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Como alma en pena VI (a @Letizia)

Tu amor me había hecho un lunático:
sin tus besos, por las noches sentí pánico,
me encerraba al anochecer en un ático
y sin tus caricias me volví un maniático.

Las uñas te afilabas como un bisturí,
tus palabras me atravesaban cual puñal
y yo por ti aullaba en cada eclipse lunar
mientras tus labios pintabas de carmín.

Delirante, completamente orate,
sufrí por tu amor casi un lustro,
boyé dentro del insano claustro,
como si no tuviera ningún amarre.

Pese a tu desamor recuperé mi cordura,
prorrumpí por las noches en llanto
invoqué a Dios y todos los santos,
y cambié completamente de postura.

Deseé escapar de tus besos y dulzura,
soporté mil y un veces los contratiempos,
recordé cada uno de mis desaciertos
y volví a correr libre por las llanuras.

Intenté en vano completamente olvidarte,
cometí en algún momento otro dislate,
sentí el deseo de volver a buscarte,
pero supe que no podría encontrarte.

Añoré entonces nuestros años de bonanza,
antes de abandonarme a la infame locura,
aparté tu libro preferido, el de P. Neruda,
y meditabundo, fijé la mirada en lontananza...
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Aun te espero, en otra vida, en un día, un año, un siglo o mil años

Nos encontramos después de siglos,
en otro tiempo, en otra vida;
aunque no somos del mismo lugar
el destino cruel nos volvió a cruzar.

Solo me bastó tu mirada para llenar mi cuerpo vacío,
no tenías que hacer nada para hacer sentir mis huesos vivos,
Tu mirada traspasaba mi piel y la carne
y se convirtió en mi alimento en cada instante.
Aun no entendía porque me sentía así
hasta que descubrí que la muerte llegaría a mi,
que yo me tendría que ir,
que la tierra polvorienta se convertiría en mi hogar
y que en tus brazos jamás podré estar.

¿Por qué me tengo que ir?
Ahora que encontré la vida al fin.
Ahora que tan cerca estoy de ti
como las tinieblas vienen por mi.
Ahora que encontré mi luna llena
que ilumina todas mis noches enteras.
¿Que me llevaré de ti ahora?
Solo tengo los tengo los poemas que escribí,
que aún gotean sangre por cada lagrima que te di.

¿Por qué amo sufrir?
Es que mi amor es así,
tan puro y gentil,
tan frágil y sutil,
escalofriante y agonizante
cómo beber tu corazón para amarte.
Ahora que te encontré, no te quiero perder,
no puedo perder mi amanecer,
no puedo ser tu fantasma que te ama cada noche como una estrella dorada.
La luz que me das me saca de esta oscuridad
de mi alma negra que siempre me vuelve atrapar.

Tu me trajiste a la vida.
Entre cenizas y escombros me construiste
con tan solo saber que tu existes.
Yo sé que me recuerdas porque las miradas no mienten.
Y sé cómo te sientes.
Yo sé que recuerdas las cartas de nuestro amor,
las caminatas bajo el sol,
los suspiros en la habitación.
Contigo la luz no hace más que brillar.

Tu regalo es la cruz de mi sepultura y mi epitafio
esta carta oscura,
deseando con mis entrañas que cuando estés en mi camino
seas capaz de reconocerme.

Yo solo tengo un amor
y mientras escucho la canción que los cuervos cantan
en mi imaginación
me despido de ti y de todo lo que fui.
Porque solo tengo un amor y en todas mis vidas serás tú.
Si no estoy contigo en esta vida, si la muerte me aleja
¡por favor, amor!
Recuerda la mirada de esa chica perdida
de esos ojos que te decían: Tu eres el amor de mi otra vida.
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Como alma en pena V (a @Letizia)

Cuando al fin cae la noche
y estando ya en penumbras,
cuando solo la luna alumbra
es que me doy cuenta de que
a lo bueno uno se acostumbra.

Es que tu falta provocaba
que de la comisura de mis labios
salieran sendos espumarajos
mientras atado yo estaba.

¡Claro que todo de ti me atrajo!
Quedé preso de tu hermosura,
la que sustrajo mi cordura,
cayendo hasta lo más bajo.

Por ti habría hecho todo,
y jamás me arrepentiría
ya que de haber sido tú mía,
no me habría atrapado el lodo.

Con la mismísima muerte
-ahora es cuando yo me jacto-,
había hecho un solemne pacto:
aposté con ella, muy, muy fuerte.

Jamás moriría. Solo un letargo,
me sumió dentro del manicomio,
mi cuerpo parecía ya un fardo,
y desperté hecho un demonio.

Y aunque ahora parezca mentira,
y todo esto una sarta de diatribas,
prometí y juré que de ti escaparía,
aunque para siempre solo estaría...

(imagen tomada de Internet)
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Como alma en pena IV (a @Letizia)

En este recinto, una noche fría,
buscaba calor, sin tu compañía,
pensando seriamente despedirme
de este mundo, yo, un vagabundo.

La vida quitarme en un instante
tal vez de una gruesa piola colgar
o debajo de un camión terminar
con esta pena, tan agobiante…

Sin embargo, al recordar tu tez,
esa, que me produjo tal embriaguez
que me gustó para buscar cobijo
y sentirme de ti preso, como un hijo.

Recordando tus tiernas caricias,
esas que recorrían mi piel, sin prisa,
de manera que me hacías sentir
como si fuera el summun del existir.

Entonces de manera inmediata,
de mi gran desilusión reaccioné
por todos los rincones te busqué,
y supe que fuiste muy ingrata.

Que aunque yo te amara sin fin
y para ti fuera como un querubín
tu propósito hacia mi fue muy ruin
pues tu cariño no era tal, eras vil.

Aunque fueras muy, pero muy sutil,
por ti mi triste corazón dejó de latir
y en un abrir y cerrar de ojos
quedé inánime, totalmente flojo.

Colgando de un grueso madero
pues caló mi pecho un agujero
que hiciste con tu perversidad,
tu maldad, y tu gran frialdad…
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14comentarios 86 lecturas versolibre karma: 112

El silencio de todos

...

Han pasado tres días

- Eres la primera y anterior de todas mis lágrimas esparcidas, le dijo
La aspereza del día le impidió seguir. El sueño comenzó a matarlos a todos y
sin querer participar se halló herido, entonces llegó la multitud.

Comenzó a murmurar extrañas palabras y deseos varios.
Se paro de seco en la mitad del puente. Cada noche deseaba que volviera este sueño. Todo listo
- Es mi muerte y eso es audible

Un hombre de talla alta y delgado era el encargado de matarlo
- !Lo sabía¡
El puñal había entrado hasta el pecho, atravesando la camisa y las botas.
- Es el mejor error que he cometido, se dijo.

Por un instante se quedó solo.
- Me dolió el tú cargado de armas y en soledad, le dijo
Disparó y fue tras su sangre.

Crecía el dolor y el final, ese final por poder salir.
- Quizá este gusto trágico que tengo me anime a lanzarme al ruedo,
tengo ya mis marcas fuertemente macizas en el suelo.
- Soy un hombre que por lo demás jamás he marchado a la noche.

Serían las cuatro cuando sonaron
las campanas de la iglesia anunciando la misa de despedida.

- Este hombre se quedará sin su muerte, argumentó.
Por última vez miró de reojo ese cielo inerte, sabia de no volver.
- Esta muerte no me pertenece, es de alguien más, es de todos.

Corrió hasta el árbol más cercano, vomitó, subió por las ramas.
A cada huida más arriba tropezaba con el peso de un muerto entre sus manos.
Era él

La casa estaba tan vacía y silenciosa que nadie se atrevió a entrar
- !Me han matado¡
El corte era preciso y directo, costaba creer que era un estudiante de comunicación.

Se encerró en la tibia penumbra de un confesionario
recordando lo que había hecho la noche anterior en ese mismo espacio

- Conozco bien este Mundo. De vez en cuando
hay que quitarle cierta movilidad a las gentes.

Dijo eso y se marchó palpándose el cuello.
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Aquella oscura y fría noche

Llegó fastuoso, inesperado, sin avisar.
Como equipaje una maleta cargada de hielo
que dejó silencioso en la única habitación con chimenea
de aquella pequeña casa poco acostumbrada a recibir visitas.
Se instaló cómodamente, dispuesto a ofrecer su frío abrazo, a todo aquello que emanase algo de calor.
Las ingenuas brasas siguieron chisporroteando hasta percibir su aliento.
Callaron… y todo cayó por su ajeno peso.
Nadie le llamó pero apareció en la noche más oscura.
Y la oscuridad que habitaba en esa casa se convirtió en su más fiel compañera.
Cogidos de la mano, recorrieron cada una de las estancias de la casa,
Y decidieron que ése sería su lugar.
Un lugar triste y helado… un hogar.
Nunca temieron al verano, ni percibieron la primavera, el otoño era un bufón que acogían una vez al año por pura diversión.

Los vecinos del pueblo desviaban su camino para no pasar cerca de la casa por miedo a congelarse.

Nadie supo nunca cómo ocurrió, pero sí recuerdan aquella oscura y fría noche en la que el invierno llegó para quedarse.

Susana Pamies Salinas
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Perpetuidad

Sé que toca su guitarra distorsionada,
porque provoca una lluvia gótica
y el alma danza al ritmo de Lachard D' Noir
sobre plataformas estrambóticas, con su corset negro,
cabello punk de mechones blancos
y pintalabios de morados intensos.

Impresionar a tu espíritu vago, alto y endemoniado quiero.
Introducirme por los agujeros de tu campo santo anhelo.
Extraer lo maligno que recorre por tus venas púrpuras
y escudriñar tus adentros, hasta lograr el blanqueo
de tus ojeras de ángel panda enfermo.
Restar continuidad a la pasión de anticristo abyecto deseo.

Inyectarte fluidos de belladona y musgos en versos.
Activar las estrellas ambarinas
que nunca enciendes en la oscuridad del averno.
¡Darte luz y fe! ¡Qué se encandile Lucifer!
Verter todo lo macabro y algo de tus perversiones.
que contamina tu chaqueta de cuero
y oxida sus tachuelas negras.

Arrebatarte el corazón y trasplantarte uno pulcro;
porque de tanto amarte, corazones nuevos reproduzco.
Cantarte por dentro, hasta la imploración del silencio.
Manosearte intrínsecamente que ni las picaduras
de los cuervos rascarlas puedas.
Lograr la expulsión de la savia putrefacta
que reproducen los murciélagos y hongos descompuestos.

¡Qué bebas de la misma tósiga de tus lamentos!
¡Qué implores la detención del llanto de tus sauces tristes!
¡Qué frente a mi alma enardecida en tu purgatorio te arrodilles,
hasta el arrepentimiento!
¡Qué mi nombre conjurado honres
y ante el jurado pactes tu condenamiento!
¡Qué bajo las parcelas del necrópolis,
tu voz grite afónica de remordimientos!
¡Qué tus pensamientos egóticos no te gobiernen más!

Mío eres, como tu música sacra, tu voz babosa,
tu sombra ceniza y las blasfemias que vomitas.
Mío, como tu definitivo aliento y tus palabras turbias.
Mío, como la mugre de caricias que tus uñas afean
Mío, como tu tétrico y último pensamiento.
Nuestros, como el petricor de las lágrimas.
Mío, hasta el más allá de tus inmundas creencias.

Tan mío, como quien idolatra bajo la luz de las luciérnagas,
a ciertos organismos mágicos y extraños.
Tan tuya siempre será mi alma; la que espera frente al ponto,
con su vestido de viuda negro, sucio, transparente y untuoso.
Mío, la horma de tu cuerpo, hasta las próximas reencarnaciones;
porque nacerás para mí -para nosotros-las veces necesarias
y hasta mis escritos más remotos reconocerás.

Almas mielgas opacas y brillantes.
Te cantaré, te defenderé y aborrecerte no prometo.
Estarás aquí, para corromperme el alma de adoración,
con tan pocos resultados sorprendentes.
Me brindarás oscuridad para ver estrellas en los espejos;
Te surtiré de claridad para contemplar cielos abiertos.
Exprimir tu sangre para vaciarte de mí es imposible;
pues mi propia linfa te proporciona anticuerpos,
absorciona todos tus nutrientes
y procesa la información de tus recuerdos.



5 de noviembre de 2018.
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Como alma en pena III (a @Letizia)

Entonces llegué hasta los muros
de la ciudad, escapando del revés
-ese que hizo que corriera a tus pies-
sintiendo en mi garganta un nudo,

Luego de abandonar los esqueletos
y vagar por medio de los campos
rogando a Dios y todos los santos,
de mi futuro borré todo bosquejo.

Pues estaba triste y meditabundo
lejos de todo amor y sin caricias,
libre de ira, gula, odio y avaricia,
encontrándome solo en el mundo,

Donde al azar el destino me puso,
-había dejado estudios inconclusos-
y busqué en tus palabras consuelo,
¡llegué a arrastrarme por el suelo!

Y entonces fui el peor de los ilusos
pues pensaba que ya era todo tuyo:
llegué a serte fiel y amarte, incluso;
quedé prisionero, de tu amor recluso.

Pero todo mi afán fue inútil, en vano:
yo, que como un perro lamí tu mano,
busqué tu cariño en cualquier rellano,
así y todo, terminé totalmente insano.

Hoy, por el resto de mi vida encerrado
con mi cordura pendiente de un hilo
padeciendo por la noches de insomnio,
refugiado en este triste manicomio,
!qué no daría por estar aún a tu lado…!

(imagen tomada de Internet)
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11comentarios 100 lecturas versolibre karma: 125

Lo verá en sus ojos

Podía disfrutar del suave balanceo, el agua del mar estaba tibia esa tarde. Él se encontraba en medio, flotando en la inmensidad del mar, donde un roce viscoso le despierta de su idílico descanso. ¡¿será una medusa?! ¡¿Serpiente?! No lograba ver nada. ¿el lugar seguro más cercano?, el malecón, demasiado lejos… ¿estaría su vida en peligro?
Como en respuesta a sus miedos, el sol empezaba a esconderse tras unas nubes grises… Una gota, otra, poco a poco su pánico aumentaba mientras giraba para buscar la amenaza y la inesperada lluvia empezaba a dificultarlo todo.
Su piel irritada, en la pierna, se tornaba roja. No lograba ver… Desesperado, comienza a nadar hacia el malecón y algo blanco se le presenta en el agua, semejaba ser una cara blanca, casi transparente flotando a pocos centímetros de la superficie del agua…
El pánico no le dejaba respirar, cada brazada que intentaba dar, era una bocanada de aire que podía recuperar. Sus músculos empezaron a agarrotarse, y su piel, reblandecida, se tornaba morada, a cada segundo un poco más negra, como el cielo que seguía descargando su furia contra una fuerza extraña aparecida en el mar. Fuerza invisible que recibía los golpes de la lluvia intensa.
Pronto pararía la lluvia, y el agua semejaría un cristal lúcido como al comienzo de nuestra historia. Y en medio, un cuerpo blanco flota a la deriva, con marcas moradas en las extremidades. Cualquier pescador que por allí pasara podría tropezar con él, cualquiera podría girar el cuerpo y encontrarse con la cara: la viva imagen congelada del terror en sus ojos ya inertes. Como una figura dibujada en sus pupilas para siempre.
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Como alma en pena II (a @Letizia)

Mientras huía de una horrenda muerte,
por ti abandonado a mi oscura suerte,
encontreme en el camino un amuleto,
y pese a que era un espantoso objeto

Levantelo del medio del camposanto,
ese, donde de la pena y del llanto,
entre medio de lamentos, mi gemir
y de miles de esqueletos, pretendí huir.

No era tan solo una simple piedra,
ni siquiera era un trozo de tela:
era el cráneo de un pobre inocente,
uno de esos que nunca mienten...

Mas en su interior hallé una serpiente
aquella cuyo veneno es el más potente.
No era una mamba negra, ni una pitón
era la que borra de uno toda ilusión.

La que nos pone a todos de rodillas
y crece de a poco, provoca pesadillas.
Entonces seguí huyendo, a hurtadillas
y mientras caminaba, sentí un aullido

De esos que salen desde ultratumba,
cuando a toda esperanza renuncias,
pues usando tú mil y un argucias
lograste que mi alma desnudara,

Que a pesar de todo, yo te amara.
Con el tiempo jugando en mi contra
pues la noche ya era muy entrada
y allí estaba tu larga y fría sombra

En medio de cipreses y varios álamos,
tan solo pude escapar, de ti zafando,
pues donde una vez hubo amor y ternura
ahora solamente quedaba desencanto...
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Pobre mi país

Pies sangrientos de abandonados esqueletos diambulan día a día en la gran ciudad,agonizantes vivos muertos que solo esperan su hora final. de ellos comen los buitres sonrientes y embusteros,furiosos de codicia,ojos como el fuego.
Donde hubo claveles y rosas solo quedan esteros,secos como el bolsillo de la gente,flacos moribundos como su pueblo.
Ave asquerosa la del cetro,vestida con plumas de oro y toda podrida por dentro, calaverica obsesión de querer parar el tiempo,gusano sin cabeza, maloliente sin cerebro.
La oscuridad le ganó al país del gran sol,niebla tenue y olor a desesperanza,donde solo los fantasmas se alimentan del recuerdo. oidos sordos de los pueblos que cobijó en la gran guerra,se olvidaron de ella y de todo lo que les dió.
De norte a sur yo recorrí y la verdad me estremeció el alma,como te han dejado así! Pobre mi Argentina amada.
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El cadáver es bello y extraño

Un brote epidémico
de sintético arrepentimiento
ha ascendido a un carnaval
sin máscaras.

Los pájaros megalomaníacos
al final acabaron sodomizando
a todos los gatos renegados.

Una voz casual
alerta a los habitantes
del sofá cuarteado;

¡El cadáver es bello y extraño!

La cerveza es especial
pero está caliente,
en la nevera solo hay
flores inquietas por salir.

Fue ese beso de infortunio
entre los matorrales de ironía crónica
el que propagó la parada de latidos
que hervían en confusión.

En la puerta reparten
cápsulas, comprimidos,
calmantes de humo
que no necesitan prescripción.

Tengo un mortero y cartones de bingo,
si queréis preparamos un cóctel
para paliar el dolor
y de camino homenajear a su inventor.

"Doce de la noche
sigo sentado en esta escalera
cuatro chicas de negro
quieren encerrar mi vida
en una botella".
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El botón

El móvil se ilumina.
Tengo un mail.
Mira el buzón de la escalera’, dice.
Bajo intrigado a mirarlo.
Un sobre con mi nombre y un botón manchado de sangre en su interior.
Un escalofrío atraviesa mi cuerpo.
Es su forma de actuar.
El sonido de mis latidos mientras subo la escalera no me deja pensar.
Solo veo borrosas imágenes que pasan ante mí: le acompañé en el metro, tomamos una cerveza juntos, el diario abierto por las necrológicas, …
Esa carta con su macabro contenido que anuncia mi inminente muerte.
¿Por qué?
Entro en casa.
Voy a la habitación.
Ahí está, sonriendo con el botón en la mano en la oscuridad del dormitorio.
Me miro la chaqueta, ya no lo tengo.
¿Cómo lo ha podido hacer?
Estoy manchado de sangre.
Hace frío.
Ya no me veo reflejado en el espejo del dormitorio.
Ha elegido a su víctima.
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Tan Oscura como la Muerte

TAN OSCURA COMO LA MUERTE

Muertos están los recuerdos
de un amor del pasado
mientras los fantasmas caminan
entre las sombras oscuras
en un cielo tan negro como mi alma
que no puede olvidarte
mujer fatal que tanto daño me hiciste
pero a quién recuerdo
con toda el alma mía.

Se abren las tumbas del infierno
mientras aún siento el sabor de tu sangre
en mis labios.

Todavía recuerdo
cuando nos amábamos en silencio
y me comía hasta el último pedazo
de tu cuerpo y de tu alma.

Nuevamente estoy aquí
escribiendo con mis fantasmas
saboreando el sabor de tu sangre
e imaginando el olor de tu cuerpo
en esta noche
tan oscura como la muerte.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Noviembre 2018
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Enigma

El frío apuñalando todo a su paso.
Una canción estrujando
la melancólica fragancia
del cementerio.

Ella vestida de misterio
posa aburrida
para un artista sin criterio.

El lápiz suspirando por momentos.

Una hechicera danzando
en la lejanía
al compás de una melodía
perfumada de vida.

Ella mira afligida
el ir y venir
del caníbal en estampida.

El silencio acariciado todo a su paso.

Una hiena buscando
en la distancia
la extravagante elegancia
del carmín.

Ella espera el fin
para ir a descansar
a otro lúgubre jardín.

El reloj sonriendo por instantes.

Una palabra muriendo
en la lejanía
al ritmo de una sinfonía
engalanada de ternura.

Ella devora con dulzura
las entrañas del poeta
que codicia su hermosura.

¿Quién es Ella? ¿Quién es Ella?
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Beso a la muerte

Beso a la muerte
que me viene a buscar cada día,
mira de reojo mi agonía,
prepara mi final, mi partida.
Beso a la muerte la astuta y fría.

Beso a la muerte
en cada paso de mi camino,
beso a pleno y los ojos le miro,
mi lengua extiende largo lamido.
Beso a la muerte final sabido.

Beso a la muerte
que tan insinuante me provoca,
midiendo el pecho con que me topa,
húmedos labios, los de mi boca.
Beso a la muerte que a mi me toca.

Beso a la muerte...
Beso sus huesos y su herramienta,
beso su manto y su calavera,
su rugir cual canto de sirena,
porque he vivido una vida plena.

A.B.A. 2018 ©
Amalia Beatriz Arzac
Buenos Aires – Argentina
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Son trece amor ~~~

Ella dice
Que ya son trece
-trece enredándose sobre su pelo -

Y entre sus párpados
temblando va su aleteo


Dice que están por todas partes
Y qué en la colmena del pecho
cantándola
está su vuelo

Ella dice que hay huellas

O qué quizá sean pasos

Piedras
pétalos
Plumas
Espinas
Rosas rojas

Que más da
Amor ...
quizá solo sea el sendero
conduciendo hasta el suspiro
que llene el viento de ruido


O quizá ....

sea el eco silencioso de un océano
que anclado
sobre el horizonte
sostiene
ahogado
un gemido

Ella ...

Ella dice que alguien
alguien está tocando
Su piel
tus manos
el piano

Qué si no lo escuchas
Qué si no la oyes

es la canción .... amor ...

que posada en su boca
prende de fuego a sus labios

Y tú ...

tú tienes el suspiro
titilante de su faro

Y qué la noche la vence

Que las tinieblas galopan

Qué la ciegan

Qué la desnudan los pájaros

qué corras
qué te apresures
Amor...

Que la almohada está enjaulada

Y las sábanas
volando ....

@rebktd
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1 de Noviembre

Todos los días 1 de Noviembre, Ana se ponía su vestido de seda negro, medias con costuras, su abrigo de paño y sus zapatos de tacón y se iba al cementerio a pasar la mañana.
Desde que murieron sus padres, estaba sola en la vida. Nunca se casó, no tenía hermanos y solo sabía de la existencia de un hermano de su padre que se fue a vivir a México hacía muchos años. Ella solo le conocía por fotos, de cuando era joven.
Por eso, cada 1 de Noviembre se vestía de gala para hacer una visita a sus seres queridos.
No tenía amigos, apenas algunos conocidos. Era bibliotecaria, y su vida era la lectura y los largos paseos en soledad. Algunas veces pensaba que su vida no tenía mucho sentido.
Antes de salir, se miró al espejo, se abrochó el abrigo y se dijo para sí.

- Que pintas tú aquí, quizá lo mejor sería que te quedaras a vivir en el campo santo. Allí al menos están los únicos seres que te han querido.

Salió de casa con el paso tranquilo, no tenía prisa. No le importaba tardar más, si perdía un autobús ya cogería el siguiente. Al doblar una esquina vio a una mujer que vista por detrás le pareció familiar. La siguió con la mirada hasta que dobló la esquina.
Una vez en la parada del autobús, sentada esperando, al mirar de frente volvió a verla, estaba parada mirando un escaparate, pero esta vez sí se percató, de que el abrigo y las medias eran exactamente iguales a los suyos, y el peinado también.
Con una mezcla de curiosidad e incertidumbre, subió al autobús. Se sentó en el primer asiento que vio libre y no dejó de pensar en aquella mujer tan similar a ella.
Al llegar al cementerio, y bajar del autobús, lo primero que vio fue de nuevo a la mujer, pero esta vez de perfil, y no salía de su asombro al ver que efectivamente era igualita que ella.
Asustada y aturdida comenzó a correr para alcanzarla, pero en su ceguera momentánea, no vio el coche que venía a cierta velocidad, llevándosela por delante.
Quedó tendida en la calzada y vio a la mujer junto a ella que le decía en un susurro:

- Deseo cumplido, ya te quedarás en el campo santo a vivir para siempre. Cuidado con lo que deseas, algunas veces se cumple.





Hortensia Márquez



Imagen sacada de internet
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El beso de la muerte

Uno a uno, los turistas del crucero atracado en el puerto de Chetumal accedían al interior del barco. Terminaba la jornada de turismo, donde habían visitado las ruinas de Uxmal, en el estado de Quintana Roo (México), y en sus mentes aún bullían las historias de aquellos antiguos mayas devorándose en el juego de pelota, de aquellos enterramientos faraónicos que pretendían escalar hasta el cielo, historias del ciclo de la vida, historias de la muerte…. De la muerte, qué ironía.

A su entrada, los animadores les recordaban la fiesta que tendría lugar en el gran salón de espectáculos del barco, solo unas horas después, tras la cena de gala con el capitán del crucero. Todos ellos habían sido previsores, y durante sus horas en tierra por las calles de Chetumal se habían hecho con una de esas máscaras que llamaban catrinas o habían adquirido las pinturas necesarias para decorar su cara con la imagen de las famosas “calaveras garbanceras”. Solo Santos, había decidido que aquella fiesta de difuntos no iba con él, y no pensaba convertirse en un “adefesio”, como él decía, pese a la insistencia de Lydia, su flamante esposa, que estaba entusiasmada con aquella mascarada.

Apenas llevaban una semana casados y estaban disfrutando de su luna de miel en un espectacular crucero por la Riviera Maya. La vida les sonreía… ¿o no?

Tras engalanarse para la cena, el matrimonio decidió dar un breve paseo por cubierta. Hacía una noche maravillosa, iluminada con una radiante luna llena a la que escoltaban millones de brillantes estrellas. Lydia ocultaba su figura con un precioso y ceñido vestido de terciopelo, de color burdeos, con escote palabra de honor que dejaba sin aliento a cualquiera que posase su mirada en su pecho, a cada espiración de su tórax. Santos había elegido para la ocasión unos chinos de color caqui, y una vaporosa camisa de lino blanco.

Cuando se dirigían al restaurante, tras contemplar la serenidad de mar y cielo desde una cubierta iluminada por miles de luces, Santos se tuvo que poner la chaqueta de lino que llevaba en el brazo. Una ráfaga de aire le había helado la espina dorsal…

Durante la cena, que compartieron con otras dos parejas de recién casados, todos se mostraron animados. El vino hacía que los ojos de Lydia chispeasen más de lo habitual. Todos menos Santos, que no se sentía cómodo, quizás por los sutiles coqueteos de Lydia con los varones que les acompañaban en la mesa, quizás por el repentino frío que sentía. Algo en el ambiente no le gustaba.

En el instante en el que el capitán de barco elevaba su copa de champán para brindar con el pasaje y desearles una feliz estancia a bordo y un feliz viaje, el barco zarpaba del puerto.

Tras los postres y los brindis, todos se dirigieron al gran salón de espectáculos, donde ya se escuchaban los primeros acordes que entonaban los instrumentos de la orquesta. En el trayecto, algo llamó la atención de Santos. A través de los ojos de buey observó que el barco estaba envuelto en una densa niebla y apenas unas luces de emergencia daban algo de luz a la cubierta. Otra ráfaga de aire le congeló, esta vez, el corazón.

Los pasajeros ya bebían y bailaban cuando llegaron Santos y Lydia, acompañados de los dos matrimonios con los que habían compartido mesa y viandas. El ambiente era sumamente animado. El gran salón estaba decorado tétricamente para la ocasión, la popular fiesta mexicana de los difuntos, y todos ocultaban su cara con las coloridas catrinas.

Santos sentía como los ojos escondidos tras las máscaras le observaban. Incluso creía escuchar risitas y cuchicheos procedentes del hilván de los hilos que cosían la boca de esas calaveras. Ajeno a ello, Lydia seguía bebiendo, bailando y divirtiéndose. Todos, excepto Santos, lo hacían.

Al momento, uno de los cantantes de la orquesta tomó el micrófono. Debido a la gran cantidad de recién casados que se hallaban a bordo, les pensaba dedicar una romántica canción e invitaba a las felices parejas a salir a bailar a la pista. Les pedía que cuando terminase la canción se despojaran de las máscaras y se dieran un apasionado beso. Eso, les dijo, les traería felicidad y suerte en su viaje marital.

Lydia, a duras penas, consiguió arrastrar al reacio Santos a la pista de baile. Durante el danzón, mientras tomaba a Lydia de la cintura, y dejaba que ella envolviese su cuello con los brazos, sentía como cientos de lúgubres ojos negros se posaban sobre él. En el exterior, con el pasaje ajeno a ello, el barco se dirigía a la deriva, sin rumbo entre una gélida bruma, con destino a la noche eterna.

Las notas del insinuante y embriagador danzón cesaron. Lydia sonrió persuasiva. Santos la miró expectante. Con delicadeza procedió a despojar a Lydia de la catrina que cubría su cara para posar sus labios en su boca y culminar ese mencionado “beso de la felicidad”.
La cara de Santos era de espanto, palideció, su rostro tornó trémulo…, miró a uno y otro lado, a todos los pasajeros. No podía creerlo, un sentimiento de horror le invadió por completo.
Debajo de la catrina de Lydia, una fantasmal carcajada se dibujada en las mandíbulas de una verdadera calavera. Lydia estaba muerta. Todos los tripulantes del barco lo estaban.

Todos excepto Santos, que deseó estarlo también cuando la calavera de Lydia le susurró al oído…

Esta vez una ráfaga de aire le heló el alma, y el barco se perdió para siempre entre las tinieblas del mar Caribe…
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La foto

Era un día lluvioso de finales de octubre, un día gris que liquidaba los restos del calor estival. Él llamaba la atención por esa chaqueta abotonada solo por botón inferior, lo cual le resaltaba la barriga. Llevaba en la mano el periódico doblado por la página de las esquelas con el que golpeaba a la gente que se le ponía por delante.
 Era media tarde, creo. Algo antes quizá. Yo ya había hecho la compra del día y me disponía a pagarla cuando le vi saliendo del supermercado. ¡Qué raro, hace un momento parecía ir hacia el metro! Su solitaria presencia me hizo elucubrar sobre él: ¿soltero, viudo, cuidará de su madre, ...?
 Andaba yo perdido en esas cavilaciones cuando me volví a fijar en su chaqueta al pasar por el otro lado del cristal del supermercado y vi que le faltaba el botón superior. Volví a casa. Seguía lloviznando y me había olvidado el sombrero en casa. Me molestaban las gotas de agua sobre mi calva. Empezó a arreciar y paré en un bar hasta que calmase un poco.
 Estaba solo frente a la barra del oscuro bar. El camarero, de rasgos orientales, estaba atendiendo a un cliente entre las sombras. Para mi sorpresa, era él otra vez. Y volvía a llegar antes que yo, o yo parecía su sombra siempre detrás de él.
 Me sorprendió haberme encontrado tres veces en un solo día con el mismo hombre. Así que me dirigí a él y se lo expliqué. No dijo nada. Me miraba mientras se bebía una cerveza. Salió del bar y le seguí sin más, si era su sombra, pensé, es lo que tenía que hacer.
 Entró en el metro dando papirotazos a la gente con el periódico. Vio un asiento vacío y se lanzó hacia él mientras le barraba el paso con el periódico a un señor mayor que intentaba sentarse. Nadie se atrevió a decirle nada. Yo tampoco.
 Llegamos a la estación del cementerio y bajó. Le seguí en silencio. No salió a la calle. Se sentó en un banco del andén y miró una foto que sacó de su bolsillo. Era la fotografía de una mujer.

–¿Su mujer? –me atreví a preguntar.

–Hoy hace un mes se tiró a la vía del tren de esta estación y desde entonces la vida no tiene el menor sentido para mí.

 Le toqué el hombro a modo de consuelo. Me miró y sonrió. ¡Qué extraño!, pensé. El silencio se hizo incómodo. Tomé el primer metro que llegó y le dejé ahí sentado con sus recuerdos y el sonido de los truenos.
 Yo estaba nervioso y deseaba llegar a casa y sentarme ante el ordenador para desconectar. Parecía como si ninguna de las personas con las que me cruzaba me viera. Llegué al edificio, quise tomar el ascensor pero no funcionaba, subí las escaleras, la luz de la escalera tampoco funcionaba. A pesar de la tormenta, no estaba mojado. El perro del vecino aulló en cuanto pasé por el rellano. ¿Por qué?, no lo hacía nunca. Abrí la puerta. Me sobresaltó el golpe de la puerta al cerrarse. Noté algo en el ambiente. No podía precisar qué era. Entré en el dormitorio. En el espejo-puerta del armario vi el cuerpo de otro hombre sobre mi cama, pero no me vi a mi. Me asusté, el hombre abrió los ojos. Me miró y sonrió. Era él con la foto de la mujer en la mano. La miré y fue entonces cuando me di cuenta, era yo el de la foto. Me quedé mudo y al instante solté el más aterrador de los gritos cuando reconocí que no solo había desaparecido mi imagen del espejo, sino que todo yo ya era una recuerdo de lo que fui.
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