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Tukdam

Silencio. Sólo el ulular del viento helado que rastrea las cumbres en busca de enemigos. Todo sonido es desacato aquí donde reposan sus cadáveres exquisitos. Guiñapos congelados que aún así retienen su grandeza, como si la sabiduría trascendiera de veras el estado de la materia. Los contemplo sentados como lotos, empaquetados en piel de pergamino, cubiertos por túnicas sanguíneas que el frío extremo convirtió en coraza. No hay muerte evidente. No hay vida tampoco. Siete figuras incorruptas suspendidas en el tiempo que para ellos no existe. Flotando en un nirvana que nos aterroriza, porque no acertamos a comprender la suspensión de la carne que le niega al gusano sus manjares. Cuánta reverencia emanan! Silencio. Porque toda palabra es absurda, toda observación superflua, toda admiración innecesaria. Ellos nada reclaman excepto su soledad infinita. Videntes de lo arcano, meditan por siglos la inmensidad que los limita. Subieron de a poco al final de una existencia hasta congraciarse con este pedestal de hielo. Todos como gárgolas sin pulso. Inmunes a las tempestades que rugen feroces sobre sus disfraces aún en uso. Nada los turba o los inmuta en este equilibrio que mi mirada prehistórica apenas comprende. Yacen registrados en libros de leyenda cuyas páginas polvorientas nadie mancilla, en cantos que son susurros que los ancianos gorgojean al oído limpio de los niños. Yo abandonó el lugar henchido de gozo, con el latido alborotado de quién oteó lo imposible. A medida que desciendo, las gargantas del Pamir explotan en un canturreo hipnótico que nadie reconoce.

etiquetas: tibet, nirvana, monje, tukdam, pamir, cadáver
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