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Fábula

Aquí la vida es un misterio,
Y el cielo se eriza con un espanto azul,
Los pájaros se quejan desde siempre,
porque tienen los ojos vendados,
¡Despierta! ¡Despierta! ¡Despierta!
Que vienen los lagartos de cola de escorpión,
arrastrando un paisaje muerto sin astros...
Entre aquel niño muerto y este sólo hay un zapato,
una risa sin dientes,
Una mariposa asmática escupe colores verdes,
sobre una pared que orinaron cien perros y unas niñas,
La muerte llevará en carne viva el rostro y las rodillas,
y al que quiere ver le serán usurpados los ojos por gusanos amarillos...
Será la resurrección de los horrores del Mar,
de los místicos océanos y las bonanzas fallecidas,
...he visto roer columnas triunfantes de lechosos perfumes...
Yo soy la bestia primitiva que conoce la delirante noche,
no duerme nadie cuando respiro,
sin razón se extraña el ojo, el archipiélago...
cuando arrojo el huracán de algodones y violetas,
Soy el poeta convulso, la maravilla inclinada al desarreglo,
el viento que ata las bocas y cierra las tabernas orladas de siemprevivas...
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12 Ladrona De Corazones

Apareciste al son de la luna
De las sombras saliste,
Encapuchada
No me di cuenta cuando pasaste
De mis manos sacaste mi corazón

Saliste corriendo
Nadie detuvo tu paso
Nadie se figo
En los que en tus manos
Llevabas.

Muchos te vieron
Debajo de la luz de los luceros
Pero nadie se pregunto
Porque corrías
Tan presuroso?
Porque mirabas hacia los lados?
Porque tus mejillas
Estaban coloradas?
No te preguntaban
Mientras te veían pasar.

No te pude encontrar
Mas la pregunta me invadía
A donde ibas
O a donde te podía encontrar.

Ya que volaste
Con tus alas
Entre tus cálidas
Manos
Te lo llevaste
No dejaste
Huella
Ni por cielo
Ni por mar.

Nunca podre
Olvidar
Cuando
Estabas allí
Me robaste del pecho
Mi amor.

Fue a las doce
Cuando se encontraron
Ambas manecillas del reloj
Justo cuando las campanas
Sonabas al son
De mi voz deténganla
Y por eso te llamo
Mi ladrona
De las doce.
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6comentarios 79 lecturas versolibre karma: 143

La fábula de la serpiente

Salida sudada sedienta de nada,
la peste es la pista que a mí me despista,
sin sueños se siente ser sabia serpiente
que pisan, sin vista, sobre la autopista.

De caucho es la espada, segada en frenada,
creyéndose lista, pisóle un turista.
Tan inteligente, ahí fue incoherente,
no cruces la pista con campo a la vista.

Y siendo tan mala, a penas llorada,
un ser altruista cantó cual solista
esta irreverente canción de repente,
no estando prevista en tono bromista.

Al verte chafada en plena calzada,
versó lo egoísta y a la vez casuista
que es esta demente moral incipiente
de faz ocultista que a todos conquista.

Ya pronto se acaba, poesía entonada
de forma improvista y con fin reclamista,
regaño entre dientes por esa serpiente
de un mundo sofista y egocentrista.
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Fábula Rasa

Desperté en un bosque
lo percibía inmenso,
allí me encontré perdido,
en el me sentí pequeño.

Impregnado de niebla,
rociado de humedad,
por una senda sombría
me decidí a caminar.

Ignoraba la hora
desconocía el lugar,
desorientado y sin rumbo
me abrumó un gran pesar.

Durante largo tiempo
caminé sin cesar,
dolido y sin aliento
me senté a descansar.

De repente frente a mi
una siniestra figura,
aquello que yo vi
¡ era la pura locura !

De rostro animalesco
portaba túnica oscura,
aquel semblante grotesco
mi corazón sembró de amargura.

Con una horrenda postura
acusante su garra me señaló,
a poco de perder la cordura
con voz atroz, la criatura habló

“Escucha con atención
lo que tengo que decir
pues es la solución
para del bosque salir

De aprender habrás
a perdonar a los demás,
y para salir del abismo
perdonarte a ti mismo”.

Y se deshizo en bruma
de pronto desapareció,
solo el brillo de luna
y el frío del bosque quedó.

y no pude evitar pensar
en todo aquello sobre perdonar,
la mente comenzó a recordar
y el alma se puso a llorar.

Aquella pelea perdida,
aquel rechazo amoroso,
aquella bofetada recibida,
aquel sentir receloso.

Aquella vergonzosa humillación,
aquel castigo impartido,
aquella inesperada traición,
aquel corazón destruido.

Aquella tosca ingratitud,
aquel no haber estado allí,
aquella despreciable actitud
aquel todo lo que no te di.

Todo aquello y mucho más
todo el peso de mi culpa,
todo lo que apesadumbra,
en aquel bosque sentí.


Y en ese momento dije:
- Os perdono.
y en ese momento dije:
- Me perdono.

Y en mi hogar aparecí,
no sé cómo ni porqué,
con el alma renovada,
ya tranquilo descansé.

Del bosque no había rastro
ni de aquella horrenda criatura
que me había dado la cura
a todo el peso que arrastro.
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Fábula

Apareciste vestido del sol más salvaje,
tirando a los pies de la cama
la noche ya usada.
Nos quisimos como fieras,
lo nuestro no fue historia
era fábula.


Marisa Sánchez.
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Cierra los ojos y engaña al alma

Cierras los ojos para que deje de hacer daño. Cierras los ojos para ver un mundo diferente al que se erige frente a ti.

Cierras los ojos y las voces se convierten en ecos, el olor en aroma viejo, el paisaje se desdibuja y el sabor se traga. Amargo.

Y duele.

Pero abres el libro de la ilusión. Escuchas el mar en calma, olas débiles que rompen en la orilla acariciando la arena; hueles las rosas frescas del jardín al alba, pétalos empapados en el silencio del rocío; ves las montañas nevadas y juegas con la nieve; bailas con la arena; y bebes un sabor dulce.

Y el dolor se diluye en el desagüe. La inquietud se contiene y el miedo se encoge.

Y lo escondes.

Y lo olvidas.

Y sonríes mientras reproduces la fábula que sostiene tu cabeza. Bálsamo para cobardes, recreo para valientes, burdo acicate para ánimas humanas.

Y dejas de mirar de frente objetivo, esquivas, apartas y ocultas la naturaleza a tus sentidos.

Solo entonces reemprendes el pasaje pisando firme sobre el asfalto bravo, pero ciego a la existencia real, mientras levitas plácido sobre una pretendida quimera.

Cierra los ojos.
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Fábula de la abeja y el árbol en flor

En un ingenuo y frondoso paisaje,
zona indómita de escaso peaje
llegó, cansada, una joven abeja de viaje.
Vio como destacaba un árbol en flor,
muy voluminoso y con cara de dolor.

El árbol la observaba cuando ella se paró en una flor,
sonrojado, empezó a latir más fuerte su corazón
cuando algo, carcomido, muy dentro se estremeció.

“No hagas eso, maldita”- Dijo el árbol a la abeja
que vuela que vuela que trepa que trepa
por sus hojas y sentimientos, rozó su corteza.

“Yo estoy aquí, tan sólo y estático,
que me ciego ante un ser tan dinámico
como tú” - Se lamentaba el arbolito
al ver con alegría que un ser como la abeja
se había fijado en él y no por su belleza.
Cuando ella respondió comenzó algo en la pareja:

“Tranquilo quédate que contigo estaré,
volaré a tu lado, comeré de tus flores
y, al trepar por tu piel, cosquillas te haré”
Siguió la abeja, que notaba ciertos temblores.

“Un día tú te irás pues yo no tendré ninguna flor
y aquí me quedaré con recuerdos y dolor”
Lloraba el árbol, víctima de la experiencia;
Ella no entendía lo extraño de aquella ciencia.

“No digas eso” - dijo la abeja conmovida -
“Yo me quedaré y si muero será por amor”
Él se enorgulleció al recibir de regalo una vida
y la disfrutaron como nadie en el bosque los dos.

Pasó el tiempo, llegó el frío que no espera
y partieron quienes tenían que irse,
salvo la abeja osada que hubo de morirse
quedándose el árbol sin abeja ni flor, dolido,
en espera de la muerte, pues dudaba que herido
por la falta de tal ser querido viese otra primavera.

Y vuela que vuela y trepa que trepa
está en algún lugar unida su esencia
de amantes que no tuvieron paciencia.
Es lo que cuenta el viento a quien no lo sepa.
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La tórtola y el águila

Era un acorde de voz musitando libre en sus cadenas de ensoñaciones. No alcanzaba su canto la felicidad, ni hallaba en su entonación el espectro de colores y la calidez de su gorgojear. Revoloteando perdido por el tiempo y espacio de su curiosidad infinita, seguía buscando aquello que ahogaba sus ilusiones, arrancarle la venda a aquel acorde, trocar su música en palabras.

Mas era libre, acompañado de la soledad e incomprensión, ¿como renunciar al plumaje de su esencia más íntima, a pesar del dolor, el arrebato….?

En la primavera, el acorde mutó en gorrión. En su volar errático, espontáneo, trinaba vivazmente sin más preocupaciones que encontrar sus semillas, el aire por compañía, sin más alivio en su destierro de emociones. En su empeño por no dejar de batir sus pequeñas alas, halló una Alondra, con un canto que aturdió sus sentidos y sacudió su soledad. Aquella inspiración le enseñó el bosque, lugares donde descansar de lo cotidiano. Le enseñó remansos de manantiales, donde refrescar su garganta hastiada de no poder emitir sonidos que dieran color a sus emociones, aquello que aprisionaba su pequeño corazón.

La Alondra le cantó la más delicada de las melodías, extendió sus alas y protegió al gorrión del frío de la soledad y los juicios. El gorrión, mirando a los ojos a la Alondra, pronunció su primera palabra, Amor. La Alondra conmovida por la sinceridad de aquel pequeño gorrión le armonizó el más melancólico de los cantos.

Entonces ocurrió que el pequeño gorrión se convirtió en un ruiseñor, repitiendo nuevamente la misma promesa, Amor. Pero las nubes, con forma de cazadores, asustaron la Alondra, quien echó a volar. El pequeño no pudo seguir aquel vuelo de despedida. En el adiós, descaminó lo andado, su canto se tornó en tormenta y pena, sin volver a entonar aquel voto.

El silencio lo llevó a lugares áridos, ahogado por el febril vuelo a ningún lugar, no entonó trino alguno. El pequeño ruiseñor se refugió en aves pasajeras, sin hallar remansos donde descansar, encontrar el camino de su palpite, de su búsqueda de lo puro. Aves migratorias aliviaron su punzada en cada latido, pero no la forma de que el pequeño ruiseñor, agotado de tanto peregrinar, hallase la paz y el sosiego que diesen forma a sus palabras.

En el otoño, con el cuerpo ensangrentado por los cortes de la vida, abatido por el desfallecimiento de no encontrar lo que se desconoce, una tórtola lo arrulló. Aquella nueva melodía sanó su cansancio, con sus lágrimas, la tórtola, enjugó su dolor curando sus heridas, su bondad le devolvió al ruiseñor las ganas de entonar bellas melodías y reír en su canto. La tórtola le prometió que ni cazadores, ni estaciones, ni silencios o tormentas le alejarían de su compañía, que sanaría sus imperecederas heridas del espíritu una y otra vez, que amaba aquel frágil ruiseñor por lo que era, no por lo que no sería nunca.

De nuevo sucedió, el pequeño ruiseñor comenzó a recordar, ¿cómo era aquella música mágica que había olvidado en su peregrinar por lo intangible? Mirando a la tórtola recordó y le pronunció aquella palabra abandonada en el olvido Amor. El ruiseñor se transformó nuevamente, ya no era una pequeña y asustadiza ave, el amor desinteresado de la tórtola sanó sus miedos, curó la falta de ilusión, le enseñó a volar más alto, convirtiéndose en un águila majestuosa.

El cielo era el mundo, los límites ya no existían en su canto. La música se transformó en palabras, amor…. pasión…. emociones… felicidad….. libertad, fonemas que eran devueltos en su eco con soniquetes de infinito.

Cada día el águila volaba y volaba, más alto, más lejos, quería verter al mundo aquella catarata incontenible que necesitaba gritar desde los confines de sus emociones. Mas aquel águila después de cada vuelo, volvía junto a su tórtola, porque en ella anidaba su fortaleza, su paz y manaba las facundias para su cantar.
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5comentarios 66 lecturas prosapoetica karma: 102

De amores y medias despedidas

La descubrí
Cuando buscaba el horizonte
Cabalgando una libélula
No la había visto nunca
Pero la reconocí enseguida
En su bolsillo izquierdo
Llevaba el mapa del tesoro
Sobre una servilleta

Su rostro que no sabía de mentiras
Me mostró sus sueños
En la comisura de los labios
Y sus pesares
Corriendo por sus mejillas

Nos tumbamos en el prado
Ella tomo humo de mis labios
Yo el café de su cuerpo
Atesoramos varios ocasos
Y amaneceres
Resucitamos a Pizarnik
A Borges y a Neruda

Un día decidió marcharse
Tomó mis manos
Y me invitó a seguirla
Pero decidí quedarme
Besé su frente
Y se marchó de mi
Buscando el oro
Al final del arcoiris

Hace tiempo no se de ella
Pero desnuda y tibia
Cada tanto reaparece
Asomada por mis letras
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1comentarios 41 lecturas versoclasico karma: 58