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Baile de máscaras

La chica sin rostro o la chica invisible, esa que leemos muchas veces en la literatura. Ese cliché tan usado en las historias juveniles que tanto les gusta a los adolescentes, porque de momento le colocan un amor de película, una “mala o varias” que le hacen la vida imposible… lo dicho, tan cliché.
Aunque en ese momento de mi vida me hubiera gustado ser una chica invisible, no por el romance y esas tonterías, sino por haber estado tranquila y nadie me hubiera molestado, demasiado. Eso habría sido bastante divertido, no habría perdido mi sonrisa, ni me habría tenido que esconder de la gente.
No de forma literal, no soy un ermitaño en su cueva, sino metafóricamente hablando.
Ocultarme tras una máscara veneciana par que nadie viera realmente como soy. ¿Qué tan malo puede ser vivir en un baile de máscaras?
Bailando entre la gente que te conoce y gente que aún no. Con tu máscara que eternamente porta una sonrisa, te vuelves una sonrisa a la que nadie reconoce. Mientras que la luz de la luna contamina la noche, creando feas sombras de la gente que baila a tu alrededor. Implantando una pesadilla que rompe el sueño en miles de cristales que se clavan en los pies, creando arañazos bajo ellos.
Quiero puertas abiertas por donde bailar con mi dolor, quiero sombras y oscuridad donde refugiarme hasta que acabe la tormenta que ruge en mi interior y quiere liberarse. Quiero caminar por una ciudad de papel, donde perderme entre las mil y una historias que cuentan las letras plasmadas en sus edificios.
Quiero bailar en la plaza en un día de lluvia mientras el agua se lleva los edificios llenos de vidas e historias pasadas. Quiero bailar cuando tras la tormenta llega la calma. Quiero perderme en ese baile de máscaras.
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Solo somos humanos

Solo somos humanos
que habitamos
en un mundo de fantasmas
y que para bailar
al ritmo de la vida
usamos mascaras.


Maricel 11/07/2018
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17comentarios 161 lecturas versolibre karma: 122

Máscaras...

Al salir del concierto la noche se encontraba sumida en su existir más profundo, la calle poco a poco se vaciaba de los asistentes y todo aquel bullicio que hubieran generado las pláticas retóricas y los pasos sin rumbo, se fueron apagando como se extingue la luz de una vela con el paso del reloj.

Me gustaba disfrutar mi soledad en compañía, sentía cierto deleite en observar a las parejas discutir por trivialidades, ver cómo eran condescendientes entre sí afirmando conocer tal o cual obra, libro, persona, mundo, galaxia, constelación... para simplemente tornar los ojos admitiendo para sí mismos su poco conocimiento, sobre todo, hasta de su persona. Yo no tenía ese problema, sólo hablaba conmigo y para hacerlo ni siquiera tenía que articular palabra alguna, era un monólogo interno, donde no podía ocultarme nada y me daba explicaciones que me debatía con fundamentos lógicos, que sonaría ilógicos al mundo. No necesitaba demostrar mi valía ya fuera con ropas finas o con regalos lujosos; yo era quien era en ese momento sin más que ocultar.

Por fin me encontraba sólo bajo la luz que provenía del recinto hasta que éste cerró sus grandes y pesadas puertas tras un fuerte sonido al colocar los cerrojos, era como enclaustrar un alma noble entre cuatro paredes para mostrarse sólo en los momentos más sonrientes, mientras que los demás días son las lágrimas ocultas las que no paran de recorrer sus mejillas formando un río, un lago, un mar... Decidí comenzar mi regreso a casa con las melodías aún sonando en mi memoria, tarareando algún pasaje, disfrutando de aquel concierto de nuevo en mi mente.

El frío se sentía como un soplo suave de lijas sobre el rostro así que metí mis manos en los bolsillos y al hacerlo sin querer tiré las llaves de mi hogar al suelo, me detuve para levantarlas y fue entonces que noté que alguien me seguía sólo algunos pasos detrás. Giré el rostro apenas para alcanzar a observarla de reojo, sólo pude notar su silueta definida entre la obscuridad de la calle y la tenue luz amarillenta que daba la tímida iluminación de un poste a lo lejos; podía notar su figura de mujer, su cuello largo y fino, sus brazos delgados y su cadera ondear al caminar despacio. Permaneció inmóvil mientras yo me reincorporaba lentamente. Como si nada continué mi camino, sin embargo, sentía sus pasos tras de mí como si quisiese acercarse, pero algo se lo impidiera.

Después de avanzar una cuadra decidí dar media vuelta y pararme frente a ella, se encontraba aún lejos para poder reconocerla, o tal vez llevaba alguna especie de velo negro que no me permitía ver su rostro con claridad. Comencé a caminar hacia ella con un paso tranquilo, "Buenas noches señorita, disculpe, ¿la conozco?, ¿puedo ayudarle en algo?" le dije con una voz firme pero gentil, mientras me aproximaba, ella negó con la cabeza y comenzó a cercase al mismo paso que yo. Poco a poco la distancia se reducía y entonces pude notar como su rostro se veía claro, los ojos un tanto rasgados y grandes, la boca delgada, el rostro pálido un poco ovalado, el cabello ondulado de un café obscuro y la nariz recta... era ella. Hacía tanto que no la veía; por un momento la impresión y el gusto se notaron en mi sonrisa y justo cuando iba a pronunciar su nombre pude ver cómo se quitaba aquel rostro como si hubiera sido una máscara que tiraba al piso. No podía entender que era lo que sucedía, se acercó otro poco y pude notar que su rostro era diferente; ahora tenía los ojos ovalados y más pequeños, su rostro afilado de un moreno claro, el cabello negro rizado, los pómulos redondos y prominentes mostrando esa boca pequeña y rosada. De nuevo era ella, la que hacía tanto tiempo había querido. En ese momento no podía comprender que era lo que sucedía y para mi horror, volvió a quitarse esa máscara con un desdén que heló mis huesos. Ahora sus ojos redondos color avellana me miraban fijamente, de nuevo el cabello rizado pero esta vez más corto y rojizo, su rostro claro y la boca un poco gruesa bien definida. Me detuve como un acto reflejo, de nuevo un amor de hace tiempo. ¿Qué sucedía?, ¿era acaso un espejismo o una ilusión?, tal vez era un sueño o mejor dicho una pesadilla. También detuvo su paso y colocó sus manos tras su cabeza quitándose esa personalidad de un sólo golpe para mostrar la siguiente máscara. Apareció un rostro redondo de ojos grandes, negros, el cabello un poco ondulado de color castaño obscuro que llegaba hasta sus hombros, las mejillas algo abultadas y rojizas, con una sonrisa amplia. Sentí cómo su mirada recorría cada parte de mi expresión incrédula, claro que la recordaba, cómo no hacerlo si fue motivo de mil desvelos, de sentimientos encontrados, de un antes y un después en mi vida. Esa mirada fue rápida pues tomando el cabello se despojó de aquel rostro para dar paso al siguiente, un rostro delgado de cabello negro lacio y largo, los ojos pequeños un tanto rasgados y de un negro profundo, la boca muy fina de color rojo, la seriedad inundaba su expresión junto con la mía, me observo con su mirada fuerte y severa por un tiempo, bajó la mirada súbitamente; al levantarla, una nueva persona se asomaba en ella, su piel morena y los ojos grandes, redondos, negros y expresivos, la nariz pequeña a juego con una boca gruesa de labios carnosos absolutamente seductores pintados de un rojo intenso, tan intenso como ella, el cabello largo, absolutamente negro, obscuro como la noche, me contempló con un aire desafiante y yo sostuve la mirada de forma retadora, era ella, la de una lucha eterna, la que había desgastado mis manos de tanto escribirle, la que había tomado todo de mí y nunca más apareció de nuevo llevándose mi última esperanza de creer en el amor visceral y bohemio. Se acercó lentamente hacía mí, mientras yo permanecía estático; en éste punto poco importaba ya lo que fuera a sucederme. Se colocó justo en mi espalda y susurraba en una mezcla de voces, como si el tono, el color, el sentimiento fuera variando, unas veces tierna y afligida, otras en forma de reproche y hasta con odio, otras tantas indiferente y fría. Caminó y al estar frente a mí pude ver su nuevo aspecto; ahora su tez blanca, con el rostro muy delgado, los ojos claros casi verdes o miel, su sonrisa inocente se presentaba mientras su mirada seductora se clavaba dentro de mi ser, sentí como el calor recorría mi cuerpo y me abandonaba a lo que ésta presencia fuera, tal vez un demonio o un ángel. No podía más, empleaba las últimas fuerzas de mi cordura para permanecer en pie. Colocó sus manos sobre mis ojos, enfundadas en unos guantes negros de terciopelo, y al retirarlas pude observar mi rostro de frente, los mismos gestos, la misma incredulidad; la expresión tanto de asombro como de terror, y lentamente, como si fuera el vapor que emana del agua caliente, se fue desvaneciendo hasta quedar en un vacío absoluto, una obscuridad más profunda que la noche, que el hoyo más recóndito sumergido en los mares, que mi propia conciencia desvalida.

Sentí mi cuerpo helado, rígido, ella se dio la vuelta y siguió por el camino que antes había recorrido hasta doblar en una esquina donde desapareció por completo. Yo permanecía absorto, sin comprender qué era lo que había sucedido, coloqué mis manos frías sobre mi rostro, lo sujeté con fuerza y tiré de él; pude sentir cómo se desprendía de mí esa máscara que tiraba al piso, la vi rodar a mi lado, con su expresión vacía. Por un momento no supe que hacer, cómo reaccionar. Volví a colocar mis manos dentro del abrigo recuperando la calma, tomé de nuevo mi camino y pensé... "Ahora soy yo, el recuerdo de alguien más".
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Cuidado

Todas las espadas
matan cuerpos
aunque las manejes
con las máscaras,
pero puedes herir
mortalmente a un alma,
curiosamente
sólo con palabras.
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Bajo la sombra del Sol

Esas son las mejores entrevistas:
Cuando no sabes qué te van a preguntar a continuación...
¡Anda!
¡Dispara!,
yo trataré de esquivar tus balas;
tú trataras de adivinarme la médula,
ese espárrago hecho de la sustancia del alba
que busca refugiarse en la sombra del Sol,
siempre oculto a plena vista
bajo la máscara del nombre:
La palabra,
maquillándome de apariencias.-

@ChaneGarcia
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La caída hacia adentro

La brutalidad de mis padres
que por amor
queriendo enderezar
lo que para ellos estaba torcido
lo que hacían en realidad era quebrarme
en algo que en el fondo no era yo
trato de encajar en lo de su molde
máscaras, poses por todas partes
sólo por complacer
y yo, migrando hacia mi mismo
como en una caída.
Una soledad como un océano
y un punto como la isla que soy.
¡¡Nadie me conoce!!
y aún sigue la comparsa.-

@ChaneGarcia
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6comentarios 127 lecturas versolibre karma: 108

No

Recuerdo que una noche
me sumergí en cera caliente
mientras bailaba ardiente como un pabilo.
Y nada quemaba aunque
fuera el mismísimo Tártaro,
porque el vacío inundaba las sombras
y así me apagaba.

Recuerdo una mañana
en la que las cortinas quebraron
la oscuridad y yo,
tuve que abrir los ojos.
Me calcé de blanco y negro
y un trozo de cristal entre mis dedos,
esperando a que la llama derritiera mi esqueleto
por sorpresa.

No recuerdo una noche
porque no estaba dispuesta
a almacenarla en mi memoria,
y me bañé en veneno y fuego
esperando desaparecer entre la pira.
Tampoco recuerdo otra en la que
pasé de ser carne a ser chatarra,
como si alguien hubiera apretado
mi botón automático.

No recuerdo una mañana
en la que me puse un antifaz,
para que mi alma no viera la realidad,
y la goma se rompió,
y se enredó en tu cuello para ahogarte;
yo me quise ahogar contigo.

Y nunca llegaré a recordar-olvidar
crepúsculos
ni auroras,
porque todo es día o noche.
Luz.
Oscuridad.
ClaroscurNo.
GriNo.

No.
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