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La doncella de Orleans

La primera vez que la vi, descubrí realmente lo que era la esperanza. Por aquel entonces, yo era tan solo un simple escudero que acompañaba a la hueste de mi señor Gilles de Rais, el cual, en aquellos años, todavía abrazaba la Gloria de Dios.
La joven campesina, cabalgaba a nuestra vanguardia portando el pendón de la casa real francesa, y a la vez, alentaba con cantos de victoria a nuestras tropas. Algunos hombres maldecían en voz baja, pues no podían consentir que una mujer, una simple chiquilla, por muy enviada de Dios que fuera, les condujera a la batalla. Gilles de Rais, acalló los murmullos rápidamente con una simple mirada. Todos los soldados, sin excepción, creían que en el interior de su comandante habitaba la semilla del mismísimo Lucifer. Todas esas sospechas se demostrarían algunos años después, aunque esa, es otra historia. La verdad, es que en esos días de intensa actividad militar, y por primera vez en su vida, mi señor, y comandante de los ejércitos franceses, había encontrado la luz de Dios en los ojos de una niña. Una plebeya nacida en la pequeña aldea campesina de Domrémy, una muchachita de tan solo diecisiete años, se había convertido en la máxima esperanza de toda una nación.

Jeanne d”Arc era su nombre. La muchacha, mostraba una fornida y recia figura fruto de la dura vida en el campo. Era más alta de lo que solía ser una mujer, y a pesar de llevar el pelo corto, algo raro, incluso inapropiado para una mujer, no desvirtuaba en absoluto la gran feminidad que destacaban su grandes y brillantes ojos azules en su rostro. Claro era que Jeanne d”Arc no era una mujer como la demás. Ella era una mezcla perfecta de fiereza y belleza, una combinación tan intensa, que era imposible plantearse que todo lo que esa muchacha contaba fuese mentira. Luego, aconteció lo más increíble que jamás he contemplado en mi larga vida.

Avanzándose a la guardia que el Delfín de Francia le había asignado para protegerla, la indomable joven se dirigió decidida hacia los ingleses que vigilaban las altas murallas de la ciudad. Les encomendó a la rendición en nombre de Dios; que por cierto, era el mismo para ingleses y franceses. Podrían irse y salvar sus vidas; a cambio, únicamente debían rendir la ciudad y dejar pasar a las tropas francesas. Los ingleses, después de escuchar divertidos los delirios de una niña, y de burlarse de los franceses por dejar que les comandara una mujer, se negaron a rendir la ciudad y comenzaron a prepararse para el asedio.

« ¡Dios ha sido testigo de mi ofrecimiento!» , gritó Jeanne con una ferocidad desconocida, incluso para sus propios camaradas. La joven enviada de Dios miró a las tropas francesas, y acto seguido, una última mirada a nuestro comandante a la espera de aprobación. Gilles de Rais asintió. Nadie podía negar que existía una conexión especial entre Gilles y Jeanne.
Gilles de Rais era solamente un poco mayor que la campesina de Domrémy; veinticinco años tenía mi señor. Todavía creo que estaba enamorado de esa muchacha, aunque las circunstancias, no eran las más apropiadas para el amor.
De pronto, una traca de silbidos atravesó el espacio entre las murallas y la posición francesa. Una flecha se clavó en el hombro de la joven, la cual, ni se molestó en alzar el escudo para protegerse, pues bien valía la protección de Dios. Jeanne se sacó la saeta con un despreocupado desprecio, desafiando furiosamente a sus atacantes. La sangre le brotaba por su brazo izquierdo. Una rápida mirada a la herida, un grito de atronadora rabia que inundó el campo de batalla, y un furioso ataque para romper las defensas enemigas. Horas después se hizo el milagro
Después de tantas derrotas, tantos territorios perdidos, tanto esfuerzo, tanta sangre, tantas muertes y tan largo sufrimiento, apareció esa muchacha que hasta entonces, solo existía en las leyendas.
Una campesina de diecisiete años, una niña, guio a hombres recios y curtidos en decenas de batallas hacia la victoria, recuperando de esa manera el orgullo y el honor de toda Francia.
Ese día, un ocho de mayo del año 1429 de nuestro Señor Jesucristo, y tras más de seis meses de intensa lucha por recuperar la ciudad de Orleans, esta, fue devuelta a la corona francesa, comenzando de esta manera la reconquista de los territorios perdidos contra los ingleses.

Poco más de dos meses después de la toma de Orleans, el diecisiete de julio, el Delfín de Francia, fue coronado rey. Carlos VII, recuperó poder y prestigio, aunque la guerra entre ingleses y franceses, eternos rivales por el poder continental, continuó veinticuatro años más.
Por su parte, Jeanne d”Arc moriría apresada por los ingleses, injustamente condenada por herejía, y quemada en la hoguera el treinta de mayo del año 1431.
De todas maneras, el nombre de Jeanne d”Arc, ya se había convertido en leyenda; incluso, siglos después sería canonizada y beatificada. Pero, a pesar de todo estos reconocimientos, y de haber sido ascendida a los cielos, la joven campesina de Domrémy, pasaría a la eternidad como la doncella de Orleans.
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¡Oh divina Atenea!

Hija del padre, Rey de mortales e inmortales. El que con su rayo hace temblar la Tierra.
¡Oh divina Atenea! La única comparable en poder e inteligencia con el mismísimo Zeus.
Señora de la justicia, guerrera implacable, concédeme la protección bajo tu áurea égida. Que tú lanza guie mi mortal destino, enseñándome el camino a seguir. Siempre honesto, recto, comprometido con los dioses y siempre fiel a la verdad.
¡Oh diosa de ojos azabache y níveas manos! La de lanza de fresno y escudo de bronce, la más poderosa de los dioses del Olimpo, bendíceme con tu gloria.
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Boudica, reina de los Icenos

Reina de reyes.

Desde bien pequeña, sus dos ojos azules y su salvaje fiereza, ya hacían presagiar un gran destino para la más joven de las hijas del rey Iceno, un destino que marcaría en la eternidad junto a su pueblo y al de toda Britania. La princesa siempre prefirió los juegos de niños, las partidas de caza, las espadas, y los combates con los chicos mayores, de los cuales acostumbraba a salir siempre vencedora. Todo lo relacionado con los deberes marciales le fascinaba.
El ardor combativo y guerrero lo llevaba en su real sangre, así como la indómita defensa por la libertad de su pueblo contra el extranjero invasor. Su gran carisma y su fuerza, la convertirían en heredera y posteriormente en reina de su pueblo; «Reina de reyes», adalid de la lucha contra los romanos. Una mujer de fuego en el pelo que pondría en jaque a todo un Imperio.



¡Grita Boudica!

Cabellos bañados con el bermejo fuego de la diosa madre, ojos de verde hierba que riega los valles de Britania, brillante resplandor que a su pueblo acaudilla. Valiente mujer, Reina de los Icenos, que ante el poder de un Imperio se negó a claudicar.
Ella, libre y salvaje, a su pueblo alentó para no hincar rodilla ante el romano invasor. ¡Grita Boudica! fiera guerrera, que a la muerte venciste al convertir tu gesta en inmortal, liberando a tu pueblo a pesar del trágico final. ¡Grita Boudica! pues todavía tiembla Roma al escuchar tu nombre.
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Canto Olímpico

I.

Cuentan que existió un tiempo donde los hombres no conocían límites a sus sueños, donde las deidades se mezclaban entre los humanos para bendecirlos o destruirlos y donde unas increíbles guerreras venidas de las tierras del este, comandaban ejércitos tan salvajes como disciplinados.


II.

Varinia, que por tus venas fluye la sangre de los inmortales, dulce néctar tus labios prometen, a quien te acompañe en batalla sin importar los peligros. Compañero de aventuras, a él prometes fidelidad si así este se compromete. Y que de vuestra unión la estirpe de Zeus renazca, pues de su raza provienes; semidiosa divina tú eres.


III.

¡Oh musa de cabellos ígneos! Alzo mi canto a tu pecho, que del sagrado Olimpo reciba, la luz protectora de Apolo. ¡Oh musa de larga trenza! Que tus alados pies guíen mi viaje más allá de los confines del miedo, donde mi destino espera en el correcto camino. Dame fuerza y valor para afrontar los peligros que acechan los pérfidos vasallos del mal.
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Canciones de Escocia

El día, amanecía invadido por una tensa e inquietante calma que se respiraba, ahogante en su atmosfera, en toda la llanura de Bannockburn, al sur de Stirling, en Escocia. A pesar de que Robert de Bruce (Robert I), rey de todos los escoceses, y su homólogo, Eduardo II de Inglaterra habían acordado la firma de un tratado de paz en aquel bello paraje, la disposición de un gran ejército de más de veinte mil hombres por parte de los ingleses, hacía pensar lo contrario. Escocia disponía de apenas diez mil hombres, aunque esa inferioridad de dos a uno, no iba a hacer que se inclinaran ante el tirano rey inglés. Mientras los soldados se disponían para presenciar la falsa firma del tratado, preparaban todo lo necesario para un combate que se percibía ineludible, ya que ninguno de esos rudos y valientes hombres, se fiaba de las palabras del monarca inglés.
Robert, mandó llamar a sus generales, para que juntos, pudieran organizar el plan de batalla ante la inminente y nueva traición del rey de Inglaterra. Algunos de los nobles jefes de los clanes escoceses habían apoyado la rebelión desde el principio, otros, incorporados en el último instante, habían visto una oportunidad de mejoras en su estatus social tras la muerte del despiadado Eduardo I «el zanquilargo», padre del nuevo monarca. Eduardo II, era un incapaz estratega y un colérico cobarde en el campo de batalla, dejando toda la responsabilidad a sus generales; Todo lo contrario de lo que fue su padre.
El rey escocés, mucho más diestro en el arte militar que su adversario, disponía de buenos estrategas y curtidos guerreros entre sus generales, destacando, por encima de todos, dos de ellos. El primero, Hamish Campbell, un bonachón y corpulento guerrero, era el jefe de las milicias. Había servido junto a William Wallace, héroe y estandarte de la rebelión desde el principio. En 1305, tras la captura y ejecución de Wallace, se había puesto al mando de las milicias escocesas, uniéndose, junto a sus veteranos, de manera oficial a las tropas del rey Robert. El segundo de sus sobresalientes generales no era escocés, ni tan siquiera había nacido en las islas británicas. Se trataba de un extranjero, Pierre D”Aumont, un templario francés, huido del continente tras la persecución de la orden por parte del Papa Clemente V y del rey francés (Felipe IV) a principios de 1314. Después de la muerte del último gran maestre, Jacques de Molay, en marzo de ese mismo año, pidió refugio en la corte del rey escocés. Este, aceptó de buen grado su experiencia en tantas batallas, y D”Aumont, junto a ocho compañeros de la orden del temple, se unieron al rey Robert jurándole lealtad.
Tras la realización de un cuidadoso y detallado plan de batalla, los escoceses estaban listos para el choque. Ahora, solo quedaba esperar a la señal, y esta sería la inminente traición inglesa.

El calendario marcaba el 23 de junio del año 1314, y tras dos días de batallas, los aguerridos escoceses, derrotaron a las tropas inglesas, haciéndoles huir del campo de batalla. El rey Eduardo, al galope, huyó hacia el castillo de Dunbar (East Lothian), en la costa, y sobre las tres de la tarde del día 24, tomó un barco de regreso a Inglaterra.
Los escoceses estaban exultantes de alegría. Gritaban y se abrazaban en aquel campo cubierto de roja muerte. Algunos de aquellos guerreros, que minutos antes luchaban poseídos por el espíritu salvaje del dios de la guerra, lloraban como niños. No les importaba, pues por fin, y tras tanto sufrimiento, podían tocar con sus manos el suave y reconfortante calor que ofrece la libertad.
A pesar de la aplastante y humillante derrota del monarca inglés, Eduardo jamás lo reconoció en vida. Sería su propio hijo y sucesor al trono de Inglaterra, Eduardo III, en su primer año como rey, quien reconocería oficialmente los derechos de independencia de Escocia en 1328, haciendo un enorme esfuerzo de diplomacia tras las continuas demandas de los escoceses y del panorama político internacional del momento.
Ese día, todos los participantes en la batalla de Bannockburn que continuaban con vida, celebraron la noticia del reconocimiento oficial por parte de Inglaterra de la independencia de Escocia. Otra derrota de los ingleses por parte de las aguerridas gentes de escocia. Hombres, mujeres y niños, salieron a la calle a celebrarlo, con grandes banquetes y grandes cantidades de cerveza y todo tipo de licores. Por todos los rincones de Escocia, se cantaron himnos de amor a la tierra y se rindieron grandes homenajes a los caídos en las batallas que habían llevado a esa gran jornada.

Robert de Bruce, a sus 53 años, enfermo y débil, recibió la noticia con alegría, pues ese reconocimiento era su deseo y su legado al pueblo escocés antes de morir. Algunos de sus sirvientes, años después, relataron, que esa misma noche, se le apareció en sueños el espíritu de William Wallace. El rey y el héroe escocés mantuvieron una larga conversación, dándole las gracias este último por haber conseguido la tan ansiada libertad para el pueblo de Escocia. A la mañana siguiente, entre lágrimas, el rey relató a sus más allegados la conversación mantenida con Wallace. Fue la segunda vez que vieron llorar al monarca escocés en público; la primera, fue tras la gran victoria en Bannockburn.
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El manco de Lepanto

Golfo de Lepanto; 7 de octubre del año 1571.

Esa mañana, el infierno había emergido hacia la superficie del mar para alegría de la Parca, que esperaba impaciente su festín de almas. Las flotas otomana y cristiana ya habían tomado posiciones, y se disponían a chocar con una ferocidad digna del mismísimo Hades. Los cañones vomitaban fuego con ensordecedor estruendo, e inhumanos gritos salidos de las gargantas de los presentes insultaban, maldecían y condenaban al infierno a sus adversarios.
En una de las galeras de la Liga Santa, la armada cristiana, un joven de veinticuatro años y de nombre Miguel, febril y doliente, se disponía a abordar una de las naves turcas y a dar batalla sin tregua a los enemigos de su rey y su Dios.
El capitán de la nave, así como algunos de sus camaradas, le instaron a guardar reposo y a no entrar en batalla debido a su estado, pero él se negó. No quería pasar a la historia como un cobarde, pues era preferible morir valerosamente y encontrar sepultura en la batalla por la causa de la Patria y de Dios, que dejar este mundo en las bodegas de una galera enfermo y sin gloria.
Así pues, el capitán del navío, le dio órdenes, junto a otros compañeros, de que protegiera la posición del esquife durante la contienda, y tal fue la hazaña de este bravo soldado, que tras recibir dos arcabuzazos, uno en el pecho y otro en la mano izquierda, no cesó en el combate hasta acabar con los otomanos a los que se enfrentaba. A pesar de las heridas, y de perder la movilidad total de su mano alcanzada por el fuego, el soldado Miguel se recuperó en pocos meses. Tiempo después, escribiría sobre esta batalla:
« Fue, la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.»

Se dice, que tras la feroz batalla, las aguas que vieron a la cruz y a la media luna medirse en fatídico duelo por coronar a un único Dios, se tiñeron de un rojo tan intenso, que la sangre cubrió el mar durante más de tres meses. Ese día, perdieron la vida tantos hombres como ninguna batalla anterior había conocido. Ni Dios, ni la Muerte, harían distinciones a la hora de juzgar a los caídos.

Miguel de Cervantes Saavedra pasaría a la historia como uno de los mejores, sino el mejor de los representantes de la literatura española, incluso me atrevería a decir, el mejor literato a nivel mundial que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Y a pesar de ese don, en su lecho de muerte, débil y enfermo, solo deseaba recordar sus años como soldado, los más felices de su vida. Su último recuerdo, Lepanto.
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El legado de los dioses del norte

Después del Ragnarök, la última gran batalla entre la luz y la oscuridad en la que participaron los antiguos dioses de los paganos, y tras la cual, habría de comenzar una nueva era para la humanidad, tan solo se contaron tres supervivientes.
La primera de las deidades que consiguió sobrevivir, y la más importante por el papel que debería ejercer en los nuevos acontecimientos que ocuparían los designios de la humanidad durante los próximos milenios, fue Balder, hijo de Odín y Frigg, dios de la luz, la paz y el perdón. Este sería el único de los dioses paganos que alcanzaría la resurrección, convirtiéndose en el nuevo mesías: Jesús el Nazareno. Jesucristo, como sería conocido a partir de entonces, se convertirá en la nueva luz y esperanza para combatir a los demonios que afligían a una humanidad sumida entre las cenizas y las sombras tenebrosas de los restos de la infernal batalla. Una nueva era debía de tener nuevos dioses, aunque ahora, solo existía Uno que lo ocupaba todo. Era el Dios más poderoso que jamás habían conocido los humanos hasta entonces.

Además de "el Resucitado", dos de los hijos de Thor también conseguirían escapar y ocultarse en las altas cumbres del Cáucaso, concretamente en el monte Elbrús. Allí, Magni y Modi esperaron escondidos el final de la terrible batalla mientras le dedicaban un último adiós al cuerpo de su querida hermana Traud. La joven valkiria, descansaría eternamente en ese hermoso y frio lugar, el cual, les recordaba a los muchachos con lágrimas recorriéndoles las mejillas, su querido hogar. Luego, una vez pasada la tormenta de los dioses y los gigantes, los dos hermanos se dispondrían a cumplir la última voluntad de sus padres: Mezclarse con los humanos y tener descendencia.

Midgar, se convertiría en su nuevo hogar. Aquí, deberían convivir en paz, con sus esposas y sus vástagos, perpetuando el linaje de los dioses del Asgard entre la humanidad. Este fue el último de los regalos de Thor, dios del trueno, para sus queridos seres humanos antes de que la oscuridad le cubriera los ojos para siempre.
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Y llegaron del norte

A finales del siglo VIII d.C, los vikingos llegaron a tierras irlandesas, salvajes, fértiles y ricas para unos hombres y mujeres que buscaban riquezas, gloria, y una nueva tierra donde poder formar un hogar.



Desde la proa de su dragón marino, Sveinn barba de Orca, alentaba a sus hombres a la batalla. La armada de los guerreros del norte contaba con veinte feroces dragones y diez rápidas serpientes, sumando en total unos doscientos soldados. Estos gigantes de ojos claros estaban ansiosos por demostrar a su líder su valía en combate, y de paso, saquear el máximo de riquezas para llevar a sus familias. Pero primero, deberían derrotar al disciplinado y valeroso ejército del rey Dummac O'Flaherty, señor de Inishbofin y de las islas al norte de las tierras de Galway.
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Inquisitio

El rostro desencajado del reo, se confundía entre las llameantes sombras de los candelabros que iluminaban el vaporoso ambiente de la gran sala de torturas. A su lado, el Inquisidor General clavaba sus cetrinos ojos en el hereje, buscando una confesión que no alargase más el proceso. Mientras, en la plaza central de la ciudad amurallada, la hoguera purificadora de almas esperaba lista para ser encendida.
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Recordados por la historia

Agosto del 479a.C, Platea; Grecia.
Desplegamos nuestra columna hacia su flanco derecho, defendido por los mejores hombres del enemigo. Escudo contra escudo nuestras lanzas perforaban la carne de nuestros oponentes, abriendo hueco en su maltrecha formación. Éramos como un solo ser cubierto de escamas de metal, un gran demonio formado por miles de griegos que luchaban por la libertad.
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Hijos de Odín

El viento afilado de las costas del norte, helaba la piel de Feidur mientras hacía danzar sus rubios cabellos por debajo del yelmo. El Sol, lanzaba finos haces de su divino resplandor que penetraban entre el esponjoso algodón que adornaba la bóveda celestial, siempre custodiada por los gigantes rocosos, cubiertos con su eterno manto blanco. El guerrero descubrió su cabeza del metal que la protegía mientras el movimiento ondulado de su larga cabellera se mezclaba con el perfume de las nubes. Tomó aire y pronunció una plegaria dedicada a Odín. Detrás de él, cientos de bravos guerreros hacían lo mismo. Segundos después, todos comenzaron a gritar y a lanzar improperios. Acto seguido, todos se engalanaron con sus mejores armas. Delante de ellos, las rocosas y salvajes costas de Inglaterra. Tierra a dentro, innumerables tesoros que saquear.
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Cruce de caminos

Un nuevo amanecer despertaba engalanado bajo la aurora de manto rosado. El Sol, en privilegiada tribuna, se levantaba iluminando la magnífica ciudad de Atenas. Los relucientes rayos de luz lanzados por el divino Apolo llenaban de brillo las fachadas de los blancos edificios, y sus altos tejados carmesíes, refulgían como el fuego sagrado en el altar del mismísimo Zeus. En toda la ciudad se percibía el aroma de la sal traída por la brisa marina, y el ajetreo de pescadores y comerciantes que recorrían todas las calles desde el puerto hasta el mercado, daban el toque de salida a la jornada. Los orgullosos atenienses habían disfrutado de años de bonanza gracias al gobierno del “tirano” Pisístrato, y ahora lo seguían haciendo bajo la autoridad de sus hijos Hipias e Hiparco, aunque pronto se rompería todo este equilibrio, ya que las más nobles familias estaban conspirando para hacerse con el poder. Por otra parte, la amenaza persa comenzaba a hacerse presente y a ser un tema recurrente tanto en los consejos aristocráticos (Areópago), como en las asambleas populares (Eklesia).
Muy Lejos de allí, en el corazón del Imperio Persa aqueménida, nacía Jerjes, hijo de Darío y la Reina Atosa; este neonato llevaba en sus sangre la herencia de su abuelo materno Ciro (II) el Grande, fundador del gran imperio Persa. Años después, ya como rey, su destino se cruzaría inevitablemente con el de Atenas y sus habitantes, los cuales no imaginaban en ese día tan magnífico, que la amenaza más grande de su historia acababa de nacer.
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Canto a Afrodita

Te canto a ti, musa de melodiosos cabellos y embriagadora mirada. Que tus firmes y cálidos brazos envuelvan mis noches oscuras, y en tus esculpidos senos descanse el amargo sufrimiento de mi corazón. ¡Oh divina protectora de níveo rostro y ojos de mar!
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Amanecer

Bailan las flores al ritmo de la suave brisa que anuncia la Aurora de rosados dedos. Helios, ya ilumina a todos sus súbditos mientras despide a su amada Selene hasta el próximo ocaso. La rueda continúa girando, y el ciclo vital da paso a un nuevo día. El cielo sonríe, observando todo a su alrededor, desde su privilegiada poltrona hecha de blancas nubes.
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Los ojos de la guerrra

El sonido de la batalla tronaba en el cielo con la furia de los rayos del mismísimo Júpiter. Las armas chocaban entre sí, contra los escudos de los guerreros y contra la carne del adversario, tiñendo de rojo ese idílico paraje, antes, hermoso campo reluciente de fresca hierba. Aecio, combatía con el coraje que le permitía el presente temor de la guerra, pues él, era un tranquilo y sencillo campesino, incansable en sus tareas, rudo en sus formas, a veces, pero de noble y pacífico corazón. El Estado le había obligado a alistarse ante la inminente guerra contra los bárbaros del limes, así que, no tenía otra opción si no quería que a su familia le ocurriera alguna desgracia. Ahora se enfrentaba a unos hombres de los que ni tan siquiera había escuchado hablar. Riquezas, tierras, poder, o tal vez todo. Aecio no sabía el porqué, tan solo luchaba y luchaba, acabando con la vida de todo hombre que le presentaba batalla. Él o yo, pensaba, mientras que de su espada brotaba un reguero de sangre que le llegaba hasta los tobillos. Al mismo tiempo que apagaba las esperanzas de sus adversarios, en sus ojos se dibujaba el anhelo de regresar junto a su familia, mientras escuchaba el sonido fúnebre de una guerra que no entendía.
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Hijos de un mismo Dios

Vestida de oscuridad y tinieblas caminaba mi alma entre cadáveres amontonados en la roja tierra. Estaba desorientado, sumido en un mundo irreal, sin saber quién era exactamente. Todo mi cuerpo estaba cubierto de barro y sangre, pero esta no era mía. En mi mano derecha, portaba todavía la espada con la que había sesgado decenas de vidas; en la izquierda, la cabeza del asesino de mi mujer y mi hijo. Aún podía sentirse el hedor de la sangre putrefacta en el ambiente. A mí alrededor, continuaba el estrépito del choque del acero contra el acero, seguido del lamento de los que probaban la afilada espada del enemigo hundiéndose en su carne. Me dirigí hacia el acantilado que daba al mar, parándome al llegar al borde. Sentí la brisa marina por el rostro mientras las olas chocaban furiosas contra las rocas. Cerré los ojos, y por unos instantes olvidé donde me encontraba. Al abrirlos volví a la realidad. Elevé la mirada al cielo, y levanté la cabeza que llevaba en la mano izquierda. Luego grite:

-¡Oh Dios Misericordioso! Aquí tienes un fiel servidor. Esta cabeza que te brindo es la de nuestros enemigos. Nunca he matado en vano, y en esta terrible guerra siempre he defendido tu potestad. Este es el hombre que mató y violó a mi mujer, llevándose consigo la vida del hijo que llevaba en su vientre. Sabes bien Señor, que mi lucha es en nombre de la justicia divina, y que mi espada te sirve. Acepta mí venganza en nombre de esta justicia, que yo seguiré llevando orgulloso el símbolo de tu magnificencia. Yo prometo servirte fielmente, hasta el fin de mis días en la tierra, cuando por fin, vuelva a reunirme con mi mujer y mi hijo. Amén.

Luego, agarré la cabeza ensangrentada y la lancé al mar, perdiéndose esta bajo la espuma de las olas que chocaban contra las rocas. Recé de nuevo por el alma de mi mujer y mi hijo, y me dirigí de vuelta hacía donde se encontraba el resto de los soldados. La victoria había sido nuestra. Muchos celebraban el triunfo en la batalla riendo y bailando, aunque viendo el gran número de compañeros que habían caído valientemente en el campo de batalla, a mi entender, poco había que festejar. Me uní directamente al grupo que recogía los cadáveres de los caídos. Mi única preocupación en ese momento era poder darles cristiana sepultura para su descanso eterno.
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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