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Memoria de Arena ("Consurso Bac")

Creo que fue él quien me explicó aquella historia, no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es de que no se expresó con estas palabras, sino que esto es más una mera transcripción formal y anclada en las metáforas del tiempo y del escritor. Este relato es, a lo sumo, una experiencia vívida que me fascinó y me llevó a escribir estas líneas que hoy, fragmentadas, se diluyen como azúcar en café ardiendo, o como el olor de las fragancias volátiles como el gálbano o el ámbar, o profusas como el árbol que Enoc olió cuando fue instruido en su periplo celestial. Creo que fue este chico, de hecho, quien vino a mí para explicármela. Yo no hice nada. Sólo atender mi acostumbrado oído, ya tan orientado a atender historias ajenas y lamentos, que ha aprendido a escuchar desde el otro.
Era invierno, de eso no cabe duda. La noche caía límpida y sin estrellas más que las farolas de Gràcia, desde la que contemplábamos las calles de la Vila que se fundían con la Real Nueva Barcelona, la que piensa en un tipo de innovación más futurista que la que nos ofrece la tecnología: la del Corazón.
Aquel día llegué pronto, como era habitual en mí, y me puse a hojear los periódicos que nos dejaban en el bar junto al edificio donde dábamos clases; diarios que luego recortaría y subrayaría para comentar sucesos de actualidad y debates de aquello que llamamos Mundo. No quería que los alumnos, inmigrantes y refugiados, pensaran acerca de aquello: sólo quería que fomentaran su sentido crítico, que la ‘caja tonta’ no les atontara. Algo sabía, era periodista. Aunque claro, por aquello de haber apenas ejercido y conocer la ética dominante y querer dedicarme a las letras puras, bien me podrían haber llamado cínico, hipócrita o aquel insulto tan fino y tan del Pueblo: «escupes el plato que te da de comer».
Al rato vino. Akono es de Guinea Conakry. No sé por qué azares, aquel día se sentó a mi lado. Recordaba que yo era periodista y me hizo una pregunta:
—¿Cómo sabéis aquí en Occidente si algo ha pasado o es tu imaginación?
Me quedé perplejo. Tiempo atrás me hice la misma pregunta y no supe dar más respuesta que la que pueda venir de la intuición: digamos que algo es recuerdo cuando se ancla en tu memoria, cuando tiene la esencia de un recuerdo y se proyecta como tal.
—Hay quienes dicen que todo lo que conocemos es un recuerdo. De una vida primordial. Supongo que el recuerdo tiene una esencia, como la luz.
—Me pasa algo. Tengo una historia que quizá podría servirte.
Me puse cómodo y me dispuse a escuchar. En la mesa, un periódico con la foto en grande de unos altercados en un campo de refugiados asentaba las bases de ese cúmulo de casualidades:
—No sé si soy yo o es algo que imagino, pero… no sé… salí de Guinea Conakry… yo soy de un pueblo al lado del Monte Nouon. Mi familia y yo estábamos mal. Había días en que pasábamos hambre y decidí salir del país. Tenía algo ahorrado, así que fui a Malí en coche. Pasmos por Níger y llegamos a Niamey. Ahí mucha gente empezó a separarse del grupo. Mi destino tenía que ser España. El camino hasta Líbia fue muy duro. Camiones, autobuses, coches… No había ninguna seguridad de llegar hasta Trípoli. Luego nos avisaron de que esa ciudad no era nada segura: teníamos miedo de las mafias y sabíamos que podían hacerte pasar por… cosas malas… cosas de todo tipo. Seguimos caminando y llegamos a Argelia, cruzando la frontera tunecina.
»Argelia es donde las mafias se reagrupan y piden rescates, piden dinero, mucho dinero. Ellos te dan el pase a Marruecos y allí, los llamados pasadores te hacen pagar un dineral. Ellos tenían dinero y nosotros sólo esperanza. Tuvimos que acercarnos a la costa. Éramos cinco: Karim, Ade, Jabarl, Mamadou y yo. Comíamos lo que nos encontrábamos, lo que podíamos comprar con lo poco que teníamos. Teníamos que ir a Melilla y… bueno, el camino era difícil.
»El Atlas es grande. Sabíamos orientarnos. El Sol nace en el Este, su contrario es el Oeste. Es importante recordar por donde había salido el Sol. Si no, nos perdíamos. En Argel trabajamos un año para poder pagar el trayecto hasta Marruecos. La mayoría de los que no vienen en barca, saltan la valla. Sólo unos privilegiados tienen pasaporte. Lo que me explicaste acerca de los medios de comunicación es verdad. Sí, África es tan pobre que lo parece aún más cuando todos piensan lo que la tele les enseña. No dicen que África es la Tierra más rica, que es casi el doble de grande que Rusia o que todo lo que ocurre pasa como el tiempo: aquí sois esclavos del reloj —aquí le sonreí yo, pues habíamos estado hablando largo y tendido en las clases acerca de eso: no podía estar más de acuerdo.
»Cruzar la valla fue lo más difícil. No tenía nada en el bolsillo. Comíamos lo que podíamos comprar entre todos. Estábamos en Gurugú, una montaña… cerca de la frontera —le bajé la cabeza y le miré las manos. Aún se podía intuir alguna herida, cicatrices rosadas en una piel de café— y ahí… ¿malvivíamos?»
—Tengo la impresión de que eso no era lo que me querías explicar.
—No… verás. El otro día estaba en casa, leyendo algo. Algo acerca de una profecía que decía que, en el fin de los tiempos, el hombre no recordaría de dónde viene. Yo sé de dónde vengo.
—De Guinea Conakry.
—No. Yo vengo del mar, de la playa. Vengo de mi memoria, del día en que vi algo que me… rompió… —se tocaba el corazón—. Estábamos cerca de Melilla. Iba solo. Tenía ganas de sentarme en la orilla del mar y pensar. A mi izquierda, como a medio kilómetro, vi algo extraño que las olas arrastraban. Era rojo y marrón. Me fui acercando lento… Con precaución… El océano lo transportaba como si fuera una metáfora del tiempo, un vaivén lento y lánguido, sosegado, meditativo y con la fuerza de lo Inconsciente, como si fuera el propio océano la fuerza radical de las cosas, como si todos perteneciéramos al mar y tuviera que ser éste nuestro destino.
»La marea acogía a ese objeto como si fuera suyo, como si le perteneciera, con sus manos de espuma y sus ojos líquidos: en ese mar se encontraba la morada de todos los que somos, y el juego de metrónomo que se estaba gestando era producto de una especie de… enseñanza… de lección…
»Al acercarme, pude comprobar que el tamaño de esa figura era considerable y de pronto, algo me sobrecogió, una especie de espasmo, un latir incesante y brusco en el corazón, una disminución de la temperatura corporal que me ayudó a tomarme las cosas con esa frialdad tan acostumbrada de aquí, donde se supone que no existe la infelicidad.
»Mi miedo se corroboró cuando lo vi: era un niño, de unos diez años, probablemente sirio, jordano, palestino, iraquí o afgano… la verdad es que no lo sé. No tenía documentación.
»El otro día en casa, rememorando mi viaje, recordé que esto me había pasado. O no. No lo sé a ciencia cierta; es como si en mi mente se encendiera un escenario: en el centro esa experiencia y dos luces la iluminan: la del recuerdo y la de la imaginación».
Callé unos segundos.
Quizá fueron cinco, quizá diez.
El hecho es que fueron tan eternos como necesarios.
Creo que él me los agradeció.
—¿Tu qué crees que ocurrió? ¿Crees que fue real?
—No lo sé. Mi mente es… como un tablero de ajedrez ahora mismo.
—Pues es hora de mover ficha.
—Creo que sí fue verdad. Lo que no sé es por qué lo había olvidado.
—Porque a veces es necesario. La memoria es como ese mar que me has descrito, aunque no está hecho de gotas de agua, sino de granos de arena. A mucha gente le conmocionó el caso de Aylan Kurdi, un niño sirio de 3 años que encontraron cerca de un hotel lujoso, muerto, que iba y venía de la marea, como si ese tuviera que ser el destino de todos. Media Europa condenó lo sucedido, pero fue una medida para hablar y no decir nada. La memoria es de arena, olvidamos por supervivencia y recordamos lo olvidado para que, tras la tormenta, aflore el oasis de una perspectiva que nos obligue a replantearnos lo vivido.
—¿Cuántos Aylanes habrá en el Mundo?
—Para Occidente, nunca los suficientes. Para sus padres, uno, el único que pudo haber sido. Ahora bien, para la Humanidad, demasiados: uno siempre es demasiado. La memoria colectiva es tan corta como esa memoria de arena, sólo que mientras que la memoria personal sólo alcanza los granos de arena que somos capaces de contar, la colectiva abarca todos los desiertos. La sociedad está condenada, Akono, cuando alguien, por pobre que sea, sabe que muchos no olvidan por sobrevivir, sino porque se les obliga a suplir la realidad por dinero, por un objeto o una sensación.
—¿Cómo crees que acabará todo esto?
—No lo sé.
Sí que lo sabía, sólo que no podía recordarlo en ese momento. Lo conocía, de otra vida quizás, de la primera. La Teoría de la Reminiscencia, la que dice que todo lo conocido proviene de un recuerdo que todos compartimos un día, actuaba aquí de valla fronteriza entre mis anhelos de darle la vuelta a la tortilla y mi incapacidad para re(b)velarme.
En seguida, llegué a casa, y como si de un pez que se muerde y se vomita la cola se tratara, empecé a escribir esto. Empecé diciendo: «Creo que fue él quien me explicó aquella historia», en el centro expliqué la historia y aquello que había olvidado por supervivencia; al final, una vez lo hube compuesto todo, creo que no puse fin, sino «y de esta manera todo empezaría», pero me parecía que todo esto tenía el dejo de aire de una profecía, de granos de arena fragmentados en el que yo le enseñaba a unos chicos de Malí, Guinea Conakry, el Sáhara, Marruecos… a hablar español y a dudar de las versiones oficiales propugnadas por la ciencia y los medios de comunicación.
Sí, así es, así era, así sería.
Y de esta manera todo empezaría…
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1comentarios 34 lecturas concursobac karma: 56
#1   Esta obra haría que: cualquier fanático al latín se llevara las manos al pecho y exclamase trémulo de emoción “Magnus Opus”. Felicitaciones.
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