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Son los sueños un engaño (II)

¿Quién podría despertarse si supiera que,
al amanecer sus párpados,
verá la noche interminable que fue ayer,
hoy, mañana, siempre?
¿No sería la ceguera más horrible,
esa ausencia de ilusiones, de motivos
que incitaran a unos ojos cansados de todo
a seguir abriéndose, cada día?
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Son los sueños un engaño (III)

Son los sueños un engaño,
pero no más engaño
que los momentos olvidados
en la vorágine de nuestro reloj convulso.
Son mentira, puede ser,
igual el disfraz que usamos a diario
o la realidad que inventamos
de las cosas.

Quiero decir que quiero
y es motivo suficiente solo ese
para que mis sueños tengan sentido
fuera de toda lógica
forzosa, tradicional, oprimida.
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Son los sueños un engaño (I)

Voy borrándome de todo cuanto vivo
como piel muerta en los labios de la memoria.
Cinco minutos antes, hoja fresca en la rama.
Ahora mismo, si rebusco lozanía
no la encuentro.

Es verdad
que mudo a otoño en cada paso
huraño, lento, aburrido;
que voy dejando tras de mí un tajo abierto
—por donde la nada discurre—;
que veo frondosa la higuera de nubes
como valla que cerca mi viaje
estrecho, abrupto, fugaz.

Sin embargo, el espacio sin materia
que se impone en lo que he sido
y en aquello que estoy siendo,
no vacía la esperanza.
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No sé cómo llamarlo

Yo no sé cómo llamarlo,
a pesar de lo sencillo que parece
asomando en otras bocas que lo usan
por costumbre, finta, escolta.
Las palabras que pronuncian
son el pomo de ese baño
donde puede entrar cualquiera.
El orgullo enarbolado
no sabrá contar las llagas
de los dedos que se incrustan
en el remo de mi barca
cada vez que vienen olas.
Y eso pasa a diario.

Yo no sé cómo llamarlo,
ni sentirlo como otros
ni tampoco tengo flores
ni jarrones para adorno
ni acierto con el lazo
—en las patas del novillo—,
ni me salen letras cursis
—de la idiota del pasado—,
ni me sabe a chocolate...
ni te ensucio con un cuento
hoy las manos.

Yo no sé cómo llamarlo, pero sé
que detrás de los versos, de los flecos
del poema
que se va escribiendo solo,
hay una vida que urge y no hay
empeño que lo frene
porque siempre, siempre
estará tu voz.
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Donde habite el deseo

El hambre que tengo de ti se oculta
tras el velero que la distancia empaña
en el horizonte, pero el mar
no deja de ser mar,
la lengua de las olas crece y yo,
húmeda, te pienso.

Me pregunta la curiosidad si es tu sexo
un lirio rojo, abierto, henchido.
No respondo.
Mi boca se llena de juicios
que entorpecen a esta lengua y al deseo
de besarte, todo el tiempo.
Todo el tiempo, no solo un par
de engaños al reloj y a las miradas.

Cómo será el embeleso que produce
la urgencia de amarte, que mis manos
se vuelven cemento y tú, castaña sabrosa,
rebasas las ansias, me inquietas.
No sé cuándo y menos cómo,
pero voy a morirme en ti
a golpe de vaivenes,
al grito de no pares.

¿Tú lo notas?
Crepita el deseo en los días azules
y tendría que confesarte que ya solo
de pensarlo son mis ingles
la orilla de la playa
que escondo entre mis muslos.
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¿Por qué prolongas el recuerdo?

No olvides llorar para que la herida cicatrice.
María Sánchez


¿Si supieras que la botella va a llegar a sus manos
después de vaivenes de ola, coletazos de mar...
dime, cuál sería el mensaje?

Vibra la ventana.
Chirría el silencio ahí fuera. ¿Lo oyes?
Cómo coño vas a oírlo si no dejas de ladrarle...
A tus oídos viene la torva de la memoria
que llamaste vida,
lo que ahora es flotador, pretexto, broza, treta.
Una historia que te montas. Tu evasiva.

No esperanza.
No luz.
No espejo.

¿Por qué prolongas el recuerdo?
Mismos pasos, misma canción.
Me das náuseas
y no puedo desahuciarte
más allá de los versos que no vas a leer
con mis ojos.
Haces frío en la poesía.
Odio el frío, soy del sur.
Márchate, que no te conozco
ni han llegado tus ojos a saberme,
pero ni tú, ni nadie,
pondrá nubes en mi azul.
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De los tiempos

La prisa con sus palmas acechando
en mi espalda,
desde que tengo memoria.
No recuerdo...
¿Hubo tiempos de sosiego,
el despacio de un susurro en el oído,
relajándome, diciendo:
《 aún no es tarde》?
No sé antes, pero ahora,
tuerce el labio mi paciencia
y señala cada hora
que he perdido. ¿Fueron muchas?
Casi tantas como veces
que dejé el timón a expensas
de un reloj torcido y ciego.
Pesa el tiempo, pero pasa
y ha olvidado dolerme.
Sopla el viento, me acaricia.
Vuelan lejos las hojas repletas
de garabatos, tachones,
errores, disculpas.
Cae en mis manos la hoja en blanco.
Por fin, escribo.
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Descontento eterno

Prefiero entender la vida como una madeja
llena de complejidad
a admitir que soy yo quien aporta
la contrariedad que me desborda
los días y los versos.

Inconformista natural,
tengo la manía de idealizar lo que no tengo
y, además,
suelo aburrirme muy deprisa
cuando busco y no hallo en mis ojos
el volcán del comienzo.

Siempre me pregunto dónde va a parar
el tiempo.
La rueda vuelve a girar.
Yo seguiré buscando, aunque sea
en otros cuerpos.
Y, quizá, no sea cierto
que albergue tu sonrisa el privilegio
de adelantar la primavera al mes de enero,
ni consigas que una orquesta
de palomas alce el vuelo
al compas de tus pestañas en movimiento.
Puede que no existas
fuera de mi imaginación.
Puede que solo seas una excusa
o el consuelo
de quien vive la evidencia
de un eterno descontento.
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Me acordé de ti

Ojalá sólo me hubiera acordado de ti,
no de ti indecisa,
no de ti preocupada.
Sólo de ti.

Te vi sonreír
con esos labios inacabables
que se retuercen
durante un enfado.

Recordé que disfrutabas
de los amaneceres perezosos
y del aroma a café,
lejana,
ajena a los reproches
que te gritaba
en silencio,
arrebatos de una miopía
empeñada en ver
a dos amapolas
sacudiéndose el frío
cuando solo éramos
dos vagones descarrilados
en diciembre.
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Cazar estrellas fugaces al vuelo

A mí,
que me sobran dedos
en las manos
tecleando sensaciones.
Que pierdo lágrimas
de alegría
visitando Cádiz
y su provincia.
Que me sonrojo
y revivo
cuando llego a Sevilla.
Que siento
a mordida cordobesa
que atraviesa mi tristeza
y la desgarra,
cada vez que vengo
a mi tierra.
Que hipotequé mi corazón
para comprarle una venda.
Que me acostumbré
a ser nómada
porque todos los sitios
pueden ser casa y cárcel,
paraíso y tinieblas.

A mí,
que se me duermen
las películas
sobre los párpados.
Que me cuesta
recordar el futuro
porque deshago los planes
mil veces al día.
Que tapo con recelo el folio
cuando escribo.
Que, a veces, me siento minúscula
y sin tinta.

A mí,
que me abruman los bullicios.
Que prefiero charlar con nadie,
o solo conmigo,
si me aprieta el vacío
na tarde de domingo.
Que soy feliz con una copa
de vino dulce,
frío.

A mí,
me salvas tú
en cada verso,
me sacas el verbo,
me aclaras el negro,
me alivias los miedos,
me borras el pero,
me excitas el gesto,
me abres el cielo,
me quitas el sueño.
Y así...
liberas la llama
que quema mi cuerpo
y no desesperas
si aspiro de nuevo
a cazar estrellas fugaces al vuelo.

[Imagen extraída de la carpeta de mis recuerdos. Un atardecer cualquiera en Cádiz]
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Lo que me pasa contigo

Presiento que mi frente se ha convertido en un letrero gigante con letras fluorescentes que, de forma intermitente, revela sentimientos. Por eso, llevo el flequillo de cortina a medio descorrer, para que entre luz, pero no sea tan evidente lo que me pasa contigo.

Lo que me pasa contigo... ¿Qué me pasa contigo?

Hablo como si lo supiera, sin embargo, lo único que tengo claro es que se me escurre tu nombre de la boca y te derramo en todas las conversaciones que mantengo, de una u otra forma. Además, es extraño, cada vez que te veo, suena la misma melodía de Ludovico Einaudi en mis oídos -Una mattina-. Digo que suena en mis oídos porque dudo mucho que el ayuntamiento haya colocado hilo musical en las calles, coincidiendo esa misma canción repetida todo el tiempo, en cualquier sitio que te encuentro. Si al menos tú me mirases con ojos de estar escuchándola también, me sentiría menos idiota. En lugar de eso, tu mirada me atraviesa, como a quien no se ha visto en la vida ni se necesita ver. Fíjate, ahora que lo pienso, veo que tiene su parte de encanto. Sí, yo es que soy muy de inalcanzables, y me sabe a daiquiri de fresa lo que me pasa contigo. Lo que me pasa contigo. ¡Otra vez, la misma frase! ¿Qué me pasa contigo? ¿Seré la única a la que le ocurre esto? A lo mejor, me estoy creyendo especial y no es para tanto. Seguro que miles de personas están como yo en este momento, tratando de entender qué les pasa con ese alguien que no se quitan, ni de la frente, ni de la punta de la lengua.

Me pregunto si alguna vez has pensado en mí. Sí, sí, me vale con un instante. Esa nimiedad demostraría que sabes que existo y que me has abierto la puerta de tu mente. Un lujo estar ahí dentro de esa cabecita cubierta de pelo desordenado que te queda tan bien, te peines como te peines. ¿Por qué nunca te he dicho lo que me pasa contigo? A tu lado se me olvidan los idiomas y mis pocas neuronas echan una partida de mus mientras se mueren de risa con la situación, dejándome con los labios muertos de frío y una sonrisa más absurda, cuanto más la disimulo. Ya que no sirvo para hablarte, quizá te escriba. Lo bueno es que, por escrito, soy bastante más guapa. En mis palabras se notan menos los años. Quién sabe... puede que te agrade leerme, que te guste, que te guste mucho. Vaya, que te enamores de mí. A lo loco, sin cuerdas. Tal vez, la próxima vez que nos encontremos sea diferente, pero no esperes que sepa explicarte lo que me pasa contigo.
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Si me das una uve

Vuelve,
ven volando, vamos, valiente,
que me vale una vez
solamente.

Llevo treinta años viendo como llueve.
Va y viene el viento, a veces.

Versos como vaho veteado
en la ventana del olvido.
Valles de verbos vueltos veredas.
Vuelvo a verte en vasos de vodka
que no me bebo.

Vas a verme ―tú también a mí―
alzando el vuelo.

Voto por vivir veloz
sin velo,
sin miedo.

De vez en vez
vestirme de verano,
viajar todos los viernes,
vibrar sobre tu vientre,
verter el vicio
en tus labios.

Vuelve,
malversa los besos conmigo.

Devuelve cada adverbio a su gaveta.
¡Abrevia!
que se vuela abril.

Vuelve,
volvamos al adarve
de donde venimos.
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Y tú me preguntas (canción para un café de Triana)

Me preguntas
si hay vida después de la tristeza,
sacudes las señales de interrogación.

Te respondo
que el tiempo hace limpieza,
y solo hace falta cambiar de estación.

Si quieres
tomamos otra ronda
que a mí me sobran versos
y a ti la inspiración.

Si quieres
sacamos los cuadernos,
contamos nuestros sueños
y que ella ponga la voz.

Si quieres
me invento yo la trama,
que siga la terapia,
que recorramos Triana,
que no nos falte alcohol.

Y tú me preguntas
si la herida se cierra,
si merecerá la pena seguir nuestra intuición.

Y yo te respondo
que ojalá lo supiera
que te pidas un vodka
y a mí me pidas ron.

Pago yo las rondas si ella canta la canción.
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El odio que te debo

Creo que empiezo a entender la ira que te carga los hombros. Ese desprecio a lo vivido con ilusión, esa reiteración de los errores que cometí y, más aún, de los que no cometí pero me atribuiste, porque hacía falta su peso en tu discurso, o porque tienes una imaginación que toca la cumbre del exceso y te gusta más un cuento que... pero bueno, la verdad es que tu inquina es comprensible y, si me apuras, hasta gratificante, como las agujetas después de un día de rutina en el gimnasio.

Te indignas, te indignas mucho porque querrías comprender lo inexplicable. Si te sirve de consuelo, para mí también es un misterio la algarabía surgida, los dimes y diretes. Me gustaría ofrecerte las excusas pertinentes. Justificaciones y motivos que argumentaran por qué hice lo que no hice o dije lo que no dije. Perdona que sea de imaginación tan limitada. Disculpa que no tenga la delicadeza de alimentar la tolvanera que quieres que levante de esta nada que es el todo que utilizas en mi contra.

De todos modos, te digo que comprendo esa pataleta travestida de rencor que llevas a juego con el discurso que se articula más allá de tus labios. Ese resentimiento perdurable por encima de la lógica, de la bandera blanca, de la calma, del ya está bien, del ya era hora de enterrar el hacha, para dos días de vida que tenemos... Sí, lo entiendo. Supongo que pretendes evitar que se joda el muro que tanto esfuerzo y tiempo te ha costado levantar, no vaya a ser que atraiga a la concordia y desaparezca la frontera que separa la fragilidad de sentimientos de la entereza simulada. Esa es tu excusa para un no olvido de barbilla alta y semblante duro, de mandíbula tensa que va de digna por la vida.

¿Para qué cambiar? Ni que la memoria resentida pudiera disculpar, transgredir las lindes del rencor a su antojo. ¿Verdad? ¡Ay! Ironía a un lado... ¿Qué habré hecho yo con el odio que te debo? Con él podría dar brillo a mi ego y suplir la decadencia hasta el olvido, ser poema despechado, hiel, horchata, sino. Encontrar refresco a esta sequedad de silencio. Lamerme las heridas a destiempo.

No puedo, no lo siento, no lo finjo.

[Fotografía de un tronco marchito en algún lugar mágico de Lisboa]
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Inventario de preguntas sin respuesta

Estoy convencida: las preguntas sin respuesta quedan flotando en el aire hasta que alguien las recoge y las contesta, como un globo rescatado de las ramas de un árbol. No pueden existir cuestiones huérfanas de réplicas. Aunque... ahora que lo pienso, si existen respuestas a preguntas no realizadas, puede que también existan preguntas que mueran ahorcadas con el signo de interrogación, ¿verdad? No, no puede ser. Toda pregunta tiene una respuesta. Yo no me quedo tranquila hasta que no la encuentro.

Señoras... señores... a mí no me vale un "sí", un "no". Confieso ser de las que buscan una explicación. Y en esa vesania natural de averiguación constante, buscando el porqué de todo, he descubierto que mis preguntas no son solo mías, que sobrevuelan la ciudad, que se agitan en el aire porque ya hubo otra persona que las formuló hace tiempo, y se escaparon de su boca o de su mente igual que un globo de la mano de un niño.

¿Por qué empeñarse en sumar capítulos a una historia que hace siglos pide un final? En eso del desamor... ¿alguna vez coincidirá lo que se piensa con lo que se dice y lo que se hace? ¿Para cuándo unas gafas de regalo a la esperanza miope? ¿Cómo se guardan las ganas que no sabemos contener? ¿Existirá un banco para ingresar impulsos y tentaciones? (Si es así, debo ser multimillonaria).¿Cuándo caduca el repertorio de latidos que ven la oportunidad de reiniciar detrás de cualquier palabra? ¿Por qué hay tantos corazones que vagan con los pies descalzos pisando charcos? ¿Dónde quedan los momentos de las fotos? ¿Y los estribillos que tarareábamos? ¿Qué pasó con esa pasión candente que nos atrapaba? ¿Cómo se endulza el desengaño?
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Lo que hacer para que no duelas

A veces,
el apego tiene eslabones que solo se rompen
con la cizalla del tiempo.
Y antes,
y mientras,
cada uno arrastra su cadena
soporta el ruido
y sufre consejos de los demás
duchos en solucionar
los problemas que no son suyos.

¿De qué te sirven unas palabras que no devuelven,
que no te curan lo que aún escuece,
que no arreglan nuestro desastre
y solo hablan de enderezarte, cambiar el rumbo,
pasar de página, besar a otro, irse de viaje,
y olvidarte,
olvidarte,
olvidarte?

¡Que no quiero olvidar!
―decía yo―.

Me conformo con saber
de qué lado acuesto al corazón
para que, al dormir,
no duela.

Hasta ahora,
nadie supo darme respuesta.
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Atardece en Sevilla

Por fin se respira.
La luna prepara la noche,
enciende bombillas
y estrellas.
¿Cuál será la mía?

La calle se anima.
Se besan copas y botellas,
hay risas volcadas
sobre la mesa.
Ventanas abiertas,
montones de piernas
caminan.
Oigo la alegría.

Por fin se respira.
No apresuro el paso,
reparo en las caras
todas con enigmas.
Desde que cambié
la pe por la be,
me lleva la brisa.

Sigo caminando,
se llenan terrazas
en toda la plaza.
A ver quién se anima
a cruzar el puente
a mi lado.
La noche avanza
tranquila.

Por fin se respira.


Fotografía reciente del Puente de Triana.
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Al paso del tiempo

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Jaime Gil de Biedma


Que pasó el tiempo es algo que no dudan mis canas. Que la vida iba en serio, como decía Jaime, ya he empezado a comprenderlo. No sé si pronto, no sé si tarde...

El calendario sigue su paso impávido hacia la nada, arrancándose jirones de papel y de horas, horas, horas, horas... Ya no quiero más batallas. Bastante tengo con el silencio, que es como una habitación oscura, llena de telarañas y de recuerdos empolvados, cada vez más deshechos. Se va borrando el trayecto con el paso del tiempo.

Y tú, ¿cuándo vas a dejar mi bandera blanca, tranquila? Si quisieras, podrías frenar esta guerra, bajar las armas, darme una tregua, sellar la paz o condonarme esa deuda que crees que debo —por siempre, todavía—. Siempre hablas de fallos. Yo solo veo zancadas pretenciosas, saltos sin cuerda, rotos en paracaídas, laberintos, callejones sin salida, baches, pendientes escarpadas... nada más. Un relieve complicado del mapa de aquellos días que amarillean y languidecen con cada otoño.

Vine a llevarme la vida por delante, yo también, y debí hacerlo como entra un elefante en una cacharrería. Ahí, sin cálculos ni prudencia, a toda prisa, por la puerta grande. Sin medir las consecuencias y así me fue... Diré en mi defensa que la mesura nunca estuvo dentro del patrimonio de mis cualidades. Soy más de viento, de ola y precipicio. Impaciente, ansiosa y delirante. Ruina sobre los hombros, una ventana al sur incrustada en el pecho y ruedas bajo los pies.

¿Y ahora qué? ¿Cómo acaba la partida? Mi destierro dura ya toda la vida, y aún no sé quién ha ganado, si es que hay premio más allá de la conciencia de saber que no sirve para nada esta contienda maldita.
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Pongamos que hablo de ella

Llegó una tarde
despojada de lastres
y prejuicios.
No avisó,
porque así es como surgen
las primaveras que prometen
colores nuevos.

Al verla noté
que alborecía otra vez,
que abril se adelantaba a marzo,
sin permiso,
que sería para siempre,
con esa eternidad del creyente
que subyace a la utopía,
inmortal solo unos días
y, al final... fallece.

Ella fue la prisa por llegar
a una parada
y ver cómo el autobús se marcha
—sin ti—.
Como un calambre
de pierna, nocturno.
Como perder un partido
en el último minuto.
Como una piedra en el zapato
que te acompaña
durante el camino de Santiago.

No sé si me explico.

Fue como una mentira muy cierta
o una verdad muy falsa.
Como despertarse
a diario con resaca.
Como perder una lentilla
dentro del ojo.
Como una indigestión
de culpas y quejas.
Como un culebrón
de mil episodios.

Sin embargo, y pese a todo,
no me quejo.
Se marchó y, desde entonces,
solo escribo
con las letras que dejó
sobre mi ombligo,
y la pena que refleja
en el espejo.
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Me fui

Me fui.
Pensaba que, de lejos,
curaría esta miopía
que me pesa en la nariz,
y me haría menos daño
tu recuerdo.
Comprobé
que no era cierto y, además,
aprendí que no hay azul
como el de aquí.
Tal vez,
las nubes le tienen
miedo.

A veces, regreso,
y lo hago a estas calles
que se saben de memoria
mis paseos.
Recupero en un trago
los recuerdos
y la locura que quedó
no sé ni dónde.

Vuelvo,
por si acaso te acuerdas
de mi nombre
y decides ver la historia
de otro modo.
Me conformo con el verde
que hay en el parque
desde que no están
tus ojos.

Yo, si quieres, cruzo
el puente
que lleva hasta mi barrio,
me siento a esperarte
y enciendo las farolas,
y veo pasar la gente,
me voy quedando sola,
despierto al vecindario
gritando como loca
que, si quieres,
destapo la poesía,
las letras boca arriba,
la vida boca abajo,
los versos en tus labios,
la risa bienvenida
pero... aparece.
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