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¿Sabes una cosa?

¿Sabes una cosa?
Veamos salir la Tierra desde nuestra Luna, en ese lugar donde jamás tus ojos serán tan hermosos como yo los contemplo ahora, a cada momento.

¿Sabes una cosa?
Nunca mi alma brilló tanto como la primera vez que me dijiste «te quiero», y aún así, continúa brillando más intensa que el propio Sol. No sabía que unas palabras pudieran ser tan cálidas. Y a pesar de los años transcurridos, jamás he dejado de brillar a tu lado; gracias a ti y a esos ojos que me abrazaron a la vida. Así que...

¿Sabes una cosa?
Veamos salir la Tierra desde nuestra Luna.
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Fingir

Podría seguir fingiendo que no me importa, que no lo necesito, pero no quiero seguir haciéndolo más. No quiero continuar siendo fuerte y frio como el acero en el que se está convirtiendo mi corazón. Quiero poder sentirme frágil al mirarte, insignificante ante tu gigantesca presencia. Quiero sentir que sería capaz de todo. Quiero una simple razón por la que sonreir al oler tu perfume cada mañana; alguien con quien compartir algo más que simples momentos.
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Résistance

Cuando ese soldado me miró a los ojos, no observé odio en su mirada, tan solo pude percibir tristeza. Quizá le recordara a alguien, o simplemente fuera la compasión de ese hombre lo que me salvó la vida. Mucho tiempo después lo descubrí.

«¡Todo despejado!», gritó a sus compañeros mientras bajaba su fusil y me hacía una señal para que guardara silencio. Luego, sacó un pedazo de chocolate del bolsillo de su guerrera y lo dejó en el suelo. Minutos después, los soldados se marcharon, no sin antes requisar lo poco de valor que teníamos en casa. Cuando por fin pude salir de mi escondite, descubrí el cuerpo sin vida de mi padre en medio de la sala principal de nuestro humilde hogar. Todavía estaba caliente, y a pesar de haberme arrebatado lo único que me quedaba en este oscuro mundo en guerra, no pude derramar ni una lágrima por él. Tenía tan solo 15 años, y de la noche a la mañana, la crueldad de los hombres me había dejado huérfana.

Meses más tarde, y después de varias semanas trabajando para la Resistencia, el destino hizo que ese soldado, el cual me había perdonado la vida, y yo, volviéramos a cruzar nuestros caminos; Rolf, creo recordar que se llamaba.
Tras sorprender a algunos soldados que realizaban tareas de requisa en la zona, y después de una corta pero intensa refriega, donde abatimos a seis de ellos, conseguimos hacer prisioneros a dos. Interrogaríamos a los prisioneros, pero no serian fusilados; por el momento.
Después de obtener toda la información que necesitábamos a cambio de sus propias vidas, hablé con Rolf. Al preguntarle por qué había salvado mi vida, su respuesta me hizo cuestionarme todavía más toda esa maldita guerra sin sentido. El prisionero me habló en un tono tan tranquilo y cordial, que retumbó todo a mi alrededor:

-La guerra no la elegí yo, sabes. Ni tan siquiera debería haber empezado, y al verte..., me recordaste tanto a mi hija. Se llama Astrid. Ella y mi mujer me esperan en casa, y algún día, si esta maldita guerra lo permite, espero regresar a su lado. Siento lo de tu padre; yo no soy un asesino.- Al prisionero se le inundaron los ojo de tristeza mientras me miraba.

- Me llamo Simone.- Dije mientras salía de la celda donde se encontraba el soldado retenido.

Las palabras de aquel hombre me habían transportado por unos segundos a un tiempo feliz, mucho antes de las bombas y la muerte. Después, cerré la puerta y me apoyé en la pared. Esa fue la primera vez que pude llorar por la muerte de mi padre.
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La estación

Él, la miró tímidamente, sonriendo, mientras imaginaba el resto de su vida junto a esos enormes ojos verdemar. La muchacha, le devolvió la sonrisa en un suspiro, y el tiempo, se deshizo entre los dos. Todo se detuvo en ese instante exactamente, en ese preciso lugar, en una efímera fracción de eternidad donde el universo solo existía para ellos.
Después, una voz metálica surgió de la nada, haciendo añicos aquel mágico universo. La megafonía de la estación estaba anunciando la llegada del tren; aquel maldito tren. La muchacha tomó su camino, mientras el joven hacía todo lo posible por seguir respirando entre los escombros que su ilusorio universo había olvidado.
La chica, miró por la ventana por última vez la figura de aquel muchacho al que ya soñaba con volver a ver de nuevo. Él, maldiciendo su cobardía, todavía pudo contemplar en la lejanía los brillantes ojos de la chica a través de los cristales de aquel maldito titán metálico.
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La doncella de Orleans

La primera vez que la vi, descubrí realmente lo que era la esperanza. Por aquel entonces, yo era tan solo un simple escudero que acompañaba a la hueste de mi señor Gilles de Rais, el cual, en aquellos años, todavía abrazaba la Gloria de Dios.
La joven campesina, cabalgaba a nuestra vanguardia portando el pendón de la casa real francesa, y a la vez, alentaba con cantos de victoria a nuestras tropas. Algunos hombres maldecían en voz baja, pues no podían consentir que una mujer, una simple chiquilla, por muy enviada de Dios que fuera, les condujera a la batalla. Gilles de Rais, acalló los murmullos rápidamente con una simple mirada. Todos los soldados, sin excepción, creían que en el interior de su comandante habitaba la semilla del mismísimo Lucifer. Todas esas sospechas se demostrarían algunos años después, aunque esa, es otra historia. La verdad, es que en esos días de intensa actividad militar, y por primera vez en su vida, mi señor, y comandante de los ejércitos franceses, había encontrado la luz de Dios en los ojos de una niña. Una plebeya nacida en la pequeña aldea campesina de Domrémy, una muchachita de tan solo diecisiete años, se había convertido en la máxima esperanza de toda una nación.

Jeanne d”Arc era su nombre. La muchacha, mostraba una fornida y recia figura fruto de la dura vida en el campo. Era más alta de lo que solía ser una mujer, y a pesar de llevar el pelo corto, algo raro, incluso inapropiado para una mujer, no desvirtuaba en absoluto la gran feminidad que destacaban su grandes y brillantes ojos azules en su rostro. Claro era que Jeanne d”Arc no era una mujer como la demás. Ella era una mezcla perfecta de fiereza y belleza, una combinación tan intensa, que era imposible plantearse que todo lo que esa muchacha contaba fuese mentira. Luego, aconteció lo más increíble que jamás he contemplado en mi larga vida.

Avanzándose a la guardia que el Delfín de Francia le había asignado para protegerla, la indomable joven se dirigió decidida hacia los ingleses que vigilaban las altas murallas de la ciudad. Les encomendó a la rendición en nombre de Dios; que por cierto, era el mismo para ingleses y franceses. Podrían irse y salvar sus vidas; a cambio, únicamente debían rendir la ciudad y dejar pasar a las tropas francesas. Los ingleses, después de escuchar divertidos los delirios de una niña, y de burlarse de los franceses por dejar que les comandara una mujer, se negaron a rendir la ciudad y comenzaron a prepararse para el asedio.

« ¡Dios ha sido testigo de mi ofrecimiento!» , gritó Jeanne con una ferocidad desconocida, incluso para sus propios camaradas. La joven enviada de Dios miró a las tropas francesas, y acto seguido, una última mirada a nuestro comandante a la espera de aprobación. Gilles de Rais asintió. Nadie podía negar que existía una conexión especial entre Gilles y Jeanne.
Gilles de Rais era solamente un poco mayor que la campesina de Domrémy; veinticinco años tenía mi señor. Todavía creo que estaba enamorado de esa muchacha, aunque las circunstancias, no eran las más apropiadas para el amor.
De pronto, una traca de silbidos atravesó el espacio entre las murallas y la posición francesa. Una flecha se clavó en el hombro de la joven, la cual, ni se molestó en alzar el escudo para protegerse, pues bien valía la protección de Dios. Jeanne se sacó la saeta con un despreocupado desprecio, desafiando furiosamente a sus atacantes. La sangre le brotaba por su brazo izquierdo. Una rápida mirada a la herida, un grito de atronadora rabia que inundó el campo de batalla, y un furioso ataque para romper las defensas enemigas. Horas después se hizo el milagro
Después de tantas derrotas, tantos territorios perdidos, tanto esfuerzo, tanta sangre, tantas muertes y tan largo sufrimiento, apareció esa muchacha que hasta entonces, solo existía en las leyendas.
Una campesina de diecisiete años, una niña, guio a hombres recios y curtidos en decenas de batallas hacia la victoria, recuperando de esa manera el orgullo y el honor de toda Francia.
Ese día, un ocho de mayo del año 1429 de nuestro Señor Jesucristo, y tras más de seis meses de intensa lucha por recuperar la ciudad de Orleans, esta, fue devuelta a la corona francesa, comenzando de esta manera la reconquista de los territorios perdidos contra los ingleses.

Poco más de dos meses después de la toma de Orleans, el diecisiete de julio, el Delfín de Francia, fue coronado rey. Carlos VII, recuperó poder y prestigio, aunque la guerra entre ingleses y franceses, eternos rivales por el poder continental, continuó veinticuatro años más.
Por su parte, Jeanne d”Arc moriría apresada por los ingleses, injustamente condenada por herejía, y quemada en la hoguera el treinta de mayo del año 1431.
De todas maneras, el nombre de Jeanne d”Arc, ya se había convertido en leyenda; incluso, siglos después sería canonizada y beatificada. Pero, a pesar de todo estos reconocimientos, y de haber sido ascendida a los cielos, la joven campesina de Domrémy, pasaría a la eternidad como la doncella de Orleans.
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¡Oh divina Atenea!

Hija del padre, Rey de mortales e inmortales. El que con su rayo hace temblar la Tierra.
¡Oh divina Atenea! La única comparable en poder e inteligencia con el mismísimo Zeus.
Señora de la justicia, guerrera implacable, concédeme la protección bajo tu áurea égida. Que tú lanza guie mi mortal destino, enseñándome el camino a seguir. Siempre honesto, recto, comprometido con los dioses y siempre fiel a la verdad.
¡Oh diosa de ojos azabache y níveas manos! La de lanza de fresno y escudo de bronce, la más poderosa de los dioses del Olimpo, bendíceme con tu gloria.
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Duele

Duele; duele tanto tu recuerdo como tu ausencia. Duele; duele como trocitos de cristales rotos clavados en la planta de mis pies. Duele, pero debo seguir caminando y decirte adiós.
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Boudica, reina de los Icenos

Reina de reyes.

Desde bien pequeña, sus dos ojos azules y su salvaje fiereza, ya hacían presagiar un gran destino para la más joven de las hijas del rey Iceno, un destino que marcaría en la eternidad junto a su pueblo y al de toda Britania. La princesa siempre prefirió los juegos de niños, las partidas de caza, las espadas, y los combates con los chicos mayores, de los cuales acostumbraba a salir siempre vencedora. Todo lo relacionado con los deberes marciales le fascinaba.
El ardor combativo y guerrero lo llevaba en su real sangre, así como la indómita defensa por la libertad de su pueblo contra el extranjero invasor. Su gran carisma y su fuerza, la convertirían en heredera y posteriormente en reina de su pueblo; «Reina de reyes», adalid de la lucha contra los romanos. Una mujer de fuego en el pelo que pondría en jaque a todo un Imperio.



¡Grita Boudica!

Cabellos bañados con el bermejo fuego de la diosa madre, ojos de verde hierba que riega los valles de Britania, brillante resplandor que a su pueblo acaudilla. Valiente mujer, Reina de los Icenos, que ante el poder de un Imperio se negó a claudicar.
Ella, libre y salvaje, a su pueblo alentó para no hincar rodilla ante el romano invasor. ¡Grita Boudica! fiera guerrera, que a la muerte venciste al convertir tu gesta en inmortal, liberando a tu pueblo a pesar del trágico final. ¡Grita Boudica! pues todavía tiembla Roma al escuchar tu nombre.
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Miscelánea breve

I.# Fue como descubrir la inmortalidad en un solo gesto de sus manos, acariciándome tan dulcemente las mejillas, que pude sentir sus labios incluso antes de besarme.


II.# El Olimpo se convirtió en un pequeño montículo en el terreno, pues ella, hizo que nos alzáramos por encima de los mismísimos dioses.


III.# Anoche tus ojos volvieron a abrazarme, a sostener mis esperanzas, a guardar mis más profundos secretos.


IV.# Nos conocimos donde el tiempo no acontece, donde la Luna viste tachuelas de estrella ardiente, donde nada envejece; en los confines de nuestro efímero recuerdo.


V.# Él, era hielo cegador. Ella, rayo fulminante, fuego sanador. La casualidad, los hizo coincidir, y hielo y fuego acabaron fundiéndose en un mar eterno de fulgurante brillantez.


VI.# Como el frio acero clavándose en mis costillas son tus ojos olvidándome, son tus labios ignorándome, es tu amor condenándome a muerte.
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Canto Olímpico

I.

Cuentan que existió un tiempo donde los hombres no conocían límites a sus sueños, donde las deidades se mezclaban entre los humanos para bendecirlos o destruirlos y donde unas increíbles guerreras venidas de las tierras del este, comandaban ejércitos tan salvajes como disciplinados.


II.

Varinia, que por tus venas fluye la sangre de los inmortales, dulce néctar tus labios prometen, a quien te acompañe en batalla sin importar los peligros. Compañero de aventuras, a él prometes fidelidad si así este se compromete. Y que de vuestra unión la estirpe de Zeus renazca, pues de su raza provienes; semidiosa divina tú eres.


III.

¡Oh musa de cabellos ígneos! Alzo mi canto a tu pecho, que del sagrado Olimpo reciba, la luz protectora de Apolo. ¡Oh musa de larga trenza! Que tus alados pies guíen mi viaje más allá de los confines del miedo, donde mi destino espera en el correcto camino. Dame fuerza y valor para afrontar los peligros que acechan los pérfidos vasallos del mal.
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Tú dijiste

Y, que dijiste que no sería nada sin ti, ahora lloras en lo más profundo de la nada. Y yo, que creí no ser nada después de ti, descubrí que existían caricias sinceras y besos que cimentan las almas rotas.
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Atado a tu perfume

Cautivo de tu alado perfume estoy, mientras aprietas tus manos contra mi pecho, y mis rodillas tiemblan temerosas ante tu majestuosa presencia, como si fuera un niño, perdido, sin saber que hacer ni decir. Pero tus ojos me acarician lentamente, y mi alma se sosiega al ritmo de tus ardientes labios, de tu lengua traviesa, de tu aroma de ambrosía. Y la noche nos arropa, orgullosa, vestida con luna de plata y lunares de fuego ardiente, celebrando el triunfo de Eros.

Horas después, el amanecer los descubrió vestidos únicamente con su desnudez.
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Microgotas

I.# De inmediato y en secreto, se convirtieron en eternos amantes, convertido ya su amor en abrasadoras ascuas. Aunque ellos, todavía no lo sabían.


II.# No era la más guapa, pero sin comparación era la más hermosa de todas. Enormemente magnífica; eternamente extraordinaria.


III.# Si quieres te cuento porqué te amo; y si quieres, te miento porqué no.


IV.# Si conoces el viaje antes de emprenderlo, no aprenderás nada durante el camino.


V.# No existe mayor tesoro que la juventud y su vigor; sin embargo, difícilmente se valora durante esa edad dorada de la vida. Con el transcurrir de los años, es cuando nos damos verdaderamente cuenta de esto, y es entonces, cuando comenzamos a valorarla con añoranza y melancolía.


VI.# Porquería, que recorre las entrañas de una Madre herida, obstruyendo sus arterias, ahogando su propio aliento. Parásitos, que solo saben destruir lo que se les concede, olvidando el abrigo que la Madre ofrece. Cegados de avaricia, codician riquezas e inservibles necesidades materiales, hedonismo artificial que contemplan desde la seguridad de sus privilegiadas pantallas. Rastros de miseria que celebran desde sus lascivos refugios, bajo la protección de la impunidad que ellos mismos alimentan.


VII# Sus ojos, reflejaban una luz esmeralda tan intensa, tan cálida, que abrigaban mi deshabitada y congelada alma con cada uno de sus centelleantes pestañeos.


VIII.# Recuerda que, cualquier tiempo pasado fue anterior. Así que, mira hacia adelante porque te la vas a pegar.


IX.# Pronto, caerá la última lluvia, y ya no sabréis nada más de mi. Ya caen las primeras gotas, ya vienen a buscarme. Ha llegado el momento de partir. Luego, volverá a salir el Sol. Volverá a brillar en lo más alto de la bóveda celeste, y a bañar su calor tu gozosa piel. Yo ya no estaré aquí, pero siempre estaré contigo.
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Ella siempre será París

Todavía no se por qué elegí ese lugar. Seguramente, estudié las diversas opciones y me acabé decantando porqué era el que se encontraba mejor comunicado, o muy posible, porqué era el más económico. De todas maneras, la elección fue un acierto dolorosamente casual.
Regresaba de dar una vuelta por la ciudad, y me disponía a descansar un rato en la vieja pero acogedora habitación de mi tranquilo hostel parisino. La ciudad de París me había resultado interesante, aunque un poco oscura y vacía del encanto romántico que tanto acentuaban las películas y la novelas. La verdad, es que me encontraba un poco solo desde hacía mucho tiempo, pero no podía permitirme no viajar, aunque fuera con la única compañía de mi mochila.
Al abrir la puerta de la Maison Bellerose, la tranquilidad que había dejado a primera hora del día, se había convertido en una especie de reunión de un grupo de gente celebrando no se qué. No les presté demasiada atención. Luego, por unos instantes, sentí como todo dejaba de dar vueltas y toda la sala se quedaba en un jaleoso silencio. En ese momento fue cuando la descubrí a ella.
Quizá no fuera la más guapa, pero sin duda, era la más magnífica de entre todas las personas que se encontraban en aquel salón de recepciones. Mis ojos se habían posado en ella nada más entrar. Ya le pertenecían; no pude evitarlo. Su luz se convirtió en el faro que guía a las intrépidas naves entre los puntiagudos escollos que acechan en la costa, y yo, acababa de convertirme por unos instantes en un barco a la deriva. Así, esquivando a la gente que se interponía entre su magnificencia y mi nerviosa posición, me dirigí de forma hipnótica hacia mi propio faro. Lo curioso, es que por alguna misteriosa razón, ella parecía interesada también en mi presencia, aunque eso, lo supe más tarde.

Me acerqué lentamente, intentando construir un plan de acción en mi cabeza. «¿Qué le diría?» «¿Cómo reaccionará ella?» Sinceramente, no me dio tiempo a pensar demasiado, pues cuando me di cuenta, ya estaba delante de ella. Aparté la silla y me senté enfrente. Tan solo nos separaba una mesa de madera, la suerte, y por supuesto, el destino. Pronto, su cálida voz me sacó de mi ensoñación, pues como si de un hechizo se tratara, no pude articular palabra.

- Te estaba esperando.- dijo ella tomando la iniciativa de la situación.

- ¿A mi?.- contesté desconcertado. Mi sensación fue de una estupidez absoluta, aunque por lo visto, a mi interlocutora le pareció de lo más gracioso.

- Realmente, estoy esperando a alguien interesante. ¿ Eres tú esa persona?.- volvió a hablar, esta vez con una sonrisa picarona que me sonrojó al instante.

- Espera un segundo.- contesté de manera espontanea. Por unos segundos creí estar poseído por alguien.

La misteriosa desconocida se quedó perpleja con mi reacción. Su seguridad regia se había convertido en una innegable curiosidad por ver lo que me disponía a hacer. Sus grandes ojos pardos brillaron todavía con más fulgor que de costumbre.
Me levanté rápido como el rayo, hacia ningún sitio concreto. Lo cierto, es que no sabía que demonios iba a hacer en un principio, pero de pronto, accedí a la solución. Era todo o nada. debía sorprenderla gratamente, pues mi destino estaba ligado a una única jugada. Cogí una botella de vino y dos copas de manera disimulada de la barra de un pequeño mueble bar que había a un lado del salón. Mi hurto pasó desapercibido para el resto de los presentes.
Jamás había hecho algo así, y sin lugar a dudas, ese pequeño delito dibujaría por completo los acontecimientos que estaban a punto de suceder. Regresé disimulando a la mesa donde la chica me esperaba divertida.

- Si lo deseas, podemos continuar esta conversación en la habitación que tengo arriba. Tú, yo, y esta botella de vino. ¿Qué te parece?

Mi voz sonó con tal seguridad, que hasta yo me sorprendí, pues mis rodillas temblorosas no pensaban lo mismo. Por suerte, todavía estaba sentado. La mujer se levantó decidida. Me hizo un gesto con la cabeza, y sin mediar palabra, entendí que había aceptado mi invitación. Subimos a la habitación, abrimos la botella de vino, y comenzamos a hablar animadamente. Al parecer, nos conocíamos bastante bien, a pesar de que jamás nos habíamos visto antes. Las palabras, las risas, la complicidad, y la increíble conexión que habíamos creado, nos llevó a lo inevitable. Los dos sonreímos mientras nuestras miradas se fusionaban en una sola, pues desde hacía rato, lo estábamos deseando.
Hicimos el amor tan delicadamente salvaje, que todavía puedo sentir el calor de sus dedos recorriéndome la espalda y el perfume de su piel atravesándome los pulmones.
Pero al despertar, ella ya no estaba; se había ido. Todo había quedado en silencio. Me levanté de la cama y miré por la ventana intentando encontrarla. Tan solo pude sentir la ajetreada vida de la ciudad. París, pensé, la ciudad del amor. Intenté encontrar la Torre Eiffel en la lejanía, pero no se podía apreciar desde mi punto de observación. Desde la ventana de la habitación poco podía verse más allá de la inmensa estación de tren, unas cuantas islas cuadriculadas repletas de bloques de pisos, y un bullicioso mercado lleno de vida y variados olores.
París, dije esta vez en voz alta. Luego, suspiré y regresé a la cama vacía con la esperanza de que al despertar de nuevo, ella estuviese allí otra vez. Por unos segundos, contemplé la botella de vino vacía encima de la mesita. Una de las copas, aún conservaba reminiscencias de un brillante carmín carmesí que me transportó directamente a los labios de mi amada. Me tumbé en la cama, cerré los ojos, y me quedé dormido. No pasó demasiado tiempo, puede que quince o veinte minutos, pero al despertar nuevamente, caí en la cuenta.

«¡Maldita sea! ¡Pero que idiota he sido!» exclamé enfadado conmigo mismo. No hubo intercambio de teléfonos ni de redes sociales, ni tan siquiera de una dirección conocida. Nada de nada. tan solo conocía su nombre.
Bajé corriendo a la recepción de mi alojamiento y pregunté por la misteriosa dama, pero no sabían nada. Nadie con ese nombre se encontraba alojada ni lo había hecho en las últimas semanas. La descripción de la mujer tampoco llevó a ninguna otra pista. Mi investigación había sido un fracaso incluso antes de haber comenzado. Regresé resignado a la habitación.

Tiempo después, su rostro comienza a hacérseme borroso donde su sonrisa se difumina en el recuerdo de una marca de carmín en una copa de vino. Incluso, empiezo a olvidar su perfume, a perder el calor de sus dedos recorriéndome la espalda, acariciándome suavemente el rostro. Tan solo consigo recordar una cama deshecha, vacía, y unos grandes y luminosos ojos pardos. Una magnífica y reluciente mirada con un brillo inolvidables.
La verdad, es que he regresado varias veces al mismo lugar con la esperanza de volver a encontrarla. He recorrido las calles de la ciudad del amor, buscando la luz de ese faro que me guie entre los puntiagudos riscos que acechan los intrépidos navíos, evitando su naufragio. Todo ha sido en vano, y yo, continúo a la deriva.
Únicamente me queda un nombre, unos brillantes ojos pardos y una ciudad que anhela todavía su recuerdo, pues para mi, ella siempre será París.
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El profeta

No tenía ojos. En su lugar, dos cuencas vacías y oscuras como la noche sin Luna ni estrellas ocupaban su arrugada cara. Era tal su poder, que aún privado del sentido de la vista, su visión alcanzaba cualquier lugar existente. Él era quien todo lo veía y conocía, pues su nacimiento, había sido bendecido por el mismísimo Padre de todos.
Al viejo adivino, siempre lo acompañaba una bella muchacha. Una chica de unos dieciséis años que se ocupaba de las necesidades más terrenales del hombre. Algunos aseguraban que era una esclava, otros, que era su aprendiz, acusando al anciano de compartir con la adolescente algo más que heréticas enseñanzas. Todos lo hacían a escondidas, pues temían los poderes de ese brujo. Sea como fuere, la verdad es que el viejo profeta jamás había abusado de esa muchacha. Es cierto que la niña había sido comprada como esclava y regalada al adivino como agradecimiento por sus servicios, pero el viejo augur, la había liberado. Para el hombre, era lo más parecido a una hija, y para la muchacha, el adivino se había convertido en maestro y padre, pues desde que fuera esclavizada, el viejo había sido la primera persona que la había tratado con verdadera humanidad.
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Aquí estaré yo

Si alguna vez descubres mis pisadas, aquí estaré yo; esperándote. Camina rápido y no mires atrás. Que nada ni nadie te distraiga. Si te aventuras en mis pasos, si lo consigues, si te animas a llegar donde me encuentro, hagamos esto juntos. Sin miedo, sin excusas, pues desde ese momento, seremos dos almas unidas dispuestas a todo.
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Mientras no sea demasiado tarde

Virgil McKullog había decidido cambiar de vida inmediatamente, pues temía que fuese demasiado tarde. Arto de dedicarse al tedioso y aburrido, a la par que mal pagado trabajo en la Factoría Weller, donde fabricaban estructuras para maquinaria industrial, se dirigió, dispuesto a la aventura, al 142 de la calle Edelwood, donde residía su mejor y único amigo, Oliver Parrot. El señor Parrot, era un prestigioso y reputado abogado, amigo de la familia McKullog desde hacía años, el cual había sacado a Virgil de más de un lio con las autoridades durante su adolescencia.
Cuando Virgil llamó a casa de los Parrot, ya había anochecido, pero el nuevo y decidido McKullog deseaba despedirse de su amigo e iniciar su aventura cuanto antes.

-Hola Oliver. Siento molestarte a estas horas, pero vengo a despedirme.- Dijo Virgil ante un asombrado y boquiabierto Sr. Parrot.

Virgil, ante la petrificada y blanca figura de su amigo continuó hablando.

- Me marcho de la ciudad Oliver, y no creo que volvamos a vernos, al menos en esta vida. No se donde iré, pero lo que si se seguro es que será lejos de la ciudad. Quiero ver mundo. Ha sido un placer conocerte y compartir contigo una bonita amistad. Gracias por todo amigo.

El Sr. Parrot continuaba si poder articular palabra. Ojiplático observaba a su viejo amigo, como si no creyese lo que estaba sucediendo delante de sus ojos. Oliver estiró el brazo y cogió el periódico. Miró entre sus páginas, y cuando encontró lo que buscaba mostró la noticia a Virgil.

« Una terrible explosión causa el desplome de parte del edificio de la Factoría Weller. Uno de los trabajadores, el operario Virgil McKullog, que se encontraba en ese instante dentro de la nave, ha fallecido. Su cuerpo ha sido recuperado por los mismos compañeros, aunque estos no han podido hacer nada por salvarle la vida. Las exequias por el cuerpo del trabajador fallecido se celebrarán mañana a las 10:00 horas en la basílica de San Clemente.»
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Sobrevivir

Sobrevivo diariamente con un nudo en la garganta caminando entre medias de la gente sin dirección, cansada del mundo, de ser siempre un simple peón en este chiste malo llamado vida donde todo el mundo al final, siempre busca una salida.

Pensar que estamos vivos, pero no estar viviendo de verdad, pero yo he encontrado el secreto.

Sobrevivir a todas las caídas.

Ese es el secreto de los supervivientes.
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Érase una vez... una patata caliente

Chamorro maquinaba cómo pasar esa patata caliente y descargar tamaña responsabilidad en algún despistado cabeza de turco. Inquieto, mordía con fruición la uña de su dedo meñique. La puerta se abrió y apareció Casimiro. Siguiendo sus pasos se estiró en la silla levantando la cabeza hasta tensionar al límite su esternocleidomastoideo. "Ese payaso no se enterará de por dónde le viene el viento. ¡BINGO! Ya tenía a su chivo expiatorio”, pensó.
La puerta volvió a abrirse. Esta vez dos agentes uniformados entraron en el despacho. Casimiro se les acercó y señaló hacia la mesa de Chamorro. El cazador fue cazado.





Publicado en la Asociación Solidaria Cinco Palabras.
Palabras a incluir regaladas por la actriz, Arantxa de Juan:
Patata - uña - esternocleidomastoideo - payaso - bingo
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Inventos del avaro

Existió hace mucho tiempo un rey. Como era un monarca avaro era su deseo ser el más poderoso del planeta. Por tal motivo fue movido a crear una dinamita capaz de arrasar multitudes y atacó con ella otro reino cercano, hasta llegar a su conquista. Como quedaba un sobreviviente que había huído, el asunto no acabó ahí. Aquel creó una bomba de mayor alcance y atacó al rey hasta darle muerte junto a su reino. Habiendo quedado con vida uno de sus hijos, con mucho resentimiento ideó nuevas municiones y se sirvió de ellas para tomar venganza. Pero hubo otro sobreviviente que inventó armas más novedosas y atacó al vengador. Así sucedió por largo tiempo, hasta que hubo una última arma, tan letal que no sólo acabó con los reinados, sino con la vida. La Tierra se partió en millones de pedazos que viajaron por el universo cual maderos de un naufragio gigantezco. Las armas del avaro y sus consecuencias llevaron al planeta a su extinción.

Jairo Sebastián Zanetti
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