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Résistance

Cuando ese soldado me miró a los ojos, no observé odio en su mirada, tan solo pude percibir tristeza. Quizá le recordara a alguien, o simplemente fuera la compasión de ese hombre lo que me salvó la vida. Mucho tiempo después lo descubrí.

«¡Todo despejado!», gritó a sus compañeros mientras bajaba su fusil y me hacía una señal para que guardara silencio. Luego, sacó un pedazo de chocolate del bolsillo de su guerrera y lo dejó en el suelo. Minutos después, los soldados se marcharon, no sin antes requisar lo poco de valor que teníamos en casa. Cuando por fin pude salir de mi escondite, descubrí el cuerpo sin vida de mi padre en medio de la sala principal de nuestro humilde hogar. Todavía estaba caliente, y a pesar de haberme arrebatado lo único que me quedaba en este oscuro mundo en guerra, no pude derramar ni una lágrima por él. Tenía tan solo 15 años, y de la noche a la mañana, la crueldad de los hombres me había dejado huérfana.

Meses más tarde, y después de varias semanas trabajando para la Resistencia, el destino hizo que ese soldado, el cual me había perdonado la vida, y yo, volviéramos a cruzar nuestros caminos; Rolf, creo recordar que se llamaba.
Tras sorprender a algunos soldados que realizaban tareas de requisa en la zona, y después de una corta pero intensa refriega, donde abatimos a seis de ellos, conseguimos hacer prisioneros a dos. Interrogaríamos a los prisioneros, pero no serian fusilados; por el momento.
Después de obtener toda la información que necesitábamos a cambio de sus propias vidas, hablé con Rolf. Al preguntarle por qué había salvado mi vida, su respuesta me hizo cuestionarme todavía más toda esa maldita guerra sin sentido. El prisionero me habló en un tono tan tranquilo y cordial, que retumbó todo a mi alrededor:

-La guerra no la elegí yo, sabes. Ni tan siquiera debería haber empezado, y al verte..., me recordaste tanto a mi hija. Se llama Astrid. Ella y mi mujer me esperan en casa, y algún día, si esta maldita guerra lo permite, espero regresar a su lado. Siento lo de tu padre; yo no soy un asesino.- Al prisionero se le inundaron los ojo de tristeza mientras me miraba.

- Me llamo Simone.- Dije mientras salía de la celda donde se encontraba el soldado retenido.

Las palabras de aquel hombre me habían transportado por unos segundos a un tiempo feliz, mucho antes de las bombas y la muerte. Después, cerré la puerta y me apoyé en la pared. Esa fue la primera vez que pude llorar por la muerte de mi padre.
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Que Dios nos perdone

Agosto de 1945. Tras casi seis años de guerra, y después de que el ejército alemán capitulara tras su derrota final y la muerte de Adolf Hitler, la guerra está a punto de acabar en el frente del Pacífico. Los japoneses no están dispuestos a capitular, pero los americanos pretenden acabar esta maldita guerra con una nueva y poderosa arma que pondrá en tensión nuevamente a toda la humanidad.


Lunes; 6 de agosto de 1945.
Hora: 08:45.


El coronel Paul Tibbets accionó el mecanismo que abría la trampilla, dejando escapar toda la furia que contenía el pequeño chico (Little Boy). El retoño de Oppenheimer y estrella principal del Proyecto Manhattan, saltó del avión en busca de sus víctimas. Hiroshima se convertiría en el objetivo, un final de trayecto que segaría la vida de miles de ciudadanos japoneses.
Segundos después del lanzamiento, el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero Boeing B-29 Superfortress, exclamó:

¡Dios mío, que hemos hecho! No obtuvo ninguna respuesta.

El Enola Gay, nombre con el cual fue bautizado el avión, se sumió en el silencio más asfixiante que jamás sintieran sus protagonistas. A pesar de todo, habían cumplido su misión. De regreso a la base, Paul Tibbets (piloto), Robert Lewis (copiloto), Bob Caron (artillero de cola y fotógrafo), y los otros nueve miembros de la tripulación, rezaron en silencio a su Dios, con la esperanza de que Este, pudiera perdonarles algún día. Pero a pesar de todas las plegarías, Dios no quería participar de la barbarie de los hombres, inmersos en una cruel y fratricida guerra sin sentido.
Tres días después, el 9 de agosto de 1945, otra bella ciudad, Nagasaki, sería consumida por otra bomba nuclear (Fat Man), perversa creación de los hombres de paz. Semanas después, el 2 de septiembre, Japón se rendiría oficialmente, dando así por terminada la lucha sobre el terreno. La Segunda Guerra Mundial había durado seis años, acabando con la vida de millones de personas.
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Cartas desde Stalingrado

9 de Septiembre de 1942.

Queridísima Sveta:
El día ha amanecido frio y lluvioso, y en el aire se respira el aroma de la sangre y la muerte. Apenas he podido conciliar el sueño debido a los continuos bombardeos de la aviación enemiga que han hecho temblar el cielo y la tierra con su fantasmal sonido. Llevamos tres días atascados en la misma posición, y apenas nos quedan víveres para subsistir un día más. Más de la mitad de nuestra unidad ha caído, y hemos perdido toda conexión por radio con el exterior. Si hoy no llegan los refuerzos, mañana nos jugaremos el todo por el todo.
Nadie ha venido en nuestra ayuda. Ya no nos queda otra opción; si continuamos en esta posición moriremos de hambre o congelados por las heladas de la noche. Debemos ser rápidos y no mirar atrás. La ciudad está completamente destruida, y la lucha es infernal por la conquista de cada palmo de terreno. Nuestra única posibilidad es cruzar la posición enemiga por su flanco derecho, atravesando la vieja fábrica de tractores. Solo de esta manera podremos romper el cerco y reunirnos con los camaradas de nuestra compañía para reorganizarnos y contraatacar con todas nuestras fuerzas.
Espero poder volver a escribirte y a tenerte de nuevo entre mis brazos. Dale un beso al pequeño Kolia de mi parte.
Yaroslav Nóvikov.


22 de Noviembre de 1942.

Queridísima Sveta:
Por fin puedo volver a escribirte. Durante nuestro repliegue conseguimos reunirnos con el grueso del ejército, aunque hemos perdido cinco hombres más. Me han ascendido a Sargento 1º, y ahora comando mi propio batallón. Nuestra ofensiva parece hacer efecto, y hemos roto el avance enemigo. La situación comienza a ser favorable a nosotros. El ejército alemán y sus aliados no podrán soportar en frio invierno, y nuestro frente se mantiene compacto con el continuo envió de refuerzos. Mi batallón defiende la posición de la vieja acería (Fábrica Octubre Rojo), y a pesar de los continuos ataques, nuestra resistencia se mantiene firme. Las ordenes del camarada Stalin son ¡NI UN PASO ATRÁS!, y así se hará.
Si vencemos al ejército alemán en Stalingrado, el alto mando nos ha prometido unos días de permiso. Solo volver a verte y abrazar por primera vez al pequeño Kolia me da fuerzas para aguantar cualquier cosa. No pienso morir a no ser que lo haga en tus brazos. Yaroslav Nóvikov.


2 de Febrero de 1943.

Queridísima Freya:
La guerra ha acabado para nosotros. Esta lucha parece no tener sentido, y han sido el hambre, el frio y la disentería los que ha precipitado todo esto. Hemos recibido noticias de que nuestro general (Friedrich von Paulus) ha capitulado ante el asedio del ejército rojo. Ya no sirve pelear en esta guerra de locos, cuando solo unos pocos lo continuamos haciendo. Nuestra unidad, que luchaba incansable entre los escombros de la fábrica de acero, se ha rendido ante los soviéticos. Como responsable de mi unidad he depuesto las armas ante un sargento ruso de nombre Yaroslav. No había odio en su mirada, tan solo alegría. Me ha dicho en un alemán muy simple que se alegraba, porque ahora podría reunirse con su mujer y con su hijo. Le he pedido poder escribir una carta, tanto yo como mis hombres, para hacer saber a nuestras familias que estamos vivos. Te echo tanto de menos amor.
Hoy me he dado cuenta de que no somos tan diferentes. Lo único que queremos tanto rusos como alemanes es poder vivir en paz con nuestras familias. No sé que será ahora de nosotros. Espero que acabe esta maldita guerra y poder regresar a Alemania. Deseo casarme contigo, tener hijos, y olvidar este infierno para siempre. Eternamente tuyo:
Matthias Leitner.
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Berlín 1945

Por aquel entonces solo tenía quince años, y mi convicción y creencias eran firmes e inquebrantables, aunque claramente erróneas. Recuerdo los últimos días vividos en mi querido Berlín junto a Rolf, Friedhelm y Reinhard. Era finales de abril, y el ejército rojo arrasaba las calles de nuestra ciudad con sus cañones y morteros. Nosotros, resistíamos convencidos de la victoria final que nos había inculcado el Führer y la cúpula del partido, aunque estaba claro que la victoria final no sería nuestra, sino que caería del bando aliado. Nuestra posición estaba enclavada en el cruce entre Friedrich strasse y Leipziger strasse, y únicamente disponíamos de un cañón de mortero con media docena de proyectiles, un fusil de francotirador con escasas balas, y un par de walthers PPK. Defendíamos la posición con uñas y dientes, a pesar de la gran cantidad de rusos que corrían arriba y abajo. De repente, un proyectil impactó delante nuestro derribando la rudimentaria trinchera hecha con sacos de arena. Toda la cabeza me zumbaba a una gran velocidad, y mi única preocupación era recuperar la poca munición que nos quedaba para seguir atacando. Miré a los lados, y allí contemplé los cuerpos sin vida de mis amigos, todos cubiertos por el polvo y la sangre. Segundos después, tenía un fusil soviético apuntándome en la sesera. Cerré los ojos esperando la muerte y el reencuentro con mis camaradas, pero no ocurrió nada. Escuché unas palabras en ruso que no entendí. Estaban dirigidas al soldado que me apuntaba, y venían de un comisario político. Acto seguido el mismo comisario me preguntó en un alemán simple si tenía familia. Yo le contesté que no, que todos habían muerto en esta guerra. El comisario me levantó del suelo, y con un gesto brusco me dijo que me marchara. Luego me deseó que sobreviviera a esta guerra, y él y sus hombres se marcharon para continuar luchando.
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Corazones de barro

Erik Hans, un joven muniqués que se había alistado en el ejército alemán, ansiaba poder entrar en combate. Llevaba preparándose dos años, y en 1940 llegó su oportunidad. A principios de mayo, comenzó el avance hacia Francia. Bélgica, y Holanda cayeron rápido, y en poco más de tres semanas Francia se encontraba controlada por el poder de la maquinaria de guerra alemana. El soldado Erik Hans se sentía orgulloso de pertenecer a tan glorioso ejército, así como de ser miembro del partido nazi. A pesar de todo, pronto cambiaría su forma de pensar.
Habían pasado tres meses, y a su unidad le habían ordenado controlar la cabeza de puente que daba acceso a la ciudad de Amiens por la zona norte. Extorsionar a los judíos y demás prisioneros de guerra se había convertido en el entretenimiento de la mayoría de soldados, pero Erik Hans no lo veía igual. Día tras día, la duda le resonaba en su cabeza. Una mañana, mientras hacía su turno de guardia vio pasar a una joven en bicicleta. Era tan hermosa y tenía unos ojos tan brillantes, que Erik no vio la gran estrella amarilla que lucía en su pecho. El joven soldado sonrió de manera involuntaria, pero la chica no le contestó devolviéndole el gesto. De repente, una voz a sus espaldas gritó:

-¡Juden!¡Juden!¡Es ist undicht!

Segundos más tarde, un disparo resonó en el aire. El joven soldado mudó su rostro al instante. La bella chica, que le había sacado una sonrisa, caía desplomada en el suelo, a su lado, un reguero de sangre le brotaba de la cabeza. El vigía alemán había realizado un certero disparo. Erik corrió hacia la chica con la esperanza de encontrarla con vida, pero ya era tarde. Allí, en la cesta de su bicicleta la joven llevaba escondidas unas flores que había recogido en el campo. En su chaqueta, una foto de su marido, al cual el joven reconoció como miembro de la resistencia francesa. Unos días antes había sido fusilado, y él, había sido su ejecutor.
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Bajo la roja nieve

Tras la consigna 227, decretada por el camarada Stalin, nos aferramos a la esperanza de nuestros firmes ideales. “Ni un paso atrás”, establecía esa orden. Pocos meses más tarde, los alemanes nos cercaron en Stalingrado. Los ejércitos victoriosos del belicoso Reich de los mil años estaban listos para tomar la ciudad en una o dos semanas, pero se toparon con una inesperada resistencia. Los convencidos hijos de la Unión Soviética se atrincheraban casa por casa, defendiendo cada palmo de terreno de su ciudad con uñas y dientes, desesperando a los alemanes, ya que a pesar de su terrorífico potencial militar, no estaban preparados para establecer una guerra de guerrillas en un terreno que sus enemigos conocían metro a metro. Tras varias semanas de combates, la bonita ciudad se convirtió en un lugar dantesco.
La nieve, blanca y pura se teñía con la sangre de unos hombres cegados por sus creencias; alemanes, soviéticos, húngaros, italianos, croatas,…, hombres de duras convicciones, hombres de sueños imposibles y esperanzas truncadas por una guerra que parecía no acabar nunca.
Era septiembre. Lo recuerdo bien, y la batalla terrible que estalló en ese lugar no había hecho más que comenzar. Los alemanes llevaban la iniciativa y nuestras tropas comenzaron a flojear. Esa mañana, creo que fue un día doce, apareció el inflexible general del 64º ejército Vasili Chuikov, ahora encargado del 62º ejército en sustitución de Anton Lopatin, comandante que había demostrado síntomas de debilidad ante el avance teutón. Nada más llegar al apocalíptico lugar, los generales Yeriómenko y Kruschev preguntaron al general Chuikov:

- ¿Cual es el objetivo de su misión, camarada?

A Lo que este respondió con tono sereno pero firme:

- Defender la ciudad o morir en el intento.

Inmediatamente después de su lacónica respuesta, se dirigió personalmente a reorganizar las tropas y a asegurar la defensa de la ciudad.
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Última parada: Estación Z

Por debajo de sus temerosos pies, resonaban los maderos del viejo vagón al pasar continuado por las heladas vías del tren. Allí, hacinados como animales, cabían ciento cincuenta personas por vagón, según las autoridades militares del lugar. Llevaban dos días de camino, y las pobres almas que convivían en ese viejo vagón, lo hacían con los olores del miedo, el hambre, y la incertidumbre de no saber hacia dónde se dirigían. Habían salido desde su Francia natal, desde un pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Burdeos, obligados a subir apresuradamente al tren prácticamente con lo puesto, abandonando todos sus recuerdos a merced de la guerra. Todos los que allí se encontraban se hacían preguntas, todos a excepción de un viejo pastor que callaba y miraba al vacío desde la pequeña y única rendija que había en el vagón. Le habían llegado noticias sobre los campos de concentración y exterminio. Allí la gente era obligada a trabajar hasta la extenuación, azotada y maltratada, consumida por la miseria, tratada como una bestia, sin identidad, sin pasado, sin futuro, solo registrada como un simple número, tatuado en la piel para no olvidar el horror de sentirte inútilmente reemplazable. También había sentido el terrible rumor, por desgracia para la mayoría cierto, que la única escapatoria para los que entraban en ese lugar era hacerlo a través de las chimeneas, humeantes las veinticuatro horas del día. A pesar de todo esto, el viejo pastor no quiso decir nada que pudiera sumarse a la angustia y a las pocas esperanzas que le pudieran quedar a esa gente.
Al tercer día de camino, las puertas del vagón se abrieron, cubriendo de luz los delicados ojos de los viajeros que ya se habían acostumbrado a la oscuridad de su reclusión. A pesar del frio del exterior, los cuerpos extenuados de los prisioneros notaron el cálido abrazo del Sol. Los soldados los sacaron uno por uno, agrupándolos por diferencia de edad y sexo: Las mujeres y los niños menores de catorce años a un lado, los varones al otro. Un gran cartel marcaba que esa era la última parada: “Station Z”. Justo delante de esos hombres y mujeres aparecía algo similar a un complejo industrial, rodeado de altos muros y alambradas, torres de vigilancia, y multitud de soldados con el uniforme de las “Schultzstaffel”. Cruzaron una enorme puerta donde les saludaba un gran distintivo con el símbolo del diablo, debajo de él pudieron leer claramente: “Arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres). Detrás de ellos quedaba el nombre de ese terrible lugar, el cual nunca sería olvidado por los afortunados supervivientes: Auschwitz.
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Ángeles en el Averno

A mis 84 años, todavía recuerdo a aquel soldado alemán que salvó la vida a mi madre y a mis hermanas. Yo era tan solo un crio de doce años, pero en mi memoria parece que ocurriera ayer. Vivíamos de lo que nos daba la tierra en una pequeña granja al norte de Odesa, en una comunidad rural, y a pesar de nuestras raíces judías, antes de la invasión alemana nadie parecía percatarse de ello. Un día vimos acercarse a los soldados alemanes hacia nuestra granja, pero en ese instante no sentí miedo. Mi padre nos escondió en una especie de cripta secreta excavada en el granero, la cual a través de un túnel conducía a los bosques adyacentes a la granja. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida. Junto a mi madre y mis dos hermanas menores, nos acurrucamos intentando no hacer ningún ruido. Escuchamos algunos tiros, uno de ellos sería el que mataría a mi padre. Unos gritos y unos pasos inundaron el granero. Eran soldados alemanes que vociferaban en su gutural idioma. De repente, los pasos se detuvieron y alguien abrió la trampilla que conducía a la cripta. Nunca olvidaré esa mirada azul y esa cara tiznada.

- Al anochecer coged todo lo que podáis y esconderos en el bosque. Siento lo de su marido - se dirigió el soldado alemán a mi madre en un ruso muy simple.

Luego, lanzó una tableta de chocolate al suelo, hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, cerró la trampilla y desapareció. Algo gritó a sus compañeros. Minutos más tarde, un ruido de motores desapareció en la lejanía. Tal y como había dicho ese joven soldado, esperamos a que anocheciera. Al salir al exterior vimos el cuerpo sin vida de mi padre, pero mi madre, haciendo honor a la fuerza de las mujeres ucranianas, nos alentó rápidamente a que cogiéramos toda la ropa de abrigo y la comida que encontráramos entre los escombros de lo que había sido nuestro hogar. No había tiempo para llorar a nuestro padre. Después de recuperar lo que pudimos, nos adentramos en el bosque con los demás supervivientes. Allí, vivimos como pudimos hasta el final de la guerra. Gracias a ese joven soldado alemán nunca perdí la esperanza, ya que, hasta en la más absoluta oscuridad puede brillar la luz más pura.
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Cosas de la guerra

Los pliegues del acordeón
y la estela del proyectil,
criptas, tumbas o panteón,
mausoleo y guerra civil.

Cunetas, cartas y prisión,
estraperlo en la tierra hostil,
dos misiles tras la oración,
oraciones bajo un misil.

Romances dentro del bastión,
un aroma a luz de candil,
abertura en el paredón,
arrastrarse como un reptil.

Dos alfileres por canción,
un aviso, un guiño sutil,
desertar ya del escuadrón,
enterrar por siempre el fusil.

Raül Bernadas

(Versos de 8 sílabas, todos acabados en palabra aguda con dos únicas rimas consonantes)
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Trío de Shadormas

La brisa
Como suspiros
De paz
En mar
A la playa las olas
Trae y se lleva

La arena
Toda mojada
Recoge
Las huellas
De los descalzos pies
Y otros las borran

De nuevo
Pero más bravo
El viento
En guerra
Engrandece a las olas
Sin dejar huellas.
@Saltamontes
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En otras mil batallas fui soldado (soneto)

Ya no es el frío miedo lo que azuza;
ya solo hay luz y paz, no hay diferencias;
y exterminé al final mis pertenencias
mas exceptué el amor que mi alma cruza...

Y en cada ensangrentada escaramuza
me armé de valor ávido y paciencia;
presto y hábil negué supuestas ciencias,
sus armas, y sus cínicas chapuzas...

Y aunque en la guerra cruel fui derribado
me alcé en nueva amistad y nuevas ropas;
y abriendo mil caminos no explorados

en otras mil batallas fui soldado,
mas despisté por fin leyes y tropas
evitando un destino encarcelado.

Raül Bernadas
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Senryu (Bondad)

Bondad vertida
en un par de zapatos
¡ No todo es guerra !




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Senryu inspirado en una foto de un niño austriaco llamado Werfel, de seis años de edad, quién recibía unos zapatos nuevos de la Cruz Roja al terminar la Segunda Guerra Mundial.

Foto sugerida por @Danielderiane
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La misma música

Dentro de mí fluye la sangre
no es un crimen, es vital.

(nadie habría imaginado
un lugar más apropiado)

el defecto es derramarla
sea humana o animal,

innegable una incipiente evolución
implícita en su propio género

leve abolladura sobre la esfera.
De haber sido en la edad media

todo corona positivo
habría ido a la hoguera,

en profilaxis (preventivo),
hoy, simplemente, nos confinan.

suena la misma música
pero otro ejecutante, desafina.
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Cartas desde la Gran Guerra

Francia, 12 de Octubre de 1916.

"Queridos Padres:
Después de más de tres meses combatiendo contra las tropas alemanas en Francia, el frente del rio Somme se ha convertido en la tumba de miles de compañeros. Mi regimiento ha sufrido numerosas bajas, aunque no tantas como otros. Estamos estancados en las trincheras, cerca de Ovillers-la-Boiselle, y en todo este tiempo no hemos avanzado nada. Los bombardeos son continuos, y a penas tenemos tiempo para descansar. Si vierais en lo que se ha convertido este bonito lugar no daríais crédito. La sangre se ha mezclado con el barro, y algunos cadáveres continúan tirados en el campo de batalla días después de haber caído. De momento la suerte parece sonreírme, y doy gracias a Dios por continuar con vida. Me han ascendido a Sargento y ahora dirijo mi propio batallón. ¡Os echo tanto de menos! Darle un abrazo muy fuerte a Julia y a Robert. Decidle a Marta que pronto le escribiré y que deseo con toda mi alma regresar a su lado. Espero que todo esto acabe pronto y poder regresar a mi querida Chester junto a todos vosotros. Os adjunto este par de anillos de latón hechos en mis ratos libres; llevan vuestras iniciales. Os quiero con toda mi alma. Atentamente:
Sargento John Pearl Lauper.”

Mientras tanto, la guerra continuaba asolando Europa y las vidas de miles de jóvenes dispuestos a combatir por una idea que creían justa. Los dos bandos reemplazaban sus muertos con jóvenes inexpertos, aunque excesivamente entusiasmados en defender su país, su cultura, y sus ideales. Todo este ardor guerrero se vería oscurecido en las primeras horas de combate, luego, los ruegos y el miedo recorrerían los corazones de los soldados. A pesar de todo, era su deber, y a él se debían por juramento. Solo les quedaba sobrevivir o morir en esta maldita e inútil guerra. Por otra parte, en el bando alemán, las sensaciones de los soldados no se diferenciaban mucho a la de británicos y franceses. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes.

Francia; 30 de Octubre de 1916.

"Queridísima Anna:
Llevamos meses combatiendo en unas trincheras empantanadas de barro. La sangre ya no me impresiona, y la muerte ya no me es extraña. Como capitán mi responsabilidad está en devolver sanos y salvo a mis hombres junto a sus familias, pero muchos de ellos no volverán a verlas. La mayoría eran unos críos, y ese dolor lo llevaré dentro para el resto de mis días. Ahora mi único consuelo es volver a abrazarte, sentir de nuevo tu corazón latir junto al mío, y ver crecer en un mundo en paz a nuestro pequeño Reinhard. Nuestras tropas no consiguen avanzar, así como tampoco las de nuestros enemigos. El deseo de que esta guerra acabe pronto se hace cada vez más lejano. Espérame amor mío, porqué prometo que no habrá nada ni nadie que pueda hacer que no nos volvamos a ver. Saluda a los Steimberg de mi parte y diles que Harold está bien, que lo tengo bajo mis órdenes y que hago todo lo posible por mantenerlo fuera de peligro. Dales también un abrazo a mis padres y a los tuyos, y un beso a mi hermanita Marie. Pronto volveremos a vernos. En cuanto pueda os volveré a escribir; mientras tanto espero con impaciencia noticias vuestras. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 15 de Marzo de 1918.

"Queridísima Anna:
Después de casi cuatro años de guerra nuestra victoria en el frente oriental se ha confirmado hace unos días por el alto mando. Los rusos han firmado la paz. A pesar de la alegría estamos agotados. Según nuestros generales la victoria final se acerca, ya que nuestros ejércitos del este vendrán a reforzar nuestras posiciones del frente occidental. Según Ludendorff y Hindenburg pronto estaremos tomando café en París, y nuestros enemigos, con las tropas mermadas, no tendrán otro remedio que capitular. Estoy ansioso porqué todo esto acabe y poder regresar a casa. Háblale a Reinhard de su padre. Dile que está luchando por su país y que pronto volverá para abrazarlo y jugar con él. Tú tampoco me olvides amor. Cuando acabe la guerra nos reuniremos de nuevo los tres. Me gustaría contarte más cosas, pero me es imposible revelarte cierta información por si esta carta cae en manos enemigas. Dale un fuerte abrazo a todos nuestros familiares, y como siempre un beso a Marie. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 6 de Abril de 1918.

"Estimada Marta:
Los alemanes han lanzado una gran ofensiva al norte de la línea del rio Marne, al este de París. Nuestro regimiento se ha desplazado a ese frente para ayudar a nuestros aliados franceses a defender la línea. También nos hemos encontrado con algunas divisiones norteamericanas. Estos yanquis luchan incansablemente y con un valor extraordinario. Nuestra superioridad numérica no parece haber mermado las esperanzas de los alemanes, que ganan palmo a palmo terreno en este suelo baldío. Solo nos queda resistir en esta laberíntica tierra el ataque enemigo, y contraatacar dando el golpe definitivo. En unos días se esperan más refuerzos norteamericanos; recemos a Dios por que lleguen a tiempo. Espero que esta guerra acabe antes de terminar el año. Solo deseo volver a tenerte entre mis brazos y poder darte un hijo. Resistiré por ti, eres lo único que me permite seguir vivo en esta pesadilla. Siempre tuyo:
Sargento John Pearl Lauper.”
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Semillas de amor y muerte

Llevaba tres días seguidos viéndola a través del cristal de mi despacho. Todo en ella era hermoso: Su brillante pelo castaño y suelto serpenteaba en el viento como en un hipnótico baile oriental; sus ojos verdes desprendían una luz mágica, su insinuante figura se vislumbraba a través de su siempre elegante vestimenta, sus andares deliciosamente femeninos, su respingona nariz, su carnosa boca.Todo este despliegue de belleza era observado siempre a la misma hora. El día en que nos conocimos, todo cambió, irremediablemente en nuestras mortales vidas.
Eran las nueve de la mañana y yo esperaba con impaciencia la visión de esa chica. Estaba dispuesto a establecer contacto con ella, de descubrir quién era, o simplemente de conocer su nombre y compartir con esa desconocida unos segundos de mi metódica vida. Salí de la oficina y me dirigí al pequeño parque que había justo enfrente de esta. Me senté en un banco a esperar la llegada de ese ángel. Pensé en que podría decirle al verla, como me presentaría, cuál sería la reacción de ella frente a tan osado desconocido. Todavía quedaban unos veinte minutos antes de que apareciera. A la misma hora de los tres días anteriores apareció ella. Iba perfecta, como siempre, pero hoy se la veía especial, como si la envolviera un aura divina que solo mis ojos podían acertar a ver. Pasó delante de mí, y por unos segundos nuestras miradas se cruzaron provocando que nuestros mundos se fusionasen en uno solo. Yo me quedé callado. Mi cerebro ejecutaba las órdenes correctas, pero mi cuerpo se veía incapaz de responder, y ella pasó de largo. Después de esto todo pasó muy rápido.
De repente, unos metros más adelante se produjo una terrible explosión, que siguió a otras más, retumbando en el aire el miedo y la desesperación. El aire se convirtió en ceniza, asfixiante, mientras las llamas que se alzaban desde el suelo se reflejaban en el cielo como en un inmenso espejo. Me quedé aturdido unos momentos. Al despertar pensé que todo había sido una pesadilla, pero no era así. Todo era macabramente dantesco. Levanté la cabeza, descubriendo grandes aves de metal surcando los cielos ardientes de nuestro territorio. El chirrido de sus motores era ya de por sí espeluznante. Las explosiones continuaron, pero ahora el terror se alejaba hacia el otro extremo de la ciudad. Me repuse y me levanté como pude. Todo me daba vueltas, pero en mi cabeza solo había lugar para esa chica: ¿Dónde estará? ¿Estará bien? Me puse a buscarla mientras veía gente herida y asustada por las calles; También me pareció ver a personas muertas cerca de mí, pero en ese instante no hice nada por intentar socorrerlas. En la calle algunos edificios habían quedado destruidos. Corrí algunos metros hacía donde la había visto por última vez. Allí estaba ella, en la puerta de esa cafetería completamente arrasada por el impacto de las bombas. Todo a su alrededor estaba destruido y envuelto en llamas, pero ella permanecía en pie, con el gesto impasible y la mirada perdida en el frente.

-¿Estás bien, estás bien?-grité mientras le cogía suavemente las manos. No encontré ninguna reacción, así que volví a preguntarla.- ¿Estás bien? ¡Dime algo!

-Estoy bien. Eso creo. - dijo ella con un tono sereno.

A pesar de los sucesos ella parecía tranquila. Como si después de todo, lo ocurrido solo hubiera sido una broma sin importancia. Entonces, me cogió fuerte las manos y me dijo:

-¡Vámonos de aquí!

Las calles empezaron a llenarse de policías, ambulancias, bomberos, gente que intentaba ayudar en todo lo posible, incluso comenzaba a hacerse notoria la presencia de militares. Nos dirigimos a otra cafetería cercana donde el dueño repartía café caliente y agua a todos los afectados. Nos sentamos en una mesa y una camarera nos sirvió muy amablemente dos tazas de café con leche.

- ¿Cómo te llamas?- dije después de dar un sorbo a mi taza.

-Claudia Addkinson.

- Te estaba esperando, ¿sabes?- dije.- Antes de que pasara todo. Hace tres días que te veo pasar por delante de mi despacho, y hoy me había propuesto conocer tu nombre. Claudia, un nombre precioso, como tu simple presencia.

- Gracias.- contestó ella esbozando una sonrisa y sonrojando sus mejillas.- La verdad es que yo también me había fijado en ti cuando te he visto en el banco sentado. Si me paré enfrente de la cafetería fue porque pensé en darme la vuelta para hablar contigo, ya que al mirarte sentí una conexión especial que jamás había sentido. ¿Cuál es tu nombre? Aun no me lo has dicho.

- Me llamo Peter Suvovich.

- Encantada.-sonrió ella.

En ese instante el dueño de la cafetería subió el volumen de la radio, desvelando el misterio de los pájaros de acero que hacía unos minutos habían descargado sus diabólicas bombas sobre nuestras gentes. Todo el mundo guardó silencio, hablaba el presidente:

“Queridos conciudadanos. Una fuerza hostil nos ha atacado cobardemente en nuestro territorio, bombardeando despiadadamente a la población civil, y causando cientos de muertes inocentes. La justicia exige que se tomen medidas drásticas en consideración a estos terribles acontecimientos. Nuestro enemigo más peligroso nos ha declarado la guerra sin previo aviso, y nuestra nación, junto con nuestros amigos y aliados estamos dispuestos a entrar en guerra por la salvaguarda de la paz y la justicia. Atacaremos sin compasión a esos despóticos gobiernos. Por lo tanto, declaro que estamos en guerra contra cualquiera que atente contra las libertades de nuestra nación o la de nuestros aliados”

Así fue como cambió mi vida el día que conocí a Claudia. Por supuesto también la de ella. Después de esto, pasamos una magnífica semana juntos en una pequeña cabaña que mi familia tenía cerca del lago Sanders, entre las montañas O’Kiff. Luego tuve que alistarme. Durante dos años aproximadamente, nos enviamos correspondencia, pero fatalmente la comunicación se rompió. Yo caí en el frente occidental mientras realizaba con mi equipo un ataque a las posiciones más avanzadas del enemigo. Una bala atravesó mi corazón dejando mi cuerpo sin vida en el frio barro del campo de batalla. De ella no he vuelto a saber nada. Lo último que supe es que nuestro hijo Peter había cumplido un año. Un hijo al que no conoceré. Ahora que ya ha acabado la guerra espero que Claudia sea feliz. Deseo que encuentre un hombre bueno, que la cuide y la adore como yo lo hacía, y que se porte bien con mi hijo, aceptándolo como suyo propio. Por último solo pido una cosa: Que ella nunca me olvide y que hable de mí a nuestro hijo. Así, hasta que nos volvamos a ver.
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Cuando acabó la Gran Guerra

En el aire se respiraba el funesto hedor de la muerte. La tierra estaba teñida de sangre, y las madres lloraban angustiadas en sus hogares por la suerte de hijos y maridos. En los campos de batalla de toda Europa se habían medido los sueños y esperanzas de millones de personas, insertados en la lucha de naciones codiciosas que se disputaban su trozo de pastel. Unos deseaban imponer su hegemonía, otros no perder su supremacía en la cima del poder. Después de varios años de sufrimiento y destrucción, y a pesar de posicionarse finalmente un vencedor en esta guerra, la verdad es, que después de los hechos, todo el mundo sabe quien ha sido el claro derrotado: La humanidad.
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Mi primera guerra

El estallido de las bombas, resonaba por todo el escenario de muerte y horror en el que se había convertido el frente, mientras que mi pelotón, acosado por las balas enemigas que silbaban a escasos centímetros de nuestros cuerpos, caía en la tierra ensangrentada que se enfangaba a nuestros pies. Luego, la muerte, vino a buscarnos con su sonrisa fúnebre.
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Las manos de Daina

Todo por lo que estaba luchando, la patria, la bandera, le golpeó con dureza la cabeza.
-¡Despierta! ¡No te rindas!- le susurró una conocida voz procedente de lo más profundo de su mente.
-¡Calla, calla!- replicó gritando Hugo.- ¡No eres real!
Las balas silbaban a su alrededor, mientras él, inmóvil, delante de la trinchera, se mantenía erguido, sumido en una especie de estado de ensoñación.
-¡Ponte a cubierto, Hugo! –le gritó Matías desde la protección de las trincheras.
Hugo continuaba de pie, con los ojos cerrados. El campo de batalla le era ajeno. De pronto, sintió como unas suaves manos le rozaban la espalda, y de nuevo, la misma voz le susurró al oído.
-Debes regresar a casa mi amor, tu hija Lía, te está esperando.
En ese preciso instante abrió los ojos, y de un salto aterrizó dentro de la trinchera. Justo donde segundos antes se encontraba, estalló un fuerte obús que dibujó un profundo cráter.
-¡Qué demonios te pasa Hugo! ¿Es que quieres morir? –le recriminó Matías.
-Era mi intención hace algunos segundos - contestó Hugo sonriendo.-Pero ahora no quiero. Debo sobrevivir a esta maldita guerra y regresar a casa para ver crecer a mi hija. Ha sido ella, ¿sabes? Mi mujer me ha salvado.
-¿Tu mujer? Pero…, ¿tu mujer no murió en el parto?
-Así fue amigo.
Matías no quiso decir nada, pues se alegraba que su compañero de trinchera, por fin, tuviera un motivo por el cual luchar y regresar a casa. Él también lo haría por su familia, por sus camaradas, y por un futuro en paz, pues la patria y la bandera hacía tiempo que habían muerto.
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Seguirán lloviendo, besos...

¡Como las frutas…
matices de mil sabores
bajo la piel inveterada
de un momento,
que fueron
y que serán, recuerdos…
en las paredes, del tiempo!

¡Perfidias que se engalanan…
y otros que salen, del alma..!
Nos los dan
y los damos…
en paisajes distintos
que componen, el lugar,
en el que estuvimos
o estamos…

Nacemos…
y están presentes,
y también,
cuando nos vamos.
Al saludar, a los amigos,
al despedir, a los hermanos…
En el primer amor
que no se olvida…
y en el que al final
nos quedamos…

Por la acera de la vida,
entre calles, de nostalgia
y avenidas, de sonrisas…
en la ventana blandía.
¡Y seguirán lloviendo besos...
en tu mejilla
y la mía…!
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Arbeit macht frei

El traquetear de las maderas inundaba todo el vagón. Decenas de personas atrapadas en esa diminuta cárcel de madera respiraban un insoportable aire fétido, aunque a pocos parecía importarles. Tan solo se escuchaban las quejas y el llanto de algunos niños que no entendían lo que estaba sucediendo. Solo el lúgubre silencio de los inocentes, condenados como reses que viajan al matadero, daba más pavor que el destino incierto que les esperaba en ese temible campo de la muerte llamado Mauthausen.
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