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"Ídolos"

Pareciera una sociedad pagana
idolatrando esclavos de grandes monstruos corporativos
que visten como ídolos de oro y plata;
esos favorecidos con destinos inalcanzables y
perfectos en su físico alterado.
Pues en medio de este circo de espejismos,
van los followers detrás, en un culto embrutecido,
en manadas, como bestias hambrientas que quieren más.
Por eso se subscriben en sus redes sociales para hurgar en su intimidad.
Humanos tan grises como las cenizas que buscan besar sus frentes
decoradas en esmeraldas opulentas,
tan fácilmente seducidos por sus labios carmesí que destilan hiel y mentiras:
solo para vender sus alquimias de belleza y ropa que esconden su corazones de oropel...
¡billeteras Gucci y demás apellidos altisonantes, llenas de monedas forradas con piel de víbora a costa de los borregos!
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Abrir las zanjas

Que la voz que nos narre
no sea una voz ajena
una voz en off
sino nuestra propia voz
con su propia lengua
saliva propia pegajosa
que resbale y gotee
hasta sacar de su paso
al miedo.

Inspirar
espirar
volver a nombrar
y salvar
nuestra imagen en el
espejo de la herencia ajena
inspirar
espirar
volver a nombrar
y redimir de la penuria
como quien dice adiós
al extranjero.

Como los niños
nacer de las tripas
de la madre
herida para tener voz
y evitar la muerte del hermano.

Aprender a nombrar
desde los cimientos
y que la voz nunca dependa
del miedo con el que se mira.
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Lucha diaria

Atándome los zapatos
con el cordón de la acera,
mordiendo la angustia
del trabajo que no llega,
sobre el magma de cemento
que deglute obreros
y regurgita desahuciados
bajo un cielo gris me empeño.
Quiero la dignidad en la mirada,
la del simple hornero
construyendo su casa,
la del león luchando por comida
para su manada,
la de un padre que no quiere
volver a casa
por que en sus manos
todavía no tiene nada.
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Contrastes urbanos

La gran ciudad, noctámbula, camina soberbia y arrogante derramando la vida en las aceras. Mil y un escaparates repletos de superfluas y legales mercancías... Un ilegal, alguien sin nombre, se acerca y te suplica que lo invites a un café.

Algarabía… Poesía en los pasos de peatones... Risas, pasos, empujones... Entre la muchedumbre, flashes que se disparan... Fotógrafos anónimos enmarcan caras sonrientes y poses imposibles, para lograr una ansiada popularidad mediática y fugaz. Un grupo de atléticos manteros huyen con sus bultos clandestinos a la espalda...

Torbellino intermitente de faros que transitan entre las brillantes luces de neón de los anuncios de perfumes caros, con aroma irresistible. Y al doblar alguna esquina...un mensaje garabateado en un cartón que nadie lee, un rostro sin afeitar que nadie mira; pues ya los ojos están bien entrenados en una confortable y engañosa invisibilidad.

Dos sin techo se disputan territorios imposibles y ficticios, en la jungla de la noche. Y continúan brillando las luces de neón… y, en un portal cualquiera, de una céntrica calle cualquiera, hiere a tu hipocresía y a tu vista de tranquilo paseante, un remedo cruel de hogar con un decrépito colchón. Un triste hatillo de objetos imprecisos y mugrientos y dos siluetas ya ajenas al claxon de los coches, a los desahucios, a las miradas, a las sirenas, a los calores y los fríos... Dos seres abrazados, ebrios de soledades, duermen su desesperanza de olvidados en el centro de gravedad de esa indiferente nada.

Y la vida, impasible e inclemente, continúa rugiendo por una gran ciudad, cada vez más deshumanizada...

Y seguimos paseando, mirando hacia el otro lado…



Texto y foto:
María Prieto
Foto: Puerta del Sol, Madrid
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Canallas

Conducidos por una suave brisa,
inspirados por el brillo de una esquina
y una botella dorada por el sol,
recorreremos el lado más salvaje
de todos los salvajes lados de la vida.

Impulsados por la energía de un beso prometido
y el limpio motor de una canción,
acechados por el incesante alimento de la rabia
y la melena al viento de la lujuria.

Nunca
volveremos la vista hacia atrás, nunca,
si no es para barrer las penas
con la escoba del desprecio
y ofrecer nuestra cálida mirada
a los frutos escondidos del futuro.

Si nos falta la lluvia,
le arrancaremos la miel robada
a los surcos de un progreso fracasado
y sin justicia ni demás mentiras
volveremos a cantar.

Porque nos queda mucho más que denunciar
y lo que ocurrió no es sólo pasado,
porque para reinar en altamar
hay que escapar brazo a brazo
a rio revuelto
y dejar de creer en magos.

Canallas
nos os dejaremos ni hablar,
vais a pagar con la ceguera
toda esta condena,
vais a sentir en vuestra piel
lo que nunca calma la chequera.
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El Silencio De Mi Habitación

Me encuentro a oscuras en esta habitación,
lugar donde los más escondidos secretos
deambulan por los rincones sin contemplación
y se recrean en mi mente muy dispuestos.

Las rejas de mi ventana
se convierten en pared
dejando la vida muy lejana
y olvidando mi alma en su red.

La puerta permanece cerrada a cal y canto
no me deja salir para curar mi corazón,
me tiene prisionera en este horrible desencanto
y encadenada en mi propio caparazón.

Caí en una profunda desesperación,
era el fin de mi persona,
me di cuenta que el silencio de mi habitación
había acabado por completo con mi vida.

Davinia Mesas Lorenzo
4 de Noviembre de 2017 (Imagen de la web)
La Poesía De La Vida- Artes Literarias -
© Derechos de autor.
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Maltratada y Ultrajada

Le conocí, me enamoró, me casé ¿Y para qué? Para vivir en absoluto silencio, para vivir con miedo, para estar en el anonimato sin que nadie sepa casi de mi.
Me equivoqué, pensé que iba a ser siempre igual, siempre el mismo chico dulce y amable, el mismo chico que con sus miradas, sus cartas y sus rosas conquistaron mi corazón.
Un día de repente empezó la desconfianza, la vigilancia, la prohibición, los celos, era una agonía, era tener miedo constantemente, era verdaderamente un infierno.
Cambió sus miradas enamoradas por miradas de obsesión, las cartas por insultos y encontré la violencia en lo que antes eran rosas, le entregue mi cuerpo y me lo devolvió golpeado, amoratado, señalado y ultrajado.
Época que ya pasó, pero quedó en mi corazón, en el recuerdo de una mujer marcada, una mujer a la que le costará salir adelante, una mujer que a pesar de todo es fuerte para seguir su camino, pero esta vez con los ojos bien abiertos.

(Este relato está basado en historias reales, algunas mujeres son afortunadas de poder contar sus historias, pero otras por desgracia no tuvieron la oportunidad, que descansen en paz.)

Davinia Mesas Lorenzo
4 de Enero de 2017
La Poesía De La Vida – Artes Literarias –
© Derechos de autor
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Silencios

Silencios que no se ven pero se sienten
los importantes, los que te advierten.
Escucha el silencio del rio al pasar,
sus historias y secretos nunca mienten

Silencios perfectos, átonos, monocordes,
los silencios de las estrellas,
de lo agujeros negros, del universo,
esos son los grandes silencios
rodeados de arcanos.

El silencio de los elementos
del viento moviendo el trigo,
de la lluvia fecundando la tierra,
del sol, de la naturaleza
del tierno amanecer, del mar,
o es que alguna vez los oíste tu hablar.

En el amor hay silencio,
el de las caricias y besos,
el de los recuerdos,
el de dos miradas apasionadas
que en silencio y en secreto,
se aman sin decir nada
Silencios felices, como el silencio
del nacimiento, porque al mundo
venimos en silencio.
Y en la placenta gran misterio,
solo tu y el silencio, la quietud y la calma.
El sueño infinito del feto,
que espera en silencio a romper la barrera.

Silencio en blanco y negro,
triste, tétrico, silencio fugitivo
es el silencio de los muertos
silencio apático y retorcido,
silencio que se mece en mis oídos
silencio voluptuoso, silencio sin sonido.

El último silencio, infinito
el silencio de los silencios
inexorable, midiendo la herrumbre
de la historia, el silencio del tiempo.
Metrónomo fiel a su destino
medida de lo humano y lo divino
silencio absoluto sin principio ni final.
Silencio de la materia
de lo vertical y lo horizontal,
silencio del big-bang y la entropía universal,
Ssshh, Sssshhhh, Sssssshhh, Sssshhhh
el último de los silencios, párate a escuchar.

Camaleontoledo*
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Esencia oscura

Cuando la oscuridad salió a la luz,
un árbol de Navidad dejó de brillar,
miles de lágrimas dejó caer,
una familia reunida,
los murmullos cogían fuerza,
la esperanza parecía fluir
al igual que la asimilación de
que cualquier cosa podía pasar,
miles de noticias llegaban,
personas sin aliento de un lado a otro.

La vida estaba cambiando,
estaba cambiando la manera de pensar,
la manera de asimilar las cosas,
ya nada era igual.
Ya no había sonrisas verdaderas
ni lágrimas de felicidad,
tan solo una máscara para que el héroe no se ausentara,
tan inocente flor llena de oscuridad,
sus inmensas ganas de que todo pasara,
su inocente mirada sin saber nada,
con ganas de vivir y volver a su naturaleza.

Si supiera la maldad que recorre su cuerpo,
no querría estar donde está,
pero lo que no sabe es la falta que hace,
es como la medicina que le hace falta al enfermo,
como el agua a las plantas,
como la comida a los humanos o
como un ABUELO a sus hijos y nietos.
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El frío invierno de la vida

Sentado en una silla a la entrada de la casa, José, como cada mediodía, esperaba paciente a que su mujer terminara de arreglarse. Y es que ella conservaba intacta su coquetería femenina y le gustaba acicalarse delante del espejo antes de salir a comer.
Un poquito de brillo en los labios y una rayita azul junto a las pestañas para dar un poco de alegría a la mirada.
"Que ni los vecinos ni nadie en la calle sepa de mis tristezas. ¡A nadie le importan!. Hay mala gente que, por delante te pone cara compungida, te da golpecitos en la espalda y luego, por detrás, critica y disfruta con los males ajenos. Además, tampoco me van a solucionar nada" solía decir. José torcía el gesto. "Condenada mujer si vas a tener razón" Pensaba para sus adentros.
- Carmen, date prisa o llegaremos tarde. Ya sabes que se forman largas colas y luego nos toca esperar al segundo turno, y yo, ya no estoy para aguantar tanto rato.

Los años y la vida se les habían echado encima a los dos. Cincuenta años de casados cumplirían en Diciembre y, sus vidas habían cambiado tanto, que ya apenas recordaban todos los sueños que se quedaron rotos en el cajón. Aún así, con los ochenta y dos años de José y los setenta y nueve de Carmen, que jamás reconocería aunque le clavasen astillas entre las uñas, todavía se las arreglaban para vivir solos en su casa.
Una casa vacía de los hijos que tuvieron y que, ya hacía tiempo que volaron del nido. María, la pequeña, trabajaba en una galería de arte en Boston. Junto a su marido George, un ingeniero americano, vivían en una preciosa casa con un enorme jardín, por donde ya empezaba a corretear el pequeño Andrea. Dos añitos y medio, había cumplido. En las fotos que María les envió por correo electrónico, pudieron constatar que el niño, se parecía a su abuelo. Al menos, eso decía la abuela. “Ha salido guapo el nieto, tiene tu cara. La de antes, ahora estás viejo y arrugado” le decía con una media sonrisa.
Después, junto al documento gráfico, unas letras:
“Que si tenéis que venir… Que si estamos buscando la manera de ampliar la casa…Que si tenemos planeado hacer una pequeña construcción en una zona del jardín, para que podáis tener vuestro espacio… Un dormitorio, con una pequeña cocina y un cuarto de baño independiente para que estéis cómodos... Que ya os iremos diciendo... Que ir a España para veros está complicado porque George tiene mucho trabajo… Que lo sentía mucho, pero que estarían en contacto.” Y luego… “Que… ¿Qué tal todo…? ¿Que si estaban bien de salud? Y que un beso…”
Carmen suspiró mirando a su marido.
– Todavía no hemos podido conocer y besar a nuestro nieto. Acuérdate de lo que digo, eso no va a suceder. No nos quieren allí. Somos viejos y les estorbamos.
José entornaba los ojos recordando los sacrificios que habían hecho, para que su hija hubiera podido estudiar su carrera en Madrid; muy por encima de lo que se podían permitir, pero trabajando duro para conseguirlo.
Lo mismo que lucharon para ayudar a Carlos, el hijo mayor. Tanto, que dieron todo lo que tenían y más. Toda la vida tratando de sacar adelante ese pequeño negocio que José heredó de su padre, y que luego, él, puso en manos de su hijo. Pero Carlos no supo hacerlo y lo arruinó. Lo perdieron todo, hasta su propia casa. El hijo, además, en su mala cabeza y en una huida hacia adelante, firmó pagarés por cientos de miles de euros. Una locura que lo llevó a poner pies en polvorosa. Hacía diez años que apenas sabían nada de él. Por algún conocido averiguaron, que andaba por Francia trabajando en hostelería.
El caso es que, Carmen y José se habían quedado solos en una casa silenciosa y fría. Sobre todo, fría en invierno cuando había que tener apagada la calefacción, porque la pensión no daba para más, ahora que también, tenían que pagar el alquiler de la que un día fue su casa en propiedad. Y tampoco llegaba para la comida caliente del mediodía, porque si comían, no podían comprar los medicamentos que necesitaba José. Así que Carmen, cada día, se pintaba una rayita azul entre las pestañas y una sonrisa brillante en los labios. Escondía en el fondo de su bolso todas sus tristezas y agarrando a su marido del brazo, se bajaban a un comedor social que había a tres paradas de un tranvía, que no cogían.
Si salían con tiempo… no tendrían que esperar al segundo turno.
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La desaparición

Simplificar el ansia excesiva de vida
a la mínima expresión.
Volverse uno sencillo, irrompible,
como la partícula de aire
ante el espejo de agua
de un mundo interior.

No tener química con la decadencia.

Lejos del sí.
Lejos del no.

Muy lejos, con suficiente silencio.

Lejos de mí.
Lejos del yo.

Material
pero sin mancha alguna de materia,
como en ese poema
de Carmen Jodra Davó,
sin poder ser seducido o abatido
en un efecto
dominó
por la muerte.

Pero no desapareceré como yo quiero.

El diez por ciento de la mente en uso
-corregido y aumentado-
se empeña en que hay que disparar
el número de joyas y de egos,
un final que le viene como anillo al dedo
al absurdo delirio que gira

ahí
fuera.

Ya viene el enfermero
para darme la Zyprexa.

_______

(Abel Santos.
Poema ganador del II Concurso de Poesía
Perfecto Esperpento
Contra El Estigma en Salud Mental, 2018)
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"El mar ha sido testigo"

Tengo la dicha de comunicarles, que mi poema fue finalista del 2 certamen internacional de poesía en rima Jotabé tierra de poeta Valencia España, y mi corazón No se imaginan lo feliz que se encuentra, es un reconocimiento y un estímulo para seguir con la poesía.


¡Oh!... mar de turbulentas emociones
tus sirenas pregonan las canciones

de amores, llorados entre tus olas
buscando en tus aguas estar a solas
y fingir, que en tus olvidos te enrolas
siguiendo las rutas de tus cartolas,

que llevan a paraísos ficticios
donde los amores en sus inicios,

fructificaban en dulces cesiones,
floreciendo como las amapolas
cuando los flujos fueron los propicios.

Clementina Bravo Rivera
Cleme_Eternamente
Arica - Chile
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Los Hijos de Dios

Bajo todas las mañanas por esas calles vacías, amanecidas de hastío.
Esas calles que esbozan todas esas casas, con sus fachadas sucias y sus cobertizos antiguos. Esas calles somnolientas de esa ciudad que a veces desconozco. Bajo por la misma esquina del centro de Caracas. Como todos los días. Apresuro el paso y me detengo ante el tiempo; el cual insiste en recordarme mi impuntualidad. Con un ademan saludo a la negra de los aguacates, a la Sra. de los CDS y al portugués de la esquina. A pocos pasos de la iglesia Catedral se encuentra el comando de la policía Metropolitana. Un joven observa las ardillas bajar de los arboles en busca del sustento diario en las manos de la vieja Victoria, la cual día tras día desborona sus galletas de soda e introduce pequeños residuos en el hambre de aquellos animalitos. Camino lentamente para no desechar ninguna esperanza de cruzar las miradas con aquel joven. Que a pesar de su tristeza se deleita en el sombrío arte de prostituirse en las ansias del deseo de cualquiera. El perfecto Adonis del arte de la prostitución. Con sus lagrimas atrapadas y con su fantasmal intención.
Continúo caminando por toda la plaza colocando toda mi atención en la colosal escultura de Bolívar. Las palomas lo cagan sin cesar. El loco Bartolomé con su diario vespertino camina apresuradamente. Allí, en los pies de la escultura, acomoda su sitial de honor. Deja caer sus pantalones agujereados hasta la rodilla. Agachado, entre sonrisas de satisfacción deja escapar dos cuadras de apresurados pasos al caminar.

- Me cague a Bolívar. Decía mientras enseñaba sus amarillentos dientes.

Todas esas calles. Hambrientas del deseo de devorar la inocencia de esos chiquillos que recolectan el dinero del infortunio en una larga cola, esperando segundo a segundo el cambio de luces del semáforo, acompañados de la suerte de obtener algunas monedas o no obtener nada, mientras tanto sus estómagos relinchan de hambre ante el implacable sol que va transformando sus pieles en otro color, un color egoísta donde el sudor y la suciedad se quedan impregnados. Las niñas más pequeñas esperan en las aceras de enfrente sedientas, cansadas y por supuesto hambrientas. Están tan sucias, tan llenas de olvido, tan faltas de amor, tan falta de tantas cosas. Con esos ojos desorbitados de esperanza, caminando entre grietas, sombras. Tratando de sobrevivir en una selva de cemento de una sociedad desnuda que circuncida la esperanza arraigada en esas pieles desteñidas de tanto andar con esa cruz cuesta bajo.
El hambre resuena en sus estómagos; así como ese estrepitoso ruido que viene de esa montaña embravecida que cubre toda la ciudad. En ese valle de lluvias incesantes cuando hace muchos años la montaña comenzó a llorar acompañada de un ruido ensordecedor que se llevo todo a su paso.

Renace la poesía de las calles donde día tras día me encamino con mis audífonos estridentes de esa música ensordecedora donde se entonan las melodías de pintar las calles del color de la intranquilidad, de las sirenas de los autos entorpeciendo la tranquilidad del ocaso que acusa a la noche de ser tan imperfecta. Los hijos de Dios continúan su labor diaria de rastrear sus estómagos en bolsas de basura. Encontrando lo podrido entre lo mas podrido. Donde el rostro de cualquier hombre sale de cualquier esquina. Solamente se concreta en hurgar entre el pipote de la basura. Consigue una botella vacía y la lleva a su boca, tratando de absorber quizás alguna gota de alcohol renegada y no lo consigue. Continúa escarbando entre papeles, servilletas, pedazos de arepa, espaguetis escurridos que se mezclan con la borra del café. Trata de recolectar todo el recuerdo posible dentro de una bolsa plástica que lleva amarrada a su cintura. Voltea su mirada y se percata de la presencia de todos. Sonríe ante su propia miseria e introduce un pedazo de arepa dentro de su boca. Al rato, trata de apartar con sus dedos las hormigas que quedaron esparcidas por todos sus labios.
Es inmensa la cantidad de seres que deambulan de esquina a esquina desnudando sus pieles ante el suelo frio de la indiferencia, arropados de cartones y paginas amarillentas de periódicos viejos. Son esos días tan fríos que cubren la ciudad mientras las pieles de los hijos de Dios se arrugan y se estremecen ante la sombría calle.

Allí esta maría T, le encanta los días fríos, danza de un lado a otro levantando sus brazos muy alto como queriendo tocar ese cielo que parece distante. Ese cielo de esperanza. Con lo poco que tiene en sus manos alimenta a miles de palomas que la envuelven en un baile dantesco, revoloteando entre harapos viejos, Majestuoso, celestial.

Caminar, una y otra vez. Por toda esa plaza que cubre las esperanzas de los hijos de Dios. Me deleito en las miradas de esas jovencillas indagadoras de placeres quienes disimulan mi erección. Oriundas del sistemático ejercicio de abrirse entre piernas y sonreírle al mejor oferente; ese que en su disimulado acto ofrece deseos a cambios de posiciones grotescas. Dejo escapar la iniciativa de un fisgón inoportuno y me incluyo en el arte de dar la bienvenida a las descubridoras del placer carnal. Descanso mi mirada en los pezones de cualquier puta vieja que se introduzca en mis pensamientos; abarrotados de tanta inmundicia y perversión. Juego con sus deseos. Intento saborear sus penas por un largo rato. Detengo la respiración mientras escucho golpes en las puertas de mi conciencia.

Amo esta calle que baja desde el cerro el Ávila; desde esa cuenca donde retumba la impotencia de la montaña, amenazando cada vez más con llevarse todo a su paso. Bajo hasta la esquina caliente donde esta la negra Tomasa, vociferando toda esa violencia verbal contra su marido. Acostumbrada a enfrentarse con sus mujeres. Siempre terminan peleando en medio de la calle. Se rasgan los vestidos y aquellos senos voluptuosos sobresalen a la vista de todos los transeúntes. La catira alta saca su hojilla que esconde entre las piernas, y se balancea tan rápido que la negra grita mientras la sangre le cubre el pezón.

La negra Tomasa muy querida por los niños de la zona. Se vuelca todas las mañanas y se apresura a recoger todos los restos de hortalizas y legumbres que quedan esparcidos por toda esa calle que baja desde el mercado de coche. Los niños la quieren mucho porque con toda esa recoleta elabora ese asopado gigantesco donde todos esos niños hambrientos de esperanza llenan sus barrigas



El día ha terminado. Es todo Lo que queda. Un largo caminar por tan recorrida ciudad. La ciudad de los Hijos de Dios.

Permanezco sentado sobre mi cama. Los pensamientos se centran en la nostalgia que me produce el sonido de la lluvia. Me quedo inmóvil y logro escuchar las gotas caer sobre los techos rojos de una ciudad que nunca duerme. Creo que soy incapaz de describir lo que siento, sin embargo es difícil no poder controlar todas esas ideas que sobrepasan mis cimientos. Me ahogo en un mar de incertidumbre. No logro colocar las palabras ordenadamente en mi cabeza. Esa lluvia incesante que no para. Allí están todos. La negra de los aguacates, el Sr. De los CDs, el portugués de la esquina, maría T. y todos ellos; Los hijos de Dios, curiosos ante la expectativa de saber que va a pasar con sus historias. Desean seguir con vida a través de mis palabras. Indago en descifrar que destino pudiese colocar en sus vidas; quizás destruir o matar. Quizás sembrar en ellos algún sentimiento de amor. Quizás moldear sus actitudes hacia una recuperación de bienestar colectivo. Continuare escribiendo sus historias. Quizás narrando los hechos en un aspecto claramente salvaje. No quiero contar una historia de alguien en particular. Solo quiero reflejar la esencia de los que viven a través de esas calles. Las calles de la esperanza. Las calles de los hijos de Dios. Por un momento me pierdo y dejo que mis pensamientos se centren en vivir la experiencia de esas crónicas repulsivas de este eterno día.
Agotado de navegar y divagar en mi asistida ciudad logre conciliar el sueño y decidí abandonarme en el sonido de esa lluvia incesante que aturde todos los sentidos. Esa lluvia. Ese ruido. Fue lo último que recordé.

La montaña bajo embravecida por todo la vereda de la infelicidad arrastrando todo a su paso. La lluvia descendió y arrastro mi cuerpo cuesta abajo. Donde renace el rumor de la montaña, de ese ruido ensordecedor que jamás olvidaremos.
Volví la mirada atrás y pude observar mi cuerpo frio, inerte, ahogado en la esperanza. Observando el firmamento de las pinceladas del creador. Tan majestuoso. Tan inmensurable cielo azul.

Allí estaba María T. observando mi cuerpo al igual que todos los hijos de Dios.

Solamente sonreí y cerré mis ojos.
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Silencios(acróstico)

Sátiras
Inútiles
Les
Enseñan.
Nadie
Comprende.
Ignorantes
Osan
Saber.
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E.T. 2041

Hoy,que cumplo 86,anegado mi cuerpo arrasasado del oscuro extraño enlentecido mi amor como perdura en la carretera 86,camino de Milwaukee.Venero tus arrugas como mías inoculado el veneno del basilisco que destila el fondo perlado de un bosque que no existió,y existió de 0 a 12,hasta que me llamaste y acudí inocentemente a mi reclamo.
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Locución

Alguien cercano dice
que hablo demasiado
que consumo palabras
y desgrano el centeno
con su corzuelo negro,y
NO
Me desenvuelvo en porqués
y a veces sí
y porque si...y mil preguntas
disponen ábacos.

No sé donde caen,hace
siglos ya desde las luces
y días zurdos.
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