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Bisagras

De las puertas admiro y aprecio las bisagras —antes que el cerrojo— Existe detrás de ellas, una maravilla involucrada en la buena voluntad y envuelta en la naturaleza existencial de la libertad, un don de dualidad concebida en un espíritu hospitalario y tolerante donde el árbol de la confianza echa raíces extendidas a un plácido territorio compasivo y generoso, donde albergamos la bienvenida como contrapeso a la tristeza implícita en una despedida.
Mientras que en la cerradura; abreviamos el alto grado de sumisión al miedo, es un resumen de la depravación del hombre, un reducto de la corrupción intentando ocultarse tras la presunta privacidad de toda propiedad. Es el principio de todo confinamiento, quizás el más expedito instrumento para coartar la libertad y el cómplice más eficaz que tiene la mentira para vestirse con el traje de secreto.
De todos los objetos inanimados inventados por el homo sapiens, ninguno suele sintetizar con mayor exactitud la propensión al celo y al egoísmo.
Estas impresiones se posaron en mi cabeza un frió invierno en que perdí las llaves, es posible que cambie mi percepción sobre las bisagras, el día que pise mis dedos con una puerta.
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Que fluyan las musas

Siguiendo la senda que otros forjaron,
uniendo solidaridad e ingenio.
Siempre apasionado... comprometido,
vuelca en sus letras millones de sueños.
Creatividad que danza al compás
pulsando con ilusión un proyecto.
Imágenes que escapan del papel,
sonrisa dibujada a cielo abierto.
Tinta que fluye espesa como sangre
dando vida y latido en cada verso.
Relatos que construyen mil historias,
entre apuntes, esbozos y bocetos.
No se demore pues la inspiración;
que brote sin ceder al desaliento.
Si al cielo oscuro le llega la luz,
muestra la luna su rostro más bello.
Fluyen las musas en cinco palabras
y alguien sonríe cumpliendo un deseo.




Publicado en la Asociación Solidaria Cinco palabras:
cincopalabras.com/2019/03/17/escribe-tu-relato-de-marzo-iii-claudia-cr
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Disidente

Desde el portal, miembros de la fuerza de represión pública pugnaban por entrar a su casa; él se negó a abrir, argumentaba que sí de todos modos iba a ser atropellado, les daría la molestia de tener que derribar la puerta, —no creyó que lo harían— subestimó los niveles de resentimiento, la mucha capacidad de odiar y la presteza destructiva de aquella gente obnubilada por un discurso ideológico. Minutos más tarde, era conducido a empellones al interior de un calabozo, donde muchos hombres como él, sangraban heridos. Dos de sus vecinos cooperaron en la detención. El sujeto no era un delincuente; era disidente.
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Son las seis

Helena se colocó detrás del sofá, y le miró con picardía. Sabía que deseaba algo más que ver la tele. Sonrió sin abrir los labios, sin articular palabra, no hacía falta. Deseaban lo mismo, ejecutado de diferente forma. Ella deseaba jugar con él y no pensaba dejar de hacerlo. Joan la miraba impaciente….

Con la mano izquierda tiró del palo chino que le sujetaba la melena e hizo un suave movimiento con la cabeza para que el cabello se estirase por su espalda. Brillaba bajo la luz de la lámpara, de un color castaño que encendía aún más los ojos del hombre.

Poco a poco fue bordeando el sofá, paseando la mano izquierda por el reposacabezas mientras caminaba. Sus dedos jugaban con el tapizado, imitando una caricia sobre la piel. Se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios y lo besó, llevándolo acto seguido a los de él, para que hiciera lo propio… Él lo atrapó con los labios húmedos i le tomó la mano, llevándola hacia él. Elena negó con la cabeza. Todavía no era el momento.

Ahora pasaba por detrás de él. Hundió sus dedos en el cabello de Joan, acariciándole suavemente la cabeza, después las orejas, con la yema de los dedos. Le hacía sentir aquel cúmulo de mariposas que querían salir de golpe y comérsela. Sus ojos lo decían todo, pero ella sólo sonreía y negaba.

Helena quería disfrutar del momento, poniéndolo a prueba. Sin dejar de rozar la cabeza de Joan, acabó de dar la vuelta al sofá. Ahora se encontraba frente a él. Quería tocarla, cogerla por la cintura y hacerla suya. Ella, leyéndole la mirada, siguió negando con la cabeza. Aquella sonrisa lo martirizaba.

Helena acercó sus labios a los de Joan, casi sin tocarlos, sólo lo suficiente para que él se encendiera aún más.

Volvió a acercar los labios a los de él, entreabiertos, esta vez invitándolo a entrar.

Él aceptó la invitación.

Ahora, todos sus dedos a la vez, se colocaron sobre la base del cuello de Joan, desplazándose hacia los hombros, electrizando cada milímetro de piel por donde pasaban.

Él la miró ansioso i ella le susurró al oído:

- Levántate, son las seis. Mi madre está al caer.

Àngels de la Torre Vidal (c)
"Cotidianeidades"

Imagen de la fotografía: Internet
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¿Hacemos las paces?

Acabó de recoger las mantas de los sofás, las dobló y las dejó colgando del reposabrazos del más pequeño.

Dio un último vistazo a la cocina, todo estaba en orden: el lavavajillas en marcha, el mármol limpio, sin ningún utensilio ni objeto encima… sólo quedaba una cosa por arreglar….

Se sentía irritada, no podía quitarse de la cabeza la discusión con Joan, siempre por el mismo tema; eternamente se enfadarían por las mismas cosas. Pero hoy le tocaba a ella hacer las paces… Él lo había hecho la semana anterior.

Aquello le gustaba.

Entró en la alcoba y le encontró sentado en la butaca, de espaldas, leyendo el libro de turno. Abrió el primer cajón de la mesilla de noche y dejó que se cerrara de golpe.

Aquel leve ruido despertó todos los sentidos del hombre. Giró la butaca poniéndose de cara hacia ella y la miró fijamente. Helena bajó levemente la cabeza sin apartar la mirada, desafiándolo con aquellos ojos provocadores.

Joan observaba cómo sus manos jugaban con la goma blanca del pelo que había sacado del primer cajón.

Ella introdujo los cinco dedos de la mano derecha en la goma que los rodeó. Muy poco a poco, con la mano izquierda, se mesó los cabellos, recogiéndolos en una coleta. Levantó el brazo derecho dirigiendo la mano hacia atrás…

Los ojos de Joan seguían cada uno de sus movimientos.

Con la ayuda de la mano derecha, acabó de recogerse el pelo, lo rodeó y con la mano izquierda, lo pasó por la goma, cruzando ésta sobre sí misma y volvió a pasarlo, dos… tres veces.

Siguiendo con el mismo ritual, bajó lentamente ambos brazos, acabando de arreglarse el pelo con las manos, sobre la cara y el cuello. Al llegar a los hombros, deslizó el dedo pulgar de cada mano bajo cada tirante de su camiseta. Con un movimiento muy mesurado, los dos cayeron por ambos lados de los brazos.

Él no podía dejar de mirarla.

Ella, aunque sabía que el tiempo había dejados la inevitable huella en su cuerpo y que no era precisamente una Venus, se sentía adorada bajo aquellos ojos verdes, que la escudriñaban aún como el primer día.

Dirigió la mano derecha hacia Joan, con la palma hacia arriba y con un suave movimiento del dedo índice, le invitó a acercarse. Al final susurró:

-¿Hacemos las paces?...

Àngels de la Torre Vidal (c)
"Cotidianeidades"

Obra de la fotografía: José María Madrid Sanz (c)
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Lateral Izquierdo

El hombre, en su errático caminar daba claros signos de incertidumbre, fraccionaba cada paso como intentando corregir su dirección. No vestía como acostumbran los mendigos, su ropa estaba limpia, aunque algo ajada, denotaba quizás un largo viaje sin más equipaje que el que pueden albergar cuatro bolsillos. Su mirada objetaba el cansancio con trémula opacidad. Sintió que la tarde se despedía a sus espaldas y decidió detener su lerdo andar en una taguara de carretera, de esas donde suelen comer los camioneros y viajeros de pocos recursos, se sentó frente al mostrador, pidió agua y café —¿o viceversa?— El dependiente del lugar por un breve momento dudó en atender su demanda, el hombre, como si adivinara el origen de las vacilaciones del empleado, sacó unos billetes de su bolsillo derecho del pantalón —en el bolsillo lateral izquierdo guardaba una daga enfundada en cuero— colocó el dinero sobre el mostrador sin pronunciar palabra alguna, pero con un seco toque sobre la madera, daba a entender que tenía como pagar; al otro lado del mostrador, el muchacho se apostó con algo de parsimonia frente a la vieja máquina Faema. El hombre con los codos apoyados sobre el mostrador miraba sus zapatos, a la vez unía la punta de estos con ansiedad y en forma insistente, hacia muecas con la boca dando impresión de ser portador de una gran angustia, como alguien que se enfrenta a un futuro condicionado por enormes restricciones, sus palabras eran tan escasas como su cordialidad.
Algunos clientes asiduos visitantes del local, intercambiaban frases entre si desde una mesa contigua —hablaban de fútbol— amenizaban su conversación con frecuentes sorbos de cerveza, sin reparar en la presencia de aquel caminante algo taciturno que guardaba una daga (enfundada en cuero) en su bolsillo lateral izquierdo del pantalón. El ritual de preparación del café seguía su acostumbrada rutina con los sonidos característicos que produce el impacto de los pomos porta filtros contra los bordes del misterioso reservorio donde recogen el cipo, los simpáticos clics y soplidos previos al embrujador aroma plañían impíamente en el silencio, silencio quizás añorada por el hombre, a juzgar por su actitud, por esa forma de enunciar a los ojos ajenos estados de ánimo, estigmas de derrota o dolorosos padecimientos.
El alimento preferido del pertinaz prejuicio no es otro que la apariencia exterior. Es entonces cuando irrumpe el dialogo imprescindible para satisfacer dentro de conformidad la petición, — ¿Como quiere el café? Preguntó en tono indiferente y despreocupado el dependiente. El hombre hizo girar su precario asiento a su diestra, acomodó con la mano contraria la daga que portaba en su bolsillo (lateral izquierdo), apoyó su codo derecho con cierta pedantería sobre el mostrador mientras acariciaba su barbilla con los dedos pulgar e índice, sin dejar de agarrar la daga que llevaba en su bolsillo lateral izquierdo exclamó con voz sarcásticamente acentuada —Dámelo igual que yo… Expreso.
El muchacho desprevenido, despachó el café tal como lo sugirió el hombre, sin advertir lo insinuado en el juego de palabras. Café y agua en recipientes plásticos desechables, como el entorno, como los humanos y sus sobrevaloradas almas.
En la mesa contigua los clientes cerveza en mano seguían hablando de futbol sin percatar peligro alguno. El ex convicto se levantó, prosiguió su caminar sin rumbo cierto, con notable torpeza desapareció en la penumbra que brinda la noche incipiente, haciendo uso de una libertad traumada por las punzadas que su daga en algún tiempo, proporcionó manifestando su infamia, en algún cuerpo indefenso de mujer sobre el sector lateral izquierdo.


Ilustración: Fotografía de Dany "Machete" Trejo; ex convicto que ahora es actor y ayuda a jóvenes con problemas de drogas y delincuencia.
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El amor que merecemos

¿Cuál es el amor que creemos merecer?
A caso es aquel que nos hace sentir importantes o es solo es el que nos hace sentir que no valemos nada. Como una sola persona tiene el poder de hacerte sentir tanto en un solo instante. Nos hace sentir feliz pero al siguiente segundo nos hace sentir miserable. Acaso solo recibimos el amor que creemos merecer?
Con las experiencias de la vida aprendí muchas cosas, de como una sola persona te puede hacer sentir de lo más bonita y esa misma te puede hacer sentir un ser horrible.
Cuando un amor es no correspondido, es ahí cuando duele, se siente como se parte el alma, como el corazón se parte en mil pedazos, dejando solo cenizas a su paso. Es ahí cuando uno se da cuenta si es acaso el amor que creemos merecer. No buscamos a alguien que nos quiera a medias o alguien que por no estar solo te usa. Acaso valemos eso? Conocer el valor que tenemos esta por encima de todo, aveces uno tiene que caer para aprender. Pero qué pasa si uno cae muchas veces? Acaso nuestra alma no esta tan dañada para soportar tanto dolor? Pues sencillamente el día que uno se conoce y se quiere mucho más que las otras personas lo hacen, no acepta cualquier amor, ya que un amor no se acepta, un amor se complementa, ese es el amor que debemos merecer.
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El llano

Solo me escucho a mí mismo
Esto es un llano muy extenso
No hay sombra
No hay agua
Serpientes y correcaminos abundan
Y por la noche los coyotes
Solo escuchar mi voz me está enloqueciendo
Tengo sed, las biznagas están secas
La tierra no tiene ni gota de agua
Ya me cansé de escucharme
Aunque camino callado me escucho
Y ya no quiero
El sol no tiene piedad ni parientes
Las nubes aquí no existen
Se nota que hace años que no llueve
Creo que ni Dios se ha de parar por aquí
Otra vez ya estoy hablando
No quiero hablar
Ya no quiero oírme
Allá a lo lejos se ven unos colomitos
Espero tengan suficiente agua
Para olvidarme de mí
Para refrescar mi garganta
Seca y cansada de tanto parlotear
Otra vez ya estoy hablando...
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Los trenes

Trenes largos enganchados con recuerdos,
vagones llenos de los sueños de un
niño que ya creció, y que sigue guardando
en sus cajones las memorias de esos convoyes que miró pasar en Salamanca, en Irapuato, o por San Francisco del rincón, que cada que los ve pasar por donde ahora navega, siente la misma
emoción interna, ese asombro por ver llegar con majestuoso andar el ferrocarril, el silbato que rompe el viento, los pensamientos y que regresa a los vivos momentos de esas estaciones vetustas, hinchadas de recuerdos que vieron pasar a villistas, carrancistas y maderistas rumbo a la refriega, allá por los 1910 y tantos, cuando se llevó a cabo la mismita revolución. Tal vez, en otra vida, anduve en la bola, y hoy esa memoria lejana, pero tan conocida por mí, se conecta con esos sucesos, tal como los vagones entre sí, juntos sobre los rieles, rumbo al horizonte donde el sol se mete.

Se aleja el tren, y hay algo que por dentro me grita: "¡¡¡Viva la Revolución!!!"
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Escribe

Escribe ......
Escribe con rabia con pena y dolor del desconsuelo...
Escribele a la vida que va hacia arriba
Entre estrellas desordenadas del sufrimiento del mundo...
Deja caer el despertar de la nota posedora de dolor....
Preguntale al destino quien lo escribe y la respuesta saldra de ti...
Escribe con la melancolía de los sueños y la distracción del destino....
Escribele a lo que dejaste atraz q lo que fue y ya no da pa mas...
Escribe porque sin sentimientos nadie vive...
Escribe para que este dolor pase mas rápido y la presencia del fuego sea mas placentera...
Escribes cuando cantas...
Escribes al expresarte ..
Escribes con el corazón...
Escribe si ya no puedes mas....
Escribe que para escribir no se necesita ser un genio ni tampoco tener buen aspecto....
Escribe porque escribir te dará la libertad que esperabas....
Escribe para que cuando seas grande estés orgulloso de ti....
Escribe para cambiar el susurro de las palabras....
Escribe porque eso te dará la oportunidad que esperabas...
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Miel en Verano

Asfalto, miel derretida en Madrid, el verano y sus aceras sin sombras, sin abanicos, solo calor y semáforos que miran y sonríen.
Arde, brilla, lucete Sol...
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Nuestras historias

Veranos que suenan a un blues cantado por Janis Joplin,

trae cerveza fría, que yo te acompaño en las historias.

recontemos juntos nuestras victorias,

y no dejemos nunca que esto tenga fin.
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Silencio Somnoliento

Canción solitaria
Que mece mis noches
Brisa
Se reclusa
En la melodía

Ausente de un instrumento
Las estrellas
Se despiertan
De su letargo

La luna yace
Colgada en mi ventana
Como lucero
Iluminando
Un cuarto obscuro
Y somnoliento
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En la oscuridad

Un halo siniestro de oscuridad,
me rodea, cubre el fondo
del camino. Ennegrece el valle que
lucha por dejar brotar algunas semillas.

Sombras brotan por un lado,
llegan por otro, de todas direcciones;
aparecen en medio del camino
y empuñan ballestas de funestas memorias,
logran herirme, me hacen daño.

Herido, trato de asirme a alguna rama,
alguna raíz habrá para ponerme de pie.
Pero parece que todo vestigio de vida
se ha marchitado tras la llegada de esa negrura
que invade todo el entorno.

Burlona, se cierne sobre mí la muerte.
Busca el diálogo conmigo.
No le respondo.
Me ahuma la cara con el vaho pestilente
de una oscuridad más profunda
que la que acontece.

El ángel caído, aprovechando la situación
busca un pacto. Dice tener la panacea
para expulsar esa oscuridad y volver al camino.
Lo ignoro apesumbrado, porque de quién espero
una mano no se manifiesta, y el ofrecimiento es como lo solicité.

Caigo, me levanto.
de rodillas, a gatas, pero de a poco
trato de avanzar, de no quedarme allí
donde empantanado parece no escucharme la gracia.

Sin embargo, todo este tiempo,
en el la oscuridad me asiste,
he logrado ver un poco ciertos detalles,
que no me dejan hundirme más.
Tal vez sea la mano providente del Hacedor que está junto a mí, a pesar de que no lo puedo ver.
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Sin rumbo

Caminaba sin un rumbo en la memoria, ni cálculos de bolsillo. Solo se guiaba por la luz que se desvanecía mojada por la sombra, obligada por las estrellas. Así pasaba la jornada, yendo de un lado a otro. Quería olvidarse de todo, como todos lo olvidaron.
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Alegria amb els menuts de Gràcia

Volia explicar la meva experiència amb els 12 menuts i menudes de Gràcia dels dilluns.

Era un dilluns qualsevol, o això pensàvem les altres voluntàries i jo. Era l,hora de berenar i ningú ens va avisar d,un esdeveniment important "l,aniversari d,una de les menudes". Era important perquè ja cumplia 8 anys. Aleshores, i per manca de temps i recursos les meves companyes i jo vam tindre que improvitzar una tarta. Unes magdalenes en un plat maco de cartró i una espelma reutilitzada del magatzem va ser la sol.lució més immediata. La idea era celebrar el seu aniversari amb els altres menuts i que fos un esdeveniment alegre. Però res a veure amb la realitat. La nena quan va veure el pastís es va ficar trista. No enteniem res, les meves companyes i jo. Aleshores, li vem preguntar que era el que li succeïa i per què estava tant trista? Ella ens va explicar que el seu anterior aniversari li va passar una cosa dolenta i que no ens ho volia explicar. Però des de llavors que no volia tornar a celebrar més els seus aniversaris. Amb això vull deixar clar que no es poden donar les coses per fetes i que són els més menuts els que ens ensenyen. I que cap nen o nena hauria de patir situacions que no fossin les normals per la seva edat. Les abraçades i els petons d,aquesta nena sempre han esdevingut una bona teràpia i ens ensenyen que amb amor i paciència es poden curar moltes ferides. I encara que no es puguin canviar les situacions sí que es poden fer més lleugeres.
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Príncipe Desolado I

Anécdota del príncipe solitario

"No todos los príncipes son azules y salvan a las chicas, hay príncipes que han perdido la fe y la esperanza y ellos necesitan ser salvados"
-Alexndre

Todo empezó en un día no tan común ni cotidiano, pero para Laxder eres tan solo un día, no le interesaba si el sol aparecía o no, si el día era frío o cálido, ni siquiera le importaba el hecho de que alguien podía aparecer en su vida.
Laxder era un joven cuya vida se basaba en la soledad en el egocentrismo, el era una de las pocas personas que podía mirar el mundo de una manera única, atrevida, y sin embargo sus emociones eran débiles, la única emoción o más bien sentimiento que más hacia denotar en el, era el odio, odio que ha sentido a lo largo de su vida, un odio que iba en contra de una solo existencia, la de los humanos.
Con apenas 18 años Laxder era poseedor de una gran sabiduría, un pensamiento que no era normal para un joven, y sobre todo un gran conocimiento, y como no poseer todos estos aspectos si la historia dice que Laxder es nada más y nada menos que el hijo del mismiso Sorath, príncipe del infierno, y una de las diosas del mundo antiguo, Basteth.
Los dioses, ángeles y demonios al enteresarse acerca de lo sucedido intentaron que el nacimiento de este nuevo ser no se diera pero llegaron muy tarde, el niño se fue enviado a la tierra, para mantenerlo a salvo, y desde entonces es buscado para ser asesinado y que no ocupe ningún lugar tanto en el infierno como en el dominio de los dioses.
Pero Laxder nunca estuvo solo a pesar de que el actual rey del infierno se opuso a su nacimiento, Amon siempre lo observaba de cerca y cuando era necesario intervenir lo hacía, pues vio en aquel niño un gran potencial demoníaco debido al odio que desde pequeño sintió odio que se transformaba en ira y esta a su vez le concedía el poder de destruir, pero siempre perdía el control y era en esos momentos donde Amon intervenían para poder controlarlo, además existía otro ser que lo criaba y este era Ra, el le brindó la educación y la sabiduría que hoy en día posee además de ciertas enseñanzas que lo asemejan a un dios, Ra sentía en aquel niño el espíritu de su antiguo Egipto y fue por eso que lo educó, Amon y Ra tuvieron uno que otro conflicto sin embargo le dieron mayor importancia a Laxder.
A pesar de ser criado por un dios y uno de los siete principales demonios, Laxder se vio obligado a asistir a una escuela, un colegio y en estos momentos a la universidad como lo haría un humano, durante su niñez aprendió a escribir poesía a lado de las 7 musas del infierno, entendió el valor de la caza y la protección de los animales de la mano de Artemis.
Por otro lado aquel día de lo más simple para Laxder, apareció una joven que estaba muy emocionada por ese día, ella era una contraparte a Laxder, Ysla una chica alegre, espontánea, extrovertida, carismática, muy linda no solo estéticamente si no también como persona, pero todas estas cualidades tenían una razón de ser, Ysla era la mismísima hija del dios Apolo y la diosa romana Minerva, ella era considerada una semi diosa, pero tanto como Ysla como su madre no estaban enteradas sobre Laxder, sólo Apolo era el único con esa información.
Aquel día, en aquella integración de la universidad, aquel lugar, fue donde Laxder e Ysla se verían por primera vez, Laxder actuó como su naturaleza lo dictamina ya que sus instintos salvajes son los de un felino, se comportó de una manera un tanto fría a la par que caballeroso y odioso al mismo tiempo, pues Ysla despertó en Laxder una curiosidad impresionante, un interés maravilloso, Ysla logró despertar en aquel frío y desolado semi dios demoníaco varias sensaciones, sensaciones que Laxder nunca antes había sentido, ni siquiera cuando estuvo enamorado de quien sería una cazadora cuya presa era el.
Gracias a su sabiduría y talento para hacer amigos Ysla logró entablar amistad con el amigo de Laxder, Denra, un joven intrépido, astuto, muy gracioso pero sobre todo una gran persona que Laxder llamó amigo.
Ysla le pidió un gran favor a Denra, favor que Denra no sabía si hacerlo o no, pero gracias a su astucia y el interés que Laxder sentía por Ysla, Denra logró realizar aquel favor a Ysla, fue así que al día siguiente Denra realizó unas cuantas preguntas a Laxder acerca de la integración, y cuando Laxder menos se lo esperaba Denra mencionó a Ysla, Denra al observar la expresión en el rostro de Laxder no dudó en preguntar si le gustaba Ysla a lo que el respondió, "me llamó mucho la atención y no se por que siento un gran interés hacia ella", Denra tomó el celular de su amigo y empezó a escribir un número telefónico, Laxder se había dado cuenta que ese número pertenecía a Ysla, Danre preguntó que nombre le gustaría ponerle, Laxder tomó su celular de las manos de su amigo y fue el mismo quien escribió el nombre.
Laxder se sentía inquieto y su único deseo en ese momento era poder hablar con Ysla, pero como no quería que Danre se de cuenta tuvo que esperar hasta la tarde para hacer esto....

Será acaso que Laxder se esta empezando a enamorar de Ysla o tan solo es curiosidad lo que el siente??

By: Alexndre
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Las tres ( #microcuento)

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Ahí estaba yo, esa ilusa con flores en mano mirando el camino, mirando la tarde,
mirando hasta trizar el vidrio en la espera del no sé; y también era aquella
que en la ausencia se hace a un lado y se deja caer, junto a los vidrios
y sus pedazos hechos sueños de una tarde por anochecer
y cuando asoma con su magia la luna me encuentra soñando
y ya no sé, otra vez, si con verte llegar, o tal vez fue con un beso el viento
despejando los miedos, y me entrego a la noche, y creo, que ya lo olvidé…


soundcloud.com/lola-bracco/las-tres (Lola) #microcuento

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Los Hijos de Dios

Bajo todas las mañanas por esas calles vacías, amanecidas de hastío.
Esas calles que esbozan todas esas casas, con sus fachadas sucias y sus cobertizos antiguos. Esas calles somnolientas de esa ciudad que a veces desconozco. Bajo por la misma esquina del centro de Caracas. Como todos los días. Apresuro el paso y me detengo ante el tiempo; el cual insiste en recordarme mi impuntualidad. Con un ademan saludo a la negra de los aguacates, a la Sra. de los CDS y al portugués de la esquina. A pocos pasos de la iglesia Catedral se encuentra el comando de la policía Metropolitana. Un joven observa las ardillas bajar de los arboles en busca del sustento diario en las manos de la vieja Victoria, la cual día tras día desborona sus galletas de soda e introduce pequeños residuos en el hambre de aquellos animalitos. Camino lentamente para no desechar ninguna esperanza de cruzar las miradas con aquel joven. Que a pesar de su tristeza se deleita en el sombrío arte de prostituirse en las ansias del deseo de cualquiera. El perfecto Adonis del arte de la prostitución. Con sus lagrimas atrapadas y con su fantasmal intención.
Continúo caminando por toda la plaza colocando toda mi atención en la colosal escultura de Bolívar. Las palomas lo cagan sin cesar. El loco Bartolomé con su diario vespertino camina apresuradamente. Allí, en los pies de la escultura, acomoda su sitial de honor. Deja caer sus pantalones agujereados hasta la rodilla. Agachado, entre sonrisas de satisfacción deja escapar dos cuadras de apresurados pasos al caminar.

- Me cague a Bolívar. Decía mientras enseñaba sus amarillentos dientes.

Todas esas calles. Hambrientas del deseo de devorar la inocencia de esos chiquillos que recolectan el dinero del infortunio en una larga cola, esperando segundo a segundo el cambio de luces del semáforo, acompañados de la suerte de obtener algunas monedas o no obtener nada, mientras tanto sus estómagos relinchan de hambre ante el implacable sol que va transformando sus pieles en otro color, un color egoísta donde el sudor y la suciedad se quedan impregnados. Las niñas más pequeñas esperan en las aceras de enfrente sedientas, cansadas y por supuesto hambrientas. Están tan sucias, tan llenas de olvido, tan faltas de amor, tan falta de tantas cosas. Con esos ojos desorbitados de esperanza, caminando entre grietas, sombras. Tratando de sobrevivir en una selva de cemento de una sociedad desnuda que circuncida la esperanza arraigada en esas pieles desteñidas de tanto andar con esa cruz cuesta bajo.
El hambre resuena en sus estómagos; así como ese estrepitoso ruido que viene de esa montaña embravecida que cubre toda la ciudad. En ese valle de lluvias incesantes cuando hace muchos años la montaña comenzó a llorar acompañada de un ruido ensordecedor que se llevo todo a su paso.

Renace la poesía de las calles donde día tras día me encamino con mis audífonos estridentes de esa música ensordecedora donde se entonan las melodías de pintar las calles del color de la intranquilidad, de las sirenas de los autos entorpeciendo la tranquilidad del ocaso que acusa a la noche de ser tan imperfecta. Los hijos de Dios continúan su labor diaria de rastrear sus estómagos en bolsas de basura. Encontrando lo podrido entre lo mas podrido. Donde el rostro de cualquier hombre sale de cualquier esquina. Solamente se concreta en hurgar entre el pipote de la basura. Consigue una botella vacía y la lleva a su boca, tratando de absorber quizás alguna gota de alcohol renegada y no lo consigue. Continúa escarbando entre papeles, servilletas, pedazos de arepa, espaguetis escurridos que se mezclan con la borra del café. Trata de recolectar todo el recuerdo posible dentro de una bolsa plástica que lleva amarrada a su cintura. Voltea su mirada y se percata de la presencia de todos. Sonríe ante su propia miseria e introduce un pedazo de arepa dentro de su boca. Al rato, trata de apartar con sus dedos las hormigas que quedaron esparcidas por todos sus labios.
Es inmensa la cantidad de seres que deambulan de esquina a esquina desnudando sus pieles ante el suelo frio de la indiferencia, arropados de cartones y paginas amarillentas de periódicos viejos. Son esos días tan fríos que cubren la ciudad mientras las pieles de los hijos de Dios se arrugan y se estremecen ante la sombría calle.

Allí esta maría T, le encanta los días fríos, danza de un lado a otro levantando sus brazos muy alto como queriendo tocar ese cielo que parece distante. Ese cielo de esperanza. Con lo poco que tiene en sus manos alimenta a miles de palomas que la envuelven en un baile dantesco, revoloteando entre harapos viejos, Majestuoso, celestial.

Caminar, una y otra vez. Por toda esa plaza que cubre las esperanzas de los hijos de Dios. Me deleito en las miradas de esas jovencillas indagadoras de placeres quienes disimulan mi erección. Oriundas del sistemático ejercicio de abrirse entre piernas y sonreírle al mejor oferente; ese que en su disimulado acto ofrece deseos a cambios de posiciones grotescas. Dejo escapar la iniciativa de un fisgón inoportuno y me incluyo en el arte de dar la bienvenida a las descubridoras del placer carnal. Descanso mi mirada en los pezones de cualquier puta vieja que se introduzca en mis pensamientos; abarrotados de tanta inmundicia y perversión. Juego con sus deseos. Intento saborear sus penas por un largo rato. Detengo la respiración mientras escucho golpes en las puertas de mi conciencia.

Amo esta calle que baja desde el cerro el Ávila; desde esa cuenca donde retumba la impotencia de la montaña, amenazando cada vez más con llevarse todo a su paso. Bajo hasta la esquina caliente donde esta la negra Tomasa, vociferando toda esa violencia verbal contra su marido. Acostumbrada a enfrentarse con sus mujeres. Siempre terminan peleando en medio de la calle. Se rasgan los vestidos y aquellos senos voluptuosos sobresalen a la vista de todos los transeúntes. La catira alta saca su hojilla que esconde entre las piernas, y se balancea tan rápido que la negra grita mientras la sangre le cubre el pezón.

La negra Tomasa muy querida por los niños de la zona. Se vuelca todas las mañanas y se apresura a recoger todos los restos de hortalizas y legumbres que quedan esparcidos por toda esa calle que baja desde el mercado de coche. Los niños la quieren mucho porque con toda esa recoleta elabora ese asopado gigantesco donde todos esos niños hambrientos de esperanza llenan sus barrigas



El día ha terminado. Es todo Lo que queda. Un largo caminar por tan recorrida ciudad. La ciudad de los Hijos de Dios.

Permanezco sentado sobre mi cama. Los pensamientos se centran en la nostalgia que me produce el sonido de la lluvia. Me quedo inmóvil y logro escuchar las gotas caer sobre los techos rojos de una ciudad que nunca duerme. Creo que soy incapaz de describir lo que siento, sin embargo es difícil no poder controlar todas esas ideas que sobrepasan mis cimientos. Me ahogo en un mar de incertidumbre. No logro colocar las palabras ordenadamente en mi cabeza. Esa lluvia incesante que no para. Allí están todos. La negra de los aguacates, el Sr. De los CDs, el portugués de la esquina, maría T. y todos ellos; Los hijos de Dios, curiosos ante la expectativa de saber que va a pasar con sus historias. Desean seguir con vida a través de mis palabras. Indago en descifrar que destino pudiese colocar en sus vidas; quizás destruir o matar. Quizás sembrar en ellos algún sentimiento de amor. Quizás moldear sus actitudes hacia una recuperación de bienestar colectivo. Continuare escribiendo sus historias. Quizás narrando los hechos en un aspecto claramente salvaje. No quiero contar una historia de alguien en particular. Solo quiero reflejar la esencia de los que viven a través de esas calles. Las calles de la esperanza. Las calles de los hijos de Dios. Por un momento me pierdo y dejo que mis pensamientos se centren en vivir la experiencia de esas crónicas repulsivas de este eterno día.
Agotado de navegar y divagar en mi asistida ciudad logre conciliar el sueño y decidí abandonarme en el sonido de esa lluvia incesante que aturde todos los sentidos. Esa lluvia. Ese ruido. Fue lo último que recordé.

La montaña bajo embravecida por todo la vereda de la infelicidad arrastrando todo a su paso. La lluvia descendió y arrastro mi cuerpo cuesta abajo. Donde renace el rumor de la montaña, de ese ruido ensordecedor que jamás olvidaremos.
Volví la mirada atrás y pude observar mi cuerpo frio, inerte, ahogado en la esperanza. Observando el firmamento de las pinceladas del creador. Tan majestuoso. Tan inmensurable cielo azul.

Allí estaba María T. observando mi cuerpo al igual que todos los hijos de Dios.

Solamente sonreí y cerré mis ojos.
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Cuando me hablabas con canciones

La música era lo que te hacía que fueras ese día.

Recuerdo cada día cuando te encontraba en el sillón de la terraza con tu música, en tu infinito.

Parece mentira que un día cuando todo acabó yo me vi envuelto en la adicción de ver cada uno de tus fotos y vídeos que subías con una canción.

Estaba en el coche con mis amigos y distraído entre las actualizaciones me apareció una foto tuya y el trozo de una canción que duraba 1 minuto.

Sin decir nada, busqué la canción y la conecté a los altavoces del coche.

La atmósfera cambió.

Una canción que hablaba de que tenemos derecho a caer, a sentirnos tristes...

Nos invadió la nostalgia.

Me imaginé tu cara concentrada sintiendo las palabras...

me pregunté si estarías en bucle con esa canción. Si la estaríamos escuchando juntos.

si la escuchaste y pensaste en mí.

Si estarías con ese nudo en el estómago que me había dejado a mí.

Siempre me hiciste sentir, sin palabras, sin tu saberlo.

Me hablabas con canciones.

Y sin saberlo, lo sigues haciendo.

A lo mejor ya sabías que había visto tu foto, te habría salido mi perfil en la lista de gente que vio tu publicación.

Quizás estarías preguntándote si lo escuché, o pasé de largo.

Si me hiciste sentir.

Quizás ya no hablas conmigo,

quizás todo lo haces ahora por otro.

La melodía terminó.

El coche se quedó en silencio.

No te lo creerás, pero siempre sabías transmitir.

¿Qué ha sido eso?.- me preguntó el que conducía.

Todo eras tú.

me quedé callado.

disfruté del silencio y de pensarte.
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