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Tus labios

Era noche cerrada cuando te tenía firmemente abrazada a mi cuerpo. Hacía casi un año te había vuelto a encontrar, y en mi cabeza se libraba la batalla de confesar todo lo que sentía por ti, y arriesgarme a conocer tus sentimientos, o quedarme callado y vivir siempre en la incertidumbre del qué hubiera pasado.
Era la tercera vez que te invitaba a salir y, estando los dos solos, decidimos ir al mismo lugar que frecuentábamos hacía varias salidas atrás. El clima era totalmente agradable, una típica noche fresca del mes de febrero, y entre charlas y risas caímos tendidos en el pasto mirando las estrellas del cielo.
Estaba asustado, no lo voy a negar. Te tenía a ti, la mujer que amaba y deseaba, a escasos centímetros de mi cara, y no me animaba a confesarte los sentimientos que venían arremolinándose en mi pecho desde mucho tiempo atrás. Lentamente me puse de costado y fijé mi mirada en tu rostro. Dios, que hermosa mujer, decía adentro mío, y pensar que hacía años te había dejado ir. Pero esta vez no podía suceder lo mismo. No iba a permitirlo.
Posé mi mirada en tus ojos hasta llamar tu atención, y lento, muy lento me fui acercando. No sabía qué demonios estaba pasando en tu cabeza, solo puedo describir el vértigo que comencé a sentir en mi estómago, y la sensación de felicidad que se iba apoderando de todo mi cuerpo. El momento previo al beso se estaba prolongando, y puedo decirte que lo disfruté tanto como el beso mismo.
Y por fin sucedió. Mis labios rozaron suavemente los tuyos, perdiéndose en el beso más exquisito de toda la eternidad. La calidez y humedad de tu boca lleno de éxtasis mi cuerpo. En ese momento toda la vida tuvo sentido, todos los problemas, no solo míos, sino también del mundo entero estaban resueltos. Lo único que importaba en ese momento era que te tenía en mis brazos, y nos besábamos. Nos besamos como el pincel de un artista besa al lienzo sobre el que dibuja. Nos besamos como las manos de un escritor besan las teclas de su máquina de escribir. Nos besamos como dos niños, que se esperaron toda la vida, y por fin de grandes se encontraron.
Esta vez no te dejaría ir.
Tomé tu rostro entre mis manos, y mirándote a los ojos sonreí. La felicidad de que por fin fueras mía me inundaba, y tiernamente me recosté en ti. Y es ahí, en el mismo centro de tu pecho, donde tengo depositados todos mis sueños. Donde tengo depositado todo mi amor. Donde deposito toda mi vida.

etiquetas: relato, amor, pasión, escritos, poesía
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