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Huérfanos

Los hijos ahora huérfanos, añoran el calor que una vez sintieron. Sus corazones fríos son incapaces de la lágrima o del la risa. La hora del crepúsculo trae la oscuridad que tanto desean. Las sombras los acogen y los estrechan en su seno. Ellos, mendigos de afecto, sorben de falsos pechos, falsa leche, que en realidad es ceniza. Su boca queda negra y por un momento son capases de reír, lo hacen tan estruendosa y salvajemente que terminan por dormir. Todos esperan no volver a despertar: ruegan a la muerte por su don.

Tu corazón es uno de esos huérfanos. Y como ellos, huye a lo lóbrego. Mi corazón es arrastrado hacia esas regiones y abandono toda esperanza. Te presiento, pero soy incapaz de alcanzarte. Ah!, hubiera sido feliz contemplándote en la quietud, allí donde el tiempo ha perdido su vara de tiranía y gobierna la luz en su forma perfecta: la inmovilidad de las cosas que renuncian a su decurso.

Soy incapaz de alcanzarte

Mis palabras no llegan a tus oídos y se pierden como se pierden las oraciones que se dirigen a un dios sordo. Mis manos no logran estrecharte, y solo abrazo el aire: inútil como abrazar a los muertos. Nuestros ojos no se cruzarán de nuevo: el resplandor que hay en los míos son tus recuerdos desvaneciéndose.

Blasfemamente inquirí a un dios el porqué de todo eso, pero vengativamente, solo me vi rodeado de silencio.

Con mis manos cubrí mi rostro y al igual que los muertos que susurran eternamente sus pecados, así comencé a susurrar tu nombre, tan quedamente que las silabas parecían lagrimas que se resbalaban de mi boca. El fin había llegado y sólo quedaba acostumbrarse a la nada

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