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"Jeannete"

¿Hasta cuándo te cito?,
ya te siento presente en cada rincón,
desvelándote en vida,
paseando libre y como siempre amando.

En esta noche se desvive el glamour,
el glamour callejero,
de las ventanas antiguas,
y las puertas que esconden cientos de años.

Las calles que nos sosiegan,
todos los parajes que conocemos,
a los que no queremos ir,
al que ansiamos visitar,
pero de todos modos,
que son y serán nuestros modos,
podemos reír y llorar,
en la ciudad teñida de plomo.

nos merecemos algunos caprichos,
delirar continuamente,
a la suerte,
en la boca del suplicio.
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Allí está la libertad

Estaba aterrado. Un temible ejército se presentaba delante de mí, con sus poderosos estandartes, lanzando graves improperios e inhumanos alaridos que herían el espeso aire que inundaba el campo de batalla. El miedo que me presionaba el pecho era tan afilado como sus mortales dardos. Las piernas, comenzaban a pesarme, como si la carne se convirtiese en frio mármol. El sudor, me cegaba la vista. El corazón, me latía tan fuerte como los tambores de guerra. Noté una mano en mi hombro derecho, apretándome con ruda suavidad. Al girarme, vi al comandante Vitelio.

- ¿Ves todos esos hombres que pretenden detenernos?-dijo señalando al enemigo con su espada mientras esbozaba una desconcertante sonrisa que le iluminaba los ojos.

- Los veo, mi comandante.

- Pues allí, detrás de sus tiránicos estandartes se encuentra nuestra libertad. Lucha con valor y no dejes que el miedo te domine; pues hoy, la victoria o la muerte habrá de juzgarnos como hombres libres.
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El tesoro de la tortuga

Nada parecía querer despertar esa mañana, nada, a excepción de esa espesa e inusual niebla que se había formado a unos pocos cientos de metros en dirección nordeste. La espesura se iría difuminando con las primeras luces del día, dejando al descubierto la inmensa silueta que dibujaba una exuberante y verde isla. El Tritón había llegado a su destino: La isla Tortuga. Su capitán, el aventurero Robert Alcott, junto a su fiel tripulación, se disponía a encontrar el enorme tesoro pirata que durante más de quinientos años había permanecido escondido, y que ni españoles, franceses o ingleses habían conseguido encontrar durante todo este tiempo. Durante el convulso siglo XX, el mundo entero permaneció sumergido en dos guerrras mundiales y un sinfín de conflictos posteriores que borrarían toda pista del legendario tesoro, perviviendo en esencia tan solo en algunas historias que darían pie a escritores para escribir sus novelas de aventuras.
Pero todo esto cambió el día en que Robert Alcott encontró en el desván de casa de sus padres un viejo mapa y un bloc de notas con dibujos, coordenadas y anotaciones sobre la isla que su padre le había descrito cientos de veces en las historías que durante su niñez le contaba cada noche antes de irse a la cama. Robert, había heredado una gran fortuna al morir sus padres, una gran fortuna que ni tan siquiera él sabía que existía. Quizá, las historias que le contaban sobre esa isla no eran solo un cuento, y ese mapa junto al bloc de notas escondían algo más que la imaginación de su padre. Robert Alcott decidió poner a prueba sus sospechas y descubrir con sus propios ojos el lugar al que tanta veces había viajado en sueños cuando era un niño.
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La luz del olvido

Una tarde de verso otoñal
Antonio Machado contempla
el cielo mustio de Madrid,
yerra la sonrisa con las pocas
hojas que desprenden las ramas
y la melancolía borracha y persistente
se sienta a su diestra, clava su plañir
en las solapas del alma de aquel poeta,
errabundo de la palabra.
Caminante se hace camino pregona
su pluma con el semblante añejo
y el planeta fascinado le cree,
es su cordura quien oferta
entre cambrones y la corriente del alba.
Sobre los serrijones que ciñen
el horizonte Machado se inclina
besa el céfiro y lanza una octava,
vuelve el poeta con el olifante de las estrellas
se calza de filantropías literarias
y marcha a la nubecilla que es su página
de cada noche en la penumbra de los ruiseñores.
Dormido con las cejas pobladas de luna
se funde en los secretos jacobinos del tiempo,
tiene corteza para las frases
tiene tinta para las verdades
tiene tono para la irreverencia
y cuando abre la mañana sus pestañas
otras grafías bordan su privanza.
Y la vieja angustia que es hipocondríaca,
compañera, indisoluble de sus aventuras
cuelga en floridos recuerdos
el tranvía de Madrid,
la esencia de Campoamor
la sombría soledad de Miró.
Los gorriones se acercan en una danza
de alas legendarias
está en su cumbre Machado,
y apenas lo alcanza la luz del olvido.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Sepan que

Sepan que
los recuerdos cruzaran el Caribe;
desde la cima, el mundo arde:
humo y cenizas
siendo el viento guía
a una tierra donde la vida y la muerte no existen
tan solo hoy
tú y yo
nosotros eternamente
sueños majestuosos
donde tu ausencia refulge en nuestra alma;
pesadas piedras moldeadas por miles
viento y gotas tan frágiles que parten millones de años;
las luces de la ciudad anuncian pataletas
veneran a la montaña que les da vida;
el mar admira, respeta, le teme al peñasco que lo detiene
en la cima, una amistad se refuerza, se fortalece, se destruye
gracias al sufrimiento del camino
puede que incluso el orgullo se levante más alto que los casi tres mil metros de mi mejor recuerdo.

Contemple la salida sol en silencio,
el alba extendió sus rosados dedos por los valles, el mar, las ciudades;
lo mejor del amanecer no es la salida del sol,
sino como el mundo transforma su ruidosa inactividad en una sinfonía esquizofrénica que despierta cada sentido sentimiento;
la mejor filarmónica no es la de Berlín ni la de Los Ángeles ni la ruinosa pianista ni las decadentes nubes:
la mejor filarmónica son las crestas y los valles, los acantilados y los topos, los riscos y las filas maestras, los bosques húmedos y una vegetación que parece a la de un páramo, el infinito mar azul y el inexpugnable cielo magenta, morado, rosa, azul y demás colores desconocidos
los cocos escarabajos tocan la viola, los pájaros verde-azul-amarillo un acordeón, la mosca negra tan grande como una ciruela la trompeta;
el jazz, blues, reggae, trap, rock, pop, Chopin son una galaxia virgen que folla con el folklore;
puede que no tenga sentido: eso es lo único que tiene todo el sentido posible.

Homero, poeta garrapatoso que me hizo tener fe en los mitos griegos
incluso en los cunaguaros del Ávila;
detrás de mí un pájaro cuyo canto es amarillo
un flash que grita ¡arte! agradeciendo a Dios su creación
y finalizo mi sinsentido dándole sentido, porque es la puesta en escena a través de palabras anteriores de tal vez los mejores recuerdos que tendré por un par de años o mi vida,
pues el frio lamio mis pelotas y el peso moldeo mi espalda y las quejas y la terquedad y las palabrotas doblaron-jodieron mis rodillas.

Declaro ante ti, humilde gigante,
alimento de viejos sabios y adolescentes orgullosos,
que sufrí con mucho gusto tus laderas,
respire con dulzura tu aire moribundo
sacie mi sed con tu agua hedionda de vida;
te agradezco humildemente dios protector
(tsunami-piedra-montaña)
por haberme dejado acariciar las nubes al conquistar tu cima;
el plástico se multiplica más rápido que los conejos
y la naturaleza se arriesga en las cercanías de una ciudad que todo lo mata con golpes de vida;
escuche tu canción y descubrí en las alturas no solamente que el mundo luce distinto,
sino que está permitido imaginar-delirar sobre la forma del mismo.
¡Brinde por la muerte ebrio de vida!
Así termino mi perorata, recordando un chocolate, una flor, un abrazo
una foto donde cinco personas sonríen así no más:
sonríen simplemente.
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Salir a luchar

Llaman peligro
a abrir los ojos.
Pavor a observar
las mentiras tras las máscaras.
Ellos.
En su zona de tranquilidad,
en su conformidad, su monotonía,
su asentir contínuo, su triste acomodamiento.

Llaman peligro
a arriesgar la vida,
¡cómo si no fueramos a morir algun día!
Peligro el salir al mundo y huir a lo desconocido,
a enfrentar lo mórbido, lo cruel, lo injusto,
lo que nos escondieron tras una simple cortina.

¡Peligro!, gritan si destapas el velo,
si no te agachas y sellas tus labios.
¡Peligro!, al descuidar la futilidad,
lo inútil, lo estúpido, lo vulgar.
Pues peligro, yo te abrazo.
Yo te ansío con mi alma.
No me importa enfrentarte, luchar,
si eso supone no sentarse,
siendo ciego y sordo.

No quiero vivir más engañado;
por mí, mi conciencia,
mis vicios y mi embobamiento.
Adiós, antiguo yo.

¡Peligro!… ven.
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El Límite del Bosque (parte I)

Ella no tenía nombre o no era capaz de recordarlo, tal vez nunca llegó a memorizarlo. Ella solo había visto su claro rostro reflejado en la superficie de las negras aguas de la noche, pero ella sabía quién era, aunque jamás se había visto, aunque jamás había sido llamada. Y, sobre todo, conocía la causa que le daba la vida. Ella le cantaba a los árboles del bosque, ella le susurraba a las hojas del otoño y a las piedras de los arroyos, ella golpeaba a las nubes del cielo y a las raíces de la historia, ella podía perseguir a los árboles del desierto y encontrarlos, verdes y frondosos. Pues, ella era la voz y el grito del bosque y también los puños y las garras de la tierra.

Sin embargo, un día, tras la lluvia y tras el alba, no hubo un amanecer. Las sombras habían alcanzado el suelo del bosque y los árboles habían dejado de cantar. Todo era oscuro y cruel, todo estaba estremecido por el terrible silencio de lo que espera la llegada del final. Y ella vigilaba y guardaba las puertas del bosque, porque sabía que ese último día, en el que se juega el destino, estaba a punto de llegar y que pondría fin a su historia, a nuestra historia.

Entonces, frente al bosque y sobre la extensa pradera de hierbas muertas, se levantó. Ella lo miraba con resignación y voluntad inquebrantable, pero no pudo evitar que las lágrimas de todos sus recuerdos le desgarrasen su mirada, sin perderle de vista, sus ojos eran el muro y la espada, eran la última frontera, cargados de dolor y de rabia, eran la última voluntad del bosque y su última y la más fuerte de sus defensas. ¿Serviría de algo resistirse a aquella amenaza tan antigua y poderosa?
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El Límite del Bosque (parte II)

Entonces, frente al bosque y sobre la extensa pradera de hierbas muertas, se levantó. Ella lo miraba con resignación y voluntad inquebrantable, pero no pudo evitar que las lágrimas de todos sus recuerdos le desgarrasen su mirada, sin perderlo de vista, sus ojos eran el muro y la espada, eran la última frontera, cargados de dolor y de rabia, eran la última voluntad del bosque y su última y la más fuerte de sus defensas. ¿Serviría de algo resistirse a aquella amenaza tan antigua y poderosa?

Se levantó sobre las hierbas muertas de más allá del bosque y su piel era de ceniza. Ella no cedía. Levantó su cabeza y sus ojos eran de llamas. Ella dio un paso al frente. Él habló y su lengua era vieja y su voz de acero forjado y muerte. Ella sonrío con fuerza primaveral, mientras que sus dos últimas lágrimas cayeron, humeantes, contra el suelo. Él tenía un aliento de humo que asesinaba el aire, él tenía un cuerpo de fango y ceniza que marchitaba todo cuanto existía: el verde de las hojas y el marrón de la tierra, la agilidad del viento y el azul del cielo, la música de los ríos y las aves y las transparencias y las luces de sus aguas. Él era la muerte y el yugo, las cadenas y el silencio, la desolación y el olvido. Ella solo era el último bastión del último bosque virgen que quedaba en toda la faz del mundo.

Ambos se enfrentaron. Temblaron los cimientos de la tierra y el cielo y se quebraron todos los pilares, jóvenes y antiguos. Las estrellas temblaron y la noche se deshizo en una sombra temida y terrible. Los arroyos crepitaron y sobre ellos fluyó el fuego. Los animales huyeron y murieron, y todas las hojas de los árboles cayeron pálidas y pardas sobre el suelo hendido y arrasado, convertido en ceniza.

Ella era firme, fuerte y no cedería, él tenía un gran poder, el poder de las voluntades robadas y de las tierras usurpadas, ¿conseguiría derrotarla?
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El Límite del Bosque (parte III)

Ambos se enfrentaron. Temblaron los cimientos de la tierra y el cielo y se quebraron todos los pilares, jóvenes y antiguos. Las estrellas temblaron y la noche se deshizo en una sombra temida y terrible. Los arroyos crepitaron y sobre ellos fluyó el fuego. Los animales huyeron y murieron, y todas las hojas de los árboles cayeron pálidas y pardas sobre el suelo hendido y arrasado, convertido en ceniza.

Ella cayó sin conocer la rendición y con su último aliento derramó todas sus lágrimas hasta aquellas más escondidas, aquellas cuya existencia ni ella misma alcanzaba a conocer. Si hubieran quedado estrellas sobre aquel cielo, estas hubiesen gritado de dolor y derramado su trágico llanto sobre el mundo, pero no, no había estrellas, ni luces, ni cielo sobre aquel nuevo y negro firmamento. Ella, última esperanza, había sido derrotada por una fuerza inmensa y oscura, de fango, ceniza y oro. Ella dio su vida en el límite del bosque porque esa fue la causa y el origen de su historia, pero aquel ser capaz de agarrar el mundo con un solo brazo y de apresar la libertad con una sola de sus garras, aquel ser, sin rostro ni cuerpo, aquel ser cruzó el límite del bosque, del último bosque, alcanzando el dominio sobre el mundo.

Cuentan las lenguas de los que habitan en las raíces de los árboles que cuando aquella esperanza yacía en el suelo, ya sin fuerzas y casi sin vida, agarró a aquel monstruo deteniendo su avance durante unos segundos. Con tanta fuerza que aquel ser sintió miedo, por primera vez, se había sentido vulnerable. Sin embargo, ella perdió su último aliento en esta advertencia, en esta última y severa voluntad de justicia, un grito eterno que amenazaría por siempre el reinado de aquel ser. Su hermoso cuerpo se deshizo en un suspiro de gotas, dulces y cristalinas, que reflejaron el poder indómito de los recuerdos de un bosque y los guardaron hasta que llegase un tiempo en el que alguien pudiese encontrarlos y recuperarlos, hasta que llegase un tiempo en el que el grito del bosque despertase en las profundidades de las gargantas de los hombres y mujeres justos.

Él reinó con la dureza del hierro y el hambre sobre los cuatro rincones del mundo. El bosque murió, porque fue olvidado por todas las conciencias y la barbarie desbrozó la tierra fértil y las corrientes de agua, pero aquellos reflejos eternos estaban presentes ya en la luz de las estrellas, allá donde nuestras miradas vuelven cada noche intentando hacernos recordar quienes somos realmente.
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¡no vuelvo a beber!

Un bar,
mirada
seductora,
copa,
daiquirí,
un guiño,
una mordida,
labios rojos;
la fresa,
la guinda.

Burbujeante,
la cerveza,
te ruge,
se arquea
la ceja,
blanca espuma.

Kamikaze,
vodka,
te lo sirven,
te transformas,
kamikaze
del amor,
te mezclas,
te combinas,
daiquirí
y tú,
embriagante,
alucinante,
lobo,
aullas,
devoras,
luna,
te centellean,
te eclipsan,
te abismas,
te despeñas,
te atormentan,
tempestades,
te sorben,
te extinguen,
extingues.

Copas
sin cristal,
desnudas,
sábanas
de seda,
sexo en la playa,
orgasmo tropical,

alborada;
la resaca...

¿cómo se llamaba?
¿a qué número
le marcas a un daiquirí?
¿cuál era su Whats?

¡no vuelvo a beber!
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Aquella niña

Pronto aquella niña se hizo mujer
grandes pechos y enormes caderas se hicieron ver
su inocencia se hizo orgullo
se convirtió en flor aquel capullo
pronto aquella niña se hizo mujer
pero de esas a las que hay que temer
pues a su edad había sufrido
lo que ninguna otra había vivido
se hizo dura de corazón
pero no tuvo ninguna razón
mas el mal era ella
esa niña, mujer tan bella
cambio su manera de caminar
y su piel empezó a maquillar
siempre estaba al lado de alguien con dinero
que para gastarlo no tuviera pero
no tenia mas ambición que el poder
que al lado de cualquier rico pudiera tener
y fue la osadía de aquel humilde hombre
que le hizo estremecer hasta el nombre
él no le dio lujos, le dio amor
ella difícilmente probo ese nuevo sabor
intento cambiar a toda manera
y a su lado vio llegar la primavera
dejo su avaricia
la cambio por una caricia
dejo los orgasmos de alquiler
por un hombre que le supiera querer
dejo en ruinas su cartera
y con el amor de su vida cogió carretera
y aquella niña que se hizo mujer
a la que un hombre con dinero podía poseer
la que había sufrido
lo nunca vivido
fue tan feliz como el pintor
que le ha dado a su lienzo color
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Ella

Mírala.
Mirala a ella que fue la primera que me abandonó.
Mírala amar y amarse.
Cuánta belleza.

Desde que se fue ha aprendido
a que no le quemen las alas de otros.
Ha buscado su luz.
Y qué luz.

Ojalá aún me reconociera
cuando me descubre por las calles,
cuando le robo las margaritas
o le atraso la hora del reloj.

Se ha convertido en todo
lo que yo me negué a esperar.
Ella lo ha encontrado.

Ya no tira piedras a la luna,
baila para ella sin preocuparse
de que su cuerpo desnudo se llene de cicatrices.

Ya no le importa que la vean,
que la miren, que la toquen.
No le importa que la vida le pelee las jugadas.
Su guerra no la gana nadie más que ella.
Espada en mano y armadura de experiencia.

Le ha crecido el pelo.
Se lo ha vuelto a teñir.
Las pecas de primavera vuelven a asomar en su cara,
y por esa nariz que siempre odió.

Camina por la vida marcando los paseos de otros.
Acostumbrada a que nadie deje marca en ella,
mas que la lluvia de madrugada
cuando se cansa de sobrevivir.

Suspira.
Resiste.
La felicidad no es más que un momento transitorio.
Volverá a sentir.

A veces, mientras el café se enfría, su mirada se vacía.
Me gustaría saber qué piensa,
por qué la sonrisa se le borra a veces,
qué hace que vuelva,
qué la hace gritar,
qué la empuja a subir al edificio más alto,
asomarse al vacío y sentir que las ganas de vivir
son tan fuertes que no la dejarán caer.

A veces acaricio su sombra en mi reflejo,
y sé que me mira de reojo cuando me distraigo.
Me gustaría volver a ver el amanecer en su mirada,
el miedo en su piel
y la valentía coronando su cuerpo.

Me gustaría bañarme en sus recuerdos,
volverme a tener.

Mírala.
Ella me abandonó antes que nadie.
Supo adivinar que quedarse
no formaba parte de mis planes.
Mírala vivir.
Ojalá pudiera volver a ser ella.
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Primero caen los peones

La Aurora de rosados dedos, cubría con su fino manto el tempranero cielo matutino, mientras los primeros bostezos del Sol desprendían haces de una luz blanquecina. Los habitantes de Olendeck se preparaban para iniciar su jornada, aunque no todos. En el “Jabalí alado”, la posada más famosa de toda la región, corría el vino y la cerveza desde la noche anterior. Dos caballeros de elegantes vestiduras festejaban alguna cosa importante con un grupo de señoritas de reputación libertina, sin advertir lo que estaba a punto de suceder. Un forastero observaba, desde hacía ya varias horas, todo lo que ocurría en el comedor de la posada. Los nobles caballeros no habían advertido su presencia, ya que solo tenían ojos para el alcohol y los pechos de las prostitutas. De pronto, el enigmático personaje, sale de entre las sombras de su rincón, se dirige hacia los dos caballeros, y se levanta el ancho sombrero que le cubría el rostro. Uno de ellos, advierte su presencia, y al descubrir su rostro se queda helado.
- ¡Tú!- exclama el hombre.- ¡Pero si estabas muerto!
El caballero, intenta echar mano a su puñal, pero antes de que pudiera ni siquiera tocarlo ya estaba muerto. El otro pretende escapar, pero el miedo y la borrachera lo hacen lento y torpe. En un intento desesperado trata de apuñalar al forastero, aunque este lo esquiva y le lanza un estoque que le atraviesa el pecho, dejándolo sin vida en un charco de sangre y vino agrio.
El miedo se había apoderado de todos los presentes. El hombre, recoge las dos bolsas llenas de monedas que portaban los caballeros colgados en el cinto. Las abre y reparte una de ellas entre las prostitutas, luego, les deja irse. Seguidamente deja la otra encima de la barra.
- ¡Esto por las molestias posadero!- dice el forastero.- Puedes quedarte también todo lo que llevan encima. Luego entiérralos. Fuera hay dos caballos; uno de ellos es para ti. Buenos días.
Y de esta manera, el misterioso forastero abandona la villa de Olendeck, dejando tras de sí la muerte de dos nobles caballeros, los mismos que meses antes lo habían dado por muerto en el acantilado. Aunque aquí no acaba la historia, ya que las dos víctimas solo eran unos simples peones.
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Un último obstáculo que eliminar

Se erguía orgulloso desafiando al enemigo, lanzando improperios y dejando claro a sus oponentes que no había venido precisamente para salir huyendo. En su rostro, curtido por el paso de las campañas militares se dibujaba una media sonrisa de satisfacción; había luchado bien hasta ese instante, y lo continuaría haciendo hasta el final. Esa sería la batalla decisiva que pondría en juego el destino de su pueblo, así que, la derrota no sería una opción. Se enfrentó a sus miedos con valentía, venciendo a la propia muerte, y consiguiendo la libertad para su querida tierra.
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La leyenda de Aulo de Libermontium

La primera envestida tronó en la tierra tan fuerte, que temblaron hasta los cimientos del palacio de los dioses. Los enemigos combatían con descomunal fuerza, pero nosotros también lo hacíamos. A mi lado, Perce, blandía su enorme espada con magistral destreza, mientras yo intentaba derribar a los enemigos que salían a mi encuentro. Perce, el veterano pero fornido guerrero, me lo había enseñado todo desde que me adoptó como hijo propio, después de que ms padres fueran asesinados por las hordas Golkars, las cuales ahora combatíamos. Comandados por el príncipe Erick, resistíamos las envestidas una y otra vez. Los sanguinarios Golkars eran más, pero el deber de defender nuestra patria y nuestra mejor formación militar nos hacia tan eficaces como diez de esas bestias sin cabeza. Nuestros hogares, nuestras mujeres, hijos, familia, así como todas las gentes de Libermontium estaban en juego.
La batalla no tenía un claro vencedor. Los Golkars parecían multiplicarse, y los cadáveres de esos monstruos sedientos de sangre se sobreponían unos a otros en el terreno polvoriento, dificultando de esa manera el avance de cualquiera de las dos formaciones. El príncipe Erick luchaba en primera línea, demostrando su valentía e infundiéndonos valor para continuar combatiendo sin ningún temor. Si nuestro líder combatía con la fuerza de los dioses, nosotros, bravos guerreros de Libermontium, lo seguiríamos hasta la victoria o la muerte. Los Golkars comenzaron a recular. Perce rebanó la cabeza a un enemigo con un poderoso mandoble, mientras yo clavaba mi espada en el pecho de otro, ensartándolo como un pincho de pollo. Perce seguía acabando con sus oponentes, amontonando cadáveres a su alrededor, mientras yo me defendía lo mejor que podía, peleando con toda mi furia. De repente, un cuerno de guerra Golkar llamaba a la retirada. Las bestias Golkars huían. ¡Habíamos vencido! En ese momento un escalofrió recorrió mi columna, dejándome inmóvil por unos segundos. Perce se había girado hacia mí. Su rostro mostraba una sonrisa de satisfacción, mientras sus ojos estaban a punto de estallar en unas lágrimas que no llegarían. Una herida preocupantemente profunda le recorría todo el lado izquierdo de su cuerpo, emergiendo su sangre a través de la junta de su peto metálico. A duras penas podía mantenerse en pie. Corrí rápidamente hacia él, lográndole sujetar antes de que cayera al suelo.

- ¡Hemos ganado amigo!-dijo Perce con gesto tranquilo; aunque se estaba esforzando terriblemente por mantenerse erguido, su rostro no reflejaba ninguna mueca de dolor. – Libermontium está a salvo.

- Sí. Hemos ganado maestro- le contesté aguantando las lágrimas.- Volveremos a casa y te pondrás bien. Ya lo verás Perce.

- No hijo. Mi tiempo acaba aquí. Dentro de poco me reuniré con mi mujer y con mi hija. Cuando vea a tus padres les contaré que te has convertido en todo un hombre. Un valiente guerrero digno de las hazañas más increíbles. Recuerda una cosa Aulo; Nunca olvides quien eres.

Estas fueron sus últimas palabras. Luego, se desvaneció en mis brazos con el gesto sereno y sonriente. Nos fundimos en un último abrazo. “Perce tendrá un funeral como se merece un gran guerrero. Recibirá todos los honores”, pensaba mientras abrazaba el cadáver de mi padre adoptivo, amigo y maestro. El príncipe Erick, que había presenciado toda la escena se encontraba detrás de mí. Yo no me percaté de su presencia hasta que no me puso la mano en el hombro derecho y habló:

-Perce era un valiente y gran guerrero. Leal desde hace años a mi padre y a todo el reino de Libermontium. Su espíritu descansa ahora en el palacio de los dioses, bebiendo y festejando con legendarios guerreros, y hermosas ninfas. Además, seguro que en estos momentos está feliz de volverse a encontrar con su familia y viejos amigos perdidos desde hacia años. Tus padres por ejemplo. Aunque nosotros no los veamos, estoy convencido que estarán muy orgullosos de su valiente hijo, el audaz Aulo.

El príncipe Erick se despidió para organizar la recogida de nuestros hombres caídos y socorrer a los heridos, pero no sin antes hacerme un gesto fraternal. En ese instante me levanté, me sequé las lágrimas y contemplé la pavorosa escena que se habría ante mis ojos, y en la cual se había convertido el campo de batalla. El sonido del silencio resonó dulcemente en mi corazón; todo era bello, a pesar del amargo hedor que había dejado la muerte a su paso.
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No supe que había partido

... y camine en la noche, era tarde y estaba ya cansado cuando apenas había partido, había sido mucho estrés y no sabía nada debido a la incertidumbre, no podía con mi carga pues era muy pesada, pensaba en llegar en un cerrar de ojos cuando en realidad llegaría al día siguiente luego de dormir entre curvas y asientos, luego de esperar el expreso de medianoche, luego de tomar autobuses estresantes que me llevarían hasta la estación y pasar por un trayecto oscuro, solo e inseguro, luego de sentir que en cualquier momento se marcaría un antes y un después esperando no despertar en un hospital, en una comisaría o afortunadamente sano y salvo pero en casa plantado. Al casi llegar aún tendría que escuchar al predicador, ir a un baño muy bullicioso y tener que hacer cola para entrar en él, dormir sentado y si todavía me quedaba suerte y quedaba espacio quizás podría dormir sentado con mi cabeza recostada en mis maletas, apretando muy fuerte las asas de mis maletas para no ser victima de un robo sin embargo eran las 3 de la mañana y dicha espera y dicho estrés continuaban pues éstos usualmente y por experiencia no acababan sino hasta más o menos las 3 de la tarde de ese continuadisimo e ininterrumpido día-noche y de ese largo viaje.

Muy seguido sentía la derrota, sentía la incertidumbre, la zozobra, sentía el fracaso, sentía la predisposición a aberraciones que no quería, a estar en un ambiente extraño o a dormir en una cama ajena, sentía el frío de una noche huérfana y abandonada, dejada en la calle por la ausencia de un techo y el calor de un hogar, la falta de alimentos y la sed no saciada. Ansiaba la paz, ansiaba estar tranquilo, ansiaba estar en calma y que la calma no estuviera tensa, no tener más taquicardias en mi corazón, sudor en frente y manos, tartamudeos y temblores, nervios destrozados. Ya no podía ver atrás porque había dado muchos pasos como para devolverme, no tendría quizás los medios, el orgullo aún estaba intacto y conservaba una esperanza y optimismo; pensaba en toda la decepción que me había hecho partir, en toda la rabia que tenía dentro en todo el rencor que me hacía ser agresivo y obstinado, estaba cansado y reuní todas las fuerzas que me quedaban para irme, si había algo peor que quedarse era no irse.

Los pasos pisaban cada vez con más frustración, las mejillas se pronunciaban cada vez más tensas y le daban una mirada ajena a los ojos, el ceño se fruncía, quebrado de la amargura terminaba, solo el hecho de que mi rostro actuara de esa manera activaba un vil o varios viles recuerdos en mi memoria que despertaban más odio, más rabia, más repulsión, más instinto e incitación a la venganza, un recuerdo que me hacía darme cuenta de tal parecido en un ceño fruncido. Mi mente creaba las más atroces formas de obtener calma a medida que me alejaba más y me acercaba a la parada de autobús, mi cuerpo sudaba dolor a pesar de la fría brisa que me recordaba lo rapado que estaba mi cabello y al sentir el frío en mi cabeza, recuerdos iban y venían como si la cinta de mi vida rodara en mi cabeza y me hiciera sentir una especie de delirio cuando veía una luz que se aproximaba más rápido que mi caminar, quizás sí de alguna forma estaba muriendo pero no era ninguna luz al final de ningún túnel, eran las luces del autobús que al fin llegaba.

Sabía que era lo suficiente maduro para entender que aun estando cerca podía alejarme no era necesario irse, pero debía y tenía que irme, vivir una época donde no es permitido enfermarse puesto que la competencia no lo permite, flaquear, temblar, aunque sea un ambiente muy frío sería de miedosos o de extranjeros no acostumbrados al clima, asustarse o denigrase sería de cobardes, menospreciarse sería de ineficaces cuando se es lo suficientemente valiente para dejarlo todo. Veía las pocas luces del alumbrado público de las calles, una vez que pasaba el autobús se desvanecián rápido en la lejanía, veía la soledad de las calles, me percataba de que si se cometiera un error pasaría la noche fuera pero sin rumbo y esperando retornar.

Caminaba, caminaba sábados caminaba domingos, caminaba buscando perfección o queriendo perderla en medio de traumas, caminaba siguiendo a la cordura cuando ésta se transformaba en pura locura, caminaba buscando verdades, caminaba envuelto en confusiones. Esto no era igual había cometido tal vez una locura, una quijotada, una hazaña pero no un error, había sido acosado sexualmente, se me había dicho: "puedes quedarte pero hay solo una cama", había sido acusado de hacer cosas que no hice, había sido acusado de tener hambre o de bañarme mucho. Había desafiado al peligro muchas veces tanto que quise burlarme de él cuando lo tuve enfrente y no me dejaba dormir por sus tiroteos o por las tanquetas y los militares que permanecían en la entrada del edificio o cuando fui hurtado.

En fin ahora despierto un 2 de abril, aquella fue la mañana de un día de julio, estaba tranquilo pues ya se acercaba el fin de aquella caminata y aunque ésta no terminó muy bien el objetivo se logró y ya estaba cansado. Ahora estoy más descansado, mucho más, y menos mal a la expectativa y no en incertidumbre, he aprendido a tener un hogar y a sentirme bien en él, a veces se me tenta con volver a partir pero pensando en ello pierdo el entusiasmo y al saber el cansancio que ganaré en el proceso prefiero adquirirlo aquí. Aún hay muchas cosas que claman que me quede y mis plantas no paran de echar raíces en mi nombre.
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¡Para Aclarar!!

¡Algo incita ser poeta!
Es impulso sin motivo
Un matiz que inquieta
Una aventura sin destino

Tú que lees
Esto me asombra
Tú que criticas
No seré mío

Latente parsimonia
Vil escalofríos
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Desperte...

…con ganas de besarte y sentir tus besos en mi rostro, desperté con el deseo de volver a verte y sentir tu tacto sobre mi piel dejando que el tiempo y tu perfume me embriaguen, desperté pensando en tu cuerpo, deseándote cerca de mi, cerca de mis manos, acostado en mi almohada.

Desperté con ganas de tomarte lentamente y explayarme en tu cuerpo hasta hacer que te encante, desperté con las ganas de abrazarte, tocar tu cuello con mis labios, sentir tus labios con mi cuerpo y tocar tus manos con mi sexo, desperté imaginándome tu pelo, inventándome el olor de tu vello y tus penetrantes ojos negros, me levanté de la cama y al sentir el aire frio en mi pecho recordé cuánto te gusta tocarme con las manos húmedas y frías al momento de ya no poder más en el hecho, con el cuerpo descalzo y la imaginación desnuda tome mi típica taza de café y al sentir el vapor caliente sobre mi rostro logré recordar a la perfección el clímax de nuestra locura.


Reviví lentamente nuestras aventuras, el dulzor del café tocó mi boca y al correr por mi garganta te juro que sentí tus manos en mis piernas, el frio de la pared en mi espalda y logré recordar como el sudor de tu pelvis calentaba mi entrepierna entre cada pausa larga que me volvían loca, como tus labios me comían a besos mientras mis manos rasguñaban tu cuerpo, logré verme en la cama bajo tu piel sobre la almohada, volví a sentir tu lengua en mi alma, recordé los gritos que te llaman y las caricias de tus dedos fríos en mis glúteos, lo húmedo de mis pechos al rosar tu rostro y tu cabello mojado en mis manos que me quitaban la calma… sentí mi cuerpo arder ante aquellas imágenes que venían a mi mente y entre cada sorbo de café de mi mañana sentí un dulzor que me acaloraba, ahora piensa en el resto de mi desayuno lo que no imagine mientras te pensaba…
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