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Perdona, mujer

Quiero pedir perdón
por cada una de las veces
que te he mirado, mujer,
y he hecho que te sientas un objeto,
ganado directo al matadero.

Perdón por cada vez que has temido
cuando me acerqué a preguntar una dirección,
o la hora.

Discúlpame cuando he dado por supuesto que,
por ser cariñosa,
podía intentar algo más que una conversación,
o cuando he dicho algo que te ha molestado
y, rápida y hábilmente,
me disculpé,
dije que era broma
o que sacabas las cosas de contexto.

Perdóname por hablar de ti con los amigotes,
por contar lo que hicimos
y, sobre todo, por inventar lo que no.

Espero que alguna vez olvides
cuando te traté de manera distinta
por ser atractiva o por no serlo para mí,
cuando te he seguido por redes sociales
sólo por tu atractiva
o te he dedicado unas letras
porque me siento atraído por ti.

Me encantaría que no hubiesen pasado por tu cabeza
las cosas que pensaste cuando tuvimos sexo
y fui egoísta,
cuando nos hicimos un selfie
y te traté como un trofeo
o cuando rebusqué en tu muro
para señalarte como otra más que iba a caer.

Lo que no quiero que perdones,
porque yo no podré hacerlo nunca,
es mi silencio ante la fanfarroneria,
los comentarios agresivos,
sexistas, despectivos,
misóginos de los animales con los que,
por desgracia, comparto género.

No te merezco, mujer.
Ningún hombre estará jamás a la altura de ti,
mientras nosotros mismos permitamos
que compartas planeta con tanto miserable.
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En una esquina

En una esquina de la habitación, sentada en el suelo, arranada, desolada y escribiendo.

Escribo, siempre escribo, pues en tinta negra me resguardo. Se me empañan los ojos y algo cae por mi mejilla, una gota que llega a mis labios, salada, es salada, lloro.

Escribo y pienso, pienso y escribo. Siento y lloro, lloro porque siento. No lo llego a entender del todo.

En mi esquina te miro, te observo, ¿qué diferencia ves en mí? Soy fuerte, lo sabes, lo sabes bien, lo tienes claro, pero, ¿quieres verme fuerte? Te vuelvo a mirar y veo tus pestañas, tus párpados entornados y tus ojos…, “me encantan tus ojos, ese marrón tierra, ese marrón brillante, esa dulzura…, esas ganas de amarlos”, aún recuerdo cómo te gustaban los míos, aún recuerdo lo que me dijiste. Son iguales, mis ojos y los tuyos, son marrones tierra, son dulces y apetece amarlos. Miro tu cara, ¡qué hermosura! Normal que me fijara en ti, aunque aún no sé cómo reuní el valor para hablarte.

Salado de nuevo, sigo llorando, te miro y lloro, lloro porque tus manos son iguales que las mías, tus ojos como mis ojos…, el amor es igual, él no entiende de sexos, Cupido quiso tocarnos con una flecha a cada uno, fechas que eran idénticas. No encuentro la diferencia entre tú y yo, entre él y ella, entre nosotros y nosotras, entre vosotros y vosotras, es que no la hay, es sólo una letra, es “o” o “a”, ellos y ellas, lo siento, pero me suena igual.

Cierro los ojos, los aprieto fuerte, necesito pensar o, quizá, no hacerlo. Los abro, escribo, recuerdo: “respetar para amar” y tú poniendo los ojos en blanco y diciéndome que no lo entendías, pero que me respetabas y por eso, a punto de que corriesen gotas saladas por tus mejillas, me juraste que si yo había decidido romper nuestra relación respetarías mi decisión:

– Porque la base de cualquier ser humano debe ser el respeto a los demás, al margen de estar de acuerdo o no, al margen de entenderlo o no – eso dijiste, nunca lo olvidaré.

Te alejaste y te perdí, por temor, te perdí. Pero volví a ti, porque el amor es más fuerte que el miedo y yo te amaba, y tú a mí. Cupido nunca dejó de creer en nosotros, nunca se cayeron sus flechas de nuestros corazones.

Y sigo llorando, arranada, escribiendo y mirándote. Pero de pronto, levantas la vista de tu libro, te giras y el semblante te cambia. En un segundo estás a mi lado, preocupado, pero no hablas, estás esperando a que yo me abra cuando me sienta preparada. Tus ojos marrones tierra, imposibles de no amar porque en ellos se refleja todo tu ser, todo tu amor, toda esa forma de respetar para querer. Y mi corazón comienza a hablarte:

– Pienso en toda esa gente que sufre cada día porque no la saben amar, porque tienen a su lado a alguien que no sabe valorar, que no sabe respetar, que no quiere querer. Pienso en todos esos lugares donde nos refugiamos, en nuestras esquinas, para sentirnos a nosotros mismos e intentar sentir a los demás. Pienso en ti…, y en mi suerte.
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Al final del día

Temo ver tu rostro severo
oscuro, duro, tenso

yo temo...
y muero...
porque al final del día

sé...
que vas a acecharme de nuevo.


* Por el respeto y la tolerancia. Ni una menos.
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Generaciones

Hijos de las costumbres
encadenando nuestras mentes
a las rutas del pasado
sin descubrir otros sabores
ni arriesgar la piel

Anclados a unas miradas
que el reloj diluye a su paso
lentamente y sin preguntarnos
pues brotan nuevas bocas
con hambre de futuro

Tan solo somos fotografías
de un suspiro del tiempo
que guardamos
en el baúl de la nostalgia

Nada permanece inmutable
ni se congela la vida
todo fluye, todo evoluciona
agarrándonos de su mano
a un incierto destino
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Basta ya

Por fin, ya paró el dolor...
No este, el obvio, pero sí
el que ha estado muriéndome lenta
y tristemente,
el de las palabras y los silencios.

Domingos de fútbol,
peliculas de Bruce Lee.
Domingos en la casa,
que lo tengo todo manga por hombro
y ya te aviso cuando baje a por el pan.
Domingos en los que les dices a tus amigotes,
borrachos como tú,
que ya te llama "esta",
tu jefa, tu domadora,
tu contraria, tu enemiga,
tu mujer.
Domingos en los que no logro quitarme
el asco de tu olor
porque anoche decidiste
que querías correrte dentro de mí,
sin un beso,
sin una palabra,
tras decirme que quitase
a esas putas y a esos maricones de la tele,
tras decirme que me diese prisa,
que tenía sueño,
tras sentirme violada otro mes más,
tras olvidar el sueño de un orgasmo,
tras olvidar el sueño del amor.

Y hoy, he vuelto a ser feliz,
por fin,
después de muchas conversaciones con mis amigas,
con las mamás del colegio,
tras muchos ánimos,
tras muchas lágrimas,
tras algún empujón,
tras un puñetazo sin querer,
porque mira cómo le obligó a ponerse,
tras dejarme encerrada en mi propia casa,
después de un millón de
"qué harías tú sin mí",
cien mil "no vales nada",
diez mil "si yo te quiero",
mil "yo trabajando y tú gastando",
cien "al gimnasio tú no vas",
diez "no volveré a hacerlo"
y un "si me dejas, te mato".

Hoy,
mi felicidad ha sido plena
desde el mismo momento
en el que le he dicho que me iba,
que no quería verle más,
que hiciese como siempre,
como si nunca hubiese existido,
que fuese feliz y que me dejase serlo.

Hoy,
mi felicidad ha sido plena
desde que le he dejado mis llaves en la mesa,
esperando un café que nunca llegará.

Hoy,
mi felicidad ha sido plena
bajando a la calle
con mi vecina apretando mi mano,
sonriendo, llorando.

Hoy,
mi felicidad ha sido plena
al sentir los rayos del sol,
al notar la fresca mañana
en un rostro que sólo quiere ser de nadie.

Hoy,
mi felicidad ha sido plena,
incluso ahora, en el suelo,
sobre un charco de mi propia sangre,
porque sólo me duele esta herida,
por la espalda,
con el que era mi cuchillo,
por la que se me escapa el tiempo.
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Nómadas

Su techo, el reverso del puente. Sus paredes, cajas de cartón. Su cama, el frio asfalto.

No está sólo, tiene a Cristina, inmigrante, vino a España a buscar fortuna, ha conseguido heridas en el corazón, un desahucio y aborto oculto producto de una violación.

Él ha tenido mejor suerte. Está en paro. Le han gritado y pegado en la calle por tener otra orientación sexual.

Vivía con su madre, pero ella falleció, el banco reclamó su herencia, y así llegó a vivir al aire libre, bajo las inclemencias del tiempo y la contaminación de Madrid.

Qué privilegiados. Podría ser peor.

Cristina y él, compañeros de viaje, nómadas de una sociedad moderna que los margina.
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Mi coraza de mar...

Me voy a hacer una coraza
de arena, nácar y olor de mar,
para soportar las noches frías,
las mareas de palabras,
las palabras que marean...

Me voy a hacer una coraza,
para ser fuerte, dura, fría,
para abrigarme por las noches,
luchar en los días,
y que el olor de mar
me dé calma...
a mí... y a mi alma...
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El amor no tiene género

Amores diferentes, diversidad de colores, razas y apertura de mente.

Personas que se aman y quieren vivir sin límites.

Alegría compartida, emociones vividas.

Sentimientos cautivos, amores furtivos.

Parejas que se extrañan, corazones que aman.

Distancia que separa, amantes que lloran.

Llamadas alentadoras, vidas compartidas.

Caricias que se añoran, alegría que emociona.

El amor no tiene género, ningún amor es ilegal.

Enamorarse de la persona, no del físico, ya que es pasajero.

El amor no tiene fin, simplemente se transforma.

Y la alegría es mejor compartida, si amas y vives en armonía.

El amor no sabe de géneros, sólo quiere hacer feliz a todo aquel que lo lleva por dentro.
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Tertulias

Las charlas cuando jóvenes se tornan hacia las fiestas y aquellas jergas que se viven, se portan como estandarte con las horas que se trasnochan viviendo al límite. Vivir el momento, el presente efímero como suspiro de cianuro, como trago amargo, fermento de lúpulo, destilado de agave, catarsis fugaz, éxtasis y agonía.

Las pláticas entre adultos hablan de proezas de los hijos y de las deudas por pagar, la cotidiana del trabajo, el devenir de recursos que se agotan. Y para el hombre el enemigo silencioso asecha en cada paso, el tiempo, aquél que dicta indiscriminadamente la sentencia del juicio al final del día de insomnio.

Las conversaciones cuando viejos se llenan de dolencias, de falta de apego, lo que no se hizo, lo que nos falta, la falta de querer. Los fármacos que han hecho que tu vida siga en pie y los mismos que a su vez van desgastando tu mirada, se lleva como estandarte cuántas cirugías llevas, cuantos consultorios has pisado y dónde ha caído tu cuerpo rendido en las noches, taciturno y olvidado.

Cuando anciano las palabras pesan toneladas, son gramos de oro y diamantes en bruto, tanto cuestan que suelen quedar entre labios. Se sueltan al viento clamando ser escuchadas ligeramente entre el ruido de los jóvenes. Para el anciano la moneda más valiosa es ver ligeramente una vez más ese amarillento resplandor de sol y a su vez, ver tu rostro.

- Ulises Oliva Martínez.
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Lo que no existe

Hay algo triste
en lo que no existe,
un fugaz recuerdo
de una luz dorada,
un salón de baile
de la Rusia Blanca,
y entre dos amores,
la estepa siberiana.

Hay algo triste
en lo que no existe,
una cohorte dorada
de yelmos bruñidos,
y blancos pendones,
y al galope,
Juana de Orleans,
que marcha a la muerte.

Hay algo triste
en lo que no existe,
humo de Ilión,
polvo de estrellas,
y Venus Afrodita
mirando sorprendida
su mano de la que, como rubí,
fluye el Icor de una herida.

Hay algo triste
en lo que no existe,
¿Qué misterio habrá
en lo insondable
del alma de lo que no es?
¿Puedes decírmelo , corazón,
antes de que se pare tu andar
en la ominosa muerte?
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2comentarios 119 lecturas versolibre karma: 79

Deseo

Primeramente tendría que hablar de esos versos estrellados que algún día se hicieron pasar por besos en un papel , donde ninguno de los dos terminamos de ser protagonistas.Una vida de cine.Un amor de película. El aplauso que precedía a la oscuridad.Apagamos las luces.Corremos hacia la puerta y cerramos de un portazo encerrando en un grito todas las poesías atrapadas entre sábanas o labios cada noche.

Tendría que hablar de todos esos motivos que fueron alguna vez el ritmo de nuestros corazones.silentes.como tu y yo después del cansancio que nos llevaron los reproches y que después fueron perdones.

Te voy a explicar las veces que miré tu camisa favorita, lago Tahoe ponía.Y podía leer de memoria tus ojos cuando algo no iba como esperabas.

Aunque para esperar , la que finalmente esperaba era yo.

Esperaba que provocaras cualquier gesto , mueca , seña , guiño para descifrar lo que querías decir pero nunca dijiste.

Y decido darme la vuelta esperando a que sigas detrás mía ,a que sigas las huellas que un día intenté dejar en tu vida y que borrabas con cada zancada tuya a algún lugar que no me llevaste nunca.

Y desapareciste como una estrella fugaz .

Y entonces pedí un deseo... No volver a esperar a alguien que no me espera nunca.
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Qué esperas...

Ya sé que dices que soy una intensa
que me rompo casi sin tocarme
y me recompongo saliendo ilesa
de lo que me hace derrumbarme...
pero qué esperas de alguien que le gusta levantarse escuchando a Izal mientras abre la ventana y se despejan todos los miedos de la noche anterior.
Pero qué esperas de alguien que le gusta hacer trayectos largos en el tren consigo misma.
Pero qué esperas de alguien que no comprende que el amor bueno es el que te hace daño.
Pero qué esperas de alguien que quiere querer tan fuerte que no haga falta decirlo en voz alta porque se siente más un susurro que un grito.
Pero qué esperas de alguien que se pinta los labios y luego se lava los dientes .
Pero qué esperas de alguien que es despistada hasta decir basta.
Pero qué esperas de alguien que tira todas las mañanas el vaso de leche porque es demasiado pronto para ponerse las gafas y ver con claridad todas las cosas que a veces están a oscuras.
Pero qué esperas de alguien que lee y escribe poesía cada vez que la vida le da un respiro.
Pero qué esperas de alguien que lee el horóscopo semana si , semana también.
Pero qué esperas de alguien a quien le gusta el chocolate con galletas de chocolate.
Pero qué esperas de alguien que sigue buscándose en la estación donde se perdió una vez y aún no se encuentra ni se encontrará.- Ya no eres la misma, amor.- me digo.
Pero qué esperas de alguien que no quiere sumar besos sino multiplicarlos y elevarlos hasta ese techo que ninguno podemos tocar , cielo.
Pero qué esperas de alguien que piensa que nada tiene que hacer la poesía si no han visto sus labios.
Pero qué esperas de alguien que quiere llenarse de deseos hasta las pestañas.
Pero qué esperas.
Dime qué es lo que esperas.
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Ni un silencio más, ni una voz menos

Solo silencio por aquellas que mueren en mi nombre,
solo silencio por aquellas que cayeron por mi vida,
solo silencio por aquellas que no tienen nombre,
ni voz, ni vida, ni rostro, ni alas, ni sonrisa.

Silencio por aquellas condenadas a él,
silencio por sus cuerpos y por sus heridas,
silencio por las víctimas y el dolor del crimen
del estado, del patriarcado y de la complicidad
de quién no es capaz de ver.

No, no, no quiero en tu rostro más lágrimas,
ni más silencio en nuestras calles.
No, ni una gota más de silencio en los días
ni un segundo más de soledad en tu nombre.

No estás sola hermana, somos resistencia,
somos flor, somos fuego y seremos mares.
Desbordaremos los muros que te encierran
y partiremos las cadenas y los alambres,
que con golpes han desgarrado tu alma,
roto tu mirada y derramado tu sangre.
Sé fuerte, sé firme y vuela libre, vuela,
que no es amor, eso que pretende,
sino la mayor bestialidad, la de la guerra.
¡Vuela! Que no estas solas en nuestro enjambre
que los pararemos y picaremos, compañera.

Mujer encarcelada por sus mentiras, levántate
que no hay nada de amor en su violencia,
que nos despertaremos en tormenta
frente a sus golpes y sus grilletes,
frente a sus palabras y sus cadenas,
juntas, mano a mano, frente a frente:
¡Ni un silencio más, ni una voz menos!
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Cementerio

La luz de la luna iluminaba levemente las filas de lápidas en el cementerio. Soplaba una brisa gélida y la niebla flotaba entre las tumbas, en cuya piedra rezaban los nombres de los difuntos. Muchos ya habían sido olvidados; otros, en cambio, descansaban bajo flores frescas que veneraban su memoria. Entre todo este silencio sepulcral, se empezaron a oír pasos. Pisadas que se hundían en el fango, que dejaban huella en la tierra húmeda. Los lobos anunciaban la media noche y aullaban a la luz de la luna.

Patricia se detuvo unos instantes y se estremeció. Era una chica joven, rubia y de ojos azules y brillantes, los cuales resplandecían como diamantes en la oscuridad. Su piel era pálida y sus labios rojos y carnosos. Llevaba puesto un abrigo verde militar y unos pantalones vaqueros, además de sus botas de lluvia. Hacía tiempo que había escampado, aun así había llovido bastante antes de que anocheciera. Patricia apuntó con su linterna, con cierto temblor, entre las lápidas. ¿Qué demonios buscaba allí? De pronto comenzó a tener una extraña sensación. Tenía el presentimiento de que alguien más respiraba junto a ella, de que la observaban desde algún rincón de la oscuridad. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, con el temor de que la luz de su linterna reflejase alguna forma sólida entre las lápidas. Y de repente…
-¿Hay alguien ahí?

Patricia se sobresaltó al escuchar su propia voz. Fue como si todo se congelara, como si el viento hubiese dejado de soplar, como si los lobos hubieran enmudecido. Por unos momentos reinó al silencio… hasta que algo lo quebró: alguien se dirigía hacia ella. La joven apuntó con su linterna hacia donde oyó los pasos, que se sucedían uno tras otro, de forma continua. Fuera quien fuese, no trató de disimular nada su acción: caminaba de forma dispuesta hacia ella. Patricia empezó a temblar y sintió un miedo terrible, hasta el punto que se le helaron los huesos.
Y entonces lo vio. La figura se detuvo a escasos metros de ella, mirándola fijamente. Lo que contempló entonces, fue lo siguiente: un hombre vestido de negro, cuyo rostro era blanco como la nieve, cuya boca esbozaba una sonrisa maligna y cuya dentadura dejaba entrever unos colmillos espeluznántemente grandes.
Era un vampiro.
-Estaba seguro de que vendrías…-murmuró la criatura. Patricia retrocedió un par de pasos. Aquella imagen le era familiar: lo que veía fue en un tiempo un hombre atractivo y elegante. De hecho, aún lo seguía siendo. La única diferencia (además de sus dientes) era que ya estaba muerto.
Agustín…la voz de la muchacha se quebró y apenas pudo pronunciar el nombre-. Agustín…
-Sí, soy yo-asintió el vampiro, que había reanudado su marcha hacia la joven.

Patricia volvió a retroceder. El pánico invadió su cuerpo y apenas podía pensar. Lo que veía no podía ser cierto, pero la voz de la criatura siguió resonando en su cabeza.
-No temas, amor mío. Soy yo, Agustín-el vampiro extendió su mano, en un intento por ganarse la confianza de la joven. Su sonrisa era aún más maliciosa que al principio.
Patricia pareció recular. Sus ojos se bañaron de lágrimas y tras observarle de pies a cabeza le contestó:
-Muerto o vivo, siempre serás el mismo. Durante varios años fui esclava de tus golpes, de tus mentiras, de tus dardos… cuyo veneno nunca podré extraer y por ello nunca podré sanar… tú eres el culpable de todo. Fuiste un miserable en vida y no por estar muerto cambiarán nada las cosas.

La sonrisa del Agustín quedó borrada al instante. Con una mueca en su expresión, pareció reflejar en su rostro el dolor que había descrito la joven. Negó con la cabeza, mostrando arrepentimiento. Tras esto, habló:
-Los errores que cometí en vida me hicieron más humano tras mi muerte. Ya ves, amor mío, que fue tras apagarse mi corazón cuando realmente parezco tener alguno. Ni un solo día bajo tierra dejé de pensar en ti: en tu sonrisa, en tus ojos, en tu boca y en tus labios, en tu cuerpo desnudo junto al mío…
Una lágrima recorrió la mejilla de Patricia. Aunque el vampiro pareció comportarse mal en vida, los buenos recuerdos comenzaron a florecer en la memoria de la joven. Dio un paso adelante.
-Yo no quería que esto terminase así-dijo-. Podríamos haber sido felices…
-Todavía podemos serlo-contestó Agustín, y entonces volvió a recobrar su maligna sonrisa-. Ven conmigo y te prometo una eternidad junto a mí.

Patricia confió, avanzó hasta el que un día fue su amado y le agarró de la mano. Entonces, cual conejillo que es cazado por un águila, el vampiro la presionó contra su pecho, le agarró con una mano su cabello y con la otra la espalda, y le mordió entonces en su cuello. La sangre manó de la pálida piel de la muchacha, que apenas pudo emitir un grito ahogado. Los lobos volvieron a aullar con fuerza. Los cuervos, ocultos en los árboles, comenzaron a graznar. La niebla se hizo más densa y una gran nube ocultó la luna, quedando el cementerio a oscuras. Un instante después, entre las tinieblas, brillaron dos ojos como diamantes. Eran azules e intensos y comenzaron a vagar entre las tumbas. En realidad, Patricia había sabido siempre que su final sería este.
Aun así, fue al cementerio en busca de algo que su mente no deseaba… pero sí su corazón.

Evan Huygens
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Esencia oscura

Cuando la oscuridad salió a la luz,
un árbol de Navidad dejó de brillar,
miles de lágrimas dejó caer,
una familia reunida,
los murmullos cogían fuerza,
la esperanza parecía fluir
al igual que la asimilación de
que cualquier cosa podía pasar,
miles de noticias llegaban,
personas sin aliento de un lado a otro.

La vida estaba cambiando,
estaba cambiando la manera de pensar,
la manera de asimilar las cosas,
ya nada era igual.
Ya no había sonrisas verdaderas
ni lágrimas de felicidad,
tan solo una máscara para que el héroe no se ausentara,
tan inocente flor llena de oscuridad,
sus inmensas ganas de que todo pasara,
su inocente mirada sin saber nada,
con ganas de vivir y volver a su naturaleza.

Si supiera la maldad que recorre su cuerpo,
no querría estar donde está,
pero lo que no sabe es la falta que hace,
es como la medicina que le hace falta al enfermo,
como el agua a las plantas,
como la comida a los humanos o
como un ABUELO a sus hijos y nietos.
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Mi azotea

Sentada ando en lozas rojizas,
A mi vista veo toda una pista
de cielo, de naturaleza, de vida.

Sobre mi posas, negra,
viendo en ti el pasar de los años.
Disfrutando de tu mera sonrisa.

Disfrutando de tu mirada con la mía,
de escuchar a los pájaros cantar,
de como el viento roza mis mejillas.

De las nubes gozo
cuando el sol las llenas de colores,
mientras tú, pidiendome caricias
sentada en lozas rojizas.
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4comentarios 98 lecturas versolibre karma: 96

El falso placer

Nunca presumí de arrepentirme
si abrazo de mujer infiel me ató,
ni otra mujer en lecho entregada,
fingió el deleite como bacante plena.

Oh, ¡qué fatal es el arrebato femenino!
¡Qué fingida su entrega voluptuosa
cuando se retuerce aspirando el anticipo
tumultuoso del grito que no suena!

Allá, como hiedras sobre musgos,
se resbalan los cuerpos estremecidos
y ríos exhiben la decaída lava ardiente
que rápida se funde sin conquista.

¡Cuánto más recogido en mustio lecho,
por ti hiervo de amor, extraña niña,
cuanta más gloria, al proscrito recuerdo
de aquel placer, me otorga tu sensible antojo.

Con lánguida memoria, con viva y lánguida
memoria me consuelo, y agradablemente,
cuanto más medito y plácido me siento,
más gozo con los besos de tus labios.
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3comentarios 38 lecturas versolibre karma: 78

La abuela

Yo tenía cuatro mujeres de barro sobre la mesa.
Llegaron sin invitación, una a una ocupando el espacio.

Me detenía a mirarlas minutos a veces por horas;
su vida fue expandiéndose a la cocina, al patio a la sala de estar.

Cuatro mujeres están en la casa.

Me confundían.

Dormía con ellas,
soñaba que desnudas danzaban,
a la orilla de un mar;
una hoguera encendida
a mi lado para hacerlas más fuertes,
pegadas a mi cuerpo para darme calor.

Una tarde,
pasada la lluvia,
las puse bajo el sol,
supe que se hacían mayores,
grité,
en su regazo puse un mechón de mis cabellos.

El tiempo fue creando grietas en sus cuerpos; chispa caliente del calor.

Como si nadie las viera,
se volvieron polvo una madrugada,
dejando herido mi sueño, mi insomnio, la vigilia.

Y sin quererlo,
junté con mis dos manos su materia,
y caminé y caminé hasta perderme.

Cansada, abrí mis manos
y entregué al mar,
la muerte,
el polvo,
mis cenizas.
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La Muñeca

-¿Te enamoraste de mí?
-(No podría estar más enamorado…)

-¿De estos rizos desordenados,
o de estos lentes anticuados,
que esconden mis ojos castaños?
No logro entender a la gente,
Los rumores invaden mi mente,
Y las cadenas se aferran tan fuerte...


-Dibujo en tus mejillas,
Con la pluma de mi poesía.
Navega en los ríos de tinta,
Seca tus lágrimas con la brisa.
Ya no veo el miedo en tus pupilas...


-Encerrada en esta caja con cinta
¡No quiero ser ejemplo para las niñas!
Ni de la mujer que esta perdida
Porque quieren cintura de avispa,
o vestir para llenar la vista
¿Que no le encuentran valor a la vida?
¿O no pueden sentir la hipocresía?

-Nunca fuiste una muñeca,
Rompe el paradigma que te encierra.
¡Iza la bandera de una guerrera!


Marcame a rojo fuego,
En mis labios y en mi cuello.
Desliza tu luz en mis tinieblas
Que con ternura y paciencia,
Me atrapaste en tu estela.
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La vida es una mujer

Siempre con los brazos tendidos
nos pasea en sus alas a través de los años,
enseña lecciones sin abrir la boca
y nos despide cuando le pesan las almas.


Abuela, madre, hermana, hija, pareja o amiga
son la misma existencia en distintos rostros,
mitad del hombre desde que éste es hombre.


Mal infierno acoja a los demonios
si estrangulan la vida en sus raíces
y la golpean por no saber cortarse las garras.
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