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La derrota huele a caraotas

Caracas 14/05/2016
10:37 PM

Narra Dante Kalcala

Acaba de terminar un relato. Trataba sobre un hombre que se creía Adolf Hitler. Intento ganar las elecciones para exterminar los judíos en Venezuela. Era un buen relato... Lo volví a leer. Arregle alguno que otro error ortográfico. Ahora solo me faltaba enviarlo a una revista que no lo hubiera rechazado. Esa era, sin duda, El Turpial Literario. Era un revista que publicaba cualquier relato, poema o articulo que le enviasen, por muy malo que fuese. Decían querer apoyar el "talento venezolano".
Copie el correo electrónico de la revista, accedí a mi correo, pegue el correo electrónico de la revista, anexe el relato, una pequeña biografía y lo envíe.
Me eche hacia atrás en la silla y suspire. Acaricie mis bolas. Estaban sudadas y olían a zarigüeya muerta.
Mi situación era bastante jodida. Había dejado la universidad porque la consideraba un completa perdida de tiempo. Sacaba malas calificaciones y siempre conseguia pelearme con alguien todos los dia. Mi novia me dejo; me dijo que yo era poca cosa para ella. No tenía la voluntad para salir a la calle y conseguir un trabajo, y lo peor de todo, era que Maduro no dejaba la presidencia. ¡Ese hijo de puta me tenía los cojones chavistas!
Me Levante de la silla, fui hasta la nevera y saque un paquete de cervezas. Regrese al cuarto, deje el paquete a un lado de la cama y me acosté a un lado de ella. Abrí una cerveza y la bebí de un trago. Lance la botella contra la pared y esta se rompió estruendosamente. Me estire y tome otra cerveza. Estuve haciendo eso hasta que se acabo la cerveza. Habían un montón de pedazos de vidrios esparcidos por todo el suelo de la habitación. Saque una revista Play Boy que estaba debajo de mi almohada. Me quite mi short y los calzones, me senté al borde de la cama y comenzó a masturbarme. Justo cuando estaba a punto de acabar el teléfono comenzó a sonar. Deje de masturbarme. Me subí los calzones y fui a contestar el teléfono (me costo llegar el ya que tenía que tener cuidado por donde pisaba). Conteste. Era Samuel Colina, un poeta negro y homosexual que todavía viva con su madre.

-¿Que quieres, Samuel?

-Voy a dar un recital mañana a las 3 y media de la tarde. Me gustaría saber si quieres ir.

-Lo siento, Samuel, no puedo... Mañana voy a cogerme a una japonés en el Hotel Meliá justo a esa hora.

-¿Una japonesa?

-Si, una puta japonesa.

Colgó. Supongo que no me había creído... Soy un mal mentiroso. Deje el teléfono donde estaba y regrese con cuidado a mi cama. Me quede allí, tendido en mi tumba personal, esperando la muerte como un codorniz en una jaula. Me tire un pedo. Cerre los ojos y me dormí.
La brisa del pasado hace bailar el pasto del estadio deportivo.
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Infantería

Troté y caminé el desierto,
bajo un sol abrasador.
Busqué el norte y el sur sin brújula ni mapa,
solo guiado por la sombra de los cactus.
La sed me vió casi extinguirme
¡Pero no me vió rendirme!
¡Montañas amigas!
Que anduve cansado, equipado,
siempre uno con el pelotón,
siempre en vigía bajo un manto de
millones de estrellas que nos orientaron.
Fusil en mano, mochila de equipamiento en la espalda, cargadores, y un miedo acallado
que no dejábamos se notará debajo de el casco acerado que cubría casi nuestra mirada.
Balas y trincheras,
enemigos de la tranquilidad frente a nosotros,
Disparos por órdenes,
valor cumplido bajo la prerrogativa del honor.
Adiestramiento bajo el infierno,
operaciones en las axilas del diablo.
Infantes, soldados de combate de a pie,
llorando detrás de un arbusto
sin que nadie nos vea la muerte del compañero,
la orden de no retirarse, el hambre insatisfecha,
la tristeza acumulada, días enteros sin dormir,
un infierno que solo se puede aliviar con alcohol.
Siempre puestos para lo que mande la nación, lo mismo sea dejar la vida en combate, que debajo del desastre auxiliando a la Población.
Y aunque dejé la tropa, no dejo de ser soldado. Pues soldado una vez ¡SOLDADO PARA SIEMPRE!
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Un día de lluvia

Hoy brilla hermoso el sol,
las aves y sus gorjeos merodean afuera de casa. Tomando café, escucho esa voz interna que es la conciencia y algo más adentro en mí anhela que el día fuera nublado y frío, sin gente en las calles, ni mensajes en el móvil.
Que cada quien se encargara de vivir su propia vida y no jodieran la de otros.
Que la cellisca cubriera a la comarca y que los automóviles estuvieran aparcados en sus casas y no inundando la vía de pitidos, choques y un indeseable caos.
Dejar postergados los problemas emocionales y refugiarse en la lectura de cuentos de Antón Chéjov tomando té a sorbos y viendo de vez en cuando la ventana para encontrarme en el viento helado que juega con los árboles.
Estar arrellanado en un viejo sillón de cuero, leyendo, en momentos hilvanando versos,
sintiendo el frío invadir la estancia y seducirme, entrar en momentos en el sopor de las ceremonias de interior y sentir un pequeño contento de saber cuánto disfruto ser un hombre entregado a la vida de los libros, que un mercachifles que deambula por la ciudad angustiado por no encontrarse así mismo, bajo un sol que no es el suyo, y una tierra que no es la propia. Cómo quisiera que hoy fuese un día de lluvia...
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Mi hogar

Vivo en un libro,
entre páginas connotadas de romanzas
hispanas, a la usanza de Quevedo, León Felipe y Alfonso Reyes; versos acomodados debajo del sol, amarillentas páginas olvidadas en el bazar donde rescaté este viejo libro que he tomado como casa y mi patria.
Vivo debajo de un ensayo olvidado de Octavio Paz, como almohada algún escrito de Julio Cortázar, Eduardo Galeano o del mismo José Joaquín Fernández de Lizardi;
cobijado por el surrealismo que Juan Rulfo me enseñó camino de Sayula.
Dialogo algunas tardes abigarradas con Juan José Arreola, escucho su luminosa narrativa describirme su hermoso Zapotlán el Grande, mientras bebo ponche de granada que un amigo me trajo de Zapotiltic.
Enclaustrado en nostalgias varias, por las noches me gusta encontrarme con Sor Juana Inés de la Cruz, eminente genio de las letras hispanas que suaviza mis horas agitadas por la marea emocional con sus impecables versos ¡Quién tuviera el gozo de haberte conocido Dulce Minerva de América!
Otras veces, siento ganas de volver a mí, a través de Ignacio Manuel Altamirano y su entrañable Navidad en las montañas que me envuelve en esa exquisita prosa franca y local que hace que mi estancia en mi hogar-libro sea confortable, serena y lejos de tanta insana hipocresía.
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Euzkal Herria

Quiero caminar contigo de la mano
y descubrir los rincones tan hermosos
de Euzkadi, bajo su hermoso sol vasco y el mar cantábrico mojando nuestros pies.
Que los vientos metalúrgicos de Bilbao, nos hablen del éxito fabril de la capital de Vizcaya y nos cuenten historias del atletic en San Mamés; reír con los abuelos, nostálgicos por la grandeza que vieron pasar frente a sus ojos.
y que nos abraze la magia verde de Guipúzcoa
mientras de la mano nos dejamos envolver
por la cordialidad de San Sebastián,
hacerte poesía euskera en Vitoria, conquistando juntos Álava en plena conjunción amatoria.
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Entre el cielo y la tierra

Fue un día extraño que no hubo sol.
Eras el prototipo de una antología poética
donde el dolor era cosa del pasado.
Llegaste como un libro jamás escrito,
Un verso jamás pensado que pude escribir
en las hojas blancas de mi propio olvido.
Los días se volvieron semanas, y yo,
esperaba la tinta de tu mirada para continuar
este libro que inédito dejamos postergado y se fue al sesto como una memoria inacabada debajo de un cielo extraño como ese día que no hubo sol.
Dos seres tan diferentes como la opinión.
Una oda al idealismo tan surrealista como el cielo y la catarsis de una vida herida por la soledad del alcoholismo, tan dura como la vida humana en la tierra, creían encontrar en la escritura de una página, la panacea al dolor de tener que estar vivos en dos latitudes alejadas como la ilusión lo está de la crudeza del dolor.
Dos personajes idealizados,
una historia insulsa que al final quedó
desplazada.
Guardo mis hojas, tapo el tintero para cuando me llegue la inspiración, tal vez en invierno, visitando Macedonia, o tal vez tomando té en San Petersburgo o leyendo algo de Bukowski, paladeando "la visión de Anáhuac" de Alfonso Reyes, leyendo "Rayuela" de Cortázar o "la Feria" de Juan José Arreola;
Tal vez charlando a solas con Pedro Páramo a través de Juan Rulfo o viajando por la fría Rusia de Chéjov en "La tristeza" que vendrá a mí esa inspiración y susurrarà al oído mi siguiente poema, algún cuento o la primera frase de algún libro donde dejar una huella de mi paso por esta tierra, sin pretender siquiera un cielo ignoto e incierto.
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Para que me olvides

Abre de par en par las ventanas,
si pretendes olvidarme.
No vaya a ser que te tropiezes con el aroma de la ausencia y te de por llorar.
Deja que los gatos distraigan tus oídos del recuerdo de mi voz, pon a Gardel para que te olvides de mi acento.
Bebe una copa de tinto,
deshaste del sabor que ya conoces,
mira bobadas en la televisión,
visita a tu madre,
charla con tus vecinas sobre el servicio de calefacción, para que no estés pensando en mí apretadando los muslos, emparedado en ellos tus manos ansiosas.
Ve al neuro siquiatra,
pídele que me extirpe de tu encéfalo,
que me arranque de tu vida,
que ya no pienses más en mi falo.
Compra flores y cómelas con cereal en las mañanas, y que te sirvan para
darle emociones a tu repetitiva vida,
que te consuelen cuando lloras
por papá en tu cuarto.
Si pretendes olvidarme,
publícalo en facebook,
allí solo se publican tonterías
que nadamás les interesan a las tías.
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Confusión

Las noches eran tan frías
como tú, como mi soledad.
Estar lejos de casa era más triste
sabiendo que tú no me amabas,
que todo era una confusión sentimental
de una chica universitaria que aún no
sabía qué quería de la vida.
Tú reías,
yo lloraba.
Tú, en casa cenabas.
Yo, hambres pasaba.
Tonta historia de un amor entre
un solitario, soñador empedernido y una
niña de casa que no sabía ni lo que buscaba.
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Al norte de tí

Al norte del planeta te pienso.
Ojalá puedas disfrutar de este sol
abrazador que acaricia mi piel,
aunque sé que a tí, el otoño hace que vibres al compás del sur, que tú no ves auroras boreales,
sino australes.
Que las millas que nos alejan,
son solo kilómetros de poesía y cartas
por escribirnos, canciones que agregar a nuestras itinerarios de tardes desiguales,
que para mí el sol tarda un poco más en irse,
y a tí te busca una luna más hermosa hasta tu ventana de donceles 23, y a mí me arrullan los gatos de Wilson Mark Street en los suburbios de esta federación al norte del mundo y al norte de tu corazón, desde donde te sueño, te leo poemas para que te duermas pensando en esos sonetos, y sueñes conmigo, aunque no me puedas ver.
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Disidente

Desde el portal, miembros de la fuerza de represión pública pugnaban por entrar a su casa; él se negó a abrir, argumentaba que sí de todos modos iba a ser atropellado, les daría la molestia de tener que derribar la puerta, —no creyó que lo harían— subestimó los niveles de resentimiento, la mucha capacidad de odiar y la presteza destructiva de aquella gente obnubilada por un discurso ideológico. Minutos más tarde, era conducido a empellones al interior de un calabozo, donde muchos hombres como él, sangraban heridos. Dos de sus vecinos cooperaron en la detención. El sujeto no era un delincuente; era disidente.
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Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
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Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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No será la última batalla

Año 206 a.C. Las legiones romanas estaban celebrando la victoria. Habían expulsado definitivamente a las huestes cartaginesas de la Península Ibérica, haciéndose con los territorios conquistados hacía años por esos bárbaros africanos. Roma expandía su poder con puño de hierro, y las legiones, entrenadas y disciplinadas, se convertían en su brazo ejecutor. Marcelo Crispo, uno de esos legionarios, celebraba el triunfo acompañado de sus camaradas, anhelando el fin de la guerra y el regreso a su Cumas natal junto a su mujer y sus dos hijos. Marcelo, recordó los momentos vividos con sus camaradas caídos en la batalla, buenos y leales compañeros, en especial Quinto Vitelio Rutio, el cual le había salvado la vida en más de una ocasión. Esa noche, el veterano legionario Aulo Marcelo Crispo, haría una ofrenda a los dioses sempiternos, pidiendo que las almas inmortales de sus camaradas y amigos caídos en la batalla tuvieran una existencia dichosa y feliz en los Campos Elíseos. “Volveremos a vernos, amigos”, dijo Marcelo mirando el refulgir de las estrellas en la oscura inmensidad de la noche, “pero todavía no.”
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Alas de Papel

He arrivado el vuelo
Pensando en ti amor
Con pluma y papel en seco
En travesía mis palabras se van.

Nunca he perdido la esperanza
De que el amor vuelva a navegar
Entrando por mis entrañas, hasta mi dulce amar
Porque en papel hago versos con alas
Y los algo volar hacia el fondo del mar,
Al cielo, la tierra y tu dulce amar.

No necesito un beso
Necesito tu dulce cantar
Imploro tu regreso
Hasta que el tiempo vaya a terminar.

En alas de papel te escribo
Para que felices vayan a volar.
Con tinta yo declamo
Hacia tu dulce hogar
Para que en tu regazo las vayas a quemar.
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etiquetas: amor, poema corto, alas de papel
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Nocturno en París

Un lugar contemplado a romances tan solo aguardaba
la elegancia del efímero consuelo del vendaval
con una impecable composición, pulsos sin razón
se esparcían por todo el tropel del auditorio
una sesión de nocturnos sonaba sin cesar en emisiones
e inspiraba hasta al más ermitaño ser
Su repertorio sin duda alguna aludía la perfecta armonía de Varsovia
siendo miembro del joven mundo artístico e intelectual
Aquel símbolo destacado de la era romántica
impulsó la gran demanda en París, ciudad de las luces
No le agradaba el ser tan aclamado por la sociedad
su sencillez lo llevaba a brillar en lugares acogedores
Por sus obras destacaban la prodigalidad de su alma
y de la mano del poeta Adam transformaba versos a cantinelas
Llegó el día en el que conoció una luz que lo atrajo firmemente
dedicando una composición inspirada en epístolas
"Debería ser como soñar en la hermosa primavera - a la luz de la luna"
talento excepcional, genio musical
Resonaban violines de Paganini conjugado a variaciones
Sus fraternidades eras sus reales musas
y animaban al artista a constituir sus eminentes coplas
Sus éxitos rotundos rodaban por toda Europa
tan delicados sonidos abrían la claridad de sus ojos
variedad de melodías y expresiones hacían sus corazones derretir
Sin más decir su forma de tocar siempre fue noble y hermosa;
sus tonos sonaban, ya sea en el forte completo o en suave sonata
su progreso fue tan brillante que claramente críticos discrepaban,
la mayor parte de su juventud era una constante lucha por su vida
dejó reposar sus últimos restos en la ciudad más prometida
Todo esto no fue impedimento para sus maravillosas creaciones
que quedan de legado ciertamente por todas las generaciones.
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El abuelo del barrio

Allí va
Nadie sabe de dónde viene
nadie sabe a dónde va.
Dobladito por el peso de los años
se le nota en el andar.
Todas las mañanas lo veo pasar,
con el chimó en la boca,
con su caminar despacio,
con sus alpargatas remendadas y
un sombrero de paja,
pantalón de dril oscuro, ruñido por todos lados,
arremangado un poco más abajo de las rodillas,
de correa, un guaral de nailon,
con camisa que en algún tiempo fue blanca, con remiendo de hilos colorados,
cargando en la espalda una marusa grande y vieja,
llena de trastes,
llena de recuerdos,
de historias, de vida,
Allí va, cargadito, dicen que viene del río
camina como ocho kilómetro de regreso pa’ su casa.
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El Peligro De Salir A Correr A Las 8.45

¿Creeis que el peligro está en que te ataque una manada de perros salvajes mientras corres? ¿que te tropiece y caigas y te rompas un diente? ¿que metas el pié en un agujero y tengas un esguince? nooooo, el peligro está, en los padres llevando a los niños, al colegio.

Los ves, salir como bandadas, apoderándose de las aceras, del carril bici, de las carreteras y te ven acercarte a ellos y se expanden como la cola de un ave. Desafiándote, hasta que no tienes más remedio, que parar para no chocar y eres tú, quien forzosamente, tienes que dejarles pasar.

Entonces, decides entrar en el parque, para estar tranquilo y de repente, una vez pasan las 9.00 de la mañana, comienzan a apoderarse de los parques, de las terrazas de los bares. Los ves con los cochecitos para bebes, caminando a lo ancho de las calles. ¡Pero esto que ehhhhhhh!

Iván A.
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Algo Supremo

Algo supremo; majestosamente irrefutable, terriblemente omnipotente y de una ubicuidad inmarcesible ha de tener la física como ramal de ciencia en sus designios, ya que las leyes y dios la confrontan, pero no pueden eludirla. Sobre la faz de los libros en todas las páginas de historia que cubren la esfera terrestre, por intrincado y recóndito que sea el laberinto universal siempre su efecto será determinante. La ley misma en su inquebrantable naturaleza responde a un código netamente físico como es: la propiedad que tiene todo cuerpo de cambiar de forma cuando sobre él, se aplica una fuerza exterior «Ley de flexibilidad ».
En el caso concerniente a dios, o a una multitud de ellos, —para mantener intacta la base utópica de la blasfemia, — digamos que Poseidón, luego de dimitir su reinado sobre caballos y otras bestias se entrona sobre los mares y el control de sus ciertamente poderosas olas; pero aun así, se muestra en apariencia complaciente con navíos y otras embarcaciones que usurpan sus aguas desafiándolas sin mayor tributo que una justa relación de densidad entre materia y volumen. Cuestión de un equilibrio benefactor en la sabiduría de Arquímedes discernido entre lógica y fe.
La lluvia, las tormentas con sus rayos y centellas en los agrisados cielos Aztecas pudieron merecer un gran número de ofrendas a Tláloc —dios dominador de rayos—y estas no fueron suficientes para contener la ionización de nitritos y nitratos hidrogenados en los bolas de fuego celestiales que más tarde el léxico científico llamaría rayos globulares.
Desde la oscuridad que suele teñir de luto mi pusilánime aptitud pensante, surge la negación de atribuirles a los dioses facultades demoledoras, en cierto modo carente del sentido conciliador y edificante como corresponde a la solemnidad de un dios; sería como asentir que hay algo de perversión en su conducta o una especie de patología propia de mortales. Acepto la propiedad de ínfima partícula predecible y mortal que me atañe dentro del vasto universo, en la extensión de esa vaga idea, no seré yo quien dictamine porqué caen los puentes. Tengo la sospecha de que no es porque dios quiere, sino por insuficiencia física.
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Dime Que Buscas, Y Lo Encontraremos

Dime que buscas
Y lo encuentro
Ya sea un trébol de cuatro
Hojas en el huerto o en el parque
Escondido

Ya sea un tesoro de un bucanero
Escondido en el velero
De tu armario
O debajo del acolchado

Dime tres de tus deseos y te los concedo ya sea traerte alguna luna y te la dejaré allí colgada
En la ventana
Para que ilumine el cuarto
Y para que no te sientas sólo
Te dejaré un puñado de soldaditos
Para que defiendan al Rey

Si deseas que sea tu corcel te lo concedo te llevaré de aquí a Europa o más allá del infinito
Si quieres que me quede para no sentirte sólo en la interminable oscuridad me quedó

Seré más que un hermano
Tu soberano
Tu compañero
Hasta más porque te quiero

Dime que es lo que buscas y lo encontraremos juntos
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Juan 5:28 Y 29

Se deslizan las lágrimas por las huesudas
cuencas. Humedecen la tierra e inundan designios.

No hay vida en aguas tan
saladas.
Atrevidos
unos
pocos a nadar sobre
fondos tan
oscuros.

En orilla escasos quedan. Se hunden
muchos
otros,
muertos por
muertos.

Pies en nuevo barro, ojos mirando las
mismas
suelas.
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Viaje (de ida) al país de las amapolas

Horas después ahí estábamos ella y yo con un candil preparado para abrimos las puertas del cielo.
La cuchara negra y semi oxidada , borboteando como un lago en el infierno.
Dos agujas goteantes como dos colmillos de cobra mas, yo, siempre fui de los que gustan de el veneno.
Entra.
Enseguida noto esa mágica calidez. Acariciando mis venas como tsunami de orgasmo. Todo ese placer multiplicándose en mi cuerpo.Pero no, no me metí todo de una.
Ella prepara su dosis. La verdad es que yo puse en la mía, la mitad de una dosis, 12 , pero aun con el subidón parecía controlable.
Pero ella parece que se lo inyectó todo de golpe.
Su epidermis ,ya trémula y enfermiza, empezó a vibrar a un ritmo que no sonaba ni orgánico ni artificial.Era un contoneo doloroso y lleno de matices.
Como no pedorrearse de esa situación. Todo tristeza.
Ese silencio se hizo tan denso que me ahogaba.
Lo único que recuerdo es su pálida carne exhalando su último aliento.Y nada más resurgió de su interior. Solo silencio se hizo. Yo estaba también por exhalar mi último aliento, cuando pasó. Ráfagas de luz y oscuridad ,recubrieron mi ser de una divina providencia.
Todo cambió. Mi ser estaba ya en otro plano.Otro espacio.Otro tiempo.
Pero yo seguía en los arrumacos de esa maldita y bendita droga.
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Un suicida condenado a vivir

Vivía en el paraíso que le despertaba tener todas las cosas pulcras y ordenadas. Sus camisas y corbatas cuidadosamente dobladas. Sus sombreros y zapatos ordenados por colores. En la cocina no podías encontrar mancha alguna ni utensilio fuera de su lugar. De hecho, en cualquier rincón que curioseaba se repetía esta fórmula. Los muebles, los veladores, los adornos antiguos, cuadros de paisajes austeros, todo lo que mi vista alcanzaba parecían comprados y quitados de sus empaques apenas unos instantes atrás. Las tertulias con él eran breves, con su semblante rígido como un paredón que nada lo quebraba. Se lo veía siempre absorto en la tarea de quitar todo indicio de tiempo y de caos, como si nadie viviera en esa casa, algo que me generaba escalofríos. Como si de un asesino se tratara, borrando toda prueba detectable que pudiera incriminarlo. Alguna prueba de que él existe.

No te confundas, no era un fantasma, tampoco un homicida. Era un hombre. Un hombre que logró encontrar en sus quehaceres una forma particular de suicidio inocuo, sin sangre, sin ahogos, sin heridas visibles. Una forma de vida, si se me permite decirlo.
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Con paraguas alemán y tono de Podestá

Verán, vivo en el tejado,
de un edificio, en el que el 10,
se instaló un inquilino,
con paraguas alemán
y tono de Podestá.

Cada tarde, nuestro varón, puntual,
a las cinco, interpreta
una aria distinta.
Y cada domingo, un tango de Eladia.

Y no sé su nombre
ni su profesión.
Ya se lo dije al gato
(cuando está enseñando a volar a la gaviota
y se pone nervioso, y me acribilla a preguntas).
Pero, chico, le dije,
deberías haber escuchado ayer
Nessum Dorma.
Con escalas de Rivero y nostalgias de Poveda.

Justo, le estuve escuchando,
naciendo,
en mi habitación,
justo entre la chimenea
y la parabólica de la TDT.

Anteayer, me pilló en la cocina,
la que comparto con Renée, la gaviota,
que curiosamente no para de leer
no sé qué historias de un erizo.

Acabábamos de saludar a la avioneta roja,
que siempre pasa
con cinco minutos de antelación,
para buscar
no sé qué planeta y agua y maíz.

Y siempre cinco minutos tarde,
vemos que encienden el faro,
que da luz, sí,
pero yo diría que parecen llamas.
Llamas que parecen huir del presente,
nunca del pasado.
Con las agujas algo desmagnetizadas.
Nunca encuentran,
porque no tienen ni puñetera idea
de qué están buscando.

La semana pasada
pasaron cerca caminos de olvido
y tierra en los ojos,
De vidas desplazadas, paralizadas.
Hambre, horror, cristales rotos.
Éxodos y minas que te obligan a pensar
"esto es un sueño que pasa".

Por suerte,
son las cinco.
Por suerte,
siempre hay un refugio.
Para nosotros.
Pero,
¿y para ellos?
¿y para ellos?

*

poema publicado en junio de 2010. Está incluido en el poemario Invítame a vivir, disponible en Ecwid.
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