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el pasado, saberlo puede costar el futuro

Tú, un ángulo, un punto de vista,
lo desaparecido se proyecta
en la sombra de la fotografía,

es el arte del recuerdo, la luz
que sobrevive al cuerpo,

en esta casa ya no hay alma,
miro tu fotografía, pasos mis dedos
sobre tus cabellos de desfalleciente plata,

me cubre una llovizna seca y silenciosa

no era verdad que habría tiempo,
nunca quise ese final para estos ojos,
tu nombre se ha perdido, lo ha
desmantelado el tiempo a lo indeterminado

todo tiempo es esqueleto, se repite
en lo putrefacto, tu fotografía
está tratando de incendiar mi presente.

¿qué es eso abuelo?

una mariposa dormía sobre el geranio,
la cajita desprendía olor a sándalo,
tenía la tapa tallada, un nudo,

¿qué guardas ahí abuelo?

el pasado, olvídalo, saberlo
puede costar el futuro,


de eso, ha pasado tanto tiempo,
y aún así ninguno sabe nada del otro,

la fotografía nos da un recuerdo no vivido.

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Cuando quiero llorar pienso en ti

Me cautiva el olor del hayedo,
su mar que es tierra mojada,
aquí, las palabras maduran
como los frutos, mientras caminas
los árboles besan tus pies,
se desnudan, son piel infinita
que llueve sin cesar, entre la bruma
habita una oca, le arranco
una pluma. Escribo: abrazarse. Incinerar

lo que quede de nuestros cuerpos,

el otoño viene desde tan lejos,
nacimos para abrazar, hay cuerpos
que no saben hacer otra cosa:

arder

sin fuerza, sin grito,
solo con la soledad

aullar como un niño de pecho,

cuando quiero llorar
pienso en ti.

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El salitre ha secado sus costillas

Sombra de plumas amarillas
que empolló el otoño,

después de una larga travesía,
encaran –los peces
navegando por los espejos
–,
el paseo de hojarasca,

es un atardecer de lotos,
la luna es tirada por unos remeros,
recogen las redes los marineros,

el salitre ha secado sus costillas,

el cuervo se unta
con los betunes de la noche,
vuela sobre los mercaderes,

campanarios, relojes, antenas

relucen las máscaras, el aire
de distinción al que aspiran
los transeúntes,

visten pieles de serpiente,
observa el cuervo, su boca
es agua, llueve sin cesar

los poemas enmohecen,
se abandonan,
el cielo es una puerta
por donde huyen las estrellas,

ardieron vivas, cayeron
pintarrajearon el cielo,
lo demolieron, clausuraron la noche,
me dejaron sin imágenes

ciego

arrojo el anzuelo,
trato de pescar sirenas.

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Cada cierto tiempo

Cada cierto tiempo un cuervo me atraviesa
dejando tras de sí un graznido sordo,
su voz ronca, reverbera en la vasija que es mi cuerpo,
hasta instalarse en un quebrado.

La fragilidad me define.
Es sólo cuestión de tiempo, sibila alguien tras mi oreja.
Pero nunca hay nadie.
Solo manchas que bailan ante mis pupilas.
Una llama azul de azufre se consume en la palma de mi mano.
Es sólo cuestión de tiempo,
me susurra el oído, todo tiene su tiempo.
Hasta la muerte tiene el suyo,
sólo que ella no lo sabe.
No hay nada tan mal valorado como la vida.

Se la maldice muchas veces.
Odiamos los lunes,
el mal tiempo,
al vecino,
sus gustos musicales,
las noches solitarias,
los miércoles por su mediocridad…
tantas cosas,
hasta que llegue el momento,
ese infinitesimal instante,
en que toda esta abundancia deje de existir.
Todo desaparecerá.
Incluida la muerte.
Su posibilidad.

A medida que el cuervo se distancia de mí, lo oigo hundiéndose sordamente en mis lejanas aguas. Escucho la caída, el chapoteo de sus plumas. El líquido infiltrándose a través de las barbas hasta el raquis. Lo etéreo transformándose en plomo. Veo el peso de la vida. El desamparo de un desfile solitario. Su ahogo en un cubículo sin dimensiones, donde luz y sombras son fantasmas quietos. En ese interior fracturado vive y muere el silencio buscado. Si diese un grito me rompería por todas partes. Por eso callo. Prisión, libertad. Son las palabras que vienen a mi mente. El ave sigue allí. El plumaje empapado un saco de piedras que tira hacia abajo. Libertad no es lo que deseo, eso todavía no tiene nombre. No ha sido mencionado. Su voz quizás se esconda en un lugar recóndito. La profundidad de las aguas que se llevan al cuervo quizás escondan el vocablo. Moriré de sed antes de beber de ellas. Son aguas ciegas y serenas donde la vista nunca debería adentrarse.
La mirada de los vivos debería estar vetada.
Allí los colores son pesadamente sombríos,
la fragancia morada, el aire amargo.

Sigo respirando.
El cuerpo del animal ha desaparecido.
El mío continua vibrando por el impacto del cuervo.
Por un momento no temo nada, soy feliz.

Quizás.

Mi mente no piensa en palabras,
no tiene pensamientos, sino música.
Sonidos que creía entumecidos me envuelven.
Me atraviesan sus sonidos,
soy su fuente y receptor,
estremeciendo mi cuerpo.
Anulan. Aniquilan mi ser.
Más allá de la libertad,
me deslizan a otra dimensión.
Al momento perfecto donde todo desaparece.
Donde el grito es posible.
Donde es canto.

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Sucesiones convergentes en el infinito

Corría tan rápido como mis piernas me lo permitían hacia el infinito, hacia el objetivo marcado tantos años atrás, tantos que resulta imposible rastrear el origen del mismo. Está allí, es un objeto indefinido y brumoso en perpetua suspensión y punzamiento con el universo que gravita a su alrededor. Avanzo en su dirección pero nunca lo alcanzo, enredado en la paradoja de que al recorrer la mitad del camino, me queda todavía la mitad del camino restante, y que al avanzar la mitad de la mita restante me seguirá quedando la mitad de la mitad, y que así será siempre: mitades de mitades, medios caminos hasta el infinito.

Infinito,
que palabra tan vasta.

La primera visualización del mismo no tuvo lugar frente al mar o un horizonte recortado por numerosas montañas, sino algo mucho más banal. Imaginé un paisaje de dunas inmenso de pipas. Sí, aquella fue la primera vez que me enfrente a tan gran concepto. Tendría por entonces seis o siete años, y mientras mi padre miraba de explicarme aquel nuevo vocablo, yo pensaba como aplicarlo a la diminuta bolsa de pipas saladas que estaba comiendo a la salida del colegio. ¿Sería posible dar cabida al infinito en una de aquellas pequeñas bolsas de duro Churruca? Una que fuese inagotable, donde cada vez que se sumergiese la mano, o se volcase sobre la palma, uno obtuviese una buena cuantía de pipas de girasol. Que alcanzasen para cubrir todo el camino desde la escuela hasta casa.

De haber tardado un par de años más mi padre en definirme el infinito lo hubiese visualizado en forma de kikos, puesto que con el tiempo sustituí las bolsas de pipas por las de maíz tostado. Me gastaba las veinticinco pesetas que me daban, como paga mensual, en el kiosco de la plaza que cruzaba a la salida del colegio. Allí, todos nos abalanzábamos sobre el mostrador para obtener un par de bolsitas de ricos y crujientes granos de maíz inflado y tostado. Entonces los objetivos estaban claros, eran sencillos, realizables. Luego, en algún momento, todo empezó a complicarse, tanto, que al final los objetivos resultaron irreconocibles, lejanos y ausentes de la vida cotidiana, agotados en el limbo del infinito.

Cuando ya me había acomodado a la idea de que era imposible y ridículo perseguir una cosa cuyos límites no estaban bien definidos, que los objetivos eran una quimera sin sentido, y ante lo cual decidí vivir mi vida como un turista de mi mismo, dejándome sorprender por mis erráticos andares, eludiendo cualquier grupo guiado por un paraguas en alto entre las multitudes, descubrí que el infinito era posible. La suma de la mitad de algo más la mitad de la mitad de algo, y así sucesivamente converge en algo completo. Mierda, los objetivos volvían a ser alcanzables. Una fórmula, unos simples y estúpidos juegos aritméticos, me despertaron de mi letargo, de la ruta ociosa y caprichosa en la cual llevaba tiempo inmerso, y que ahora me repelía de nuevo. La felicidad de vivir sin un mañana, plenamente auto-convencido de haberme perdido en la inmensidad de lo inalcanzable, me fue despojada por una ecuación que debería haber sido capaz de resolver muchos años atrás. Así que volví a lo realista, que no por ello real, de perseguir un objetivo. De vivir en pos de un sueño.
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La casa de los huesos

La noche golpea las ventana. Baila una cortina carmesí en la casa de los huesos. En ella, los rostros de hambruna se asoman al exterior a través de los ventanales. Cada parto que tiene lugar entre sus muros trae al mundo gemelos: el humano y sus miedos.

El niño de suave rostro mira la expresión seria y ceniza de la madre. "¿Por qué no puedes tu también ser agua?" le pregunta desde el suelo. Cuando era más pequeño, continua, y jugábamos a encajar las figuras geométricas, respondiste a mi pregunta de qué figura geométrica era yo, diciéndome que era agua. Que podía adoptar las diferentes formas que quisiera. Que no habían obstáculos. Yo sé que tu también eres agua, pero que lo has olvidado, que te acumulas en la forma que te sujeta. Tienes miedo de traspasarla, de liberarte.

En el portal de la casa, sentado un chucho hecho de huesos. Su expresión derrotada cosida directamente sobre la calavera, sus iris más negros que una noche sin luna.

–Visita al hombre que pinta infancias en esta ciudad de hombres de ceniza, y lee sus poemas en voz alta –me recomienda el destartalado jamelgo–. Al hacerlo las palabras serán suyas pero el canto será tuyo. Heredarás su lengua. Escucharás su historia, la de sus carnes que acorazan su alma. Las palabras que quieren con todas sus fuerzas exorcizar al miedo, un miedo convertido en fusil. Una desesperación en soga. Palabras escritas que nacieron para contar esa historia que esconde, que lleva años sin comer, y sin dejar comer a las otras. Debes cantar sus letras para descifrar la historia que enclava sus otras historias. Canta sus letras. No las dejes morir. No pueden morir. ¿Si no quién cantará la esperanza?

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Marea de amapolas

A veces mi sonrisa sangra.

Sangra,
cuando cree haber extraviado por el camino al niño que capturó el sol en sus juegos.
El que colgaba boca abajo de la rama, mimetizándose con las vainas del algarrobo. El que, como zarcillo, se enfilaba a por los higos llegado el verano, y lamia de su cuerpo la sal robada a la mar. A aquel secuestrador de lunas que soñaba con el Océano de las tormentas, o el Mar de la serenidad, en atardeceres sentado junto a los rederos del puerto. Partiendo piñones con una piedra o desmigajando pan seco para placer de las gaviotas. Para gozar del vuelo de sus risas.

[Risas de una mar como tus ojos garzos]

Risas trasmutadas en lágrimas cuando la ruda mano del pescador golpeó y viró la cabeza de un pulpo. Se quebró aquella tarde el corazón sobre el muelle.
Rehilaban los maderos,
tiritaba el corazón,
parpadeaba el sol muriente.
Es entonces, cuando creo haber desatendido aquel corazón flameado, cuando aflora la sangre como oleaje de amapolas en campos sembrados. Con toda su viveza y brutalidad.

Sangra,
cuando en la noche, haces tuya la luz de la luna. Cuando viendo sus fulgores vistiendo tus pechos, percibo los rumores de esta pequeña Babilonia que cimienta mis deseos. Deseos confusos e inteligibles. Deseos que tomándote por la cintura confío en descifrar. Ese siempre querer partir, y nunca querer llegar que me habita.
Ese temor por la vida,
o la muerte,

[que al fin y al cabo son lo mismo, ]

que quedó enmarañado en un muelle a la deriva.
La cabeza del pulpo volteada.
Se cierra el mar al caer tus párpados.
Respiro azul.
Azul que apacigua,
y exhalo cerúleos deseos junto a tu azulina sonrisa nocturna.
Y sangra.
Sangra la mía cuando tus ojos y tus labios se duermen.

Marea de amapolas en mi boca.


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20comentarios 136 lecturas prosapoetica karma: 155

Cielo piel de sirena (con @AljndroPoetry)

Se descama el día,
ve cruzar la luna
y se abraza
antes de abrirse al sueño

cielo piel de sirena,
viento de plata,

la ventana, el río, la sábana,
el vientre está dormido

un silbido,
un croar,
un resuello;
el del día fatigado

un destello,
una flauta,
un violín;
un concierto en el cielo

gira el día,
una moneda lanzada al aire,
se besan los planetas
en el cielo profundo

[lagunas suspendidas]

el tendero cimbrea,
corro cortinas sobre mis ojos,
lo vivido se estremece

y duerme la luna
en su lecho argénteo

y penden los sueños
de los reversos etéreos
de los mundos inversos
de alternos universos
de fantasía y color

y duermo
y muero
despierto a otras vidas

[… y sueño]

gira el tiempo,
estela fugitiva entre soles,
ahí está la belleza,
está lejos
está cerca
está en mi

[sueño]

me hundo
me rescato
nado hasta la orilla
de mí mismo
y vuelvo

... a los confines sin retorno
de un sueño
.

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Sueño espontáneo de la mano de Poetry y su maravillosa lírica. Una delicia compartir letras para llenar el espacio de sinfonías y sirenas argénteas.

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Drina Krina

El hombre sin rostro se tatúa una expresión, sube al púlpito y predica sus gritos silenciados.
Siembra dentelladas al aire que propagan violencia
edulcorada en palabras que caen como espigas de agosto.

Carmesí fluye el río.
Meandro grana desde el cielo.

Plumas tintadas de bermellón aglutinadas en el suelo.
Picos desgastados en sus orillas, saciados de carcasas.
El Drina, río curvado, serpentea en sus noches.
Teñido. Rostros purpúreos en las orillas.
Corinto el pelaje del perro. Manchado.
Encarnadas las amapolas.

Gemidos que respiran mudos en sueños
compuestos por la cruel materia delicada de las flores.
Con el alba llora pétalos, pétalos blancos como de humo al recordar sus orillas.
El llanto inútil, invisible, bajo sus aguas.
Pétalos blancos de los que se alimenta.
Blanco sobre rojo.
Labios heridos.
Rojo sobre blanco.

Presente y pasado discurren paralelos.
Indisociables.

Dos paralelas que se cruzan.

/

poema escrito años atrás en uno de mis viajes a Bosnia, el primero para ser exactos. Aún estaban ahí las huellas del horror en sus edificios, sus carreteras y en el rostro de la gente. La belleza del paisaje y la amabilidad de sus gentes hacía difícil imaginar que en las orillas de esos ríos, cruzados por puentes tan hermosos, recogieron un día tanto horror. Quería decir que ojalá estas cosas no se repitiesen, pero me da vergüenza sabiendo que lo que pasa en Yemen, Palestina, Siria, Birmania, Somalia o Sudán del Sur, y otros muchos que me dejo. Aún así, mantengo la esperanza de un futuro sin conflictos ni odios.
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Pescados frente al estanque

Los muertos, como los pescados,
son enterrados en periódicos,
página doce cuarta columna,

así nos son ajenos,
aunque los vomiten los mares,

paseamos sensibles entre flores
hasta el banco en el parque,

allí, observamos el vuelo,
la delicadeza de las mariposas,

el periódico al lado,
sobre el banco de madera,

¡qué bellos se ven los patos en el estanque!

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23comentarios 112 lecturas versolibre karma: 127

Un mundo de cristales rotos

Tiene la belleza el tiempo
de un caballo desbocado,
la juventud la rompe
como un vaso

de la vida,
hace un mundo de cristales rotos

Ahora, en la edad
en la que la certeza caduca,
miro el mundo perplejo,

la vida se está
llenando de grietas.

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22comentarios 125 lecturas versolibre karma: 150

Hierba de infancia

Esta el alma tan sembrada
con semillas de nostalgia,
que corro sin esperar la cosecha.
Corro
corro
corro hasta ahogarme,
ahogado de tanto aire caigo,
caigo sobre la hierba de la infancia,
sobre una tierra largamente
oxidada, descuidada
llevada a la muerte.

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11comentarios 91 lecturas versolibre karma: 112

Roto

Crecí entre cicatrices, donde
la piel se hace recuerdos visibles,
donde el dolor se hizo forma,
allí donde hubo corte,
donde el cielo siguió a su pájaro
entre espacios de frío
arrastrando el equinoccio a mi rostro.

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12comentarios 106 lecturas versolibre karma: 143

Empieza a llover

Empieza a llover
como lo ha hecho siempre,
sube desde el suelo en flores
abiertas sobre la piel,
superficie porosa fría
bajo la tela de las sábanas,
están heladas, los pies tibios,
la lluvia incendia las flores,
no trae ni espinas ni cardos,
sólo prado en los ojos
y el sol en su redondez
se tira de entre las nubes,
por si mañana es tarde,
cae como música visible,
por si el tiempo se nos acaba
y ya no seremos nada,
caen frescos racimos de luz,
sin movimiento, son cosquillas
sin miedo ni vértigo,
es la vida que empieza a llover.

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18comentarios 89 lecturas versolibre karma: 137

La calle

Habito una esquina del tiempo,
vuelven las bestias a rondar
manchando con heces los espacios.
Orines calle abajo,
la sed asomada en una esquina.
El asfalto lamenta los golpes,
una red de jeringuillas
pinta el delirio despedazado.
Nada. La nada campa
entre edificios estremecidos.
Llorosas la siguen las bestias,
hombres despedazados,
vidas adormecidas
que se borran, frágiles.
Medusas. El suelo está lleno de medusas.

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20comentarios 102 lecturas versolibre karma: 142

Desprenderse

Me formo en el olvido,
cuesta construirse, pero
voy aprendiendo a perderlo todo,
incluso a mí mismo, es el dolor
mi esqueleto, extirpado
y armado sobre la carne.
No he sembrado nada en la tierra
más que ausencias, la mía
también, como las hojas,
lo he dejado caer todo,
he despertado al vacío,
al blanco entre las letras.

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17comentarios 124 lecturas versolibre karma: 119

Silencio

Hay tanto sol, tanto verde
rebrotando bajo el cobre
vestido de los árboles.

Tanto silencio en sus flores.
en los pétalos descoloriéndose,
que paulatinamente mueren.

Arrullando el día
se van.

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13comentarios 75 lecturas versolibre karma: 125

Como los árboles

Como los árboles,
en posición vertical,
respirar, respirar suavemente,
llover sobre uno mismo,
humilde pero erecto,
sin asustarse de este mundo,
tan severo
tan crudo
tan lleno de vidrio
a trozos cayendo,
uno a uno,
tan inclemente
que duelen
las promesas que la vida
guarda en un cajón desvencijado,
como los árboles,
en posición vertical,
imploro que haya menos odio
y más lluvia.

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19comentarios 109 lecturas versolibre karma: 118

Somos bandada

Vivimos en el hábito de las bandadas,
navegando entre dos crepúsculos,
en la pequeñez, la nulidad del individuo,
siendo al imaginar al otro, la identidad
buscada de otro tiempo infinito,
que precede a nuestro nacimiento,
nunca somos nosotros, somos
reflejos multiplicados en los espejos,
geometrías condenadas a derramar
el miedo por los otros.


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16comentarios 94 lecturas versolibre karma: 116

Un limón, un hueso, una fotografía

Un limón, un hueso, una fotografía

Un descampado con su perro,
la perra contempla
el vacilar de una lagartija
temblando entre la hierba
que sangra este desierto urbano.

Un limón, un hueso, una fotografía

Sus huellas son livianas,
sus silencios de aceite,
el dolor no existe más allá,
está encerrado en su cuerpo.
No hay venda que apague esos ojos.

Un limón, un hueso, una fotografía

Fuera se teje una tormenta,
dentro el traje roto de la vejez,
la soledad, quema el cielo,
caen los días como pájaros de piedra.
Se irá como las flores del descampado.

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12comentarios 79 lecturas versolibre karma: 107