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Résistance

Cuando ese soldado me miró a los ojos, no observé odio en su mirada, tan solo pude percibir tristeza. Quizá le recordara a alguien, o simplemente fuera la compasión de ese hombre lo que me salvó la vida. Mucho tiempo después lo descubrí.

«¡Todo despejado!», gritó a sus compañeros mientras bajaba su fusil y me hacía una señal para que guardara silencio. Luego, sacó un pedazo de chocolate del bolsillo de su guerrera y lo dejó en el suelo. Minutos después, los soldados se marcharon, no sin antes requisar lo poco de valor que teníamos en casa. Cuando por fin pude salir de mi escondite, descubrí el cuerpo sin vida de mi padre en medio de la sala principal de nuestro humilde hogar. Todavía estaba caliente, y a pesar de haberme arrebatado lo único que me quedaba en este oscuro mundo en guerra, no pude derramar ni una lágrima por él. Tenía tan solo 15 años, y de la noche a la mañana, la crueldad de los hombres me había dejado huérfana.

Meses más tarde, y después de varias semanas trabajando para la Resistencia, el destino hizo que ese soldado, el cual me había perdonado la vida, y yo, volviéramos a cruzar nuestros caminos; Rolf, creo recordar que se llamaba.
Tras sorprender a algunos soldados que realizaban tareas de requisa en la zona, y después de una corta pero intensa refriega, donde abatimos a seis de ellos, conseguimos hacer prisioneros a dos. Interrogaríamos a los prisioneros, pero no serian fusilados; por el momento.
Después de obtener toda la información que necesitábamos a cambio de sus propias vidas, hablé con Rolf. Al preguntarle por qué había salvado mi vida, su respuesta me hizo cuestionarme todavía más toda esa maldita guerra sin sentido. El prisionero me habló en un tono tan tranquilo y cordial, que retumbó todo a mi alrededor:

-La guerra no la elegí yo, sabes. Ni tan siquiera debería haber empezado, y al verte..., me recordaste tanto a mi hija. Se llama Astrid. Ella y mi mujer me esperan en casa, y algún día, si esta maldita guerra lo permite, espero regresar a su lado. Siento lo de tu padre; yo no soy un asesino.- Al prisionero se le inundaron los ojo de tristeza mientras me miraba.

- Me llamo Simone.- Dije mientras salía de la celda donde se encontraba el soldado retenido.

Las palabras de aquel hombre me habían transportado por unos segundos a un tiempo feliz, mucho antes de las bombas y la muerte. Después, cerré la puerta y me apoyé en la pared. Esa fue la primera vez que pude llorar por la muerte de mi padre.
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La doncella de Orleans

La primera vez que la vi, descubrí realmente lo que era la esperanza. Por aquel entonces, yo era tan solo un simple escudero que acompañaba a la hueste de mi señor Gilles de Rais, el cual, en aquellos años, todavía abrazaba la Gloria de Dios.
La joven campesina, cabalgaba a nuestra vanguardia portando el pendón de la casa real francesa, y a la vez, alentaba con cantos de victoria a nuestras tropas. Algunos hombres maldecían en voz baja, pues no podían consentir que una mujer, una simple chiquilla, por muy enviada de Dios que fuera, les condujera a la batalla. Gilles de Rais, acalló los murmullos rápidamente con una simple mirada. Todos los soldados, sin excepción, creían que en el interior de su comandante habitaba la semilla del mismísimo Lucifer. Todas esas sospechas se demostrarían algunos años después, aunque esa, es otra historia. La verdad, es que en esos días de intensa actividad militar, y por primera vez en su vida, mi señor, y comandante de los ejércitos franceses, había encontrado la luz de Dios en los ojos de una niña. Una plebeya nacida en la pequeña aldea campesina de Domrémy, una muchachita de tan solo diecisiete años, se había convertido en la máxima esperanza de toda una nación.

Jeanne d”Arc era su nombre. La muchacha, mostraba una fornida y recia figura fruto de la dura vida en el campo. Era más alta de lo que solía ser una mujer, y a pesar de llevar el pelo corto, algo raro, incluso inapropiado para una mujer, no desvirtuaba en absoluto la gran feminidad que destacaban su grandes y brillantes ojos azules en su rostro. Claro era que Jeanne d”Arc no era una mujer como la demás. Ella era una mezcla perfecta de fiereza y belleza, una combinación tan intensa, que era imposible plantearse que todo lo que esa muchacha contaba fuese mentira. Luego, aconteció lo más increíble que jamás he contemplado en mi larga vida.

Avanzándose a la guardia que el Delfín de Francia le había asignado para protegerla, la indomable joven se dirigió decidida hacia los ingleses que vigilaban las altas murallas de la ciudad. Les encomendó a la rendición en nombre de Dios; que por cierto, era el mismo para ingleses y franceses. Podrían irse y salvar sus vidas; a cambio, únicamente debían rendir la ciudad y dejar pasar a las tropas francesas. Los ingleses, después de escuchar divertidos los delirios de una niña, y de burlarse de los franceses por dejar que les comandara una mujer, se negaron a rendir la ciudad y comenzaron a prepararse para el asedio.

« ¡Dios ha sido testigo de mi ofrecimiento!» , gritó Jeanne con una ferocidad desconocida, incluso para sus propios camaradas. La joven enviada de Dios miró a las tropas francesas, y acto seguido, una última mirada a nuestro comandante a la espera de aprobación. Gilles de Rais asintió. Nadie podía negar que existía una conexión especial entre Gilles y Jeanne.
Gilles de Rais era solamente un poco mayor que la campesina de Domrémy; veinticinco años tenía mi señor. Todavía creo que estaba enamorado de esa muchacha, aunque las circunstancias, no eran las más apropiadas para el amor.
De pronto, una traca de silbidos atravesó el espacio entre las murallas y la posición francesa. Una flecha se clavó en el hombro de la joven, la cual, ni se molestó en alzar el escudo para protegerse, pues bien valía la protección de Dios. Jeanne se sacó la saeta con un despreocupado desprecio, desafiando furiosamente a sus atacantes. La sangre le brotaba por su brazo izquierdo. Una rápida mirada a la herida, un grito de atronadora rabia que inundó el campo de batalla, y un furioso ataque para romper las defensas enemigas. Horas después se hizo el milagro
Después de tantas derrotas, tantos territorios perdidos, tanto esfuerzo, tanta sangre, tantas muertes y tan largo sufrimiento, apareció esa muchacha que hasta entonces, solo existía en las leyendas.
Una campesina de diecisiete años, una niña, guio a hombres recios y curtidos en decenas de batallas hacia la victoria, recuperando de esa manera el orgullo y el honor de toda Francia.
Ese día, un ocho de mayo del año 1429 de nuestro Señor Jesucristo, y tras más de seis meses de intensa lucha por recuperar la ciudad de Orleans, esta, fue devuelta a la corona francesa, comenzando de esta manera la reconquista de los territorios perdidos contra los ingleses.

Poco más de dos meses después de la toma de Orleans, el diecisiete de julio, el Delfín de Francia, fue coronado rey. Carlos VII, recuperó poder y prestigio, aunque la guerra entre ingleses y franceses, eternos rivales por el poder continental, continuó veinticuatro años más.
Por su parte, Jeanne d”Arc moriría apresada por los ingleses, injustamente condenada por herejía, y quemada en la hoguera el treinta de mayo del año 1431.
De todas maneras, el nombre de Jeanne d”Arc, ya se había convertido en leyenda; incluso, siglos después sería canonizada y beatificada. Pero, a pesar de todo estos reconocimientos, y de haber sido ascendida a los cielos, la joven campesina de Domrémy, pasaría a la eternidad como la doncella de Orleans.
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¡Oh divina Atenea!

Hija del padre, Rey de mortales e inmortales. El que con su rayo hace temblar la Tierra.
¡Oh divina Atenea! La única comparable en poder e inteligencia con el mismísimo Zeus.
Señora de la justicia, guerrera implacable, concédeme la protección bajo tu áurea égida. Que tú lanza guie mi mortal destino, enseñándome el camino a seguir. Siempre honesto, recto, comprometido con los dioses y siempre fiel a la verdad.
¡Oh diosa de ojos azabache y níveas manos! La de lanza de fresno y escudo de bronce, la más poderosa de los dioses del Olimpo, bendíceme con tu gloria.
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Más Allá De La Muerte (Euridice y Orfeo)

Triste armonía que invade
Los acordes de mi melancolía
Sobre esta noble melodía
Forma parte de esta lírica
Desprendida de esta bella lira.

Escucha esta
Triste armonía,
Que invadía los acordes
Llenos de melancolía
En cada cuerda al recordarte
Aquél día, en que desaparecías
Siendo me arrebatada por aquella
Fría penumbra
Que te devoraba por segunda vez.

Te perdía en el interior del Hades
Siento la melancolía
Como la única melodía
Que me dediqué a tocar
Ya las flores se sienten
Tan tristes como cuándo las moja
La húmeda lluvia,
Los árboles ante mi se inclinan
Las bestias se fugan de sus escondites
Para unirse a esta queja.
Añejas hamadries improvisan
Con su coro, en tu nombre

Pobre hombre dicen al verme,
Lo siento tanto,
Que cuando canto esta
Desgarradorradora tragedia
El cancerbero se conmueve
Ante mi tristeza
Dejó su fiereza.

Se conmovió tanto
Por aquél cantó
Que se arrastró a mi
Para cambiar mi llanto
Por una simple sonrisa.

Me siento vacío,
Vacilo por estos extensas
Tierras de Grecia.
Que desgracia fue
Que en aquélla fiesta
Las vacantes me atacaron
Con fiereza, sin compasión
Sólo porque mi corazón
Sólo a ti te pertenecía.

Sufría aquella dolorosa
Injusticia, cerre mis ojos
Tome el último respiró
Sin antes derramar una lágrima...

Yacía mi cuerpo sin vida
Mi alma vagaba
En el limbo
Hasta que un haz de luz se abría
Ante mi sombría incandecencia
Se oía la voz de aquélla doncella
Que alumbraba mis penas
Le daba sentido a mis poemas.

Al sentir su cálido beso
Supe que más allá de la muerte
Me espéraste,
No supe responderte,
Me quede pasmado al verte,
Sólo deje de estar triste
Y al final de aquel mal momento
Me concedieron mi ultimo deseo.
Encontrarte al final de este caminó.
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Estaremos juntos...

Estaremos juntos... cuando el mar ya no lo sea.
Cuando las aves no canten, aunque nadie así lo crea.

Estaremos juntos... más allá de las estrellas.
Más allá de las miradas, más allá de nuestras huellas.

Estaremos juntos... aún opuestos, nuestros padres.
Más allá de la fragancia, de un puñado de baladres.

Estaremos juntos... cada vez que llueva o no.
A pesar de tantas cosas, más allá de nuestro amor.

Estaremos juntos... siempre juntos, todo el año.
De la mano con el tiempo, sin medidas, sin engaños.

Estaremos juntos... si es que Dios nos da permiso.
Despojándonos de todo, hasta... alcanzar el paraíso.
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Boudica, reina de los Icenos

Reina de reyes.

Desde bien pequeña, sus dos ojos azules y su salvaje fiereza, ya hacían presagiar un gran destino para la más joven de las hijas del rey Iceno, un destino que marcaría en la eternidad junto a su pueblo y al de toda Britania. La princesa siempre prefirió los juegos de niños, las partidas de caza, las espadas, y los combates con los chicos mayores, de los cuales acostumbraba a salir siempre vencedora. Todo lo relacionado con los deberes marciales le fascinaba.
El ardor combativo y guerrero lo llevaba en su real sangre, así como la indómita defensa por la libertad de su pueblo contra el extranjero invasor. Su gran carisma y su fuerza, la convertirían en heredera y posteriormente en reina de su pueblo; «Reina de reyes», adalid de la lucha contra los romanos. Una mujer de fuego en el pelo que pondría en jaque a todo un Imperio.



¡Grita Boudica!

Cabellos bañados con el bermejo fuego de la diosa madre, ojos de verde hierba que riega los valles de Britania, brillante resplandor que a su pueblo acaudilla. Valiente mujer, Reina de los Icenos, que ante el poder de un Imperio se negó a claudicar.
Ella, libre y salvaje, a su pueblo alentó para no hincar rodilla ante el romano invasor. ¡Grita Boudica! fiera guerrera, que a la muerte venciste al convertir tu gesta en inmortal, liberando a tu pueblo a pesar del trágico final. ¡Grita Boudica! pues todavía tiembla Roma al escuchar tu nombre.
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Canto Olímpico

I.

Cuentan que existió un tiempo donde los hombres no conocían límites a sus sueños, donde las deidades se mezclaban entre los humanos para bendecirlos o destruirlos y donde unas increíbles guerreras venidas de las tierras del este, comandaban ejércitos tan salvajes como disciplinados.


II.

Varinia, que por tus venas fluye la sangre de los inmortales, dulce néctar tus labios prometen, a quien te acompañe en batalla sin importar los peligros. Compañero de aventuras, a él prometes fidelidad si así este se compromete. Y que de vuestra unión la estirpe de Zeus renazca, pues de su raza provienes; semidiosa divina tú eres.


III.

¡Oh musa de cabellos ígneos! Alzo mi canto a tu pecho, que del sagrado Olimpo reciba, la luz protectora de Apolo. ¡Oh musa de larga trenza! Que tus alados pies guíen mi viaje más allá de los confines del miedo, donde mi destino espera en el correcto camino. Dame fuerza y valor para afrontar los peligros que acechan los pérfidos vasallos del mal.
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Fue muy duro...

Fue muy duro... aceptar, verte partir.
¡Es cierto! Aún, lo recuerdo como ayer.
Mi pensamiento es débil, y se niega a olvidarte.
Me desespero si... y no sé; que hacer.

Fue muy duro... que quisiera, dejar de existir.
¿Para qué? Si, sólo estás en mi pensamiento.
Ilusión, que a diario, me suele confundir.
Es, como atrapar, con las manos... el viento.

Fue muy duro... porque, conservo tu aliento.
El perfume, de tu piel, el aroma, de tu sonrisa.
Lo más triste, es, que pasa el tiempo.
Quisiera gritar... más todo en mi, se paraliza.

Fue muy duro... dando paso a lo fatal.
Mi mirada, ya no; distingue los colores.
Todo es oscuro, pero, siempre... te he, de recordar.
Porque fuiste tú... el mejor de mis amores.
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Lo que pudo ser...

Lo que pudo ser, se hizo pedazos...
solo es cosa del pasado.
Han quedado unos retazos,
de lo que un día, fue soñado.

Lo que pudo ser; con tristeza sólo queda,
en las páginas del olvido.
Es, como un coche sin rueda,
porque ya, nada... tiene sentido.

Lo que pudo ser, lo has hechado a perder.
No hay forma de recuperarlo.
Todo, es muy distinto al ayer.
Ya nada es igual, tengo que aceptarlo.

Lo que pudo ser, lo vimos en un sueño.
Planeamos nuestro futuro.
Tú, serías mi dueña, yo tu dueño,
una sola sangre ¡Te lo juro!
pues, lo que pudo ser, simplemente... no será.
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No puedo...

Me cansé de esperarte... me cansé de estar sin ti.
El reloj, no funciona... se ha cansado también,
no avanza... más yo, me estoy rindiendo.
Se me acaban las fuerzas ¿Dónde estás... ? No lo se.
Podría hacerlo todo, creo, pero... no puedo.

No me atrevo... mirarme al espejo.
Seguro, se burlaría de mi... no sería yo.
Junto mis manos, se hacen una, y no veo nada.
Dudo más tu ausencia y no la creo ¿Será un error?
Pues ya no sé, que pensar, sin ti... no puedo.

Me retuerce el pensamiento; si te pienso más.
Cuánto nesecito tus pulmones, pues no logro respirar.
Me hace falta tu presencia, y en silencio, sólo quedo.
Esperándote; el agua dulce, se ha mezclado con el mar...
muero de sed por estar contigo, pero... no puedo.
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Y la vi

Me encontraba sentado sobre una acera mojada, mis ropas estaban roídas y desgastadas por el tiempo, una mochila con los pocos recuerdos de una vida y un cartón donde ponía “No tengo nada si le sobra algo se lo agradezco”. Siempre tenia mi mirada perdida, resignado a las circunstancias que me llevaron a vivir en la calle, un despido, un desahucio, la mala suerte y un hambre sin fondo. Ese día la lluvia no dejaba paso a la esperanza de comer caliente, no había mucha gente por la calle y me estaba ganando un resfriado al estar empapado de arriba a abajo pero necesitaba alguna limosna para poder resistir un día más.
Y la vi, una mujer hermosa, en sus mejores años vestida como los maniquís de las tiendas de marca, con una carpeta sobre la cabeza intentando no mojarse y justo se refugio en un portal frente a mi, su cara desencajada por la lluvia fría hacia patente su enfado con el mal tiempo, cogió su teléfono móvil e hizo una llamada. Mientras esperaba a la razón de su llamada sentí como me miraba y como no quitaba ojo de la mojadura que estaba pillando, intente imaginar que pasaba por su cabeza y me decía a mi mismo que ojala tuviese la compasión de dejarme cualquier calderilla y para ello levante mi mano hacia ella y le dije casi en un susurro de suplica que me diese algo. Se quedo mirándome y por un segundo sentí su desprecio, en esto que un Mercedes aparca a su lado, un señor sale y con un paraguas la cubre y la lleva hacia el coche. Le repito mi suplica y mostrando indiferencia le dice al chófer que me de algo, me suelta dos euros, bajo la cabeza y le doy las gracias.
A pesar de la necesidad me sentí humillado, mi pobreza extrema contra su comodidad de buena cuna heredada o ganada con esfuerzo, quién sabe, pero lo suficiente para menospreciar a quien lo ha perdido todo aunque no lo supiese, igual se pensaba que era un alcohólico pidiendo para beber, o un toxicómano para su dosis, pero el haberme juzgado sin conocerme me dolió más que esos dos euros de mierda.
La vi varias veces más a lo largo de los meses, se ve que tenia buen gusto para dejarse su dinero en la mejor calle de las tiendas con glamour y siempre iba con ese aire de mujer atractiva y especial que haría girar hasta un ciego. Llegue a saber su nombre, lo típico de cuando una súper amiga la llama en la calle cargada de bolsas y casi dejándose los tacones, dándose dos besos sin tocarse y riéndose como ardillas en el bosque, era Ana…
Con la crisis del 2017 que iba siguiendo en los periódicos que encontraba en las papeleras muchos ricos se fueron a la quiebra, algunos como en otros estallidos a lo largo de la historia se suicidaron al no soportar la ruina, otros se volvieron gente común que tenía que buscarse un trabajo de cualquier cosa para salir adelante y los que menos suerte tuvieron acabaron en las calles, como yo, como me paso en mi día y en parte en el fondo de mi ser sonreía como si un plan de justicia divina se hubiese realizado.
Y he aquí que esa justicia divina hizo que reconociera a una mujer de pelo rubio desaliñado, de facciones que en su día eran nobles y bellas, ahora marcadas por la dureza de las noches en la calle, de la falta de vitaminas y de comodidades, era Ana. Me acerque a ella cuando vi que tenía problemas para poner sus cartones al lado de la estación del tren, yo por ese entonces ya tenía un carro de la compra que me encontré fuera de una gran superficie y era más cómodo desplazarme, y le dije: ¿se encuentra bien su majestad?. Se quedo mirándome asustada como si esperase que me vengase por su falta de humanidad del pasado, que le quitase lo poco que tenía o le pegase una paliza como pasa por desgracia cuando energúmenos no entienden la pobreza. Al ver que se estaba poniendo muy nerviosa y que sus ojos estaban traspasando el miedo al pánico la reconforte diciéndole que no se preocupase, le regale una manta que tenía para las noches más frías, quise que entendiera que yo no iba a ser como lo fue ella y empezamos a hablar.
Al fin pude contarle mi historia a Ana y ella me contó la suya, al final no eramos tan diferentes a pesar de todo, solo el tiempo nos puso en la misma situación pero con unos años de distancia pero con un final idéntico, ser hijos de la calle.
Después de ese día vamos juntos a todas partes, recogiendo latas, periódicos, cartones e intentamos no faltar a el comedor social para recuperarnos de las noches largas para tener fuerzas para otro día juntos, un punto que jamás ocurriría en una vida normal pero que en esta todo era como un cuento de hadas, la bella y la bestia, por supuesto la bella era Ana.
La bondad y la humildad nunca esta reñida con los estratos sociales si los sientes de corazón, porque lo que hoy me pasa a mi no significa que nunca te pueda pasar a ti. Reflexiones al borde de la pobreza.
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Amores

Tengo múltiples amores,
si, reflejados por el sol,
conjugandose en su rol
en sus mares de colores...
al percibir sus olores
suspirando sin sentirlos,
y aunque creo percibirlos
mi corazón lo prohíbe,
tanto así, que me cohibe
y no puedo resistirlos.
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¡Eres hermosa y qué!

Si... ¡Eres hermosa y qué!
Las paredes, fungen como espejos, están celosas.
El aire, juega con tu cabello y suspira tu fragancia.
Las aves, cantan por tu alegre caminar, y yo... sólo te observo.
¡Vaya que eres hermosa y qué!
Me despierto sonrojado bruscamente... eres capaz de salir de mis sueños por tu belleza.
Que sonrisa más genuina, piel eterna de bebé.
Mi ilusión, es contemplar tu hermosura y estar contigo, más allá de la muerte.
Lo eres todo, donde quiera que vayas... no te enojes; no tienes la culpa,
simplemente, eres hermosa ¡Y que!
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Mientras no sea demasiado tarde

Virgil McKullog había decidido cambiar de vida inmediatamente, pues temía que fuese demasiado tarde. Arto de dedicarse al tedioso y aburrido, a la par que mal pagado trabajo en la Factoría Weller, donde fabricaban estructuras para maquinaria industrial, se dirigió, dispuesto a la aventura, al 142 de la calle Edelwood, donde residía su mejor y único amigo, Oliver Parrot. El señor Parrot, era un prestigioso y reputado abogado, amigo de la familia McKullog desde hacía años, el cual había sacado a Virgil de más de un lio con las autoridades durante su adolescencia.
Cuando Virgil llamó a casa de los Parrot, ya había anochecido, pero el nuevo y decidido McKullog deseaba despedirse de su amigo e iniciar su aventura cuanto antes.

-Hola Oliver. Siento molestarte a estas horas, pero vengo a despedirme.- Dijo Virgil ante un asombrado y boquiabierto Sr. Parrot.

Virgil, ante la petrificada y blanca figura de su amigo continuó hablando.

- Me marcho de la ciudad Oliver, y no creo que volvamos a vernos, al menos en esta vida. No se donde iré, pero lo que si se seguro es que será lejos de la ciudad. Quiero ver mundo. Ha sido un placer conocerte y compartir contigo una bonita amistad. Gracias por todo amigo.

El Sr. Parrot continuaba si poder articular palabra. Ojiplático observaba a su viejo amigo, como si no creyese lo que estaba sucediendo delante de sus ojos. Oliver estiró el brazo y cogió el periódico. Miró entre sus páginas, y cuando encontró lo que buscaba mostró la noticia a Virgil.

« Una terrible explosión causa el desplome de parte del edificio de la Factoría Weller. Uno de los trabajadores, el operario Virgil McKullog, que se encontraba en ese instante dentro de la nave, ha fallecido. Su cuerpo ha sido recuperado por los mismos compañeros, aunque estos no han podido hacer nada por salvarle la vida. Las exequias por el cuerpo del trabajador fallecido se celebrarán mañana a las 10:00 horas en la basílica de San Clemente.»
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Poeta

El que escribe una poesía
Escudriña más su mente,
Obsequiandole a la gente
Frases dulces, bien diría...
Cual si fuese una porfía
De manera muy cordial,
Cabalgando al natural
Los caminos de su tinta,
Empuñando versos pinta
A éste mundo, terrenal.
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Nostalgia

Soy feliz al recordarte;
pero, si me ven llorando,
ha de ser, estoy lavando
mis ojos, para olvidarte...
mejor dicho arrancarte
de mi pecho y pensamiento,
aunque triste así me siento
reconozco que te quiero,
de nostalgia vasta muero
agridulce es mi tormento.
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Espeluznante Durante

Todos se reían de él. No tenía amigos, y a excepción de Clara, su hermana melliza, y Elvira, una amiga de esta, todos le llamaban Espeluznante Durante burlándose del muchacho. Eduardo Durante, que así se llamaba el chico, tenía tan solo doce años cuando empezó todo. Dos años recibiendo burlas en el colegio por su aspecto. Incluso algunos chicos le pegaban y lo humillaban por diversión. Ninguna chica quería acercarse a Eduardo. Ningún chico tampoco. Algunos lo hacían por miedo a convertirse en el nuevo objetivo de los matones, pero la mayoría, se dejaban llevar por la fanática caza al rival más débil.
Taciturno y abatido, se encerraba en su cuarto después de clase escondiendo las heridas de otro día en el infierno. Pero para el adolescente, las heridas más dolorosas eran las que llevaba por dentro, y su cuerpo, ya no tenía espacio para más cicatrices.
Durante, iba apuntando mentalmente todas las ofensas. Los opresores, los indiferentes, los temerosos, y así, día tras día soportaba los temores cotidianos con estoica sed de venganza.

Esto se produjo un día cualquiera, durante en último curso de instituto. Eduardo tenía quince años, y en su mochila ya pesaban demasiado tres años de insultos, amenazas y golpes.
Nadie sabe como empezó todo, ni siquiera como ese al que todos llamaban Espeluznante Durante, pudo hacerse con ese Kalashnikov y un buen surtido de cargadores.
Eduardo esperó a que todos entraran en clase. Roberto, uno de los chicos que aterrorizaba diariamente al muchacho no tuvo tiempo a insultarlo al verlo, pues cayó fulminado con el pecho lleno de plomo.
El pánico se apoderó del instituto. Durante disparaba, recargaba, disparaba, y volvía a recargar con gesto impasible, con la mirada nublada por la ira y la venganza. Sabía muy bien a quienes quería eliminar. Avanzaba clase por clase, ejecutando a sus objetivos. Luego, dejaba salir a los demás que corrían aterrorizados hacia el exterior. La última clase era la de Clara y Elvira. La suya propia. Allí, Javier, Laura, Iván, y Richard cayeron fulminados sin tiempo a pedir perdón, pues Eduardo ya los había condenado. «Nos veremos en el Infierno, y allí seré yo quien os joda por toda la eternidad», fue lo último que escucharon antes de morir.
Todos salieron corriendo cuando Eduardo ordenó a todo el mundo que saliera de allí y lo dejaran solo. Tan solo Clara y Elvira desobedecieron. El muchacho lloraba desconsolado, y su hermana y su amiga lo abrazaron. Los tres lloraban. Así estuvieron un buen rato. Nadie dijo nada.
Clara y Elvira acompañaron a Eduardo a la salida. Lo habían convencido para que se entregara a las autoridades. Este accedió. Una vez fuera, la policía le dio el alto. Las chicas avanzaron pensando que Eduardo las seguía, pero este se había parado.

-¡Tira el arma!- gritó uno de los policías.

Los agentes sacaron a las muchachas de la zona caliente. Clara lloraba, pues sabía lo que ocurriría a continuación.
Eduardo llevaba una pistola escondida. Esta, no la había utilizado, pues no era para matar a quienes le habían hecho insoportable estos últimos tres años. La había reservado para él. Durante sacó la pistola haciendo caso omiso a los agentes, que continuaban pidiéndole que dejase el arma y se arrojase al suelo. El muchacho se metió el cañón en la boca y apretó el gatillo sin dudarlo ni un segundo. «Por fin soy libre», sonrió. Este fue su último pensamiento antes de ser devorado por la oscuridad eterna.
Dieciocho víctimas se llevó Eduardo tras de sí. Ocho chicos, siete chicas y tres profesores. Todos ellos fueron descubiertos en una libreta que Eduardo guardaba escrupulosamente en un rincón de su habitación. Allí, el muchacho, apuntaba detalladamente todas las ofensas de sus futuras víctimas, justificando el porqué merecían ese dramático final. La investigación se llevó con el máximo secretismo que el mediático acontecimiento pudo permitir.

Esta historia no es más que una historia. Ficción, por suerte. Sin embargo, por desgracia, casos similares en diversas partes del mundo se han dado, llegando a estos excepcionales y dramáticos extremos. Por otra parte, muchos niños y niñas, jóvenes y no tan jóvenes, sufren diariamente acoso en sus centros de estudio o trabajo, en las calles de su ciudad o de su pueblo, haciendo mella diariamente en su cuerpo y espíritu.
Actuemos contra el acoso, sea escolar, laboral o en cualquiera de sus formas desde la raíz. Denunciemos a los acosadores, enfrentémonos a ellos con valentía.
Todo empieza con la educación desde los colegios. Para que nadie más se convierta en Espeluznante Durante:

¡¡¡Stop Bullying!!!
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Canciones de Escocia

El día, amanecía invadido por una tensa e inquietante calma que se respiraba, ahogante en su atmosfera, en toda la llanura de Bannockburn, al sur de Stirling, en Escocia. A pesar de que Robert de Bruce (Robert I), rey de todos los escoceses, y su homólogo, Eduardo II de Inglaterra habían acordado la firma de un tratado de paz en aquel bello paraje, la disposición de un gran ejército de más de veinte mil hombres por parte de los ingleses, hacía pensar lo contrario. Escocia disponía de apenas diez mil hombres, aunque esa inferioridad de dos a uno, no iba a hacer que se inclinaran ante el tirano rey inglés. Mientras los soldados se disponían para presenciar la falsa firma del tratado, preparaban todo lo necesario para un combate que se percibía ineludible, ya que ninguno de esos rudos y valientes hombres, se fiaba de las palabras del monarca inglés.
Robert, mandó llamar a sus generales, para que juntos, pudieran organizar el plan de batalla ante la inminente y nueva traición del rey de Inglaterra. Algunos de los nobles jefes de los clanes escoceses habían apoyado la rebelión desde el principio, otros, incorporados en el último instante, habían visto una oportunidad de mejoras en su estatus social tras la muerte del despiadado Eduardo I «el zanquilargo», padre del nuevo monarca. Eduardo II, era un incapaz estratega y un colérico cobarde en el campo de batalla, dejando toda la responsabilidad a sus generales; Todo lo contrario de lo que fue su padre.
El rey escocés, mucho más diestro en el arte militar que su adversario, disponía de buenos estrategas y curtidos guerreros entre sus generales, destacando, por encima de todos, dos de ellos. El primero, Hamish Campbell, un bonachón y corpulento guerrero, era el jefe de las milicias. Había servido junto a William Wallace, héroe y estandarte de la rebelión desde el principio. En 1305, tras la captura y ejecución de Wallace, se había puesto al mando de las milicias escocesas, uniéndose, junto a sus veteranos, de manera oficial a las tropas del rey Robert. El segundo de sus sobresalientes generales no era escocés, ni tan siquiera había nacido en las islas británicas. Se trataba de un extranjero, Pierre D”Aumont, un templario francés, huido del continente tras la persecución de la orden por parte del Papa Clemente V y del rey francés (Felipe IV) a principios de 1314. Después de la muerte del último gran maestre, Jacques de Molay, en marzo de ese mismo año, pidió refugio en la corte del rey escocés. Este, aceptó de buen grado su experiencia en tantas batallas, y D”Aumont, junto a ocho compañeros de la orden del temple, se unieron al rey Robert jurándole lealtad.
Tras la realización de un cuidadoso y detallado plan de batalla, los escoceses estaban listos para el choque. Ahora, solo quedaba esperar a la señal, y esta sería la inminente traición inglesa.

El calendario marcaba el 23 de junio del año 1314, y tras dos días de batallas, los aguerridos escoceses, derrotaron a las tropas inglesas, haciéndoles huir del campo de batalla. El rey Eduardo, al galope, huyó hacia el castillo de Dunbar (East Lothian), en la costa, y sobre las tres de la tarde del día 24, tomó un barco de regreso a Inglaterra.
Los escoceses estaban exultantes de alegría. Gritaban y se abrazaban en aquel campo cubierto de roja muerte. Algunos de aquellos guerreros, que minutos antes luchaban poseídos por el espíritu salvaje del dios de la guerra, lloraban como niños. No les importaba, pues por fin, y tras tanto sufrimiento, podían tocar con sus manos el suave y reconfortante calor que ofrece la libertad.
A pesar de la aplastante y humillante derrota del monarca inglés, Eduardo jamás lo reconoció en vida. Sería su propio hijo y sucesor al trono de Inglaterra, Eduardo III, en su primer año como rey, quien reconocería oficialmente los derechos de independencia de Escocia en 1328, haciendo un enorme esfuerzo de diplomacia tras las continuas demandas de los escoceses y del panorama político internacional del momento.
Ese día, todos los participantes en la batalla de Bannockburn que continuaban con vida, celebraron la noticia del reconocimiento oficial por parte de Inglaterra de la independencia de Escocia. Otra derrota de los ingleses por parte de las aguerridas gentes de escocia. Hombres, mujeres y niños, salieron a la calle a celebrarlo, con grandes banquetes y grandes cantidades de cerveza y todo tipo de licores. Por todos los rincones de Escocia, se cantaron himnos de amor a la tierra y se rindieron grandes homenajes a los caídos en las batallas que habían llevado a esa gran jornada.

Robert de Bruce, a sus 53 años, enfermo y débil, recibió la noticia con alegría, pues ese reconocimiento era su deseo y su legado al pueblo escocés antes de morir. Algunos de sus sirvientes, años después, relataron, que esa misma noche, se le apareció en sueños el espíritu de William Wallace. El rey y el héroe escocés mantuvieron una larga conversación, dándole las gracias este último por haber conseguido la tan ansiada libertad para el pueblo de Escocia. A la mañana siguiente, entre lágrimas, el rey relató a sus más allegados la conversación mantenida con Wallace. Fue la segunda vez que vieron llorar al monarca escocés en público; la primera, fue tras la gran victoria en Bannockburn.
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Luces de junio

Miercoles, 12 de junio de 1907.

La luz del día estaba llegando a su final, y el atardecer, despedía al Sol con su delicado aroma de fragancia anaranjada. La brisa de levante acariciaba la dulce silueta de la Luna, dispuesta a velar una noche más, los sueños de los hombres. Con la encendida de las primeras antorchas y faroles de aceite, los hombres y mujeres de las ciudades y aldeas regresaban a sus hogares. Tan solo, algunos locales de reputación dudosamente consentida y algún que otro amante de las sombras, empezaban su jornada.
Después de tomar unas jarras de cerveza en la taberna de Madame Rose, el Sr. Robert Alcott, un funcionario de Green City, y su joven y fiel secretario, Paul Philips, regresaban a sus hogares por la vieja calzada de piedra. Mientras caminaban, charlaban despreocupadamente sobre el combate de boxeo que se disputaría esa misma semana en la ciudad. El campeón de Green City, Sami «puño de hierrro» Dilon, pelearía contra un fornido extranjero de piel negra, al cual se le había prometido una enorme fortuna si conseguía vencer al campeón. Para muchos ciudadanos, sería la primera vez que verían un hombre de piel negra.
Al llegar al puente de piedra que cruza el rio que baña la ciudad, el Sr. Alcott y Paul Philips detuvieron su paso en seco. Ya no hablaban del combate; ni siquiera hablaban. Todo su cuerpo había quedado petrificado por el espectáculo que sus incrédulos ojos estaban contemplando.

Una enorme estructura metálica repleta de extrañas luces se había aparecido ante ellos. Era gigantesca, como un edificio de tres plantas, que a pesar de su tamaño, parecía suspenderse en el aire con la ligereza de una pluma. Jamás habían visto nada igual, ni tan siquiera lo habrían llegado a imaginar. ¿Tal vez, Dios tenía algo que ver con eso? Seguramente no. Las cabezas de los dos hombres pedían salir corriendo de allí a toda prisa, pero sus cuerpos estaban presos por alguna fuerza extraña. Intentaron gritar, pero tampoco podían articular palabra; de todas maneras hubiese sido inútil, pues nadie se encontraba próximo al lugar. De pronto, la estructura flotante, lanzó una luz turquesa hacia los dos hombres que los hizo levitar hacia ella. Una gran compuerta se los tragó, haciéndolos desaparecer. Luego, todas las luces se apagaron, y el enorme objeto volador se desvaneció, confundiéndose con la oscura noche.
Nunca más nada se supo del Sr. Robert Alcott ni de Paul Philips, a pesar de los esfuerzos que hicieron las autoridades por encontrarlos.
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