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Una brisa y un viento..

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~ Dos amores para recordar tres versos de un cuento… ~

Fue él dijo ella, fue ella siempre afirmó él, y a ninguno le importaba tener la razón por verdad, porque la verdad es que fue el mismo destino que los cruzó en el camino y sentó, cruel y morboso a mirar…

Un amor, el más grande de los dos, el imposible de olvidar, tan fuerte como frágil, una brisa juguetona, un día de tormenta y sin paraguas, los hizo caer en sus charcos, y el frío sin calma los hizo separar…
Ninguno pudo, ninguno supo, explicar, pedir perdón, mucho menos olvidar aquél
amor que de un mismo latido, tan fuerte, tan frágil, se escapó del corazón por una brisa en tacones, cuando un viento susurró…
Fué él, fue ella, y el destino sentado nunca quiso opinar… #microcuento


soundcloud.com/lola-bracco/dos-amores-para-recordar-tres (Lola)

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Bisagras

De las puertas admiro y aprecio las bisagras —antes que el cerrojo— Existe detrás de ellas, una maravilla involucrada en la buena voluntad y envuelta en la naturaleza existencial de la libertad, un don de dualidad concebida en un espíritu hospitalario y tolerante donde el árbol de la confianza echa raíces extendidas a un plácido territorio compasivo y generoso, donde albergamos la bienvenida como contrapeso a la tristeza implícita en una despedida.
Mientras que en la cerradura; abreviamos el alto grado de sumisión al miedo, es un resumen de la depravación del hombre, un reducto de la corrupción intentando ocultarse tras la presunta privacidad de toda propiedad. Es el principio de todo confinamiento, quizás el más expedito instrumento para coartar la libertad y el cómplice más eficaz que tiene la mentira para vestirse con el traje de secreto.
De todos los objetos inanimados inventados por el homo sapiens, ninguno suele sintetizar con mayor exactitud la propensión al celo y al egoísmo.
Estas impresiones se posaron en mi cabeza un frió invierno en que perdí las llaves, es posible que cambie mi percepción sobre las bisagras, el día que pise mis dedos con una puerta.
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Cuentan...

Cuentan que fue en una noche
de brillos y gatos pardos,
como sus ojos felinos,
ardientes e interesados.

Ella fue quien se acercó
a mí, que estaba borracho
en una barra de bar
de otro pueblo no lejano.

Cuentan que al salir de allí
fue el momento de besarnos,
cuando el rumor de la música
era un murmullo apagado.

Cuentan que con el calor
de esa noche de verano
y los roces y caricias
ambos nos fuimos quemando.

Cuentan que una luz de luna
en el cosmos estrellado
perfilaba los contornos
de dos cuerpos despojados
de la ropa y la prudencia,
acostados en el campo,
exhaustos y sudorosos
amándose sin reparo.

Cuentan que la luz del alba
vio una figura de infarto
la de aquella chica anónima
que gemía entre mis brazos.

Nos vimos una vez más,
en la platea de un teatro,
ella en patio de butacas,
yo subido al escenario.

Cuentan que ella me miraba,
yo, que miraba a otro lado,
y que al girarme de nuevo
los ojos no se encontraron.

Cuando terminó la escena
todo lo había olvidado,
y el recuerdo de esa noche
lo cuentan hoy otros bardos.
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Tomate Negro: Estampas Inolvidables de Barrio

Un sábado soleado, nos permitía patear el balón hasta lo más próximo al siempre hermético portal, donde esperábamos, que un envalentonado empujón lo colocara en el fondo de la red donde anidaba el triunfo. Triunfo por demás fútil, pero esperanzador. Especialmente para los que perdíamos todo antes de comenzar a jugar; todo: menos ese raro estado anímico que conocemos como buen humor.
Después del partido, indistintamente del resultado, quedaba tiempo y energía para chasquear las cuerdas de una disonante guitarra. El borde de las aceras era buen lugar para posarse a emular las aventuras que condujeron a muchos trovadores populares a fases máximas de gloria, despertando en las muchedumbres unas pasiones desbordadas, al pulso de versos diáfanos y articulados oportunamente, con unos acordes magnetizables por los gustos mas silvestres de una audiencia varia e impróvida. Luego, en el preludio de las sombras nocturnas, nos adentrábamos en las calles (Zurita y yo), abriéndonos paso entre gente que venía y que iba, confundiéndonos —guitarra al hombro— con borrachines y vendedores ambulantes.
Así arribábamos a los puestos de fritangas que preceden al terminal de pasajeros, antes de abordar el autobús a casa, ese sábado, saciamos el hambre (Zurita y yo) con una porción colosal de chorizos, morcillas, chinchurrias y hallaquitas refritas, en un puesto que asertivamente alguien llamó: La Fiesta del Colesterol.
El autobús durante su recorrido, sirvió de escenario para entonar dos canciones que ya habíamos cantado antes en la acera, pero esta vez más desafinados y accidentados, por: «el efecto de las reacciones inerciales de un cuerpo en movimiento, cuando interactúa con otro cuerpo fijo dentro de su misma masa».
Al escuchar este argumento, un hombre mayor que viajaba como pasajero en el primer asiento del autobús, refuto, con algo de gracia mi teoría, aduciendo entre una sarcástica sonrisa— busquen mañana en la parada donde subieron, a ver si se les cayó el oído rítmico.
Minutos después, cruzábamos el cordón de miseria que marginaba nuestro barrio del mundo donde se preconiza la fantasía bajo la sombrilla del arte; de vuelta a la realidad, el barrio nos abría sus brazos como un abuelo huesudo, mostrando en sus costillas, una turbada arquitectura de casas esqueléticas a medio construir de donde salían olores de un desconcierto humano tratando de equilibrarse en los sudores secos que deja el viento vespertino, una tenue esperanza se aferraba antagónicamente a las notas de un acordeón, acompañando los versos de un vallenato, cuyo cantor formulaba las armonías del resentimiento que algún juglar anónimo engendrara en amores fallidos .Los guapetones, persistían en su acérrimo deambular por las esquinas quemando el tiempo a mansalva y los perros nos escoltaban meneando la cola como poseídos por espíritus querendones, ahogando sus ladridos, en un reconocimiento de pertenencia subyacente en el sincretismo de nuestros pasos con el lugar (o simplemente porque percibían el olor a chorizo en nuestras ropas) .
El final del camino de tierra consabido y almagre, nos ponía a salvo, pero sin ninguna garantía de sanidad.
A mi amigo Zurita le comenzaron unos retorcijones estomacales muy dolorosos, que en su efervescencia, le daban un grisáceo color a su piel oscura al tiempo, que torcían sus gruesos labios en medianera hendidura dejando entrever unos grandes y blancos dientes caricaturizando en su cara la sonrisa de un caballo. No era difícil determinar la causa de aquella dolencia, fue un verdadero milagro que a mí no me afectara semejante ingesta de grasa quemada expuesta a la intemperie no podía producir menos.
Nos detuvimos en casa de una amiga en común, la cual era pretendida de Zurita, éste, después de saludar afectuosamente (a la joven y a la madre) y con su humor característico, pidió entre satíricas payasadas, que le permitiera acceder a la sala de comunicaciones, ya que le urgía enviar un fax. La chica acostumbrada a su lenguaje bufo, con una natural y leve sonrisa le invito a pasar al baño.
La madre de la chica, haciendo notar su amplio conocimiento sobre las virtudes curativas de las infusiones, se dirigió a la cocina diligentemente y sin mediar palabra, comenzó la preparación de un brebaje, exhibiendo esa extraña manía que adorna a los seres que menos tienen, en cuidarse unos a los otros como una manada de fieles desposeídos sin más propósitos que librar el silencio de lamentaciones, después de algunos instantes, en que no dejó nunca de oírse el omnipresente percutir de los misteriosos tambores que rugen tras la paredes de la marginalidad, la taza humeante con la pequeña etiqueta del te colgante era ofrecida a Zurita, —quien ya había recuperado la negrura natural en su piel y estaba de vuelta en la modesta sala—La señora, con Sus dos manos extendidas, sostenía una mirada bondadosa sobre la taza con cuidado de no quemarse, pero con cierta autoridad maternal se dirigió a Zurita —¡toma te negro!. A lo que Zurita respondió espontáneamente: —No gracias, no me gusta el tomate negro; lo prefiero rojo.
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Lateral Izquierdo

El hombre, en su errático caminar daba claros signos de incertidumbre, fraccionaba cada paso como intentando corregir su dirección. No vestía como acostumbran los mendigos, su ropa estaba limpia, aunque algo ajada, denotaba quizás un largo viaje sin más equipaje que el que pueden albergar cuatro bolsillos. Su mirada objetaba el cansancio con trémula opacidad. Sintió que la tarde se despedía a sus espaldas y decidió detener su lerdo andar en una taguara de carretera, de esas donde suelen comer los camioneros y viajeros de pocos recursos, se sentó frente al mostrador, pidió agua y café —¿o viceversa?— El dependiente del lugar por un breve momento dudó en atender su demanda, el hombre, como si adivinara el origen de las vacilaciones del empleado, sacó unos billetes de su bolsillo derecho del pantalón —en el bolsillo lateral izquierdo guardaba una daga enfundada en cuero— colocó el dinero sobre el mostrador sin pronunciar palabra alguna, pero con un seco toque sobre la madera, daba a entender que tenía como pagar; al otro lado del mostrador, el muchacho se apostó con algo de parsimonia frente a la vieja máquina Faema. El hombre con los codos apoyados sobre el mostrador miraba sus zapatos, a la vez unía la punta de estos con ansiedad y en forma insistente, hacia muecas con la boca dando impresión de ser portador de una gran angustia, como alguien que se enfrenta a un futuro condicionado por enormes restricciones, sus palabras eran tan escasas como su cordialidad.
Algunos clientes asiduos visitantes del local, intercambiaban frases entre si desde una mesa contigua —hablaban de fútbol— amenizaban su conversación con frecuentes sorbos de cerveza, sin reparar en la presencia de aquel caminante algo taciturno que guardaba una daga (enfundada en cuero) en su bolsillo lateral izquierdo del pantalón. El ritual de preparación del café seguía su acostumbrada rutina con los sonidos característicos que produce el impacto de los pomos porta filtros contra los bordes del misterioso reservorio donde recogen el cipo, los simpáticos clics y soplidos previos al embrujador aroma plañían impíamente en el silencio, silencio quizás añorada por el hombre, a juzgar por su actitud, por esa forma de enunciar a los ojos ajenos estados de ánimo, estigmas de derrota o dolorosos padecimientos.
El alimento preferido del pertinaz prejuicio no es otro que la apariencia exterior. Es entonces cuando irrumpe el dialogo imprescindible para satisfacer dentro de conformidad la petición, — ¿Como quiere el café? Preguntó en tono indiferente y despreocupado el dependiente. El hombre hizo girar su precario asiento a su diestra, acomodó con la mano contraria la daga que portaba en su bolsillo (lateral izquierdo), apoyó su codo derecho con cierta pedantería sobre el mostrador mientras acariciaba su barbilla con los dedos pulgar e índice, sin dejar de agarrar la daga que llevaba en su bolsillo lateral izquierdo exclamó con voz sarcásticamente acentuada —Dámelo igual que yo… Expreso.
El muchacho desprevenido, despachó el café tal como lo sugirió el hombre, sin advertir lo insinuado en el juego de palabras. Café y agua en recipientes plásticos desechables, como el entorno, como los humanos y sus sobrevaloradas almas.
En la mesa contigua los clientes cerveza en mano seguían hablando de futbol sin percatar peligro alguno. El ex convicto se levantó, prosiguió su caminar sin rumbo cierto, con notable torpeza desapareció en la penumbra que brinda la noche incipiente, haciendo uso de una libertad traumada por las punzadas que su daga en algún tiempo, proporcionó manifestando su infamia, en algún cuerpo indefenso de mujer sobre el sector lateral izquierdo.


Ilustración: Fotografía de Dany "Machete" Trejo; ex convicto que ahora es actor y ayuda a jóvenes con problemas de drogas y delincuencia.
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Mis querubines

¡Si es cierto...!

Esos niños parecían gallinas, revoloteaban por toda la casa. Los conocí cuando llegué a tocar el timbre de la mansión Márquez, donde iba a trabajar el primer día. La señora abrió la puerta y ellos pasaron corriendo... ¡Pero es que hasta me empujaron! y uno de ellos pasó por debajo de mi falda...

Uno como empleada, a veces se termina enamorando del patrón ¡Pero no de los niños! Pero desde que vi sus caritas..., ¡sus deditos!, sus ojos y sus labios, me enamoré de ellos... Pero más de sus corazones. Julito tenía seis años y su hermano Luisito tenía cuatro. Era el más tremendo. Allí estaba yo...

- ¡Julito bájese de la mesa!

- ¡Julito la cocina está caliente! por favor no se acerque...

- ¡Niña Martita mire Julito!

De los dos era el más tremendo...

A veces, yo me hacía la dormida, porque Julito llegaba de escondidas a levantarme la falda, lo dejaba tocarme lo que él quisiera.

Estaba enamorada de los dos muchachitos. ¡Pero en la mañana! Eran como gallinas...

- ¡Niña Martita! Saque a los niños de la cocina que están jugando con cuchillos.

- ¡Niña Martita! Luisito estaba sacando la basura, ahí anda jugando con el ratón muerto.

- ¡Niña Martita! Mire Julito ahí anda aruñando al perro.

Si el perro solo pasaba escondido, ya hasta le habían abierto la oreja con el cuchillo. Eran una pesadilla... Aunque llegué a enamorarme de los dos. Los quería solo para mí.

Una tarde la señora me los dejó encargados...

- ¡Juanita! véalos por favor, deje de hacer lo que está haciendo y póngase a jugar con ellos. Yo vengo alrededor de las cinco, que tengo que llevar al perro a la veterinaria. Mire que estos niños le abrieron la cabeza de una pedrada.

Lo que no sabía niña Martita..., era que fui yo, la que lastimó al perro a propósito. Lo primero que hice fue separarlos.

- ¡Váyase Julito para mi cuarto! y Luisito vengase conmigo...

Mientras Julito me estaba esperando, llevé a Luisito al baño de la segunda planta.

- ¡Quítese la ropa! que lo voy a bañar de castigo por golpear al perro.

Esa fue la última vez que estuvieron juntos. Pues si no, no estuviera yo aquí esperando la silla eléctrica.

Abrí la ducha..., hasta que se llenó la bañera y la cerré. Metí al niño en la bañera y me apoyé con mi brazo sobre el pecho de él, haciéndole presión para que no saliera del agua. ¡Vaya que chapoteaba! Si le digo que eran como gallinas, no se quedaban tranquilos...

Hasta que agarré un cuchillo y se lo comencé a meter en la panza, sus piernas dejaron de moverse. Al instante la bañera estaba completamente roja, todo el baño parecía un matadero. Bueno saque al niño Márquez de la bañera..., él ya estaba echando espuma roja por la boca. Lo puse sobre el suelo, aún no se había muerto, porque sus ojitos no dejaban de verme mientras me desnudaba. Me metí a la bañera llena de sangre, mientras Luisito moría... Pues tenía que estar limpia para su hermano. Cuando al fin murió, lo metí de regreso a la bañera para abrazarlo, se durmió conmigo... ¡Al fin! lo podía ver como un angelito, Como los querubines que adornaban la iglesia del padre Ernesto.

Salí de la bañera, sin ropa... pues quería impresionar a Julito, que era el más guapo. A su hermano lo dejé descansando dentro de la bañera. Me fui para la cónica, ya se estaba rebalsando el agua, pues había puesto a calentar agua en una olla, pues si no ¿Cómo se despluman las gallinas?

Llegué a mi cuarto, Julito estaba registrando mis calzones. Esa fue la primera vez que me vio desnuda, iba escurriendo sangre de su hermano por todo mi cuerpo, con una olla llena de agua hirviendo en mis manos. !Cuando se asustó...! Le tiré el agua encima.

Comenzó a gritar, comenzó a patalear...

- ¡Juanita! Me quemo.

- ¡Hay me quemo! me quemo... Juanita llame a mi mamá que me quemo.

Su piel comenzó a ponerse roja y a llenarse de llagas, de quemaduras, se le hacían como ronchitas. Así ya parecía piel de gallina... Todo
parecía rico de él, sus ojos, sus labios. Cuando se desmalló Comencé a sacarle los ojos con el cuchillo que había matado a su hermano.

¡Pues sí! Eran para mi ¡Yo los quería! después le corté los labios... y me los comí. A Julito lo colgué de la viga que estaba en el techo de mi cuarto, lo amarré de una pierna y lo degollé. Me acosté en mi cama, mientras el niño vertía su sangre sobre mí.

Pues sí, eran como gallinas al principio, pero al final durmieron como querubines. Y es mi justo castigo , saborear sus almas, sus pequeñas almas, mientras los espero dentro de este salón de condenados.
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Poeta Libre

El hombre era poeta y libre, nunca se ganó un peso con la poesía. El hambre lo sorprendió esquivando los meteoritos desprendidos por las nebulosas de una calle en proceso de desintegración, aunque a decir verdad, no lo sorprendió; llegó a consecuencia de un metabolismo fisiológico — además lógico y físico— Tanto viento y tanta (lluvia padecidos y disfrutados) lograron borrar la efigie del prócer impresa en su billete de más alta denominación, el viento, hizo erosión en los dígitos de sus saldos bancarios y la moneda (literalmente), había sufrido tal devaluación que su valor sólo tenía sentido alegórico en la memoria numismática de una nación.
El hombre era poeta y libre, se cobijó bajo la persistente y pródiga sombra agonizante de una tarjeta de crédito, abordó una galería de micro tiendas, de esas que dan sustento y equilibrio a los pragmatismos de teorías económicas sobre el sano optimismo emprendedor, caminó hasta el final, donde un aviso publicitario tras la figura de un hombre trajeado a lo moderno sentenciaba : “ La exquisitez es asunto terrenal” Lo invadió cierta decepción al constatar que aquel lugar era una venta de corbatas y no de comida.
Alguna poderosa logia de poetas express sembraban la ciudad de metáforas inductores al consumo suntuario, era una forma legítima de tapar los agujeros dejados por la ausencia de un romanticismo considerado anacrónico por influyentes congresos de sofistas.
Pero el hombre seguía siendo poeta y libre. No le rendía cuentas al amor, muy pocas veces al estado y era irreverente ante el sistema al cual podía proferir cualquier cuestionamiento, rudo, grandilocuente, sin necesidad de fundamento, y sí se erraba, existía la sabía opción de la disculpa y el noble arrepentimiento; total — errar es de humanos—
Al fin encontró lugar que ocupar junto a otros comensales no tan libres ni tan poetas, tenían el tiempo ajustado al curso de un reloj, el espacio sujeto a un determinado tiempo y el discurso delimitado por la convivencia, la conveniencia , el deber y otras miles de restricciones morales, políticas, religiosas, filosóficas, filantrópicas, musicales y etcétera.
un hombre viejo hacía las veces de mozo, el hombre poeta y libre quiso gritar —¡comida por favor!, se contuvo, en su lugar esperó atención civilizadamente.
Haciendo gala de una acostumbrada y natural manipulación de la cortesía, el viejo que hacía las veces de mozo se acercó y preguntó entre otros rituales protocolares del servicio en restaurantes — ¿qué va a querer el señor?
—Ser poeta y libre, respondió entusiasta nuestro atribulado poeta, cuando en realidad lo que quería decir era: —una sopa de vegetales con fideos.


8/3/2019. Provincia de Buenos Aires.


Ilustración: Gran café , Sabana Grande, Caracas Venezuela 1978.
Imagen tomada del archivo fotográfico digital de Caracas.
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El Claustro de la conciencia

Eran días en que la libertad se hacía inapreciable en los ánimos de cualquier hombre. Un microcosmos, de amos y esclavos, cuyos términos medios, eran expresados por debajo de un hipotético amo mayor supra omnisciente, rector del pensamiento de cuanto cuerpo se creyera con espíritu. La voluntad subyugada a los designios de otros sub amos, administradores fallidos del tejido morfológico de las ideas. Una legión de esclavizadores a sueldo, impermeables al razonamiento lógico, entrenados en la segmentación y segregación de la esclavitud en: súper esclavos, vice esclavos, esclavos y micro esclavos, (dentro de la jerarquía de esclavo, existían cuatro niveles: esclavo, esclavo primero, esclavo segundo y esclavo tercero). La función de los ellos en este entramado, era obvia, pues, ser esclavo, a tiempo completo. Para ascender era necesario inventar otras formas de esclavitud, explotar la superstición, manipular con la magia, o transfigurar los efectos de la perversión en un acto virtuoso, (los precursores de este último punto, eran nominados al premio universal de la infamia y alcanzaban el grado de esclavizadores).
La ciencia era manejada por súper esclavos, dedicados meticulosamente a fragmentar la verdad en micronésimas partes hasta debilitar su fuerza, de tal modo que sin la menor discreción, se confundiera con la mentira. Si por alguna razón aprendida, las reflexiones de algún esclavo tenían la osadía de abordar las alas de una identidad diferente a la suscrita, eran derribadas por la metralla. El mismo era estigmatizado con los colores del enemigo útil, necesario para la siembra del odio y la germinación de la guerra, que a su vez ,era imprescindible para el purificador proceso de profilaxia social, que según los súper esclavos, informantes de los sub amos, reducía, notablemente el índice de felonía involuntaria; dado que: la traición a voluntad y con fines materiales, era justificada, siempre y cuando redundara en beneficio del sistema.
Los micro esclavos, constituían el mayor número de individuos en este viciado régimen, se les permitía ver por un solo ojo, y algunos colores estaban suprimidos del medio espectro visual, cada uno debía subsistir con una dosis de aire para respirar (sabiamente racionado) al mes.
Veneraban con estricta devoción al amo mayor, solían desdoblarse en loas durante los actos de culto, los cuales eran de carácter obligatorio, prioritario y consecuente. Eran los responsables de ejecutar los edictos de la muerte; los cuales transmitía el amo mayor, a uno de los sub amos, materializando su omnipresencia en el cuerpo de insignificantes aves voladoras, cuyos cantos, eran traducidos al idioma oficial al pie de la letra gracias, a la sabiduría, que desde hacía tiempo, era lo único que se podía heredar, suprimiendo así, la nociva costumbre de conocimiento por cultivación del intelecto que tanto daño le ha hecho al pueblo y al mismo tiempo, decapita esas odiosas presunciones pequeño burguesa como es la cognición.
Antes de cada actividad de orden fisiológica, era obligatorio (y además necesario) entonar los himnos de gratitud compuestos en honor al amo mayor, quien según los súper esclavos, fue quien popularizo por medio de leyes justas y acertadas una facultad, que antes de él, era solo privilegio de algunas castas.
En medio de la lisonja por lo absurdo, en que aprendieron a vivir los esclavos, algo se calculó mal, o se midió con instrumentos erráticos.
El miedo mutó en inconformidad y la sangre en el ojo autorizado para mirar, obligó, a abrir el otro ojo y ver de frente, al micro esclavos; de frente —literalmente—apuntando armas homicidas, con la “sana” intención de matar: profilácticamente.
Cuando los destellos del fogonazo, por el efecto de reflexión dejaron ver la claridad, sublime y realmente suprema que irradia la libertad, era tarde, la bala ya había penetrado al claustro de su conciencia.
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Surtidor De Fogonazos

Lezama era un pobre loco y ciego merodeante de las calles de un pueblito de un estado llanero que se llamaba igual que él, cuentan los testigos que la cordura lo abandonó a los catorce años, un día en medio de una tormenta eléctrica agarró un morral, echó dentro cuatro hallaquitas frías, se terció una taparita llena de agua y cogió el monte, estaba convencido de que llegaría a la fuente luminosa donde nacían los relámpagos.
— Imagino que la encontró— porque a su regreso, ya no podía ver.
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Tras de ti

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Así van tras de ti
así mis letras se hacen versos
en un bosque cerrado al sol
así sin miedo creyendo seguir tus huellas
entre hojas y maleza entorpeciendo mis pasos
siempre voy….

No hay miedo a la fábulas de cuentos
cuando seré yo quien escriba, de tu huida
mi búsqueda perdida…

No habrá duende que quiera esconderse
y que mi cuento no nombre, ni hada
que no haga gala de sus alas…

No habrá fieras que no quieran ser bellas
o princesas escapadas que pretendan
buscar su zapato perdido
a mitad de un cuento
sin reino…

Pero entre todos
estaremos, cuando llegue a ti
bailando nosotros, rodeados de nadie
y de todos, con el primer beso, que comience
y finalice el cuento, de amor…

soundcloud.com/lola-bracco/asi-van-tras-de-ti-1 (Lola)

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El Sendero de Las Luciérnagas

La noche abraza con ímpetu el fortuito yerro de mi extravío, los arboles esconden sobre sí el brillo de estrellas y reflejos lunares, al centro del tenebrismo, mi cuerpo vaga por el hábitat de fieras y serpientes, emitiendo ruidos torpes sobre hojas secas, a tientas, flagelado por las ramas de impertinentes arbustos, no hay insecto que desprecie el jugo de mi sangre ni espina que ignore mi frágil piel, si mis pasos dan al humedal podría morir.
Cuando el miedo abre sus tenazas sobre mi calma, es entonces, cuando las luciérnagas forman el axioma del teorema de la vida. Soy un sobreviviente de la selva: dioses y demonios no son más que conjeturas antagónicas de un pávido universo.
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Reflejo de un Espejismo

En una época en que sus habitantes eran casi todos analfabetas, San Catarino de la Uña llegó a tener la biblioteca más grande y mejor equipada de la región, funcionaba en la antigua sede de la primera gallera que tuvo el pueblo, eso fue después de la brutal epidemia de peste aviar que extinguió en su totalidad todas las aves de corral y contagió a los caseríos limítrofes, y a cuanto bicho andante tuviera el cuerpo cubierto con plumas.
La biblioteca estaba bajo el resguardo de un sacerdote franciscano de apellido Uriretagollena, quien fijó su sitio de residencia en las verdes laderas del cerro el Peine, y emprendió la referida actividad, una vez que se vio forzado a cerrar la iglesia de modo permanente, ya que los habitantes de San Catarino se negaron masivamente a acudir a las misas, a las citas matinales de los domingos solo asistían cuatro viejas solteronas de la comunidad, por lo cual desde el punto de vista espiritual y económico dejó de ser un acto posible.

Esta historia me lo contó Jean Paolo Terso durante uno de los días de su breve periodo de abstinencia etílica, en la sede del registro principal de ese pueblo, cuando fungía como registrador principal de la entidad. La reunión se efectuó en su despacho, fui invitado por mi amigo: Enio Vandermosth , la conversación se centró sin darnos cuenta , en determinar el gentilicio de los nacidos en San Catarino de la Uña, estuvimos largo rato apelando a espontaneas construcciones que intencionalmente ahogabamos en los sorbos de café por absurdas y disparatadas. Luego, en un giro inesperado de las expresiones semióticas, nos miramos las caras con el desconcierto propio de quien no entiende lo evidente, — no pueden tener gentilicio. Exclamó el registrador, en un gesto de extrema sorpresa, y en cierto modo absorto sentenció: —el pueblo nunca fue fundado. En un intento por recuperar el equilibrio emocional, tomé una ligera bocanada de aire, cerré los ojos por un par de segundos, al abrirlos ya no estaba Jean Paolo Terso detrás de su escritorio.

Enio, notando mi inquietud, me colocó una palma en el hombro derecho, no dijo nada y me miro con acento de comprensión, me resigné ante el reflejo de las ilusiones que se proyectaban en sus pupilas y eran convertidas en palabras por un código traductor de espejismos, fue entonces cuando inferí que en esa biblioteca aun siendo la más grande y mejor equipada de la región, los libros están llenos de historias que nunca han acontecido.


Mayo 26/2016
Fotografía: Biblioteca Palafoxiana;Puebla de los Ángeles, México.
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Controversias Sobre el Anden

Una vez más la tarde se posesionó de la atmósfera que flota en el andén, el vértigo que prosigue a la espera, se hizo presente, de los huesos a la piel, presionando sobre las neuronas más susceptibles a los estímulos dolorosos. Detrás de la cortina de vapores contaminados que emana desde el suelo, veo al tren verter su carga de hombres cansados.
Yo esperaba otra cosa; pero en una ciudad con trenes, las cosas mueren, igual que los recuerdos. En un recodo del camino a casa, había una gran roca: gigantesca. Su inmensidad nos daba sombra en las fatigantes tardes veraniegas; un sórdido amanecer escuchamos un estruendo descomunal, las casas se estremecieron como cuando ocurre un terremoto, la onda expansiva rompió, no solo vasos, platos y ventanas, sino también los tejidos y pulmones de mamíferos y aves que cohabitaban en el lugar. La gran roca había sido destruida para dar paso al tren, varios días duraron los camiones para transportar los restos de su cadáver.
La otra tarde en el andén — jean Paolo Terso, rememoraba su etapa de constructor de trenes en Italia, hablaba sin parar de las cargas implícitas, que actuaban en el desplazamiento de los trenes. Hacía mención de la suma recurrente de unos factores atemporarios, que a su vez eran imposibles de sumar por su propia naturaleza atemporal, —según él — Newton , debió desestimarlas por precarias e inconsistentes, y Einstein, las rechazó de plano por considerarlas tautologías metafísicas. Su acción, acarrea demoras apreciables en la consumación de los eventos, aunque imposibles de notar en los instrumentos convencionales usados para medir el tiempo.
También se refirió a un viejo instrumentista muy sabio (después convertido en vagabundo) de apellido Scarafaggio, que invirtió muchas horas de su vida, tratando de transpolar estos sucesos atemporales dentro de los mecanismos de los trenes, a una escala visible en los registros de tiempo usuales. Enfatizaba sus argumentos, explicando que: «el tiempo pasado, puede acertadamente considerarse tiempo muerto, ya que este, del mismo modo que las cosas, en las ciudades con trenes, puede morir» pero siempre deja evidencias de algo que ocurrió, durante su trayectoria; una construcción, un deceso, una erupción volcánica o un suspiro, o una impertinente flatulencia, desde un hecho magno a uno vulgar e insignificante puede quedar registrado durante ese segmento vectorial.
Pero fuera de los límites del tiempo, también ocurren fenómenos con incidencia directa en la manifestación del efecto propiciado, es decir; sucesos que ocurren en ausencia del tiempo, o, sin gastar una fracción de segundo del mismo. Por ejemplo: un deja vu.
No quise auto persuadirme de la veracidad del relato anterior, sin antes preguntar al inefable Jean Paolo Terso, si este hecho acaeció antes o después de que él, se declarara persona imaginaria. Sonriente, me miró a los ojos, me fulminó con su incisivo tono incontrovertible, respondió:
— Antes.
Me desenfoca de la conversación un patético personaje que desciende del tren; refleja un agotamiento ancestral en su mirada, la primera impresión de su rostro es un desaliento que trasciende el plano espiritual , la piel ajada en desesperanzas reciprocas , el sujeto, simula un proceder ciudadano adosado en unas obligaciones superfluas , como si atendiera mas al miedo que al orgullo, sus pasos son los de un sobreviviente a un arco radiactivo, Ocupa el espacio con una indisputable sumisión. De pronto, sucumbe mi impresión por las cosas que mueren y los eventos que ocurren a espaldas del tiempo.
—Me estoy viendo en un espejo.

Foto: Vieja Estación de Chascomus Cortesia de: Bafilm, provincia de Buenos Aires
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Galimatias Cosmopolitas

Atraído por los destellos nocturnales de las luces citadinas, el sujeto se internó calle adentro buscando sumirse en los románticos efectos, patentados por el mágico universo de plasma y cristal liquido.
A su paso iba descubriendo — sin ganas de aprender— estropajos psicosociales edificados en parcelas mentales libres de impuesto a la renta capital, que su vez, se esclavizaban a infra pasiones infinitas.
Intuyó, que el brillo de un puñal bien afilado, salía más barato que las luces que acompañan a los hombres que se embriagan de moral, que los precios eran producto del rencor que se expresa en los manuales impresos en las academias de economía, aprendió, rompiendo botas, que las calles no están hecha solo de hormigón y pavimento, también se forjan con sangre derramada por puñaladas en la carne y coagulada por la hambruna equinoccial de los inviernos. Así, se iba abriendo paso en un cosmos propenso a la apostasía, en un mundo delimitado por la confrontación, donde los metales solo se valoraban por su capacidad de producir dolor con sus aristas, fue rodeándose de gente con la mirada obcecada en hábitos alucinógenos, incursionó en el mercadeo de caricias y fue legitimando los besos como medio de pago por amortiguar los acosos de ciertos apetitos.
Fue creciendo en su altar de bases escatológicas, a la vez que compraba inmensas porciones de protección espiritual y purificación esotérica que lo hicieran invulnerable a los supuestos daños que viajan en la mirada de los envidiosos. En ese trayecto, las etiquetas exhibidas en lo que fueron sus harapos, atrajeron monstruos, monstruos terrestres de aire y de mar, fornidos cornudos y corpulentos, emitiendo ruidos infernales e inmolando la miseria aparente con llamaradas verdosas cuyos efectos después de su extinción, perduraron por años en los parpadeos del sujeto.
Se creyó inmune a toda especie de prisión y la honestidad la causaba severos estados de alergia, sus amistades tenían un precio variable de acuerdo al nivel de lealtad, concibió que una bala, fuera el mecanismo más eficaz de romper una amenaza. Se hizo fanático de los sistemas más emblemáticos de destrucción, y llegó a adorarlos más, cuando comprendió que podía corromperlos más allá de su concepción primaria.
En su reinado ignorante de coherencia, no fue capaz de vislumbrar la fugacidad perenne en toda madrugada ni la rapidez con que se evapora el dulce artificial que tiene el dolo, intoxicado por su propio veneno interior, el sujeto y su séquito de monstruos flameantes amplificaron sus vicios, exponencialmente aumentaron su codicia y exageraron su confianza en los gurúes que dan al crimen carácter de redención social.
En un arrebato de cotidianidad y fascinado por la insustituible sensación que esta produce, como emulando el estribillo de una canción urbana: “por última vez entró a la tienda del barrio”, quizás por cigarrillos, quizás por caña; nunca por condones. Al salir, la costosa chaqueta que algún modista renombrado diseñara con tanto esmero, era perforada por una lluvia horizontal de plomo lacerante. Eran los ruidos de los monstruos que se ocultaban en las ciudades, aquéllos que las banderas nunca dejan ver, pero que se oyen con frecuencia, diluyendo toda presunción de sanidad en la psiquis colectiva, demostrando que los abrigos caros no protegen del frio abismal de la muerte, confirmando la fragilidad de los reinados cuando la amalgama fundamental de sus columnas es el excremento, ratificando el instinto biológico que tienen las poblaciones de autoprofilaxia, aunque el brazo ejecutor, conforme el mismo circulo ya viciado propiciado por la supervivencia.

Ilustración: Jan Van Eyck; El Juicio Final (detalle)
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Los caminos

Nadie dijo que era fácil
pero tampoco imposible
y cómo saber si se puede o no
sin intentarlo…

Y dejó el ”in”
y fue a tentarlo
a desafiar los caminos
los pasos encubiertos
con el desnudo de su cuerpo…

Y torció varios caminos
el suyo primero, y no hubo
entonces sendero, camino
ni árbol que no quisiera sentir
el roce de su cuerpo
moldeando sus caprichosas formas...

Nadie dijo que era fácil
nadie ayudó, pero todos miraron
como su sinuoso andar, dejó caminos nuevos
y muchos ojos abiertos, por sólo verla pasar…

Y al final, no hubo final,
porque el camino nunca acaba
y enamorado de sus desnudos caprichos
el destino continúo poniendo a su paso
infinitos caminos para que lo acompañe
en su eternidad…


soundcloud.com/lola-bracco/desafiar-los-caminos-poecuento (Lola)
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La Turbonada

LA TURBONADA
El viento insomne que viaja de madrugada, de modo impertinente entra por mi ventana, emitiendo con rigor el susurro pedestre del pavor. Afanado en apegarse a conspicuos teoremas que tratan la mecánica de los fluidos invisibles, manifiesta sus travesuras en agresivos remolinos que dejan una estela de hollín y polvo sobre los objetos que bruscamente acaricia, luego, sale del cuarto con axiomático enfado y desciende las escaleras cual infante malcriado; Silva, ruge y espanta. Abusa de la levedad de cuanto objeto capaz de romperse encuentra en su trayectoria.

Encolerizado, gira alrededor de las sombras que enmudecen el salón donde está el piano, doblega las bisagras haciéndolas gemir en la gama de frecuencia atractiva a espíritus que yacen en el limbo, los convoca a exponer sus cadavéricas efigies en los espacios tomados por el miedo, infames calaveras aceptan la invitación eólica y se hacen espectadores de esta tenebrosa pesadilla; con entusiasmo, aplauden una pirueta magistral de compleja representación meteorológica, cuyo resultado exponencialmente, sitúa la masa de aire sobre el vértice de un cuadro de la serie “niños llorones” ; —siempre he sido un hombre de ciencia. Mi asombro no encuentra atenuantes. La turbonada puso la imagen contra la pared, la mortecina lumbre en el lúgubre espacio me permite leer al dorso del cuadro: Bruno Amadio, 1920.

Cua, 4 septiembre 2017. Extraído del ludicoognimodblogspot.com el 2/2!2018
Ilustración: Bruno Amadio #2, procedente de Ecu Red.
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Huéspedes de Criptas

Desperdiciaba algunas horas de sueño persiguiendo una cadena infinita de números propuesta por un tal Euler,la cual, algunos manuales sin intención de confundirnos, nos la expresaba como un valor irracional, siendo este real; inexacto y aperiódico. La vida: una fracción o parte de un todo, sintetizable en números enteros. Más allá de la vida, aguardan sendos puntos suspensivos.
Esa pertinaz obsesión por los números, solo era contenida eventualmente, por un frívolo juego de pleonasmos que tomaba el mismo carácter infinito y en extremo presuntuoso, para los otros concurrentes a la peña; cuya tendencia, era muy folklórica y centrada, al punto de ahogarse exclusivamente en el tema ideológico. Mi distanciamiento no fue voluntario.
Ocurrió cuando noté, los deliberados comportamientos esquivos de parte de mis contertulios, a consecuencia de mi presencia en las calles del pueblo, vestido con el uniforme de la tropa a la cual me había alistado. Muchos años pasaron.
Las cabezas y sus experiencias se oxidaron en un color teñido de envejecimiento. Se fue, en una creciente decepción el verde oliva, tan fugaz como estigmático del odio y la traición a una causa, a la que yo, no pertenecía. El aprecio, la admiración y el respeto se diluyeron en el mismo lugar donde la efervescencia de una condena, cercenó las ramas al perdón. Amores vinieron y así mismo sucumbieron ante el incontenible influjo de los tiempos. En la complejidad de las ecuaciones, no se hallaron signos positivos precediendo la redención del concilio.
La muerte: en su curso inexorable hizo lo propio, hoy, desde mi cripta, les doy a todos la más cálida bienvenida al purgatorio, donde moraremos. Con análoga infinitud al número de Euler.

Chascomus Provincia de Buenos Aires enero 29 /2019
Foto: Calavera II antigua ermita de San Jose, Cartagena por: Antonio Jesus Mendez Mendez enero 25/2014.
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El grito de la memoria

Veo una voz,
como un cuadro de pintura,
en la niebla del mundo.
Diálogo con el eco
del silencio,
Como pétalos de una margarita
Deshojandose al viento,
nadie sabe por donde vagan los rumores.
La memoria grita
pero el presente
No gira hacia atrás para ver,
por qué soy un fantasma
que está Perdido
en las hojas de un cuento,
por qué soy un puñado de nada
en los bolsillos rotos del tiempo.
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Unos dedos...

Unos dedos le arrancaron del silencio al sentir la caricia irreverente de las olas en la playa y también de las montañas blanquecinas y nevadas que llegaban con su abrigo y su bufanda intentando compartir unos momentos.

Y a los dedos se acercaron las aldeas y los campos con sus tierras anegadas por las aguas y revueltas, dependiendo de unos brazos y unas manos que cuidaran sus entrañas y plantaran la simiente, en primavera, que creciera y diera fruto y alimento a tantas bocas que precisan de las mismas.

Fue un instante prolongado y un suspiro, un segundo en el espacio que transcurre y se presencia. Sin embargo, la caricia proseguía, y se elevaba, con los dedos que buscaban los rincones invisibles del espacio, intentando recobrar el equilibrio de las almas en la vida…

“…Y llegaron las gaviotas recelosas que venían de los muelles y las playas,
y vinieron otras tantas de la costa mendigando aquellas sobras de pescado que en el día se tiraban a las aguas,
y salieron los suspiros retenidos de los pechos,
y los ojos se alegraron con la música incipiente que sonaba en los oídos,
y los labios temblorosos musitaron mil plegarias a los dioses invisibles,
y la piel se estremecía sin descanso con el soplo de la brisa
y la caricia, que llegaba de unos dedos,
y el maestro olvidadizo se dormía en su escritorio olvidando la canción de los piratas,
y los niños contemplaban la pizarra tan vacía,
y durmieron las palomas en el parque contemplando a los ancianos,
y salieron margaritas en macetas y en ventanas de las casas,
y cantaron las campanas de la iglesia,
y nacieron mariposas que volaban silenciosas por la acera,
y miré con unos ojos, regalados por mi madre,
y gusté del flan de pera y de manzana preparado con sus manos,
y sorbí con estos labios de la leche inmaculada de sus senos,
y cantaron los canarios enjaulados al sentir la mano amiga que quitaba sus cadenas,
y te vi en el reflejo del espejo al mirarme en la mañana,
y escuché la voz hermosa y cantarina que pedía una respuesta,
y te amé como se aman los amantes, con pasión y en primavera, aunque fuera en un otoño,
y sentí que el corazón se desarmaba en un deshielo prolongado,
y noté como la sangre galopaba por las venas tan ardientes y fogosas,
y, al final, me desperté con los ancianos en el parque...

Y sentí que la madera de mi cuerpo se cubría de nostalgia ante los dedos seductores que buscaban sus heridas, y en las mismas a mis gritos y suspiros, que vibraban con las cuerdas, que sufrían y reían; y con rabia se bañaban y rozaban como en busca de lujuria y de pasión mal contenidas, y me amaban y gritaban con un nombre que yo nunca conocí…”

Al final, entre sudores y suspiros, reinó el silencio nuevamente, y el piano solitario en el rincón, despertó de su delirio.

Rafael Sánchez Ortega ©
09/01/19
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La carta

Se acercaba la fecha y aún no había escrito la carta y eso estaba mal, pero no sabía por donde empezar ni qué decir. Sí, había leído que no hacía falta ser un gran escritor, que con decir lo que se quería y lo que se pensaba, era suficiente, que ellos ya sabrían interpretar esos deseos y seguro que los harían realidad, pero hacía falta ese escrito, esa carta y era la asignatura que seguía teniendo pendiente.

La vista se perdió tras la ventana y pudo ver el mar con aquel horizonte impresionante donde se divisaban las siluetas de algunos barcos que navegaban ajenos a la vida terrestre.

“Me gustaría tener salud, paz y felicidad y que también alcanzara a todas las personas que conozco y son queridas, incluso a las que son simplemente unas figuras que pasan errantes, a mi lado, y un número más en la vida que me rodea.

Me gustaría poder trabajar para ganar dinero y con él dar la entrega de ese piso que aspira María para formar nuestra familia.

Me gustaría saber que me perdonas, como yo te perdono, y que el comienzo de este año, con su tranquilidad y ternura, fuera una constante a lo largo de los trescientos sesenta y cinco días.

Me gustaría que me tocara la lotería o la quiniela para poder hacer realidad tantos sueños, ya que así podría viajar, tomarme vacaciones, pagar ese piso que antes pensaba y decirle a María que si quería casarse conmigo.

Me gustaría…”

Roberto dejó de escribir o mejor dicho dejó de pensar en qué escribir y plasmar en esa dichosa carta, ya que todo lo que venía a su cabeza le parecía incompleto, vacío y carente de vida.

- ¡Mamá, mamá… yo quiero un patinete! -Oyó la voz de Juanito en el piso vecino.

- Pues pídeselo a los Reyes. -Contestó Carmen, su madre.

Roberto se sobó los ojos intentando quitarse unas invisibles legañas, cerró el cuaderno, que quizás tenía abierto, y guardó la pluma. Este año no habría carta, si acaso un mensaje y unas palabras a Oriente:

“Que el año que viene pueda pediros la Paz, el Amor y la Felicidad que, hace años, alguien nos vino a dar y regalar, en estas fechas”.

Rafael Sánchez Ortega ©
04/01/19
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