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Descontento eterno

Prefiero entender la vida como una madeja
llena de complejidad
a admitir que soy yo quien aporta
la contrariedad que me desborda
los días y los versos.

Inconformista natural,
tengo la manía de idealizar lo que no tengo
y, además,
suelo aburrirme muy deprisa
cuando busco y no hallo en mis ojos
el volcán del comienzo.

Siempre me pregunto dónde va a parar
el tiempo.
La rueda vuelve a girar.
Yo seguiré buscando, aunque sea
en otros cuerpos.
Y, quizá, no sea cierto
que albergue tu sonrisa el privilegio
de adelantar la primavera al mes de enero,
ni consigas que una orquesta
de palomas alce el vuelo
al compas de tus pestañas en movimiento.
Puede que no existas
fuera de mi imaginación.
Puede que solo seas una excusa
o el consuelo
de quien vive la evidencia
de un eterno descontento.
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Cazar estrellas fugaces al vuelo

A mí,
que me sobran dedos
en las manos
tecleando sensaciones.
Que pierdo lágrimas
de alegría
visitando Cádiz
y su provincia.
Que me sonrojo
y revivo
cuando llego a Sevilla.
Que siento
a mordida cordobesa
que atraviesa mi tristeza
y la desgarra,
cada vez que vengo
a mi tierra.
Que hipotequé mi corazón
para comprarle una venda.
Que me acostumbré
a ser nómada
porque todos los sitios
pueden ser casa y cárcel,
paraíso y tinieblas.

A mí,
que se me duermen
las películas
sobre los párpados.
Que me cuesta
recordar el futuro
porque deshago los planes
mil veces al día.
Que tapo con recelo el folio
cuando escribo.
Que, a veces, me siento minúscula
y sin tinta.

A mí,
que me abruman los bullicios.
Que prefiero charlar con nadie,
o solo conmigo,
si me aprieta el vacío
na tarde de domingo.
Que soy feliz con una copa
de vino dulce,
frío.

A mí,
me salvas tú
en cada verso,
me sacas el verbo,
me aclaras el negro,
me alivias los miedos,
me borras el pero,
me excitas el gesto,
me abres el cielo,
me quitas el sueño.
Y así...
liberas la llama
que quema mi cuerpo
y no desesperas
si aspiro de nuevo
a cazar estrellas fugaces al vuelo.

[Imagen extraída de la carpeta de mis recuerdos. Un atardecer cualquiera en Cádiz]
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Lo que me pasa contigo

Presiento que mi frente se ha convertido en un letrero gigante con letras fluorescentes que, de forma intermitente, revela sentimientos. Por eso, llevo el flequillo de cortina a medio descorrer, para que entre luz, pero no sea tan evidente lo que me pasa contigo.

Lo que me pasa contigo... ¿Qué me pasa contigo?

Hablo como si lo supiera, sin embargo, lo único que tengo claro es que se me escurre tu nombre de la boca y te derramo en todas las conversaciones que mantengo, de una u otra forma. Además, es extraño, cada vez que te veo, suena la misma melodía de Ludovico Einaudi en mis oídos -Una mattina-. Digo que suena en mis oídos porque dudo mucho que el ayuntamiento haya colocado hilo musical en las calles, coincidiendo esa misma canción repetida todo el tiempo, en cualquier sitio que te encuentro. Si al menos tú me mirases con ojos de estar escuchándola también, me sentiría menos idiota. En lugar de eso, tu mirada me atraviesa, como a quien no se ha visto en la vida ni se necesita ver. Fíjate, ahora que lo pienso, veo que tiene su parte de encanto. Sí, yo es que soy muy de inalcanzables, y me sabe a daiquiri de fresa lo que me pasa contigo. Lo que me pasa contigo. ¡Otra vez, la misma frase! ¿Qué me pasa contigo? ¿Seré la única a la que le ocurre esto? A lo mejor, me estoy creyendo especial y no es para tanto. Seguro que miles de personas están como yo en este momento, tratando de entender qué les pasa con ese alguien que no se quitan, ni de la frente, ni de la punta de la lengua.

Me pregunto si alguna vez has pensado en mí. Sí, sí, me vale con un instante. Esa nimiedad demostraría que sabes que existo y que me has abierto la puerta de tu mente. Un lujo estar ahí dentro de esa cabecita cubierta de pelo desordenado que te queda tan bien, te peines como te peines. ¿Por qué nunca te he dicho lo que me pasa contigo? A tu lado se me olvidan los idiomas y mis pocas neuronas echan una partida de mus mientras se mueren de risa con la situación, dejándome con los labios muertos de frío y una sonrisa más absurda, cuanto más la disimulo. Ya que no sirvo para hablarte, quizá te escriba. Lo bueno es que, por escrito, soy bastante más guapa. En mis palabras se notan menos los años. Quién sabe... puede que te agrade leerme, que te guste, que te guste mucho. Vaya, que te enamores de mí. A lo loco, sin cuerdas. Tal vez, la próxima vez que nos encontremos sea diferente, pero no esperes que sepa explicarte lo que me pasa contigo.
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Si me das una uve

Vuelve,
ven volando, vamos, valiente,
que me vale una vez
solamente.

Llevo treinta años viendo como llueve.
Va y viene el viento, a veces.

Versos como vaho veteado
en la ventana del olvido.
Valles de verbos vueltos veredas.
Vuelvo a verte en vasos de vodka
que no me bebo.

Vas a verme ―tú también a mí―
alzando el vuelo.

Voto por vivir veloz
sin velo,
sin miedo.

De vez en vez
vestirme de verano,
viajar todos los viernes,
vibrar sobre tu vientre,
verter el vicio
en tus labios.

Vuelve,
malversa los besos conmigo.

Devuelve cada adverbio a su gaveta.
¡Abrevia!
que se vuela abril.

Vuelve,
volvamos al adarve
de donde venimos.
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Y tú me preguntas (canción para un café de Triana)

Me preguntas
si hay vida después de la tristeza,
sacudes las señales de interrogación.

Te respondo
que el tiempo hace limpieza,
y solo hace falta cambiar de estación.

Si quieres
tomamos otra ronda
que a mí me sobran versos
y a ti la inspiración.

Si quieres
sacamos los cuadernos,
contamos nuestros sueños
y que ella ponga la voz.

Si quieres
me invento yo la trama,
que siga la terapia,
que recorramos Triana,
que no nos falte alcohol.

Y tú me preguntas
si la herida se cierra,
si merecerá la pena seguir nuestra intuición.

Y yo te respondo
que ojalá lo supiera
que te pidas un vodka
y a mí me pidas ron.

Pago yo las rondas si ella canta la canción.
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El odio que te debo

Creo que empiezo a entender la ira que te carga los hombros. Ese desprecio a lo vivido con ilusión, esa reiteración de los errores que cometí y, más aún, de los que no cometí pero me atribuiste, porque hacía falta su peso en tu discurso, o porque tienes una imaginación que toca la cumbre del exceso y te gusta más un cuento que... pero bueno, la verdad es que tu inquina es comprensible y, si me apuras, hasta gratificante, como las agujetas después de un día de rutina en el gimnasio.

Te indignas, te indignas mucho porque querrías comprender lo inexplicable. Si te sirve de consuelo, para mí también es un misterio la algarabía surgida, los dimes y diretes. Me gustaría ofrecerte las excusas pertinentes. Justificaciones y motivos que argumentaran por qué hice lo que no hice o dije lo que no dije. Perdona que sea de imaginación tan limitada. Disculpa que no tenga la delicadeza de alimentar la tolvanera que quieres que levante de esta nada que es el todo que utilizas en mi contra.

De todos modos, te digo que comprendo esa pataleta travestida de rencor que llevas a juego con el discurso que se articula más allá de tus labios. Ese resentimiento perdurable por encima de la lógica, de la bandera blanca, de la calma, del ya está bien, del ya era hora de enterrar el hacha, para dos días de vida que tenemos... Sí, lo entiendo. Supongo que pretendes evitar que se joda el muro que tanto esfuerzo y tiempo te ha costado levantar, no vaya a ser que atraiga a la concordia y desaparezca la frontera que separa la fragilidad de sentimientos de la entereza simulada. Esa es tu excusa para un no olvido de barbilla alta y semblante duro, de mandíbula tensa que va de digna por la vida.

¿Para qué cambiar? Ni que la memoria resentida pudiera disculpar, transgredir las lindes del rencor a su antojo. ¿Verdad? ¡Ay! Ironía a un lado... ¿Qué habré hecho yo con el odio que te debo? Con él podría dar brillo a mi ego y suplir la decadencia hasta el olvido, ser poema despechado, hiel, horchata, sino. Encontrar refresco a esta sequedad de silencio. Lamerme las heridas a destiempo.

No puedo, no lo siento, no lo finjo.

[Fotografía de un tronco marchito en algún lugar mágico de Lisboa]
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Inventario de preguntas sin respuesta

Estoy convencida: las preguntas sin respuesta quedan flotando en el aire hasta que alguien las recoge y las contesta, como un globo rescatado de las ramas de un árbol. No pueden existir cuestiones huérfanas de réplicas. Aunque... ahora que lo pienso, si existen respuestas a preguntas no realizadas, puede que también existan preguntas que mueran ahorcadas con el signo de interrogación, ¿verdad? No, no puede ser. Toda pregunta tiene una respuesta. Yo no me quedo tranquila hasta que no la encuentro.

Señoras... señores... a mí no me vale un "sí", un "no". Confieso ser de las que buscan una explicación. Y en esa vesania natural de averiguación constante, buscando el porqué de todo, he descubierto que mis preguntas no son solo mías, que sobrevuelan la ciudad, que se agitan en el aire porque ya hubo otra persona que las formuló hace tiempo, y se escaparon de su boca o de su mente igual que un globo de la mano de un niño.

¿Por qué empeñarse en sumar capítulos a una historia que hace siglos pide un final? En eso del desamor... ¿alguna vez coincidirá lo que se piensa con lo que se dice y lo que se hace? ¿Para cuándo unas gafas de regalo a la esperanza miope? ¿Cómo se guardan las ganas que no sabemos contener? ¿Existirá un banco para ingresar impulsos y tentaciones? (Si es así, debo ser multimillonaria).¿Cuándo caduca el repertorio de latidos que ven la oportunidad de reiniciar detrás de cualquier palabra? ¿Por qué hay tantos corazones que vagan con los pies descalzos pisando charcos? ¿Dónde quedan los momentos de las fotos? ¿Y los estribillos que tarareábamos? ¿Qué pasó con esa pasión candente que nos atrapaba? ¿Cómo se endulza el desengaño?
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Atardece en Sevilla

Por fin se respira.
La luna prepara la noche,
enciende bombillas
y estrellas.
¿Cuál será la mía?

La calle se anima.
Se besan copas y botellas,
hay risas volcadas
sobre la mesa.
Ventanas abiertas,
montones de piernas
caminan.
Oigo la alegría.

Por fin se respira.
No apresuro el paso,
reparo en las caras
todas con enigmas.
Desde que cambié
la pe por la be,
me lleva la brisa.

Sigo caminando,
se llenan terrazas
en toda la plaza.
A ver quién se anima
a cruzar el puente
a mi lado.
La noche avanza
tranquila.

Por fin se respira.


Fotografía reciente del Puente de Triana.
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Al paso del tiempo

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Jaime Gil de Biedma


Que pasó el tiempo es algo que no dudan mis canas. Que la vida iba en serio, como decía Jaime, ya he empezado a comprenderlo. No sé si pronto, no sé si tarde...

El calendario sigue su paso impávido hacia la nada, arrancándose jirones de papel y de horas, horas, horas, horas... Ya no quiero más batallas. Bastante tengo con el silencio, que es como una habitación oscura, llena de telarañas y de recuerdos empolvados, cada vez más deshechos. Se va borrando el trayecto con el paso del tiempo.

Y tú, ¿cuándo vas a dejar mi bandera blanca, tranquila? Si quisieras, podrías frenar esta guerra, bajar las armas, darme una tregua, sellar la paz o condonarme esa deuda que crees que debo —por siempre, todavía—. Siempre hablas de fallos. Yo solo veo zancadas pretenciosas, saltos sin cuerda, rotos en paracaídas, laberintos, callejones sin salida, baches, pendientes escarpadas... nada más. Un relieve complicado del mapa de aquellos días que amarillean y languidecen con cada otoño.

Vine a llevarme la vida por delante, yo también, y debí hacerlo como entra un elefante en una cacharrería. Ahí, sin cálculos ni prudencia, a toda prisa, por la puerta grande. Sin medir las consecuencias y así me fue... Diré en mi defensa que la mesura nunca estuvo dentro del patrimonio de mis cualidades. Soy más de viento, de ola y precipicio. Impaciente, ansiosa y delirante. Ruina sobre los hombros, una ventana al sur incrustada en el pecho y ruedas bajo los pies.

¿Y ahora qué? ¿Cómo acaba la partida? Mi destierro dura ya toda la vida, y aún no sé quién ha ganado, si es que hay premio más allá de la conciencia de saber que no sirve para nada esta contienda maldita.
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Me fui

Me fui.
Pensaba que, de lejos,
curaría esta miopía
que me pesa en la nariz,
y me haría menos daño
tu recuerdo.
Comprobé
que no era cierto y, además,
aprendí que no hay azul
como el de aquí.
Tal vez,
las nubes le tienen
miedo.

A veces, regreso,
y lo hago a estas calles
que se saben de memoria
mis paseos.
Recupero en un trago
los recuerdos
y la locura que quedó
no sé ni dónde.

Vuelvo,
por si acaso te acuerdas
de mi nombre
y decides ver la historia
de otro modo.
Me conformo con el verde
que hay en el parque
desde que no están
tus ojos.

Yo, si quieres, cruzo
el puente
que lleva hasta mi barrio,
me siento a esperarte
y enciendo las farolas,
y veo pasar la gente,
me voy quedando sola,
despierto al vecindario
gritando como loca
que, si quieres,
destapo la poesía,
las letras boca arriba,
la vida boca abajo,
los versos en tus labios,
la risa bienvenida
pero... aparece.
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Retrato de un día optimista

Siete y cuarto.
El café activa su alarma de aroma
y yo acudo rauda a mi cita
con él.
Hoy no me da vértigo
bajarme de la cama.
Los pies en el suelo,
la frente muy alta.
Junto a mi ventana
se desperezan las ramas
del árbol que anoche
solo quería llover.
Amanecida está
la cocina.
Me abrazo a la taza
que humea contenta,
caliento mis dedos de mármol,
olvido la prisa
esta vez.

Ocho menos veinte ya
marca el reloj.
Estoy en el baño mirando al espejo
algo sorprendida.
¿Quién es la que mira
como lo hago yo?
Ya reconocida, reconozco
que me echaba de menos.
Me peino las olas
de mar revuelto
y observo en los ojos
ojeras,
pinturas de guerra
que antes odiaba y ahora
entiendo que hablan
de noches en vela
y versos, y versos, y versos...
batallas sin guerra.

Tres minutos pasan
de las ocho y cinco.
Me meto en la ducha,
juego con la espuma,
me pongo una barba,
y luego una cresta,
estallo las pompas
que vuelan dispersas
o entono un trozo
de alguna melodía
que ya no recuerdo,
solo el estribillo
que canto y repito
al menos un siglo
hasta que me canso
y salgo del agua.

Son las ocho y media,
regreso a mi cuarto,
revuelvo el armario,
rebusco en cajones,
combino colores
y salgo desnuda,
cruzando el pasillo.
Acabo en la puerta de casa
vestida con nada
para dar comienzo
a mi día optimista
sin más prenda que una
sonrisa abierta, dispuesta
en labios pintados, mirando
hacia arriba.
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Siempre tuve miedo

No es nada nuevo:
siempre tuve miedo
del reposo de la incertidumbre
en mi hombro,
tan cerca de la oreja,
dejando un susurro
para recordarme
que pronto,
que tarde,
cualquier cosa podría
ocurrirme.

Sé que, por ese motivo,
muchos días,
muchas noches,
dormidas las calles
y yo muy despierta,
se me acababan las ovejas
y empezaban las dudas,
las inquietudes,
los temores,
hasta la llegada del alba,
atravesada la oscuridad
por las primeras flechas
de sol.

Con el tiempo han cambiado
las costumbres.
Ya no escuecen
las voces pretéritas
ni asustan los monstruos.
Ya no sirven las sábanas
de escudo
ni quejarse compensa.
He aprendido
que el error es humano
y también la disculpa,
que callarse es hablar
con los ojos
siempre que alguien los vea.
Aunque no es nada nuevo
que el miedo, a veces,
vuelva.
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Lo que podría haber pasado

Me acerco con paso tranquilo al presente de un recuerdo. Llevo un siglo caminando. La boca me tiembla y los dedos vacilan entre llamar a tu puerta —cuando llegue el momento— o echar a correr. Lo bueno de mi valentía es que me trajo hasta aquí. Lo malo es que me ha dejado sola, con la lengua dormida y el discurso olvidado, con un pie en la iniciativa y el otro intentando huir.
Te preguntarás qué hago aquí. Me preguntarás por qué he vuelto, y yo no sabré responderte. Siempre colgaron telarañas de la razón. Podría decirte que seguí el lucero vespertino que iluminó mi ventana ayer y me condujo a ti. También, podría decirte que no fue algo repentino, que fue una decisión madurada en el tiempo, un viaje que fui posponiendo porque me daba miedo mirarte y encontrar a un ser extraño, ajeno a mí. Estoy parada delante de tu puerta, desentumeciendo explicaciones y sacando brillo a la conciencia, justo cuando apareces tú, doblando la esquina. Reconocería a mil kilómetros esa manera de romper el aire al son de unos pasos.
Tardas años en acercarte o, tal vez, menos de un minuto. No estoy para precisiones ahora que tu asombro se ha detenido delante de mi casi metro setenta de carne, despeinando el silencio con un suspiro. De los ojos nacen lágrimas. Pudieran ser de alegría, aunque parecen restos de orgullo. Tengo un nudo en la garganta. No sé cómo, pero vamos acortando distancias. Me sonríes y suena la melodía del viento enredada en los almendros. La noche ha venido a hacernos compañía. Cientos de candiles adornan el cielo. Me coges de la mano, un milagro sentir tu roce de nuevo. Tan cerca el deseo, es decir, tus labios de entonces, de ahora. Aguardo paciente, que no se noten las ganas de darte un beso. Paseamos... o me dejo guiar hacia donde quieras llevarme. He tirado mi reloj de pulsera en la papelera de la esquina de tu calle. Quería deshacerme de la prisa. Te paras, me miras, sonríes, me tiemblan las piernas, las manos, la boca... ¿qué hago? ¿Qué es eso? ¿Qué suena? No puede ser cierto. La alarma golpea mi oído y se desvanece el sueño.
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6comentarios 104 lecturas prosapoetica karma: 64

La que escribe

La que escribe no es esa
que despierta
con dolor de espalda
algunos días,
dando rienda suelta
a la rutina que desgasta
las hojas de su agenda.
No es la que mantiene una sonrisa
de gravedad media
cuando el invierno se acerca.
No es la que hace malabares
con las deudas,
ni la que lleva la incertidumbre
pendiendo de la oreja.
No es la del miedo.
¡Que no, que no es esa!

La que escribe
es una romántica que muerde
planetas.
Una revolucionaria traviesa
que atraviesa océanos.
Una superviviente de naufragios
en playas desiertas.
Una adicta a la poesía
oculta en la naturaleza.
Una amante viajera
que no entiende de límites.
Un águila real
que caza imposibles
—para que dejen de serlo—.

Ella, la que escribe, bebe del pasado
y vive del presente
con el amor desabrochado.
Lleva el vello erizado
cuando canta el poniente
y enseña los dientes
si le tocan el sur.
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13comentarios 197 lecturas versolibre karma: 73

Cuando leas esto, quizá te sorprenda

Cuando leas esto, quizá te sorprenda la osadía que impregna mis letras, el descaro de este agradecimiento escrito. Leíste bien, voy a darte las gracias. Y ahora que lo pienso, me surge la duda: ¿apareciste en mi vida o fui yo a buscarte? En realidad, no importa. Ya fuera una búsqueda o la confluencia de dos almas errantes, llegaste en el momento idóneo dándome luz, ánimo y aire. Descubrí otro modo de soñar nadando las noches contigo, y empecé a pensar que mis agobios tenían una vía de escape si miraba desde la ventana de tus ojos. Quizá, por eso, probé suerte a tu lado. Lancé al váter mi pasado, la incertidumbre, las penas y, claro, con las prisas que acompañan al impulso, olvidé tirar de la cadena. Ahí pervive la huella de un pretérito de mierda. De todos modos, yo contenta con el cuento de hadas que habíamos iniciado. Quién me viera... la tonta del unicornio azul paseando todos los días por una calle Betis que vestía de colores brillantes, con naranjos de un naranja rutilante, con macetas llenas de flores de pétalos de mil tonalidades, con pajarillos cantarines en balcones... un sinfín de pinceladas de olvido, una locura exultante. Sin embargo, debido a la naturaleza tozuda de mi memoria, siguió el pretérito desafiando lo estable, primero, suave y, después, con vehemencia. Ingresé en el manicomio de lo absurdo y viví sobre un tapiz surrealista donde día sí y día también fui una imbécil conformista.

Debí marcharme mucho antes, pero me quedé hasta fundirse pasado y presente. Perdí el unicornio, y el aire, y las flores, y... me fui, o me echaron. Nuevamente, qué más da. Y solo a mí se me ocurre darte las gracias por inspirar estas letras, por abrirme los ojos, que no es lo mismo que ayudarme a despertar, aunque, también eso lo hicieras. Sin amenazas, sin odio, sin condena de amnesia... pagando la consecuencia —de mis errores, pero solo de los míos—. Gracias —una vez más— por haberme recordado tanto tiempo. Digo yo que, donde no hay indiferencia, habrá sentimiento, sea rencor o sea afecto. Aún conservo tu mordida de perro enfurecido. Aún recuerdo la rabieta de niño que no obtiene lo que quiere. Aún levanto la cabeza en las noches con estrellas por si veo al cosmonauta en su nave visitando mi planeta.
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19comentarios 323 lecturas prosapoetica karma: 67

Para el amor no hay clases particulares (carta a Wendy)

Querida Wendy:

Para el amor no hay clases particulares. Un retablo de ensayo y error, error y ensayo. Un contrato entre dos —o tres, o cuatro, o...— que coinciden, porque juntos disfrutan más del baile. No puede ser otra cosa. Jamás un pisotón consentido mientras al reloj se le caen las horas. Eso no huele a amor. Tal vez, a amor fracasado sí, pero no a amor... amor, tú me entiendes. Claro que me entiendes, porque eres a mis errores lo que un gemelo a su idéntico. Por no resoplar no respiras, te ahogas y estiras la cuerda como si entre la tensión máxima y la rotura se hallara tu valentía. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar un amor fracasado? ¿Por qué alargamos el baile cuando lo que nos apetece es salir de la sala? A veces, no veo la diferencia entre el masoquista y el sensiblero.
Otra cosa: llega un momento en el que la máscara con la que intentamos agradar a los demás se vuelve piel. Te miras al espejo y encuentras un cúmulo de miradas de otros, de sus expectativas, de sus reproches, de sus miedos, de sus sueños... ¿Quién eres? ¿Te recuerdas? Quizá solo queda de ti el reflejo del reflejo, y yo no tengo una poción mágica para acabar con la inseguridad. Poco importa que te veas guapa o fea, lista o tonta. A mí me preocupa más recordar quién soy. También, recordar qué quiero. Qué curioso... somos nuestra mayor incógnita pese a vivirnos veinticuatro horas cada día.
¡Vamos! Coge ahora mismo a esas que no son tú —pero tomaron tu cuerpo para hospedarse—. Coge a la que no sabe nadar, a la que rehúye la humedad para no salpicar a nadie, a la que no quiere ahogarse. Échalas. ¡Que se busquen otro cuerpo! Hay que jugar y perder. Yo no conozco otra forma de ganar. Si quieres, me uno a tu batalla, aunque... me cuesta distinguirte entre tantas Tú. Si quieres, me quedo contigo cuando se vayan. Si quieres, pasamos la tarde escuchando canciones —y me enseñas a tocar "cumpleaños feliz" a la guitarra—. Si quieres, nos bajamos las bragas leyendo a Elvira Sastre. Estoy convencida de que, en su poesía, hay mejor polvo que en muchas camas.
Lo que quiero decir, querida Wendy, es que puedes seguir siendo la estatua que mira la maceta por si, algún día, salen flores; pero, también, puedes coger la regadera y mojarte.
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11comentarios 103 lecturas prosapoetica karma: 69

Si quieres que te olvide

A la soledad me vine
por ver si encontraba el río
del olvido.

Rafael Alberti


Si quieres que te olvide
tendrás que poner empeño
volcando todas tus fuerzas,
sacando leña del fuego
para que no me acuerde
de cómo crepita un cuerpo
cuando tiene la suerte
de que lo toquen tus dedos.

Por aquel entonces,
verde era el cielo.

Si quieres que te olvide
tendrás que borrar mis versos
deshilachando las letras,
agonizando los verbos.
Huérfanas las imágenes,
huérfanos los recuerdos.
Y puede que así consigas
que mis poemas ignoren la esencia
de la memoria,
que no describa lugares,
que cierre un poco la boca,
que deje de dar detalles
de cuando era verde el cielo.

Si quieres que te olvide...
en realidad, no quiero.
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A veces, pienso

A veces, pienso. Pero solo, a veces.
Otras veces, cuando no lo hago, escribo. 
Mejor de madrugada, sin más jueces
que todos los testigos del derribo.

Aquellos que sí saben lo que escueces
me han dicho que no dé si no recibo.
Lo que puse en papel te lo mereces,
lo que decía de ti hoy lo suscribo.

Aunque, a decir verdad, no todo es cierto.
Si exageré, la culpa es de Cupido
que sus flechas gastó sin mucho acierto.

Aquí el final: ni soneto ni olvido.
Claudicaré si algún día despierto,
pues perdonar ya no tiene sentido.

[Fotografía: orilla contenta en Almuñécar hace siglos :)]
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El poema que jamás escribiré

El poema que jamás escribiré
—de ningún modo—
lleva tu nombre
en cada coma,
en cada punto,
en cada estrofa.

El poema que jamás escribiré
—nunca—
es un rimero de nostalgia
que obstruye
la puerta del mañana.

El poema que jamás escribiré
—lo juro—
es castigo y recompensa,
es halago y es ofensa,
igual cordura que demencia
sacudida por el viento.
Un elogio al pasado
y censura
al mismo tiempo.

El poema que jamás escribiré
—tampoco hay que ser inflexible—
no creará desconcierto.
Yo misma me ocuparé
de borrarle los finales,
de barrerle los comienzos.
Si hace falta,
arrancaré con mis dientes
las vocales y los verbos,
cubriré las palabras
no escritas
con la manta de otros
cuerpos.

El poema que jamás escribiré
—o puede que sí, para qué
engañarnos—
será el antes y el después,
torbellino de momentos,
un encuentro de emociones
que se encuentran sin quererlo
congregadas en un verso.

El poema que jamás escribiré
no llegarás a leerlo,
no así todos los demás.
Me encargaré de ello.
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Al principio de todo

Al principio de todo, yo quería
un soneto liviano que no hablara
de ti, tampoco de mí, que intentara
limar asperezas con maestría.

Una rima gentil, aceptaría
el final o la tregua que llegara
por fin, a secar la triste alfaguara
de quejas que entonces, ya sobraría.

¿Y qué conseguí? Que surjas de nuevo,
que otra vez aparezcas en mis versos,
aunque ya no te extrañe, no como antes.

Último terceto, es lo que me llevo,
te he buscado en todos los universos,
te podré hallar en las noches brillantes.
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