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Siempre deja una luz encendida

Mamaaaá! el grito aterrador de su hija llegó hasta la habitación de Eva
despertando de golpe y con el corazón latiendo tan fuerte que pareciera se le salía del pecho
el miedo se apoderó de ella, gritó desde la misma cama mientras apresurada se levantaba
poniéndose sus pantuflas y bata
_ ¿Que tienes hija? ¡ya voy! ¿Que pasa?
gritaba mientras se encaminaba a toda prisa a la habitación de Marie quién la compartía
con su hermana más pequeña, Fanny de tres años cinco años más pequeña que ella.

Al llegar encendió la luz y enseguida, abrazó a su hija preguntando al mismo tiempo
que había sucedido porque había gritado de tal manera.
La niña le señalaba hacia la pared de enfrente donde había colgados unos cuadros
y la luz débil apenas si iluminaba una parte
con fotografías de ellas y el de su abuela Mine.

- ¡Allí mami! ¡allí! allí se metió!
- Que se metió hija?
- La sombra que quería ahogarme
- De que sombra de que me hablas?
- Mamá, estaba dormida, de pronto me desperté sentí que algo me miraba
desperté y el techo se empezó a abrir y esa sombra salió de allí, bajó y quería ahogarme,
cuando te grité se fue hacia la pared y se metió atrás de la foto de mi abuela.

Eva escuchó asustada, pero aparentando una tranquilidad inexistente
ella siempre había sido miedosa, desde niña sentía temor a la oscuridad,
a esas historias de terror que contaba la gente.

Recordó que siempre su madre le decía que nunca debía dormir a oscuras totalmente
que las sombras de la noche aprovechan la oscuridad para hacer de las suyas y curiosamente
ese espectro fantasmal se había metido justo en la parte de atrás de la foto de su madre
donde la luz del pasillo no daba.

Marie continuaba diciendo
- Es la primera vez que algo así me quiere hacer daño
nadie lo hace.
¿Nadie lo hace? en su mente se preguntaba que estaba pasando, desde cuando estaba sucediendo
y ella no se enteraba, Marie continuaba diciendo; ayer que retirabas la ropa seca del tendero,
atrás de las sábanas estaba un muchacho; ¿no lo viste mami?

Eva tratando de ser fuerte y con una tranquilidad fingida le contesta.

- No hija, y dime ¿tiene mucho que los ves?
- Mami, uno se esconde atrás de la cortina, lo he visto
pero esta mojado escurre agua por su cara y cuerpo,.
.¿Es joven? ¿no le has preguntado que quiere? ¿porque te busca?

- Si es un muchacho quiere que haga una oración por él.

Recordó que hacía unos días las lluvias abundantes de la región desbordó dos ríos
e inundó poblados y hubo desaparecidos que la corriente se llevó,
ese muchacho que su hija veía podría ser el fantasma de alguno de ellos.
No, no que tontería, que cosas tan inverosímil estaba pensando.
Salió de sus pensamientos y le siguió preguntando

-¿Y la hiciste?
- Si mami ¿tu no los ves?
- No hija yo no.

Señalando Marie con su dedo el tocador que se encontraba justo frente a su cama
mientras le decía a su mamá; ayer por la noche antes de dormir por la orilla del tocador
pasaron como flotando muchos angelitos y al llegar al final de la orilla se elevaban desaparecían
el último angelito era Danny iba muy sonriente y me decía con su mano adiós y desapareció igual que los otros.
- ¿Danny?
- si el sobrino de tu amiga Ethel, no recuerdas ayer que estaban en el jardín te estaba platicando
que se murió Danny ; luego yo le pregunté ¿lo vistieron con un saco azul y su pantalón claro?
y la señora Ethel me preguntó que como sabía?
Tú continuaste platicando con ella y me fui a jugar, pero sabes mamá yo lo sabía porque lo ví vestido
con esa ropa cuando se despidió junto con los demás angelitos.
Eva la abrazó
- ¡Calla hija calla! en eso se percató que en la cama de a lado estaba durmiendo la pequeña Fanny
dime Mía ¿ Fanny ha visto o se da cuenta de lo que ves?
- No mami, ella duerme
- vamos hija descansa
¿quieres dormir en mi cama? no tienes miedo?
ella seguía temblando por dentro.
- No mami no me dan miedo, solo ese el que se escondió detrás del cuadro de mi abuela.

Al día siguiente cuando ya las niñas se encontraban en su colegio, Eva recordó que años atrás
le habían regalado un libro de metafísica donde en alguna parte había leído como ahuyentar almas,
espíritus, fantasmas o cosas así.

Fue a buscar el libro y al abrirlo no tardo en encontrar lo que buscaba, no supo como dominó el miedo
y dirigió al cuarto de las niñas y de pronto se escuchó así misma con voz imperativa, enojada y en voz alta leer al mismo tiempo
que caminaba por ella ...
¡Fuera, fuera de esta casa!
¡Fuera de aquí !
¡Como osan perturbar la paz de una pequeña!
¡Fuera en nombre del todo poderoso!
¡dejen en paz a mi hija!
¡Fuera ! Fuera!
y siguió leyendo con firmeza, y caminando por la habitación hasta que terminó la lectura.

Dos días después tomaba café con su madre mientras le platicaba lo sucedido.
- Y allí lo leí mamá en el libro que me regaló hace más de 15 años la tía lo hice y lo dije tal y como dice allí
deja te traigo el libro.
Ya de regreso empezó a buscar la lectura, y no la encontró buscó hoja por hoja y nunca aparecieron esas páginas
que leyó en voz alta en la recámara de las niñas

Aún después de varios años vuelve a tomar el libro para seguir buscando línea por línea
y nunca jamás han vuelto a encontrarlas, nunca más.
Mía no volvió a ver a ese espectro,
ni ningún ser de esos volvió a asustar a la niña.
Mía siguió viendo gente que ya no estaba en este plano a veces no puede distinguir
si estaban vivos o muertos pues parecieran como cualquier gente.
Eva sigue sintiendo miedo, que se esfuma cuando los que ama requieren ayuda
y tratando de encontrar una explicación a una lectura que no existía.

Nunca duermen a oscuras siempre dejan alguna luz tenue encendida.

MMM
Malu Mora

Imagen tomada de internet
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Unos dedos...

Unos dedos le arrancaron del silencio al sentir la caricia irreverente de las olas en la playa y también de las montañas blanquecinas y nevadas que llegaban con su abrigo y su bufanda intentando compartir unos momentos.

Y a los dedos se acercaron las aldeas y los campos con sus tierras anegadas por las aguas y revueltas, dependiendo de unos brazos y unas manos que cuidaran sus entrañas y plantaran la simiente, en primavera, que creciera y diera fruto y alimento a tantas bocas que precisan de las mismas.

Fue un instante prolongado y un suspiro, un segundo en el espacio que transcurre y se presencia. Sin embargo, la caricia proseguía, y se elevaba, con los dedos que buscaban los rincones invisibles del espacio, intentando recobrar el equilibrio de las almas en la vida…

“…Y llegaron las gaviotas recelosas que venían de los muelles y las playas,
y vinieron otras tantas de la costa mendigando aquellas sobras de pescado que en el día se tiraban a las aguas,
y salieron los suspiros retenidos de los pechos,
y los ojos se alegraron con la música incipiente que sonaba en los oídos,
y los labios temblorosos musitaron mil plegarias a los dioses invisibles,
y la piel se estremecía sin descanso con el soplo de la brisa
y la caricia, que llegaba de unos dedos,
y el maestro olvidadizo se dormía en su escritorio olvidando la canción de los piratas,
y los niños contemplaban la pizarra tan vacía,
y durmieron las palomas en el parque contemplando a los ancianos,
y salieron margaritas en macetas y en ventanas de las casas,
y cantaron las campanas de la iglesia,
y nacieron mariposas que volaban silenciosas por la acera,
y miré con unos ojos, regalados por mi madre,
y gusté del flan de pera y de manzana preparado con sus manos,
y sorbí con estos labios de la leche inmaculada de sus senos,
y cantaron los canarios enjaulados al sentir la mano amiga que quitaba sus cadenas,
y te vi en el reflejo del espejo al mirarme en la mañana,
y escuché la voz hermosa y cantarina que pedía una respuesta,
y te amé como se aman los amantes, con pasión y en primavera, aunque fuera en un otoño,
y sentí que el corazón se desarmaba en un deshielo prolongado,
y noté como la sangre galopaba por las venas tan ardientes y fogosas,
y, al final, me desperté con los ancianos en el parque...

Y sentí que la madera de mi cuerpo se cubría de nostalgia ante los dedos seductores que buscaban sus heridas, y en las mismas a mis gritos y suspiros, que vibraban con las cuerdas, que sufrían y reían; y con rabia se bañaban y rozaban como en busca de lujuria y de pasión mal contenidas, y me amaban y gritaban con un nombre que yo nunca conocí…”

Al final, entre sudores y suspiros, reinó el silencio nuevamente, y el piano solitario en el rincón, despertó de su delirio.

Rafael Sánchez Ortega ©
09/01/19
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RESPUESTAS, "fénix veinte"

Me paso la yema de los dedos índice y corazón por el labio inferior y suspiro. ¿Cuándo algo de esto cobrará sentido?

Me siento en el borde de la cama y me fijo en los rayos tenues de sol que le quedan al atardecer, precediendo la penumbra y fingida paz, a través de una ventana sucia que tiene vistas a lo que parece ser ninguna parte.

Miro hacia arriba como pidiendo explicaciones, ¿pero qué respuestas me va a dar un techo color blanco?
Suena un teléfono a lo lejos y vuelvo a suspirar. Tengo los pies descalzos y las emociones a flor de piel.
Empieza a llover. El sonido de las gotitas pidiendo permiso para aparecer en esta tragicomedia golpeando el cristal hacen que mire hacia allí. Me levanto y, como a quien le pesa el cuerpo por llevar una pena con la que tiene que limitarse a sobrevivir, me acerco.
Coloco mis dedos índice y corazón donde antes estaban en mis labios, en la ventana. Al parecer la lluvia ha limpiado la arena de la anterior tormenta. ¿Es acaso eso la vida? Al final, tal vez, sí le estaban dando respuestas esas cuatro paredes casi insoportables.

La cama está deshecha; la estantería, vacía. Nunca unos datos tan absurdos como estos habían resumido tan bien todo esto.

La lluvia cesa. Vuelvo a suspirar. Hace frío pero no como para sentir que se me hielan los pies. Camino hacia atrás alejándome del ventanal cuando el vecino de enfrente enciende la luz de su cuarto. Sin embargo, no puedo apartar la mirada: es una niña pequeña.
La veo sentarse en el borde de la cama bien hecha tras coger uno de los muchos libros que adornan su estantería. Abre la boca y los ojos con sorpresa por lo que acaba de leer y mira hacia arriba, hacia su techo color rosa, y sigue leyendo, habiendo asimilado lo que antes la había sorprendido, con una sonrisa.
Mi teléfono suena, pero nadie tiene mi número. Increíblemente, veo a la niña de enfrente acercarse a su ventana, colocando dedos índice y corazón sobre ella. Y me mira. ¿Acaso acabo de encontrar...?
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La carta

Se acercaba la fecha y aún no había escrito la carta y eso estaba mal, pero no sabía por donde empezar ni qué decir. Sí, había leído que no hacía falta ser un gran escritor, que con decir lo que se quería y lo que se pensaba, era suficiente, que ellos ya sabrían interpretar esos deseos y seguro que los harían realidad, pero hacía falta ese escrito, esa carta y era la asignatura que seguía teniendo pendiente.

La vista se perdió tras la ventana y pudo ver el mar con aquel horizonte impresionante donde se divisaban las siluetas de algunos barcos que navegaban ajenos a la vida terrestre.

“Me gustaría tener salud, paz y felicidad y que también alcanzara a todas las personas que conozco y son queridas, incluso a las que son simplemente unas figuras que pasan errantes, a mi lado, y un número más en la vida que me rodea.

Me gustaría poder trabajar para ganar dinero y con él dar la entrega de ese piso que aspira María para formar nuestra familia.

Me gustaría saber que me perdonas, como yo te perdono, y que el comienzo de este año, con su tranquilidad y ternura, fuera una constante a lo largo de los trescientos sesenta y cinco días.

Me gustaría que me tocara la lotería o la quiniela para poder hacer realidad tantos sueños, ya que así podría viajar, tomarme vacaciones, pagar ese piso que antes pensaba y decirle a María que si quería casarse conmigo.

Me gustaría…”

Roberto dejó de escribir o mejor dicho dejó de pensar en qué escribir y plasmar en esa dichosa carta, ya que todo lo que venía a su cabeza le parecía incompleto, vacío y carente de vida.

- ¡Mamá, mamá… yo quiero un patinete! -Oyó la voz de Juanito en el piso vecino.

- Pues pídeselo a los Reyes. -Contestó Carmen, su madre.

Roberto se sobó los ojos intentando quitarse unas invisibles legañas, cerró el cuaderno, que quizás tenía abierto, y guardó la pluma. Este año no habría carta, si acaso un mensaje y unas palabras a Oriente:

“Que el año que viene pueda pediros la Paz, el Amor y la Felicidad que, hace años, alguien nos vino a dar y regalar, en estas fechas”.

Rafael Sánchez Ortega ©
04/01/19
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Dejar mis libros

Dejar mis libros al abandonar mi país, fue muy doloroso, conocía el olor de cada uno de ellos, me encanta abrir los libros y sentir el aroma que desprenden, cada uno huele distinto, yo solía ponerles ramitas de diferentes plantas entre las hojas, romero, albahaca, tilo, hierba buena, flores de todos tipos, gardenias, rosas, ahhh mariposas, la flor, no una mariposa real claro, el olor de la flor mariposa es algo maravilloso, me encanta.

Yo sabía exactamente cuál de mis libros elegir, para leer en cada estado emocional, ellos me calmaban, me sumergían en una quietud que no alcanzo a comprender, cada uno de ellos me hablaba de lo que necesitaba escuchar en cada circunstancia que se presentara, me enseñaron a ir por la vida, a disfrutar cada momento de alegría, a atesorarlos, guardarlos bajo la piel, mis libros me dijeron cómo sobrellevar el dolor de haber crecido sin una madre, quedé huérfana a muy corta edad, solo dos años, que desgraciadamente cumplí el mismo día que sepultaron a mi madre, ellos, mis libros, me han acompañado a lo largo de toda mi vida.

Maricel 12/01/2019


www.youtube.com/watch?v=KzEFQW9CXGc
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Palabras atrapadas...

Sin darme cuenta mis pasos se encaminaron hacia el viejo desván de la casa de Luis. Él me había hablado muchas veces de su tío Ignacio, de la afición que éste tenía a la lectura y que también había dedicado ratos y momentos a la escritura, pero que nadie sabía de ella y si se trataba de trabajos de historia, ensayos de pensamiento, relatos de la vida diaria o colaboraciones en revistas y periódicos.

Ignoro cómo pudo suceder, pero desde que oí hablar a Luis de su tío la figura de este cobró una dimensión en mi pensamiento, hasta entonces desconocida. Quise saber de él y le pregunté a mis padres, y también a los suyos, pero nada nuevo aportaron con sus respuestas. Parecía como si una nube de silencio cubriera a este personaje.

Una tarde que estaba con Luis, en su casa, subimos al desván para llevar unas cajas llenas de prendas inservibles que esperarían allí, hasta encontrar su destino. Cuando nos salíamos me fijé en una mesa escritorio y un armario de madera en un rincón del desván. Luis, al darse cuenta me dijo que aquellos muebles habían pertenecido a su tío y que los habían subido de su habitación cuando sufrió el accidente que le costó la vida.

Me hubiera gustado seguir y abrir aquellas puertas y cajones tan misteriosos y que tanto llamaban mi atención, pero teníamos que bajar ya que nos esperaban para merendar. Sin embargo, en mi fuero interno, me dije que tenía que volver, que debía mirar y buscar entre esos muebles intentando encontrar la huella de ese personaje casi desconocido de su tío.

Días más tarde volví a merendar, con Luis, a su casa. Solíamos intercambiarnos la ayuda en los deberes y compartíamos momentos como esos. En un descanso le dije que, si podía subir al desván, ya que algo había llamado mi atención el otro día y que me gustaría mirar aquel rincón misterioso donde se encontraban la mesa y el armario de su tío. Él me dijo que subiera que luego me acompañaría pero que seguramente me iba a llevar una desilusión y que lo más probable es que me llenaría de hollín.

Subí y me acerqué, en silencio, a ese rincón tan especial. La mesa escritorio tenía varias carpetas y también el armario. Abrí algunas y vi libretas y folios escritos con una letra firme y segura. Había escritos con cuentos, relatos, narraciones, incluso algunos poemas. Pero me llamó la atención otra carpeta diferente y más nueva, quizás por su color y el aspecto de sus gomas. Al abrirla me latía el corazón de una manera intensa, como si estuviera a punto de conocer algún secreto impensable. Dentro había una libreta escrita en su totalidad con un título en su primera página: “Palabras atrapadas”. Sus primeros versos decían así:

“Cuando el amor te atrapa/un rayo se detiene/un instante sin luz/que supera a la muerte”

Cerré los ojos y lancé un suspiro: “¡Palabras atrapadas…!”, ahora entendí que estaba ante los versos de un poeta.

Rafael Sánchez Ortega ©
03/01/19
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Piel

Morir un poco, casi nada, al alba de los remordimientos
el alcohol ayuda a la muerte y la locura amiga
nos alejamos un poco, pero no puedo quitarme
tu cuerpo encendido de encima,
arde, la tiesa mirada alojada en la pared,
somos nosotros, otros nosotros,
cuando amar no era doloroso.
Otro vaso de vino en el desayuno
sé que no estas pero tu cuerpo sigue aquí
entre las sabanas libidinosas en llamas,
un charco de lágrimas mojó la alfombra
¿por que no puedo quitarme tu cuerpo de encima?
por que te amo, si ya sé, nunca te lo dije
me moría de ganas de decírtelo, un poco
siempre morimos un poco,
sale el sol y la luz ilumina una mujer exhausta
ya le pagué antes de embriagarme,
y no le molestó que yo tuviera tu cuerpo
pegado a mi piel.
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Comienzo a ver la luz al final del túnel y se llama... AUTOESTIMA

Ahora puedo decirte y reconocer que me haz hecho falta, que sí te he extrañado, que sí he anhelado un momento contigo, que sí he querido escuchar tu palabra de aliento, de tranquilidad, de dulzura y de paz, no obstante, te puedo decir que ya las páginas se han volteado, que los días han pasado, que la inocencia ha cedido terreno a la madurez y que sencillamente ya no somos los mismos o al menos yo no lo soy.
Por supuesto es muy duro olvidarte, es muy fuerte saber que no fuiste la persona que has podido ser, y que aunque exista la posibilidad de que los errores se corrijan ya no importarán, ya no valdrá la pena corregirlos porque para tener ramas estables hay que tener un tronco derecho y "árbol que nace torcido jamás su tronco endereza".

Anoche cuando me escribiste preguntado que hacía debía estar muy ocupado porque vi tu mensaje tres horas después, obviamente no lo estaba pero el destino y el amor propio son fuerzas tan grandes que cuando son veraces no pueden jugar en nuestra contra y simplemente nos ciegan, nos protegen, nos guian el camino, y eso es precisamente lo que están haciendo con el mío.
Apartarte es muy difícil pero no hacerlo es sacrificarme y puede que antes no me importara sacrificarme pero ahora sí y es porque he llegado a comprender trás muchos años eso sí que por muchos sufrimientos que pase, por muchos ritmos cardíacos acelerados, por muchos gritos y llantos y por mucha impotencia y frustración, yo valgo más y mi integridad física y mental muchísimo más y si yo no lo aprecio como tu podrías hacerlo.
A pesar de todo eso en mi mente todavía se debaten las ideas de confrontarte pero pesa más ser indiferente a tí como tú muchas veces lo has sido conmigo y encargarme de mí, pensar en mí y no se sinceramente es tan distinta la sensación que me da miedo por tí, no he perdido mi nobleza menos mal, sin embargo este nuevo sentimiento que me hace estar tan desinteresado en tus cinco llamadas perdidas de esta mañana y en el mensaje de anoche que me siento bien porque no me afecta ni sufro y es que después de haber sufrido tanto sobretodo este año, después de haber estado tan solo y tener que hacer frente a situaciones para las que no estaba preparado o para las que no tenía que estar solo, estoy totalmente seguro que me merezco un descanso, un tiempo para mí, ya que tú no me amas merezco permitirme amarme yo, es justo y necesario.
De todo corazón ya no quiero seguir forzando barreras, si caen que caigan por ellas mismas, no quiero buscar más bocas que besar ni brazos que abrazar, quiero abrazarme yo, besarme yo, quererme yo porque contigo ningún procedimiento es certero y sin reprocharte más nada, sin decir que estás equivocado porque quien lo estaba era yo, te quiero dar las gracias por haberme dado esta serie de clases magistrales, de cátedras que nunca olvidaré ya que me encargaré de escribirlas para garantizar el aprendizaje y la retención del conocimiento. GRACIAS por enseñarme a QUERERME.
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A una princesa...

A una princesa…

Hacía rato que Lucía se había acostado y la casa, en la tarde pletórica de vida, estaba ahora en silencio. La televisión apagada, dormía un sueño virtual y sin complejos, en su retiro del mueble bar. En la chimenea, unas brasas, tomaban el testigo de las llamas que habían estado jugando con los leños, en parte carbonizados y cubiertos de cenizas.

Un bostezo vino a tu boca y llevaste la mano a los labios como queriendo decirles que sí, que ahora te ibas a la cama para intentar encontrar el descanso que necesitabas.

Cerraste el libro que tenías abierto, y que estabas leyendo, colocando un marcapáginas en el mismo. Apagaste la luz del salón y caminaste por el pasillo hasta el cuarto de Lucía.

Despacio, y procurando no romper el silencio, entornaste la puerta para ver si dormía. La luz de la mesita te permitió ver su carita de ángel posada en la almohada con una sonrisa escapando de sus labios. Te quedaste mirándola unos segundos como intentando penetrar en el mundo de sus sueños.

¡Cuánto habrías dado por soñar con ella en ese mundo de la infancia!, por seguirla en sus viajes y proyectos, en caminar tras sus pasos infantiles por el bosque encantado de las hadas y la magia, algo a lo que todavía ella, como niña, no había renunciado y menos tú, su ángel de la guarda.

Sonreíste ante lo absurdo de tus pensamientos, pero había tanta ternura en esta escena que contemplabas con tus ojos...

Te inclinaste y posaste tus labios en su frente antes de apagar la luz de la mesita. Te hubiera gustado decirle tantas cosas, incluso velar su sueño y leerle un cuento, sin principio ni final, como aquellos que tú, algún día y hace tiempo, escribías y soñabas para una princesa inalcanzable.

Ahora estaba allí, en ese lecho de cristal, pasando unos días contigo y no era un sueño. La princesa añorada tenía cuerpo y forma, tenía voz y nombre, tenía luz en sus ojos infantiles y por ellos sus pupilas encendidas transmitían la fiebre contagiosa de la vida y de la poesía.

Saliste de la habitación y te enjuagaste una lágrima traidora que rodó de tus mejillas.

¡Qué hermoso regalo el del invierno, en esta Navidad, para un abuelo!

Rafael Sánchez Ortega ©
02/01/19
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Desnudez de la noctámbula

Lo recuerdo.
Todo comenzó cuando murió la eternidad ante mis ojos, sintiendo el devenir de los tiempos escurriéndose en mis manos, y sucede que en estos tiempos el vértigo espasmódico contrae mi expresión, los miembros pesan, estoicos me recuerdan que tú y yo éramos los más quietos de una isla carente de hombres salvajes, quiero decir, de la casa de los locos éramos nosotros los más cuerdos…
Ahora recordarás que sin temor en otros tiempos me dijiste cuánto anhelabas la libertad, y aquí, mírate en mis ojos, ahora tuya, desnuda en el vértice me tienes
mientras el dedo índice toca mi frente, observas con cierta náusea el cuerpo vil que te condena. Estás cansado, eres frío y liviano de ojos trágicos; en tus manos también se escurren letras de esta noche amarillenta.
Evoco en mí estos pensamientos (después tuyos) para no olvidar nuestra esencia que la existencia algunas veces arrebata con una fuerza natural e inocente… pero justo ahora tú,
perverso, ¡te atreves a manifestar mis encantos!:
“Bellaca y amorfa es,
rostro taciturno de espejos nubosos
en el Desierto de Palabras
se estremece ante un sentir luminoso
en los espejos
el reflejo de la piel que muere al amanecer”
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Susurros de un reflejo

-Vamos Karen, vamos a llegar tarde.
Me termino de vestir en la pequeña habitación poniéndome ropa holgada, no quiero que se vea el cuerpo y es la ropa más cómoda. No quiero ver mi reflejo, pero necesito estar bien vestida y me veo en el espejo que tantas veces me han dado ganas de romper, pero que no lo he hecho por las posibles preguntas de mis padres. He adelgazado, pero aún así, mi reflejo sigue rozando el borde del espejo.
Llevo puesta la ropa más oscura que creo tener y la más ancha. Las voces de mi madre llamándome me recuerdan que tengo que evadir todo eso y fingir que todo sigue igual de bien.
Nunca me han gustado, ni me gustarán, las despedidas de fin de curso. Todo son tan falsos, fingiendo que me van a echar de menos en el verano, cuando el brillo de sus ojos dicen que van a estar mejor sin mí. Las pocas amigas que tengo se irán con las más populares, y yo me quedaré sola, con el único recurso de jugar con los amigos de mi hermano pequeño.
Me cojo el espejo de mano por la manía de llevarlo siempre encima y me dirijo a la salida.
...
Todo el mundo está feliz, y la fiesta va tal como me esperaba. La gente de mi clase está con sus amigos y desesperada por que se acabe e irse para hacer su fiesta por la calle. Las chicas perfectamente maquilladas como muñequitas "barbies" y los chicos perfectos "kens" admirándolas, deseando hacerles algo más que pasarles la mirada. Nada parece distinto a como lo imaginé, y en parte me decepciona, esta sociedad que parece destruida.
Si me han dicho alguna vez que tenía que vestirme así, no me arrepiento de no haberlo hecho, no quiero ser muñeca de esta sociedad perdida.
Cuando quiero darme cuenta, veo a los chicos de mi clase riendo mientras me miran. No puede ser. Llegan las chicas, les dicen algo en susurros y vuelven a girarse hacia a mí. Me lanzan miradas de asco, desprecio, y vuelven a reír. Parece una risa falsa, de esas que hace la gente para solo hacer sentir mal al otro.
Y lo malo es que lo consiguen.
Lentamente, me giro y me voy hacia los baños, el único lugar un poco más "íntimo".
Desgraciadamente, me encuentro con el gran espejo que se extiende sobre la pared.
Y me veo, cada línea que hace mi cuerpo es reflejada en ese cristal, pero no se ven todas las cicatrices que llevo encima. Si se viesen, sería peor.
Ya ni siquiera me veo, solo veo lo que ven los demás, yo no me veo. No, espera. Es que NO me veo. El reflejo se ha esfumado y me quedo asombrada mirando al espejo.
Mientras mi cabeza intenta aceptar el extraño acontecimiento, una madre entra, yendo a lavarse las manos y me mira, sin notar nada raro. Ve mi reflejo. Yo no lo veo pero sé que ella lo ve. Y se mete en un baño, mientras a mí la cabeza me da vueltas pensando en lo que está pasando.
Mi sueño se ha cumplido,
no verme en el espejo,
pero la gente me sigue viendo y su mirada es el reflejo de mi ser.
No puede ser, me siguen viendo, sigo existiendo y mi cuerpo sigue siendo el mismo. Miró hacia mis pies y todo sigue igual que antes. Me miro de nuevo al espejo, sin verme, pero pequeños susurros parecen surgir de él. Al principio no sé lo que dicen, pero poco a poco les voy entendiendo.
Me llaman por mi nombre,
por cómo soy,
o, tal vez, por cómo creo que soy.
Me dicen los insultos que alguna vez me dijo alguien, y me dicen lo que pienso yo de mí y me empieza a doler la cabeza.
Quiero que se callen. Se meten en mi cabeza y parecen no querer irse, entran al compás de mis latidos a cien por hora nublándome la vista.
Me empiezo a tambalear por el mareo y entro a un baño para ver si puedo relajarme, de repente, todas las palabras se vuelven una y esa palabra se vuelve oscuridad.
...
-¿Karen?
Me despierta una voz que al principio no reconozco, pero que al ver su cara sé quién es. Me levanto pesadamente mientras me ayuda mi amiga y me lleva hasta los lavabos para lavarme la cara.
Me veo reflejada en el espejo.
Un suspiro de alivio es liberado instantáneamente por mis labios cuando veo el reflejo que me pertenece.
Veo todas esas cicatrices cosidas que me hacen ser, ese laberinto de curvas y el brillo de unos ojos que me pertenecen.
Me veo.
Me sonrío.
Me siento.
Me amo.
(Me) soy feliz.
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Tus labios

Era noche cerrada cuando te tenía firmemente abrazada a mi cuerpo. Hacía casi un año te había vuelto a encontrar, y en mi cabeza se libraba la batalla de confesar todo lo que sentía por ti, y arriesgarme a conocer tus sentimientos, o quedarme callado y vivir siempre en la incertidumbre del qué hubiera pasado.
Era la tercera vez que te invitaba a salir y, estando los dos solos, decidimos ir al mismo lugar que frecuentábamos hacía varias salidas atrás. El clima era totalmente agradable, una típica noche fresca del mes de febrero, y entre charlas y risas caímos tendidos en el pasto mirando las estrellas del cielo.
Estaba asustado, no lo voy a negar. Te tenía a ti, la mujer que amaba y deseaba, a escasos centímetros de mi cara, y no me animaba a confesarte los sentimientos que venían arremolinándose en mi pecho desde mucho tiempo atrás. Lentamente me puse de costado y fijé mi mirada en tu rostro. Dios, que hermosa mujer, decía adentro mío, y pensar que hacía años te había dejado ir. Pero esta vez no podía suceder lo mismo. No iba a permitirlo.
Posé mi mirada en tus ojos hasta llamar tu atención, y lento, muy lento me fui acercando. No sabía qué demonios estaba pasando en tu cabeza, solo puedo describir el vértigo que comencé a sentir en mi estómago, y la sensación de felicidad que se iba apoderando de todo mi cuerpo. El momento previo al beso se estaba prolongando, y puedo decirte que lo disfruté tanto como el beso mismo.
Y por fin sucedió. Mis labios rozaron suavemente los tuyos, perdiéndose en el beso más exquisito de toda la eternidad. La calidez y humedad de tu boca lleno de éxtasis mi cuerpo. En ese momento toda la vida tuvo sentido, todos los problemas, no solo míos, sino también del mundo entero estaban resueltos. Lo único que importaba en ese momento era que te tenía en mis brazos, y nos besábamos. Nos besamos como el pincel de un artista besa al lienzo sobre el que dibuja. Nos besamos como las manos de un escritor besan las teclas de su máquina de escribir. Nos besamos como dos niños, que se esperaron toda la vida, y por fin de grandes se encontraron.
Esta vez no te dejaría ir.
Tomé tu rostro entre mis manos, y mirándote a los ojos sonreí. La felicidad de que por fin fueras mía me inundaba, y tiernamente me recosté en ti. Y es ahí, en el mismo centro de tu pecho, donde tengo depositados todos mis sueños. Donde tengo depositado todo mi amor. Donde deposito toda mi vida.
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Caja Musical

Un día
Común
En medio de la tormenta.
Mientras las lágrimas de dios
Recorrían mi cara mientras en el trasfondo
Sumergido en un gris
Claro invadiendo
Este espacio
Que yace vacío
Aquí a mi lado.

Mientras
Se oye el sonido
Que para algunos es melancolía
Para mi es una leve melodía
De violines.

Tocando en el interior
De esta caja musical
Que no deja de sonar.
Que no deja de tocar,
Que por alguna razón, debía de escuchar.

Era una dulce voz
Que de a poco
Se hacía cada vez más fuerte
Eras vos,
Te acercabas hacia donde me encontraba
Junto con un brillo que te acompañaba.

Hasta donde yo estaba
Creí que soñaba
Al verte
Pero era evidente.

Estaba frente a
Tu mirada
Una vez que a tus parpados
Dejaron ver aquellos ojos
Quede anonadado.

Por tu belleza.
Fue breve
Pero ya no llueve
Te vi y fue leve.

Pero fue suficiente
Para darme cuenta
Que tú, eres la cenicienta
De este cuento
De este relato
De este amor.

Que hace mucho deje de creer
Pero fue más que suficiente
Para hacerlo revivir
Y poder quitarme las dudas
Que tenía cuando te conocí la primera vez

Quisiera que estos sentimientos existieran.
Que no dejaran de existir.
Porque tú, eres la razón de mi existir
Y de que esta caja musical se volviera oír
Su fervor latir
Mi corazón se volviera a sentir
Como la primera vez que te vi.
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Insomnium

El insomnio conquistó mi sueño, como acostumbraba cada noche. Es por eso que me levanté a echar una ojeada a mi estantería. Mientras observaba los libros creí ver, de reojo, la puerta entreabierta. ¿No había echado el pestillo? De pronto, algo pareció moverse en la penumbra. Permanecí inmóvil unos instantes hasta que, poco a poco, comencé a abrir cautelosamente la puerta. La tenue luz de mi lámpara impregnó de tímidos rayos el pasillo.

Entonces contemplé una oscura figura que, muy lentamente, se acercaba a mí. Ya no sentía miedo, pues mi corazón parecía saber más que mi razón. ¿Y sus pisadas? Si mi vista me fallase, no serían mis oídos los que me advirtieran. Casi que podía ver aquella silueta; tal vez un manto gris, acaso una larga capa.

Las tinieblas parecían alzarse sobre mí. Retrocedí justo para ver morir a la luz y la oscuridad bañó la habitación. Cerré la puerta y eché el pestillo. La lámpara estaba apagada. Comencé entonces a retroceder, paso a paso, con la mirada clavada en la puerta.
De pronto, tropecé y caí la cama. Me precipité rápidamente a encender la lámpara. La luz iluminó sutilmente mi dormitorio. “No entrarás todavía…”, murmuré entre dientes. Volví a levantarme y, como si nada hubiera pasado, volví a echar un vistazo a la estantería. Cuando mis ojos se posaron en Baudelaire, no me lo pensé dos veces.

Aquellas flores tan maléficas acentuaron mi desvelo. Tal vez era momento de leer un poco de Tolstoi. Así pues, mientras lo hacía, las agujas de mi reloj avanzaban más rápido que nunca. Quizá era la hora de leer a Víctor Hugo. Y leyendo a Víctor Hugo, las agujas de mi reloj se paralizaron. ¿Otra vez la sombra?

Cerré el libro, malhumorado, y contemplé que la puerta estaba abierta. ¡Si ni siquiera la había oído! “Esto ya no puedo permitirlo”, dije en voz alta y, acto seguido, cerré una vez más de un fuerte portazo. Suspiré, y de nuevo dirigí la vista a la polvorosa estantería. ¿Sería Kafka mi solución? Fue Kafka pues a quien me encomendé entonces. Puesto que no me fiaba de la sombra, no volví a la cama, sino que empecé a dar vueltas por el dormitorio. Al tiempo, el proceso del señor K. fue turbando mis pensamientos. Nadie me molestó.

“Creo que se ha ido”, pensé al rato. Cerré el libro y volví mi cama. Tras echar un vistazo al móvil y asumiendo mi desvelo, decidí repasar algunos de mis poemas. Poco después de hacerlo, la puerta se abrió de golpe. Me sobresalté. Las sombras penetraron una vez más en la habitación y la lobreguez conquistó mi sitio.

Desesperado, encendí el móvil para intentar ver algo. Me sorprendió encontrarme un libro de Unamuno en el suelo, por lo que decidí recogerlo. La lámpara no funcionaba. Activé la linterna y comencé a bañarme entre las líneas de Unamuno. No fueron ni más de diez cuando la sombra irrumpió.

Le vi lo suficiente como para comprender quién era. Poco más pude recordar entonces, excepto vagos recuerdos; cosas que nunca pasaron y el esbozo de un mundo mejor.
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Deseo beber de tus besos

Te vi llegar temprano aquella mañana de otoño, me mirabas fijamente, mientras, rozabas mis manos.

Una sonrisa dulce esbozaron tus labios, dejándome perplejo, como un tonto, locamente embobado.

Aun llevo guardado en la memoria aquel día, ese parpadeo de tus ojos, esa mirada pícara, que me hacen sentir cosquilleos extraños.

En mi interior, pensé besarte, besar tus carnosos labios, pero me fallaron las piernas, tuve miedo y no pude dar un paso.

Tu desinhibición y rapidez en ese momento fue perfecta, gracias por correr al auxilio de mis labios que esperaban a los tuyos, deseando beber de tus besos.
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Mi sostén

Todos conocemos la sensación que recorre por nuestro cuerpo cuando, de niños, una ola nos golpea desprevenidos. Caemos bajo el remolino de agua que nos arrastra sobre la arena, raspando nuestros brazos, golpeando nuestras piernas, metiéndose en nuestra boca y en nuestros ojos. Ahí, sumergidos en el agua, nos arrepentimos de haber querido entrar.
No hay nada más placentero que esa primera bocanada de aire que uno toma apenas puede salir a flote y sacar la cabeza al exterior. Esa sensación abrumadora de sentir entrar en el cuerpo todo el oxigeno perdido por culpa del golpe de la ola.
Hace un tiempo yo era ese niño que, desesperado, buscaba recuperar el oxigeno. La vida era la ola que me golpeaba una y otra vez dejándome cada vez más cansado, incluso hasta llegar al punto en el que estuve a punto de rendirme, de bajar los brazos y dejar que el agua me tapara y la corriente me llevara a su merced.
Pero entonces apareciste.
Fuiste mi ancla, poniéndole fin a la fuerza de la corriente. E incluso mejor que eso, fuiste el oxigeno entrando en mí, devolviéndole la vida a cada célula y a cada órgano de mi cuerpo. Te abriste dentro mío como si supieras el camino de memoria, poniendo cada cosa en su lugar, sacando lo que no servía, reparando todo lo que estaba roto y dándole vida a todo lo que yo pensé que estaba muerto.
Desde ese día te convertiste en mi sostén.
Lo único que necesito es voltear la cabeza y ver que estas a mi lado, para saber que todo está bien, y que todo saldrá de acuerdo al plan.
Desde el momento en que llegaste eres el oxigeno que entra a mi cuerpo y me devuelve la vida día a día, con cada acción y cada gesto. Con cada caricia y con cada beso. Eres lo único esencial. Lo único que necesito para vivir.
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Soñando con un ángel

Apareciste en mis sueños y como de costumbre corrí hacia ti, tu brazos se volvieron alas, tus ojos tenían un brillo característico, tu sonrisa resplandecia y me guiaba, tu rostro era tan blanco cual angel, no eres sólo tu quien estaba ahí, era tu alma y corazón los que me indicaban el camino y me daban las fuerzas necesarias para continuar el recorrido, al llegar donde te encontrabas sentí una calma y una gran paz me besaste en la mejilla, quería tenerte así para siempre pero me dijiste levantate y al despertar me Di cuenta que sólo fue un sueño, un sueño tan placentero y bonito que me gustaría volver a soñar contigo....

Alexndre
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La eternidad en tu mirada...

Miro el reloj... 14:28... dos minutos de sobra antes de llegar puntual a nuestra cita, y cómo no hacerlo si yo siempre deseo robarle los nanosegundos al tiempo para poder estar un instante, sólo un pequeño instante más contigo. Lo que pasa es que contigo todo es atemporal, eres lo que en Física se conoce como "singularidad", contigo las reglas del tiempo-espació no se cumplen, pero así eres tú, las reglas no concuerdan contigo, eres un ser que va creando mundos a su paso y esos universos se van sumando a uno mayor hasta conformar el mío, donde yo existo, y soy... porque estoy contigo.

Por fin 14:30... toco el timbre de tu casa y a lo lejos, como si en la cima de una montaña te encontraras, escucho tu voz acogedora que desde ese punto geométrico desconocido lanza una promesa de felicidad con un simple "Ya voy". "Ya vienes"... pienso... y esa espera se vuelve un mundo de posibilidades. Decía la abuela "la espera desespera", y como siempre tenía razón, sin embargo, contigo mi amada "singularidad" eso a veces no aplicaba, si bien mis ansias de tenerte cerca crecían exponencialmente con el saber que estaba a unos segundos de verte, también se volvían material de novela, cuento o relato... llámale como quieras... me imaginaba tu rostro al espejo retocando los últimos (pero más importantes) detalles del maquillaje, mirando tu vestido por diversos ángulos, todo con prisa pero con su respectivo tiempo. El correr por las escaleras con ese tic tac de los tacones, el grito de "Mamá ya me voy" que te toma exactamente 1.66 segundos, la respuesta de tu madre "Sí, está bien, no llegues tarde" que dura 3.10 segundos... la última mirada rápida en el espejo pequeño de la sala y por fin las puertas de mi propio paraíso que se abren, con esa luz del fondo que entra por el jardín brindando una atmósfera celestial a la aparición de mi propio ángel de la guarda.

Te admiro de pies a cabeza, no porque te esté analizando ni mucho menos, sino porque es tu mirada lo último que me gusta ver en ti, la cereza del pastel, el último chocolate de la caja, la última nuez acaramelada de la bolsa... miro tus zapatos lindos, tu vestido rojo ceñido a una delgada figura, el pecho erguido y los hombros relajados, el cuello largo... y tu sonrisa en rojo carmín... y es ahí donde se genera mi propio Big Bang.

Me quedo absorto en la comisura de tus labios que se levanta levemente en un ángulo casi imperceptible, pero lo suficiente para irradiar una sonrisa sensual, pícara y feliz, las pequeñas líneas en tus labios que se vuelven un microsistema montañoso rojizo y seductor... 14:35:25. La caverna de los deseos se entreabre lentamente dejando ver el tesoro de perlas blancas que sellan una cueva aún más misteriosa.

En ese momento, aunque tú y yo no lo sabemos, está naciendo un pequeño niño en Étretat, en las costas de Pays de Caux, Francia; su nombre será Etienne y se enamorará de la hermosa Isabelle la cual será el gran amor de su vida; aunque terminará casándose con Anabell, una chica de París enamorada del color rojo. En la ciudad de Chiang Mai, Tailandia, el abuelo del pequeño Arthit lo lleva por primera vez al templo Wat Chedi Luang esperando que sienta su espiritualidad, es ahí donde el pequeño descubre que quiere ser un monje budista. En Chile, para ser más exactos en Futalefú, en la región de Los Lagos, en la Patagonia; Carlos le está proponiendo matrimonio a Lauren, una americana que conoció hacía tres meses en una cabaña para exploradores en el bosque. En Medellín, Colombia, una pareja hace el amor por última vez, antes de que ella parta a Inglaterra a terminar su doctorado. Más allá de nuestro sistema solar, dos estrellas chocan por la atracción gravitacional creando una nueva galaxia que no se conocerá sino hasta dentro de 600 años a partir de este momento. A seis cuadras de tu casa, en su departamento, un anciano acaba de dar su último aliento de una vida feliz y plena, dejando esta vida con un suspiro suave y una sonrisa en los labios. En la Ciudad de México, Claudia después de tres meses de intentarlo, por fin ha quedado embarazada. En un pantano en Florida, E.U.A. un cocodrilo pone un huevo dentro de su nido, y a escasos milímetros de mi zapato una hormiga lleva una migaja de la galleta que tiró un niño de cuatro años que juega en su triciclo a unos metros de nosotros.

El mundo sigue y siento la vida fluir entre mis entrañas y mi alma, siento explotar, deshacerse y reinventarse cada célula que me compone, una pequeña gota casi imperceptible de sudor recorre mi frente, un poco por el calor, un mucho por la emoción de verte... 14:35:30... veo tu nariz fina y afilada... 14:35:35... por fin llego a tus ojos castaños...


...y es ahí donde pienso tomarme mi tiempo.
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El silbido

Un silbido se oía a lo lejos, como llamando a alguien o algo.

Las risas en el campamento cesaron, estaban todos inmóviles, no debería haber nadie más en aquel pedazo de tierra olvidada por los dioses.

El fuego de la higuera ardía y soltaba chispas al ritmo de las anécdotas sobre lo paranormal.

Damián era el único que no hablaba, se limitaba a escuchar y comer sus caramelos mientras observaba el fuego fijamente.

Ahora permanecían todos en silencio, escuchando. El silbido no parecía venir de un lugar, sino de todos al mismo tiempo.

Damián dejo los caramelos a un lado, sin despegar los ojos del fuego, se levantó y comenzó a entrar en aquel bosqueel silbido se intensificaba y el fuego ardía y crepitaba con más violencia, se oían risas y gritos y el constante e incansable silbido.

Nadie pudo detener aadamian de entrar en el bosque, nadie volvió a ver a Damián, nadie supo que pasó aquella noche.

Nadie sabe que a la madrugada si miras directo al fuego puedes ver a Damián aún silbando aquella melodía, mientras camina por el sin fin del bosque.

Nadie sabe que si comienzo a silbar, el la continuará...
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Ladrón de besos

Todas las noches salgo con afán de robar los besos

Más exquisitos de la ciudad, algunos quieren diamantes, dinero u oro.

Yo quiero besos, un acto que si robas, no te toca castigo alguno.

En las noches reviso a las damas solitarias, acechando el momento

Perfecto para que esos labios toquen los míos y sentir esa sensación

De extravagancias de éxtasis.

Unos me toman por loco, por dedicarme a ser ladrón de besos,

Pero ellos no entienden que soy un cazador de tesoros, de reliquias.

Hay damas que nunca han sido besadas, pero yo les enseño el sentimiento,

La sensación y sobre todo el enojo de sentir unos labios no deseados.

Unas se enojan, otras tienen diferente perspectiva que ni se molestan en seguirme.

Así distingues unos labios que tienen dueño de lo que nunca han sentido el calor de unos.

Damas en los callejones, damas en los paraderos, damas en los parques y en cualquier lugar donde Este una dama en soledad total.

Pero una noche me dieron mi merecido, al momento de tratar de robar un beso,

Note que la chica era la niña que me gustaba desde pequeño, partió hace años, pero

¿Regreso? …

¡Oh cielos! No sé si robarlo o quedarme con las ganas. Por primera vez deseo unos labios únicos Para mí. ¿Qué pasa hombre? soy un cazador no una presa. Mis piernas no responden, pero mis ojos no dejan de desearla.

Mejor ni me acerco, tal vez conozca la noticia del desquiciado que roba besos a damas solitarias en la oscuridad.

Guardo distancia, y noto a la chica que he amado desde años pasados en una banca reflejando su sombra por la luz del póster.

Ella resguarda ahí. Y ¿si me acerco a robarle un beso a cabo que tengo una máscara puesta? y la oscuridad es mi aliada, pero yo amo esos labios y porque con los ajenos soy tan libre.

¿Porque mi corazón me apresa de respetar esos labios, si ya he robado cientos de besos?

Me quede ahí, ya no me importaba desperdiciar la noche, pero ella seguía ahí. ¿Tal vez quería ser atacada por el ladrón de besos? O ¿tal vez quería conocer la sensación de uno?

Me quite la máscara y simule pasar por ahí, fingiendo que salía de mi trabajo le dije:- ¿Johana eres tú? Ella me contesto que si, tanto tiempo sin vernos. Volví a preguntar: -¿Qué te traer por aquí? Ella me respondió: - Tal vez te cause gracia, pero nunca he tenido novio, escuche el rumor de un ladrón de besos y quise que me demostrara lo que se siente.

Yo me sentía en la gloria, no supe que paso por mi cabeza ni quien era en ese momento y le solté la sopa, diciéndole que yo era el ladrón de besos. La tome de la cara con mis dos manos y preparaba para besarla como nunca había besado a una mujer, con amor verdadero. Pero ella actuó pronto y me lo robo, no pude sentir la sensación que quería experimentar comprendiendo que un beso robado es solo algo sintético, sin vida, sin pasión, lo sentía más como una abofeteada por la falta que les hice pasar a muchas chicas.

Ella me soltó y me dijo: -¡Ahora experimentaras lo que se siente robar un beso! Tal vez sea un capricho, pero nunca será un beso de verdad.

Y como se alejaba parecía que la oscuridad la cubría hasta desaparecer. Caí rendido sobre mis rodillas mientras ella ante mí se convertía en una silueta, solo llore porque tenía razón un beso robado nunca será un beso real.
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