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Résistance

Cuando ese soldado me miró a los ojos, no observé odio en su mirada, tan solo pude percibir tristeza. Quizá le recordara a alguien, o simplemente fuera la compasión de ese hombre lo que me salvó la vida. Mucho tiempo después lo descubrí.

«¡Todo despejado!», gritó a sus compañeros mientras bajaba su fusil y me hacía una señal para que guardara silencio. Luego, sacó un pedazo de chocolate del bolsillo de su guerrera y lo dejó en el suelo. Minutos después, los soldados se marcharon, no sin antes requisar lo poco de valor que teníamos en casa. Cuando por fin pude salir de mi escondite, descubrí el cuerpo sin vida de mi padre en medio de la sala principal de nuestro humilde hogar. Todavía estaba caliente, y a pesar de haberme arrebatado lo único que me quedaba en este oscuro mundo en guerra, no pude derramar ni una lágrima por él. Tenía tan solo 15 años, y de la noche a la mañana, la crueldad de los hombres me había dejado huérfana.

Meses más tarde, y después de varias semanas trabajando para la Resistencia, el destino hizo que ese soldado, el cual me había perdonado la vida, y yo, volviéramos a cruzar nuestros caminos; Rolf, creo recordar que se llamaba.
Tras sorprender a algunos soldados que realizaban tareas de requisa en la zona, y después de una corta pero intensa refriega, donde abatimos a seis de ellos, conseguimos hacer prisioneros a dos. Interrogaríamos a los prisioneros, pero no serian fusilados; por el momento.
Después de obtener toda la información que necesitábamos a cambio de sus propias vidas, hablé con Rolf. Al preguntarle por qué había salvado mi vida, su respuesta me hizo cuestionarme todavía más toda esa maldita guerra sin sentido. El prisionero me habló en un tono tan tranquilo y cordial, que retumbó todo a mi alrededor:

-La guerra no la elegí yo, sabes. Ni tan siquiera debería haber empezado, y al verte..., me recordaste tanto a mi hija. Se llama Astrid. Ella y mi mujer me esperan en casa, y algún día, si esta maldita guerra lo permite, espero regresar a su lado. Siento lo de tu padre; yo no soy un asesino.- Al prisionero se le inundaron los ojo de tristeza mientras me miraba.

- Me llamo Simone.- Dije mientras salía de la celda donde se encontraba el soldado retenido.

Las palabras de aquel hombre me habían transportado por unos segundos a un tiempo feliz, mucho antes de las bombas y la muerte. Después, cerré la puerta y me apoyé en la pared. Esa fue la primera vez que pude llorar por la muerte de mi padre.
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La doncella de Orleans

La primera vez que la vi, descubrí realmente lo que era la esperanza. Por aquel entonces, yo era tan solo un simple escudero que acompañaba a la hueste de mi señor Gilles de Rais, el cual, en aquellos años, todavía abrazaba la Gloria de Dios.
La joven campesina, cabalgaba a nuestra vanguardia portando el pendón de la casa real francesa, y a la vez, alentaba con cantos de victoria a nuestras tropas. Algunos hombres maldecían en voz baja, pues no podían consentir que una mujer, una simple chiquilla, por muy enviada de Dios que fuera, les condujera a la batalla. Gilles de Rais, acalló los murmullos rápidamente con una simple mirada. Todos los soldados, sin excepción, creían que en el interior de su comandante habitaba la semilla del mismísimo Lucifer. Todas esas sospechas se demostrarían algunos años después, aunque esa, es otra historia. La verdad, es que en esos días de intensa actividad militar, y por primera vez en su vida, mi señor, y comandante de los ejércitos franceses, había encontrado la luz de Dios en los ojos de una niña. Una plebeya nacida en la pequeña aldea campesina de Domrémy, una muchachita de tan solo diecisiete años, se había convertido en la máxima esperanza de toda una nación.

Jeanne d”Arc era su nombre. La muchacha, mostraba una fornida y recia figura fruto de la dura vida en el campo. Era más alta de lo que solía ser una mujer, y a pesar de llevar el pelo corto, algo raro, incluso inapropiado para una mujer, no desvirtuaba en absoluto la gran feminidad que destacaban su grandes y brillantes ojos azules en su rostro. Claro era que Jeanne d”Arc no era una mujer como la demás. Ella era una mezcla perfecta de fiereza y belleza, una combinación tan intensa, que era imposible plantearse que todo lo que esa muchacha contaba fuese mentira. Luego, aconteció lo más increíble que jamás he contemplado en mi larga vida.

Avanzándose a la guardia que el Delfín de Francia le había asignado para protegerla, la indomable joven se dirigió decidida hacia los ingleses que vigilaban las altas murallas de la ciudad. Les encomendó a la rendición en nombre de Dios; que por cierto, era el mismo para ingleses y franceses. Podrían irse y salvar sus vidas; a cambio, únicamente debían rendir la ciudad y dejar pasar a las tropas francesas. Los ingleses, después de escuchar divertidos los delirios de una niña, y de burlarse de los franceses por dejar que les comandara una mujer, se negaron a rendir la ciudad y comenzaron a prepararse para el asedio.

« ¡Dios ha sido testigo de mi ofrecimiento!» , gritó Jeanne con una ferocidad desconocida, incluso para sus propios camaradas. La joven enviada de Dios miró a las tropas francesas, y acto seguido, una última mirada a nuestro comandante a la espera de aprobación. Gilles de Rais asintió. Nadie podía negar que existía una conexión especial entre Gilles y Jeanne.
Gilles de Rais era solamente un poco mayor que la campesina de Domrémy; veinticinco años tenía mi señor. Todavía creo que estaba enamorado de esa muchacha, aunque las circunstancias, no eran las más apropiadas para el amor.
De pronto, una traca de silbidos atravesó el espacio entre las murallas y la posición francesa. Una flecha se clavó en el hombro de la joven, la cual, ni se molestó en alzar el escudo para protegerse, pues bien valía la protección de Dios. Jeanne se sacó la saeta con un despreocupado desprecio, desafiando furiosamente a sus atacantes. La sangre le brotaba por su brazo izquierdo. Una rápida mirada a la herida, un grito de atronadora rabia que inundó el campo de batalla, y un furioso ataque para romper las defensas enemigas. Horas después se hizo el milagro
Después de tantas derrotas, tantos territorios perdidos, tanto esfuerzo, tanta sangre, tantas muertes y tan largo sufrimiento, apareció esa muchacha que hasta entonces, solo existía en las leyendas.
Una campesina de diecisiete años, una niña, guio a hombres recios y curtidos en decenas de batallas hacia la victoria, recuperando de esa manera el orgullo y el honor de toda Francia.
Ese día, un ocho de mayo del año 1429 de nuestro Señor Jesucristo, y tras más de seis meses de intensa lucha por recuperar la ciudad de Orleans, esta, fue devuelta a la corona francesa, comenzando de esta manera la reconquista de los territorios perdidos contra los ingleses.

Poco más de dos meses después de la toma de Orleans, el diecisiete de julio, el Delfín de Francia, fue coronado rey. Carlos VII, recuperó poder y prestigio, aunque la guerra entre ingleses y franceses, eternos rivales por el poder continental, continuó veinticuatro años más.
Por su parte, Jeanne d”Arc moriría apresada por los ingleses, injustamente condenada por herejía, y quemada en la hoguera el treinta de mayo del año 1431.
De todas maneras, el nombre de Jeanne d”Arc, ya se había convertido en leyenda; incluso, siglos después sería canonizada y beatificada. Pero, a pesar de todo estos reconocimientos, y de haber sido ascendida a los cielos, la joven campesina de Domrémy, pasaría a la eternidad como la doncella de Orleans.
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¡Oh divina Atenea!

Hija del padre, Rey de mortales e inmortales. El que con su rayo hace temblar la Tierra.
¡Oh divina Atenea! La única comparable en poder e inteligencia con el mismísimo Zeus.
Señora de la justicia, guerrera implacable, concédeme la protección bajo tu áurea égida. Que tú lanza guie mi mortal destino, enseñándome el camino a seguir. Siempre honesto, recto, comprometido con los dioses y siempre fiel a la verdad.
¡Oh diosa de ojos azabache y níveas manos! La de lanza de fresno y escudo de bronce, la más poderosa de los dioses del Olimpo, bendíceme con tu gloria.
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Boudica, reina de los Icenos

Reina de reyes.

Desde bien pequeña, sus dos ojos azules y su salvaje fiereza, ya hacían presagiar un gran destino para la más joven de las hijas del rey Iceno, un destino que marcaría en la eternidad junto a su pueblo y al de toda Britania. La princesa siempre prefirió los juegos de niños, las partidas de caza, las espadas, y los combates con los chicos mayores, de los cuales acostumbraba a salir siempre vencedora. Todo lo relacionado con los deberes marciales le fascinaba.
El ardor combativo y guerrero lo llevaba en su real sangre, así como la indómita defensa por la libertad de su pueblo contra el extranjero invasor. Su gran carisma y su fuerza, la convertirían en heredera y posteriormente en reina de su pueblo; «Reina de reyes», adalid de la lucha contra los romanos. Una mujer de fuego en el pelo que pondría en jaque a todo un Imperio.



¡Grita Boudica!

Cabellos bañados con el bermejo fuego de la diosa madre, ojos de verde hierba que riega los valles de Britania, brillante resplandor que a su pueblo acaudilla. Valiente mujer, Reina de los Icenos, que ante el poder de un Imperio se negó a claudicar.
Ella, libre y salvaje, a su pueblo alentó para no hincar rodilla ante el romano invasor. ¡Grita Boudica! fiera guerrera, que a la muerte venciste al convertir tu gesta en inmortal, liberando a tu pueblo a pesar del trágico final. ¡Grita Boudica! pues todavía tiembla Roma al escuchar tu nombre.
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Canto Olímpico

I.

Cuentan que existió un tiempo donde los hombres no conocían límites a sus sueños, donde las deidades se mezclaban entre los humanos para bendecirlos o destruirlos y donde unas increíbles guerreras venidas de las tierras del este, comandaban ejércitos tan salvajes como disciplinados.


II.

Varinia, que por tus venas fluye la sangre de los inmortales, dulce néctar tus labios prometen, a quien te acompañe en batalla sin importar los peligros. Compañero de aventuras, a él prometes fidelidad si así este se compromete. Y que de vuestra unión la estirpe de Zeus renazca, pues de su raza provienes; semidiosa divina tú eres.


III.

¡Oh musa de cabellos ígneos! Alzo mi canto a tu pecho, que del sagrado Olimpo reciba, la luz protectora de Apolo. ¡Oh musa de larga trenza! Que tus alados pies guíen mi viaje más allá de los confines del miedo, donde mi destino espera en el correcto camino. Dame fuerza y valor para afrontar los peligros que acechan los pérfidos vasallos del mal.
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Adriano y el esclavo

Adriano despachaba en su mesa
las cartas de todo el Imperio.
Pesada es la cabeza
de pesados pensamientos.

No bien habiendo leído una misiva lejana
quién sabe si de Panonia, de la Selva Hercina
o de cualquier otro mundo distante,
un acceso de ira le consumió.
Perdiendo el sentido, toda ella recayó
sobre un esclavo, servil secretario
que por sus nefastos manes
se había allegado al Emperador.

Adriano tomó el punzón
con el que grababa sus notas en cera,
y apuñaló el ojo del esclavo.
Y volviendo en sí, se horrorizó de su acto.
-¡Qué humillación, perder así el tino!
¡Volverse uno inhumano!- pensó.
-Dime presto….Por Jove, dime,
cómo te puedo compensar
por haberte cegado- preguntó al esclavo.

Aquel esclavo, quizás griego,
pero sólo habiendo saboreado
desde la cuna los azotes, las palizas, y los miedos
que debían a sus amos, no contestó.
El Emperador insistió
-Dime y no calles. Te daré todo lo que pidas
para compensarte- y casi terriblemente imaginó
en dejar su corona al siervo desdichado.
-Yo que todo lo puedo en este mundo,
te daré lo que pidas- aseveró.

Pero este, callado,
sopesaba sus pensamiento
Y abriendo su boca
sólo le preguntó al Emperador
-¿Podéis devolverme el ojo, Señor?-
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Amor Dimensionado En El Tiempo Parte II En Sinergia con @Ludico

La última palabra
será de una voz entristecida
queriendo decir lo nunca dicho.
una lágrima derrama
(la voz) cansina
atonada póstuma en suplicio.

Contando historias y presagios
en grises atardeceres
de sobrevivientes de naufragios
dormitando a intemperie.
Mas, las pulsiones de tus labios
no tienen fuerza para oraciones
languidecen musitando un poemario
lleno de horrores.

Anochece y la tormenta
apaga el fuego
cerradas están las puertas
de los albergues en todos los pueblos.
Latigazos de los rayos
parten los cielos
mis manos llenas de callos
cubren tu pelo.

Viviremos en la fragilidad
de las luciérnagas
con la misma serenidad
de un rey y reina
dentro del tiempo dimensionado
que nos gobierna.

Los días grises dan paso
a lúgubres recuerdos.
De la bruma rescato lo vivido,
los horrores los sepulto
lo soñado, en el olvido.

Incendio en nuestro interior
llevan por vericuetos escondidos
dándole luz radiante
a un amor correspondido.
Sin suplicas a dioses...
mi tonada impregna todos mis gemidos.

Las puertas que estaban cerradas
por el terror a lo desconocido,
se abren de nuevo ante mis ojos,
musitan de terror...
por un momento verídico.
Ventanas que brillan
ante un hermoso sol
colándose tenue
se trillan en el descuido.

Vivo contigo en la fragilidad.
Mis suaves manos de reina
rozan tu cabello plateado
como demostración
del fiel apego engalanado.

Este reino que inventamos
le da pinceladas de color
con sentido poético
a todo lo desconocido.

Con un contundente adiós
a lamentos y calvarios
ocultos tras la tenue luz
de luciérnagas y presagios.

Pintura Autora: Vaimar
Técnica: Oleo Sobre Lienzo
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Historia de una pasión

Estalla
la
suave tarde
en
tantos colores;
lila, rosa, naranja, azul.

Silba
el jilguero alegre;
llora un poco,
un sauce
de ramas tristes.

Despacio, tu tersa piel
en sus enredos laberínticos
baña de luz las yemas
de todos mis dedos traviesos,
y un canto
tenue
de viento,
sopla al trémulo crepúsculo
dulces notas;
brillante sonata.

Sábanas,
blanco satinado.
Y el sudor;
tu piel,
mi piel.

Hemos escrito otra historia,
renglón
dúctil;
en prosa, rima y versos
te plasmo una canción de besos.

Somos un diario,
y
fábula
de lobos pardos en celo;
fieras, colmillos y garras,
y dos alas...
o
ángeles cayendo en picada.

    Pasión, cuento, leyenda.




~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Poesía de Alejandro Cárdenas
@AljndroPoetry ~ 2020
Jun-8

MEPI Extendido
40 dígitos de Pi
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Canciones de Escocia

El día, amanecía invadido por una tensa e inquietante calma que se respiraba, ahogante en su atmosfera, en toda la llanura de Bannockburn, al sur de Stirling, en Escocia. A pesar de que Robert de Bruce (Robert I), rey de todos los escoceses, y su homólogo, Eduardo II de Inglaterra habían acordado la firma de un tratado de paz en aquel bello paraje, la disposición de un gran ejército de más de veinte mil hombres por parte de los ingleses, hacía pensar lo contrario. Escocia disponía de apenas diez mil hombres, aunque esa inferioridad de dos a uno, no iba a hacer que se inclinaran ante el tirano rey inglés. Mientras los soldados se disponían para presenciar la falsa firma del tratado, preparaban todo lo necesario para un combate que se percibía ineludible, ya que ninguno de esos rudos y valientes hombres, se fiaba de las palabras del monarca inglés.
Robert, mandó llamar a sus generales, para que juntos, pudieran organizar el plan de batalla ante la inminente y nueva traición del rey de Inglaterra. Algunos de los nobles jefes de los clanes escoceses habían apoyado la rebelión desde el principio, otros, incorporados en el último instante, habían visto una oportunidad de mejoras en su estatus social tras la muerte del despiadado Eduardo I «el zanquilargo», padre del nuevo monarca. Eduardo II, era un incapaz estratega y un colérico cobarde en el campo de batalla, dejando toda la responsabilidad a sus generales; Todo lo contrario de lo que fue su padre.
El rey escocés, mucho más diestro en el arte militar que su adversario, disponía de buenos estrategas y curtidos guerreros entre sus generales, destacando, por encima de todos, dos de ellos. El primero, Hamish Campbell, un bonachón y corpulento guerrero, era el jefe de las milicias. Había servido junto a William Wallace, héroe y estandarte de la rebelión desde el principio. En 1305, tras la captura y ejecución de Wallace, se había puesto al mando de las milicias escocesas, uniéndose, junto a sus veteranos, de manera oficial a las tropas del rey Robert. El segundo de sus sobresalientes generales no era escocés, ni tan siquiera había nacido en las islas británicas. Se trataba de un extranjero, Pierre D”Aumont, un templario francés, huido del continente tras la persecución de la orden por parte del Papa Clemente V y del rey francés (Felipe IV) a principios de 1314. Después de la muerte del último gran maestre, Jacques de Molay, en marzo de ese mismo año, pidió refugio en la corte del rey escocés. Este, aceptó de buen grado su experiencia en tantas batallas, y D”Aumont, junto a ocho compañeros de la orden del temple, se unieron al rey Robert jurándole lealtad.
Tras la realización de un cuidadoso y detallado plan de batalla, los escoceses estaban listos para el choque. Ahora, solo quedaba esperar a la señal, y esta sería la inminente traición inglesa.

El calendario marcaba el 23 de junio del año 1314, y tras dos días de batallas, los aguerridos escoceses, derrotaron a las tropas inglesas, haciéndoles huir del campo de batalla. El rey Eduardo, al galope, huyó hacia el castillo de Dunbar (East Lothian), en la costa, y sobre las tres de la tarde del día 24, tomó un barco de regreso a Inglaterra.
Los escoceses estaban exultantes de alegría. Gritaban y se abrazaban en aquel campo cubierto de roja muerte. Algunos de aquellos guerreros, que minutos antes luchaban poseídos por el espíritu salvaje del dios de la guerra, lloraban como niños. No les importaba, pues por fin, y tras tanto sufrimiento, podían tocar con sus manos el suave y reconfortante calor que ofrece la libertad.
A pesar de la aplastante y humillante derrota del monarca inglés, Eduardo jamás lo reconoció en vida. Sería su propio hijo y sucesor al trono de Inglaterra, Eduardo III, en su primer año como rey, quien reconocería oficialmente los derechos de independencia de Escocia en 1328, haciendo un enorme esfuerzo de diplomacia tras las continuas demandas de los escoceses y del panorama político internacional del momento.
Ese día, todos los participantes en la batalla de Bannockburn que continuaban con vida, celebraron la noticia del reconocimiento oficial por parte de Inglaterra de la independencia de Escocia. Otra derrota de los ingleses por parte de las aguerridas gentes de escocia. Hombres, mujeres y niños, salieron a la calle a celebrarlo, con grandes banquetes y grandes cantidades de cerveza y todo tipo de licores. Por todos los rincones de Escocia, se cantaron himnos de amor a la tierra y se rindieron grandes homenajes a los caídos en las batallas que habían llevado a esa gran jornada.

Robert de Bruce, a sus 53 años, enfermo y débil, recibió la noticia con alegría, pues ese reconocimiento era su deseo y su legado al pueblo escocés antes de morir. Algunos de sus sirvientes, años después, relataron, que esa misma noche, se le apareció en sueños el espíritu de William Wallace. El rey y el héroe escocés mantuvieron una larga conversación, dándole las gracias este último por haber conseguido la tan ansiada libertad para el pueblo de Escocia. A la mañana siguiente, entre lágrimas, el rey relató a sus más allegados la conversación mantenida con Wallace. Fue la segunda vez que vieron llorar al monarca escocés en público; la primera, fue tras la gran victoria en Bannockburn.
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Desventura bovina:

De angustias lleno,
yo sufro y peno.

Voy por el prado
triste y cansado,
pues no he probado
ningún bocado.

Es mi lamento
el descontento.

Me falta el heno
y con enfado…
¡Le bramo al viento!
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Trinetillo (129)

Chiquillo
sureño
sin dueño
ni anillo

Al brillo
trigueño
de ensueño
me humillo

Me envuelve
tu euforia
cercana

me absuelve
tu historia
lejana"
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Que Dios nos perdone

Agosto de 1945. Tras casi seis años de guerra, y después de que el ejército alemán capitulara tras su derrota final y la muerte de Adolf Hitler, la guerra está a punto de acabar en el frente del Pacífico. Los japoneses no están dispuestos a capitular, pero los americanos pretenden acabar esta maldita guerra con una nueva y poderosa arma que pondrá en tensión nuevamente a toda la humanidad.


Lunes; 6 de agosto de 1945.
Hora: 08:45.


El coronel Paul Tibbets accionó el mecanismo que abría la trampilla, dejando escapar toda la furia que contenía el pequeño chico (Little Boy). El retoño de Oppenheimer y estrella principal del Proyecto Manhattan, saltó del avión en busca de sus víctimas. Hiroshima se convertiría en el objetivo, un final de trayecto que segaría la vida de miles de ciudadanos japoneses.
Segundos después del lanzamiento, el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero Boeing B-29 Superfortress, exclamó:

¡Dios mío, que hemos hecho! No obtuvo ninguna respuesta.

El Enola Gay, nombre con el cual fue bautizado el avión, se sumió en el silencio más asfixiante que jamás sintieran sus protagonistas. A pesar de todo, habían cumplido su misión. De regreso a la base, Paul Tibbets (piloto), Robert Lewis (copiloto), Bob Caron (artillero de cola y fotógrafo), y los otros nueve miembros de la tripulación, rezaron en silencio a su Dios, con la esperanza de que Este, pudiera perdonarles algún día. Pero a pesar de todas las plegarías, Dios no quería participar de la barbarie de los hombres, inmersos en una cruel y fratricida guerra sin sentido.
Tres días después, el 9 de agosto de 1945, otra bella ciudad, Nagasaki, sería consumida por otra bomba nuclear (Fat Man), perversa creación de los hombres de paz. Semanas después, el 2 de septiembre, Japón se rendiría oficialmente, dando así por terminada la lucha sobre el terreno. La Segunda Guerra Mundial había durado seis años, acabando con la vida de millones de personas.
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El bobo

Del bobo nadie dudó. Nadie
sospechó. Hasta que llegó
uno más bobo y lo descubrió.

Microrrelato
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El manco de Lepanto

Golfo de Lepanto; 7 de octubre del año 1571.

Esa mañana, el infierno había emergido hacia la superficie del mar para alegría de la Parca, que esperaba impaciente su festín de almas. Las flotas otomana y cristiana ya habían tomado posiciones, y se disponían a chocar con una ferocidad digna del mismísimo Hades. Los cañones vomitaban fuego con ensordecedor estruendo, e inhumanos gritos salidos de las gargantas de los presentes insultaban, maldecían y condenaban al infierno a sus adversarios.
En una de las galeras de la Liga Santa, la armada cristiana, un joven de veinticuatro años y de nombre Miguel, febril y doliente, se disponía a abordar una de las naves turcas y a dar batalla sin tregua a los enemigos de su rey y su Dios.
El capitán de la nave, así como algunos de sus camaradas, le instaron a guardar reposo y a no entrar en batalla debido a su estado, pero él se negó. No quería pasar a la historia como un cobarde, pues era preferible morir valerosamente y encontrar sepultura en la batalla por la causa de la Patria y de Dios, que dejar este mundo en las bodegas de una galera enfermo y sin gloria.
Así pues, el capitán del navío, le dio órdenes, junto a otros compañeros, de que protegiera la posición del esquife durante la contienda, y tal fue la hazaña de este bravo soldado, que tras recibir dos arcabuzazos, uno en el pecho y otro en la mano izquierda, no cesó en el combate hasta acabar con los otomanos a los que se enfrentaba. A pesar de las heridas, y de perder la movilidad total de su mano alcanzada por el fuego, el soldado Miguel se recuperó en pocos meses. Tiempo después, escribiría sobre esta batalla:
« Fue, la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.»

Se dice, que tras la feroz batalla, las aguas que vieron a la cruz y a la media luna medirse en fatídico duelo por coronar a un único Dios, se tiñeron de un rojo tan intenso, que la sangre cubrió el mar durante más de tres meses. Ese día, perdieron la vida tantos hombres como ninguna batalla anterior había conocido. Ni Dios, ni la Muerte, harían distinciones a la hora de juzgar a los caídos.

Miguel de Cervantes Saavedra pasaría a la historia como uno de los mejores, sino el mejor de los representantes de la literatura española, incluso me atrevería a decir, el mejor literato a nivel mundial que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Y a pesar de ese don, en su lecho de muerte, débil y enfermo, solo deseaba recordar sus años como soldado, los más felices de su vida. Su último recuerdo, Lepanto.
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Utopía

Y un día ella dejo de ser princesa
Le cambiaron sus vestidos por trapos
Su sonrisa por lagrimas
Ocultaron su dolor bien en el fondo de su corazón
Le cambiaron su felicidad por una tormenta
Su amor se convirtió en pesadilla
Oculto sus marcas bajo maquillaje
Le cambiaron su libertad bajo cuatro paredes
Le quitaron sus sueños
Hace tanto que no sonríe que ya no sabe como se siente
Hace tanto que no ve el sol que ya no sabe como es
El miedo la consumió
Prisionera de un ser oscuro
Que cambio su vida de arco iris por días llenos de oscuridad
Pero que jamas pudo apagar esa pequeña luz de esperanza en su interior
Porque ella a pesar de todo; sigue de pie, intentando cada día ser mas fuerte
Y porque aun así, ella sigue creyendo en el amor...
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Sobrevivo

Estaba arto de mi existencia. Ese día salí a la calle a vender dulces. Las personas a las que le ofrecía mis dulces me rechazaban. Me sentía cansado de pasar hambres, de no tener sustento. Con sólo 21 años, huérfano, viviendo en una choza cubierta de material plástico, sentía desesperar. Una señora tuvo piedad de mí y me regaló un pan y agua a eso de las 2 pm. Me sentía cansado. Así que regresé a la casa. Antes de quedarme dormido, pensé muchachas cosas. Pensé en hacer daño para conseguir comida.
Al amanecer, afilé mi cuchillo y lo guardé en medio de mi pelvis y mi desgastado pantalón de lino. Salí al centro de ciudad. Visualicé a varios prospectos los cuales parecieran tener forma de guardar algo en sus bolsillo. Una señora elegante, que llevaba un bolso marrón que hacía juego con sus zapatos de cuero, cruzó la calle y siguió derecho por donde habían papelerías y tiendas de niños. Me acerqué poco a poco, hasta que logré alcanzarla. Agarré con fuerzas su suntuoso bolso. Le puse el cuchillo en su costilla derecha, pero ella comenzó a gritar pese a mi conminación. Jamás había herido a alguien, así que no fui capaz de incrustar mi cuchillo en su mesotelio. Me esforcé y no tuve el denuedo de usar mi afilado cuchillo para hacer que soltara el bolso. La mujer continuó gritando. Unos jóvenes que estaban al otro lado de aquella calle, corrieron a llamar a la policía, así que yo, al sentirme atrapado en esa situación, solté a la señora y comencé a correr. Mi cuerpo débil no logró recorrer mucho. Caí al piso de concreto y me levanté lo más pronto que pude para no ser atrapado por los señores de la policía. Corrí cerca de 30 segundo cuando sentí el peso de una mano grande en mi hombro. Me esposaron. Me hicieron varias preguntas y me subieron a una camioneta. A eso de las 7.30 am llegamos a la estación de policía. Me hicieron preguntas de rutina. Sentía tanto temor, que no pude responder. Todo el cuerpo me temblaba. No sé si sólo me temblaba por del susto o si también era producto de mi debilidad al no consumir alimento alguno que me diera energías. Me encerraron en un cuarto oscuro. Ahí comencé a gritar que por favor me sacaran. Inventé que tenía tres hijos y una mujer que esperaba que les llevara para el sustento. Ellos hicieron caso omiso. Me quedé dormido de tanto gritar y llorar. A las 11 am. alguien abrió la puerta. Era el vigilante. Él puso en el piso un plato con huevos y dos panes, y un pocillo con jugo artificial. No sabía si agradecerle o hacerme el que no quería. Cuando la puerta se cerró, desde afuera me gritó: "de aquí no sale hoy, jovencito". En 30 segundos engullí los dos panes y los huevos revueltos. Y el jugo.
Escuché a los agentes hablar del bandalismo, de los fumadores de mariguana; y me listaron entre ellos.
Eran las 3 pm cuando me sacaron de aquel lugar que olía a material en descomposición y a hierba. Me empujaron como si fuese una basura. Me ofrecieron un abogado después de las declaraciones, pero me afirmaron que no podía salir por robo e intento de homicidio. Que debía esperar las declaraciones de la víctima. Eran las 5 pm cuando me trajeron un caldo de verduras con una mirras de pollo y como 5 cucharadas de arroz con una porción de platano maduro cocido. Disimulé un poco y comí con una expresión de ira y tristeza en mi rostro. Luego, me encerraron nuevamente. Por la mañana, abrieron la puerta de hierro como a las 10 am y me volvieron a sacar a empujones. Me hicieron firmar un papel y me advirtieron que, si volvía a cometer hurto, me encerraban hasta que consiguiera un buen abogado.
Llegué a mi casa y vi los dulces. Salí a venderlos. Vendí como para comprarme dos panes. Al día siguiente no vendí nada. Tenía mucha hambre, así que, afilé más el cuchillo, dispuesto a herir a las personas que viera para poder quedarme con sus pertenencias y conseguir algo de dinero. Salí a caminar las calle, y al llegar cerca de un parque, vi a un señor que iba caminando como si tuviese afán. Le saqué el cuchillo Amenazandolo para que me entregara la billetera. Él sacó un revolver y tuve que salir corriendo. De milagro no me disparó al alcanzarme. Gritó para que alguien llamara a la policía. La policía nuevamente me detuvo. Y por fin volví a comer. Durante cuatro días encerrado, comí huevos, pan, hilachas de carne de res, lentejas, arroz, platano, y jugo artificial.
Tuvieron compasión y me soltaron. Después de dos días tuve la valentía de enterrar el cuchillo a un joven de 18 para que me entregara sus zapatillas y poder venderlas. La policía me atrapó de nuevo. Ya llevo dos años acostumbrándome a mi nuevo hogar; comiendo tres veces al día. La comida no es muy rica, pero es suficiente para no morirme de hambre. El joven al que le causé esa herida, está en coma. Aquí quizá no viva la vida que soñé, pero SOBREVIVO.
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Un foco fundido

Era un martes por la noche, debía terminar las correcciones del último capítulo del libro que mi casa editorial estaba por publicar el siguiente mes, sin duda, la presión me consumía; además tenía muchas cuentas que pagar, mi escritorio estaba repleto de cartas que ni siquiera había abierto, muchos de ellos estados de cuenta vencidos, la casa era un tremendo desastre, había olvidado cuándo fue la última vez que tomé la escoba y el sacudidor y por si ello no fuera poco una gotera en el techo de la cocina con la cuál me había resignado a vivir.

- No tengo tiempo por ahora - pensaba cada vez que acudía a la cocina mientras esquivaba a esa cristalina gota

- No puedo más - me repetía a mí misma.

- Creo que necesito relajarme un poco -

Así que abrí una botella de vino tinto y me serví una copa, me acerque al estudio mientras esbozaba una triste sonrisa a mi vieja máquina de escribir, una preciosa y rara Senta de los años 30's era una reliquia familiar y que por razones que aún desconozco había terminado en mis manos, lo cual siempre he agradecido.

Lancé un suspiro y me senté en la vieja silla de roble para empezar a trabajar, coloque una hoja en blanco .

- ! oh, cielos ! -

Noté que no tenía suficiente luz natural, así que gire a la derecha para encender la lámpara que pendía del techo y en ese instante, escuché el clásico chasquido que hace un foco al fundirse.

- Demonios - grité fuertemente -

Maldiciendo fuertemente y con los puños crispados por la rabia, mientras volteaba al techo

- Maldición, necesito la escalera - y ni siquiera recuerdo tener una, mis mejillas empezaban a tornarse de un color rojo intenso y mi cerebro trataba de encontrar una solución.

- ¿Que tienes? - escuché su voz, la voz de Jorge quién graciosamente movía su cabeza y me preguntaba desde la sala de estar

- Se fundió un foco, necesito urgentemente trabajar y como bien sabes no soy tan alta para cambiarlo- grité molesta

Jorge se acercó y susurró a mi oído:

- Podríamos aprovechar para tener una cena romántica, estoy seguro que la luz de tus ojos y el brillo de tus labios iluminarán nuestra mesa -

Me desarmó por completo, me hizo sonreír, aunque él siempre ha tenido la facilidad de tranquilizarme, es mi conciencia, mi confidente, él conoce y ama a cada uno de mis demonios, lo miré dulcemente y dije:

- Si, claro para tí es fácil decirlo por tus más de 1.80 metros -

Mientras sonreia me abrazo a su pecho muy dulcemente.

- Anda, deja eso -

Me tomo de las manos y fuimos a nuestra sala de estar, me sirvió otra copa de vino.

- Relájate, déjame eso a mí.

En ese breve momento me sentí tranquila y aliviada, había olvidado lo urgente del escrito que tenía que preparar así como los cientos de pendientes que debía terminar y simplemente cerré los ojos, debieron pasar algunos minutos, porque sentí un cosquilleo en los dedos de mis manos y un dolor en mi nuca.

- Qué frío- pensaba, mientras abría los ojos, entonces noté que estaba sentada en la silla de roble del estudio, la botella de vino yacia vacía a un costado del escritorio.

- Debí haberme quedado dormida- dije en voz alta, mientras trataba de aclarar mis pensamientos, talle un poco mis ojos y ví la copa de vino rota en cientos de pedazos, debí haberla aventado hacia la pared, sin embargo, no recordaba mucho.

Miré hacia la máquina ... mi máquina de escribir y ella relucía impecable con su hoja totalmente en blanco y fue entonces ... que recordé, recordé el dolor de tu partida, recordé el vacío en mi corazón, el dolor al respirar, la soledad que desde hace meses me acompaña y en un arrebato de rabia, corrí al apagador y si, en efecto, el foco aún estaba fundido, pero al menos hoy, ya tenía un poco de luz natural para empezar a escribir en esa hoja en blanco y tal vez empezar de nuevo.
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Carlos

Me encanta salir de viaje con mi padre.
En nuestros viajes cuando una ciudad era muy bonita nos mudábamos ahí de inmediato.
Carlos es mi mejor amigo, jugamos en la casa cuando papá no está y cuando viajábamos lo podía ver volar atrás de nuestro auto, Cuando lo veía me hacia muy feliz saber que siempre estaríamos juntos.
Papá parecía preocupado en nuestro viaje de hoy, miraba mucho el retrovisor como si un auto nos siguiera desde hace kilómetros pero no me dejaba miar atrás, me pidió agacharme y no lo entendía. El decía que el horrible monstruo nos estaba siguiendo de nuevo, pero no lo entiendo, yo solo veo a Carlos intentar alcanzarnos.
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Un libro, sol para el alma (ii)

Cuentan de puertas
de saber y de ensueño
letras y umbrales
de historias infinitas,
tinta, seres, lugares;
de cuentos y relatos,
basto conocimiento,
luz y sapiencia;
los faros de verdad
sol para el alma.



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Poesía de Alejandro Cárdenas
@AljndroPoetry
2018-abril-23

#FelizDíadelLibro

© Tankaknat
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