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Dolores

Tenía 19 años y la vida se le escapaba entre botellas de lejía. Sus manos olían siempre a esa mezcla de desinfectante y soledad, y su espalda se hacía añicos cada día que pasaba. Se llamaba Dolores y a diferencia de la de Nabokov, ella nunca fue Lolita para nadie.

Años después me enteré por Carmen, mi vecina del Quinto, que Dolores tenía una hija en Ecuador. Que ella nunca se había enamorado, y su único primer beso fue a otro niño cuando tenía sólo quince años.

Yo no entendía, a mis trece, como podía ser madre sin estar casada, ni tener un novio.

A Dolores a veces se le caían las lágrimas en el cubo de la fregona y se diluían entre productos que abrillantaban las escaleras de mi bloque de viviendas.

Recuerdo pasar cada día, anhelando un gesto de sus manos en mi pelo, revolviéndolo a la vez que algo lo hacía dentro de mí. A veces, ese gesto se acompañaba de una sonrisa. Esos días cuando llegaba a casa comía incluso la coliflor sin un gesto de fastidio.

Se llamaba Dolores y tenía la sonrisa más bonita que he visto en mi vida. Yo era un niño y estaba enamorado.

Hasta que de pronto un día subí las escaleras y me encontré de lleno con la realidad. 90 kilos, para ser exacto. Una mujer grande y mayor, saludándome con acento peruano.

Corrí hasta casa y me lancé a la cama. Ese día apenas comí. Durante las semanas que vinieron, mi mente pasaba de un lugar a otro, imaginando toda clase de historias alrededor de Dolores. Por fin un día me atreví a preguntar a mi madre:
- Se ha marchado a su casa, con su hijo.

Yo no entendía como había podido hacerlo sin despedirse.

La nueva mujer también me despeinaba, pero ya no era lo mismo. Llegué a odiarla, solo por el hecho de que yo la veía como el causante de la huida de mi Dolores.

Hasta que un día, entre susurros, escuché a Carmen contarle la verdad a mi madre:
- Se bebió toda la botella. La lejía le abrasó el esófago, y hasta el estómago. Dicen que los gritos se escuchaban en toda la manzana. Imagínate, ella sola, en aquel cuchitril de mala muerte, con los recuerdos arañándola cada día. Y con lo guapa que era. Pero estaba rota.

Dolores lloraba cada noche y a mí me sonreía cada día. Ella tenía la sonrisa más triste que yo haya visto.

etiquetas: dolores, relato, microrrelato, niño, enamorado
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1comentarios 67 lecturas relato karma: 56
#1   Que bonito!
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