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Como alma en pena II (a @Letizia)

Mientras huía de una horrenda muerte,
por ti abandonado a mi oscura suerte,
encontreme en el camino un amuleto,
y pese a que era un espantoso objeto

Levantelo del medio del camposanto,
ese, donde de la pena y del llanto,
entre medio de lamentos, mi gemir
y de miles de esqueletos, pretendí huir.

No era tan solo una simple piedra,
ni siquiera era un trozo de tela:
era el cráneo de un pobre inocente,
uno de esos que nunca mienten...

Mas en su interior hallé una serpiente
aquella cuyo veneno es el más potente.
No era una mamba negra, ni una pitón
era la que borra de uno toda ilusión.

La que nos pone a todos de rodillas
y crece de a poco, provoca pesadillas.
Entonces seguí huyendo, a hurtadillas
y mientras caminaba, sentí un aullido

De esos que salen desde ultratumba,
cuando a toda esperanza renuncias,
pues usando tú mil y un argucias
lograste que mi alma desnudara,

Que a pesar de todo, yo te amara.
Con el tiempo jugando en mi contra
pues la noche ya era muy entrada
y allí estaba tu larga y fría sombra

En medio de cipreses y varios álamos,
tan solo pude escapar, de ti zafando,
pues donde una vez hubo amor y ternura
ahora solamente quedaba desencanto...
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Pobre mi país

Pies sangrientos de abandonados esqueletos diambulan día a día en la gran ciudad,agonizantes vivos muertos que solo esperan su hora final. de ellos comen los buitres sonrientes y embusteros,furiosos de codicia,ojos como el fuego.
Donde hubo claveles y rosas solo quedan esteros,secos como el bolsillo de la gente,flacos moribundos como su pueblo.
Ave asquerosa la del cetro,vestida con plumas de oro y toda podrida por dentro, calaverica obsesión de querer parar el tiempo,gusano sin cabeza, maloliente sin cerebro.
La oscuridad le ganó al país del gran sol,niebla tenue y olor a desesperanza,donde solo los fantasmas se alimentan del recuerdo. oidos sordos de los pueblos que cobijó en la gran guerra,se olvidaron de ella y de todo lo que les dió.
De norte a sur yo recorrí y la verdad me estremeció el alma,como te han dejado así! Pobre mi Argentina amada.
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El cadáver es bello y extraño

Un brote epidémico
de sintético arrepentimiento
ha ascendido a un carnaval
sin máscaras.

Los pájaros megalomaníacos
al final acabaron sodomizando
a todos los gatos renegados.

Una voz casual
alerta a los habitantes
del sofá cuarteado;

¡El cadáver es bello y extraño!

La cerveza es especial
pero está caliente,
en la nevera solo hay
flores inquietas por salir.

Fue ese beso de infortunio
entre los matorrales de ironía crónica
el que propagó la parada de latidos
que hervían en confusión.

En la puerta reparten
cápsulas, comprimidos,
calmantes de humo
que no necesitan prescripción.

Tengo un mortero y cartones de bingo,
si queréis preparamos un cóctel
para paliar el dolor
y de camino homenajear a su inventor.

"Doce de la noche
sigo sentado en esta escalera
cuatro chicas de negro
quieren encerrar mi vida
en una botella".
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El botón

El móvil se ilumina.
Tengo un mail.
Mira el buzón de la escalera’, dice.
Bajo intrigado a mirarlo.
Un sobre con mi nombre y un botón manchado de sangre en su interior.
Un escalofrío atraviesa mi cuerpo.
Es su forma de actuar.
El sonido de mis latidos mientras subo la escalera no me deja pensar.
Solo veo borrosas imágenes que pasan ante mí: le acompañé en el metro, tomamos una cerveza juntos, el diario abierto por las necrológicas, …
Esa carta con su macabro contenido que anuncia mi inminente muerte.
¿Por qué?
Entro en casa.
Voy a la habitación.
Ahí está, sonriendo con el botón en la mano en la oscuridad del dormitorio.
Me miro la chaqueta, ya no lo tengo.
¿Cómo lo ha podido hacer?
Estoy manchado de sangre.
Hace frío.
Ya no me veo reflejado en el espejo del dormitorio.
Ha elegido a su víctima.
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Tan Oscura como la Muerte

TAN OSCURA COMO LA MUERTE

Muertos están los recuerdos
de un amor del pasado
mientras los fantasmas caminan
entre las sombras oscuras
en un cielo tan negro como mi alma
que no puede olvidarte
mujer fatal que tanto daño me hiciste
pero a quién recuerdo
con toda el alma mía.

Se abren las tumbas del infierno
mientras aún siento el sabor de tu sangre
en mis labios.

Todavía recuerdo
cuando nos amábamos en silencio
y me comía hasta el último pedazo
de tu cuerpo y de tu alma.

Nuevamente estoy aquí
escribiendo con mis fantasmas
saboreando el sabor de tu sangre
e imaginando el olor de tu cuerpo
en esta noche
tan oscura como la muerte.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Noviembre 2018
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Enigma

El frío apuñalando todo a su paso.
Una canción estrujando
la melancólica fragancia
del cementerio.

Ella vestida de misterio
posa aburrida
para un artista sin criterio.

El lápiz suspirando por momentos.

Una hechicera danzando
en la lejanía
al compás de una melodía
perfumada de vida.

Ella mira afligida
el ir y venir
del caníbal en estampida.

El silencio acariciado todo a su paso.

Una hiena buscando
en la distancia
la extravagante elegancia
del carmín.

Ella espera el fin
para ir a descansar
a otro lúgubre jardín.

El reloj sonriendo por instantes.

Una palabra muriendo
en la lejanía
al ritmo de una sinfonía
engalanada de ternura.

Ella devora con dulzura
las entrañas del poeta
que codicia su hermosura.

¿Quién es Ella? ¿Quién es Ella?
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Beso a la muerte

Beso a la muerte
que me viene a buscar cada día,
mira de reojo mi agonía,
prepara mi final, mi partida.
Beso a la muerte la astuta y fría.

Beso a la muerte
en cada paso de mi camino,
beso a pleno y los ojos le miro,
mi lengua extiende largo lamido.
Beso a la muerte final sabido.

Beso a la muerte
que tan insinuante me provoca,
midiendo el pecho con que me topa,
húmedos labios, los de mi boca.
Beso a la muerte que a mi me toca.

Beso a la muerte...
Beso sus huesos y su herramienta,
beso su manto y su calavera,
su rugir cual canto de sirena,
porque he vivido una vida plena.

A.B.A. 2018 ©
Amalia Beatriz Arzac
Buenos Aires – Argentina
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Son trece amor ~~~

Ella dice
Que ya son trece
-trece enredándose sobre su pelo -

Y entre sus párpados
temblando va su aleteo


Dice que están por todas partes
Y qué en la colmena del pecho
cantándola
está su vuelo

Ella dice que hay huellas

O qué quizá sean pasos

Piedras
pétalos
Plumas
Espinas
Rosas rojas

Que más da
Amor ...
quizá solo sea el sendero
conduciendo hasta el suspiro
que llene el viento de ruido


O quizá ....

sea el eco silencioso de un océano
que anclado
sobre el horizonte
sostiene
ahogado
un gemido

Ella ...

Ella dice que alguien
alguien está tocando
Su piel
tus manos
el piano

Qué si no lo escuchas
Qué si no la oyes

es la canción .... amor ...

que posada en su boca
prende de fuego a sus labios

Y tú ...

tú tienes el suspiro
titilante de su faro

Y qué la noche la vence

Que las tinieblas galopan

Qué la ciegan

Qué la desnudan los pájaros

qué corras
qué te apresures
Amor...

Que la almohada está enjaulada

Y las sábanas
volando ....

@rebktd
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1 de Noviembre

Todos los días 1 de Noviembre, Ana se ponía su vestido de seda negro, medias con costuras, su abrigo de paño y sus zapatos de tacón y se iba al cementerio a pasar la mañana.
Desde que murieron sus padres, estaba sola en la vida. Nunca se casó, no tenía hermanos y solo sabía de la existencia de un hermano de su padre que se fue a vivir a México hacía muchos años. Ella solo le conocía por fotos, de cuando era joven.
Por eso, cada 1 de Noviembre se vestía de gala para hacer una visita a sus seres queridos.
No tenía amigos, apenas algunos conocidos. Era bibliotecaria, y su vida era la lectura y los largos paseos en soledad. Algunas veces pensaba que su vida no tenía mucho sentido.
Antes de salir, se miró al espejo, se abrochó el abrigo y se dijo para sí.

- Que pintas tú aquí, quizá lo mejor sería que te quedaras a vivir en el campo santo. Allí al menos están los únicos seres que te han querido.

Salió de casa con el paso tranquilo, no tenía prisa. No le importaba tardar más, si perdía un autobús ya cogería el siguiente. Al doblar una esquina vio a una mujer que vista por detrás le pareció familiar. La siguió con la mirada hasta que dobló la esquina.
Una vez en la parada del autobús, sentada esperando, al mirar de frente volvió a verla, estaba parada mirando un escaparate, pero esta vez sí se percató, de que el abrigo y las medias eran exactamente iguales a los suyos, y el peinado también.
Con una mezcla de curiosidad e incertidumbre, subió al autobús. Se sentó en el primer asiento que vio libre y no dejó de pensar en aquella mujer tan similar a ella.
Al llegar al cementerio, y bajar del autobús, lo primero que vio fue de nuevo a la mujer, pero esta vez de perfil, y no salía de su asombro al ver que efectivamente era igualita que ella.
Asustada y aturdida comenzó a correr para alcanzarla, pero en su ceguera momentánea, no vio el coche que venía a cierta velocidad, llevándosela por delante.
Quedó tendida en la calzada y vio a la mujer junto a ella que le decía en un susurro:

- Deseo cumplido, ya te quedarás en el campo santo a vivir para siempre. Cuidado con lo que deseas, algunas veces se cumple.





Hortensia Márquez



Imagen sacada de internet
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El beso de la muerte

Uno a uno, los turistas del crucero atracado en el puerto de Chetumal accedían al interior del barco. Terminaba la jornada de turismo, donde habían visitado las ruinas de Uxmal, en el estado de Quintana Roo (México), y en sus mentes aún bullían las historias de aquellos antiguos mayas devorándose en el juego de pelota, de aquellos enterramientos faraónicos que pretendían escalar hasta el cielo, historias del ciclo de la vida, historias de la muerte…. De la muerte, qué ironía.

A su entrada, los animadores les recordaban la fiesta que tendría lugar en el gran salón de espectáculos del barco, solo unas horas después, tras la cena de gala con el capitán del crucero. Todos ellos habían sido previsores, y durante sus horas en tierra por las calles de Chetumal se habían hecho con una de esas máscaras que llamaban catrinas o habían adquirido las pinturas necesarias para decorar su cara con la imagen de las famosas “calaveras garbanceras”. Solo Santos, había decidido que aquella fiesta de difuntos no iba con él, y no pensaba convertirse en un “adefesio”, como él decía, pese a la insistencia de Lydia, su flamante esposa, que estaba entusiasmada con aquella mascarada.

Apenas llevaban una semana casados y estaban disfrutando de su luna de miel en un espectacular crucero por la Riviera Maya. La vida les sonreía… ¿o no?

Tras engalanarse para la cena, el matrimonio decidió dar un breve paseo por cubierta. Hacía una noche maravillosa, iluminada con una radiante luna llena a la que escoltaban millones de brillantes estrellas. Lydia ocultaba su figura con un precioso y ceñido vestido de terciopelo, de color burdeos, con escote palabra de honor que dejaba sin aliento a cualquiera que posase su mirada en su pecho, a cada espiración de su tórax. Santos había elegido para la ocasión unos chinos de color caqui, y una vaporosa camisa de lino blanco.

Cuando se dirigían al restaurante, tras contemplar la serenidad de mar y cielo desde una cubierta iluminada por miles de luces, Santos se tuvo que poner la chaqueta de lino que llevaba en el brazo. Una ráfaga de aire le había helado la espina dorsal…

Durante la cena, que compartieron con otras dos parejas de recién casados, todos se mostraron animados. El vino hacía que los ojos de Lydia chispeasen más de lo habitual. Todos menos Santos, que no se sentía cómodo, quizás por los sutiles coqueteos de Lydia con los varones que les acompañaban en la mesa, quizás por el repentino frío que sentía. Algo en el ambiente no le gustaba.

En el instante en el que el capitán de barco elevaba su copa de champán para brindar con el pasaje y desearles una feliz estancia a bordo y un feliz viaje, el barco zarpaba del puerto.

Tras los postres y los brindis, todos se dirigieron al gran salón de espectáculos, donde ya se escuchaban los primeros acordes que entonaban los instrumentos de la orquesta. En el trayecto, algo llamó la atención de Santos. A través de los ojos de buey observó que el barco estaba envuelto en una densa niebla y apenas unas luces de emergencia daban algo de luz a la cubierta. Otra ráfaga de aire le congeló, esta vez, el corazón.

Los pasajeros ya bebían y bailaban cuando llegaron Santos y Lydia, acompañados de los dos matrimonios con los que habían compartido mesa y viandas. El ambiente era sumamente animado. El gran salón estaba decorado tétricamente para la ocasión, la popular fiesta mexicana de los difuntos, y todos ocultaban su cara con las coloridas catrinas.

Santos sentía como los ojos escondidos tras las máscaras le observaban. Incluso creía escuchar risitas y cuchicheos procedentes del hilván de los hilos que cosían la boca de esas calaveras. Ajeno a ello, Lydia seguía bebiendo, bailando y divirtiéndose. Todos, excepto Santos, lo hacían.

Al momento, uno de los cantantes de la orquesta tomó el micrófono. Debido a la gran cantidad de recién casados que se hallaban a bordo, les pensaba dedicar una romántica canción e invitaba a las felices parejas a salir a bailar a la pista. Les pedía que cuando terminase la canción se despojaran de las máscaras y se dieran un apasionado beso. Eso, les dijo, les traería felicidad y suerte en su viaje marital.

Lydia, a duras penas, consiguió arrastrar al reacio Santos a la pista de baile. Durante el danzón, mientras tomaba a Lydia de la cintura, y dejaba que ella envolviese su cuello con los brazos, sentía como cientos de lúgubres ojos negros se posaban sobre él. En el exterior, con el pasaje ajeno a ello, el barco se dirigía a la deriva, sin rumbo entre una gélida bruma, con destino a la noche eterna.

Las notas del insinuante y embriagador danzón cesaron. Lydia sonrió persuasiva. Santos la miró expectante. Con delicadeza procedió a despojar a Lydia de la catrina que cubría su cara para posar sus labios en su boca y culminar ese mencionado “beso de la felicidad”.
La cara de Santos era de espanto, palideció, su rostro tornó trémulo…, miró a uno y otro lado, a todos los pasajeros. No podía creerlo, un sentimiento de horror le invadió por completo.
Debajo de la catrina de Lydia, una fantasmal carcajada se dibujada en las mandíbulas de una verdadera calavera. Lydia estaba muerta. Todos los tripulantes del barco lo estaban.

Todos excepto Santos, que deseó estarlo también cuando la calavera de Lydia le susurró al oído…

Esta vez una ráfaga de aire le heló el alma, y el barco se perdió para siempre entre las tinieblas del mar Caribe…
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La foto

Era un día lluvioso de finales de octubre, un día gris que liquidaba los restos del calor estival. Él llamaba la atención por esa chaqueta abotonada solo por botón inferior, lo cual le resaltaba la barriga. Llevaba en la mano el periódico doblado por la página de las esquelas con el que golpeaba a la gente que se le ponía por delante.
 Era media tarde, creo. Algo antes quizá. Yo ya había hecho la compra del día y me disponía a pagarla cuando le vi saliendo del supermercado. ¡Qué raro, hace un momento parecía ir hacia el metro! Su solitaria presencia me hizo elucubrar sobre él: ¿soltero, viudo, cuidará de su madre, ...?
 Andaba yo perdido en esas cavilaciones cuando me volví a fijar en su chaqueta al pasar por el otro lado del cristal del supermercado y vi que le faltaba el botón superior. Volví a casa. Seguía lloviznando y me había olvidado el sombrero en casa. Me molestaban las gotas de agua sobre mi calva. Empezó a arreciar y paré en un bar hasta que calmase un poco.
 Estaba solo frente a la barra del oscuro bar. El camarero, de rasgos orientales, estaba atendiendo a un cliente entre las sombras. Para mi sorpresa, era él otra vez. Y volvía a llegar antes que yo, o yo parecía su sombra siempre detrás de él.
 Me sorprendió haberme encontrado tres veces en un solo día con el mismo hombre. Así que me dirigí a él y se lo expliqué. No dijo nada. Me miraba mientras se bebía una cerveza. Salió del bar y le seguí sin más, si era su sombra, pensé, es lo que tenía que hacer.
 Entró en el metro dando papirotazos a la gente con el periódico. Vio un asiento vacío y se lanzó hacia él mientras le barraba el paso con el periódico a un señor mayor que intentaba sentarse. Nadie se atrevió a decirle nada. Yo tampoco.
 Llegamos a la estación del cementerio y bajó. Le seguí en silencio. No salió a la calle. Se sentó en un banco del andén y miró una foto que sacó de su bolsillo. Era la fotografía de una mujer.

–¿Su mujer? –me atreví a preguntar.

–Hoy hace un mes se tiró a la vía del tren de esta estación y desde entonces la vida no tiene el menor sentido para mí.

 Le toqué el hombro a modo de consuelo. Me miró y sonrió. ¡Qué extraño!, pensé. El silencio se hizo incómodo. Tomé el primer metro que llegó y le dejé ahí sentado con sus recuerdos y el sonido de los truenos.
 Yo estaba nervioso y deseaba llegar a casa y sentarme ante el ordenador para desconectar. Parecía como si ninguna de las personas con las que me cruzaba me viera. Llegué al edificio, quise tomar el ascensor pero no funcionaba, subí las escaleras, la luz de la escalera tampoco funcionaba. A pesar de la tormenta, no estaba mojado. El perro del vecino aulló en cuanto pasé por el rellano. ¿Por qué?, no lo hacía nunca. Abrí la puerta. Me sobresaltó el golpe de la puerta al cerrarse. Noté algo en el ambiente. No podía precisar qué era. Entré en el dormitorio. En el espejo-puerta del armario vi el cuerpo de otro hombre sobre mi cama, pero no me vi a mi. Me asusté, el hombre abrió los ojos. Me miró y sonrió. Era él con la foto de la mujer en la mano. La miré y fue entonces cuando me di cuenta, era yo el de la foto. Me quedé mudo y al instante solté el más aterrador de los gritos cuando reconocí que no solo había desaparecido mi imagen del espejo, sino que todo yo ya era una recuerdo de lo que fui.
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El silbido

Un silbido se oía a lo lejos, como llamando a alguien o algo.

Las risas en el campamento cesaron, estaban todos inmóviles, no debería haber nadie más en aquel pedazo de tierra olvidada por los dioses.

El fuego de la higuera ardía y soltaba chispas al ritmo de las anécdotas sobre lo paranormal.

Damián era el único que no hablaba, se limitaba a escuchar y comer sus caramelos mientras observaba el fuego fijamente.

Ahora permanecían todos en silencio, escuchando. El silbido no parecía venir de un lugar, sino de todos al mismo tiempo.

Damián dejo los caramelos a un lado, sin despegar los ojos del fuego, se levantó y comenzó a entrar en aquel bosqueel silbido se intensificaba y el fuego ardía y crepitaba con más violencia, se oían risas y gritos y el constante e incansable silbido.

Nadie pudo detener aadamian de entrar en el bosque, nadie volvió a ver a Damián, nadie supo que pasó aquella noche.

Nadie sabe que a la madrugada si miras directo al fuego puedes ver a Damián aún silbando aquella melodía, mientras camina por el sin fin del bosque.

Nadie sabe que si comienzo a silbar, el la continuará...
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Lo verá en sus ojos

Podía disfrutar del suave balanceo, el agua del mar estaba tibia esa tarde. Él se encontraba en medio, flotando en la inmensidad del mar, donde un roce viscoso le despierta de su idílico descanso. ¡¿será una medusa?! ¡¿Serpiente?! No lograba ver nada. ¿el lugar seguro más cercano?, el malecón, demasiado lejos… ¿estaría su vida en peligro?
Como en respuesta a sus miedos, el sol empezaba a esconderse tras unas nubes grises… Una gota, otra, poco a poco su pánico aumentaba mientras giraba para buscar la amenaza y la inesperada lluvia empezaba a dificultarlo todo.
Su piel irritada, en la pierna, se tornaba roja. No lograba ver… Desesperado, comienza a nadar hacia el malecón y algo blanco se le presenta en el agua, semejaba ser una cara blanca, casi transparente flotando a pocos centímetros de la superficie del agua…
El pánico no le dejaba respirar, cada brazada que intentaba dar, era una bocanada de aire que podía recuperar. Sus músculos empezaron a agarrotarse, y su piel, reblandecida, se tornaba morada, a cada segundo un poco más negra, como el cielo que seguía descargando su furia contra una fuerza extraña aparecida en el mar. Fuerza invisible que recibía los golpes de la lluvia intensa.
Pronto pararía la lluvia, y el agua semejaría un cristal lúcido como al comienzo de nuestra historia. Y en medio, un cuerpo blanco flota a la deriva, con marcas moradas en las extremidades. Cualquier pescador que por allí pasara podría tropezar con él, cualquiera podría girar el cuerpo y encontrarse con la cara: la viva imagen congelada del terror en sus ojos ya inertes. Como una figura dibujada en sus pupilas para siempre.
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La casa de los rostros perdidos...

La casa de los rostros perdidos
palacio solariego de jardines colgantes
esferas de luces brillantes
con gárgolas medievales apunto de balbucear
adornaban toda la entrada sur principal.

Cada día conmemorativo los lugareños
y jefes de gobierno del Paris aristocrático
se acercaban y disfrutaban
de la mejor vista del campo
las grandes fuentes, jardines colmados
de rosas y estatuas al estilo greco romano
miraban el cielo en actitud desafiante
época esplendorosa
de las clases sociales alta.

Todo ese pasado quedó grabado en las rocas,
piedras silbantes, en los agreste arboles
abedules y cedros, en los anillos de metal
con olor a Jazmín, cortinas
y mosquiteros del gran salón.

Hoy la gran casona muestra su hastió,
la mascara oculta del silencio
lo cubre todo. Las enredaderas
alcanzan hasta el último aposento
y la alcoba nupcial todavía se escuchan
los espejos vítreos y gritos trinar.

Los amantes secretos envueltos en la infidelidad
fueron alcanzados por un rayo infernal,
pólvora humeante, maléfico y perverso fuego.
Aquellos amantes que se juraron amor eterno
traicionando la alcoba real y los faustos deseos,
no contaban que una tornasolada luz,
fosforescencia salvaje,
les iba descalabrar sus huesos
y retumbó perforando las entrañas
del deseo prohibido.

Y las paredes fueron salpicadas
por la herrumbre del tiempo.
Los amantes quedaron desnudos
en medio del tormento
con su rostro a medio sonreír.
Fue un escarnio amarse así
todo el Paris comentó.

La casa esta ahí, en ese rincón
hogar de leyendas,
quienes han osado entrar
comentan que se escucha
un sosegado eco de ultratumba ))))

(Possédez-moi, ayez-moi tous.
Ayant mes tissus et mes lunes pleines)
(Poséeme, tenerme toda.
Tener mis tejidos y mis lunas llenas)

Y luego de esas frases cargadas de pasión
se escucha un hipar agonizante
que punza y taladra los oídos.
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y cerré sus ojos

el grito ardió en el aliento
cicatrices vivas, sentimientos muertos
era el final del camino,
ángeles de piedra
una sombra en la niebla
y pasos de nadie resonando por dentro
cada vez más fríos,
      cada vez más lejos

en un ruego postrero
de mi mísera voz
la muerte del sueño
rodeó mi cintura
y mi cuerpo tembló
      en un rayo de luna;
mientras, un suspiro
sentado en mis huesos
lloraba un adagio
en tono menor

y en ese susurro
parecía decir
deja mis ojos abiertos,
que yo aún estoy aquí,
que yo no estoy muerto


pero todo era silencio
pero no le pude oír

  y los párpados cayeron
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La esperanza llora afligida

En un lugar perdido
la esperanza fue recluida por las huestes del mal
llegó amordazada por una falange
de oscuro andar
catervas sombras le aguijonean
sus membranas y alones.
Su garganta rota palidece
sus lágrimas caen como cascadas
envueltas en escarchas
por los sollozos suplicios.

El sol extraviado bajo el fulgor de las sombra
me persigue
viajo en cuerpo astral
en medio de una brumosa neblina
dejando pasar su estela
y la caratula verde del bosque
se torna amarilla
como un ocre otoñal
y muestra la puerta de un alcázar
en forma de castillo medieval.

Una alfombra morado purpura
se extiende mostrando el palacio del averno
estoy en una isla perdida en medio del océano
custodiado por gigantes tártaros  
tan grandes como los molinos de viento.
entro por el reojo de un círculo eterno
fundido por las olas del mar que oscurece en invierno
y me confundí entre los extraños monstruos del corredor
que conduce a una puerta
cuyas bisagras rechinan.

De repente duendes con ropas antiguas,
y barbas garladas, unicornios azules,
y luciérnagas parlantes
me acompañan, que suerte la mía
y me conducen por pasajes oscuros
hasta llegar a un inmenso círculo
y la veo encima de rocas
y cuarzos brillantes.
La esperanza llora afligida.

Y le pregunto…El por qué de su sufrimiento?
y me dice con voz trémula...
Estoy triste…
el hombre de la ciudad
vive confundido, prisionero
de su propia historia.
El ego, el miedo y los falsos dogmas
lo someten,
viven enclaustrados
en barrotes de hierro
y el ego que es tan antiguo como yo...

Guarda en su alforja diamantina
la llave del encierro.
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"Olvidos perpetuos"

La noche tomó un color cobrizo...
y por los oscuros y fríos pasadizos,
de una olvidada catedral de siglos
pasados, brotaban gritos de ultratumba

que erizaban cada filamento de la
luna, que observaba con ojos
Titilantes, los escarnios de esos cuerpos
Transparentes, sumergidos en
Pantanos fangosos, de siniestros olvidos

Olvidos eternos que no les permiten
Un descanso en paz condenándolos
A vagar en las noches de niebla intensa
Y de olvidos tenebrosamente perpetuos.
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¿Quién soy?

Soy la sombra que camina al borde del abismo.
La otra cara, el lado oscuro que siempre va contigo.
Agazapado en tu corazón, allí es donde vivo.
En tus negras pesadillas es cuando respiro.

De lo puro, de lo blanco, yo soy fugitivo.
Azote de los hombres, mueren y matan conmigo.
En fosas llenas de cadáveres, en hospitales con niños heridos.
En los charcos de sangre dejados por un asesino.
En las guerras entre hermanos padres e hijos.
Ahí, es cuando yo, yo gano sentido.

En las oscuras noches de luna llena
una luz mortecina y serena,
las tumbas de los muertos blanquea.
Mientras los buenos en silencio se pasean.
Los malos, hacen danzas, volteretas y gorjean
Ahí es cuando la alegría rompe mis cadenas.
Las almas de los malos me veneran
soy el amo, el alma de la fiesta.

A lo largo de tu vida te acompaño aunque no quieras
Cuando asesinas, odias o peleas
Cuando niños inocentes mueren de hambre,
trabajando de sol a sol o en una guerra.
Cuando solo por ser mujer, los hombres te apalean.

Ya sabes quién soy, seguro que en mi piensas
Soy la otra cara de la misma moneda,
soy el lado oscuro de la cara buena.
Desde que el hombre es hombre existo.
Siempre al otro lado del bien, soy un fugitivo.
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Ángel gélido

El día se desanudaba su faja amarillenta, y se tornaba gris, hacia fresco, los árboles ejecutaban bruscos movimientos de brazos, despidiendo a sus hojas.
La lluvia laceraba la tierra, húmedeciendo su dolor, se esbozaban vínculos de horquillas tristes en noche sin estrellas, llena de jeroglíficos de pesadas ruecas mármoleas desdentadas de amplia estrechez y de olor ajado y gris. Aullaba el gélido aliento de un vendaval de caprichosas penumbras, ráfagas de tormentas, se deslizaban sobre la orilla de mi cama, y yo sólo veia el brillo tenue cadente del eco, sin reflejos, cruzando los cristales de mi dolor.
Parpadeaba el abismo de brumas purpúreas, sedientas de malos augurios, y me llené de mares desolados con su sal desparramada, y a lo lejos, tañidos vespertinos que quedaron grabados en una sinfonía de Beethoven.
La humedad apenas calaba ya mis miedos, y en mi almohada anidaban rosas mojadas en rojo carmín.
Me perdí entre estrofas carentes de puntuación, y volé hacia el umbral de tu poesía, el vaso de agua a medio beber, mi garganta herida, tan dulce, tan amarga, y mientras, mi conciencia me apuñalada, una y otra vez, creando dudas de sombras al azar y me ataba a mi frente acidulada un estigma de pasión y tristeza.
Solo necesitaba morir, porque este mundo me parecía inexplicable y vacío sin tí, y me hundo, en humo inexplicable y secreto, lleno de apariciones nocturnas recorriendo mis pasillos de falsas puertas, y observo horrorizada, los espectros con sus ojos sin fondo, con sus ráfagas atormentadas, que se deslizan sobre mis labios y extorsionan mis lágrimas.
Y si las luces y sombras apagaran mi corazón aletargado?
Sólo quedaría unos ojos midriáticos mirando hacia tu mar y recostados en tu arena.
Corazón de mármol donde se acurrucaban mis besos para unirse a tu boca, y me llaman pidiéndome atravesar el mar, para unirme a tu ola, y volar sobre flores de eternas sonrisas.
Ángel gélido, que tocas con suave golpe mi puerta, y sellas con quietud barbuceos de palabras con sus huecos de ébano, cristalizando mi pecho, y embalsamando todos mis días.
Entre los eclipses del cruce de dos rosas rojas, llenas de besos, amanecieron desperdigados sobre el suelo, un folio, una pluma y un corazón, con la palabra " Te quiero".

Ángeles Torres
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A lo lejos los pájaros cantan

En la quietud de un instante
la tierra oscura trae un maleficio
lento y sediento es el odio
en su reflejo de un torrente que abruma.

Aire sin viento
contaminado por alabanzas falsas
de un profeta maldito
que con la mirada ciega toca.

Ante la sombra fría
siempre la esperanza entibia a la bruma,
las espinas son duras
bosque nocturno en su espesura.

Corro hacia los árboles
en su altura escaló en sus follajes
quiero alzar la vista y contemplarte
esperanza que alienta el pensamiento.

A lo lejos los pájaros cantan
lo sé, alzó los ojos ante el silencio
la rama no se quiebra, mantiene mi cuerpo.

Tal vez tu vida es una mentira
te has acostumbrado a ella,
nadie te engaña de ello
el mundo está hechizado de todas ellas.

Oscura es la ceniza de tus recuerdos
en tu tiniebla lavaron sus penas
el silencio se hunde en mil palabras
remordiendo mi conciencia que de ti solo escapa.


El Mute.
31/10/2018
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