Verso clásico Verso libre Prosa poética Relato
Perfil Mis poemas Mis comentarios Mis favoritos
Cerrar sesión

El cuarto azul

Era una casa antigua, con un patio extenso y largo. En el centro de dicho patio, se encontraba una alberca con acabado de ladrillo y una pequeña fuente, la cual cumplía doble función: por un lado, era ornamental y ambiental, y por el otro, lugar de reunión de las mujeres del hogar para lavado de la ropa. Vivía en esa casona, una niña de cuatro años de edad.


Una habitación de dicho inmueble, se había arrendado a una familia integrada por padre, madre y tres hijos varones. Ésta señora, sentía un amor casi maternal por la chiquilla, y en aquellos impulsos, decidió hacer para la nena, un vestidito. Dicha prenda, tejida con amor y una cadena sucesiva de diminutos botones de diversos colores y pequeñas estrellas.


Doña Magda, como se llamaba, colocó la prenda de algodón en el cuerpo de la pequeña. La nena, de piel blanca, cabello dorado y ojos cafés. En el cenit del astro rey, se le miraban de un verde intenso. Era muy, pero muy inquieta.


La madre de la pequeña, matrona en el lugar, agradeció con un gesto el presente.


La chiquilla, cantaba en su corazón melodías de amor, y a la vez, recorría de forma cíclica, el patio de dicha casona, jugando con sus rizos dorados y una sonrisa en los labios. En ese vaivén, el encaje azul y rosa adherido de estrellas, quedó prendido en una puntilla tachonada en la pared. La niña se asustó al ver su vestido roto y la cadena de estrellitas en el piso. La madre que la observaba se abalanzo sobre ella, la tomó del cabello y le espetó tres garrotazos. Para dicha matrona, huérfana desde los tres años, le era difícil entender, que la alegría, espontaneidad e inocencia, es propia de los niños.


Doña Magda, al escuchar el llanto de la niña, salió apresurada del cuarto y detuvo la ira de la matrona, implorando piedad. “ Yo lo arreglo” le decía. Quitó del pequeño cuerpo dicha prenda y cambio las estrellitas por diminutos corazones.


La niña, escondida a un costado de la alberca, observó a través de la larga enredadera, asustada y con los ojos aguados. Su corazoncito temblaba. ¡Su más preciado regalo yacía en el piso! ¡Diminutas y brillantes estrellas reflejaban su dolor!


Esta niña poseía un don especial. La imaginación propia de los niños, en su alma y su mirada, se vio cristalizada y mil veces dimensionada.


Un día, que la navidad permeaba en el firmamento, encontró cerca de su casa, una carita de muñeca hecha de caucho. Tenía ojos azules, piel blanca y unos labios carnosos. Aún conservaba varios mechones de un color violeta intenso.


Esa casa, amplia y a medio construir, tenía una cocina de carbón. Después de la comida, todos los viernes, una vez la madre alzaba la loza, el padre, al abrigo de la brasa de la estufa, contaba sus vivencias e historias de miedo y espantos a los pequeños moradores del lugar.


En la parte de atrás de la vivienda, se levantaba unos barrancos de tierra en los que ella jugaba, soñaba, vivía y moría a la vez.


¡La belleza de la sacra inocencia que todo lo puede, le permitía divagar por mundos desconocidos! Percibía, sentía y veía lo que otros no.



A la edad de cinco años, su madre salió de compras a un lugar lejos de la casa. La chiquilla quedó sola.


Sentada sobre la cama, espero como siempre, la bendición que abría sus ojos espirituales a la imaginación, y por ende, a la magia bella e imperceptible.


De repente, por la ventana del cuarto que da a la calle, se filtró un rayo de luz invadiendo de un azul intenso ese lugar. La niña se llenó de felicidad.


Ese hilo de luz, iba dibujando a su paso, un camino que se alzaba perpendicular a su propio nacimiento. La chiquilla se incorporó y subió por el sendero trazado hasta desaparecer de la vivienda. Caminó y caminó siguiendo la señal que conducía a un bosque frondoso y desconocido.


¡Esa extraña fusión de miedo, soledad y alegría pintaba su rostro de una sutil melancolía!


A la distancia escuchó una algarabía. Parecía provenir de mucho más adentro del bosque. No supo si seguir o retroceder.


En un santiamén, se vio rodeada de pequeños colibríes y ardillas del bosque. Estas criaturas, le hablaron en un lenguaje que solo ella podía dilucidar. El manto azul que cubría el firmamento se tornó cristalino y una suave brisa en forma de pañuelo abrigó su cuerpo.


Avanzó unos pasos y un racimo de piedras preciosas de diferentes tonalidades se miraban en el piso. Tomó una y quiso saborearla. En ese momento, un fuerte viento la halo con fuerza retrocediendo a gran velocidad, quedando nuevamente sentada sobre la cama.


Una llave se introdujo por la rendija de la puerta, y su madre la observó con extrañeza. ¿Por qué la risa? Preguntó. La pequeña Yatzhiri no contestó.


Un suspiro en el aire y la esfera luminosa se deshizo entre sus dedos.



Luz Marina Méndez C/20/05/2017/Derechos de autor reservados.

etiquetas: magia
8
4comentarios 78 lecturas prosapoetica karma: 77
#1   Bravo, gran relato, sentí que vivía en esa hermosa casa, me encantó, saludos
votos: 0    karma: 14
#2   Gracias Varimar. Me alegra tu visita. Saludos.
votos: 0    karma: 17
#3   Hermoso!!! Saludos Luz.
votos: 0    karma: 20
#4   Gracias por llegar. Por tus palabras. Saludos.
votos: 0    karma: 17