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Bisagras

De las puertas admiro y aprecio las bisagras —antes que el cerrojo— Existe detrás de ellas, una maravilla involucrada en la buena voluntad y envuelta en la naturaleza existencial de la libertad, un don de dualidad concebida en un espíritu hospitalario y tolerante donde el árbol de la confianza echa raíces extendidas a un plácido territorio compasivo y generoso, donde albergamos la bienvenida como contrapeso a la tristeza implícita en una despedida.
Mientras que en la cerradura; abreviamos el alto grado de sumisión al miedo, es un resumen de la depravación del hombre, un reducto de la corrupción intentando ocultarse tras la presunta privacidad de toda propiedad. Es el principio de todo confinamiento, quizás el más expedito instrumento para coartar la libertad y el cómplice más eficaz que tiene la mentira para vestirse con el traje de secreto.
De todos los objetos inanimados inventados por el homo sapiens, ninguno suele sintetizar con mayor exactitud la propensión al celo y al egoísmo.
Estas impresiones se posaron en mi cabeza un frió invierno en que perdí las llaves, es posible que cambie mi percepción sobre las bisagras, el día que pise mis dedos con una puerta.
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Tomate Negro: Estampas Inolvidables de Barrio

Un sábado soleado, nos permitía patear el balón hasta lo más próximo al siempre hermético portal, donde esperábamos, que un envalentonado empujón lo colocara en el fondo de la red donde anidaba el triunfo. Triunfo por demás fútil, pero esperanzador. Especialmente para los que perdíamos todo antes de comenzar a jugar; todo: menos ese raro estado anímico que conocemos como buen humor.
Después del partido, indistintamente del resultado, quedaba tiempo y energía para chasquear las cuerdas de una disonante guitarra. El borde de las aceras era buen lugar para posarse a emular las aventuras que condujeron a muchos trovadores populares a fases máximas de gloria, despertando en las muchedumbres unas pasiones desbordadas, al pulso de versos diáfanos y articulados oportunamente, con unos acordes magnetizables por los gustos mas silvestres de una audiencia varia e impróvida. Luego, en el preludio de las sombras nocturnas, nos adentrábamos en las calles (Zurita y yo), abriéndonos paso entre gente que venía y que iba, confundiéndonos —guitarra al hombro— con borrachines y vendedores ambulantes.
Así arribábamos a los puestos de fritangas que preceden al terminal de pasajeros, antes de abordar el autobús a casa, ese sábado, saciamos el hambre (Zurita y yo) con una porción colosal de chorizos, morcillas, chinchurrias y hallaquitas refritas, en un puesto que asertivamente alguien llamó: La Fiesta del Colesterol.
El autobús durante su recorrido, sirvió de escenario para entonar dos canciones que ya habíamos cantado antes en la acera, pero esta vez más desafinados y accidentados, por: «el efecto de las reacciones inerciales de un cuerpo en movimiento, cuando interactúa con otro cuerpo fijo dentro de su misma masa».
Al escuchar este argumento, un hombre mayor que viajaba como pasajero en el primer asiento del autobús, refuto, con algo de gracia mi teoría, aduciendo entre una sarcástica sonrisa— busquen mañana en la parada donde subieron, a ver si se les cayó el oído rítmico.
Minutos después, cruzábamos el cordón de miseria que marginaba nuestro barrio del mundo donde se preconiza la fantasía bajo la sombrilla del arte; de vuelta a la realidad, el barrio nos abría sus brazos como un abuelo huesudo, mostrando en sus costillas, una turbada arquitectura de casas esqueléticas a medio construir de donde salían olores de un desconcierto humano tratando de equilibrarse en los sudores secos que deja el viento vespertino, una tenue esperanza se aferraba antagónicamente a las notas de un acordeón, acompañando los versos de un vallenato, cuyo cantor formulaba las armonías del resentimiento que algún juglar anónimo engendrara en amores fallidos .Los guapetones, persistían en su acérrimo deambular por las esquinas quemando el tiempo a mansalva y los perros nos escoltaban meneando la cola como poseídos por espíritus querendones, ahogando sus ladridos, en un reconocimiento de pertenencia subyacente en el sincretismo de nuestros pasos con el lugar (o simplemente porque percibían el olor a chorizo en nuestras ropas) .
El final del camino de tierra consabido y almagre, nos ponía a salvo, pero sin ninguna garantía de sanidad.
A mi amigo Zurita le comenzaron unos retorcijones estomacales muy dolorosos, que en su efervescencia, le daban un grisáceo color a su piel oscura al tiempo, que torcían sus gruesos labios en medianera hendidura dejando entrever unos grandes y blancos dientes caricaturizando en su cara la sonrisa de un caballo. No era difícil determinar la causa de aquella dolencia, fue un verdadero milagro que a mí no me afectara semejante ingesta de grasa quemada expuesta a la intemperie no podía producir menos.
Nos detuvimos en casa de una amiga en común, la cual era pretendida de Zurita, éste, después de saludar afectuosamente (a la joven y a la madre) y con su humor característico, pidió entre satíricas payasadas, que le permitiera acceder a la sala de comunicaciones, ya que le urgía enviar un fax. La chica acostumbrada a su lenguaje bufo, con una natural y leve sonrisa le invito a pasar al baño.
La madre de la chica, haciendo notar su amplio conocimiento sobre las virtudes curativas de las infusiones, se dirigió a la cocina diligentemente y sin mediar palabra, comenzó la preparación de un brebaje, exhibiendo esa extraña manía que adorna a los seres que menos tienen, en cuidarse unos a los otros como una manada de fieles desposeídos sin más propósitos que librar el silencio de lamentaciones, después de algunos instantes, en que no dejó nunca de oírse el omnipresente percutir de los misteriosos tambores que rugen tras la paredes de la marginalidad, la taza humeante con la pequeña etiqueta del te colgante era ofrecida a Zurita, —quien ya había recuperado la negrura natural en su piel y estaba de vuelta en la modesta sala—La señora, con Sus dos manos extendidas, sostenía una mirada bondadosa sobre la taza con cuidado de no quemarse, pero con cierta autoridad maternal se dirigió a Zurita —¡toma te negro!. A lo que Zurita respondió espontáneamente: —No gracias, no me gusta el tomate negro; lo prefiero rojo.
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Lateral Izquierdo

El hombre, en su errático caminar daba claros signos de incertidumbre, fraccionaba cada paso como intentando corregir su dirección. No vestía como acostumbran los mendigos, su ropa estaba limpia, aunque algo ajada, denotaba quizás un largo viaje sin más equipaje que el que pueden albergar cuatro bolsillos. Su mirada objetaba el cansancio con trémula opacidad. Sintió que la tarde se despedía a sus espaldas y decidió detener su lerdo andar en una taguara de carretera, de esas donde suelen comer los camioneros y viajeros de pocos recursos, se sentó frente al mostrador, pidió agua y café —¿o viceversa?— El dependiente del lugar por un breve momento dudó en atender su demanda, el hombre, como si adivinara el origen de las vacilaciones del empleado, sacó unos billetes de su bolsillo derecho del pantalón —en el bolsillo lateral izquierdo guardaba una daga enfundada en cuero— colocó el dinero sobre el mostrador sin pronunciar palabra alguna, pero con un seco toque sobre la madera, daba a entender que tenía como pagar; al otro lado del mostrador, el muchacho se apostó con algo de parsimonia frente a la vieja máquina Faema. El hombre con los codos apoyados sobre el mostrador miraba sus zapatos, a la vez unía la punta de estos con ansiedad y en forma insistente, hacia muecas con la boca dando impresión de ser portador de una gran angustia, como alguien que se enfrenta a un futuro condicionado por enormes restricciones, sus palabras eran tan escasas como su cordialidad.
Algunos clientes asiduos visitantes del local, intercambiaban frases entre si desde una mesa contigua —hablaban de fútbol— amenizaban su conversación con frecuentes sorbos de cerveza, sin reparar en la presencia de aquel caminante algo taciturno que guardaba una daga (enfundada en cuero) en su bolsillo lateral izquierdo del pantalón. El ritual de preparación del café seguía su acostumbrada rutina con los sonidos característicos que produce el impacto de los pomos porta filtros contra los bordes del misterioso reservorio donde recogen el cipo, los simpáticos clics y soplidos previos al embrujador aroma plañían impíamente en el silencio, silencio quizás añorada por el hombre, a juzgar por su actitud, por esa forma de enunciar a los ojos ajenos estados de ánimo, estigmas de derrota o dolorosos padecimientos.
El alimento preferido del pertinaz prejuicio no es otro que la apariencia exterior. Es entonces cuando irrumpe el dialogo imprescindible para satisfacer dentro de conformidad la petición, — ¿Como quiere el café? Preguntó en tono indiferente y despreocupado el dependiente. El hombre hizo girar su precario asiento a su diestra, acomodó con la mano contraria la daga que portaba en su bolsillo (lateral izquierdo), apoyó su codo derecho con cierta pedantería sobre el mostrador mientras acariciaba su barbilla con los dedos pulgar e índice, sin dejar de agarrar la daga que llevaba en su bolsillo lateral izquierdo exclamó con voz sarcásticamente acentuada —Dámelo igual que yo… Expreso.
El muchacho desprevenido, despachó el café tal como lo sugirió el hombre, sin advertir lo insinuado en el juego de palabras. Café y agua en recipientes plásticos desechables, como el entorno, como los humanos y sus sobrevaloradas almas.
En la mesa contigua los clientes cerveza en mano seguían hablando de futbol sin percatar peligro alguno. El ex convicto se levantó, prosiguió su caminar sin rumbo cierto, con notable torpeza desapareció en la penumbra que brinda la noche incipiente, haciendo uso de una libertad traumada por las punzadas que su daga en algún tiempo, proporcionó manifestando su infamia, en algún cuerpo indefenso de mujer sobre el sector lateral izquierdo.


Ilustración: Fotografía de Dany "Machete" Trejo; ex convicto que ahora es actor y ayuda a jóvenes con problemas de drogas y delincuencia.
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Apología de la Nulidad o Elefante Blanco

Para definir un ente presente y palpable bastaría con tres líneas, en ellas es factible sintetizar impresiones imperfectas o no, de un elevado número de sensaciones, son solo juicios espontáneos basados en comparaciones ejecutadas en presencia de testigos incrustados en las gavetas de nuestra memoria.
Cuando el sujeto en referencia, es de una geometría proporcionalmente voluminosa, la tarea descriptiva debiera mantener su consistencia conceptual, pongamos que hablamos de minaretes y mezquitas: entonces, con un verbo nos ubicamos en un plano perceptivo esencialmente espiritual; las consideraciones sociales pasan desapercibidas. Conforman un simple bloque de masa arquitectónica. Escogemos un ángulo visual de pocos grados, no por conveniencia ni pereza sino, por la ponderación que nuestra discreción le asigna a la fe y no al palco donde esta se expone ni al medio para convocarla.
Lo magno se vislumbra en primera instancia, por la profundidad de inquietudes que despierta, más que por su carga dimensional, la relatividad siempre será un punto de discusión y critica para los que precian morir por inmersión en los mares filosóficos, para nosotros, individuos comunes de pan y arte la grandeza puede significar un universo poético, una trinchera para resistir embates de alta complejidad mal acarreados.
En un mundo plural, es necesarios volcarse repetidamente en el campo de las apreciaciones, para realizar hallazgos por innecesarios que resulten siempre conformaran puntos de nuevos encuentros, verbigracia: que la luz no se puede reflejar en un cuerpo carente de color; como el derecho a dudar es inalienable apelamos al microscopio, para luego afirmar con vítores a favor de una rama de la ciencia que: es un microbio negro; allende las glorias, hay esqueletos cuyo único excedente es la piel, estos atienden prioridades, cuyo contenido ético no consiste en difamar matices ya vilipendiados, dado que el marfil es ya parte del paisaje entonces, lo que precisa para dejar de ser esqueleto seria carne, carne magra y grasa para formar músculos y estos a su vez derivados múltiples orgánicos y diversos con el grado de perfección aproximado de una proteína, de allí que lo captado en el microscopio se llame: cuerpo y al descarnizado esqueleto, —asuntos de perspectivas— lo realmente importante y trascendental es la búsqueda de ese orden que ocurre antes y después del caos, que es el vehículo más expedito para evitar la manipulación de ideas y la abominable propiedad que tienen pueblos y gobernantes de trocar un inofensivo microorganismo incoloro en un elefante blanco.
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El llano

Solo me escucho a mí mismo
Esto es un llano muy extenso
No hay sombra
No hay agua
Serpientes y correcaminos abundan
Y por la noche los coyotes
Solo escuchar mi voz me está enloqueciendo
Tengo sed, las biznagas están secas
La tierra no tiene ni gota de agua
Ya me cansé de escucharme
Aunque camino callado me escucho
Y ya no quiero
El sol no tiene piedad ni parientes
Las nubes aquí no existen
Se nota que hace años que no llueve
Creo que ni Dios se ha de parar por aquí
Otra vez ya estoy hablando
No quiero hablar
Ya no quiero oírme
Allá a lo lejos se ven unos colomitos
Espero tengan suficiente agua
Para olvidarme de mí
Para refrescar mi garganta
Seca y cansada de tanto parlotear
Otra vez ya estoy hablando...
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Poeta Libre

El hombre era poeta y libre, nunca se ganó un peso con la poesía. El hambre lo sorprendió esquivando los meteoritos desprendidos por las nebulosas de una calle en proceso de desintegración, aunque a decir verdad, no lo sorprendió; llegó a consecuencia de un metabolismo fisiológico — además lógico y físico— Tanto viento y tanta (lluvia padecidos y disfrutados) lograron borrar la efigie del prócer impresa en su billete de más alta denominación, el viento, hizo erosión en los dígitos de sus saldos bancarios y la moneda (literalmente), había sufrido tal devaluación que su valor sólo tenía sentido alegórico en la memoria numismática de una nación.
El hombre era poeta y libre, se cobijó bajo la persistente y pródiga sombra agonizante de una tarjeta de crédito, abordó una galería de micro tiendas, de esas que dan sustento y equilibrio a los pragmatismos de teorías económicas sobre el sano optimismo emprendedor, caminó hasta el final, donde un aviso publicitario tras la figura de un hombre trajeado a lo moderno sentenciaba : “ La exquisitez es asunto terrenal” Lo invadió cierta decepción al constatar que aquel lugar era una venta de corbatas y no de comida.
Alguna poderosa logia de poetas express sembraban la ciudad de metáforas inductores al consumo suntuario, era una forma legítima de tapar los agujeros dejados por la ausencia de un romanticismo considerado anacrónico por influyentes congresos de sofistas.
Pero el hombre seguía siendo poeta y libre. No le rendía cuentas al amor, muy pocas veces al estado y era irreverente ante el sistema al cual podía proferir cualquier cuestionamiento, rudo, grandilocuente, sin necesidad de fundamento, y sí se erraba, existía la sabía opción de la disculpa y el noble arrepentimiento; total — errar es de humanos—
Al fin encontró lugar que ocupar junto a otros comensales no tan libres ni tan poetas, tenían el tiempo ajustado al curso de un reloj, el espacio sujeto a un determinado tiempo y el discurso delimitado por la convivencia, la conveniencia , el deber y otras miles de restricciones morales, políticas, religiosas, filosóficas, filantrópicas, musicales y etcétera.
un hombre viejo hacía las veces de mozo, el hombre poeta y libre quiso gritar —¡comida por favor!, se contuvo, en su lugar esperó atención civilizadamente.
Haciendo gala de una acostumbrada y natural manipulación de la cortesía, el viejo que hacía las veces de mozo se acercó y preguntó entre otros rituales protocolares del servicio en restaurantes — ¿qué va a querer el señor?
—Ser poeta y libre, respondió entusiasta nuestro atribulado poeta, cuando en realidad lo que quería decir era: —una sopa de vegetales con fideos.


8/3/2019. Provincia de Buenos Aires.


Ilustración: Gran café , Sabana Grande, Caracas Venezuela 1978.
Imagen tomada del archivo fotográfico digital de Caracas.
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Los trenes

Trenes largos enganchados con recuerdos,
vagones llenos de los sueños de un
niño que ya creció, y que sigue guardando
en sus cajones las memorias de esos convoyes que miró pasar en Salamanca, en Irapuato, o por San Francisco del rincón, que cada que los ve pasar por donde ahora navega, siente la misma
emoción interna, ese asombro por ver llegar con majestuoso andar el ferrocarril, el silbato que rompe el viento, los pensamientos y que regresa a los vivos momentos de esas estaciones vetustas, hinchadas de recuerdos que vieron pasar a villistas, carrancistas y maderistas rumbo a la refriega, allá por los 1910 y tantos, cuando se llevó a cabo la mismita revolución. Tal vez, en otra vida, anduve en la bola, y hoy esa memoria lejana, pero tan conocida por mí, se conecta con esos sucesos, tal como los vagones entre sí, juntos sobre los rieles, rumbo al horizonte donde el sol se mete.

Se aleja el tren, y hay algo que por dentro me grita: "¡¡¡Viva la Revolución!!!"
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El Claustro de la conciencia

Eran días en que la libertad se hacía inapreciable en los ánimos de cualquier hombre. Un microcosmos, de amos y esclavos, cuyos términos medios, eran expresados por debajo de un hipotético amo mayor supra omnisciente, rector del pensamiento de cuanto cuerpo se creyera con espíritu. La voluntad subyugada a los designios de otros sub amos, administradores fallidos del tejido morfológico de las ideas. Una legión de esclavizadores a sueldo, impermeables al razonamiento lógico, entrenados en la segmentación y segregación de la esclavitud en: súper esclavos, vice esclavos, esclavos y micro esclavos, (dentro de la jerarquía de esclavo, existían cuatro niveles: esclavo, esclavo primero, esclavo segundo y esclavo tercero). La función de los ellos en este entramado, era obvia, pues, ser esclavo, a tiempo completo. Para ascender era necesario inventar otras formas de esclavitud, explotar la superstición, manipular con la magia, o transfigurar los efectos de la perversión en un acto virtuoso, (los precursores de este último punto, eran nominados al premio universal de la infamia y alcanzaban el grado de esclavizadores).
La ciencia era manejada por súper esclavos, dedicados meticulosamente a fragmentar la verdad en micronésimas partes hasta debilitar su fuerza, de tal modo que sin la menor discreción, se confundiera con la mentira. Si por alguna razón aprendida, las reflexiones de algún esclavo tenían la osadía de abordar las alas de una identidad diferente a la suscrita, eran derribadas por la metralla. El mismo era estigmatizado con los colores del enemigo útil, necesario para la siembra del odio y la germinación de la guerra, que a su vez ,era imprescindible para el purificador proceso de profilaxia social, que según los súper esclavos, informantes de los sub amos, reducía, notablemente el índice de felonía involuntaria; dado que: la traición a voluntad y con fines materiales, era justificada, siempre y cuando redundara en beneficio del sistema.
Los micro esclavos, constituían el mayor número de individuos en este viciado régimen, se les permitía ver por un solo ojo, y algunos colores estaban suprimidos del medio espectro visual, cada uno debía subsistir con una dosis de aire para respirar (sabiamente racionado) al mes.
Veneraban con estricta devoción al amo mayor, solían desdoblarse en loas durante los actos de culto, los cuales eran de carácter obligatorio, prioritario y consecuente. Eran los responsables de ejecutar los edictos de la muerte; los cuales transmitía el amo mayor, a uno de los sub amos, materializando su omnipresencia en el cuerpo de insignificantes aves voladoras, cuyos cantos, eran traducidos al idioma oficial al pie de la letra gracias, a la sabiduría, que desde hacía tiempo, era lo único que se podía heredar, suprimiendo así, la nociva costumbre de conocimiento por cultivación del intelecto que tanto daño le ha hecho al pueblo y al mismo tiempo, decapita esas odiosas presunciones pequeño burguesa como es la cognición.
Antes de cada actividad de orden fisiológica, era obligatorio (y además necesario) entonar los himnos de gratitud compuestos en honor al amo mayor, quien según los súper esclavos, fue quien popularizo por medio de leyes justas y acertadas una facultad, que antes de él, era solo privilegio de algunas castas.
En medio de la lisonja por lo absurdo, en que aprendieron a vivir los esclavos, algo se calculó mal, o se midió con instrumentos erráticos.
El miedo mutó en inconformidad y la sangre en el ojo autorizado para mirar, obligó, a abrir el otro ojo y ver de frente, al micro esclavos; de frente —literalmente—apuntando armas homicidas, con la “sana” intención de matar: profilácticamente.
Cuando los destellos del fogonazo, por el efecto de reflexión dejaron ver la claridad, sublime y realmente suprema que irradia la libertad, era tarde, la bala ya había penetrado al claustro de su conciencia.
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En la oscuridad

Un halo siniestro de oscuridad,
me rodea, cubre el fondo
del camino. Ennegrece el valle que
lucha por dejar brotar algunas semillas.

Sombras brotan por un lado,
llegan por otro, de todas direcciones;
aparecen en medio del camino
y empuñan ballestas de funestas memorias,
logran herirme, me hacen daño.

Herido, trato de asirme a alguna rama,
alguna raíz habrá para ponerme de pie.
Pero parece que todo vestigio de vida
se ha marchitado tras la llegada de esa negrura
que invade todo el entorno.

Burlona, se cierne sobre mí la muerte.
Busca el diálogo conmigo.
No le respondo.
Me ahuma la cara con el vaho pestilente
de una oscuridad más profunda
que la que acontece.

El ángel caído, aprovechando la situación
busca un pacto. Dice tener la panacea
para expulsar esa oscuridad y volver al camino.
Lo ignoro apesumbrado, porque de quién espero
una mano no se manifiesta, y el ofrecimiento es como lo solicité.

Caigo, me levanto.
de rodillas, a gatas, pero de a poco
trato de avanzar, de no quedarme allí
donde empantanado parece no escucharme la gracia.

Sin embargo, todo este tiempo,
en el la oscuridad me asiste,
he logrado ver un poco ciertos detalles,
que no me dejan hundirme más.
Tal vez sea la mano providente del Hacedor que está junto a mí, a pesar de que no lo puedo ver.
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Surtidor De Fogonazos

Lezama era un pobre loco y ciego merodeante de las calles de un pueblito de un estado llanero que se llamaba igual que él, cuentan los testigos que la cordura lo abandonó a los catorce años, un día en medio de una tormenta eléctrica agarró un morral, echó dentro cuatro hallaquitas frías, se terció una taparita llena de agua y cogió el monte, estaba convencido de que llegaría a la fuente luminosa donde nacían los relámpagos.
— Imagino que la encontró— porque a su regreso, ya no podía ver.
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Sin rumbo

Caminaba sin un rumbo en la memoria, ni cálculos de bolsillo. Solo se guiaba por la luz que se desvanecía mojada por la sombra, obligada por las estrellas. Así pasaba la jornada, yendo de un lado a otro. Quería olvidarse de todo, como todos lo olvidaron.
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El Sendero de Las Luciérnagas

La noche abraza con ímpetu el fortuito yerro de mi extravío, los arboles esconden sobre sí el brillo de estrellas y reflejos lunares, al centro del tenebrismo, mi cuerpo vaga por el hábitat de fieras y serpientes, emitiendo ruidos torpes sobre hojas secas, a tientas, flagelado por las ramas de impertinentes arbustos, no hay insecto que desprecie el jugo de mi sangre ni espina que ignore mi frágil piel, si mis pasos dan al humedal podría morir.
Cuando el miedo abre sus tenazas sobre mi calma, es entonces, cuando las luciérnagas forman el axioma del teorema de la vida. Soy un sobreviviente de la selva: dioses y demonios no son más que conjeturas antagónicas de un pávido universo.
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Reflejo de un Espejismo

En una época en que sus habitantes eran casi todos analfabetas, San Catarino de la Uña llegó a tener la biblioteca más grande y mejor equipada de la región, funcionaba en la antigua sede de la primera gallera que tuvo el pueblo, eso fue después de la brutal epidemia de peste aviar que extinguió en su totalidad todas las aves de corral y contagió a los caseríos limítrofes, y a cuanto bicho andante tuviera el cuerpo cubierto con plumas.
La biblioteca estaba bajo el resguardo de un sacerdote franciscano de apellido Uriretagollena, quien fijó su sitio de residencia en las verdes laderas del cerro el Peine, y emprendió la referida actividad, una vez que se vio forzado a cerrar la iglesia de modo permanente, ya que los habitantes de San Catarino se negaron masivamente a acudir a las misas, a las citas matinales de los domingos solo asistían cuatro viejas solteronas de la comunidad, por lo cual desde el punto de vista espiritual y económico dejó de ser un acto posible.

Esta historia me lo contó Jean Paolo Terso durante uno de los días de su breve periodo de abstinencia etílica, en la sede del registro principal de ese pueblo, cuando fungía como registrador principal de la entidad. La reunión se efectuó en su despacho, fui invitado por mi amigo: Enio Vandermosth , la conversación se centró sin darnos cuenta , en determinar el gentilicio de los nacidos en San Catarino de la Uña, estuvimos largo rato apelando a espontaneas construcciones que intencionalmente ahogabamos en los sorbos de café por absurdas y disparatadas. Luego, en un giro inesperado de las expresiones semióticas, nos miramos las caras con el desconcierto propio de quien no entiende lo evidente, — no pueden tener gentilicio. Exclamó el registrador, en un gesto de extrema sorpresa, y en cierto modo absorto sentenció: —el pueblo nunca fue fundado. En un intento por recuperar el equilibrio emocional, tomé una ligera bocanada de aire, cerré los ojos por un par de segundos, al abrirlos ya no estaba Jean Paolo Terso detrás de su escritorio.

Enio, notando mi inquietud, me colocó una palma en el hombro derecho, no dijo nada y me miro con acento de comprensión, me resigné ante el reflejo de las ilusiones que se proyectaban en sus pupilas y eran convertidas en palabras por un código traductor de espejismos, fue entonces cuando inferí que en esa biblioteca aun siendo la más grande y mejor equipada de la región, los libros están llenos de historias que nunca han acontecido.


Mayo 26/2016
Fotografía: Biblioteca Palafoxiana;Puebla de los Ángeles, México.
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Controversias Sobre el Anden

Una vez más la tarde se posesionó de la atmósfera que flota en el andén, el vértigo que prosigue a la espera, se hizo presente, de los huesos a la piel, presionando sobre las neuronas más susceptibles a los estímulos dolorosos. Detrás de la cortina de vapores contaminados que emana desde el suelo, veo al tren verter su carga de hombres cansados.
Yo esperaba otra cosa; pero en una ciudad con trenes, las cosas mueren, igual que los recuerdos. En un recodo del camino a casa, había una gran roca: gigantesca. Su inmensidad nos daba sombra en las fatigantes tardes veraniegas; un sórdido amanecer escuchamos un estruendo descomunal, las casas se estremecieron como cuando ocurre un terremoto, la onda expansiva rompió, no solo vasos, platos y ventanas, sino también los tejidos y pulmones de mamíferos y aves que cohabitaban en el lugar. La gran roca había sido destruida para dar paso al tren, varios días duraron los camiones para transportar los restos de su cadáver.
La otra tarde en el andén — jean Paolo Terso, rememoraba su etapa de constructor de trenes en Italia, hablaba sin parar de las cargas implícitas, que actuaban en el desplazamiento de los trenes. Hacía mención de la suma recurrente de unos factores atemporarios, que a su vez eran imposibles de sumar por su propia naturaleza atemporal, —según él — Newton , debió desestimarlas por precarias e inconsistentes, y Einstein, las rechazó de plano por considerarlas tautologías metafísicas. Su acción, acarrea demoras apreciables en la consumación de los eventos, aunque imposibles de notar en los instrumentos convencionales usados para medir el tiempo.
También se refirió a un viejo instrumentista muy sabio (después convertido en vagabundo) de apellido Scarafaggio, que invirtió muchas horas de su vida, tratando de transpolar estos sucesos atemporales dentro de los mecanismos de los trenes, a una escala visible en los registros de tiempo usuales. Enfatizaba sus argumentos, explicando que: «el tiempo pasado, puede acertadamente considerarse tiempo muerto, ya que este, del mismo modo que las cosas, en las ciudades con trenes, puede morir» pero siempre deja evidencias de algo que ocurrió, durante su trayectoria; una construcción, un deceso, una erupción volcánica o un suspiro, o una impertinente flatulencia, desde un hecho magno a uno vulgar e insignificante puede quedar registrado durante ese segmento vectorial.
Pero fuera de los límites del tiempo, también ocurren fenómenos con incidencia directa en la manifestación del efecto propiciado, es decir; sucesos que ocurren en ausencia del tiempo, o, sin gastar una fracción de segundo del mismo. Por ejemplo: un deja vu.
No quise auto persuadirme de la veracidad del relato anterior, sin antes preguntar al inefable Jean Paolo Terso, si este hecho acaeció antes o después de que él, se declarara persona imaginaria. Sonriente, me miró a los ojos, me fulminó con su incisivo tono incontrovertible, respondió:
— Antes.
Me desenfoca de la conversación un patético personaje que desciende del tren; refleja un agotamiento ancestral en su mirada, la primera impresión de su rostro es un desaliento que trasciende el plano espiritual , la piel ajada en desesperanzas reciprocas , el sujeto, simula un proceder ciudadano adosado en unas obligaciones superfluas , como si atendiera mas al miedo que al orgullo, sus pasos son los de un sobreviviente a un arco radiactivo, Ocupa el espacio con una indisputable sumisión. De pronto, sucumbe mi impresión por las cosas que mueren y los eventos que ocurren a espaldas del tiempo.
—Me estoy viendo en un espejo.

Foto: Vieja Estación de Chascomus Cortesia de: Bafilm, provincia de Buenos Aires
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Galimatias Cosmopolitas

Atraído por los destellos nocturnales de las luces citadinas, el sujeto se internó calle adentro buscando sumirse en los románticos efectos, patentados por el mágico universo de plasma y cristal liquido.
A su paso iba descubriendo — sin ganas de aprender— estropajos psicosociales edificados en parcelas mentales libres de impuesto a la renta capital, que su vez, se esclavizaban a infra pasiones infinitas.
Intuyó, que el brillo de un puñal bien afilado, salía más barato que las luces que acompañan a los hombres que se embriagan de moral, que los precios eran producto del rencor que se expresa en los manuales impresos en las academias de economía, aprendió, rompiendo botas, que las calles no están hecha solo de hormigón y pavimento, también se forjan con sangre derramada por puñaladas en la carne y coagulada por la hambruna equinoccial de los inviernos. Así, se iba abriendo paso en un cosmos propenso a la apostasía, en un mundo delimitado por la confrontación, donde los metales solo se valoraban por su capacidad de producir dolor con sus aristas, fue rodeándose de gente con la mirada obcecada en hábitos alucinógenos, incursionó en el mercadeo de caricias y fue legitimando los besos como medio de pago por amortiguar los acosos de ciertos apetitos.
Fue creciendo en su altar de bases escatológicas, a la vez que compraba inmensas porciones de protección espiritual y purificación esotérica que lo hicieran invulnerable a los supuestos daños que viajan en la mirada de los envidiosos. En ese trayecto, las etiquetas exhibidas en lo que fueron sus harapos, atrajeron monstruos, monstruos terrestres de aire y de mar, fornidos cornudos y corpulentos, emitiendo ruidos infernales e inmolando la miseria aparente con llamaradas verdosas cuyos efectos después de su extinción, perduraron por años en los parpadeos del sujeto.
Se creyó inmune a toda especie de prisión y la honestidad la causaba severos estados de alergia, sus amistades tenían un precio variable de acuerdo al nivel de lealtad, concibió que una bala, fuera el mecanismo más eficaz de romper una amenaza. Se hizo fanático de los sistemas más emblemáticos de destrucción, y llegó a adorarlos más, cuando comprendió que podía corromperlos más allá de su concepción primaria.
En su reinado ignorante de coherencia, no fue capaz de vislumbrar la fugacidad perenne en toda madrugada ni la rapidez con que se evapora el dulce artificial que tiene el dolo, intoxicado por su propio veneno interior, el sujeto y su séquito de monstruos flameantes amplificaron sus vicios, exponencialmente aumentaron su codicia y exageraron su confianza en los gurúes que dan al crimen carácter de redención social.
En un arrebato de cotidianidad y fascinado por la insustituible sensación que esta produce, como emulando el estribillo de una canción urbana: “por última vez entró a la tienda del barrio”, quizás por cigarrillos, quizás por caña; nunca por condones. Al salir, la costosa chaqueta que algún modista renombrado diseñara con tanto esmero, era perforada por una lluvia horizontal de plomo lacerante. Eran los ruidos de los monstruos que se ocultaban en las ciudades, aquéllos que las banderas nunca dejan ver, pero que se oyen con frecuencia, diluyendo toda presunción de sanidad en la psiquis colectiva, demostrando que los abrigos caros no protegen del frio abismal de la muerte, confirmando la fragilidad de los reinados cuando la amalgama fundamental de sus columnas es el excremento, ratificando el instinto biológico que tienen las poblaciones de autoprofilaxia, aunque el brazo ejecutor, conforme el mismo circulo ya viciado propiciado por la supervivencia.

Ilustración: Jan Van Eyck; El Juicio Final (detalle)
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Los Hijos de Dios

Bajo todas las mañanas por esas calles vacías, amanecidas de hastío.
Esas calles que esbozan todas esas casas, con sus fachadas sucias y sus cobertizos antiguos. Esas calles somnolientas de esa ciudad que a veces desconozco. Bajo por la misma esquina del centro de Caracas. Como todos los días. Apresuro el paso y me detengo ante el tiempo; el cual insiste en recordarme mi impuntualidad. Con un ademan saludo a la negra de los aguacates, a la Sra. de los CDS y al portugués de la esquina. A pocos pasos de la iglesia Catedral se encuentra el comando de la policía Metropolitana. Un joven observa las ardillas bajar de los arboles en busca del sustento diario en las manos de la vieja Victoria, la cual día tras día desborona sus galletas de soda e introduce pequeños residuos en el hambre de aquellos animalitos. Camino lentamente para no desechar ninguna esperanza de cruzar las miradas con aquel joven. Que a pesar de su tristeza se deleita en el sombrío arte de prostituirse en las ansias del deseo de cualquiera. El perfecto Adonis del arte de la prostitución. Con sus lagrimas atrapadas y con su fantasmal intención.
Continúo caminando por toda la plaza colocando toda mi atención en la colosal escultura de Bolívar. Las palomas lo cagan sin cesar. El loco Bartolomé con su diario vespertino camina apresuradamente. Allí, en los pies de la escultura, acomoda su sitial de honor. Deja caer sus pantalones agujereados hasta la rodilla. Agachado, entre sonrisas de satisfacción deja escapar dos cuadras de apresurados pasos al caminar.

- Me cague a Bolívar. Decía mientras enseñaba sus amarillentos dientes.

Todas esas calles. Hambrientas del deseo de devorar la inocencia de esos chiquillos que recolectan el dinero del infortunio en una larga cola, esperando segundo a segundo el cambio de luces del semáforo, acompañados de la suerte de obtener algunas monedas o no obtener nada, mientras tanto sus estómagos relinchan de hambre ante el implacable sol que va transformando sus pieles en otro color, un color egoísta donde el sudor y la suciedad se quedan impregnados. Las niñas más pequeñas esperan en las aceras de enfrente sedientas, cansadas y por supuesto hambrientas. Están tan sucias, tan llenas de olvido, tan faltas de amor, tan falta de tantas cosas. Con esos ojos desorbitados de esperanza, caminando entre grietas, sombras. Tratando de sobrevivir en una selva de cemento de una sociedad desnuda que circuncida la esperanza arraigada en esas pieles desteñidas de tanto andar con esa cruz cuesta bajo.
El hambre resuena en sus estómagos; así como ese estrepitoso ruido que viene de esa montaña embravecida que cubre toda la ciudad. En ese valle de lluvias incesantes cuando hace muchos años la montaña comenzó a llorar acompañada de un ruido ensordecedor que se llevo todo a su paso.

Renace la poesía de las calles donde día tras día me encamino con mis audífonos estridentes de esa música ensordecedora donde se entonan las melodías de pintar las calles del color de la intranquilidad, de las sirenas de los autos entorpeciendo la tranquilidad del ocaso que acusa a la noche de ser tan imperfecta. Los hijos de Dios continúan su labor diaria de rastrear sus estómagos en bolsas de basura. Encontrando lo podrido entre lo mas podrido. Donde el rostro de cualquier hombre sale de cualquier esquina. Solamente se concreta en hurgar entre el pipote de la basura. Consigue una botella vacía y la lleva a su boca, tratando de absorber quizás alguna gota de alcohol renegada y no lo consigue. Continúa escarbando entre papeles, servilletas, pedazos de arepa, espaguetis escurridos que se mezclan con la borra del café. Trata de recolectar todo el recuerdo posible dentro de una bolsa plástica que lleva amarrada a su cintura. Voltea su mirada y se percata de la presencia de todos. Sonríe ante su propia miseria e introduce un pedazo de arepa dentro de su boca. Al rato, trata de apartar con sus dedos las hormigas que quedaron esparcidas por todos sus labios.
Es inmensa la cantidad de seres que deambulan de esquina a esquina desnudando sus pieles ante el suelo frio de la indiferencia, arropados de cartones y paginas amarillentas de periódicos viejos. Son esos días tan fríos que cubren la ciudad mientras las pieles de los hijos de Dios se arrugan y se estremecen ante la sombría calle.

Allí esta maría T, le encanta los días fríos, danza de un lado a otro levantando sus brazos muy alto como queriendo tocar ese cielo que parece distante. Ese cielo de esperanza. Con lo poco que tiene en sus manos alimenta a miles de palomas que la envuelven en un baile dantesco, revoloteando entre harapos viejos, Majestuoso, celestial.

Caminar, una y otra vez. Por toda esa plaza que cubre las esperanzas de los hijos de Dios. Me deleito en las miradas de esas jovencillas indagadoras de placeres quienes disimulan mi erección. Oriundas del sistemático ejercicio de abrirse entre piernas y sonreírle al mejor oferente; ese que en su disimulado acto ofrece deseos a cambios de posiciones grotescas. Dejo escapar la iniciativa de un fisgón inoportuno y me incluyo en el arte de dar la bienvenida a las descubridoras del placer carnal. Descanso mi mirada en los pezones de cualquier puta vieja que se introduzca en mis pensamientos; abarrotados de tanta inmundicia y perversión. Juego con sus deseos. Intento saborear sus penas por un largo rato. Detengo la respiración mientras escucho golpes en las puertas de mi conciencia.

Amo esta calle que baja desde el cerro el Ávila; desde esa cuenca donde retumba la impotencia de la montaña, amenazando cada vez más con llevarse todo a su paso. Bajo hasta la esquina caliente donde esta la negra Tomasa, vociferando toda esa violencia verbal contra su marido. Acostumbrada a enfrentarse con sus mujeres. Siempre terminan peleando en medio de la calle. Se rasgan los vestidos y aquellos senos voluptuosos sobresalen a la vista de todos los transeúntes. La catira alta saca su hojilla que esconde entre las piernas, y se balancea tan rápido que la negra grita mientras la sangre le cubre el pezón.

La negra Tomasa muy querida por los niños de la zona. Se vuelca todas las mañanas y se apresura a recoger todos los restos de hortalizas y legumbres que quedan esparcidos por toda esa calle que baja desde el mercado de coche. Los niños la quieren mucho porque con toda esa recoleta elabora ese asopado gigantesco donde todos esos niños hambrientos de esperanza llenan sus barrigas



El día ha terminado. Es todo Lo que queda. Un largo caminar por tan recorrida ciudad. La ciudad de los Hijos de Dios.

Permanezco sentado sobre mi cama. Los pensamientos se centran en la nostalgia que me produce el sonido de la lluvia. Me quedo inmóvil y logro escuchar las gotas caer sobre los techos rojos de una ciudad que nunca duerme. Creo que soy incapaz de describir lo que siento, sin embargo es difícil no poder controlar todas esas ideas que sobrepasan mis cimientos. Me ahogo en un mar de incertidumbre. No logro colocar las palabras ordenadamente en mi cabeza. Esa lluvia incesante que no para. Allí están todos. La negra de los aguacates, el Sr. De los CDs, el portugués de la esquina, maría T. y todos ellos; Los hijos de Dios, curiosos ante la expectativa de saber que va a pasar con sus historias. Desean seguir con vida a través de mis palabras. Indago en descifrar que destino pudiese colocar en sus vidas; quizás destruir o matar. Quizás sembrar en ellos algún sentimiento de amor. Quizás moldear sus actitudes hacia una recuperación de bienestar colectivo. Continuare escribiendo sus historias. Quizás narrando los hechos en un aspecto claramente salvaje. No quiero contar una historia de alguien en particular. Solo quiero reflejar la esencia de los que viven a través de esas calles. Las calles de la esperanza. Las calles de los hijos de Dios. Por un momento me pierdo y dejo que mis pensamientos se centren en vivir la experiencia de esas crónicas repulsivas de este eterno día.
Agotado de navegar y divagar en mi asistida ciudad logre conciliar el sueño y decidí abandonarme en el sonido de esa lluvia incesante que aturde todos los sentidos. Esa lluvia. Ese ruido. Fue lo último que recordé.

La montaña bajo embravecida por todo la vereda de la infelicidad arrastrando todo a su paso. La lluvia descendió y arrastro mi cuerpo cuesta abajo. Donde renace el rumor de la montaña, de ese ruido ensordecedor que jamás olvidaremos.
Volví la mirada atrás y pude observar mi cuerpo frio, inerte, ahogado en la esperanza. Observando el firmamento de las pinceladas del creador. Tan majestuoso. Tan inmensurable cielo azul.

Allí estaba María T. observando mi cuerpo al igual que todos los hijos de Dios.

Solamente sonreí y cerré mis ojos.
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La Turbonada

LA TURBONADA
El viento insomne que viaja de madrugada, de modo impertinente entra por mi ventana, emitiendo con rigor el susurro pedestre del pavor. Afanado en apegarse a conspicuos teoremas que tratan la mecánica de los fluidos invisibles, manifiesta sus travesuras en agresivos remolinos que dejan una estela de hollín y polvo sobre los objetos que bruscamente acaricia, luego, sale del cuarto con axiomático enfado y desciende las escaleras cual infante malcriado; Silva, ruge y espanta. Abusa de la levedad de cuanto objeto capaz de romperse encuentra en su trayectoria.

Encolerizado, gira alrededor de las sombras que enmudecen el salón donde está el piano, doblega las bisagras haciéndolas gemir en la gama de frecuencia atractiva a espíritus que yacen en el limbo, los convoca a exponer sus cadavéricas efigies en los espacios tomados por el miedo, infames calaveras aceptan la invitación eólica y se hacen espectadores de esta tenebrosa pesadilla; con entusiasmo, aplauden una pirueta magistral de compleja representación meteorológica, cuyo resultado exponencialmente, sitúa la masa de aire sobre el vértice de un cuadro de la serie “niños llorones” ; —siempre he sido un hombre de ciencia. Mi asombro no encuentra atenuantes. La turbonada puso la imagen contra la pared, la mortecina lumbre en el lúgubre espacio me permite leer al dorso del cuadro: Bruno Amadio, 1920.

Cua, 4 septiembre 2017. Extraído del ludicoognimodblogspot.com el 2/2!2018
Ilustración: Bruno Amadio #2, procedente de Ecu Red.
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Huéspedes de Criptas

Desperdiciaba algunas horas de sueño persiguiendo una cadena infinita de números propuesta por un tal Euler,la cual, algunos manuales sin intención de confundirnos, nos la expresaba como un valor irracional, siendo este real; inexacto y aperiódico. La vida: una fracción o parte de un todo, sintetizable en números enteros. Más allá de la vida, aguardan sendos puntos suspensivos.
Esa pertinaz obsesión por los números, solo era contenida eventualmente, por un frívolo juego de pleonasmos que tomaba el mismo carácter infinito y en extremo presuntuoso, para los otros concurrentes a la peña; cuya tendencia, era muy folklórica y centrada, al punto de ahogarse exclusivamente en el tema ideológico. Mi distanciamiento no fue voluntario.
Ocurrió cuando noté, los deliberados comportamientos esquivos de parte de mis contertulios, a consecuencia de mi presencia en las calles del pueblo, vestido con el uniforme de la tropa a la cual me había alistado. Muchos años pasaron.
Las cabezas y sus experiencias se oxidaron en un color teñido de envejecimiento. Se fue, en una creciente decepción el verde oliva, tan fugaz como estigmático del odio y la traición a una causa, a la que yo, no pertenecía. El aprecio, la admiración y el respeto se diluyeron en el mismo lugar donde la efervescencia de una condena, cercenó las ramas al perdón. Amores vinieron y así mismo sucumbieron ante el incontenible influjo de los tiempos. En la complejidad de las ecuaciones, no se hallaron signos positivos precediendo la redención del concilio.
La muerte: en su curso inexorable hizo lo propio, hoy, desde mi cripta, les doy a todos la más cálida bienvenida al purgatorio, donde moraremos. Con análoga infinitud al número de Euler.

Chascomus Provincia de Buenos Aires enero 29 /2019
Foto: Calavera II antigua ermita de San Jose, Cartagena por: Antonio Jesus Mendez Mendez enero 25/2014.
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Quedarse en vano

Y nos quedamos en vano
intentando juntar pedazos
unir el vacío sin besos
reunir lo que nunca tuvimos
para habitar paredes
que nunca contuvieron nada
más que alguna mirada
algún exceso
un gramo de sexo
en reflejo mentiroso
del espejo de la vida
sin felicidad.
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Piel

Morir un poco, casi nada, al alba de los remordimientos
el alcohol ayuda a la muerte y la locura amiga
nos alejamos un poco, pero no puedo quitarme
tu cuerpo encendido de encima,
arde, la tiesa mirada alojada en la pared,
somos nosotros, otros nosotros,
cuando amar no era doloroso.
Otro vaso de vino en el desayuno
sé que no estas pero tu cuerpo sigue aquí
entre las sabanas libidinosas en llamas,
un charco de lágrimas mojó la alfombra
¿por que no puedo quitarme tu cuerpo de encima?
por que te amo, si ya sé, nunca te lo dije
me moría de ganas de decírtelo, un poco
siempre morimos un poco,
sale el sol y la luz ilumina una mujer exhausta
ya le pagué antes de embriagarme,
y no le molestó que yo tuviera tu cuerpo
pegado a mi piel.
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