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El suceso de Mike

Yo soy Mike y está es mi historia
Todo empezó así, yo solía trabajar en una pequeña fábrica, no ganaba mucho dinero pero era lo suficiente para vivir una vida tranquila no tenía muchos gastos aún era un tipo joven,
vivía solo pues había mudado un poco lejos de mi tierra natal, Mis jornadas de trabajo me ponían en constante contacto con distintas personas y entre todas esas personas conocí a una muy atractiva chica
Ella era alta, tenía un hermoso cabello rizado, su sonrisa era preciosa.
Desde el día en que la conocí sentí una atracción especial por ella.
Nos llevabamos muy bien, soliamos salir cuando teníamos tiempo libre, y como disfrutaba cada momento.
Tiempo después empezamos una relación todo iba bien, era muy feliz, mi vida comenzaba a tener sentido y la veía de un modo distinto y mejor a como era antes.
Pero nuestros problemas iniciaron cuando ella tuvo que irse a otra ciudad por motivos familiares, para ese entonces teniamos algo más de 1 año de relación y yo no puse trabas a nada porque entendía su situación y la apoyaba
Inicialmente solo eran unos meses, dos o tres para ser más exactos
Pasó el tiempo y luego de los 2 meses perdimos el contacto, pensé que bueno no sé quizás tuvo inconvenientes allí y no tenía tiempo para comunicarse.
Un día se me ocurrió ir y vistarla necesitaba saber como estaba y bueno no sabía con exactitud donde estaba pero emprendí el viaje para estar con ella.
Al final llegué al lugar donde ella estaba pensé verla junto a su familia ella me había dicho que tenía un familiar enfermo y al llegar allá sentía un mal presagio, fui al lugar exacto donde ella estaba y me enteré que bueno la persona que estaba enferma era ella, y que había regresado para tratarse y que no quería decirme nada hasta que esté segura que su estado de salud era mejor, yo nunca supe que ella tenía una enfermedad preocupante siempre se vio muy sana y llena de vitalidad
Pero bueno me comentaron que se le diagnóstico lo que tenía hace poco tiempo antes de haber vuelto a su lugar natal, y que dicha enfermedad era asintomática, que con un tratamiento adecuado estaría bien.
Pero la situación de ella en vez de mejorar empeoró y cayó en un cuadro grave y la verdad sentí um gran vacío al enterarme de todo eso, sentía como mi vida se partía en frente de mi.
La situación de Vicky empeoró y se debatía entre la vida y la muerte y aunque trataba de ser optimista, no podía evitar pensar lo peor, pasaba todos los días junto a ella esperando que se recuperé, ms costaba comer, empecé a sufrir de insomnio y algunas cosas más.
Así transcurrió un mes más mis esperanzas comenzaban a esfumarse pero al fin después de mucho tiempo los médicos nos dieron resultados alentadores y que en un lapso moderado de tiempo ella volvería a ser la de siempre.
Esos fueron los meses más jodidos en mi pvta vida, seis meses que se hicieron una eternidad, ya a pasado un año de aquel suceso que marcó nuestras vidas, ahora vivimos como una familia esperamos al Jr que en unos meses será parte de la familia.
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Mis Tres Yo (Códigos De un Milenio)

Tengo una relación buena con Mi Super Yo, ese ser —supongo que aeronáutico— que ve todo con ojos de águila desde arriba y vive en la quinta dimensión.
Mis problemas son con Mi Infra Yo, diminuto espécimen alojado en el caparazón de niño que se resiste a salir de la subterraneidad.
Yo soy un mediador, subordinado a las pasiones y obligaciones, un individuo de pecho erguido que busca acomodarse en el medio de un pelotón tratando de hacerse visible entre la multitud para no ser atropellado.
Mi Super Yo, —hace algunos años— se enfadó conmigo porque me negué a interpretar sus señales, pero es que yo, andaba muy entretenido con Mi Infra Yo, y no me parecían atractivos ni divertidos los carteles que, como loco, me ponía en las vías tratando de prevenir. Digamos que Mi SuperYo , no es un buen publicista. Avisa una sola vez , si lo agarraste, bien, si no, se te fue y no hay vuelta atrás. El Infra Yo, es más flexible, es como ese despertador que suena cada cinco minutos para recordarte reiteradamente que es hora de levantarse. y por persistencia, termina convenciendote.
—Como dije antes— yo soy un intermediario entre un viejo sabio y un niño caprichoso; afanado en encontrar el equilibrio, he suscrito, con Mi Super Yo el convenio de contradecirnos eternamente; y con Mi Infra Yo , el de seguirnos la corriente, en una relación sin mas compromiso que sujetarnos ambos, ferreamente al error y al perdón (como en los matrimonios).
Por defecto le corresponde a la reprochable figura del yo viajar en el puesto del medio, como en un destartalado bus por caminos tortuosos a sobresaltos e influenciado, por las vibraciones bilaterales de dos seres en profunda contradicción. —han leído bien— dije vibraciones, porque se supone que mamíferos acuáticos y terrestre vibramos en la misma frecuencia del planeta (alrededor de siete ciclos cada segundo)
Pero como Mi Super Yo, presume de predictivo dentro de su constante persecución del orden, va más despacio, baja su frecuencia y su velocidad de vuelo, su único objetivo es alcanzar el éxito bajo el laureado arco de la seguridad, y dentro de este éxito demorado, quizás algunas veces: Sea feliz.

El Infra Yo —bicho rastrero— perfora sus cavidades subterráneas a velocidad de licuadora China,tasa sus preferencias en gozar hoy, mañana y siempre, continuamente pide y da una segunda oportunidad, aboga por la abolición del ahora o nunca , (febrilmente preconizado por el Super Yo). En la oscuridad de su carrera de vez en cuando asoma la cabeza a ver si está satisfecho, porque su ambición mayor es ser feliz, en algunas de esas ocasiones entre satisfacción y felicidad también logra el éxito.

Como verán, las diferencias encuentran puntos compatibles disueltos entra lo que entrecomillado denominamos éxito y lo que subrayamos en mayúsculas como felicidad; porque aunque el Super Yo (de cualquiera) en su vuelo pausado pareciera llevar el signo del cannabis, no es así,elevarse lento tiene sus ventajas, posibilita la capacidad de observación, mientras subes, tienes mayor amplitud de la función cognitiva y un procesamiento óptimo de las vivencias, y su posterior retención en la memoria. En el transcurso de ese ascenso,verá a muchos caer, o electrocutarse con los tendidos eléctricos, otros, se pierden entre el ramaje de los árboles,otros, se estrellan contra las torres y edificios, y algunos conquistan más altura y por consecuencia mayor distanciamiento del Infra Yo que no se detiene en su furia de hundirse bajo tierra como un edáfico desquiciado, en un instinto autodestructivo vertiginoso y asfixiante, (porque bajo tierra escasea el oxígeno).

Mi función como «Yo» mediador es evitar que ambos se alejen demasiado, porque así como hay riesgos en las profundidades del subsuelo también existen en la estratosfera.

La mayor contradicción entre estas dos entidades deviene en el paréntesis que retiene los hábitos individuales de cada uno; por ejemplo: a Mi Infra Yo, le atraen los números, pero no crean que son los números sistemáticamente organizados en polinomios, ecuaciones y otras expresiones matemáticas, le encantan los números que han sido colgados en las sudaderas de los caballos de carreras, en las esquinas de una baraja o en las esféricas que legitiman la promiscuidad en la lotería. Por tanto aclaro; que si en alguna ocasión creen verme saliendo de un casino con los bolsillos de revés, y con la nicotina pegada en la piel de una sonrisa,
—!Ese no era yo¡— era Mi Infra Yo, que tomó control del espacio y tiempo.

El superYó, por su carácter aéreo de impecables rasgos y absoluta precisión también inclina sus gustos hacia algunas tendencias, donde prevalece la racionalidad y la natural obsesión de ser biológicamente correcto, por eso apunta a la reproducción de su especie en la forma original propuesta por la arquitectura universal, como irreductible relación entre un macho y una hembra como situación ideal. Yo como garante de equilibrio defiendo la fidelidad entre parejas,pero si alguna vez vieran a alguien parecido a mi, pasar del brazo con quien no debo pasar:
—!Ese no era Yo¡— ese era Mi Super Yo reprimido que se ha escapado para hacer una de las suyas.


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El Cambio (Códigos De Un Milenio)

—Yo cambié. dijo ella en el marco de una trivial conversación, sin más fin que rellenar las nocivas grietas que suele abrir el silencio. Sus palabras, surtieron un efecto contrario al esperado. Sumiendo mi transfigurada existencia en sucedáneas cavernas de silencio.
Inmediatamente mi imaginación se trasladó a la deconstrucción de la sintaxis morfológica que comprende un cambio, desde las variadas causas que lo originan, hasta la conclusión en un intrincado punto, más allá de la psiquis, más allá de lo físico y orgánico.
Todo situación de cambio ofrece en sí, una nueva perspectiva, a la cual, solo es posible acceder, tras una renuncia previa del estatus inmediato anterior ; el cambio impone abdicación, implica mutación; aunque no necesariamente tiene que ser evolutivo, pudiera ser en sentido inverso; en detrimento del sujeto u objeto interpuesto bajo la traumática expresión «proceso de cambio».
Una de las transformaciones más importantes acaecidas en mi «yo» interior (porque mi yo exterior es mi alter ego) es la forma de concebir la tradicional abstracción de la espiritualidad, ya que sin descender de mis oscuros patrones de pensamiento, la he asumido, como algo hermosamente posible dentro de la acepción fabulosa que determina lo que está por encima del subconsciente, aquello que sin existir anatómicamente, existe, como construcción necesaria e indivisible del ser inmaterial.Distante del psique pero vinculado a las mismas emociones que éste válida…
Me disponía a seguir escudriñando dentro de las profundidades del preciado silencio, cuando, su cristalinidad fue abruptamente resquebrajada como una galleta de soda por su voz.
—Te dije que había cambiado. Replicó en la frecuencia tónica de la pendencia.
—siii, lo sé— respondí , extendiendo el sí como instrumento de conciliación.
Sabía perfectamente a qué se refería.,
Había cambiado, en moneda de curso local, los últimos residuos de nuestros ahorros en dólares.

Baires/30/03/2020
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La partida fallida

Ella marcaba las cartas.
El se dejaba llevar... La partida durò toda la madrugada.
El cansancio de los dos era extremo. El juego había sido intenso, quedaron perplejos de todo lo acontecido .
Jamàs imaginaron lo que pensarían , hablarían del otro de forma peyorativa .
En ese momento eran dos desconocidos , las puertas estaban abiertas y el camino de los jugadores era diferente , a partir de ahora.
Nunca pensaron en que iban a perder en el juego, pero perdieron.
Juego al que erròneamente llaman amor.
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El tren (versión corta)

Los días fríos le recordaban cruelmente que los años no pasaban en vano. Sus huesos parecían resentir cualquier baja de temperatura. No recordaba ya cuando comenzó a sentirse así.

Frotó sus manos con furor tratando de entrar en calor.

Mirando el reloj se preguntó nuevamente cuánto más tardaría el tren. Las agujas parecían moverse en cámara lenta.

Pensó que ya no tendría que preocuparse más por el frío, o por los dolores, o por la soledad. Pensó que podía incluso disfrutar de la brisa helada, porque era la última vez que tendría que soportarla. Se iba y no pensaba regresar.

Miró el reloj de nuevo. ¿A qué tanta prisa a fin de cuentas?

Y como suele pasar, apenas dejó de prestarle atención al tiempo, se escuchó a lo lejos el sonido del tren.

Mientras más se acercaba más claras se hacían las imágenes del futuro que le esperaba, y más borroso el pasado gris que dejaba atrás.

¡Ya no sentía frío!

Cuando el tren estuvo lo bastante cerca, se dejó caer.



ALDA
(Derechos reservados)
(Versión corta)
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La Escritura de Arena

Si el Libro de Arena del que hablaba Borges existiera, su escritura sería la Escritura de Arena.

La Escritura de Arena debe contener en sí todos los signos existentes y por existir, todos los símbolos posibles en todas las lenguas posibles. Debe ser condensada y representativa, y a la vez desramarse como un árbol hacia el cielo. Debe ser ,en definitiva, un punto.

El punto es el origen de toda escritura y de todo signo, pues Euclides sólo podía definir la línea como una “sucesión de puntos”. Así, de ese mismo modo, el punto es necesario y consistente como la piedra angular desde la cual comenzar toda representación gráfica. Los antiguos calígrafos árabes eran capaces de dividir la letra por su estilo siguiendo el número de puntos que ocupaban. Esta es la importancia del punto.

Irónicamente, el punto en sí es un signo, como el Aleph no tiene un sonido vocálico determinado, y sin embargo actúa como vocal; así el punto siendo origen de todas las demás letras no tiene cabida entre ellas.


Qué traicionado debió de sentirse el usuario de aquel misterioso libro, cuando abrió las páginas y sólo halló puntos.
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Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
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Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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No será la última batalla

Año 206 a.C. Las legiones romanas estaban celebrando la victoria. Habían expulsado definitivamente a las huestes cartaginesas de la Península Ibérica, haciéndose con los territorios conquistados hacía años por esos bárbaros africanos. Roma expandía su poder con puño de hierro, y las legiones, entrenadas y disciplinadas, se convertían en su brazo ejecutor. Marcelo Crispo, uno de esos legionarios, celebraba el triunfo acompañado de sus camaradas, anhelando el fin de la guerra y el regreso a su Cumas natal junto a su mujer y sus dos hijos. Marcelo, recordó los momentos vividos con sus camaradas caídos en la batalla, buenos y leales compañeros, en especial Quinto Vitelio Rutio, el cual le había salvado la vida en más de una ocasión. Esa noche, el veterano legionario Aulo Marcelo Crispo, haría una ofrenda a los dioses sempiternos, pidiendo que las almas inmortales de sus camaradas y amigos caídos en la batalla tuvieran una existencia dichosa y feliz en los Campos Elíseos. “Volveremos a vernos, amigos”, dijo Marcelo mirando el refulgir de las estrellas en la oscura inmensidad de la noche, “pero todavía no.”
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Billete de vuelta (parte 1 de 3)

Violeta despegó su cuerpo del asiento con dificultad. Tenía las piernas entumecidas después de tres horas de viaje y necesitaba escapar, por un rato, de los ronquidos del pasajero que viajaba a su lado. Atravesó el pasillo de su vagón sorteando codos y zapatos mientras recobraba la movilidad, y cruzó dos vagones más hasta llegar a la cafetería. Al entrar observó que el mostrador más inmediato estaba ocupado por tres ejecutivos de trajes impolutos y zapatos relucientes, que discutían sobre la noticia del periódico abierto frente a ellos. Buscó con los ojos un espacio para apoyarse y eligió la barra lateral izquierda situada a lo largo de una de las ventanas. Pidió un café con leche. Desde su postura descansada, contemplaba el paisaje desenfocado del exterior, donde las llanuras se hacían interminables al igual que aquel dichoso viaje. Llevaba un año sobreviviendo en Bari, al sur de Italia, pero había decidido volver tras conocer que su padre había recaído en su enfermedad. Por eso, iba en aquel tren, convencida de que debía volver al pueblo y animarlo. En realidad, no tenía ni idea de cómo se hacía eso, cómo se da aliento a alguien que ya ha sufrido varias embolias y, sobre todo, cómo sería capaz de disimular su propio sufrimiento. El traqueteo del tren se agudizó y el soniquete molesto la apartó de aquellos pensamientos. Bebió el sorbo de café restante en la taza y se dispuso a regresar a su asiento. Recorrió el primer vagón a toda prisa, huyendo del intenso olor a embutido que provenía de los bocadillos de unos niños que había sentados junto al guarda equipajes. Entró en el segundo y se detuvo en seco. El olor a embutido había sido sustituido por aroma a una fragancia de frutas cítricas. Al fondo reconoció un cabello negro ensortijado. Estaba segura: no había visto aquella cabeza en su paso hacia la cafetería, anteriormente. También, estaba segura de que pertenecía a Samuel. Su corazón, atento a las reflexiones, sintió el disparo de salida y latió con fuerza. Violeta caminó como si calculara la distancia a través de sus pasos hasta situarse justo detrás de él. Confirmó que no había nadie sentado a su lado, lo cual no quería decir que viajara solo. Puede que su acompañante estuviera estirando las piernas como acababa de hacer ella. En cualquier caso, allí se encontraba ella de pie, casi rozando la espalda de Samuel.
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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco.

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!
— ¿Cómo que no?
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar.

— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa.
— Esa era la otra razón para no llamarte.
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad?
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes.
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.
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Hola, me llamo Wood

Hola, me llamo Wood. Como todos los días me he levantado de sopetón de la cama, me he puesto mi sombrero y he salido a la calle para ir a trabajar. La verdad no me apetece ir a trabajar, pero, hay algo en mi que me obliga a ir. Durante el camino me choque con la misma pared con la que me choco siempre, parece que aun que la vea venir nunca me aparto, todos los días esta hay esa maldita pared. Siempre que me doy contra ella les oigo reírse de mi, no se que les hará tanta gracia la verdad, a mi me duele. En el trabajo son todos los días igual, mi jefe me echa la bronca por algo que he hecho y la verdad no se ni lo que es, cuando esto pasa también les oigo reírse. Una vez de vuelta a casa después de un duro día de trabajo, me persiguió el mismo perro que me persigue todos los días y me toco salir corriendo como siempre. Ya en casa colgué mi sombrero, y me metí en la cama. Mis cuerdas callaron del cielo como todas las noches y por fin era libre para hacer lo que quisiera, pero, sin nadie que manejara mis cuerdas no era capaz de moverme, al menos siempre seré libre de pensamiento. Se cerro el telón y las risas de antes desaparecieron, dejaron unas monedas en la entrada y se fueron. Y si todos en el fondo fuéramos marionetas como lo es Wood, utilizadas por alguién para su propió interes.
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El bobo

Del bobo nadie dudó. Nadie
sospechó. Hasta que llegó
uno más bobo y lo descubrió.

Microrrelato
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Estúpida venganza

Me dijiste que no podías hacerlo
No podías como yo querìa
No podias reirte a carcajadas en medio de la calle
Y no me pudiste dejar robarte tantos besos.
No pudiste.
Ahora, yo tampoco quiero.
Maldito amor!
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El manco de Lepanto

Golfo de Lepanto; 7 de octubre del año 1571.

Esa mañana, el infierno había emergido hacia la superficie del mar para alegría de la Parca, que esperaba impaciente su festín de almas. Las flotas otomana y cristiana ya habían tomado posiciones, y se disponían a chocar con una ferocidad digna del mismísimo Hades. Los cañones vomitaban fuego con ensordecedor estruendo, e inhumanos gritos salidos de las gargantas de los presentes insultaban, maldecían y condenaban al infierno a sus adversarios.
En una de las galeras de la Liga Santa, la armada cristiana, un joven de veinticuatro años y de nombre Miguel, febril y doliente, se disponía a abordar una de las naves turcas y a dar batalla sin tregua a los enemigos de su rey y su Dios.
El capitán de la nave, así como algunos de sus camaradas, le instaron a guardar reposo y a no entrar en batalla debido a su estado, pero él se negó. No quería pasar a la historia como un cobarde, pues era preferible morir valerosamente y encontrar sepultura en la batalla por la causa de la Patria y de Dios, que dejar este mundo en las bodegas de una galera enfermo y sin gloria.
Así pues, el capitán del navío, le dio órdenes, junto a otros compañeros, de que protegiera la posición del esquife durante la contienda, y tal fue la hazaña de este bravo soldado, que tras recibir dos arcabuzazos, uno en el pecho y otro en la mano izquierda, no cesó en el combate hasta acabar con los otomanos a los que se enfrentaba. A pesar de las heridas, y de perder la movilidad total de su mano alcanzada por el fuego, el soldado Miguel se recuperó en pocos meses. Tiempo después, escribiría sobre esta batalla:
« Fue, la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.»

Se dice, que tras la feroz batalla, las aguas que vieron a la cruz y a la media luna medirse en fatídico duelo por coronar a un único Dios, se tiñeron de un rojo tan intenso, que la sangre cubrió el mar durante más de tres meses. Ese día, perdieron la vida tantos hombres como ninguna batalla anterior había conocido. Ni Dios, ni la Muerte, harían distinciones a la hora de juzgar a los caídos.

Miguel de Cervantes Saavedra pasaría a la historia como uno de los mejores, sino el mejor de los representantes de la literatura española, incluso me atrevería a decir, el mejor literato a nivel mundial que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Y a pesar de ese don, en su lecho de muerte, débil y enfermo, solo deseaba recordar sus años como soldado, los más felices de su vida. Su último recuerdo, Lepanto.
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Entre los dedos

Gregorio Samsa despertó esa mañana con el profundo deseo de ser entomólogo. A sus veintitrés años era una persona que apenas tomaba el sol, su solitaria vida transcurría entre cuatro paredes y una ventana que daba a un oscuro patio de luces. Contaba achaques y problemas con los dedos de las manos y nunca le sobraban dedos. Obsesionado por ello, llegó a abstraerse en una de sus inescrutables teorías:
—Si ocupo los cinco dedos de cada mano en contar mis achaques y problemas, bastará con amputarme ambas extremidades para terminar con esta horrible obstinación —. Una absurda teoría que, por suerte para él, jamás llegó a concluir.
Desde que la familia de Samsa lo estableciera abandonado en aquella inmunda pensión del barrio de Sachsenhausen, Gregorio había sentido una especial atracción por Gertrudis Hans, la señora que regentaba aquel antro donde, cuarenta años atrás, Emilio el que fuera su marido, desapareció para siempre con Leonor, una prostituta esquizofrénica y politoxicómana. Gregorio Samsa está convencido de que en aquellos tiempos la señora Hans sería un sueño.
Silenciosa cae la noche y en la soledad de su diminuto apartamento, la señora Hans bebe whisky barato y utiliza una Güija con la que cree contactar con su marido quien, según los espíritus, falleció atropellado por un tranvía mientras deambulaba borracho y enfermo de sífilis por una céntrica calle de Frankfurt. Cuando la señora Hans está consumida por el alcohol, lanza al aire gritos y jadeos sin sentido como si Emilio los escuchase desde la humedad de su tumba, y así hasta que cae vencida y con su hígado cada vez más deteriorado.
Por otro lado, las noches para Gregorio Samsa son como un clavo ardiendo atravesando su estómago. Vuelven a él oscuros fantasmas y los terribles espasmos y visiones que acentúan la metamorfosis de la que es víctima. Convertido en un ser despreciable, huidizo y atemorizado que confía cada mañana en despertarse convertido en lo que un día fue, antes de que todo esto ocurriera: un humilde comercial del sector textil.
Gregorio Samsa despertó esa mañana con el profundo deseo de ser entomólogo, pero se dedicó a releer el único libro que poseía: “El jardín de los cerezos”. Chejov le traía buenos recuerdos de su infancia.
Había un silencio poco habitual en la pensión. En el piso de abajo la señora Gertrudis yacía desnuda, tumbada en el baño, ahogada desde la noche anterior en su propio vómito.
Desde el tragaluz, Samsa cree escuchar el violín de su hija Grete, pero son sirenas de policía y ambulancia. Ajeno a este circo macabro, Samsa tiene miedo de sentir miedo. Se humedece una de sus extremidades y pasa página.


{0x1f3a8} Ilustración:Luis Scafati
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Rente Mi Habitación

Es un gran espacio
Este en el que hoy estamos
Es acogedor por las noches
Desde la ventana se aspira
La inspiración, puedes ver más allá
Del Junco en la laguna
Como se refleja la luna
No se siente tan oscura
Ya que siempre estará alumbrado
Por su luz.

Por la mañana el calor del sol
Quita el frío que dejó la noche
El viento surca cuál olas
Con sus ráfagas cuál rugido
Chocando las paredes
Tenga cuidado que pasa la brisa
Sin avisar.

Se que este cuarto alberga
Más que el vacío que se aprecia
Aquí nació la inspiración
Funde una nación
Con un par de palabras
Que tenía de sobra se puede
Sentir esa sensación
Cuándo tomaba el bolígrafo
Y plasmaba con pasión
Aquéllos versos que lo son todo.

Se que usted rento este hogar
Es el nuevo propietario de este
Lugar tan acogedor
Tan llenó de mi, es interesante
Ver como se iluminaron mis ojos
Cuándo vi lo que escribi en aquélla hoja
Nunca olvidaré lo que sintió
Mi alicaído corazón...

Como olvidar esa sensación
Se que estoy hablando de más
De esta su habitación
Pero es difícil esta situación
Se que usted lo requiere
Sólo cuidelo nunca se sentirá
Que está sólo aún cuándo
Vea este cuarto vacío
Hay un cuarto de sentimiento
Brotando de las paredes
Ni mencionar el cálido
Abrazo de los recuerdos
Trazados en los muebles
De pequeño

Aquí se lo dejó a las llaves
Esperó que pueda sentir
Lo que yo cuándo entré
Por primera vez a esta habitación.
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Inspiración Desgastada

Aquéllas dudas
Fueron añoranzas
Que nunca pudieron convertirse
En esperanza, por la certeza
De siempre ser realista
O eso era lo que decía aquel
Hombre y su cerveza

Siento aveces el rechazo
Al fracaso pero fueron tantas
Caidas que huidas por cobardía
Que haría con tantas heridas
Abiertas sino tengo la aguja
Y el hilo para hacer una costura

Más me acostumbré
A no mirar aquél hombre
En el espejo decirle pobre
Tipo.

Muere de hambruna
Cuándo se pierde en su laguna
Llena de tristeza al ver hecho
Triza cada uno de sus sueños
Desplegados del parabrisa
Que tristeza causa por dentro
Sentir ese tormento...

No más no se miró al espejo
Porque teme de ver su reflejo
Le teme a la muerte
Llora cuándo se siente sólo
Porque así asimilo
Tantas penas que sombras
En un asilo
Mas se aisló se dejó de mirar
Asimismo por cuál dejo el pesimismo
Que causaba su mirada indiferente
Al mirarse a si mismo al espejo.
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Detrás De Cada Ilusión Hay Un Truco

Envidio
El brilló que hay en los ojos
De ese niño al ver asombrado
Aquélla demostración de magia
Que no es más que una ilusión
Detrás de un truco
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Las primeras emociones

Cada mañana mi cara era rosada tirando a roja. Mientras ella se acercaba con su piel blanca como la nieve , su coleta de pelo castaño .
Linda de cuerpo fino cómo una bailarina se desplazaba mirándome haciendo un saludo.
Mi voz quedaba en la garganta ...Con un temblor de mi cuerpo , no me salía nada .
Sólo un tímido gesto de timidez al contemplar esa belleza que me llamaba la atención de mis hormonas , que a los doce años empezaban a revolucionar organismos.
Cada palabra, cada gesto de ella era para mí algo supremo.
Quería compartir todo mí tiempo con el ser que tanto sentía en ese momento.
Pensando siempre en que decirle pasaba mí tiempo ... Ella no lo sabía, fue el amor secreto.
Amor a los doce años , amor para el recuerdo.
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La chica de la toalla

Eran las 7 de la noche y me encontraba sentaba en la orilla del sofá-cama observando las paredes color marrón que me rodeaban, colgando de ellas, algunas fotografías en blanco y negro, frente a mí una vieja consola musical y a no más de 8 pasos ! literalmente ! Se encontraba el baño o al menos eso parecía ser , tenía un espacio para regadera, pero claro, sin la presencia de ella, en total, el dichoso estudio era un espacio de 3 x 6 metros, sin ventanas, sin entrada de aire; si bien era un lugar muy limpio, todo era anticuado y destilaba nostalgia en cada ladrillo, en cada clavo y en cada accesorio que ahí se encontraba.

No es posible, ¿En qué lío me he metido? ¿Podré soportar algunos días?- me repetía a mi misma.

“Solo serán un par de semanas, es un estudio pequeño pero funcional” escuchaba una y otra vez la voz de una de mis primas quién me ayudó a conseguir este pequeño pero demasiado pequeño espacio de alojamiento provisional.

Yo trabajaba en Monterrey, Nuevo León, en una empresa dedicada al desarrollo e implementación de sistemas informáticos, debido a ello me asignaron acudir a la ciudad de México a implementar un software por un par de semanas, pero me advirtieron que el hospedaje corría bajo mi cuenta, accedí de inmediato y sin cuestionar, debido en parte a mi inexperiencia laboral, en fin, preparé todo para el viaje y ahora heme aquí, en un lugar lleno de viejos recuerdos, tremendamente pequeño y sin agua caliente para tomar un baño.


Me encontraba pensando en alguna posible solución, cuando unos leves toquidos en la puerta me hicieron sobresaltar, al abrir me encontré con una señora de más de 60 años, delgada, tez morena, cabello blanco perfectamente recogido en un chongo y con una sonrisa de lo más cordial, quién me extendió su mano diciendo:

- Hola, tú debes ser Camila, yo soy Soledad y vivo enfrente, Rubén me dijo que no hay agua caliente en el baño, entonces quiero ofrecerte mi casa… con baño por supuesto - me decía sonriente.

- Le agradezco de todo corazón, Soledad, pero no quiero dar molestia alguna y menos despertarle tan temprano.

Ella, sonrió dulcemente - Vamos, no te preocupes, que yo me levanto todos los días a las 6 de la mañana; a mi edad me encanta mantenerme activa y madrugar, además, sólo estamos Carlitos que es mi nietecito y yo, así que nos haría bien, ver una cara tan linda como la tuya.

Hizo que me sonrajara.

- Gracias, que amable - y pensé: "Por el momento no tengo otra opción “ - entonces nos vemos mañana.

- Muy bien, Camila, ya te dejo descansar - dijo, mientras me tomaba por ambas manos y me daba un tierno beso en la mejilla.

Me senté en la orilla del sofá cama, respire profundo y me dije “Al menos tendré un baño con agua caliente, sólo son un par de semanas y únicamente es ella, que parece muy dulce y su nietecito, el cuál espero que no sea un chamaco malcriado ”.

Al día siguiente a las 6:30 tomé mis cosas de baño, mi ropa, toalla y crucé la calle en pijama esperando que nadie notara mi presencia, toque el timbre del zaguán color verde pistache.

- Voy, linda- reconocí la voz de Soledad.

- Pasa, estás en tu casa, Carlitos aún está dormido, así que no te preocupes, ven, aquí está la recámara con baño, siéntete como en tu casa, por favor, ¿ Quieres?

- Gracias, gracias de verdad - le decía, mientras cerraba la puerta de la recamara y colocaba cuidadosamente la ropa que usaría más tarde. Aunque para ser sincera, me sentía totalmente fuera de lugar, en una casa ajena, con personas que no conozco.

“ El baño me ayudará bastante” así que trate de disfrutar el momento, al cabo de unos 10 minutos ya estaba saliendo de la ducha, tomé mi toalla y la enrede sobre mi cuerpo y dejé caer mi cabello aún mojado sobre mis hombros, salí del baño estirando un brazo para tomar mi ropa cuándo, se abrió la puerta y apareció un joven de unos 20's con la cara desaliñada, despeinado, él cuál me miraba con tremenda sorpresa y abría una y otra vez sus ojos.

Me quedé helada, no sabía qué hacer.

- Perdón- por fin pudo articular unas palabras - Soy Carlos y tú debes ser.. la vecina de enfrente - decía - mientras se limpiaba los ojos y estiraba su mano derecha para saludarme, por un instante, mi reacción fue corresponderle pero recordé que con una mano estaba sujetando mi toalla y con la otra sujetaba mi ropa, el color subió a mis mejillas.

- Este … mmm soy Camila, mucho gusto- y lancé una mirada a mis manos -Disculpa.

- ! Oh si, perdón! te dejo sola - decía mientras se dirigía a la puerta rápidamente.

- No me está pasando esto ! Por Dios! no quería salir de la recámara, me temblaban las manos y no sabía si reír o llorar, así que este chico, es el nietecito y para colmo de males era muy, pero muy guapo, si bien no era tan alto, su rostro de tez blanca y facciones bien definidas contrastaban con el negro de su cabello y el color claro de sus ojos.

“ Demonios, en qué momento se me ocurrió aceptar todo esto” me repetía, mientras terminaba de cambiarme, aún con el cabello húmedo y mis mejillas sonrojadas, decidí salir de la recámara y afrontar con la mayor valentía posible dicha situación.

Al pasar por el comedor, lo escuché nuevamente:

- Hola de nuevo. -

Está vez, Carlitos ya estaba bastante presentable, con camisa de vestir y corbata, terminando de desayunar.

Yo aún me encontraba despeinada y sin maquillaje.

- Ya conociste a Carlitos, ¿Verdad, que es el más guapo del mundo? … es mi vida entera.-

- Vamos abuela, tú lo dices porque me amas demasiado - contestaba Carlitos, mientras le besaba muy tiernamente la mano.

-Anda siéntate con nosotros. -

Yo me seguía muriendo de pena.

- Muchas gracias, Soledad, pero quiero llegar temprano al trabajo, es mi primer día y aún no sé ubicarme bien.

- Tienes mucha razón, bueno, ya mañana me contarás como te fue hoy, anda Carlitos acompaña a Camila a la puerta, no seas grosero, nos vemos mañana y por favor promete que pasarás a desearnos buenas noches. -

Yo asentí cortésmente.

Ahora sí puedes saludarme- dijo Carlitos tendiéndome su mano derecha - No tengas pena, te prometo que sólo ví ese hermoso par de ojos negros.

Quería salir corriendo, pero él, tenía prisionera mi mano y parecía disfrutar su travesura.

- Nos vemos mañana … ! Chica de la toalla !

- Si claro, ¿Me devuelves mi mano? -

- Sólo si prometes, volver hoy a cenar.

- Este… si, claro que si, por supuesto.

- Confiaré en tí -dijo arqueando sus cejas.

Él me soltó y desaparecí lo más rápido posible.

Ese día, saliendo del trabajo pase a una ferretería a comprar una resistencia eléctrica y tomé lo que en México, llamamos un baño a jicarazos.

Por las siguientes semanas, seguí visitando a Carlitos y a la gentil Soledad, hasta que por fin, terminó mi proyecto, en esa gran ciudad de México.

Moraleja : La edad de los nietecitos recuerda siempre, pero siempre preguntar.
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El Viento Le Contó Al Junco

El viento se juntó
Con el junco porque era el único
Con quién contaría
Para llevar a cabo lo que planearia
Le diría que bajó la alfombrilla
Pálidas luciérnagas amparaban
Dos inusuales figuras.

Que en un abrazo a contraluz
Pudo ser evidente que se despedían.
Se corto el lazo en un breve besó
El calor de la lampara se perdía
Se sentía fría la carpa.

Uno por dentro se sentía triste
Aunque no lo admitía.
Ella se sentía afligida,
Se le notaba en su mirada.

Al viento se le quedó plasmado
Esa imagen...
Que triste debe ser perder
El amor al final del caminó
Y más aún cuándo el viento
Es el que le cuenta la historia
Al junco...
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Sospechoso —(De la serie Códigos del Milenio fragmento del monologo «Lluvia de Citocinas»)

Cojo el arco —también la flecha— infiero una tentadora reducción del símbolo mortal,
porque en toda arma, su exponente letal vendría a determinarse por la proporción de abominación correlativa en las manos donde reposa, dicha correlación deriva de las falencias de la mente y de los cráteres y callosidades del parasimpático. La construcción sociocultural, aunque influye,representa nimiedades a modo de pretexto, ya que es susceptible de violentarse o de saltarse.
Ningún armamento es inofensivo por sí solo, ya trae la perversión implícita en su invención.
aunque no es dicha perversidad características de todo objeto, notemos que es posible dar muerte con una quijada de burro,
Cuando el aparataje neuronal entra en desequilibrio, cojea todo el sistema nervioso — igual que el arco y la flecha— es evidente que un renco, tendrá desventajas físicas, pero no de intelecto y por ende no hay excepción de perversión, dado que ambas entidades tienen origen común. (La falacia queda al descubierto), no cojea quien no tiene patas «extremidades» (para sonar menos rupestre), pero el código mortal prevalece en los niveles macros del miedo, es natural que nuestros sistemas inmunológicos, desconfíen de los frágiles tegumentos que usamos como frontera con el mundo exterior. — por allí vienen los tiros— cuando las células dendríticas perciben el tiroteo responde con una tormenta de citocinas desproporcionada (violencia con más violencia). Tantos reflejos sociales en el mundo biológico, me resultan sospechosos — muy sospechosos—
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Un foco fundido

Era un martes por la noche, debía terminar las correcciones del último capítulo del libro que mi casa editorial estaba por publicar el siguiente mes, sin duda, la presión me consumía; además tenía muchas cuentas que pagar, mi escritorio estaba repleto de cartas que ni siquiera había abierto, muchos de ellos estados de cuenta vencidos, la casa era un tremendo desastre, había olvidado cuándo fue la última vez que tomé la escoba y el sacudidor y por si ello no fuera poco una gotera en el techo de la cocina con la cuál me había resignado a vivir.

- No tengo tiempo por ahora - pensaba cada vez que acudía a la cocina mientras esquivaba a esa cristalina gota

- No puedo más - me repetía a mí misma.

- Creo que necesito relajarme un poco -

Así que abrí una botella de vino tinto y me serví una copa, me acerque al estudio mientras esbozaba una triste sonrisa a mi vieja máquina de escribir, una preciosa y rara Senta de los años 30's era una reliquia familiar y que por razones que aún desconozco había terminado en mis manos, lo cual siempre he agradecido.

Lancé un suspiro y me senté en la vieja silla de roble para empezar a trabajar, coloque una hoja en blanco .

- ! oh, cielos ! -

Noté que no tenía suficiente luz natural, así que gire a la derecha para encender la lámpara que pendía del techo y en ese instante, escuché el clásico chasquido que hace un foco al fundirse.

- Demonios - grité fuertemente -

Maldiciendo fuertemente y con los puños crispados por la rabia, mientras volteaba al techo

- Maldición, necesito la escalera - y ni siquiera recuerdo tener una, mis mejillas empezaban a tornarse de un color rojo intenso y mi cerebro trataba de encontrar una solución.

- ¿Que tienes? - escuché su voz, la voz de Jorge quién graciosamente movía su cabeza y me preguntaba desde la sala de estar

- Se fundió un foco, necesito urgentemente trabajar y como bien sabes no soy tan alta para cambiarlo- grité molesta

Jorge se acercó y susurró a mi oído:

- Podríamos aprovechar para tener una cena romántica, estoy seguro que la luz de tus ojos y el brillo de tus labios iluminarán nuestra mesa -

Me desarmó por completo, me hizo sonreír, aunque él siempre ha tenido la facilidad de tranquilizarme, es mi conciencia, mi confidente, él conoce y ama a cada uno de mis demonios, lo miré dulcemente y dije:

- Si, claro para tí es fácil decirlo por tus más de 1.80 metros -

Mientras sonreia me abrazo a su pecho muy dulcemente.

- Anda, deja eso -

Me tomo de las manos y fuimos a nuestra sala de estar, me sirvió otra copa de vino.

- Relájate, déjame eso a mí.

En ese breve momento me sentí tranquila y aliviada, había olvidado lo urgente del escrito que tenía que preparar así como los cientos de pendientes que debía terminar y simplemente cerré los ojos, debieron pasar algunos minutos, porque sentí un cosquilleo en los dedos de mis manos y un dolor en mi nuca.

- Qué frío- pensaba, mientras abría los ojos, entonces noté que estaba sentada en la silla de roble del estudio, la botella de vino yacia vacía a un costado del escritorio.

- Debí haberme quedado dormida- dije en voz alta, mientras trataba de aclarar mis pensamientos, talle un poco mis ojos y ví la copa de vino rota en cientos de pedazos, debí haberla aventado hacia la pared, sin embargo, no recordaba mucho.

Miré hacia la máquina ... mi máquina de escribir y ella relucía impecable con su hoja totalmente en blanco y fue entonces ... que recordé, recordé el dolor de tu partida, recordé el vacío en mi corazón, el dolor al respirar, la soledad que desde hace meses me acompaña y en un arrebato de rabia, corrí al apagador y si, en efecto, el foco aún estaba fundido, pero al menos hoy, ya tenía un poco de luz natural para empezar a escribir en esa hoja en blanco y tal vez empezar de nuevo.
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Trauma

Apareció en la puerta de la iglesia. Con su vestido blanco y velo que arrastraba hasta el último escalón de las escaleras adornadas por la basura que la noche anterior habían dejado los participantes de las fiestas del pueblo. La brisa fría rodeó su espalda descubierta por el escote del vestido. Su ramo de margaritas hacia juego con el gancho que sostenía parte de tu cabellera rojiza. Comenzó a caminar despacio, mirando fijamente al altar, con un semblante lúgubre y sereno. Nadie aplaudía, nadie tomaba fotos, nadie murmura. El silencio era lo único que inundaba el templo.
Cuando ya iba llegando al altar salió el sacerdote y al verla quedó paralizado. Enmudeció. Los pasos de ella ahora iban al ritmo del sonido de la campana que anunciaba al pueblo la misa de 5 am. Faltaban 10 minutos.
Ella subió al altar y se posó frente al hombre de bata larga color púrpura. El oficiante, que no salía de su asombro, preguntó: ¿y dónde está el novio? Es usted, padre, - respondió-. Mientras apuntaba su frente con un trozo de palo con forma de revolver.

Relato corto
Kirella Pino
Escritora Creativa
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Perdóname

Perdón por no saber controlar mis fallas, ni la angustia, por tener una insoportable capacidad para arruinar todo con tanta facilidad. Perdón por detenerme cuando mis pasos ya no saben hacia donde caminar, cuando mis huellas se pierden tras mi sombra. Perdón por esas noches en que mi mirada perdida te aterra y no sabes hacia donde huir.

Perdón por hundirme en mi propio infierno, por las madrugadas cargadas de sollozos y la punzada en el lado izquierdo del pecho.

Perdón por no saber caminar con la cabeza levantada, por no ver más allá del abismo, por no saber cómo salvarte.

Perdóname por irme, necesitaba que el aire volviera a correr por mis pulmones.

Perdóname por irme, pero no puede existir amor en un corazón que se autodestruye.

Perdóname por irme, pero necesitaba sentir la vida en mis venas y nadie más podía salvarme.

Perdóname, por no saber sostenerte entre mis brazos. - @gabrielainfant @lasvidasdegabriela
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Happiest Fundation

Destinados a una de sus sucursales en Barcelona, Lorenzo y Aurora trabajaban desde hacía varios meses en la Happiest Fundation como « Basureros» . Esta fundación de ámbito global y sin ánimo de lucro, requería de empleados a tiempo completo y escrupulosamente dedicados a la causa, pues era un trabajo duro y agotador, a la par que peligroso por el contacto con todo tipo de residuos, incluso algunos altamente tóxicos.
Una gran cantidad de los desperdicios que se debían limpiar, se encontraban localizados en lugares de difícil acceso, así que, la eliminación de estos residuos y manchas rebeldes, requería de unas habilidades altamente especiales. Por este motivo, los trabajadores de la Happiest Fundation poseían unos recursos especiales y unos metódicos y eficaces métodos de acción.
Esta Fundación también poseía un «Departamento de Reciclaje» donde se intentaba ofrecer una segunda oportunidad a los residuos considerados como no tóxicos, sobre todo, a aquellos materiales más afines a ser reciclados. Muchos lo conseguían, y continuaban su nueva vida con una forma diferente, incluso, alguno de estos residuos reciclados encontraban lugar en alguno de los departamentos de la Happiest Fundation. En el caso de no poder ser reciclados, los concienzudos Basureros procedían a su completa eliminación, evitando de esta manera, cualquier tipo de contaminación.
La Fundación, disponía además, de «vertederos y depuradoras» repartidas por sus lugares de acción. Allí, se procuraba la labor medioambiental más delicada. En estas instalaciones se debían eliminar los residuos más tóxicos y demás restos de los desperdicios del reciclaje fallido.
Lorenzo y Aurora estaban especializados en la eliminación de los residuos altamente tóxicos. Entre ellos, los materiales más peligrosos que debían manejar eran narcotraficantes, terroristas y sicarios ligados a las mafias de la droga y la trata de blancas. Luego, estaban los residuos tóxicos más asquerosos como violadores y pederastas, aunque para acabar con su pestilencia y repugnante mugre, los basureros disponían de guantes especializados. Los trabajadores de la Happiest Fundation realizaban su cometido con una pulcritud y eficacia admirables.
Es tal su profesionalidad, que pese a su difícil tarea, dicha fundación continúa a día de hoy en el anonimato.
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