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Frío y ausencias

La conocí en un bar cualquiera una noche de frío invierno. Su mirada brillaba entre la pista de baile y tenía ese aire ausente que dejan entrever las mentes perdidas que no saben muy bien qué hacen en un sitio como ese. En una vida como esa.

Yo la miré, quiero decir, no la vi, sino que la miré, con todas las letras que eso implica; la miré detenidamente, como se mira aquello que se quiere memorizar uno hasta el fondo del alma.

Y supe que en ese momento algo nos ataría por siempre jamás.



La siguiente vez que me la crucé fue en medio de la Gran Vía, ella llevaba un caminar apurado y ausente, con la mirada perdida entre el vaho de ese gélido invierno que asolaba la ciudad y yo sonreí al tropezar con ella. Ella sonrió. Reconociéndome. Y los dos seguimos nuestros caminos, conscientes de que nos volveríamos a encontrar.


Eso ocurrió en Enero, para Febrero ya éramos dos desconocidos que nos perdíamos entre las sábanas con la desatada pasión del que tiene que refugiarse del frío y la ausencia de quien no sabe estar en otro lugar mejor en ese momento.

Éramos así. Siempre éramos así. Uno huyendo del frío y la otra viviendo una vida que no le pertenecía, de algún modo, y que sobrellevaba a base de ausencias.

Cuando eso nos ocurría, ser cada uno quien le tocó ser, -a eso me refiero-, nos refugiábamos en el humo, el sexo y los baños de las discotecas que reverberaban con la música electrónica en un baile de destrozos que parecía no tener final. Como esas luces intermitentes a flashazos que siguen el ritmo de la melodía como un trallazo, pero que te impiden concentrarte y ver más allá de dos pasos.

Y la hostia viene. Siempre viene.


Era Abril, el frío ya se había ido y las sábanas ya no daban para cubrir tanta mierda como la que habíamos dejado en nuestra vida en ese irrefrenable tirar pa´lante porque no había otra cosa que hacer. Yo me había perdido y estaba ausente y ahora era ella la que siempre tenía frío. Y ninguno de los dos obtenía lo que buscaba, ni buscaba lo que quería. Y así nos iba. De polvo en ceniza. Hasta terminar fallando una vez más.

En Junio todo parecía precipitarse hacia ninguna parte. Y entre las latas vacías de cerveza y las colillas del humo, decidimos que eso no podía seguir así. Que era o seguir o suicidarnos los dos. Y ninguna de las dos ideas nos tentaba más que la otra. Así que... follábamos e íbamos tirando.

Para Agosto todo se había acabado y tras una noche de sudor y polvo frente al espejo de un local cualquiera, nos dimos cuenta con nuestras pupilas dilatadas que ya no había nada más. Simplemente así. Lo supimos. No había nada más. Y así se acabó. Tal como empezó.



No supe nada más de ella hasta Noviembre. Era ya invierno. En esta ciudad siempre es invierno después del verano. Ella estaba en medio de la pista de baile, ausente, como la primera vez que la vi. Ella me reconoció. Yo le sonreí. Y todo lo demás fue un torbellino de dolor del que resultaba imposible salir.

Para Febrero las sábanas se habían terminado. Y supimos que todo se había acabado. Otra vez. Y tras follar nos despedimos. Yo con frío y ella con ausencias.

-Hasta dentro de un año.- Nos dijimos.

Y el baile de ruinas volvió a empezar.

Como si nunca hubiese dejado de girar y girar hasta que no hubiera vuelta atrás.



Polvo, dolor y cenizas.
Poco más.
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Yo solo quiero reconocerme en mi tumba

Deambulo por la fantasmal ciudad mientras la noche lo envuelve todo en un halo de soledad teñido de una sucia escala de grises, a cada cual más oscura, como el techo de mi habitación cuando trago horas en blanco mirando a ninguna parte, porque la almohada no me acoge en su seno, y solo puedo tratar de encontrarme perdiéndome. Los pasos me llevan a ninguna parte, pisando las frías piedras de las aceras, con las manos en el bolsillo protegiéndome de la fría noche, con el vaho saliendo a través de las solapas de mi abrigo que me cubren la mitad de mi rostro del frío y tratando de discernir algo entre el frío relente que me cala con la helada de esta fría madrugada en que todo es frío en cada rincón y yo solo puedo caminar, por no morir congelado en el frío de resucitar los recuerdos ante la ausencia de expectativas en esta vida de sinsabores.

El sol se ha escondido hace ya largas horas, y la ciudad en brumas se difumina entre la oscuridad dejando apenas entrever siluetas informes de mansiones y caserones salidos de cualquier ensueño de pesadilla. Construida a las prisas la vida parece no llegar a ninguna parte, pero por más vueltas que le des tampoco vas a encontrar ninguna solución. Supongo que por eso a veces solo queda eso: caminar. A ver si así llegamos a alguna parte.

La luz se ha oscurecido cuando mi mirada fría se ha quedado vacía y vaga en el infinito, como mis pasos infinitos que me hacen avanzar sin querer seguir caminando, pero obligándome a seguir, para no calarme de frío, porque quiero todo menos volver al hotel ahora mismo y dejarme invadir por todos mis fantasmas. Odio los fantasmas. Así de claro. Siempre he sido más de demonios. Jugar con las tinieblas para crecer. Tiene su encanto. ¿Pero los fantasmas? ¿De qué te sirven? Te arrastran a cada paso que das. Tiran de ti. Te invaden de frío. Y en la soledad de la habitación te enfatizan tus más tristes sentimientos. Los demonios solo te atormentan. Pero los fantasmas te arrastran hasta otro plano astral en el que no hay lugar para nada, ni felicidad, ni tristeza, ni dolor; solo vacío. Así, sin más. Solo llano e infinito vacío.

¿Y eso de qué sirve?
Dime.
¿Eso de qué sirve?

Para nada.
El vacío no sirve para nada.

Solo
soledad.

Solo eso.

*
**
*
**

Deambulo por la gris ciudadela que es esta infinita cortina de lluvia tras la que se esconde una ciudad en sombras. Las flechas de los edificios se pierden en el negro cielo, como saetas que tratan de arañar a Dios, como tristes baladas que te recuerdan que todo pasó, que ya no queda nada. En la soledad de las calles es cuando más capaz te ves de huir para siempre. Por eso camino. Por eso camino. Por eso siempre camino. Para huir lejos de mí. Del dolor. Del recuerdo. Del mundo. De la eternidad.

Por eso camino.

Para olvidar.

Camino por una ciudad en sombras que ya no encuentra cobijo para los fantasmas que me invaden. Solo somos tétricas ilusiones tras decenas de espejos que se han roto a nuestro paso, y los cristales de los comercios me devuelven mi imagen distorsionada, como si así hubiese forma de hallar cobijo, de hallar palabras que definan esta infinita sensación de vacío.

El tiempo.

El tiempo se ha marchado.

Y el último cigarrillo ya no tiene sentido.

Por eso lo lanzo a la infinita caída en esta ciudad de brumas.

En la soledad de este mundo traté de encontrarme y solo me perdí. ¿Comprendes? Solo me perdí. Y este es el final del sagrado pasado. Innumerables murallas han caído antes ¿por qué no va a caer esta? Katagena ya no llora. Pero por favor, no trates de pronunciar mi nombre. Ya no existe.

Solo quiero desaparecer en una maraña de sombras, en un rastro de fuego que arda entre mis cenizas; que no quede rastro de mi existencia; que no quede nada. Quiero vagar por la negra ciudad en brumas sin existir. Como un Carax que ha borrado sus pasos, su vida, su existencia. Por favor. Déjame ir. Por favor. Déjame ir. Me digo. Por favor.

Y eso hago.

Camino.


Deambulo por la fantasmal ciudad mientras la noche todo lo envuelve en un halo de soledad e infinito vacío.

Las cenizas ya se han ido con la tormenta.
Y el humo del cigarrillo se ha perdido entre la cortina de lluvia.

Solo queda caminar con las manos en los bolsillos y la mirada en el suelo hacia ninguna parte.

Solo queda caminar.

Solo queda caminar.

Solo queda
esta triste y fría soledad
que lo envuelve todo
en un halo de olvido
que solo quiero dejar atrás.

*
**
*
**

Gracias.
Y adiós.
Gracias.
Y adiós.


Me voy. Para no sentir dolor. Me voy. Porque es peor el paredón de mis fantasmas. Me voy. Porque es así mejor.

Camino...
porque no sé hacer otra cosa...
camino...
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A tu nombre

Rezando por el futuro
te dibujé en mis sueños,
no sé bien por qué
pero ojalá que todo sea luz.

Matamos al tiempo justo lo suficiente
como para entender que no tenía sentido
y no lo tenía, lo sé,
no lo tenía.

Ardí en vuestras banderas
que se peleaban por ver quien valía más
quien la tenía más grande
quien gritaba más alto.

¿Y todo para qué?
Nos decimos
¿todo para qué?
Para nada, eso respondemos.

Sangramos en demasiadas derrotas
y perdimos demasiado,
¡atended!
perdimos demasiado.

Entre las heridas de las manos
solo vimos sangre caer,
y al mirarnos los pies
solo quedaban casquillos de balas.

Las paredes ladran al silencio
conscientes de que se fueron
todos los niños que creímos ser
y ahora somos adultos rotos por vivir.

Entre el mar de mi patria
no encontré lugar al que llamar así,
venimos de nuevo a ninguna parte
y solo encontré un país sin personas.

Ciudades altas con ambiciones altas,
estados dirigidos por empresas,
políticos marionetas que sirven
a sus propios intereses.

Y tras todo eso recé, para mí,
recé, por seguir,
recé, por luchar,
recé por encontrar sentido a todo.

Señalé con el dedo,
y me lo cortaron,
señalé con la mirada,
y me cegaron.

Y entonces todos torcieron el gesto,
se fijaron en otras cosas,
y tiñeron de verde toda su sucia escala de grises
como si valiera algo.

Grité, grité y grité,
hasta quedarme sin voz,
lloré, lloré y lloré,
hasta quedarme mudo.

Y todos rezamos
por un mundo mejor,
y todos rezamos
por un futuro mejor.

Mientras ellos se lavaban las manos
con nuestro dolor,
mientras ellos se reían de nuestro patetismo
tratando de hacer futuro sin transformar el presente.

En tu nombre,
te dicen,
en tu nombre hemos hecho todo esto
y asentimos, sin saber qué responder.

Yo os digo,
este mundo no vale tanto,
este mundo
no vale tanto dolor.

Levantad la frente, por favor,
levantad la mirada, por amor,
levantad la esperanza, por vida,
levantad el puño, por todo.

Y sacamos una bandera que cogía polvo,
una que representase el futuro,
roja como el atardecer en el mar,
roja como la sangre que nos impulsa.

Y sacamos una bandera del pasado
para cambiarlo todo,
de arriba a abajo,
a día de hoy y para tener un mañana.

Después seguimos y seguimos
y seguimos cada día,
construyendo lo que queríamos:
todo.

Unos sueños con los que caminar,
una ética con la que actuar,
una cultura para educar,
una idea que desarrollar.

Y caminamos
como hay que hacer siempre
y caminamos
como siempre hay que hacer.

Matamos al tiempo, al miedo y a las derrotas,
apagamos todos los fuegos que nos consumían,
liberamos nuestro cielo para ver la luz,
forjamos armas de libertad para avanzar.

Y cuando flaqueábamos
y no sabíamos bien qué hacer,
mirábamos al frente
y asentíamos para continuar.

Hicimos historia
¿a dónde viniste a vernos?
Hicimos historia,
te esperamos, no te pierdas.





Poesía de una generación sin ideología ni sueños,
cantos en el atardecer para un nuevo mañana,
luces y sombras tras el humo en un barrio sin esperanzas,
demasiadas ganas de volar como para no versarlas.
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When I sleep under the ground (Spanish version included)

"Cuando duerma bajo la tierra"
(Spanish version)


Cuando duerma bajo la tierra...
dirán que tu nombre
lo he plasmado en las hojas
de mi diario rosa
y que todas los orbes del cosmo
presenciaron nuestras bocas besarse:
donde nuestra poesía comenzó.

********************************************

"When I sleep under the ground"
(English version)

When I sleep under the ground,
they will say
I have written your name
in all the pages
from my pink notebook...
O the orbs of the cosmos
have witnessed our mouths kissing:
where our poetry had begun.
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Habrá valido la pena

El fin del mundo nos pillará sin saber qué hacer,
así que follaremos
¿qué otra cosa íbamos a hacer?

Ahí afuera aún quedan rastros de poesía
solo hace falta buscarlos,
pero a las 8 de la mañana
las miradas del metro van más apagadas que de costumbre,
diles tú de soñar
que se reirán en tu cara
-eso con suerte,
lo más probable es que te miren,
bostecen
y sigan dormitando hasta su parada-.

Ya te lo he dicho:
el fin del mundo nos pillará follando
porque ¿qué otra cosa íbamos a hacer?
Ahí fuera es todo humo, cenizas y cigarros,
aquí el orden es distinto,
cigarros, humo y cenizas
que acariciar con las manos desnudas
para levantar un templo al amor,
al sexo,
y al puro placer,
¿Eso es ya bastante no?

Al menos más de lo que sueles encontrar.

Ya lo creo -pienso mientras expulso el humo del cigarro lentamente-
ya lo creo.

Ella me mira,
sin comprender del todo,
creo que realmente yo tampoco lo entiendo,
pero miro a sus ojos
y vale la pena
¿el qué?
todo.

Se lo digo y me sonríe,
-A ti lo que te pasa es que has dejado de soñar hace ya demasiado tiempo-.
Vuelvo a sonreír
-Es muy probable- le contesto, - pero... ¿acaso importa?

. Solo eso. Nada más. Se queda callada durante unos instantes.
-Lo importa todo.- Sentencia. Me sonríe. Y me besa. -Lo importa todo.-

Yo, desconcertado primero,
sorprendido luego,
sonrío.
Apago el cigarrillo
y le sigo.

Me pierdo en el tiempo
y en el infinito.
Y ella
me deja hacer.
Me deja ser.
Eternidad.

* * *

El fin del mundo nos pillará sin saber qué hacer.
Eso está claro.
Así que nosotros eso...
pues esperaremos follando.
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Recuerdos de un quinto piso

Hace mucho que ya no escucho tus pasos por el pasillo ni tu voz al hablar sola; ya no oigo quejas de cuando rosmo, ni nadie que se ría cuando le digo lo aprendí de ti.

Hace mucho que no tengo a quien hacer batidos de fresa, ni nadie que me haga patatas cuadradas como solo tú sabías, la casa ya no huele a tarta de queso ni a tortilla de patatas con filetes empanados.

Ya no hay helados de limón y chocolate junto a la Torre, ni nadie que farde de mí con ese orgullo que se percibía en su voz mientras le brillaban los ojos.

Ya no hay nadie que me llame desde la sala para cambiar de canal, ni un beso de buenas noches y hasta mañana si Dios quiere.

Y supongo que Dios dejó de querer.
O el azar.
O la mala suerte.

Pero hoy te echo de menos
y aunque me convertiste en alguien fuerte
no sé si estoy listo para no volver a tenerte a mi lado.

Las noches son más solitarias desde que nadie me calienta la leche ni tengo a alguien a quien explicar la serie
esa del parruliño alto que es listo y tonto,
o aquella otra que vimos alguna vez en que el chaval del gorro no quería matar al niño,
pobre Jessie, que no estaba listo para ver el dolor del fin de una época ante sus ojos.

Los días son más silenciosos desde que no tengo
con quien barullar en la cocina
por no dejarme fregar,
de cómo contar mi rutina
despacio para que me entienda,
a qué forma nueva de hacer una tontería
para hacerla reír.

¿Y ahora delante de quien voy a salir desnudo del baño con el culo al aire para que se ría y me diga que un día una gaviota va a comerme el pajarito?

¿Y ahora quien me va a hablar en catalán y contarme historias de su juventud, de mis orígenes?

Aún no he publicado el libro ese con el poema bonito que te escribí;
nunca te lo leí
porque nunca te hizo falta que te dijese nada para saber lo importante que eres para mí,
para nosotros,
porque con los vigueses pareces una niña pequeña
siempre estrenando sonrisa y mirada despeinada
y Don Crispín
y Pancho Villa
y el aeropuerto
y los dinosaurios
y el monopolí
y los paseos rapeando,
y siempre lo hemos pasado bomba,
juntos.

Porque no me tenéis ningún respeto.
Pero me gusta que me tratéis como uno más.

Y ahora me voy a dormir
pensando en todo esto y en ti
un beso
y otro
y otro
y este de propina por lo bien que lo pasamos los dos.

Hasta mañana Yaya si Dios quiere
*
**
*
** Y si no...
***
*****
******* También.
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Vacuos y volátiles intentos de pisar terreno firme. Mientras todo se tambalea

Tratadistas sin miras
levantan imperios a ciegas,
observan los mapas
pero no perciben nada,
nada de lo que se esconde
tras palabras vacías
en líneas vacías
que separan lugares
que caminan sin rumbo.

Alzamos las manos al cielo
implorando por la gloria perdida,
y tras vernos los pies descalzos
comprendimos
que habíamos perdido la partida,
de nuevo.

Pobre sombrero que vuela al viento,
ya no hay cabezas que proteger;
solo un llanto de miseria
que deambula por las calles mojadas
mientras nada se detiene a su paso,
ni el silencio,
ni los cristales hechos añicos
por sorteo y azar del destino.

Apuramos la copa
tratando de aferrarnos a algo,
aunque el tiempo perdido ya se haya ido
y solo nos queden
los reflejos inertes que nos devuelven los espejos,
¡qué alivio!
¡qué calma!
¡qué dolor!

Todo ha pasado
y solo quedo yo
recorriendo perdido el eterno corredor.

Con permiso,
sin perdón.
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El camino al infierno

"En la noche oscura del alma, el individuo deambula solo por la ciudad gótica, callejeando hasta que llega a algún lugar entre la línea de sombra y luz."

¿Es pecar de soberbia el citarse a uno mismo? Puede, ¿pero acaso importa la soberbia o el pecado cuándo uno ya está condenado? ¿Sigue importando, cuándo el camino al infierno ha sido abierto por uno mismo a través de las distintas decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida?

Una vez escuché que la vida se mide en las distintas bifurcaciones que hemos tomado a lo largo de este camino; en las distintas opciones escogidas.

Las opciones.

Las opciones, en eso consiste todo; en las distintas decisiones que tomamos cada vez que se nos presenta la posibilidad de elegir.

Pero las decisiones son un arma de doble filo y tienen su reverso oscuro e inevitable: las consecuencias. Las consecuencias; todas las decisiones tienen sus consecuencias; consecuencias que determinarán nuestra vida, nuestro futuro, nuestro propio mundo; como una conexión neuronal que interrelaciona todos y cada uno de los elementos de nuestro entorno, y en el centro de esta tela de araña estamos nosotros: nuestras decisiones.

En eso consiste todo, en las distintas decisiones que tomamos cada vez que se nos presenta la posibilidad de elegir. Pero hay que preguntarse en las consecuencias que tendrán y como será nuestro mundo después de haber tomado dicha decisión, porque puede que nuestra propia historia cambie. Para bien o para mal. Y ese es el problema, en el camino que he ido forjando en torno a mí. En un camino construido sobre brasas que conducen directamente a un infierno en el que no existe vía de escape ni hacia el purgatorio ni hacia el cielo. Un camino que sólo lleva a las profundidades de nuestros pensamientos y miedos, como los nueve círculos del infierno sobre los que se asienta, en el centro, un diablo de tres cabezas dispuesto a devorarnos hasta el último suspiro de nuestro aliento.

¿Es pecar de soberbia escribir sobre uno mismo después de citarse para definir su fuero interno?

Puede.

¿Pero acaso importa la soberbia cuando uno ya está condenado? ¿Acaso importa el pecado cuando uno va camino de estar muerto?

No, ¿verdad?

Pues eso. Dejad a este escritor agonizante que prosiga con sus últimas voluntades antes de terminar su camino hasta el infierno.
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Cuando muera... quizás yo también quiera descansar la eternidad en una Torre del Silencio

Somos torres del silencio
que se yerguen vacías
en ninguna parte.

En medio del desierto
solo puedes escuchar el viento,
lo demás es nada.

Nada que lo baña todo
bajo el sol abrasivo
de la muerte silenciosa.

Quiero yacer eternamente
en una torre silenciosa
que nadie me recuerde.

Silencio que me olvida,
desaparecer para siempre
en la más absoluta oniria.

Todo vacío, todo eterno
silencio voraz
en la inmensidad del tiempo.
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"White snow" (Spanish version included)


Cuando tus manos
moldean mi piel de arcilla...
Yo me transformo
en nieve blanca
que alguna vez
fueron lágrimas.

********************************************

When your hands
mold my skin of clay...
I transform myself
in white snow
that once were tears.




Enid Rodríguez Isáis
Estados Unidos
Noviembre 2019.
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6comentarios 99 lecturas english karma: 115

En mis bolsillos llevo siempre todo lo que necesito

- Escribo a la noche... -
Siempre empiezo igual mis poemas
como si fuese una forma certera de acabar perdido
en las sábanas durante las madrugadas
en las que los sueños se desorientan tras pesadillas sin suerte
que se confunden el tiempo entre los intentos
de lograr atrapar la sinestesia de este mundo de sinrazones.

Nunca supe donde iba a acabar,
pero tras las caídas toca levantarse,
supongo que le juré a la soledad que nunca le faltaría
y últimamente fallo en mi promesa sintiéndome un poco menos solo
un poco más feliz
escribiendo para dejar constancia de todo;
aunque si he de ser sincero
hubo un tiempo en que tenía miedo de estar bien
por si dejaba de perderme entre las letras y los versos
en las noches en que la oscuridad venía a visitarme.

Sácame de estos desvelos
mientras nuestros cuerpos se retuercen de placer
supongo que perecí en vida
y los muertos solo pueden seguir así,
muertos,
o resucitar mientras otros follan sobre sus tumbas.

Traté de huir y solo me encontré a mí mismo,
traté de buscarme
y solo tropecé con cientos de piedras que me negaba a ver una y otra vez.

La suerte no tiene nada que ver en esta partida de cartas
y yo aún así reparto la baraja, saco una y reviso mi mazo,
como si los retazos del viento marino todavía trajesen pedazos de botellas a la deriva,
hay gritos de auxilio que se escuchan a miles de kilómetros distancia
y otros tan ahogados que jamás saldrán del agua,
espero no ser de los segundos
porque me gustaría ser capaz de pedir ayuda cuando la vida me supere.

Por ahora todo bien, no hay problema, no me he caído,
pero soy consciente de que por mucho que lo intente
los tatuajes no podrán mantenerme siempre en pie,
a pesar de todas las heridas y cicatrices que todavía supuran
sonreímos
con sangre circulando por el rostro,
con la mirada ciega
y los labios dibujando una media luna roja,
la rosa se ha abierto en todas direcciones
y ahora el pecho me arde como si no hubiese un mañana,
como si no hubiese un mañana.

¿Qué tendrá la poesía que a todo el mundo engatusa?
Hasta a su propio artífice de letras y marionetista de emociones.

Las arenas del desierto ya se lo han llevado todo
y solo queda un títere sin más rostro humano que su corazón,
imperfecto,
sí,
pero quizás en esa mínima imperfección resida toda su esencia.

Por si acaso yo miro hacia adelante y sigo caminando,
no quiero perderme entre la negra noche que nos cobija;
los lienzos han tratado de atrapar el instante fugaz
y las fotografías han sido demasiado lentas para lo rápido que vivimos la vida.

¿Qué harías si te dijesen que es tú último día?
Supongo que sonreír y no arrepentirme de nada,
el resto sería un absurdo que solo nos haría sentir mal
y ¿para qué sufrir innecesariamente cuando este mundo ya es suficientemente sucio por si mismo?

Eso me digo,
eso me pregunto,
a cada hora,
a cada minuto,
como un reloj infinito que parece no tener jamás final.

Escribo a la noche buscando respuestas
y están todas dentro de mí,
para eso leo,
para eso escribo,
para eso vivo,
para eso sueño,
para responderme siempre a mí mismo
y de paso lograr ser feliz.
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Se me escapan las emociones entre los poros de la piel

A veces como que solo necesitas que alguien te escuche
y con eso ya tiras.

Y es en ese momento en que levantas la vista y te cruzas con miradas que no te esperabas
palabras de calma y caricias del alma
ojos que hablan sin necesidad de mover los labios y te recuerdan
que todo va bien,
que no pasa nada,
que estés tranquilo,
que lo importante es ser feliz.

Supongo que por eso a veces tengo tanto miedo de mí mismo,
por temor a ser capaz de expresar lo que siento bien a dentro del pecho,
por temor a liberar el sello y susurrar al viento toda la pólvora
que está lista para estallar en cualquier momento.

A veces como que solo necesitas que alguien te escuche
y con eso, pues oye, ya tiras.

Y la cerveza en el vaso,
y el corazón en la mano,
y las frentes apoyadas una a otra
y los abrazos eternos que quieres que nunca se terminen,
y por algún motivo tienes ganas de gritar, de correr, de saltar, de volar,
pero no lo haces
porque ante ti se abre el vacío de lo desconocido,
y no lo haces
porque temes a esa caída que se precipita ante tus ojos más allá de tus pies
donde no puedes pisar firmemente
donde no ves que hay al otro lado de ese túnel que tanto deseas traspasar
entre tinieblas.

Existe una leyenda que habla de un castillo entre la bruma,
un lugar al que solo se puede acceder si no tienes miedo a soñar,
a soñar en todos los sentidos:
tanto pesadillas como fantasías de idilio,
es allí donde te encuentras contigo mismo
si te atreves a entrar
a través del portal que se alza inabarcable en el horizonte.

Existe una leyenda sobre un castillo que habita entre la bruma,
perdido en ninguna parte,
seguro en forma de sombra difusa,
como una constante que nos recuerda a donde queremos llegar,
que nos recuerda a donde queremos ir,
que nos susurra entre los lamentos del viento
que allí habitan todos los sueños que nunca nos atrevimos a vivir.

A veces como que solo necesitas que alguien te escuche
y con eso ya puedes ir tirando.

Lo suficiente como para lograr ser feliz.

Hasta volver a toparte con esa calma que se tuvo que ir.

A donde no habitan las palabras.

Y hablan las miradas.

Las caricias.

La poesía.

El alma.

A veces como que solo necesitas que alguien te escuche
para sentir en tu pecho la libertad de sonreír.
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Ciudad en sombras

Serpentea la vida como ríos de miseria, colándose por cada esquina del corazón encharcado de tristeza. Espero que encuentres lo que buscas, dicen. Cómo si fuera posible hallar respuesta a las preguntas que jamás se formulan.

Damos vueltas en un torbellino sin final, como una vorágine de historias que nos hacen sonreír cuando sabemos que han valido la pena. ¿Pero la caída? ¿Qué se hace de la caída? Un sutil baile en las sombras dispuesto a llegar a alguna parte, cuanto menos al final, cuanto más al principio. Tediosamente aniquilados, como encuentros fortuitos que jamás sabremos muy bien en qué nivel del sueño tuvieron lugar, en qué plano astral ocurrieron.

La ciudad desteje su cortina de ceniza como el cielo ardiente que se enciende cuando sopla la brisa. Y es ese viento agreste de otoño, que levanta la hojarasca y pinta de ocres y rojos el lienzo de las callejuelas, el que se cuela en el cementerio mientras al fondo bate el mar entre la vida desierta. Las lápidas cuentan historias de siglos y los mausoleos devuelven el eco del silencio. Perdidos todos en ninguna parte, la fina capa de lluvia que cae nos hace guarecernos bajo los pliegues del abrigo, expulsando nubes de vaho cálido que enfrían los sentidos a quien observa tan trágica escena sacada de alguna patética comedia del tres al cuarto, riéndose de nosotros el dramaturgo que haya decidido exponerla esa noche a su bien estimado público.

Los pasos me arrastran, como los pies que apenas levanto a un palmo del suelo, hasta el embravecido mar que todo lo devuelve, excepto los muertos. Allí, en el punto más al norte de la Torre de Hércules, me siento en una roca a ver batir las olas que salpican mi rostro, como gotas de sangre que discurren impertérritas ante mi mirada cuando le vuelas la cabeza a aquel que tienes delante, aunque solo sean imaginaciones que conformas cuando la ira discurre por tus venas. Y es que el dolor no tiene lugar al que ir nunca, solo evaporarse a base de sufrir. Es eso, o la melancolía. Y en esta desidia de día ambas cosas son igual de afortunadas para el corazón humano: nada.

Sentado allí, viendo el negro manto de carbón que cae sobre la ciudad, decido reanudar mi camino, mientras el mar me despide levantando tras de mí todo su salvaje sonido en un enfurecido embate que valdría la pena inmortalizar en una fotografía en blanco y negro. Lástima de cámara. Pienso.

Echo las manos a los bolsillos, calo la barbilla en los pliegues del abrigo, y paso tras paso, con los ojos entrecerrados a causa del viento y la lluvia, deambulo por el paseo marítimo con la inútil fantasía de creer llegar a alguna parte.

El Orzán salvaje se retuerce en su propia maldición de sal y arena y ahí abajo, llegando a lo alto del muro, el temporal parece querer salir de su encierro y ganar el terreno que se le debe, inundando la ciudad a su paso, como la tristeza y la melancolía que encharcan mi pecho en un rastro de charcos en los que chapoteo aunque no quiera. Aunque trate de esquivarlos.

Circulo por delante de locales abarrotados por la música. Mientras el silencio y las sombras se arrastran tras de mí. Subo al barrio, las cuestas, Monte Alto. Con un deje de melancolía que se escurre entre los dedos hasta llegar al suelo, al tiempo que mi mirada gris se llena de ceniza y polvo al echar la vista hacia arriba.

Estoy en la calle. Estoy en el número. Estoy en frente. Pero no puedo subir.

Y así me quedo un rato. Indefinidamente. Mirando. Tras unos ojos color mar de fondo que reflejan todo el vacío de este trágico y fútil mundo.

Bajo la cabeza. Me veo los pies. Y dejo que ellos me guíen. Hacia ninguna parte. Pues no hay a dónde ir.

Tras de mí queda el reflejo de mi silencio. Y toda la soledad que puede llegar a transmitir una mirada vacía que se sabe derrotada. Por un corazón helado. Que se desgarra.

Buenas noches.
Hasta mañana.

Si Dios quiere.
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Sul, azul e bacallau

Sopra un vento de nordés que pon os pelos como escarpias ó máis valente.

En días como o de hoxe só podo acurrucarme na miña póla agardando a que a tormenta escampe e poida de novo saír a dar os meus paseos habituais polo bosque.

Nestes días de tormenta o ceo cárgase de pensamentos pretos e a néboa invade todos e cada un dos recunchos do alma, até deixala completamente esnaquizada no que era.

Disque é cousa do clima e que os mandrís non servimos para bosques tan chuviosos. Non sei, a min no me preguntedes que é a primeira vez que estou tan lonxe da miña sabana.

Había veces que fóramos ó sul de España, a unha praíña na que todos os rapaces cando andaban na bicicleta silbaban unha melodía extraña e dicíanme: -Non ves que azul está o verán?

E eu non comprendía nada, porque azul é o outono coa súa melancolía; o verán é cálido, non azul. Pero quen sabe, quizais os humanos son daltónicos e non entenden destas cousas das cores.

A cuestión da que estaba a falar é: cando chegas ó super e queres comprar unhas bananas... pagas con peniques ou con pedriñas? Porque o outro día dixen que quería un prátano e déronme unha mazá, e pensei eu: Aínda vai ser cousa do idioma e por iso non me entenden cando pido de cear un pouco de bacallau.

Se es que andan as cabezas moi toulas. Estou de seguro que iso é porque a xente reflexiona pouco sobre o universo.
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Ríndeme, pleitesía

Suma, gana y juega
sucia canción de amor,
la poesía de una generación
que evade el presente que se nos vendió,

centra tu atención
en el paso posterior,
toma y vence en este lugar
rasgueando guitarras de distorsión,
cervezas por delante
y la suciedad de un bar de madrugadas
puede que mañana ya sea tarde,
pero aquí y ahora es el momento
de levantar templos por la libertad
y los cuerpos sintiendo los versos
con el sol perdiéndose lejos.

Sutiles sueños de cantares jondos (del nosotros).
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Me arrodillo ante ídolos caídos

Las arenas del desierto de Partia
me abrasan las entrañas
como la desesperación
de un mundo en ruinas,
qué gesta cantarás
cuando ya no haya dioses
a los que cantar,
cuando nuestro mar
decaiga de su unidad,
bajo este estandarte ganarás,
y Constantinopla defendiendo su libertad,
la gloria pasada de una campaña en la Galia,
Hispania al borde de estallar en llamas,
los limes que se diluyen en la Romania,
aprieta la balada
que las campanas ya tocan plegarias
en tierras arrianas,
en espejismos de faraones ptolomeos,
en cuentos de niños y juegos,
en el lejano encuentro en el final de los imperios,
el tiempo que corre contra el viento,
tormentas que se llevan los recuerdos,
eternos entierros de ciudades que se apagan,
la desaparición del mañana,
la mirada tambaleada de creer que todo se acaba,
¿qué quedará cuando no quede nada?
Murallas vacías,
casas que esquivan,
barcos a la deriva,
mundos que se olvidan,
recuerdos lejanos de que existieron antaño otros días,
para huir del final
sobreviviendo al día a día.
Parece mentira
que nada se detenga
que todo siga,
como si al tiempo no le importara,
lo que dejamos atrás.

Somos ruinas de nuestras vidas.
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Estoy de baja en el temporal de mi infierno

Aporreo el teclado buscando espantar un poco todos los fantasmas que vienen a visitarme estos días durante la madrugada, como si así fuese a lograr acallar todas esas voces que me repiten una y otra vez -no lo vas a lograr-, -vas a fracasar-, -ni lo intentes-. Y es gracioso, o quizás irónico, no sé, puede que solo resulte una muestra más de patetismo, pero esas voces vienen de mi propia cabeza y me ahogan, más y más y más, como una niebla densa y pesada que trata de aplastar cualquier atisbo de luz que pueda entrar entre tantas tinieblas negras.

Ansiedad, dicen.

Y no es que tenga miedo a las tinieblas, a menudo te guían, te acompañan y te hacen fuerte. Pero eso solo es cuando logras controlarlas y hacerlas tuyas. El resto del tiempo es un terrible cúmulo de demonios que se ríen de ti a tus espaldas y de cara vienen con uñas y dientes a desgarrarte cada puñado de esperanza hasta que solo quede un reguero de penas y un alma rasgada en mil pedazos destrozados.

No sé. La verdad, es que no sé.

Pero por eso aporreo el teclado, con fuerza, con irritabilidad, con tediosa y desesperada mirada de agonía, como quien quiere huir más rápido que su propia sombra y no sabe que la arrastra tras de sí pegada a sus pies. ¿Quién fue el imbécil que creyó posible escapar de las pesadillas? Resulta tan patéticamente vulnerable verme al otro lado del espejo, con esa sonrisa de medio lado de cordero degollado que no sabe sobrevivir por sí mismo si no es sosteniéndose en los otros. Incluso a eso nos han enseñado a tener miedo. No vaya a ser que aprendamos que juntos somos fuertes y separados solo somos un puñado de locos corriendo sin rumbo, como pollos sin cabeza en una matanza que celebre nuestro fracaso como clase.

Todo eso podría pensar.

Pero en realidad solo tengo un puñado de voces que me repiten insistentemente que huya, que escape, que evite el fracaso y el miedo. Si no lo intentas no puedes ganar... pero tampoco perder. Simplemente quedarse sentado en un banco mirando el paisaje y al mundo girar, como si nosotros solo fuésemos un espectador más en este espectáculo que es la rutina, mientras la vida va pasando para todos menos para nosotros, pobres títeres rotos que han creído poder romper sus cuerdas por sí solos.

Si no lo intentas no puedes fallar.

Te repites una y otra vez, como si así fueras a solucionar algo. Y lo más irónico es que sabes que no es verdad y que así no solucionas nada. Y todos los fantasmas y demonios seguirán sonriendo con sus fauces lobunas mientras tú lloriqueas en un rincón aporreando el teclado, como si así fueses a escapar, como si así pudieras ser salvado. Justicia poética. Licencia artística. Cuarta pared que se resquebraja ante nuestra mirada vidriosa, lastimera y despedazada.

Ansiedad, dicen.

No lo sé.

Solo me miro al espejo y no me reconozco.

Y todo lo demás son tonterías del resquebrajado escritor.


Aporreo el teclado buscando salvarme, pero solo me topo con un puñado de demonios que han venido a buscarme en la madrugada. Me tienden su mano. Yo miro a la soledad a los ojos. Y elijo seguir sus pasos.

Solo queda vacío.

Y un cuerpo inerte al pie de la torre del reloj.
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Inferno-Purgatorio-Paradiso

El camino de la salvación comienza descendiendo hasta el infierno.

Esto puede parecer ilógico, pero cuando tú mismo eres el verdadero peligro para tu persona debes huir de tu autodestrucción y tus debilidades sumergiéndote en tu propia oscuridad. Sólo allí, en la negrura de tu corazón y de tu mente, en el mismo infierno de tu alma, podrás encontrar el diestro camino de tu senda perdida y comenzar a encontrarte a ti mismo. Lo que te permitirá dejar de errar en tus decisiones y actuaciones y comenzar el ascenso al cielo, a la salvación. No en el sentido divino, sino en el humano, pues sólo con tu auto-conocimiento en el purgatorio de tus dudas podrás comprenderte a ti mismo y aceptarte a ti y a tu persona. Logrando una percepción más completa de tu ser.

Sólo el infierno te permitirá entenderte para auto-purgarte y estar en paz contigo mismo.

Tu paraíso personal.
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En la villa de los crepúsculos seguimos viendo durante 358 días el atardecer mientras comemos helados

A veces solo nos queda sentarnos en la línea del horizonte y asumir quienes somos, bajo luces y sombras, buscando nuestro lugar en este efímero mundo en el que pesan más unas palabras que mil imágenes; con la idea de volver a ser nosotros mientras perdemos los destellos del atardecer entre los resquicios de nuestros sueños. Volutas de humo que desaparecen en la mañana, volátiles fantasías que se fugarán hasta ese sitio en el que escribir la palabra esperanza en un muro no sea delito fuera de nuestro corazón.

En tiempos de guerra la piedad es la mayor de las virtudes; por eso me observo hacia dentro y solo veo un campo en ruinas al que da miedo mirar. Olvidamos tantas veces tener piedad de nosotros mismos que nos perdimos en espirales de desastres que no logramos controlar, por más que quisiéramos.

Creo que el viento no intenta hacer otra cosa que susurrarnos senderos; de ahí mi teoría de que los escalofríos son el miedo que sentimos ante el sobrecogedor abismo que es todo lo que desconocemos en este universo de saltos al vacío. Aspirar a construir una realidad con los reflejos del mar y el cielo es un acto de pura valentía.

Solo nos queda sentarnos a ver el tiempo girar en un laberinto constante sin final. Todos; menos nosotros, en esta torre del reloj; escuchamos el tik tak, pero ya supimos que aquí la caída no nos indicaba el lugar; solo nos insinuaba que el holograma de la vida empezaba a fallar, y no nos dimos cuenta hasta que el helado, una vez más,
volvía a gotear.
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Soportar lo malo para ver todos los horizontes buenos

Los cambios no requieren de ilusión, requieren de dolor. Por feo que esté decirlo alguien tenía que recordarlo.
Daniel Bernabé



Arrancarse la piel a tiras para seguir pa´lante
a pesar de todo lo vivido
o más bien por todo lo vivido,
mirar a los lados y al frente
pero nunca con excesiva nostalgia el pasado,
puede nublarnos la vista
y es mejor pisar sobre inseguro
que poner los pies sobre el seguro fango del atrás,
puede hundirnos al menor despiste y tirar por la borda todos los sueños construidos.

Los cambios no requieren de ilusión, requieren de dolor;
y soportarlo
una
y otra
y otra vez
haciendo acopio de fuerzas
y cicatrizando las heridas con bálsamos de esperanza.

Escupir sobre el veneno,
abrirse la herida,
desintoxicarla,
y respirar tranquilos,
incluso cabría decir animados
con la certidumbre de que siempre hay una forma con la que lograr salir a flote
para tomar aire
aún en medio de las tempestades.

Los cambios requieren de dolor,
quizás no del todo,
pero suele terminar por ser inevitable,
por suerte
o desgracia
-preferimos creer que suerte-
siempre hay un paso más que dar,
una sonrisa más que sacar,
una chispa de ilusión con la que seguir,
y vivir
y volar
y aprender a saltar y aterrizar
porque habrá más caídas,
-claro que habrá más caídas-,
pero nos volveremos a levantar
como siempre
hasta respirar paz
y rozar,
de una vez y para siempre,
con los dedos
la palabra Libertad.
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