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La música del azar

Hay quien piensa que Dios escribe la historia con renglones torcidos. Otros hablan del pensamiento único, de empresas e instituciones al servicio del capitalismo que nos imponen un modo de actuar y pensar basado en el consumo y la maximización del beneficio (económico). También hay quien encuentra el sentido en caos. Se trataría, simplemente, de seguir bailando mientras el mundo gira, porque todo ese movimiento implica que seguimos vivos. Vivos a pesar de nuestros actos. A pesar de la certeza de que en cualquier situación, por mala que sea, siempre, da igual la gravedad de los problemas a los que nos estemos enfrentando, siempre, surge la posibilidad de cagarla todavía más.

Algunos tuvimos desde niños la intuición de que estábamos hundidos en el fango. Lo que nuestra frágil naturaleza humana no nos permitió siquiera imaginar es que ese charco en que transcurre nuestra existencia es un ente insondable. Que la bola gira en dirección contraria a los números y, aunque en nuestra mente tenga todo el sentido apostarlo todo a rojo o negro, nunca podemos saber de qué lado va a caer la bola. Y es en aquella ruleta en la que radica el verdadero sentido de la existencia porque, mientras la bola renqueante trata de decidirse en caer en uno u otro número, sea cual sea nuestra estrategia, en el fondo, somos conscientes de que no sirve de nada, porque en ese instante todo depende de las leyes de la física o de la música del azar.

Por último, siempre te encontrarás con alguien que te diga que hay que arrepentirse sólo de las cosas que uno ha hecho, como dijo el poeta confieso que he vivido, como si los demás no lo hubieran hecho. Como si la vida se compusiera de algo más que recuerdos, que no son otra cosa que los restos de un espejo que se ha roto en mil pedazos que somos incapaces de recomponer. Porque nuestra historia siempre estará rota, siempre nos faltarán algunos pedazos e ignoraremos conscientemente muchos otros por el simple hecho de que no podemos aceptar el modo en el que en ellos nos veremos reflejados.

Por tanto, no nos queda otra posibilidad que la de seguir en movimiento. Pintar círculos sobre lo que en realidad es una espiral. Y pensar, en mi caso, que ojalá existiera un ser superior, porque entonces todavía me quedaría la esperanza de que algún día bajara de entre las nubes para mirarme a los ojos y disculparse por haberme dado el regalo envenenado de una existencia que nunca pedí ni quise tener. Porque, por mucho que me empeñe que lo lógico sería que la bola caiga en el lugar predicho, la mayor parte de las veces lo hará en el lugar equivocado.

etiquetas: existencia, azar
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