado, sin ser yo marinera pero sí estar enamorada de él, que el ir y venir es tan necesario como mantenerse en calma.

Que el viento puede perturbarte, pero que siempre tienes que volver a ser tú.

Y que vivir al límite te puede varar, pero que ese mismo límite también te puede salvar, por eso debes arriesgar para vivir de verdad, para quitarte el hambre y alimentar tu libertad.
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Lo leía desnuda

Yo lo leía desnuda,
él lo sabía y adrede me escribía caricias y besos
en su poesía…
Yo lo leía desnuda, él y yo sabíamos que en mi mente
y en mis manos, acabaríamos…

un día leyó sin querer, mis letras,
porque pensaba que era simple poesía…

y un día pidió que le escribiera,
sólo a él…

soundcloud.com/lola-bracco/yo-lo-leia-desnuda (Lola)
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Bisagras

De las puertas admiro y aprecio las bisagras —antes que el cerrojo— Existe detrás de ellas, una maravilla involucrada en la buena voluntad y envuelta en la naturaleza existencial de la libertad, un don de dualidad concebida en un espíritu hospitalario y tolerante donde el árbol de la confianza echa raíces extendidas a un plácido territorio compasivo y generoso, donde albergamos la bienvenida como contrapeso a la tristeza implícita en una despedida.
Mientras que en la cerradura; abreviamos el alto grado de sumisión al miedo, es un resumen de la depravación del hombre, un reducto de la corrupción intentando ocultarse tras la presunta privacidad de toda propiedad. Es el principio de todo confinamiento, quizás el más expedito instrumento para coartar la libertad y el cómplice más eficaz que tiene la mentira para vestirse con el traje de secreto.
De todos los objetos inanimados inventados por el homo sapiens, ninguno suele sintetizar con mayor exactitud la propensión al celo y al egoísmo.
Estas impresiones se posaron en mi cabeza un frió invierno en que perdí las llaves, es posible que cambie mi percepción sobre las bisagras, el día que pise mis dedos con una puerta.
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Sin punto final

En medio de mi silencio
hay susurros;
oigo voces que gritan
mi nombre
y me piden clemencia.
Yo quiero borrarlas
de mi mente,
escribo, sigo escribiendo
hasta que la última letra
sucumba sus palabras.
El insomnio llegó sin avisar
y yo le abrí la puerta;
dejé que me abrazara
hasta calmar mi sed,
pero el desasosiego
es como un piano
que no deja de tocar.
Vientos de madrugada
están en mis oídos
y yo sigo escribiendo
este turbio poema
sin punto final.

Segundo poema de la serie: El diablo de los poemas.
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Lateral Izquierdo

El hombre, en su errático caminar daba claros signos de incertidumbre, fraccionaba cada paso como intentando corregir su dirección. No vestía como acostumbran los mendigos, su ropa estaba limpia, aunque algo ajada, denotaba quizás un largo viaje sin más equipaje que el que pueden albergar cuatro bolsillos. Su mirada objetaba el cansancio con trémula opacidad. Sintió que la tarde se despedía a sus espaldas y decidió detener su lerdo andar en una taguara de carretera, de esas donde suelen comer los camioneros y viajeros de pocos recursos, se sentó frente al mostrador, pidió agua y café —¿o viceversa?— El dependiente del lugar por un breve momento dudó en atender su demanda, el hombre, como si adivinara el origen de las vacilaciones del empleado, sacó unos billetes de su bolsillo derecho del pantalón —en el bolsillo lateral izquierdo guardaba una daga enfundada en cuero— colocó el dinero sobre el mostrador sin pronunciar palabra alguna, pero con un seco toque sobre la madera, daba a entender que tenía como pagar; al otro lado del mostrador, el muchacho se apostó con algo de parsimonia frente a la vieja máquina Faema. El hombre con los codos apoyados sobre el mostrador miraba sus zapatos, a la vez unía la punta de estos con ansiedad y en forma insistente, hacia muecas con la boca dando impresión de ser portador de una gran angustia, como alguien que se enfrenta a un futuro condicionado por enormes restricciones, sus palabras eran tan escasas como su cordialidad.
Algunos clientes asiduos visitantes del local, intercambiaban frases entre si desde una mesa contigua —hablaban de fútbol— amenizaban su conversación con frecuentes sorbos de cerveza, sin reparar en la presencia de aquel caminante algo taciturno que guardaba una daga (enfundada en cuero) en su bolsillo lateral izquierdo del pantalón. El ritual de preparación del café seguía su acostumbrada rutina con los sonidos característicos que produce el impacto de los pomos porta filtros contra los bordes del misterioso reservorio donde recogen el cipo, los simpáticos clics y soplidos previos al embrujador aroma plañían impíamente en el silencio, silencio quizás añorada por el hombre, a juzgar por su actitud, por esa forma de enunciar a los ojos ajenos estados de ánimo, estigmas de derrota o dolorosos padecimientos.
El alimento preferido del pertinaz prejuicio no es otro que la apariencia exterior. Es entonces cuando irrumpe el dialogo imprescindible para satisfacer dentro de conformidad la petición, — ¿Como quiere el café? Preguntó en tono indiferente y despreocupado el dependiente. El hombre hizo girar su precario asiento a su diestra, acomodó con la mano contraria la daga que portaba en su bolsillo (lateral izquierdo), apoyó su codo derecho con cierta pedantería sobre el mostrador mientras acariciaba su barbilla con los dedos pulgar e índice, sin dejar de agarrar la daga que llevaba en su bolsillo lateral izquierdo exclamó con voz sarcásticamente acentuada —Dámelo igual que yo… Expreso.
El muchacho desprevenido, despachó el café tal como lo sugirió el hombre, sin advertir lo insinuado en el juego de palabras. Café y agua en recipientes plásticos desechables, como el entorno, como los humanos y sus sobrevaloradas almas.
En la mesa contigua los clientes cerveza en mano seguían hablando de futbol sin percatar peligro alguno. El ex convicto se levantó, prosiguió su caminar sin rumbo cierto, con notable torpeza desapareció en la penumbra que brinda la noche incipiente, haciendo uso de una libertad traumada por las punzadas que su daga en algún tiempo, proporcionó manifestando su infamia, en algún cuerpo indefenso de mujer sobre el sector lateral izquierdo.


Ilustración: Fotografía de Dany "Machete" Trejo; ex convicto que ahora es actor y ayuda a jóvenes con problemas de drogas y delincuencia.
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Tomate Negro: Estampas Inolvidables de Barrio

Un sábado soleado, nos permitía patear el balón hasta lo más próximo al siempre hermético portal, donde esperábamos, que un envalentonado empujón lo colocara en el fondo de la red donde anidaba el triunfo. Triunfo por demás fútil, pero esperanzador. Especialmente para los que perdíamos todo antes de comenzar a jugar; todo: menos ese raro estado anímico que conocemos como buen humor.
Después del partido, indistintamente del resultado, quedaba tiempo y energía para chasquear las cuerdas de una disonante guitarra. El borde de las aceras era buen lugar para posarse a emular las aventuras que condujeron a muchos trovadores populares a fases máximas de gloria, despertando en las muchedumbres unas pasiones desbordadas, al pulso de versos diáfanos y articulados oportunamente, con unos acordes magnetizables por los gustos mas silvestres de una audiencia varia e impróvida. Luego, en el preludio de las sombras nocturnas, nos adentrábamos en las calles (Zurita y yo), abriéndonos paso entre gente que venía y que iba, confundiéndonos —guitarra al hombro— con borrachines y vendedores ambulantes.
Así arribábamos a los puestos de fritangas que preceden al terminal de pasajeros, antes de abordar el autobús a casa, ese sábado, saciamos el hambre (Zurita y yo) con una porción colosal de chorizos, morcillas, chinchurrias y hallaquitas refritas, en un puesto que asertivamente alguien llamó: La Fiesta del Colesterol.
El autobús durante su recorrido, sirvió de escenario para entonar dos canciones que ya habíamos cantado antes en la acera, pero esta vez más desafinados y accidentados, por: «el efecto de las reacciones inerciales de un cuerpo en movimiento, cuando interactúa con otro cuerpo fijo dentro de su misma masa».
Al escuchar este argumento, un hombre mayor que viajaba como pasajero en el primer asiento del autobús, refuto, con algo de gracia mi teoría, aduciendo entre una sarcástica sonrisa— busquen mañana en la parada donde subieron, a ver si se les cayó el oído rítmico.
Minutos después, cruzábamos el cordón de miseria que marginaba nuestro barrio del mundo donde se preconiza la fantasía bajo la sombrilla del arte; de vuelta a la realidad, el barrio nos abría sus brazos como un abuelo huesudo, mostrando en sus costillas, una turbada arquitectura de casas esqueléticas a medio construir de donde salían olores de un desconcierto humano tratando de equilibrarse en los sudores secos que deja el viento vespertino, una tenue esperanza se aferraba antagónicamente a las notas de un acordeón, acompañando los versos de un vallenato, cuyo cantor formulaba las armonías del resentimiento que algún juglar anónimo engendrara en amores fallidos .Los guapetones, persistían en su acérrimo deambular por las esquinas quemando el tiempo a mansalva y los perros nos escoltaban meneando la cola como poseídos por espíritus querendones, ahogando sus ladridos, en un reconocimiento de pertenencia subyacente en el sincretismo de nuestros pasos con el lugar (o simplemente porque percibían el olor a chorizo en nuestras ropas) .
El final del camino de tierra consabido y almagre, nos ponía a salvo, pero sin ninguna garantía de sanidad.
A mi amigo Zurita le comenzaron unos retorcijones estomacales muy dolorosos, que en su efervescencia, le daban un grisáceo color a su piel oscura al tiempo, que torcían sus gruesos labios en medianera hendidura dejando entrever unos grandes y blancos dientes caricaturizando en su cara la sonrisa de un caballo. No era difícil determinar la causa de aquella dolencia, fue un verdadero milagro que a mí no me afectara semejante ingesta de grasa quemada expuesta a la intemperie no podía producir menos.
Nos detuvimos en casa de una amiga en común, la cual era pretendida de Zurita, éste, después de saludar afectuosamente (a la joven y a la madre) y con su humor característico, pidió entre satíricas payasadas, que le permitiera acceder a la sala de comunicaciones, ya que le urgía enviar un fax. La chica acostumbrada a su lenguaje bufo, con una natural y leve sonrisa le invito a pasar al baño.
La madre de la chica, haciendo notar su amplio conocimiento sobre las virtudes curativas de las infusiones, se dirigió a la cocina diligentemente y sin mediar palabra, comenzó la preparación de un brebaje, exhibiendo esa extraña manía que adorna a los seres que menos tienen, en cuidarse unos a los otros como una manada de fieles desposeídos sin más propósitos que librar el silencio de lamentaciones, después de algunos instantes, en que no dejó nunca de oírse el omnipresente percutir de los misteriosos tambores que rugen tras la paredes de la marginalidad, la taza humeante con la pequeña etiqueta del te colgante era ofrecida a Zurita, —quien ya había recuperado la negrura natural en su piel y estaba de vuelta en la modesta sala—La señora, con Sus dos manos extendidas, sostenía una mirada bondadosa sobre la taza con cuidado de no quemarse, pero con cierta autoridad maternal se dirigió a Zurita —¡toma te negro!. A lo que Zurita respondió espontáneamente: —No gracias, no me gusta el tomate negro; lo prefiero rojo.
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Apología de la Nulidad o Elefante Blanco

Para definir un ente presente y palpable bastaría con tres líneas, en ellas es factible sintetizar impresiones imperfectas o no, de un elevado número de sensaciones, son solo juicios espontáneos basados en comparaciones ejecutadas en presencia de testigos incrustados en las gavetas de nuestra memoria.
Cuando el sujeto en referencia, es de una geometría proporcionalmente voluminosa, la tarea descriptiva debiera mantener su consistencia conceptual, pongamos que hablamos de minaretes y mezquitas: entonces, con un verbo nos ubicamos en un plano perceptivo esencialmente espiritual; las consideraciones sociales pasan desapercibidas. Conforman un simple bloque de masa arquitectónica. Escogemos un ángulo visual de pocos grados, no por conveniencia ni pereza sino, por la ponderación que nuestra discreción le asigna a la fe y no al palco donde esta se expone ni al medio para convocarla.
Lo magno se vislumbra en primera instancia, por la profundidad de inquietudes que despierta, más que por su carga dimensional, la relatividad siempre será un punto de discusión y critica para los que precian morir por inmersión en los mares filosóficos, para nosotros, individuos comunes de pan y arte la grandeza puede significar un universo poético, una trinchera para resistir embates de alta complejidad mal acarreados.
En un mundo plural, es necesarios volcarse repetidamente en el campo de las apreciaciones, para realizar hallazgos por innecesarios que resulten siempre conformaran puntos de nuevos encuentros, verbigracia: que la luz no se puede reflejar en un cuerpo carente de color; como el derecho a dudar es inalienable apelamos al microscopio, para luego afirmar con vítores a favor de una rama de la ciencia que: es un microbio negro; allende las glorias, hay esqueletos cuyo único excedente es la piel, estos atienden prioridades, cuyo contenido ético no consiste en difamar matices ya vilipendiados, dado que el marfil es ya parte del paisaje entonces, lo que precisa para dejar de ser esqueleto seria carne, carne magra y grasa para formar músculos y estos a su vez derivados múltiples orgánicos y diversos con el grado de perfección aproximado de una proteína, de allí que lo captado en el microscopio se llame: cuerpo y al descarnizado esqueleto, —asuntos de perspectivas— lo realmente importante y trascendental es la búsqueda de ese orden que ocurre antes y después del caos, que es el vehículo más expedito para evitar la manipulación de ideas y la abominable propiedad que tienen pueblos y gobernantes de trocar un inofensivo microorganismo incoloro en un elefante blanco.
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9comentarios 86 lecturas prosapoetica karma: 90

Tendencias

Los suspiros me sostienen
en esa nube plateada
que redime mis desvelos.

Me eliges números sin azar
entre fechas convulsas
como si la agitación de mis caderas
fueran los dados de tu suerte.

Esos músicos dementes
sacándose andantes acordes
en la celeridad del hundimiento
por las latitudes imposibles de una alcoba.

Después el beso y sus formas internacionalizadas
en un fluido y salvaje territorio,
desenfreno de galaxias dominantes y límites abiertos
a nuevas repúblicas donde morir.

Entre suspiros, las letras
y entre las letras,
ese silencio amatorio
preámbulo de roces y rezos,
de verticalidad y tendencias.
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10comentarios 71 lecturas versolibre karma: 106

El llano

Solo me escucho a mí mismo
Esto es un llano muy extenso
No hay sombra
No hay agua
Serpientes y correcaminos abundan
Y por la noche los coyotes
Solo escuchar mi voz me está enloqueciendo
Tengo sed, las biznagas están secas
La tierra no tiene ni gota de agua
Ya me cansé de escucharme
Aunque camino callado me escucho
Y ya no quiero
El sol no tiene piedad ni parientes
Las nubes aquí no existen
Se nota que hace años que no llueve
Creo que ni Dios se ha de parar por aquí
Otra vez ya estoy hablando
No quiero hablar
Ya no quiero oírme
Allá a lo lejos se ven unos colomitos
Espero tengan suficiente agua
Para olvidarme de mí
Para refrescar mi garganta
Seca y cansada de tanto parlotear
Otra vez ya estoy hablando...
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Poeta Libre

El hombre era poeta y libre, nunca se ganó un peso con la poesía. El hambre lo sorprendió esquivando los meteoritos desprendidos por las nebulosas de una calle en proceso de desintegración, aunque a decir verdad, no lo sorprendió; llegó a consecuencia de un metabolismo fisiológico — además lógico y físico— Tanto viento y tanta (lluvia padecidos y disfrutados) lograron borrar la efigie del prócer impresa en su billete de más alta denominación, el viento, hizo erosión en los dígitos de sus saldos bancarios y la moneda (literalmente), había sufrido tal devaluación que su valor sólo tenía sentido alegórico en la memoria numismática de una nación.
El hombre era poeta y libre, se cobijó bajo la persistente y pródiga sombra agonizante de una tarjeta de crédito, abordó una galería de micro tiendas, de esas que dan sustento y equilibrio a los pragmatismos de teorías económicas sobre el sano optimismo emprendedor, caminó hasta el final, donde un aviso publicitario tras la figura de un hombre trajeado a lo moderno sentenciaba : “ La exquisitez es asunto terrenal” Lo invadió cierta decepción al constatar que aquel lugar era una venta de corbatas y no de comida.
Alguna poderosa logia de poetas express sembraban la ciudad de metáforas inductores al consumo suntuario, era una forma legítima de tapar los agujeros dejados por la ausencia de un romanticismo considerado anacrónico por influyentes congresos de sofistas.
Pero el hombre seguía siendo poeta y libre. No le rendía cuentas al amor, muy pocas veces al estado y era irreverente ante el sistema al cual podía proferir cualquier cuestionamiento, rudo, grandilocuente, sin necesidad de fundamento, y sí se erraba, existía la sabía opción de la disculpa y el noble arrepentimiento; total — errar es de humanos—
Al fin encontró lugar que ocupar junto a otros comensales no tan libres ni tan poetas, tenían el tiempo ajustado al curso de un reloj, el espacio sujeto a un determinado tiempo y el discurso delimitado por la convivencia, la conveniencia , el deber y otras miles de restricciones morales, políticas, religiosas, filosóficas, filantrópicas, musicales y etcétera.
un hombre viejo hacía las veces de mozo, el hombre poeta y libre quiso gritar —¡comida por favor!, se contuvo, en su lugar esperó atención civilizadamente.
Haciendo gala de una acostumbrada y natural manipulación de la cortesía, el viejo que hacía las veces de mozo se acercó y preguntó entre otros rituales protocolares del servicio en restaurantes — ¿qué va a querer el señor?
—Ser poeta y libre, respondió entusiasta nuestro atribulado poeta, cuando en realidad lo que quería decir era: —una sopa de vegetales con fideos.


8/3/2019. Provincia de Buenos Aires.


Ilustración: Gran café , Sabana Grande, Caracas Venezuela 1978.
Imagen tomada del archivo fotográfico digital de Caracas.
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Los trenes

Trenes largos enganchados con recuerdos,
vagones llenos de los sueños de un
niño que ya creció, y que sigue guardando
en sus cajones las memorias de esos convoyes que miró pasar en Salamanca, en Irapuato, o por San Francisco del rincón, que cada que los ve pasar por donde ahora navega, siente la misma
emoción interna, ese asombro por ver llegar con majestuoso andar el ferrocarril, el silbato que rompe el viento, los pensamientos y que regresa a los vivos momentos de esas estaciones vetustas, hinchadas de recuerdos que vieron pasar a villistas, carrancistas y maderistas rumbo a la refriega, allá por los 1910 y tantos, cuando se llevó a cabo la mismita revolución. Tal vez, en otra vida, anduve en la bola, y hoy esa memoria lejana, pero tan conocida por mí, se conecta con esos sucesos, tal como los vagones entre sí, juntos sobre los rieles, rumbo al horizonte donde el sol se mete.

Se aleja el tren, y hay algo que por dentro me grita: "¡¡¡Viva la Revolución!!!"
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El Claustro de la conciencia

Eran días en que la libertad se hacía inapreciable en los ánimos de cualquier hombre. Un microcosmos, de amos y esclavos, cuyos términos medios, eran expresados por debajo de un hipotético amo mayor supra omnisciente, rector del pensamiento de cuanto cuerpo se creyera con espíritu. La voluntad subyugada a los designios de otros sub amos, administradores fallidos del tejido morfológico de las ideas. Una legión de esclavizadores a sueldo, impermeables al razonamiento lógico, entrenados en la segmentación y segregación de la esclavitud en: súper esclavos, vice esclavos, esclavos y micro esclavos, (dentro de la jerarquía de esclavo, existían cuatro niveles: esclavo, esclavo primero, esclavo segundo y esclavo tercero). La función de los ellos en este entramado, era obvia, pues, ser esclavo, a tiempo completo. Para ascender era necesario inventar otras formas de esclavitud, explotar la superstición, manipular con la magia, o transfigurar los efectos de la perversión en un acto virtuoso, (los precursores de este último punto, eran nominados al premio universal de la infamia y alcanzaban el grado de esclavizadores).
La ciencia era manejada por súper esclavos, dedicados meticulosamente a fragmentar la verdad en micronésimas partes hasta debilitar su fuerza, de tal modo que sin la menor discreción, se confundiera con la mentira. Si por alguna razón aprendida, las reflexiones de algún esclavo tenían la osadía de abordar las alas de una identidad diferente a la suscrita, eran derribadas por la metralla. El mismo era estigmatizado con los colores del enemigo útil, necesario para la siembra del odio y la germinación de la guerra, que a su vez ,era imprescindible para el purificador proceso de profilaxia social, que según los súper esclavos, informantes de los sub amos, reducía, notablemente el índice de felonía involuntaria; dado que: la traición a voluntad y con fines materiales, era justificada, siempre y cuando redundara en beneficio del sistema.
Los micro esclavos, constituían el mayor número de individuos en este viciado régimen, se les permitía ver por un solo ojo, y algunos colores estaban suprimidos del medio espectro visual, cada uno debía subsistir con una dosis de aire para respirar (sabiamente racionado) al mes.
Veneraban con estricta devoción al amo mayor, solían desdoblarse en loas durante los actos de culto, los cuales eran de carácter obligatorio, prioritario y consecuente. Eran los responsables de ejecutar los edictos de la muerte; los cuales transmitía el amo mayor, a uno de los sub amos, materializando su omnipresencia en el cuerpo de insignificantes aves voladoras, cuyos cantos, eran traducidos al idioma oficial al pie de la letra gracias, a la sabiduría, que desde hacía tiempo, era lo único que se podía heredar, suprimiendo así, la nociva costumbre de conocimiento por cultivación del intelecto que tanto daño le ha hecho al pueblo y al mismo tiempo, decapita esas odiosas presunciones pequeño burguesa como es la cognición.
Antes de cada actividad de orden fisiológica, era obligatorio (y además necesario) entonar los himnos de gratitud compuestos en honor al amo mayor, quien según los súper esclavos, fue quien popularizo por medio de leyes justas y acertadas una facultad, que antes de él, era solo privilegio de algunas castas.
En medio de la lisonja por lo absurdo, en que aprendieron a vivir los esclavos, algo se calculó mal, o se midió con instrumentos erráticos.
El miedo mutó en inconformidad y la sangre en el ojo autorizado para mirar, obligó, a abrir el otro ojo y ver de frente, al micro esclavos; de frente —literalmente—apuntando armas homicidas, con la “sana” intención de matar: profilácticamente.
Cuando los destellos del fogonazo, por el efecto de reflexión dejaron ver la claridad, sublime y realmente suprema que irradia la libertad, era tarde, la bala ya había penetrado al claustro de su conciencia.
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En la oscuridad

Un halo siniestro de oscuridad,
me rodea, cubre el fondo
del camino. Ennegrece el valle que
lucha por dejar brotar algunas semillas.

Sombras brotan por un lado,
llegan por otro, de todas direcciones;
aparecen en medio del camino
y empuñan ballestas de funestas memorias,
logran herirme, me hacen daño.

Herido, trato de asirme a alguna rama,
alguna raíz habrá para ponerme de pie.
Pero parece que todo vestigio de vida
se ha marchitado tras la llegada de esa negrura
que invade todo el entorno.

Burlona, se cierne sobre mí la muerte.
Busca el diálogo conmigo.
No le respondo.
Me ahuma la cara con el vaho pestilente
de una oscuridad más profunda
que la que acontece.

El ángel caído, aprovechando la situación
busca un pacto. Dice tener la panacea
para expulsar esa oscuridad y volver al camino.
Lo ignoro apesumbrado, porque de quién espero
una mano no se manifiesta, y el ofrecimiento es como lo solicité.

Caigo, me levanto.
de rodillas, a gatas, pero de a poco
trato de avanzar, de no quedarme allí
donde empantanado parece no escucharme la gracia.

Sin embargo, todo este tiempo,
en el la oscuridad me asiste,
he logrado ver un poco ciertos detalles,
que no me dejan hundirme más.
Tal vez sea la mano providente del Hacedor que está junto a mí, a pesar de que no lo puedo ver.
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Surtidor De Fogonazos

Lezama era un pobre loco y ciego merodeante de las calles de un pueblito de un estado llanero que se llamaba igual que él, cuentan los testigos que la cordura lo abandonó a los catorce años, un día en medio de una tormenta eléctrica agarró un morral, echó dentro cuatro hallaquitas frías, se terció una taparita llena de agua y cogió el monte, estaba convencido de que llegaría a la fuente luminosa donde nacían los relámpagos.
— Imagino que la encontró— porque a su regreso, ya no podía ver.
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Tras de ti

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Así van tras de ti
así mis letras se hacen versos
en un bosque cerrado al sol
así sin miedo creyendo seguir tus huellas
entre hojas y maleza entorpeciendo mis pasos
siempre voy….

No hay miedo a la fábulas de cuentos
cuando seré yo quien escriba, de tu huida
mi búsqueda perdida…

No habrá duende que quiera esconderse
y que mi cuento no nombre, ni hada
que no haga gala de sus alas…

No habrá fieras que no quieran ser bellas
o princesas escapadas que pretendan
buscar su zapato perdido
a mitad de un cuento
sin reino…

Pero entre todos
estaremos, cuando llegue a ti
bailando nosotros, rodeados de nadie
y de todos, con el primer beso, que comience
y finalice el cuento, de amor…

soundcloud.com/lola-bracco/asi-van-tras-de-ti-1 (Lola)

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Sin rumbo

Caminaba sin un rumbo en la memoria, ni cálculos de bolsillo. Solo se guiaba por la luz que se desvanecía mojada por la sombra, obligada por las estrellas. Así pasaba la jornada, yendo de un lado a otro. Quería olvidarse de todo, como todos lo olvidaron.
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El Sendero de Las Luciérnagas

La noche abraza con ímpetu el fortuito yerro de mi extravío, los arboles esconden sobre sí el brillo de estrellas y reflejos lunares, al centro del tenebrismo, mi cuerpo vaga por el hábitat de fieras y serpientes, emitiendo ruidos torpes sobre hojas secas, a tientas, flagelado por las ramas de impertinentes arbustos, no hay insecto que desprecie el jugo de mi sangre ni espina que ignore mi frágil piel, si mis pasos dan al humedal podría morir.
Cuando el miedo abre sus tenazas sobre mi calma, es entonces, cuando las luciérnagas forman el axioma del teorema de la vida. Soy un sobreviviente de la selva: dioses y demonios no son más que conjeturas antagónicas de un pávido universo.
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Reflejo de un Espejismo

En una época en que sus habitantes eran casi todos analfabetas, San Catarino de la Uña llegó a tener la biblioteca más grande y mejor equipada de la región, funcionaba en la antigua sede de la primera gallera que tuvo el pueblo, eso fue después de la brutal epidemia de peste aviar que extinguió en su totalidad todas las aves de corral y contagió a los caseríos limítrofes, y a cuanto bicho andante tuviera el cuerpo cubierto con plumas.
La biblioteca estaba bajo el resguardo de un sacerdote franciscano de apellido Uriretagollena, quien fijó su sitio de residencia en las verdes laderas del cerro el Peine, y emprendió la referida actividad, una vez que se vio forzado a cerrar la iglesia de modo permanente, ya que los habitantes de San Catarino se negaron masivamente a acudir a las misas, a las citas matinales de los domingos solo asistían cuatro viejas solteronas de la comunidad, por lo cual desde el punto de vista espiritual y económico dejó de ser un acto posible.

Esta historia me lo contó Jean Paolo Terso durante uno de los días de su breve periodo de abstinencia etílica, en la sede del registro principal de ese pueblo, cuando fungía como registrador principal de la entidad. La reunión se efectuó en su despacho, fui invitado por mi amigo: Enio Vandermosth , la conversación se centró sin darnos cuenta , en determinar el gentilicio de los nacidos en San Catarino de la Uña, estuvimos largo rato apelando a espontaneas construcciones que intencionalmente ahogabamos en los sorbos de café por absurdas y disparatadas. Luego, en un giro inesperado de las expresiones semióticas, nos miramos las caras con el desconcierto propio de quien no entiende lo evidente, — no pueden tener gentilicio. Exclamó el registrador, en un gesto de extrema sorpresa, y en cierto modo absorto sentenció: —el pueblo nunca fue fundado. En un intento por recuperar el equilibrio emocional, tomé una ligera bocanada de aire, cerré los ojos por un par de segundos, al abrirlos ya no estaba Jean Paolo Terso detrás de su escritorio.

Enio, notando mi inquietud, me colocó una palma en el hombro derecho, no dijo nada y me miro con acento de comprensión, me resigné ante el reflejo de las ilusiones que se proyectaban en sus pupilas y eran convertidas en palabras por un código traductor de espejismos, fue entonces cuando inferí que en esa biblioteca aun siendo la más grande y mejor equipada de la región, los libros están llenos de historias que nunca han acontecido.


Mayo 26/2016
Fotografía: Biblioteca Palafoxiana;Puebla de los Ángeles, México.
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Poema Pink II

No quiero versos desgastados
ni abrazos por compromiso,
No quiero sonrisas reforzadas
ni letras sin sentido,
No quiero miradas llenas de lástima
ni leer poemas nulos de sentimientos.

Mi vida es una ruleta rusa
que gira, proclamando
la muerte en cada tiro.
Y la suerte está de mi lado
lo sé, aún respiro…
Y si hablo de la muerte
es porque no le temo a ella.

Escribo hasta saciar mi estupidez
busco consuelo en esta hoja de papel
y si vuelvo a ver el amanecer
cuando abra mis ojos,
sabré que he vivido más de mil vidas
en cada parpadeo.
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