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Canto Primero, y versos del II "La venganza de Sigfrido".

LA VENGANZA DE SIGFRIDO


CANTO PRIMERO



En mi pecho un momento reposando,
Yace apresado tu cálido recuerdo.
En un punto sin fondo, idolatrada,
Ni oculto ni amparo otros delirios,
Si es tu imagen el último destello.
Duerme en su respuesta activa llama;
nunca extingue su fuego si ando lejos.
Con súplica sincera solo pido,
Nunca prestes ni atención implores,
A la voz rebelde de los sueños.
¡Convéncete, mi amada, no te olvido!
Mi alma, corazón y pensamientos,
obedecen a esa sola voluntad,
y al espíritu salvaje de los vientos,
cuando silba con sonora libertad.
Ya vuele con pájaros, escale el monte,
ni me asombra ni conmueve el miedo,
El rayo, el hielo, la espesa nube,
son tesoros tan preciados como el cielo.
Brame en claro día el mar convulso,
con tierno júbilo mi pecho agitará,
en oscuro torbellino hasta las cimas,
mientras queda alejada la ciudad.
Mi alma, corazón y pensamientos,
a esa sola autonomía se obligan,
al espíritu del monte, aquellos vientos,
si rodeo fascinado las colinas.
No hay normas, poder o ley alguna,
tan solo esa energía me inflama;
ni fuerza el amor ni odia al mundo,
el ser que libre en libertad camina.
Así me apresuro a la alta cumbre,
sin del monte escalar la roca helada;
para la sed que venga, el agua fría.
Para el hambre moderada, frutas varias.
Esta es mi voz que alegre entono,
ligera ala hasta la cumbre erguida.
De aquí saldré, de la montaña airosa,
sorteando valles, ciudades y bahías.

Lejos de este acento, en quieto halago
la placidez me embarga; una laguna mágica,
hace huir a aquel que no gusta del silencio.
Yo, en cambio, me deslizo por los setos,
por cada declive, eterno y subyugado.
Allá, surcando el limpio cielo,
un águila planea, azuzada por el viento.
No hay duda que la presa solitaria busca;
asomando en cobertizo de matojos,
antes de emprender su primer vuelo
y explorar las cañadas cual vigía,
el aguilucho aletea con vertiginoso anhelo.

Qué plácido la floresta en movimiento,
raíces sosteniendo el viento gélido.
Pocos frutos satisfacen mi abstinencia,
en tanto asciendo sumido en las mareas.
Si lento decae mi vigoroso estado,
no hay otro deleite que a renovar me obligue,
naciendo entre las rocas la bebida.
No existe vértigo ni fama, sólo gloria,
al ver desde el espacio el suelo inmenso,
al que no sirven esclavos o potentados.
De allí, solo de allí, de allí arribo
Alrededor de una masa portentosa,
frugal comida de las bestias inquietas.
De allí solo, de allí saldré, donde fuentes
suspiran, amenas y codiciosas,
a impulso de alientos tropicales.
Así traspaso el aire y sus ondas;
otras suaves desde la cumbre llegan
a rozar mi rostro como danza.
El cerebro tranquilo otea el vacío,
escucha plácido el himno de lo vientos.
A mitad de mi viaje aprecio un valle;
pletórica la villa en sus jardines,
fluye con aromas chispeantes árabes,
mágico templo de leones sólidos
que no devora el tiempo amenazante.
Allí, el fresco aliento, el ardoroso estío
despeja; pájaros y abejas vuelan
junto a seres incorpóreos alucinantes.
El espacio es mío, es territorio de luz.
Grumosas y blancas nubes me golpean,
pero en aquel auge sensitivo
que a mi pecho inflama, deleitándome,
mi alma se conmueve por seducciones mágicas,
de ese espíritu protector que a todo nutre.

Enfurecido el mar, muy lejos, muy lejos,
se apodera del salvaje empuje de los vientos;
un temible y orgulloso ánimo, la tempestad
bordea: es el mar que habla, desde su foso
impetuoso, al caído pensamiento y dice:
“He ahí la fortuna, la libertad y la ley”.
Vigoroso me tengo, no discuto por tanto;
Todo se apacigua, todo huye de la contraria
Razón, de la insulsa historia de los hechos.
Nada de otros elementos vincula mi alma
salvo las quebradizas y glaciales flores
que cuelgan de aquella eternidad fantástica.
Pues vengo de allí, de esa profusión floreciente
que alegra, gozosamente, toda materia viva,
apaciguando borrascas, escarpados filos
por cuyos riscos con manantiales nítidos,
da alojamiento a sus activas aguas.

Eternas voces rugen, pero son instantes
de inconmovible paz por sus vergeles.
Este es mi reino profuso, donde se exalta,
ondula y retoza mi ardiente espíritu.
Pero sé de vosotros, pobres hombres
que adoráis lascivia de la mujer sumisa,
quienes no percibís sensualidad en el lirio
ni el goce invernal de holgadas hierbas;
no oís gritos de silvestres criaturas
el dormir sereno y sedentario.
Ese es el auténtico placer
que sublima las cotas del deseo.
Embriagaros de bocas femeninas,
de sus labios orientales suculentos.
Nada sustituye a esa delicia salvo
el jugo de sus labios que envenena.

No me oculto si floto entre los montes;
ninguna fosa que en belleza exista,
al espacio silvestre se le iguala
que adornan riachuelos, fauna y plantas
Pocos ánimos se atreven a posar la vista
desde las alturas a las cañadas,
porque temen el vértigo en sus almas.

Pensad un momento; las nubes agrupadas,
desfilan desde sus sótanos naturales,
atizando sin cesar el seco páramo.
Servirá de alimento al zorro próvido,
el topo que asustado toma aire
socavada al fin la madriguera.
Ese es el propósito de su festín,
tan solo alimentarse.
¿Podrías, tú, hombre social, en tu ferocidad
contra otros de tu raza, firmar ese proyecto?
El cielo se rasga si enmudeces.
A mi radiante libertad nadie ordena;
la sangre obedece mis criterios y códigos.
Soy soberbio, sí, porque esa es mi lucha,
pero el relente me hace débil, mis manjares
los frutos silvestres o del labriego grácil,
mi mejor música la lira de los vientos.
La mesa dispuesta sin mantel bordado,
cualquier roca alisada por diáfanas aguas.
Un bosque, un valle, una montaña alta,
si tantearan alguna cuestión, serían mis reinos.
¿Cuántos halláis así el placer completo?

¡Desoíd al político indolente,
pidiendo austeridad al pueblo maltratado!
Falsos ritos impartirán su catecismo,
despojándose la piel en sitio aparte.

Míseros que tenéis el corazón furioso,
no saboreéis el vino agrio que os dan
cuando a banquetes innobles os invitan.
Hablad al mundo con orgullo,
los cantos lúgubres la necesidad no ablandan.
¡Nunca temáis a normas pálidas
que ruegan sacrificios! ¡Pocos, nunca harán,
que el resto del pueblo se arrodille!

Este es mi pensamiento mientras una ráfaga
de aire tambalea mi ultraligero.
Pero al mismo tiempo el vuelo melódico
templa mi alma y el temor ignoro.
¿Puedes tu sacudir la misma alegría
en tu inmóvil velocidad, si se apoderara
de ti el belicoso espíritu del relámpago?
Yo, en tanto vuelo en vertical poderío,
veo saltar libres rebaños por pináculos,
suspensos en la gravedad de fuente etérea,
donde una extensa sombra de descanso,
acoge al hombre urbano que fondea.

A la abrigada recién nacida hierba,
abrillanta dulce ensoñación de un rastro
acuoso gélido, que oculta y aparece puro,
sin privar de sed a sus nacientes tallos.
Ahora digo, tú que el torso inclinas ante ídolos
sin juventud efusiva, retraído en tu fluir
interior, de nuevo en la bullente sangre,
navega conmigo hasta la costa luminosa.
No hay negrura que enturbie la visión,
su palacio se adivina esplendoroso
y en la cresta de olas poderosas, esclaviza
a quienes de pereza se inflamaron.
Son pocos, pero estimo el desaliento
no cebará sus literas entumecidas.
Es esta la libertad de mi universo;
mi alma y espíritu son libres.
Y todas las cosas amadas y todas las cosas
en el tugurio silvestre del árido
pero amoroso campo, donde trinan
las primeras nacientes alegrías,
descienden conmigo hasta la explanada
arenosa desde un frondoso acantilado.
Ahora buscaré otras dulzuras inigualables,
al recordar los labios de mi amada.






CANTO SEGUNDO





Ya florece la montaña; el aliento cósmico
se dispersa por las provincias del mundo.
La tarde amortigua, se deleita la noche
con nuevos ciclos por la ciudad y los bosques.
Excepto un musical pájaro, ningún clamor
se escucha al pasar el viento por las ramas.
Y en el estímulo de gigantescos seres,
mi alma escapa ligera, en busca
de otra alma secreta y más querida.
Pues, venero un amor, un amor intangible,
sincero, cordial, sereno y fiel,
valiente, firme y delicado.
Un amor que deslumbra cuando brilla,
un amor que disfrutar bajo los astros
cuando declinan su atracción sobre la tierra.
El principal testimonio de Silvana, yo soy.
Demasiado dulce para mujer,
demasiado humana para ángel,
gentil como rayo diáfano sobre el arroyo.
Grácil, afable y hermosa, profunda, altiva,
fuerte latiendo con juvenil orgullo,
que alimenta el alma natural de un hombre
con razones idílicas, por mí amada siempre.
Sí, ella es la mujer soñada, por mí querida,
que es mi amada libertad.
Reduce mis sombras, da impulso frenético
a mi orgulloso corazón, calidez a mi mirada
taciturna que ya estalla sin virtud.
Es la mujer que templa mi egoísmo;
la íntima abstracción de mis sentidos,
la mujer que no dejaré de amar.

Estudié ciencias, derecho, astronomía,
matemáticas, ingeniería de montes;
solo esta ciencia acabé porque prefería,
desde niño, pisar bosques y maleza.
Leí clásicos y modernos, actuales pocos
pero algunos con historias memorables,
¿Me sirvieron? ¿En qué me aventajaron?
Diría que en todo lo absoluto del destino,
en lealtad al hombre, que alguna tengo,
en destruir las cadenas que lo atan, un poco más.
Pero ahora son mudos los elogios
del pensamiento, que no lucen en su fragor,
con los ojos ávidos que habitan
en las velas desplegadas de lo inmenso,
aquí está la esperanza que a luchar se aferra.
Mas, qué es la gloria humedecida
que en torno al placer efímero compongo.
Responde tú, hombre sin arraigo,
derrotado por tus mismas compasiones,
tú, infernal iluminado religioso
que arengas, insensible, mordaces privaciones.
Tú que desprecias la normativa íntegra
que la divinidad otorga a la naturaleza entera.
Tú que pliegas los dones de los hombres
con disciplina hueca, mient

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