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Reminiscencia de invierno (parte I) (B)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentada en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)


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@AljndroPoetry - 2018-Dic-12

Quise recordar este relato
originalmente escrito a finales del 2017


Puedes leer la 2a parte en:
poemame.com/m/relato/reminiscencia-invierno-parte-ii
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11comentarios 125 lecturas relato karma: 117

El abismo

Mis poemas están sobre el papel,
fuera del papel.
Su misterio no está en la letra,
ni en la palabra:
en los vacíos.

El estallido del vacío
que llega al corazón,
el vacío que lo prolonga,
lo mantiene

flotando

en

el

abismo.
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Somos

Somos peces del desierto
nadando en vacíos.
Somos mentiras que dicen lo cierto
cuando se marchitan los ríos.

Somos lo que el viento no se llevó,
la bandera que nunca se iza.
Somos el misterio que el destino dibujó,
Como la sonrisa de la mona lisa.

Somos quienes beben el tiempo
Como un veneno,
Un día más que es siempre
Un día menos.

Somos quienes no tienen respuestas
Por el qué, el Cúando y el dónde,
Ni sabemos lo que dentro
Del alma se esconde.

Somos empujados por las preguntas
de los vientos del ocaso,
Condenados a existir sin saber por qué,
Como ave de paso.

Somos las grietas de la memoria
Donde se filtra la luz de la imaginación.
La muerte es el último acorde
de esta existencia que llamamos canción.
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15comentarios 153 lecturas versolibre karma: 136

Llamas

La vi arder en llamas.
Todo su cuerpo, bañado en combustible, se retorcía delante de mí y podía escuchar sus gemidos de dolor.
Sus ropas, hechas añicos caían al piso dejando oscuras ampollas de piel quemada al descubierto.
Los gritos de suplica retumbaban como tambores en lo más profundo de mi mente, y mi cerebro no parecía dispuesto a dar órdenes a mi cuerpo para moverse.
Sus desesperados quejidos comenzaron a darme escalofríos. Quería irme, salir corriendo de esa habitación, pero había algo en todo eso que me mantenía clavado al piso sin poder quitar los ojos de la escena.
El humo se había expandido llenando hasta el último rincón del lugar y reinaba el olor a carne quemada.
Sus ojos, desbordados de pánico, dejaron salir las últimas lágrimas, las cuales se evaporaron casi al instante.
Su voz se apagó en un último quejido y su cuerpo cayó al piso con un ruido sordo.
Un repentino ardor me hizo bajar la mirada.
Atónito contemple el encendedor, aun prendido en mi mano.
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Háblame

Habla, háblame...
Aunque sea en un susurro
y la verdad lastime,
como cristal afilado
que sin piedad desgarra.
Aunque sea inexplicable
y la lengua se enrede,
en un rugoso y retorcido enjambre
de palabras y excusas deshilvanadas.

Habla, háblame…
Clavando el verde de tus ojos de frente;
sin más mentiras, sin más afrentas.
Permite que resuelva el misterio
de mis noches en vela;
despeja la bruma que envuelve,
mis incertidumbres y mis negros temores.

Habla, háblame...
Que un corazón sólo puede latir entero
y he de recomponer los pedazos,
que poco a poco
y sin pudor despreciaste.





Publicado en la Asociación solidaria cinco palabras:
cincopalabras.com/2018/09/23/escribe-tu-relato-de-septiembre-iv-la-loc
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25comentarios 140 lecturas versolibre karma: 135

Tu risa

Me haces reír con tus dichos y palabras
abres puertas, ventanas clausuradas
donde rayos de luz inundan mi alma
descorriendo cortinas y persianas

Cómplice de secretos, de miradas
de gestos, de sonrisas y de llantos
aún lejano caminas a mi lado
siempre vivo en mis noches y mañanas

Nuestras risas de labios inmortales
con besos empañados de sabores
brotan como regalos de los dioses
sin calmar apetitos insaciables

Tu risa contagiosa me seduce
es luna de recónditos misterios
que navegan por mares llenos y ebrios
de pasiones carnales con embruje.
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"No recuerdo tu nombre ..."

Tu nombre...

Oculto en mi memoria,
ahora gama de colores frios,
llora tu nombre querido,
en lo oscuro del vacío.

Yo solo necesito recordarlo,
para soñarte todo el día,
y tenerte en vigilia festiva,
hasta al alba olvidarlo.

Vos revele el misterio,
para que su nombre divino,
seque sus lágrimas frias
sobre mi pecho encendido.




@Inmalitia, Andrés García. ©, Agosto 2018
Ilustración de Analía Judith
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¿Alma por qué huyes?...

Sin el mapa de mi música
como consigo el destino
Yo soy el destino...
y se mete en mi piel
como llama incandesente
lacera mi camino
recorre todo los continentes
Yo soy los continentes...
que albergan islas
costas
montañas
rios
dolor
ideas
Inspiración…

¿Donde estas inspiración?
divino elixir
que emana de lo invisible
como manantial dulce
¿Alma por qué huyes?
en esta hora no me abandones.
Yo soy tu existir
soy un fardo de músculos
y huesos

y tú... el radal misterioso
que mueve los hilos.
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Misteriosa

Caminando entre alfileres
me di cuenta de que el tuyo
tiene nácar en la punta.

De entre todas las mujeres
la que tiene más orgullo,
además tiene pregunta.

Esperar que me liberes
con respuestas que escabullo,
sin quererlo me pespunta.

Te prefiero como eres,
no desvelar ese truco
de la incógnita presunta.
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¿Qué es La Vida?

Es la muerte del no ser.
Abrir y cerrad de ojos.
Una puerta sin cerrojos
que te invita a conocer

Es un momento de asombro
que no logras comprender.
Un instante de placer
o el sonido de un sollozo.

Es un río de emociones
que desemboca en tus ojos,
se desborda por tus poros
y se inunda en tus pasiones.

Es tan solo un fotograma
dentro de nuestro universo,
lleva escrito en el reverso
un sagrado pentagrama.

Es la busca de un sentido
en este barco naufrago.
Como ya decía Machado
"caminante no hay caminos"
mas que el de tus propios pasos
y el de los que van contigo.

El inicio de la suerte,
un misterio subsistente,
es un velo subconsciente,
es la cárcel de la mente,
es el fuego de lo inerte.
Dios que se volvió consciente
en el interior durmiente
de todo aquel ser viviente
con la razón suficiente
para cuestionar con temple...

y responderse...

Que es la Vida, sino el principio de la Muerte.
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El Cementerio de Jaca

Hola, me llamo Ruth. Os voy a contar una historia que me ocurrió cuando tenía quince años y que jamás olvidaré.
Estaba veraneando con mi familia en Jaca, un precioso pueblo de Huesca. Me costó una semana convencer a mis padres para que me dejaran ir a la discoteca con mis nuevas amigas, Silvia y Miriam. Las conocí el primer día en la piscina de los apartamentos. Me vieron jugando con mi hermano pequeño y enseguida se acercaron para conversar conmigo. Silvia era un par de meses mayor que yo, y Miriam tenía diecisiete años.
Sin medio de transporte, sólo podíamos optar a la discoteca del camping. Pero el acceso estaba controlado. En la entrada del recinto los vigilantes comprobaban la identidad del personal que deseaba franquear la puerta. Nosotras no disponíamos de credenciales, ni de un aliado que desde el interior pudiera ayudarnos.
—Hay una solución —dijo Miriam con solemnidad.
—¿Cuál? —pregunté expectante.
—Nosotras hemos entrado dos veces saltando la valla de atrás —comentó Miriam —. Pero no sé si te dará miedo —hizo una pausa misteriosa y continuó —: Hay que atravesar el cementerio. Si vas corriendo y con los ojos medio cerrados no ves nada.
—¿Sólo tenemos que saltar un muro?, ¿no hay una puerta principal? —interpelé dubitativa
—Hay un portón de hierro, pero siempre está abierto —respondió Miriam guiñándome un ojo.
—Parece fácil —contesté sonriendo mientras recreaba mentalmente la escena.
—Pero no le has dicho nada de la vieja loca que vive por allí —añadió Silvia.
Entonces entre las dos me contaron que al lado del cementerio vivía una anciana que se llamaba Teodora, famosa en el pueblo por sus excentricidades.
La describieron como una vieja desgreñada, con ojos desorbitados y uniformada con un atuendo de hechicera malograda. Me explicaron que la anciana emergía de su caótico habitáculo esgrimiendo un sinfín de maldiciones a quienes atravesaran el cementerio en plena noche. Era su cometido y lo llevaba a cabo sin distinción.
Después de cenar esperaba impaciente que vinieran. Cuando llamaron a la puerta salí emocionada. Íbamos las tres riendo y botando por la calle. Nuestras melenas danzaban coquetas en el aire, el mismo que enamoramos con aquellas risas frenéticas: la hilaridad de la juventud.
Intentamos cruzar la entrada del camping, pero el vigilante nos paró y tuvimos que tomar el camino del cementerio.
Antes de llegar al camposanto atisbé el hogar de Teodora. Era una casa lóbrega; con un jardín repleto de objetos decorativos fantasmagóricos, y abundante vegetación marchita. El estado de la fachada era deplorable, con ostensibles grietas y desconchones.
El mensaje estaba claro: había que correr y saltar la tapia en tiempo récord.
Y lo hicimos. Aun así Teodora advirtió muestra presencia y salió de su morada blandiendo una escoba mientras lanzaba maldiciones a voz alzada. Por suerte estábamos a dos metros de saltar la tapia y no puedo darnos caza. Pero su imagen espasmódica y espectral se quedó impregnada en mi mente.

Al llegar a la discoteca dos chicos fueron directos a por mis amigas, y yo me quedé sola. A los pocos minutos las perdí de vista, lo único que deseaba era volver al apartamento con mi familia. Al llegar a la salida del camping vi al mismo vigilante que nos prohibió la entrada. Seguramente no me hubiera reconocido, pero no me atreví a cruzar el acceso. Creía que tomaría represalias avisando a mis padres o alguna contrariedad parecida. De modo que volví al muro del cementerio.
Mientras franqueaba el camposanto vi caer unos guijarros cerca de una lápida, pensé que detrás me aguardaba la anciana agazapada para asustarme. Paré y me acerqué temerosa, pero no vi nada. Y justo al enderezar mis pasos atisbé el espectro de un chico reclinado sobre el portón enrejado, me miraba y me extendía la mano. Avancé sin miedo hacia él y le ofrecí la mano. Enlacé los dedos corpóreos con los suyos traslúcidos, y sentí la embriagadora calidez de su energía.
Caminamos unidos por el bosque, mirándonos y sonriendo continuamente. Tenía el pelo castaño claro y divinos ojos verdes soñadores. No sé cuándo murió, pero su indumentaria indicaba que éramos coetáneos.
Me llevó junto al arroyo, la luna llena reflectaba en el agua abrigando el lugar con luces irisadas.
No hablaba, sólo transmitía un infinito estado de paz. Sentí cómo me abrazaba y su mano etérea acariciaba con dulzura mis bucles pelirrojos.
En ese momento clavé mi mirada color café sobre sus evanescentes ojos verdosos y me dormí acunada en su aura placentera.
Al cabo de tres horas una susurrante voz me dijo:
—Ruth, despierta.
Me alcé como un resorte. Pero el espíritu ya no estaba. Desande el camino corriendo. Las ramas de los árboles se agitaban con virulencia creando sombras amenazantes, mientras el viento silbante contribuía en el plano acústico acrecentando la tenebrosidad del paraje.
Llegué al cementerio y lo busqué, pero no lo hallé. Pasé sigilosamente por delante de la casa tétrica de Teodora, y al final llegué a mi apartamento.




Me desperté pasado el mediodía y bajé a la piscina. Allí Silvia y Miriam me aguardaban para disculparse de lo ocurrido. Les dije que lo entendía y no estaba enfada con ellas. Un mohín de perplejidad cruzó sus rostros, no comprendían mi firme indulgencia.
Cuando les participé por dónde salí, las dos exhalaron sendos suspiros ahondados del alma.
—¿Por el cementerio tu sola? —interpeló Miriam con estupor abriendo exageradamente las cuencas de los ojos —. Pensábamos que saldrías por la puerta.
—Sí. No tuve ningún problema, llegué rápido a casa —respondí soslayando los hechos.
—Esta noche volveremos. Vendrán con un amigo que casualmente ayer no fue. Le hablamos de ti y te está esperando —argumentó Silvia complaciente.
—¿Si? Perfecto —contesté sin celebrarlo.
—Cuando te lo presente vas a flipar —comentó Silvia risueña —. ¡Está buenísimo!
Aquella noche me arreglé más que nunca. Recuerdo que llevaba una minifalda tejana ribeteada con unas piedrecitas de colores y una blusa de tirantes negra. Le pedí a mi madre que me pintara la raya superior del párpado para que me quedara perfecta.
Mis amigas me rindieron un sinfín de alardes y por la calle varios chicos me lanzaron piropos en exclusividad.
Oteamos al mismo vigilante que la noche anterior. Ni lo intentamos.
Atravesamos el cementerio cautelosas para no alertar a Teodora. Ellas saltaron la tapia y yo no. Mi rostro reflejaba la férrea determinación de permanecer en aquel lugar de modo inequívoco.
—Ruth, ¿por qué no saltas? —preguntó Miriam desde el otro lado.
—Mi cita está en el cementerio —afirmé categórica.

Marisa Béjar, 31/05/2017.
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Una taza de calma inglesa

Basta con mirar las huellas
calcinadas de la noche
para imaginar la soledad
de los muertos.

La suave risa de las estrellas
que se descubren titilante
y por momentos la luna
en un arrebato de luz intensa,
desnuda sus senos.

Cada mirada, es un misterio
clavado en las calles,
el perfume indeciso
de los cuerpos exhumados de moteles,
los abrazos alcanforados,
los deseos escondidos
en la plataforma de las inhibiciones
y algún ebrio maldiciendo
su aliento destructivo, en la décima hora.

El transeúnte esquivo
y de mal talante,
observa las sombras ajenas
aquellas que lo crucifican
al quitarse el sombrero luego de un día agitado.

La lluvia limpia los rostros
mientras un poeta con el alma intoxicada
trata de redimir los versos
que dejó en la cocina,
la tarde que comenzó un amorío repleto de utopía.

Ladra un perro de famélico andar,
tose, tose
y el eco retumba en el aposento
de una mujer de piel vetusta,
agoniza luego de hacer el amor
con dos soldados que ametrallan vientres.

Termina la oscuridad
después de mil leguas de insomnio.
Me preparo una taza de calma inglesa
y me dispongo a continuar labrando
lo que queda de futuro.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Vos y yo. Nosotros. Esos

Viento y firmamento.
Historia y retórica.
Puerto y desierto.
Norte y horizonte.
Recuerdos y tuertos.
Locura y ternura.
Alas y balas.
Esencia y consecuencia.
Tristeza y crudeza.
Misterio y cautiverio.
Corazón y tropezón.
Ventanas y mañanas.
Idénticos y polémicos.
Dulzura y aventura.
Sombras y trombas.
Desvelo y vuelo.
Sueño y leño.
Vacío y silencio.
Portales y cristales.
Eternidad y verdad.
Aire y donaire.
Gloria y condenatoria.
Furtivos y explosivos.
Podría seguir...
Pero ya nos viste.
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Máscaras...

Al salir del concierto la noche se encontraba sumida en su existir más profundo, la calle poco a poco se vaciaba de los asistentes y todo aquel bullicio que hubieran generado las pláticas retóricas y los pasos sin rumbo, se fueron apagando como se extingue la luz de una vela con el paso del reloj.

Me gustaba disfrutar mi soledad en compañía, sentía cierto deleite en observar a las parejas discutir por trivialidades, ver cómo eran condescendientes entre sí afirmando conocer tal o cual obra, libro, persona, mundo, galaxia, constelación... para simplemente tornar los ojos admitiendo para sí mismos su poco conocimiento, sobre todo, hasta de su persona. Yo no tenía ese problema, sólo hablaba conmigo y para hacerlo ni siquiera tenía que articular palabra alguna, era un monólogo interno, donde no podía ocultarme nada y me daba explicaciones que me debatía con fundamentos lógicos, que sonaría ilógicos al mundo. No necesitaba demostrar mi valía ya fuera con ropas finas o con regalos lujosos; yo era quien era en ese momento sin más que ocultar.

Por fin me encontraba sólo bajo la luz que provenía del recinto hasta que éste cerró sus grandes y pesadas puertas tras un fuerte sonido al colocar los cerrojos, era como enclaustrar un alma noble entre cuatro paredes para mostrarse sólo en los momentos más sonrientes, mientras que los demás días son las lágrimas ocultas las que no paran de recorrer sus mejillas formando un río, un lago, un mar... Decidí comenzar mi regreso a casa con las melodías aún sonando en mi memoria, tarareando algún pasaje, disfrutando de aquel concierto de nuevo en mi mente.

El frío se sentía como un soplo suave de lijas sobre el rostro así que metí mis manos en los bolsillos y al hacerlo sin querer tiré las llaves de mi hogar al suelo, me detuve para levantarlas y fue entonces que noté que alguien me seguía sólo algunos pasos detrás. Giré el rostro apenas para alcanzar a observarla de reojo, sólo pude notar su silueta definida entre la obscuridad de la calle y la tenue luz amarillenta que daba la tímida iluminación de un poste a lo lejos; podía notar su figura de mujer, su cuello largo y fino, sus brazos delgados y su cadera ondear al caminar despacio. Permaneció inmóvil mientras yo me reincorporaba lentamente. Como si nada continué mi camino, sin embargo, sentía sus pasos tras de mí como si quisiese acercarse, pero algo se lo impidiera.

Después de avanzar una cuadra decidí dar media vuelta y pararme frente a ella, se encontraba aún lejos para poder reconocerla, o tal vez llevaba alguna especie de velo negro que no me permitía ver su rostro con claridad. Comencé a caminar hacia ella con un paso tranquilo, "Buenas noches señorita, disculpe, ¿la conozco?, ¿puedo ayudarle en algo?" le dije con una voz firme pero gentil, mientras me aproximaba, ella negó con la cabeza y comenzó a cercase al mismo paso que yo. Poco a poco la distancia se reducía y entonces pude notar como su rostro se veía claro, los ojos un tanto rasgados y grandes, la boca delgada, el rostro pálido un poco ovalado, el cabello ondulado de un café obscuro y la nariz recta... era ella. Hacía tanto que no la veía; por un momento la impresión y el gusto se notaron en mi sonrisa y justo cuando iba a pronunciar su nombre pude ver cómo se quitaba aquel rostro como si hubiera sido una máscara que tiraba al piso. No podía entender que era lo que sucedía, se acercó otro poco y pude notar que su rostro era diferente; ahora tenía los ojos ovalados y más pequeños, su rostro afilado de un moreno claro, el cabello negro rizado, los pómulos redondos y prominentes mostrando esa boca pequeña y rosada. De nuevo era ella, la que hacía tanto tiempo había querido. En ese momento no podía comprender que era lo que sucedía y para mi horror, volvió a quitarse esa máscara con un desdén que heló mis huesos. Ahora sus ojos redondos color avellana me miraban fijamente, de nuevo el cabello rizado pero esta vez más corto y rojizo, su rostro claro y la boca un poco gruesa bien definida. Me detuve como un acto reflejo, de nuevo un amor de hace tiempo. ¿Qué sucedía?, ¿era acaso un espejismo o una ilusión?, tal vez era un sueño o mejor dicho una pesadilla. También detuvo su paso y colocó sus manos tras su cabeza quitándose esa personalidad de un sólo golpe para mostrar la siguiente máscara. Apareció un rostro redondo de ojos grandes, negros, el cabello un poco ondulado de color castaño obscuro que llegaba hasta sus hombros, las mejillas algo abultadas y rojizas, con una sonrisa amplia. Sentí cómo su mirada recorría cada parte de mi expresión incrédula, claro que la recordaba, cómo no hacerlo si fue motivo de mil desvelos, de sentimientos encontrados, de un antes y un después en mi vida. Esa mirada fue rápida pues tomando el cabello se despojó de aquel rostro para dar paso al siguiente, un rostro delgado de cabello negro lacio y largo, los ojos pequeños un tanto rasgados y de un negro profundo, la boca muy fina de color rojo, la seriedad inundaba su expresión junto con la mía, me observo con su mirada fuerte y severa por un tiempo, bajó la mirada súbitamente; al levantarla, una nueva persona se asomaba en ella, su piel morena y los ojos grandes, redondos, negros y expresivos, la nariz pequeña a juego con una boca gruesa de labios carnosos absolutamente seductores pintados de un rojo intenso, tan intenso como ella, el cabello largo, absolutamente negro, obscuro como la noche, me contempló con un aire desafiante y yo sostuve la mirada de forma retadora, era ella, la de una lucha eterna, la que había desgastado mis manos de tanto escribirle, la que había tomado todo de mí y nunca más apareció de nuevo llevándose mi última esperanza de creer en el amor visceral y bohemio. Se acercó lentamente hacía mí, mientras yo permanecía estático; en éste punto poco importaba ya lo que fuera a sucederme. Se colocó justo en mi espalda y susurraba en una mezcla de voces, como si el tono, el color, el sentimiento fuera variando, unas veces tierna y afligida, otras en forma de reproche y hasta con odio, otras tantas indiferente y fría. Caminó y al estar frente a mí pude ver su nuevo aspecto; ahora su tez blanca, con el rostro muy delgado, los ojos claros casi verdes o miel, su sonrisa inocente se presentaba mientras su mirada seductora se clavaba dentro de mi ser, sentí como el calor recorría mi cuerpo y me abandonaba a lo que ésta presencia fuera, tal vez un demonio o un ángel. No podía más, empleaba las últimas fuerzas de mi cordura para permanecer en pie. Colocó sus manos sobre mis ojos, enfundadas en unos guantes negros de terciopelo, y al retirarlas pude observar mi rostro de frente, los mismos gestos, la misma incredulidad; la expresión tanto de asombro como de terror, y lentamente, como si fuera el vapor que emana del agua caliente, se fue desvaneciendo hasta quedar en un vacío absoluto, una obscuridad más profunda que la noche, que el hoyo más recóndito sumergido en los mares, que mi propia conciencia desvalida.

Sentí mi cuerpo helado, rígido, ella se dio la vuelta y siguió por el camino que antes había recorrido hasta doblar en una esquina donde desapareció por completo. Yo permanecía absorto, sin comprender qué era lo que había sucedido, coloqué mis manos frías sobre mi rostro, lo sujeté con fuerza y tiré de él; pude sentir cómo se desprendía de mí esa máscara que tiraba al piso, la vi rodar a mi lado, con su expresión vacía. Por un momento no supe que hacer, cómo reaccionar. Volví a colocar mis manos dentro del abrigo recuperando la calma, tomé de nuevo mi camino y pensé... "Ahora soy yo, el recuerdo de alguien más".
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Misterio en sus ojos (un Mondô de @Galilea & @SolitarioAmnte)

¿Qué hay tras su piel
de porcelana blanca
y abanico de seda?

Una infinita
soledad y tristeza;
un amor imposible.


@Galilea & @SolitarioAmnte
vi-2017
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Almas rimadas

Entre los arcos del claustro
se observan pasmadas.
Lo saben: son almas rimadas,
de texturas forjadas en vidas pasadas.

Peregrinan en distancia,
cautelosas acciones,
gratas sensaciones: conectadas.

Equidistantes miradas:
nostálgicas, soñadoras, embriagadas…
¡Férvida melodía en palabras imantadas!

El cielo reflecta un misterio.
Las flores exhalan fragrantes hologramas:
seducen el aire,
pomposo deleite
se instala en sus mentes.

En la galería clavan sus pisadas.
Él franquea el jardín,
sonríe: en el pozo la espera.
El agua cristalina gorgotea la misiva.
Ella recoge los bajos del vestido
verde infinito.
Salta el escalón, avanza frugal y etérea.

Son almas rimadas,
en medio del cosmos halladas.

Marisa Béjar.
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Luna Señora de la Noche

Luna fina, nostálgica,
pálida, taciturna.

Siempre romántica,
envuelta en una belleza
única y misteriosa.

Seductora dama de la noche
vestida de plata refulgente
danzando por las noches
con pasos lentos y elegantes.

Tu escenario nocturno
estrellas centelleantes
plafones de luceros rutilantes.

Te retiras suave y lentamente
en la mañana de sus albores
con los primeros rayos del alba
cerrando el telón triunfal
bajo los rayos crepusculares.

MMM
Malu Mora
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Dedos de luna

Niñita chula toca la ocarina
para que el mar se rinda a tus pies
porque tienes los dedos de luna
y en tu garganta vive un cenzontle.

Niñita chula prepara un rico pozole
para que tu abuelo sacie la sed
porque tienes los dedos de luna
en tus manos llevas la miel.

Niñita chula te llama la abuela
el nixtamal pondrás a cocer
porque tienes los dedos de luna
la masa se deja querer.

Chula niñita urde la hamaca
pa´ tu hermanito que está por nacer
con esos dedos de luna que tienes
dulcemente se va adormecer.

Niñita Chula ara el campo
el cielo comienza a llover
porque tienes los dedos de luna
con ellos la milpa verde es.

Chula niñita, muy buenas noches
el sol se oculta otra vez
la luna viene quedita
a tus dedos hará florecer.

Aria Nahual
Martes/ 08/ agosto/ 2017
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4comentarios 57 lecturas versolibre karma: 70

Mujer Perfecta

La única mujer de mi vida,
La que de verdad por mi vela,
La que me quiere con desmedida,
La que mi felicidad Anhela,

La que pida lo que le pida,
Nunca da un no por respuesta,
Siempre con una sonrisa,
Por mí a todo dispuesta,

La que me supervisa,
La que me hacía la merienda,
La que me llevaba a clase a toda prisa,
La que me quitaba la venda,

Siempre con dulzura me avisa,
Si yo voy por mala senda,
Debe de ser pitonisa,
Porque siempre la acierta,

No hay oro, plata o divisa,
Para una mujer tan honesta,
No hay nada que pague tu risa,
No me seas modesta,

Perdona que te insista,
No hay posible propuesta.

Y ahora os preguntaréis,
Quién es esa mujer tan perfecta,

De apellido Gelabert,

No es otra que mi Abuela.
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Reminiscencia de invierno (parte I)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentada en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)



@AljndroPoetry / xi-17
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