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En un humo indiferente, el cielo y el agua salpican el mar

Soy un niño triste. Nunca
he crecido.


Salí de la playa cubierto de hierba en el norte de España
a lo largo de una carretera blanquecina, a una ciudad
llena de engranajes, en una casita pequeña.

En un humo indiferente, el cielo y el agua salpican el mar, cubrirá todo lo que cubro para cubrir la tumba que no se puede encontrar. Sé que en ese momento, toda la hierba y las pequeñas flores estarán rodeadas. Es el momento de la luz tenue, que besa suavemente mi dolor.

Che-Bazan.España
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Diálogos I (a @Letizia)

Hoy no te hablaré de Moctezuma
tampoco lo haré de Chapultepec,
sí lo haré de mis noches sin luna
cuando hablamos hasta cerca de la una.

Cuando yo te hablo de sirenas
y tú me cuentas también tus penas,
y en eso surgen amargas tus dudas
sobre si estaré esa noche con alguna,
que conozca mi corazón y mi llanto
o disfrute de lo que escribe mi pluma.

Te abrí mi alma y busqué tu consejo
mostrándote fotos de mis claros cielos,
sin rima falsa, con temor a tu rechazo
me brindé a ti a diario y mientras tanto
te conté mi vida despacio, pero sin descanso.

Siento que tu amor fue como un flechazo.
me imagino ya a tu lado, eres mi mejor sueño:
disfrutas de las lecturas y del conocimiento;
compartes mis anhelos, calmas mis temores,
mis angustias, y también, cómo no, mis deseos.

He estudiado durante demasiadas lunas
he compuesto demasiados versos.
Hoy, que estamos juntos aquí,
en esta hermosa Ciudad de México,
solo quiero mirarte a los ojos,
rozar tus labios
y acariciar tu pelo...
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Cuentos y leyendas (III) (a @Letizia)

Hoy quiero confesarte
que hace mucho tiempo
estuve prisionero
de otros encantos
de otros tormentos:
la literatura y la música,
- melódica-, en mi vida
hacían un hermoso dueto.

Y te recomendaría otro libro,
una leyenda, no un cuento,
de C. Thurston, "El ojo de Horus"
también conocido como "El amuleto"

Donde pasado y presente
unen los sentimientos
de dos seres distintos
como amantes perfectos
con errores manifiestos
pero también con aciertos.

Y conjugué el verbo amar
tan solo en tres tiempos:
mi triste pasado sin ti,
nuestro presente a lo lejos,
y a tu lado, el futuro perfecto

Y dejé el corazón abierto
a tus palabras, a tus versos
a nuestro idilio a lo lejos
a visitar Ciudad de México

A comprender tu mirada
y a divisarte de lejos,
A escuchar cuando hablas
y entender tus silencios,
A contemplar el horizonte,
juntos, cuando seamos viejos...
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Cuentos y leyendas (II) (a @Letizia)

Como ya te había prometido
para el pasaporte saqué número
-sin hacer alharaca ni aspaviento-
en un día gris, frío y húmedo
apenas pasado el mes de julio.

Y para ir matando el tiempo
del mismo autor, Barjavel,
te recomendé otro libro
intitulado: "El gran secreto"
porque búsquedas penosas
como la que allí se narra,
y en mi vida, hay pocas.

Y puse el futuro en juego
para firmar nuestro pacto
con el mero eco de nuestros
últimos poemas en concierto.

Y cabalgué en silencio
de tus brazos al encuentro
para ahogar nuestros llantos
y hacer realidad nuestros versos

Para fundir nuestros cuerpos
y conocer Ciudad de México.
Para reírnos juntos
y no ocultarnos defectos
para sellar tus labios
y cubrirte de besos...

Para dejar de escribir
y recorrer tus pueblos,
tus curvas sinuosas
y acariciar tus cabellos,
tu alma y tu cuerpo.

Sentir el mutuo deseo
y avivarlo con fuego´
-en sentido opuesto
al que siempre he hecho-,
de fuera hacia dentro...
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Pongamos que hablo de.....

Abres Las puertas de tu historia
sin preguntar señas de identidad
mezcla de multitud de sabores
se cocinan por tus venas castizas

De carnaval se pintan tus uñas
tu boca vergonzosa, reside viajera
vistiendo discreta por el día
aún con la luna desnudas tu piel

Nunca duermes en el lecho
divertida, bailas hasta el amanecer
absorbiendo la vida con ansías
envuelta en las turbulencias de la noche

Luces con señorío tus andares
con tu tez blanca cubierta de tierra
pues tus manos no alcanzan el mar
ni tu cuerpo se broncea bajo las olas

Tus ojos acaparan las estrellas
entre el bullicio de los sueños
y las sonrisas de tus amantes
que te cantan, eso que dicen:
“pongamos que hablo de Madrid”
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la Ronda en julio

lo último que me falta
por darle a esta ciudad
es un par
de momentos más
contigo.
las ruedas dispuestas
a chirriar, la música
muy alta
y un calor
cuya única bondad
es poder compartirlo.
pongámosle título
al poema, como ahora,
antes de escribirlo,
y regresemos a casa.
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Valparaíso

Me paseo por tus plazas
donde dormitan porteños
soñando con las historias
que guarda el viejo puerto

Historias de esplendores
de tristezas y violencias,
historias de grandes amores
y también de decadencia

Me remonto hacia tus cerros
llevado por esos carros
que crujiendo, suben lento,
como si no existiera tiempo

Subo y bajo tus escaleras
recorro tus recovecos
me interno en tus quebradas,
con casas encaramadas

Por la costanera paseando
en esa porteña hermosa pensé,
la que una vez allí besé
con mis labios temblando

Me acerco a tu bahía
y me subo en una lancha
navego en tus aguas frías,
y veo la torre vigía

La torre de San Francisco
que ahora solo es una ruina
quemada por mil fuegos
que recuerda mi retina

Almuerzo en el Cinzano,
visito El Cardonal,
me retrato frente al Turri,
y recuerdo el American Bar

Me desplazo en un trole
con su andar silencioso,
mientras llega la noche
y su espectáculo grandioso

Ya en el Paseo 21 de Mayo
mis ojos observan extasiados
con estrellas tachonados
tus cerros transformados

Y luego en la estación,
como saliendo del paraíso,
doy la última mirada
a ti, amado Valparaíso
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a salvo

que no nos castigue el tiempo
como no queramos,
que al abrir la puerta nuevamente
venga el fresco y cotizado
aliento de los pájaros.
si hay que conocer la verdad
antes de que duela
nos convertiremos, a la fuerza,
en sabios, y con los años
nos desacostumbraremos
a la paciencia,
a la prisa, a la fiesta
de las tardes de hojas cayendo.

hay una ciudad ahí abajo
deshaciéndose en deseos.
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12comentarios 89 lecturas versolibre karma: 109

La pradera que se esconde en la ciudad

Cuando la noche
En la ciudad cae
De otros tiempos
Escucho

Las cautelosas pisadas
De los ciervos

El murmullo
Del arroyo

La respiración
Acechante del jaguar

El alborozo
De los árboles
Que comparten
Su sombra

El viento
Que acaricia
La maleza

El lejano canto
De los aborígenes
Que adoran al sol
Al fuego
Y a la lluvia

Cuando aparecen
Las primeras luces
Del nuevo día
Oigo el ruido
De autos
Camiones
Máquinas mezcladoras
De cemento






Del Poemario Palabras que regresan
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La ciudad de los malditos

El sonido martilleante y repetetitivo de las teclas golpeadas por los dedos se filtra por la rendija que deja la ventana entreabierta y se confunden con la sangrante lluvia que hace languidecer la ciudad maldita en cortinas de supurantes lamentos.

Es noche cerrada y la densa negrura teje un tupido velo que oculta el bosque de luces que caracteriza a la solemne nocturnidad diaria del parapeto infundado sobre el que se sostiene la llamada sociedad.

Mientras el viento se arremolina en abruptos giros inconscientes, el cielo escarlata secreta su dolor en forma de fulgurantes truenos y atronadores relámpagos que tiñen de fantasmales siluetas las sombras que se yerguen orgullosas en el camposanto que es la vida en las urbes.

Escuece, escuece la noche en las gargantas degolladas por litros y litros de sangre bombeada a diario al ritmo intermitente que marcan los incongruentes horarios que limitan la jornada a meros trámites burocráticos con los que obtener un pedazo de pan al son de títeres manejados por manos invisibles nunca vistas por las miserables almas que sostienen el mundo.

Las televisiones escupen toneladas y toneladas de ligeros paquetes de masticable información con una amplia gama de sabores a gusto del consumidor, y los periódicos martillean las moldeadas mentes con titulares segregadores con los que aderezar los descansos de media mañana que se filtran por las rendijas de ese presente que disfrutamos describiéndola como vida.

Los libros ya no son portadores de almas, sino meros repartidores a domicilio de ideas precocinadas para mantener una hegemonía dominante sostenida sobre monumentales recuerdos al pasado y rebosantes fosas consagradas al olvido.

Y entre lágrima en el campo y lágrima en el mar, el pueblo se olvida de quien era y solo tiene en mente que ahora todos ellos se llaman ciudad; el progreso dicen, aunque los estómagos vacíos y las hipotecas sin pagar siguen señalando como culpables a meros elementos en los que un día se vieron reflejados como un igual.

Dejando de lado que quienes martillean las teclas y marcan los calendarios no son otros que los que siempre han mandado y reordenado el mundo a su antojo.


* * *


Es noche cerrada y la densa negrura teje un tupido velo sobre el bosque de sombras nocturnas conocida como sociedad.

Aunque a veces, si prestas mucha atención, se escucha el martilleante y repetitivo sonido de las teclas al ser golpeadas por supurantes dedos (ya sean del narrador o del patrón), mientras la desesperante lluvia se descompone en afiladas cuchillas de sangre que hacen languidecer las miserables almas que habitan en esta sucia vida.
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4comentarios 119 lecturas prosapoetica karma: 72

pequeñas cosas

sueño con tu malestar,
con tus desidias y tus miedos,
parto con ellos desde el sur
hacia la ciudad
para resolverlos y esconderlos;
y rescatarte,
aunque sólo sea,
inconscientemente,
porque no me lo has pedido.
hago estas pequeñas cosas
y muchas otras
porque luego,
al despertar,
siempre estás tú.
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7comentarios 118 lecturas versolibre karma: 114

Cualquier noche los gatos

Como el gato blanco de la calle
se cree que es doméstico
y que la ciudad
es su casa y su alimento,
yo antes cerraba
todos los bares.

Como todo animal perdido
buscaba un lugar limpio y tranquilo.

Cuando ahora suena
la canción de cierre
es porque me invitan,
amablemente,
a volver mañana
a la biblioteca.

(Abel Santos,
de LAS LÁGRIMAS DE CHET BAKER
CAEN A PISCINAS DORADAS,
Chamán Ediciones, 2016,
2da edición 2017)
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2comentarios 93 lecturas versolibre karma: 86

Ciudades cerradas

Cuando la política
habla de solidaridad,
causa temblores.

El yo se oculta,
la luna se esconde tras las nubes,
el sol se eclipsa tras la luna,
el agua huye subterránea,
la lluvia se evapora a los cielos,
los rayos huyen despavoridos,
los fuegos crecen.
El humo oculta la vergüenza ajena
de nuestras ciudades sin brillo,
ciudades cerradas.
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Otra historia de amor (parte 2)

El sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo Verónica. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Ese caballero andante que llega a rescatarla pero que en medio de la sangrienta batalla con el dragón que la resguarda; como por hechizo traicionero, termina enamorándose del dragón y se olvida totalmente de ir a su rescate en la torre más alta; donde muere, de tristeza y olvido. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz. Ese es el saldo que le dejó su pareja de los últimos siete años, Alberto; enamorados desde la secundaria, quien cual trillado cliché, la engañó con su mejor amiga, ahora su enemiga dragón. Eso y unas camisetas viejas que nunca se llevó, junto con su colección de discos de Cold Play y Rihanna.

El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma; sus hermosos ojos azules que ya nadie admira. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.

Sale de su apartamento en el tercer nivel de ese viejo edificio. Al que se mudó luego que Alberto la abandonara y ya no pudo pagar el apartamento más acomodado que tenían en el centro. No nota las gradas de tres pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. De todos modos, hace cuánto ya que el mundo es de tonos de gris solamente. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Alberto decidiera viajar más temprano para no toparse con ella. Y no llega a la primera hora esperada. No llega tampoco en el siguiente ni el siguiente tren. Es siempre así. Y ella siempre sentada en la estación, dejando ir dos trenes antes de subirse. Sin embargo, en el segundo tren que a diario ve llegar, hay un destello de color, apenas perceptible; ese chico que siempre la observa con curiosidad, a veces hasta le incomoda un poco; pero no de mala manera. Siempre le ve tan desenvuelto, tan resuelto, tan cómodo con la vida. Como que tiene todo bien ordenado. Como con un aura diferente a la de los cientos de personas que ve subir y bajar en esa estación del tren en la mañana. Siempre con esos audífonos en sus oídos. ¿Qué escuchará? ¿Acaso Cold Play o Rihanna? Y cuando le ve venir siempre se ve tan concentrado en algún libro. ¿Qué le gustará leer? ¿Acaso lee una interminable saga de Stephen King?

¿Por qué me llama la atención éste chico? ¿Por qué parece tener color, calor, un aura? ¿Qué está haciendo? Se está parando. Pero si nunca baja aquí. Tiene apariencia de trabajar en algún gran edificio del centro. No entiendo, qué hace. Me mira tan insistentemente. A veces siento que me desnuda el alma. Que puede ver a través de mí. Que se zambulle en mis ojos y resuelve todos los laberintos de mi intricado interior. Esos que ni yo entiendo. ¡Se ha bajado! No me quita los ojos de encima. Cuánta ternura en su mirada. Pero... ¿por qué? Ni nos conocemos. No que yo recuerde. Nunca volteé a ver a ningún chico durante los siete años que estuve con Alberto. Y llevo meses sin asistir a ninguna cita. Nunca lo he visto en el trabajo, ni cerca de mi edificio. Sigue caminando en dirección a mí.¡Ay Dios! ¡Qué hago! ¿Me voy corriendo al baño? No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie.

─¡Hola! ─me dice─¡Hey! ¿Cómo estás? ─le respondo─ ¿Qué estoy haciendo, por qué le he respondido con tanta efusividad? ¿Qué va pensar de mí?

─Me llamo Martín ─agrega─ Soy Verónica ─respondo en automático.

Y me mira, con esos bellos ojos café que nunca había alcanzando a notar, solo contemplaba su aura antes. Algo ha cambiado. En un instante ya no me siento la misma. ¿Habrá comenzado otra historia de amor para mí? ¡Ojalá no termine como la anterior! Aunque algo me dice desde ya: Que esta será una historia muy diferente.



@SolitarioAmnte
v-2017
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28comentarios 170 lecturas relato karma: 65

Casi lo logro

Casi lo logro.
Pasear la ciudad
y no verte.
Hoy pensé
que te habías marchado
y sentí, de repente, una mano
posada en mi hombro,
haciéndome libre.

Cómo te explico
que me vino la brisa a la cara,
que me dio por cruzar
nuestro puente
y, al final del trayecto...
tú.

Qué putada más grande.
Es verdad que te vi,
pero no como siempre.

Se llenaron de río
mis ojos
y corrí a buscarte,
donde quiera que fuese,
porque algo debió de quedar
de nosotros,
más allá del silencio afilado
con odio,
un idioma de ceño fruncido
que impide entenderse.

Puede que mueran los años
y, todavía, no te encuentre.
Sin embargo,
en mi memoria
pervivirá la imagen
de dos sombras
paseando
bajo el embrujo
de una noche calurosa,
amantes nadando sueños,
jóvenes,
tú,
yo.
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13comentarios 163 lecturas versolibre karma: 72

Las grandes ciudades son poesía andante

La magia de las grandes ciudades,
de sus interminables avenidas,
sus miles y miles de turistas,
sus cientos de fotos por segundo,
sus decenas de líneas de metro.

Gente, gente y más gente.

Y, entre ellos, tú.

Sólo, perdido, tímido,
no te atreves a sacar el mapa,
ni siquiera conectas el GPS,
de vez en cuando está bien perderse.

Gente, gente y más gente.

Y, sin embargo, aunque no lo creas,
eres invisible al resto de la calle,
como la mayoría de ellos lo son a tu ojos,
cruzáis miradas pero no os miráis,
no juzgáis, no pensáis, no sentís.

Puedes caminar desnudo por las calles,
gritar muy fuerte hasta quedarte sin aire,
cantar, bailar, saltar...
Nadie se va a parar a mirarte.

Es mágico, necesario de vez en cuando.

Sentirte uno más entre miles de mentes
que sobrepasan el límite de velocidad.

Invisible, tuyo, libre, perdido.

Pero lo disfrutas,
disfrutas de la velocidad de las grandes ciudades,
de perderte por sus calles,
entre miles de turistas,
que no se fijarán en ti,
ni siquiera en los cientos de fotos que harán de ti,
sin querer, queriendo retratar la poesía andante
del barullo de los que caminan sin rumbo,
sintiéndose uno más entre las mentes aceleradas.
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2comentarios 76 lecturas prosapoetica karma: 68

Pupilas:

Y en tus pupilas veo reflejadas las luces de las farolas escondidas de mi rincón favorito de la ciudad, que poco a poco, me guían.

@magiaenmiradas
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Relato urbano

Una chica corre el bondi mientras un chico pasea a su perro.

Un señor intenta hablar por teléfono público con una carta en la mano.

Esa imagen no se ve todos los días.


Gente pasa al lado de otra gente. Nadie parece conocerse.

Nadie parece escucharse.

Otra chica llora hablándole al teléfono.

Y una señora pide monedas sobre la vereda sin suerte.

Las bocinas de los coches atravesados aturden a todos.

Nadie se detiene. Todos llevan apuro.

El tipo de traje y maletín lleva en su mano un café, su teléfono y un portafolio.

La señora en una mano a su hijo y en la otra la mochila.

La pareja mira vidrieras con sueños de compra

Pero otra pareja camina sonriendo sin que nadie los vea.

Dos nenes se pelean por el tobogán de la plaza

Las madres se miran para ver quién actúa primero

El policía camina mirando el celular.

Un matrimonio discute adentro del auto

Pero un chico joven viene manejando despreocupado.

Tres empleados de una cadena se divierten en la puerta del local.

Otros paran a pedir fuego para encender un cigarrillo.

El del diario de revistas lee el una nota por tercera vez

La señora del puesto de flores acomoda la mercadería

El vendedor de bijouterie habla por teléfono con manos libres

El señor del estacionamiento contempla todo sentado,

es el único que parece prestar atención.

Unos chicos que salen del colegio gritan entre ellos.

El paseador de perros camina con dificultad

Mientras el mozo lo esquiva con un cortado en la bandeja.

Un tipo se acomoda el pelo y el bigote frente a un espejo

Y un chico camina con unas flores en la mano.

En esa misma esquina, una pareja se abraza fuerte.

Tan fuerte que el mozo se detiene a mirarlos

y el paseador de perros se descuida.

El del puesto de diarios deja de leer la nota

y el chico de las flores espera ansioso ese abrazo.

El chofer del bondi le dice a la chica que se subió apurada

que no la lleva a ese destino. Se baja.

La chica de detiene a ver como la señora acomoda las flores.

Las madres no intervienen. La pareja ya no mira vidrieras.

El policía ya no mira su celular, ahora charla con el peluquero.

El camión de reparto intercepta el paso de la esquina,

tapando la postal del abrazo fuerte.

Todo vuelve a ser lo que era.
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Los poemas

Insisten con su soplo de vida
en la máquina del mundo. Puedes oírles
respirar bajo las capas de cartón.

Igual te piden cosas que ya has abandonado...

A mí siempre me piden un cigarrillo
y los más raros un poco de café;
pero lo que en verdad quieren
es darle un sorbo al espíritu del vino
directamente de las reservas de tu corazón.

Siéntate con uno de ellos,
y no hagas nada. Olvida toda idea
de que están hechos con materiales
ideales para débiles.

Porque son como las historias
de los vagabundos:
ya te entren bien o te entren mal
nunca te dejan indiferente.
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Sevilla fue

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es solo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.

Advertencia.
Felipe Benítez Reyes


Sevilla fue
la ciudad. Un abril inagotable
en el vaso de los días.
Cielo de color andaluz,
jazmín y dama de noche
perfumando cada noche.
Dependiendo del momento,
pudo ser asilo o cárcel,
pero siempre compañía en el murmullo
de sus bares, en sus calles y terrazas.
Una brisa tenaz
despeinando con denuedo los principios,
los temores… arrojándolos al río.

Sevilla fue
un te quiero susurrado como alarma
abriendo el amanecer,
caminar sobre las nubes,
pincharse con el huso de una estrella
devanando las pasiones
tras un beso
en los jardines de Murillo,
enamorarse en el marco del templete
de la Isleta de los Patos,
saludar a la luna que se eleva
sobre el arpa
del puente del Alamillo.

También, fue
recorrer la Alameda con las manos
en los bolsillos
sin empuje de la prisa
o destilar savia de pena por el rostro
aparentando, al mismo tiempo,
que no llueve en la fragua acelerada
de tu pecho
que odió siempre despedirse.

Sevilla fue
y siempre será, aunque
ya nunca fuera.
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11comentarios 113 lecturas versolibre karma: 91
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