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Perfect Lover I

1.
La amante perfecta.

Regordita y socarrona, de miradas maliciosas
y sonrisas burlescas.
Construida con recortes de escaparates de moda.
O con retales de fantasías trasnochadas,
en la que me recuesto.
Me amamanta con chorritos
de fuego candente,
cuando no, con hilos de cicuta
dulcísima, de color verde jardín.

No me gusta el olor a antibiótico que desprende,
caducado, pasado de fecha.

Pero no me queda mas remedio que amarla
profundamente para poder seguir jugando
en el juego de blackjack para cadáveres.

Mientras espero aburrido
en este aciago andén de mi vida,
mirando sin ojos las vías muertas.

Mientras llega mi tren.


2.
La amante perfecta.

Me asalta la idea
de que solo pueda ser uno de tantos espejismos,
sueños, o pesadillas que me invaden.
Obtusas y confusas paranoias,
y semirealidades imaginadas
para una existencia mediocre.

O tal vez mi despecho.

Puede ser, pero a mi me da igual.
Me ha dado su palabra
de que no me traicionará nunca.
Y yo la creo.
Y es de agradecer.

Ella mejor que nadie
sabe llenar mis vacíos,
curar mis heridas,
acariciar mis sienes
o abrazar mis lujurias.

Mejor que nadie
sabe hacerme reír, soñar,
y amortiguar los tristes miedos
que me ahogan.

3.
Solo necesitaba una mirada.
De Venus.
Para guardar esperanzas.

Pero se diluyeron en el viento
todas las venus ciegas que me besaron
y que no pudieron mirarme.

A día de hoy son simplemente
diminutos granos de arena de alguna playa.
Allí las calienta el sol.
Ellas no temen quemarse.

Y yo sigo como siempre.
Oteando sin pestañear el jodido horizonte
por si decides aparecer de improviso
y puedo atraparte aunque solo sea
un encanijado segundo, en algún rojizo ocaso,
o en una rima de amaneceres huérfanos.

Entre tanto,
continuo bailando mi tétrico vals diario
con la amante perfecta.
Ella nunca me abandonará.
Es una gran compañera de baile.

En noches de luna rebusco
en mi propia playa desierta.
Por si descubro una venus perdida
que me anime a garabatear
algún otro poema.

Puede que esta noche haya suerte.


4.
La amante perfecta, regordita ella,
agotó todo su fuego
y se durmió al calor de una vela encendida.

Y yo quedo tranquilo.

Puedo dedicarme exclusivamente
a beberme los recuerdos.
A intentar matarlos
ahogándolos en el rojo sangre
del fondo de una copa de coñac.

Pero ellos se resisten a morir.


Por supuesto que te olvidé.
Que me olvidé.

Todas las mañanas te olvido...

Y me olvido.



J. Robles

El sueño. Pablo Picasso.
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