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Himno agonico

Voces en coro
Se empiezan a elevar
Una nefasta canción
Se pone a cantar
Relatando sin miedo
Todo el horror
Del salvaje pasado
Plasmando el dolor
Y toda la agonía
De la desdichada población
En tiempos llenos
De penumbra y desolación
Las voces se van perdiendo
Dejando solo el silencio
Las voces se van perdiendo
Destruido y abandonado
Por ataques pasados
El himno sigue en pie
Tocado por el aire
Exclamando su agonía
Espantando la alegría
De ese lugar
Lo único que queda
Son huesos y ruinas
Aunque el himno siempre
Estará tocando su agonía.
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Yo

A pesar de no ser idénticos
a nosotros mismos.
A pesar de que el tiempo
nos cambia permanentemente,
insistimos en decir yo.

Yo,
única identidad variable,
mutable;
sin banderas,
sin himnos,
sin fronteras.
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¡ǫᴜᴇ ɴᴏ ʜᴀs ᴍᴜᴇʀᴛᴏ, ғᴇᴅᴇʀɪᴄᴏ!

Federico,
hoy, ¿por qué no has venido?
antes del cañón sonoro
y del eco muerto del río.

Federico sabio,
el mas brillante amigo;
amigo de todos
los que vivieron contigo;
los que contigo vivir
hubiésemos querido,
y tras tu silencio pedido,
contigo prestos morimos...

Dueles, Federico.
Dueles de cerca
al huerto;
dueles de lejos
a la tierra sangrante
de la lunulata de Tages,
adivina de tu destino.
Dueles a causa del llamado
a tu arribo sordo.
Duele la ausencia
de las seis cuerdas.
Duele la sombra de tu alma...
Dueles antes
porque no dueles,
pero dueles siempre, Federico.

Tus pasos
vagan incesantes
al reflejo de tu sombra
por el fortín de oro;
por el cielo impetuoso
donde tu Luna
entona cada noche
el cante hondo
de tu amor y tu lloro.

Granada,
tu andaluz guía
luciendo viva
por ti ha muerto de a poco;
por la ausencia de tus manos
en sus muros;
de tus letras
recitadas
en los versos
de algún loco,
va lamentándose
ante la inerte
crueldad de tus despojos.

Federico,
ayer, di,
¿por qué no has venido?
a cosechar historias
de las nochebuenas;
a brindar con agave
y burlar a la parca
con tu recitar límpido,
franco, suave...

Federico,
corazón del corazón y la azucena,
¿por qué, genio?
¿por qué no has venido
dispuesto a cobijarte
bajo las alas
del águila real?
pa' contarle
de la espera
por tu niña amarga;
de la verde carne,
de tu amor oscuro...
o del sonámbulo romance.

Federico.
Suyo.
Nuestro.
Mío.
El niño gitano.
El hombre herido...
¡Anda!
dile al amante perdido,
cuéntale a la tristeza
por qué no has venido.


Aquí,
sin ti, sobrevivimos
los que ya te conocemos;
los que te cantamos
el desconsuelo
cuando a la memoria regresas
al Soneto de la dulce queja,
desde el mundo aquel
donde se conocieran;
donde quizás nos encontremos.
En el mundo secreto
de las almas perpetuas...
esas que duermen
por un rato,
un minuto,
un siglo...
Esas que nos dicen,
esas que te dicen
aunque no hayas venido,
aunque te volvieses
por la tiniebla
de la muerte
sobre el mismo camino
en tu Pequeño poema infinito...

Aunque no hayas venido
nos dices con tu voz de Madrigal:

¡Silencio!
que no querías llantos...

¡A callar, has dicho!

¡Que no has muerto!
¡Que no has muerto,
Federico!



Yamel Murillo




A mis almas
Novel cancionero©
D.R. 2004
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