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Las cuchillas no cortan la noche

Las cuchillas no cortan la noche,
ni su filo agujereará el cuadro.
No hay en ella lugar donde escapar
ni rincón donde esconderte.

Las estrellas no son agujeros en el cielo,
no se esconde la luz tras este manto negro,
quién pudiera tocar una estrella…
moriría calcinado.

Quienes deambulamos por la oscuridad,
¿sabes?
No vamos a las tiendas abiertas 24 horas
porque se nos haya acabado la sal,
tampoco vamos a encontrar el amor.
Ni tan siquiera un poco de calor sobre el colchón.

Porque de noche sólo somos una esperanza,
para ellos.
Nuestra mente nada más
que otra calle oscura y abandonada
en el corazón de la gran ciudad.

Chinos, hindús, lejos de casa,
esclavizados,
pasan dieciséis horas al día viendo la vida pasar
detrás de una barra,
las otras cuatro o cinco durmiendo
y el resto perdidas.

Algunas de las personas más amables que conozco,
lidiando día sí, día no, con algún borracho de los que no saben beber,
con un par de niñatos dispuestos a sacar alguna navaja.

¿Quién sabe qué pensarían a veces de mí?
De mis ojos rojos y mis pupilas dilatadas,
aquel cliente triste y solitario
que compra caras botellas de alcohol al doble de precio,
chocolatinas, gominolas, papel de fumar,
una botella de aquarius y sopa de sobre.

Aún así sonríen,
como aquella china cerca de la gran vía
que me riñe por dar la, por otro lado cierta, impresión
de no haberme afeitado ni una vez en los últimos seis meses.

Pago con tarjeta,
rezando para que el dinero no se acabe nunca.
Ése que mis padres me envían todos los meses
Aferrándose a la esperanza de que todas mis promesas incumplidas
dejen de serlo alguna vez.

Camino, cojo el metro, me cruzo con todo tipo de gente.
Muchos de ellos te miran esperando que les devuelvas la mirada,
otros amenazan con ella a las chicas más jóvenes.
Siento que quizá los hombres sólo seamos tu creación defectuosa.
Débiles marionetas buscando amor, un poco de compañía,
desde la adolescencia convencidos de que sólo lo conseguiremos
a base de provocaciones, gritos, intimidación y violencia.

Ellos no tienen nada que ver conmigo, pienso.
En realidad,
la oscuridad de la noche,
se vuelve mucho más oscura
cuando cruzo el umbral de mi puerta,
cuando el juicio ya ha sido celebrado
y me he declarado culpable de todos los cargos.

Es entonces,
en la intimidad,
donde la noche
esconde
sus secretos
más terribles.

Y, después, terminada mi crucifixión
vuelvo a salir al exterior sin salir de casa.
Desde la terraza mirando el cielo
para comprobar que apenas quedan estrellas.

Y recuerdo las noches veraniegas en el pueblo
allí podías ver el universo en todo su esplendor.
Pensábamos que sólo estaba ahí por y para nosotros
que podíamos saltar de una estrella a otra
hasta desaparecer.

Cuando las horas cansan
y el cielo es mitad estrellas
mitad amanecer.

Fueron esos cielos rojos,
en un coche sin ventanas,
circulando por la autopista.
Eran los últimos días del verano
cuando comprendí, por primera vez,
el significado de la palabra pérdida.

etiquetas: sangre, recuerdos
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