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Parzival, tras las lágrimas de Morgause

Llovieron las espadas como espinas tras la muerte de Pellinore,
Gawain y Gaheris vieron los placeres de la luna rota,
reflejada en sus blasones,
como los ojos de un titán enardecido,
que ha vencido al viento, al bosque y al destino.

Sir Pinel yace en la vergüenza fallida de su felonía,
y en algún lugar de los diez reinos,
suena el carcaj de las arpías,
dulces y volátiles monstruos bohemios.

Parzival desgarra la hierba con los cascos de centella,
el aire se dispersa como polvo de estrellas,
y atrás está ella,
desfigurando el tiempo en susurros y querellas.

La fortaleza del Titán florece,
en aquel bosque celestial,
donde van los valientes,
tras el grial.

Y a penas muerde la luna la llanura,
en espejos se disloca su armadura,
manantial de gallardía y umbría,
seno último de inocente elegía.

Repasaba a galope gestas y rayos,
de la noche que le asaltaba,
la muerte del Rey Lot y sus lacayos,
sus pensamientos no cesaban.

El héroe, el truhán y la emboscada,
aquella que prendiera a Lamorak,
y que entre sangre vistió su anorak,
al más allá por cruel celada.

Parzival adelanta las nubes y resopla,
al compás del tórrido camino,
que le aleja de Camelot,
y le condena a breve olvido.

Continúa a pesar del sereno,
a pesar de pestañas del tiempo,
cuando fuerzas ancestrales incendiaron Orcadas,
las bases del Reino del Norte,
entre mil escaramuzas sin nombre.

¡Oh paladín de los bosques armado y caballero!
Fénix de la búsqueda en singular destino,
no desfallece tu espíritu,
no renunciaste a tu sino.

Así las almas de los árboles te cantan,
desde Gales con fulgores,
y son tus hazañas y vítores,
los que por ti hablan.

Marcha decidido al Castillo Aventuroso,
patria del Rey Pescador,
terruño de Galahad,
y aunque ya le llora Blancaflor,
no concede tregua a su ánima.

¡Oh ideario de poniente, cáliz sagrado y saeta ardiente,
tu senda riela en la distancia,
como semilla divina, etérea simiente,
dorada arca, patria perenne!

Parzival aprieta un puño,
y se le escapa un sueño,
le convierte en realidad, y a lo lejos un destellos,
de acero y plata,
divisa un poblado,
con sus senderos y ramas.

Aquellas tierras son cuna de un futuro desatino,
y el polvorín y los hierros,
se confunden entre hojarascas y brisas,
atónitas de risas,
pliegos y jumentos.

Le recibe pues el silencio,
cruel e impertérrito,
y las campanadas atroces,
y el olor a almizcle,
de caballerizas y coces.

Allende galopa errante,
buscando cobijo de una lluvia célere,
que le sorprende rampante,
y a lo lejos una silueta de jaqueles,
que brillan entre bramantes.

Parzival se pone en guardia,
y las sombras le rodean,
y el látigo silba su siniestra endecha,
Peredur abandona los quijotes de Parzival,
tiembla la tierra,
el héroe se enfrasca en advenediza refriega,
y caen uno y caen dos pechos en ristre ensangrentado,
bermejo golpe de luz,
los gañanes se repliegan,
la muerte es un talismán amotinado…

ROGERVAN RUBATTINO ©
(Fragmento PARZIVAL, TRAS LAS LÁGRIMAS DE MORGAUSE. Sept 2007.)
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La Maldita Simiente

Aviso a ti imprudente lector,
Cuyas malas horas te han llevado
A leer estas líneas infames,
Que lo que estoy a punto de contar
Os digo pintara de ayes los hados,
Y no olvidará dejar corazón conmovido.
De Albión a la sangre de los olivos.
Es la historia de un protervo ser
Nunca antes conocido
Que desearía la Providencia no ver
Ni con el ósculo de su misericordia infinita,
Ni con el báculo de su devoción impelida.
Llamábase Durganiel, hombre honesto
Y de buenas costumbres, a los ojos de la luz
Y de la ignorancia de sus coetáneos.
Empero, ganada la noche con sus fétidos deseos,
Merodeaba como lobo colérico y silente,
Entre los adoquines de Fuencarral.
En busca de los efluvios de la noctambulez
Y de la locura, su mentora ferviente,
Su hito obligado en el mar de su solaz.
Bajo la candidez de ser un Licenciado respetado,
Casado con la más sublime de las criaturas,
Durganiel hacia brillar sus pupilas
Como un centurión sediento de sangre,
Al mismo tiempo que era capaz de obnubilar
La más aguda sospecha, convirtiéndola en petunia de su arte,
En flor que ocultara su manto vil de oquedades.
Entregado al teatro de las apariencias,
Como lo haría el más emérito ciudadano,
Urdía bajo él un negocio oculto de cartomántico,
Que le llevaban como la nao a los brazos
De sus más fervientes y malferidas esperanzas.
Invadía los recintos de sus inocentes consultantes,
Y bañándoles de sus mesmerismos más acusados,
Les birlaba el alma y las encerraba tristemente,
En cada uno de sus arcanos sexuales.
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El Faro

Ella salía a la lluvia para sentirse tocada, era la única manera de olvidar su soledad, esa lejanía que le hacía caminar hacia el faro, hacia el pasado. El único lugar donde le aguardaba él, el único resquicio inmaculado.

Las decisiones son una red infinita que nos sepulta y nos mece, sus ojos poco a poco se retuercen, y sus pies desnudos y sonámbulos, le conducen al faro, al mismo sitio del pasado, donde revive el trauma, sus cicatrices y su llanto derramado.

Ella salía a la lluvia para disimular su máscara de lágrimas, aquel numero de ocasos, que llevaba tatuados, en el alma, en su tiniebla cándida. Cruzaba el bosque hacia el faro, como un ánima, arrastrando cadenas, hacia el pasado, hacia su celda.

Las decisiones son un ardid de eternas consecuencias, que nos adormecen, y nos enajenan, y sus brazos cual penachos de ira, no se agitaban, y su mirada perdida se encontraba en la tormenta, y su piel azotada por recuerdos, le guiaban al pasado, hacia el faro.

Ella salía a oír las olas para sentirse vibrar, como las arpas de los querubines de alas rotas, era la única manera de sentir, que no había muerto con él, aquella hora. Y mil veces fue allí, para besar sus restos entre las ruinas del faro.

Y al subir las escalinatas ella sonreía, como un cuervo alienado, y su mente repetía, la escena cuando estranguló a la esposa de él, con fruición, frenesí y desenfado, las mismas palabras del pasado:
“Vete con ella, si es amor lo que no me has dado”…

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Bosque de soles

Sobre una ola de tiempo su cuerpo se mece taciturno, es la lluvia de sus brazos sobre mis ojos, es el bosque de soles que brilla, en la risa de los tontos.

Sobre una espiga de espacio se mueve, una cresta marina silente, un minuto de eternidad cegando las nubes, y ahí están sus brazos desnudos, sobre mis ojos, precipitando la tormenta, acelerando el pulso, como un salvaje cometa.

Ven aquí cubierta de niebla como un instinto invisible, ven a este lugar donde los árboles hacen la siesta en el rocío que viste, de cristales, esquirlas y ósculos, la marea de levante antes de irte.
Y sobre una piedra una flor, marchitándose ante el cielo, y una brisa viajera salta de pétalo en suelo, mientras el silencio corona tus pupilas, como un fantasma azul.

Ven aquí sedienta de tiniebla, en lo blanco de la mañana, ven a este lugar donde fenecen las hadas.
Aquí ya no hay campos de dudas, aquí sólo se guarecen las lunas, del invierno sideral, susurrando al cosmos sus tumbas, cual destino abisal.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Adjuración lacustre y menguante o aulodia a tus pupilas

Bebes todos los mares y el otoño
de mi patria las raíces, retoño
de voces a medio cielo: azahar,
llueves, te aminoras: clave de mar.

Somos el sueño que busca sequía,
los mantos invisibles de la umbría,
que leve desaprendió tras el fuego,
las lecciones del cielo amargo y ciego.

Adjura esta melancolía verde,
que me colma de tus ecos errantes,
azul oligofrenia que se pierde...

que se pierde señera y trashumante,
entre ronconas de viento lacustre,
y silbidos de acromantes ilustres.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Baltra de cielo nefando en celo

La lluvia pertinaz se huele a mar
a tinieblas de dos nidos vacíos,
los gritos de la ciudad y los míos
me hacen a fuerza tu faz recordar.
Baltra de horizonte que toca el lar
de los inocentes difuntos yertos
en sus cajas y cenizas van muertos,
los segundos, los años de azahar.
Y azota el viento perpetuo y añejo,
como apercibiendo al tiempo un espejo,
lleno de rituales: sangre celeste.
Aleve brisa que me eleva fuerte,
cual réquiem acuífero, procaz,
lleno de lunas: "un destino procaz".

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Cenotafios de Lluvia

He venido a conquistar
Las sombras que anidan
En las alas que de piedra
Retumban sin tu eco.

Cenotafios de lluvia
Malditos
Malditos días sin sueños

Tus ojos se apagan
Cansados de llorar
Cansados de perder
Tus latidos invisibles.

ENTRE LUNAS MUERTAS…
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El Síndrome del Tiempo

Ahora pensamos un poco más despacio,
Hemos dejado atrás los años y las dudas,
Caminamos hacia la luz de un propio túnel interior.
Aquí hay bajeles que navegan lento,
Hay cierzos que caminan sobre las olas del mar,
Pero el cielo es un espejo tachonado de sueños,
O requiebros reinventados de esta ciudad.
Padecemos etiologías y tiempos,
De otras vidas en nuestro interior,
La resonancia mórfica del estío,
Enseñándonos un futuro mejor.
Ahora pensamos un poco más,
Cuando de jóvenes no lo hacíamos,
Cuando vivíamos con los penachos de la celeridad,
Acusados de mar gruesa
Y de mentales adoquines.
Aquí adentro hay otoños febriles,
Brisas que abrieron puentes de reflexión,
Para dejarnos juntos expectantes,
Por un nuevo amanecer,
Justo al borde de nuestra extinción

ROGERVAN RUBATTINO ©
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En el bajo astral

Olmos de bronce, céfiros, bruñidos como tizones.
Ese fuego fatuo esa aureola, esos hervores.
Asentiste y luego dijiste tu nombre.

Y te tomé frágil, elegía de los bosques,
con una ternura bañada de estoques,
con una delicadeza y unos redobles,
propios de estación o birlibirloque.

Y dijiste: “Hay hombres azules,
hay hombres innobles,
sedientos de roce,
pero tú eres estigma,
eres el primero, que mi corazón conoce”.

Y te enseñé las luces del puerto,
y la blancura de la noche,
aprendiste a invocarme,
aunque estaba muerto,
hace muchos años, dentro de mil soles.

Soy un fantasma, soy un difunto,
una aparición,
tú me mantienes contigo,
tú me mantienes vivo,
tú me mantienes vivo...

ROGERVAN RUBATTINO ©
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La Noche de los Poetas Asesinados

Sobre Crimea vuelan las águilas rompiendo el cielo, la noche desata un augurio de muerte, una masacre de sueños clavados a sus alas.
¿Quiénes son aquellos que cedieron su existencia en las entrañas de Lubyanka?

- ¿Acaso importa ya? –

¿Quiénes apagaron sus arpas y sus aulodias entre penachos de rocío y agitación?

Solo los poetas pueden ahogarse en la sangre de otros y no morir, solo los versos resucitan a los mortales para de nuevo volverlos a su fin.

Porque la noche azabache donde aquellos se elevaron quedó en las memorias de cada estrella y luna que cual testigo sufrió en sus carnes…los golpes brutales de una armadura oxidada de ideales.

Ahora el Mar es más Negro, y la opacidad de la historia nos deja centellas de un color misterioso y atroz.
Llantos soterrados en el silencio, crudeza de una justicia que nunca llegó.

Aquella noche las almas se amotinaron con desconsuelo, buscando un paraíso para escapar del fragor.
Y yo a esta hora recuerdo, confundido en Varsovia, a esta hora pienso en Treblinka y en los párpados aciagos de la historia…


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Cenotafio de una fémina embaucada

Quiebro un reloj sobre la sangre de un miércoles negro,
la brisa que me comprende no te entiende a ti ni a tus sueños.

Por eso desde que despierto busco entre tus restos una red, para atrapar mis vaivenes inciertos.

Quiero convertir tu saliva en agua bendita, en el rigor de los justos batiéndose en incendiario vuelo. Después de todo el vigor de tu adusto asombro sobre mis desdeños es la sinfonía de lo efímero y de lo ignoto.

Por eso desde que anochece hasta la media noche el viento alóctono crispa tus labios como erizos, los enternece lento, sobre mi espalda.

El hielo ardiente y vestido de sol, la vereda en éxtasis, tu clámide teñida del basalto gimiendo lentamente.

Exorable amor (si puede llamarse amor), vegetaciones espirituales que te mimetizan tras los rayos selenitas de la lluvia.

Inmarcesible latido de Oriana sobre tu estirpe, quiero recordarte así: finito cual refectorio de hadas.

Quiebro un reloj sobre tu sangre, sobre tu piel embalsamada.

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En un Catafalco Velado por Ocho Ninfas de Duelo

Un remolino agita la arboleda, un augurio a destino cruel, que la mar no tiene venas ni carne, que el horizonte no se viste como las viudas en un vergel.

Escucho los fragores en la inmensidad, la senectud de las ninfas vistiendo de llanto una aciaga hora, una escaramuza y otra, un nervio vivo en la fronteriza Batalla de Tulcán.

La Gloria es de los injustos, las simples tardes más sangrientas se pagan con segundos, pero la muerte no tiene tiempo de cosechar estertores, ni los mercenarios ríen a costa de los desertores.

En un catafalco floreció la brisa, y cuando se apagaron los homenajes, llegó un silencio adusto, de esos que no se rompen con los témpanos del cielo, y en medio de la confusión, llega la inexorable defunción,

Por cuenta del triunvirato de la muerte, por cuenta del destino amargo y retorcido.

Muere pues el Presidente, el dramaturgo y el orador, muere también el poeta romántico, el militar y el periodista, mueren todos pues y con la injusticia de su fatal sino se van a vivir al Panteón de los Próceres de Popayán.

Así fue pues la cruel tormenta, el necio capricho que todo lo enerva, la victoria se tiñe de bermeja, y como premio la autumnal celda.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Allá están todos tus restos

En nombre de las brumas de los esteros y diamantes,
por destreza, por arte,
lo que antes era pasivo,
ahora toma parte.

Y amarte vana ilusión,
y los ladrones se agazapan en el baile,
añejo vino de prisión,
ojos azules e infames, que escalan las malezas de un reloj,
con clavos en sus alas y en sus tardes.

En nombre de los ósculos pardos de la eternidad,
gáname el tiempo un retablo angosto
y lozano, como los muslos de las nubes
disipadas, alrededor del palosanto.

Aprendimos sueños imposibles
ajenos, como las arterias de las urbes,
que se mezclan entre flores y viajeros,
sin sentidos en sus bucles.

En nombre del fuego que camina, el relámpago gris
que se cuela, entre maizales y cantinas
llenas de fieras, y ferias y heridas de ópalo y jazmín.

Gáname cientos de pulsos y latidos esparcidos,
como naipes de destinos,
sin una sarmentosa voz.

Yo soy la lluvia goteando en tu vestido,
y el aire que se enerva tempestuoso a tu alrededor.


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Opúsculo Sempiterno e ingenuo o procaz destierro humano entre las begonias

Hombre de poca eternidad, tus rostros y tus prismas son un sueño que me lleva a reflexionar sobre las sombras del pantano, aquel paraje desolado de cuervos, ánimas y brisas siniestras.

Cuando inocentes llegamos allí queríamos encender una bujía por cada muerto y cada casa hundida, por cada latido, por cada persona que nos dijo que nos detuviéramos a pensar a bordear los pliegues siniestros de la ira.

Yo viajé como viajaste tú sobre conjeturas, conjuramos distancias, y bebimos de la lluvia y comimos de la tierra árida y ajena.
La leche era de las estrellas, el arrullo de la maleza y las caricias de las tempestades que cubrían nuestras celdas.

Hombre de poca eternidad, que con sólo trabajar y sobrevivir te contentas, mujer de vacuidad que con el eco te disipas como una ráfaga de polvo entre las piedras, háblame de tus días llanos y de tu rutina y de tus llantos cotidianos.

Cuando inocentes llegamos aquí el cielo no era azul ni el mar una propiedad de los gigantes ni de las olas, el aire era libre, la mañana era libre y todo era un conjunto de cosas nuevas e idiotas.

Yo viajé como viajaste tú entre cadenas y orlas, entre falsa humanidad que enardecida con uñas y dientes sus ciudades agotan, como ínfima frontera, como deleznable alacena de agonía y rigor…maldito rigor.

Hombre que caminas con tus ojos cerrados sobre las llamas de los cuerpos abrasados, llevando ropa, rosas y añil hacia el otro lado.

Recuerda que todo se desvanece, que todo cae en olvido sepultado y que nada, nada es para siempre…aunque te empeñes en amar y ser amado.


ROGERVAN RUBATTINO ©

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El fuego que camina

"A las 19:25, mientras el Hindenburg ya había largado los amarres y se acercaba a la torre, se observó a popa un destello de fuego de San Telmo, que son chispas extensas e inermes de electricidad estática (había habido una tormenta eléctrica y el aire estaba cargado eléctricamente). Repentinamente, se prendió fuego en la parte superior de la popa, extendiéndose casi instantáneamente por todo el dirigible mientras la estructura caía lentamente sobre los pasajeros que saltaban desde una altura de 15 m…
El Incendio del Hindenburg (1937)."

Cuánto te hubiere querido, entre cejas de sequías,
y abrojos y nocturnos deseos de aguijón.
El ardor que en la oquedad refulgía,
era blasón,
de una nave que recorría,
las nubes del celeste septentrión.

El fuego que camina es una premonición,
un milagro, un exceso de los que se viven a escondidas,
tras el pulso agreste de una rupestre emoción.
Cuánto te hubiere querido, si el amanecer complacido,
sus muescas cavitara,
con el fulgor de los recuerdos,
vivos algunos, entre suelo y tiempo de aquilón.

El palpitar era prófugo de los más inefables días sedientos,
cuyos hábitos en sus celdas una memoria revivió.
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La Danza de las Cenizas

Vegetaciones de relámpagos,
geometrías de ecos:
sobre la hoja de papel
el poema se hace
como el día
sobre la palma del espacio.
El Fuego de Cada Día.
OCTAVIO PAZ, 1969.

Hay una sinfonía de destellos,
caminando como olas por tus dedos,
un silbido del tiempo que se oculta,
como las gotas en el encierro del tiempo.

Las hojas del fuego sempiterno,
son cándidas lenguas de nube que se pierden,
en las pestañas del horizonte,
y sus campos vestidos de lluvia y duelo.
acurrucan los latidos de tu nombre.

La danza de las cenizas palpitando,
entre cada uno de los tristes tejados,
y las calles sonríen yertas de ruinas,
donde el rocío adusto se va alejando.

Tenemos páramos y flores de brisa,
ramilletes de rayos y mejoranas,
tenemos colores e islas,
de madreselvas y espejos sin magia.
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Sangre para Gargantúa

En una habitación secreta que no conocí,
Guardaba de recetas pactos y otros conjuros
Que por siempre aborrecí.
Le vi ocultamente recorrer las calles de Madrid,
Como lo hace el peregrino empolvando el llano,
Con sus botas sucias y su maldita simiente
En sus impúdicas manos.

Extrañamente mucha gente en la zona de Bilbao,
De sus buenas vidas a la sazón perdían el juicio,
No soy profeta ni señor de buena grey,
Sólo encadeno a Durganiel como la peste en su inicio,
A todo imprudente que con esperanza
De sus malas artes cayó en el ardid del inicuo.

¿Qué hacías pues con las ánimas magnánimo impostor?
¿A quién dabas de beber el cáliz de tu desdén?
Si cuando escribías tus versos a los hombres
Tus ansias de poder transmutabas en austero Edén.
Todos comieron de tu árbol y de tu parca,
Como los necios queriendo ver del porvenir
Soles en la noche insana.

En una habitación secreta que no conocí, leía cuentos
De clásicos y guardaba sus sueños,
Que la deuda de un vicio se paga con excesos
Y la vida es corta y la moral del vacío ni un cuerno.

¿Qué hacíais pues con el respeto de los fieles?
con la triste sonrisa de los que envidiaban tu letra,
con el recuerdo vago de ultramar,
¿Qué era como un presidio un dátil de hieles?
Tanta integridad no esconde más que un nefasto final,
Los frutos de Pompeya gangrenándose en la megalópolis
Como un dios sediento de lágrimas y de mar.

Era Durganiel un asiduo lector impío
Como tú o como yo, comiendo cual cuervo
Escarabajos dorados de cada verso,
Picoteando de cachalotes cráneos,
De Calle Hortaleza a Sandoval
Con sutiles codicias de desvelo.
El Hombre que Amabas Odiar

Si tu suerte te ha dado saetas de mistral
Para revolcar tu orgullo en la estrella de Refán,
Mira como un hombre corrompido por el rechazo
Profesional puede firmar con Gargantúa su demonio
Familiar, un pacto iracundo de venganza y fama brutal.

Quiero ver por qué Durganiel era el hombre que amabas odiar,
El inerme, el desvío que los poderosos veían con felonía,
Que tu orgullo y el mío,
Sean las sombras de su nuevo día,
Y crecen los libros en su habitación y la súplica del nocturno vigía,
Crees confiar en un hacedor de pecados y transgresiones,
Duermes en el lecho que un reptil
Ocupó con sus crueles visiones,
De modo que así el miedo le exorna
Como la luna brillando en un bocado de traición,
Como la tempestad en la yerra del transhumante,
Y sus ojos del color del cieno son el légamo
Y la perdición del tímido y el disidente.

En la zona norte crecía la desilusión,
El Madrid que conozco es su bosque de carne e infatuación,
Unas veces cartomántico otras cuidador de ancianos,
Si no me dejara ver sus pérfidos rostros como el Dite de Dante,
Sería de la sociedad un estorbo, como arlequines,
En los ejercicios de un dominé.

Crees confiar en un hacedor de ignominia y poluciones,
Que del alma es peor la condena
Un silencio en un café o en una plaza,
Un alquiler absurdo y una vida sin dilemas.

Veíase a sí mismo como humilde, inocente y quizás desgraciado,
Mírate a ti mismo leyendo al que ha de morir
Por confiar en tus ojos líneas que han de ser mis tumbas,
Mis delirios en este deseo cóncavo.

El hombre que amabas odiar es esa quimera,
Aquel que amaban las almas que se entregaban a adivinar
De sus errores funestas las cargas
Que un séquito infernal diera por ciertas.
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ALMIRANTE VICTORIA (Bitácora, día 209) enero de 2001

Salta entre ola y ola una emanación,
a la pendura el cielo,
albatros,
y azul ahogado de ficción.

Albarloaremos el alma en un instante,
como aliados de invisibles naciones,
y antes de que suceda el Levante,
y el tiempo a aborrascarse,
zarparemos a un punto, en un minuto a viva voz,
entre novilunios y sextantes.

Y entre ases de guía y débil tiniebla,
continuaremos absortos hacia la mar,
con los penachos por nubes,
en los nidos del vigía,
balumas se agitan al navegar.

Yo soy de las aguas el bordo que boga sin cesar,
de las costas la boyante boza de ultramar,
y como un trino salvaje,
cavito entre tus memorias auscultando el cenit,
para amansar tus dársenas,
y cosechar el marfil
de tu ánima, viajera y sedienta.

Me embonaré entre tus piernas,
y la estanqueidad de tus caricias,
levitará a la bajamar,
mientras el nervio del viento tiembla,
entre tus antenas y pleamar.

Visitaremos a medianoche los estuarios,
y cayendo a estribor cerca del farallón,
elevaremos gemidos a la luna,
como los ecos fluviales de años varios,
como las fumígenas del Aquilón.

Sigladuras…
estoy cobrando redes,
y la marea sabe a nopal,
y las venas del cielo y Ganimedes,
se eternizan una vez más.
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La Saeta que Refulge

Cardumen de nubes,
detengámonos un poco, estoy cansado,
y tu sangras demasiado,
y escupes.
Son tus hálitos de vida,
que como dardos,
mi ansiedad exacerba, de bruces.

Teníamos que huir de la ira,
de los santos,
del convento, de las cruces;
este amor prohibido, sin ida,
nos obsequió la muerte,
y nos cegaron las luces.

Esta errática huida,
entre las ruinas de sus mentes,
clavaron la saeta que refulge;
te mueres en mis brazos,
y sonriendo inerte,
tus hábitos manchados,
se fruncen.

Eras la novicia que conocí,
la sacra inocencia del lunes,
la flor más beata del jardín,
desviándose a mi lado,
entre áureo lumen.

Quizás por eso quiso el Inicuo delatarnos,
y entre escaramuzas de un ardid,
las lenguas flamígeras acusarnos.

Esta errática huida,
entre las ruinas de sus mentes,
clavaron la saeta que refulge;
te mueres en mis brazos,
y sonriendo inerte,
tus hábitos manchados,
fenecen entre herrumbre.

Detengámonos un poco,
ya tus latidos no sufren;
saltemos al vacío,
viendo como el destino se cumple;
en este acantilado de mar,
hay un buen final,
y escaparemos por fin, a las urbes,
del averno que nos prometieron,
por amarnos sin cesar,
y sin que nadie nos culpe.
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Ella Levitaba

Ella Levitaba

Ella levitaba,
sus cabellos tenían la gracia del aire macerado,
las caléndulas,
las hortensias y las horas diletantes de un dragado.

Exclusas,
excusas, y flotaba como un ángel malherido de estación,
ella me enseñó a ser más impertérrito,
más zahareño y con alma de acordeón.

Ella levitaba,
su espalda se veía desde abajo,
y sus piernas cortaban el cielo,
como el magma nebular de los deseos alados.

Y sus brazos en infantiles sinfonías bordeaban la espuma del firmamento azabache.
Exclusas obtusas y excusas adustas,
y se mecía de brisa en brisa como las lágrimas del cerezo,
jamás vi pausa inanimada más perfecta,
y silencio ciclónico y armónico de jaldes,
picoteando entre lo espeso de la tarde.

Ella levitaba,
y no me veía y entre cirro y cirro,
se elevaba como una burbuja del Adriático,
y aleve el sino lanzó la saeta de sus labios,
mancillando su corpiño, sus aletas, sus anillos.

Ella acababa de morir,
y el fuego que cremaba sus carnes nos calentaba;
vi las cenizas de sus restos danzar,
reflejada la escena en tus pupilas,
y allí mismo enterraste en mi corazón el puñal,
el exorcismo y la mortaja,
y esparciste mis restos por toda la ciudad,
cerca del cadalso, donde las sibilas agonizaban.


ROGERVAN RUBATTINO ©
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